LA FORMACIÓN
DE UNA GEOGRAFÍA SONORA
Un acogedor conglomerado mediático recibió a los rockeros adolescentes de principios de los sesenta. Los empresarios radiofónicos habían obtenido las frecuencias televisivas y necesitaban a las disqueras, las cuales les proporcionaban la materia prima para su programación. Los DJs, de otro lado, no solo ponían música; también eran la piedra angular de las matinales. Aquel apoyo, que duraría hasta finales de la década, no se repetiría nunca más. Cuando les fue retirado, los rockeros no supieron qué hacer.
Televisión
La televisión llegó en 1958. Casi a finales de ese año se vendieron aproximadamente cinco mil aparatos receptores. En 1960 ya había ochenta mil pantallas en Lima. Del combate fundacional de los canales surgieron dos colosos que dominaron el espectro televisivo durante décadas.
El primer gran conglomerado era América, fundado por Antonio Umbert Féllez y Nicanor González Vásquez, el cual había establecido asociaciones con la RCA, la NBC y con el sello discográfico peruano Sono Radio, además de poseer las acciones de radio América y diecisiete emisoras más. No solo tuvieron Canal 4, sino una filial en el 9 a partir de abril de 1962, la cual funcionaba no como sucursal, sino como planta alternativa. Esta frecuencia había pertenecido previamente a radio El Sol y solo se mantuvo en el aire entre agosto de 1959 y marzo de 1960.
Los Delgado, dueños de Panamericana, también habían comenzado como empresarios radiofónicos. Cuando llegó la TV, detentaban lazos con la Philips y la CBS. Comenzaron emitiendo en Canal 13, pero se mudaron al 5 el 16 de octubre de 1965, sin cambiar en absoluto su programación. A semejanza de América y su filial, Panamericana adquirió el 2. Previamente, la frecuencia había pertenecido a José Cavero (dueño de radio Victoria y otras veintiocho emisoras). Sus transmisiones empezaron el 31 de mayo de 1962 y concluyeron en setiembre de 1964. El 2 regresó en diciembre de ese mismo año, ya como propiedad de Panamericana. Siempre tuvo baja sintonía, tanto así que en 1966 se volvió un canal básicamente para películas.
Aquella guerra de estudios se intensificó aún más en 1964 cuando Pablo de Madalengoitia, el maestro de ceremonias por antonomasia de nuestra TV, se pasó de Panamericana a América. En el primero se había hecho cargo del espacio Musiphilips, base de Cancionísima, emitido a partir de mayo de 1963. El segmento tenía como plato fuerte el consabido concurso en el que los participantes debían tocar una campana cuando reconocían una canción. El conductor también trabajaba en La hora de Pablo, a donde una vez invitó a los nuevaoleros Mono Altamirano, Joe Danova, Jimmy Santi y Pepe Miranda disfrazados de los Beatles. Como represalia por quitarle al maestro de ceremonias, Panamericana le arrebató a América al gran animador de nuestra TV (y la española) Kiko Ledgard, quien pasó casi inmediatamente a reemplazar a Pablo en Cancionísima y a encargarse de las transmisiones desde el Campo de Marte de su programa Villa twist.
Casi paralelamente, en el fragor de la guerra por el público joven, América hizo una jugada a Panamericana: jaló a Rulito Pinasco para que condujera El clan del 4. La rutina del programa era invitar a bailar a chicos y chicas —mayoritariamente del colegio Roosevelt—. Los grupos y cantantes tocaban con pista o playback. Canal 4 también lanzó Ritmo en el 4, producido por Pedrín Chispa y animado en su primera época por Ricardo Fernández y Tito Blume, y después por Luis Ángel Pinasco y Diana García. Sin embargo, su gran apuesta musical fue Festival, de Guido Monteverde, programa ómnibus líder del ranking emitido los domingos que incluía el segmento La escalera del triunfo, conducido por Augusto Ferrando desde 1965.
En enero de 1965, Panamericana estrenó el programa ómnibus dominical de seis horas Bingo en domingos gigantes, conducido por Humberto Vílchez Vera, que había tenido un programa casi homónimo, Domingos gigantes, en el Canal 9, filial de América de donde había sido jalado. El hit de la 1, por su parte, nació en diciembre de 1961, en el 13, conducido por Enrique Maluenda. Su antecedente es El show del mediodía, de 1960.
Los niños que empuñarían guitarras al llegar a la adolescencia bebieron rock desde pequeños. Así, el martes 26 de enero de 1959, por Panamericana, Canal 13, a las cuatro de la tarde, empezó a transmitirse El club de los niños, conducido por el Tío Juan Sedó, programa en el que debutaron algunos futuros cantantes de rock y nueva ola. El primer tío de la televisión peruana hacía bailar rock a sus sobrinos.
El 3 de junio de 1963, el Tío Johnny debutó en Canal 4. Su verdadero nombre era Juan Salim. Fue el segundo tío de la televisión peruana y el más longevo. Vestía con una visera y un saco de obvia influencia norteamericana. Posteriormente tendría un programa llamado Tío Johnny a gogó. Otro animador infantil que promovió el rock fue Cachirulo, con su programa Los cuatronautas.
De todos estos programas salieron modelos y chicas a gogó como Gladys Arista, Sonia Oquendo, Cuchita Salazar, Anita Martínez, Zoilita Soriano, Nelly Amiel, Elena Cortez, las hermanas Sophie y Changa Marqui, Monique Clerc, Rosa MarÍa Kessel y Anita Saravia.
Prensa escrita
Guido Monteverde, periodista de El Comercio y Última Hora, emitía su programa Lo mejor de la semana desde Canal 9, filial de América, y estaba asociado al rock desde el principio. En 1958 había organizado, a través del diario Última Hora, el primer Campeonato Nacional de Rock and Roll, que tuvo centenares de participantes. Pero Guido Monteverde era mucho más. Había comenzado desde muy temprano. Fue el organizador del legendario concurso de mambo en la plaza de Acho, con el mismo Pérez Prado, en febrero de 1951. Asimismo, realizó una labor constante presentando revistas al estilo parisiense en cines de barrio; de ellas salieron bailarinas despampanantes como Anakaona, Betty di Roma y Mara.
Su indiscutible talento verbal lo había encumbrado al trono de la prensa de espectáculos. Sus columnas «Antipasto gagá» y «Qué pasa en la radio» volvieron populares neologismos como superchurrísima, marlombrandeado, nikísima, entre otros. En el periodo que nos ocupa cabe ante todo destacar su labor de responsable de la edición local de Ecran, revista chilena de espectáculos homónima.
Entre las publicaciones más importantes destacan las revistas Ritmolandia, Ecran, Cancionísima, Disco TV, Vea TV, o el suplemento Extra a gogó, entre otras, que no se ocupaban exclusivamente del género. Muy tardíamente, en 1972, sale a la venta el número único de la revista Rock, editada por Estanislao Ruiz Floriano, la única publicación peruana de la época dedicada exclusivamente a dicho estilo musical y gestionada desde dentro de la escena. Es el primer fanzine de nuestra historia.
Casas discográficas
Según el artículo «La época de oro de los discos de vinilo fabricados en Perú», publicado el 23 de setiembre del 2014 en el diario El Comercio, la época dorada de los fabricantes de vinilo se situó entre 1965 y 1982 (año en el que ingresa a nivel masivo el casete). Los discos de carbón nunca fueron producidos aquí: había que viajar a Argentina para grabar. Recién cuando apareció el vinilo, a fines de los cincuenta, se fabricaron discos en el Perú y empezó un boom del consumo. El mercado era disputado por casas discográficas internacionales —Columbia, Decca, RCA Victor, Capitol— y las cuatro grandes disqueras nacionales —Sono Radio, MAG, Iempsa (Industrias Eléctricas y Musicales Peruanas) y El Virrey—. Según Beto Cuestas, las peruanas tenían relaciones con sus pares internacionales: Sono Radio era subsidiaria de la Columbia Records; Iempsa, de Parlaphone; El Virrey, de Universal; y FTA, de la RCA Victor.
Al principio, se acondicionaron teatros y cines para sesiones de grabación. Iempsa instaló la primera sala dedicada exclusivamente a estos menesteres (en el jirón Contumazá) y la primera fábrica de vinilos (que data de 1962). Se traía el vinilo desde Brasil, pero años después se reemplazó por la producción local de PVC en la fábrica de azúcar de Paramonga. Esto tuvo consecuencias más que notorias en el sonido resultante.
Las casas discográficas eran empresas relativamente jóvenes. Grababan básicamente música criolla y tropical; la música andina, al principio atrincherada en los nuevos grandes coliseos, acabaría por convertirse inminentemente en el filón más lucrativo.
El Virrey inició sus actividades en 1956; MAG, algo antes. Manuel Antonio Guerrero, propietario de esta última, era un ingeniero de minas que previamente se había dedicado a la venta de juguetes y adornos para el hogar. Cuando se embarcó en su nuevo negocio, lo hizo pensando en ser el mejor. Lo logró. Poseía el mejor estudio. Si Sono Radio tenía una consola de dos canales, él tenía una de cuatro. En 1969, cuando Iempsa y El Virrey tenían consolas de cuatro canales, él tenía una de ocho.
Escribí a Hugo Lévano preguntándole sobre el tema de la autogestión, esencial para definir la contracultura. Me respondió lo siguiente:
En Centroamérica, existe el caso típico del grupo «fresa» que paga todo lo necesario para grabar, saca su disco y se acabó. Acá no recuerdo un ejemplo que entre exactamente en ese tipo, así que no creo que exista autogestión como clasificación. Los sellos tenían enormes ganancias y eran negocios bien cerrados; creo que algunos sellos pequeños en los setenta son tapaderas para evadir impuestos. Eso sí, por el 75 y un poco antes hay más sellos pequeños con ánimo de difusión y venta en regiones. El Trébol, por ejemplo, en rock. Pero en otros géneros hay muchos más ejemplos de ese tipo. Generalmente, los sellos pequeños que sacaron rock en los sesenta eran primero negocios de tiendas de discos o de instrumentos y luego sellos (Imsa y Doremi, por ejemplo). También existe el sello gerenciado por un «descubridor» que manda a grabar profesionalmente a un estudio de grabación y luego saca el material bajo su sello (Discos Ramírez). En general son casos de «emprendedores», pero todos son bien mercantilistas; los líos con los trabajadores y por derechos no pagados son líos normales en los sesenta.
Radio y disc jockeys
La música norteamericana recién había comenzado a ser emitida a mediados de los cuarenta y estaba relegada a algunos programas de radio puntuales que pasaban crooners o música romántica. Posteriormente se incorporan algunos programas de jazz.
Sergio Vergara fue el primer disc jockey relacionado directa y sistemáticamente con el rock. Chileno de padres peruanos, estrenó el 27 de febrero de 1960, en el primer Canal 9, el de Alfonso Pereyra, unas Sesiones de rock and roll que ya conducía en radio. Era el primer espacio exclusivo para público joven. Estaba previsto que fuera transmitido los lunes, miércoles y viernes, pero a las pocas semanas el canal cerró definitivamente. Los clubes de rocanroleros desbordaban La Cabaña, donde transmitían el programa. El animador encausó a las distintas pandillas y trabajó por mejorar su imagen. Era común que hicieran obras benéficas. Posteriormente saldrían al aire El show de Sergio Vergara y El show de shows. Se retiró a finales de los setenta.
La nueva camada de DJs jugará un papel central en la divulgación del género. Dante Capella, que conducía Primicias musicales en radio América, fue uno de los primeros en irradiar rock. A partir de 1962 condujo Surcos de éxito en radio Miraflores. Guillermo Llerena Godoy, por su parte, comenzó a principios de 1964 vía radio El Sol, y, a lo largo de la década, condujo Buenos días, juventud, Su amigo musical, Música en el aire, El club de la juventud y, posteriormente, Musicalíssimo. Destacan, asimismo, entre otros, Héctor «Oso» Gambarini (radio Continente), Luis Aguilar (radio Callao y radio Unión), Diana García de Palacios (radio América) y Enrique Llamosas, Nelly Mendívil, Annie Puppie, Perico Durán y Ángel Panta (radio Miraflores). En radio Atalaya trabajaban Freddy Morales y Gustavo Galliani, cuya risa aparece en «El Guazón», de Los Belking’s, grupo del que era manager. A fines de la década, estarían en esa emisora Brani Zavala, Reynaldo Shols, Antonio Esparza, Pedro Barreto y Roly Cadillo.
Matinales
El rol del DJ no fue solo el de divulgador. Más importante aun fue el de productor de eventos, básicamente matinales. Los más importantes eran Enrique Llamosas, que tenía un programa en 1160, y Víctor Cáceres Fuentes. Cuando ambos se aliaron con el empresario Ángel Bucciardi fueron imbatibles. Trabajaban con la cadena de cines de la familia Prado, que acaparaba las salas de estreno, cineteatros con un escenario grande para varietés. Alquilaban el local y, como un paquete, ponían toda la matinal y se encargaban de contactar a los grupos, los cantantes y los sonidistas. Solían reservarse el rol de maestros de ceremonias.
Las matinales eran un formato de espectáculo diseñado para apoyar a los estudiantes que iban a terminar la educación secundaria y querían hacerlo por todo lo alto, es decir, con viaje de promoción y una buena fiesta con música en vivo. Las horas punta de las radios eran aquellas en las que los muchachos que estaban en el colegio hacían las tareas y prendían su aparato receptor para escuchar lo último de los rankings de Estados Unidos y Europa. También pasaban mucha información sobre los grupos de moda; sin embargo, para las radios y las disqueras no era suficiente. De ahí que algunos grupos nacionales recibieran ofertas de las disqueras y fueran convocados para tocar en matinales. Normalmente eran animadas por DJs y se realizaban los domingos de nueve de la mañana a tres de la tarde, hora en la que empezaba la función cinematográfica de matiné. A esa hora todo había terminado.
Primero se hacían preventas entre los parientes de los alumnos, en forma interna, y luego el mismo día en la puerta de los cines. Se alternaban bandas de rock y solistas de nueva ola, quienes cantaban con pista mientras los músicos cambiaban los equipos e instalaban sus instrumentos. También se pasaban películas de Enrique Guzmán y César Costa, o comedias playeras con Annette Funicello y Frankie Avalon, a quien habían nombrado el Rey de las Matinales. Las madres de familia vendían papa rellena y gaseosas como Pasteurina, Inka Kola, Tony Malta, Kola La Chalaca o Bidú.
Barrios
Durante el gobierno de Prado (1956-1962) y Belaunde (1963-1968) existía, asediada por pueblos jóvenes, una amplia franja de cierto tipo de clase media que adelgazaría progresivamente. La conformaban empresarios, profesionales o empleados. Era un gran espectro sociocultural de complejos matices.
La escena de Lima puede dividirse a grosso modo en dos zonas. De los distritos de Miraflores y San Isidro, donde vivía una clase media cosmopolita, así como descendientes de la élite que dominó por completo el Perú hasta el golpe militar de 1968, venían los Astoria Twisters, Los Sunset, Los Zodiac, Los Shain’s, Los Drag’s, El Polen y otros más. De los mesocráticos Jesús María, Pueblo Libre, Breña y Magdalena, años después, surgieron bandas como Los Doltons, Los Holy’s, Telegraph Avenue, Tarkus, El Álamo, los Termit’s, etc.
De Lince, que geográficamente está justo en la mitad de ambas zonas, salieron los Saicos, Los Golden Boys, Los Steivos, Los Zany’s, Los Belking’s, Los Mad’s y muchos otros más. Todo esto sin contar los otros estilos musicales practicados en la zona, especialmente la música criolla.
Más allá de lo que a mediados de los sesenta empezaría a ser el Paseo de la República se encontraban los barrios populares de Surquillo, La Victoria y el Cercado de Lima, donde convivían rockeros y fanáticos de otros ritmos, como la música criolla y los ritmos latinos. La banda emblemática de este sector fueron Los York’s, cuyos integrantes eran de Villa María del Triunfo, La Victoria, Ancón, Cercado y el Rímac.
Pandillas
Estanislao Ruiz Floriano ha trazado las coordenadas más precisas al hablar de pandillas, clanes y grupos afines. Según el autor, a fines de los cincuenta había clubes de fans y clubes de rocanroleros (ciento cincuenta formalizados en 1960, según Hugo Lévano). Los miembros de los clubes de fans se reunían en la casa de uno de ellos para escuchar música y departir; eran los más zanahorias. Los del segundo grupo, por el contrario, eran más movidos y, pese al nombre, no estaban necesariamente relacionados con la música, sino más bien con la actitud.
De la época de los clubes data la mítica pelea del sábado 4 de enero de 1958, en el parque Confraternidad de Barranco, entre varias decenas de muchachos de ese distrito y de Miraflores. La excusa: unos barranquinos les habían metido letra a unas chicas de Miraflores en la fiesta de fin de año. Fue una reyerta masiva de una hora que fue interrumpida por la llegada de los patrulleros. Se pactó un segundo encuentro para el día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar. La presencia policial disuadió a los miraflorinos, pero sus vecinos cruzaron el puente y causaron algunos actos de vandalismo antes de la llegada de la Policía.
Algunas pandillas eran la prolongación de los clubes de rocanroleros. Fueron tribus urbanas primigenias que en ocasiones se vestían como los personajes que veían en las películas. El éxito de Blackboard Jungle inspiró un subgénero de filmes de pandilleros que incluye cintas como Knock on Any Door, Rebel Without a Cause (ambas de Nicholas Ray), Crime in the Streets (de Don Siegel) y toneladas de exploitation y serie B. Por eso, la estrategia del pandillero fue más visual que musical: buscaba lucirse. Los más maleados eran esquineros inspirados por los teddy boys y fueron los primeros en vestirse con blue jeans, botines, casacas de cuero y peinados con montaña y brillantina, signos distintivos para reconocerse. Es así como se forman los Gatopardos, los Chacales, los Tabacos Negros, los Escorpiones, los Bucaneros y tantos otros. Sus peores trasgresiones: provocar broncas sin motivo, hacer perro muerto y participar en carreras contra el tráfico en avenidas céntricas (los famosos piques).
Los Gatopardos estuvieron entre los más famosos. Wayo Salas fue uno de sus líderes. Años después se convirtió en el primer cinturón negro de karate en esta parte del hemisferio. Actualmente vive dedicado a la vida espiritual en su retiro cerca del mar de Villa.
—La época Gatopardo marcó toda una época en Miraflores, una época de rebeldía —dice Wayo Salas—. La identidad que te da la manada es grande. Por eso necesitas algo que te distinga. Nosotros usábamos unas tiritas con colores incaicos en los pantalones. Éramos un grupo de chicos entre los quince y los dieciocho años que se ponía entre dos óvalos en la avenida Pardo. Como teníamos todo el espacio, ensayábamos pasos. Entonces en una fiesta veías a diez o a veinte personas, todos alineados haciendo pasos con la música. Y todas las chicas querían estar en el grupo que hacía los pasitos con esa música, que era en vivo, y los enamorados y los otros chicos se ponían celosos, y entonces estallaban las broncas. Fue así como acabamos por ganar bastante notoriedad.
A lo largo de los sesenta, los pandilleros cambiaron de look. Cuando aparecieron los clanes hippies como los Escorpiones o los Alacranes de Balconcillo, muchos de ellos se habían ido. En los setenta, cuando la gente creció, acabó la universidad y creó una familia, cualquier simulacro de rebeldía se enterró para siempre.