Actualmente el lobo y el perro parecen dos realidades muy distantes: el lobo es malvado y el perro es bueno; el lobo es feo y el perro es bonito; el lobo se come a las ovejas, el perro las defiende.
Por otro lado, hay perros que todavía guardan un vago parecido con su antepasado lejano, pero ¿qué tienen en común con el lobo un setter, un carlino o un dogo?
A pesar de que la tentación de responder «nada» es muy fuerte, es preciso contestar «casi todo».
El setter y el lobo son ambos animales sociales, con una organización de la manada idéntica. El carlino y el lobo mueven la cola de la misma manera. El dogo y el lobo gruñen, aúllan y gritan «cai-cai» cuando notan dolor. Tanto el carlino como el lobo, cuando desean expresar «esta casa es mía y aquí no puede entrar nadie», lo hacen alzando la pata y orinando. Y, lo más importante, si un setter y una loba se encuentran y se gustan, nace una camada. Si se encuentran un caballo y una cebra, que tienen muchas más similitudes, apenas se prestan atención.

El comportamiento y la organización social del perro son todavía similares a los del lobo
Las dos especies son interfecundas, y según la ciencia esto sólo significa una cosa: no son dos especies, sino que todavía son la misma especie.
El hombre (y en parte las condiciones climáticas, ambientales, etc.) ha modificado enormemente sus características físicas y sus hábitos comportamentales, pero nunca ha llegado a cambiar su íntima manera de ser. El perro todavía es lobo, razona como un lobo y posee los mismos instintos que el lobo; de hecho, si pudiera, seguiría comiendo ovejas muy gustosamente.
¿Por qué no sólo ha dejado de hacerlo sino que realiza exactamente lo contrario?
Por un solo motivo: para complacer al dueño.
Sin embargo, el perro no desea complacerlo porque este último sea más atractivo, o porque le caiga particularmente simpático: el perro está convencido de que vive en una manada, y hace lo que le ordena el hombre sólo porque cree que es quien manda.
La explicación de este mecanismo mental debe buscarse en el primer lobezno que vivió en una cabaña primitiva; ya hemos dicho que tuvo que ser muy joven, de un mes de edad, lo cual significa que se encontraba en plena fase de imprinting.
Todos los lobos —y por lo tanto todos los perros— durante los tres primeros meses de vida pasan por diversas etapas de desarrollo que han sido estudiadas en profundidad por los etólogos modernos y que podemos resumir como sigue:
De 1 a 15 días: fase vegetativa.
Los cachorros se limitan a comer y dormir, sin tener ningún vínculo con el mundo exterior y sin ser conscientes de la existencia de los otros seres vivos a su alrededor.
De 16 a 21 días: fase de transición.
Los cachorros abren los ojos y empiezan a usar el oído: es así como toman conciencia de que existe un mundo a su alrededor.
De 22 a 50 días: fase del imprinting.
Los cachorros se relacionan con el exterior recién descubierto y con los otros seres vivos que viven en él, y consideran congéneres —es decir, parte integrante de su mundo—, a todos cuantos conocen durante este periodo.
De 51 días a 3 meses: fase de socialización.
Los cachorros aprenden a relacionarse con el mundo que se encuentra fuera de la madriguera. En esta fase deben aprender a diferenciar los amigos de los enemigos, los predadores de las presas, los hermanos de los extraños, y necesitan que alguien se lo enseñe.

La fase de imprinting discurre entre la cuarta y la séptima semana de vida
Está claro, por consiguiente, que un cachorro de aproximadamente un mes de edad se encuentra en plena fase de imprinting, durante la que se produce el reconocimiento de la propia especie.
En un entorno natural, entre los 22 y los 50 días de vida, el cachorro sólo está en contacto con sus congéneres, madre y hermanos. La manada le acogerá en su seno, lo protegerá y le enseñará a comportarse. Si hubiera tenido la desgracia de encontrarse con un ejemplar de una especie depredadora más fuerte que él, se habría prescindido de presentaciones y reconocimientos, y el cachorro habría sido devorado.
El hombre, al adoptar al primer cachorro huérfano para alojarlo en su casa, alteró por completo sus previsiones. Tanto es así que el cachorro creció convencido de que aquellos eran sus congéneres: el hombre, la mujer y los niños.
Es una convicción que tienen todos los cachorros del mundo: si es huérfano, el imprinting lo vincula sólo a los humanos; si no es huérfano, lo vincula a la madre, a los hermanos y a los humanos, porque todos ellos intervienen en el periodo que va de la cuarta a la séptima semana de vida. En consecuencia, para los cachorros de perro, son «perros» tanto la madre y los hermanos, como los seres humanos. Y en este simple hecho se basa la domesticación y el adiestramiento.
Tal como hemos visto anteriormente, después del imprinting el cachorro entra en la fase de socialización, en la que se relaciona con el mundo externo, y para hacerlo necesita una guía.
En estado natural este papel lo desempeña la madre, y un poco más tarde el padre; en cambio, en cautividad, este papel corresponde al hombre.
Es el hombre quien pone el collar y la correa al cachorro y lo lleva a pasear por primera vez fuera de casa, a conocer el mundo. Es el hombre quien le dice «¡no!» cuando se dispone a perseguir por vez primera a un gato, quien le consuela si por vez primera un gato le persigue a él y consigue arañarle en la nariz, y quien le lleva cerca de otros hombres y le enseña a no tenerles miedo y a dejarse acariciar.
Por tanto, para cualquier cachorro, «madre» equivale a «dueño».
Pero aquí no acaba todo.
La fase de socialización va seguida, antes de que el cachorro llegue a la pubertad y por tanto a la madurez sexual, de otras dos etapas importantes:
— de los tres a los cinco meses: fase de ordenación jerárquica;
— de los cinco a los seis meses: fase de ordenación de la manada.
En el primer periodo el cachorro empieza a descubrir que en la manada no reina la anarquía, sino que existen unas reglas muy concretas que deben ser respetadas. Hay quien manda y quien obedece, quien goza de algunas prerrogativas y quien debe estar callado.
En el segundo periodo el cachorro, ahora ya perro joven, empieza a relacionarse con toda la manada, y no sólo con su propia familia. A partir de este momento, pone a disposición de la comunidad todo cuanto haya podido aprender. En estado natural, es admitido en las actividades comunes (caza en grupo) y empieza a ser útil a la manada.
La fase más interesante es la primera, es decir, cuando el cachorro descubre que existe la opción de mandar o bien de obedecer.
¿A quién y por qué se debe obedecer?
De manera instintiva el cachorro obedece al más anciano. Por ello, cuando se encuentra por primera vez ante un adulto se somete a él sin un atisbo de duda.
Este tipo de comportamiento no puede ser cuestionado: si un perro ha alcanzado la madurez, significa que ha aprendido bien las reglas de la supervivencia. Por tanto, está en condiciones de enseñar al cachorro, que debe obedecer sin rechistar.
Trasladando el mismo esquema a la familia humana, veremos que el cachorro se somete de manera espontánea a todos los adultos de casa, mientras que los niños nunca logran ni obediencia ni sumisión. Al cachorro le basta la fase de imprinting para formarse una idea clara de los miembros que la componen. Al mes de edad ya sabe perfectamente quiénes son los adultos, los jóvenes, los machos y las hembras. Cuando llega a la fase de ordenación jerárquica, tenderá a considerar «madres» a todas las hembras adultas, «padres» a todos los machos adultos y «hermanos» a todos los niños de la casa. Por tanto, obedecerá a los padres y no tendrá el menor respeto por los hermanos.

El dueño asume el papel de «madre» y de jefe de la manada
En este momento, si los «hermanos» son físicamente más fuertes se rendirá (aunque a días alternos, ya que el cachorro se rinde momentáneamente y reanuda los intentos para ver si puede imponerse). Si consigue morder a un hermanito con la suficiente contundencia como para obligarle a hacer «cai-cai» creerá que es el más fuerte, al menos aquel día, y esperará a que al día siguiente el hermano vuelva a la carga, igual que habría hecho él en caso de salir derrotado. Todo ello se traduce en interminables peleas, gruñidos, en un continuo estira y afloja con palos y trapos y mil y una actividades más, que en el lenguaje infantil reciben el nombre de «jugar con el perro», y en el lenguaje de los perros «ordenación jerárquica en el seno de la manada».
Al adulto, por el contrario, lo reconoce instintivamente como superior jerárquico, al que debe obediencia y respeto.
Y todo esto, ¿vale para siempre?
No, evidentemente, porque los jóvenes crecen, maduran, aprenden... y en un determinado momento se sienten capaces de cuestionar la autoridad. Esto ocurre en la pubertad, que el perro alcanza a los seis meses. En este momento el ser humano pierde su papel de «padre» o de «madre», y para continuar siendo respetado y obedecido debe adoptar el nuevo papel de «jefe de la manada».
El paso de una función a otra no siempre es fácil.
Hasta el momento el perro ha obedecido ciegamente a sus superiores jerárquicos, y al mismo tiempo ha aprendido las reglas de la pelea, de la caza, de la convivencia pacífica y de la oposición.
Entonces, si cree que el jefe de la manada —ya sea perro u hombre— es de toda confianza, una guía segura y un punto de referencia para todos los demás, es probable que siga obedeciéndole y respetándole sin interponer queja. Pero si observa alguna irregularidad o si cree que no es su ideal como guía y que no se comporta siempre de forma intachable —dicho de otro modo, si cree que puede hacerlo mejor que él—, entonces le desafiará e intentará ocupar su puesto.
Esta es la razón por la que muchos cachorros «buenos y obedientes» se transforman, hacia los seis meses, en perros «tozudos y desobedientes», al menos según dicen los afligidos propietarios que no se explican este repentino cambio.
En realidad el perro es el mismo y razona de la misma manera; es el dueño quien no ha estado a la altura de su rol de jefe, y ha sido descalificado.
Los principiantes, al no conocer las reglas ni la psicología canina (o lupina, si se prefiere, puesto que son idénticas) caen a menudo en este error, porque no se preocupan de consolidar su posición de privilegio respecto al cachorro. A veces puede ocurrir incluso que un perro deje de obedecer al dueño adulto, pero que se ponga a las órdenes del hijo de diez años, que ha aprendido las reglas «desde dentro» y ha entendido lo que espera un perro de un auténtico «jefe».
NEOTENIA Y RELACIONES CON EL HOMBRE
Ser un buen dueño no es fácil. Las cosas no ocurren siempre igual. Es cierto que todos los perros han seguido siendo «lobos por dentro», pero no todos el mismo tipo de lobo. Para explicarlo nos referiremos a la teoría de la neotenia.
¿Qué sucedió cuando el hombre empezó a manipular al lobo, creando diferentes razas caninas, modificando su aspecto y su carácter?
El hombre pensó que si el cachorro es más fácil de dominar, el menos agresivo, ¿por qué no hacer que el perro sea lo más parecido posible al cachorro de lobo?
Así, primero por intuición, y más tarde de forma consciente, empezó a seleccionar los lobos más «retrasados» desde el punto de vista psicológico y trabajó con eternos «jovencitos», con los menos astutos y más fáciles de manejar.
Este trabajo de «infantilización» del lobo en algunos casos ha sido llevado hasta el extremo, y ha detenido el desarrollo psíquico de los perros a un nivel comparable al de un lobezno de uno o dos meses. En otros casos en los que se requerían perros más maduros para destinar a trabajos más difíciles, el desarrollo se detuvo más adelante. El perro no debía alcanzar el nivel mental de un lobo adulto, porque hubiera sido demasiado dominante y agresivo, sino que debía detenerse «inmediatamente antes» para que adquiriera las astucias necesarias para llevar a cabo un trabajo de calidad.
Este proceso, en etología, se designa con el término de neotenia, y se podría definir como el mantenimiento en el adulto de las características psicofísicas del cachorro. Es evidente que los genes que intervienen en el desarrollo psíquico no pueden desvincularse por completo de los que determinan el desarrollo físico.
De este modo, trabajando el ámbito psíquico, se ha «rejuvenecido» el aspecto de algunas razas.
Las razas que se han detenido en los primeros estadios de la escala neoténica (por ejemplo los molosoides) han conservado algunas características del aspecto del cachorro: cabeza grande, morro corto, orejas colgantes, ojos dulces.

Los molosos se han detenido en un estadio precoz de la escala neoténica
En cambio, las razas que se han detenido más adelante (cuarto o quinto estadio) tienen una apariencia más «lupina»: orejas erguidas, hocico afilado, cráneo más estrecho, etc.
De todo ello se deriva una consecuencia importante que analizaremos acto seguido.
Hemos visto anteriormente que las fases de ordenación jerárquica y de ordenación de la manada (es decir, las que hacen posible que aparezca un jefe y unos inferiores jerárquicos, o lo que es lo mismo: un dueño y un perro obediente) tienen lugar pasados los tres meses. Por tanto, las razas caninas detenidas en un estadio precoz no alcanzan el desarrollo mental de un lobo de tres meses. Esto significa que maduran, crecen, desarrollan una inteligencia en algunos casos notable, igual que los perro de tipo más lupino, si bien todo ello ocurre «dentro de la cuna», por decirlo de algún modo. Es un caso que sería comparable al de una persona adulta, madura e inteligente que hubiera pasado toda la vida dentro de una guardería, sin conocer otra realidad.
Es difícil efectuar este tipo de comparaciones, pero la idea se le asemeja bastante. Los perros que se han detenido en los tres primeros grados de la escala neoténica prácticamente no reconocen las fases de desarrollo prepuberal en las que se relaciona con los demás miembros de la familia o de la manada, por lo que no son muy jerárquicos, y tienden a considerar al jefe de la manada como si fuera su madre.
Otra característica de estos perros es que no son muy hábiles en las relaciones intraespecíficas. Al no asumir las relaciones jerárquicas desconocen los gestos de sumisión y rendición, y cuando pelean con otro perro pueden hacerlo hasta la última gota de sangre, hecho que entre lobos adultos sólo ocurre excepcionalmente.
En cambio, los perros más adelantados en la escala neoténica reconocen las jerarquías, e identifican el dueño como el jefe de la manada, no como un padre. Esto, por un lado, hace más fáciles las rebeliones (a la madre no se le replica casi nunca, al jefe de la oficina casi siempre), pero por el otro, una vez ha aceptado al dueño como superior jerárquico, su relación es mucho más estable. De estos perros no podemos esperar la obediencia de un niño que tiene miedo de que mamá le regañe, sino la de un adulto responsable, quien sabe que se le pide que realice un trabajo útil para la comunidad.
En general los perros de morro redondo y orejas colgantes (por ejemplo los molosoides) son perros situados en la parte baja de la escala neoténica (primer o segundo grado); los perros de caza y los perros de defensa (setter, pointer, schnauzer) están en torno al segundo o tercer grado; los perros de pastor que defienden el rebaño (pastor maremmano, pastor del Cáucaso, etc.) también se sitúan entre el segundo y el tercer grado, mientras que los perros que conducen el rebaño se encuentran más arriba, entre el tercer y el cuarto grado (pastor alemán, pastor belga, etc.). Los perros nórdicos, los primitivos y casi todos los spitz están entre el cuarto y el quinto grado, es decir que son más «adultos» y menos dóciles porque dependen menos del hombre.