“Tenemos necesidad, más que nunca, de auténtica inspiración cristiana, tanto en el nivel de las bases populares que nos han otorgado su confianza, como en el de las arduas tareas gubernamentales que nos aguardan.
“Claramente consciente de las distinciones que deben mantenerse entre doctrina y política, no me siento menos responsable, como católico convencido, de la promoción que exige en América Latina esta profundización y esta elaboración doctrinales”.
Era la primera carta que escribía este “católico convencido”, en un cuidado pero resuelto francés, el 5 de septiembre de 1964, pocas horas después de la confirmación de su victoria en las elecciones presidenciales celebradas en la República de Chile, y ya con plena conciencia de sus nuevas responsabilidades. Se llamaba Eduardo Frei Montalva, y el destinatario de sus letras fundacionales era el también casi flamante Papa, Pablo VI, quien, el 15 de octubre siguiente, respondía destacando “el noble sentimiento de responsabilidad que anima a Vuestra Excelencia para con el pueblo chileno, el cual ha confiado sus esperanzas de progreso civil y social a un movimiento que abiertamente declara quererse inspirar en los genuinos principios cristianos”.
Ambos habían liderado un proyecto tan proverbialmente inherente a la concepción cristiana del mundo como la definitiva consolidación de la Democracia Cristiana en una propuesta política de aliento universal. Pero su materialización sólo había llegado a producirse realmente el histórico 4 de septiembre de 1964. Eduardo Frei Montalva y el Partido Democratacristiano de Chile inauguraban una nueva era en la historia democrática, y muy singularmente en la historia de los demócratas de inspiración cristiana. Y Pablo VI era plenamente consciente de ello.
De hecho, algunos autores, como Jean-Dominique Durand, sostienen que nunca Pablo VI se alegró tanto por un resultado electoral como el que depararon los comicios presidenciales chilenos en 1964. Y ello, viniendo del Papa que mejor conoció y más amó la política, ofrece adecuado testimonio de la histórica dimensión de la elección de Frei Montalva. El presidente y el “siervo de los siervos de Dios”, el más bello de los títulos de los Papas, coincidían en la percepción de la responsabilidad que sobre el nuevo presidente recaía, pero también en la identificación del movimiento cristiano con -decía Frei- las “bases populares”, y añadía el Papa Montini, “sus esperanzas de progreso civil y social”. Comenzaba una nueva edad de la política. Y Frei Montalva no estaba solo.
Para empezar, estaba yo. Frei Montalva tomó posesión el 3 de noviembre de 1964. Yo nací el 18 de noviembre siguiente. Es decir, nací con la presidencia Frei. Y, en la casa en que nací, en calle Lasaga Larreta de Torrelavega, 1964 fue el año en el que ganó Frei y nació Quique. Me explico. 1964 podría haber sido el año de My fair lady, en el que Georges Cukor llevó al cine el musical de Broadway de Lerner y Löwe, un nuevo éxito tras Brigadoon, y antes de Camelot, y convirtió a Audrey Hepburn en Eliza Doolitle, a Rex Harrison en el profesor Higgins, con Cecil Beaton encargado de la biografía y el vestuario. Pero mi padre dijo una vez: “Quique nació el año que ganó Frei”. No el año en el que mi madre y él se casaron, no, un gélido 4 de enero. Eso no era tan relevante. Quique había nacido el año que ganó Frei. Mi padre, claro, era democristiano, y la Democracia Cristiana era ya universal.
Pero, más importante, que mi compañía, Frei Montalva contaba con la presencia de poderosísimas personalidades políticas cristianas. Recuerdo que, la primavera de 1968, mataron a un señor de tez negra. Recuerdo la consternación de mi madre, y a mi padre explicándome que se llamaba Martín Luther King, y que los hombres malos le habían matado porque era muy bueno. Y, dos meses después, esa misma primavera, mataron a un joven rubio con flequillo, que se llamaba Robert Kennedy, y la consternación de mi madre fue en incremento, y mi padre me volvió a explicar que los hombres malos seguían matando a los buenos. Pero que los hombres buenos estaban cambiando el mundo. Que por eso mismo habían matado a Jesús. Y al igual que Jesús vivía, los hombres que caían para cambiar el mundo seguirían viviendo.
Todo un mensaje: les mataban porque nos amaban. Oscar Wilde decía que siempre se mata lo que se ama. Pero no que siempre se mata a los que aman. En 1968 fue el turno de Martín Luther King y de Robert Kennedy. En 1978, el de Aldo Moro. En 1982, el del propio Eduardo Frei Montalva. En 2012, Oswaldo Payá. Pero mi padre tenía razón. Los hombres como Eduardo y como Oswaldo no pueden morir. Hay hombres, recordaba John Ford al final de ¡Qué verde era mi valle!, que no mueren nunca.
Frei Montalva no caminaba y no caminará nunca sólo. Líderes democristianos, o de inspiración cristiana, protagonizaron la extraordinaria ampliación de las bases políticas y sociales del sistema democrático, característica de los años 60. Y esa ampliación, paralela a la expansión de la clase media, y a la universalización del acceso a la educación, a todos los niveles, y a la sanidad, y a las oportunidades, estaba liderada por la Democracia Cristiana. El mundo democrático cambiaba, y el cambio estaba liderado por la Democracia Cristiana.
Una nueva generación emergía al protagonismo artístico, científico y cultural. Una generación que había nacido y crecido, y se había formado, en una Europa democristiana que, a partir de 1964, adquiría proyección universal. Hablar de una Era Frei Montalva significa comenzar por afirmar una idea-fuerza: los 60 son nuestros; los 60 son democristianos. La década de la expansión del pensamiento y de la creatividad, de la alegría y de la esperanza, de la juventud y la de la ilusión, de la inquietud transformadora y del cambio, es la década por excelencia de la Democracia Cristiana. La Democracia Cristiana es la fuerza del cambio tranquilo, de la inquietud renovadora, de la ambición responsable, de la audacia fraterna.
Existe una era Frei Montalva. Comienza en 1964. El precedente año 1963, toda una generación de líderes y creadores cristianos le había cedido el testigo. La dimisión de Konrad Adenauer, el 16 de octubre de 1963, siendo sucedido en la cancillería por Ludwig Erhard, estaba enmarcada en el tiempo por el fallecimiento de Juan XXIII, el 3 de junio, Robert Schuman el 4 de septiembre, Edith Piaf el 9 de octubre, Luis Cernuda el 5 de noviembre, y C. S. Lewis el 22 de noviembre, el mismo día que mataron a John Fitzgerald Kennedy. El 21 de junio había sido elegido Papa pablo VI, y el 4 de diciembre Aldo Moro se convertía en presidente del Consejo de Ministros italianos por primera vez.
Y, entonces, llegó Frei para abrir una era de cambio. La segunda edad de la Democracia Cristiana. Porque, a partir del 3 de noviembre de 1964, el presidente chileno fue perfectamente contemporáneo de los democristianos primeros ministros democristianos Aldo Moro, Giovanni Leone y Mario Segni en Italia; de los democristianos Ludwig Erhard, Kurt Georg Kiesinger y el socialdemócrata Willy Brandt en Alemania; del democristiano Josef Klaus en Austria; del democristiano Pierre Werner en Luxemburgo; de los democristianos Victor Marijnen, Jo Cals y Piet de Jong en los Países Bajos; de los democristianos Théo Lefèvre, Pierre Harmel, Paul Vanden Boeynants, y Gastón Eyskens en Bélgica; de los taoiseach cristianos Sean Lemass y Jack Lynch y el presidente cristiano Eamonn de Valera en Irlanda; de los líderes cristianos Charles de Gaulle y Georges Pompidou en Francia... Más el rey Balduino de Bélgica y la reina Isabel II de Inglaterra.
La predominancia de los políticos de inspiración cristiana y, sobre todo, de los políticos democristianos, es patente. Con ellos mantuvo una relación cordial, visible en su nutrida correspondencia, en la mayor parte de los supuestos, manuscrita, que el Presidente Frei Montalva sostuvo con los extraordinarios protagonistas de la historia enumerados. En muchos supuestos, una verdadera, genuina y sentida amistad.
El extraordinario archivo de la Casa-Museo Eduardo Frei Montalva, no menos extraordinariamente ordenado y atendido por sus muy competentes profesionales, representa un auténtico deleite para el investigador. Y no digamos si es historiador y democristiano. Os aseguro que en la calle Hindenburg he pasado algunas de las horas más felices de mi vida. Y que desde la correspondencia del Presidente Frei Montalva, una correspondencia que coloca a Chile, a su presidencia, y al Partido Democratacristiano, en el centro de un esquema de relaciones internacionales en el que sobresale, desde el principio, el liderazgo, la inteligencia, y la avasalladora personalidad del autor de La verdad tiene su hora, puede construirse una privilegiada aproximación a la gran historia del mundo democrático de años decisivos para entender nuestra propia historia.
Pero, junto a esa correspondencia, el propio Frei dejó testimonio de su relación con los grandes arquitectos de nuestro tiempo. Cuando el 5 de enero de 1976 se cumplió el primer centenario del nacimiento de Konrad Adenauer en Colonia, el Presidente Frei redactó un bellísimo ensayo sobre el alemán más relevante de la historia. Un ensayo que concluyó con una no menos hermosa reconstrucción de su visita oficial a Alemania en 1965, una visita que necesariamente no pudo omitir una tarde con el casi nonagenario canciller en su residencia en Rhöndorf, y que se cerró cuando el gigante alemán cortó una de las rosas de su jardín para ofrecérsela a doña María Ruiz-Tagle:
“Parecía entonces tan alerta y vigoroso como quince años antes cuando lo vi por primera vez. Hablamos más de tres horas acerca del mundo, de América y de Chile...
Aún lo veo así en ese atardecer: alto y recto, sin un doblez, como fue su vida, seco rugoso, severo de aspecto, pero con esa cordialidad profunda de quienes no se prodigan en gestos fáciles. De toda su persona emanaba una sensación de autoridad y voluntad indomables.
“No tuvo otro propósito que servir a su pueblo, levantarlo del abismo en que estuvo sumido y enseñarlo a vivir adentro y afuera, en paz, en libertad y en justicia. Lo consiguió. Ese fue el fundamento de su poder y de su gloria”.
En el supuesto de Aldo Moro, Frei redactó también unas páginas de homenaje tras su trágico asesinato. En esas páginas se constata lo impresionado que le dejó su secuestro, en la romana Vía Fani, el 16 de marzo de 1978, sus 55 días de bárbaro cautiverio, y su asesinato final, el 9 de mayo siguiente, por quienes, como decía el propio presidente chileno en el texto que escribió en su homenaje, “pertenecen a la estirpe de los que nunca han creado nada”.
Frei Montalva, que admiraba su carácter “modesto, silencioso, sobrio hasta el extremo, de una exquisita bondad y cortesía en el trato” del político nacido en Apulia, valoraba el impacto de las imágenes tomadas por los terroristas de las “Brigadas Rojas” para destacar cómo “no hay en ese rostro ni temor ni congestión, sino una especie de infinito y sosegado desamparo en un hombre que ya conoce su destino y su fin”. Pero, con enorme sabiduría política y penetración psicológica, Frei había captado toda la compleja y apasionante personalidad del gran estadista europeo de su generación:
“El contraste que presentaba con el resto de los políticos italianos resultaba notorio; todos ellos eran extrovertidos, ágiles, de palabra fácil e ingeniosa, partícipes de una vida exuberante en ese país privilegiado.
“Su semblante, en cambio, reflejaba una especie de honda tristeza; hablaba muy poco, en voz baja y pausada, a veces casi inaudible. En la tribuna jamás un ademán subrayaba una palabra o una frase. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos, que al parecer no miraban hacia el exterior, como si todo él estuviera vuelto hacia adentro, en una reflexión continuada y melancólica”.
Creo que Aldo Moro es el espejo europeo de Eduardo Frei Montalva, no sólo por su identidad y su inteligencia política, o por haber concluido su existencia, ambos, de manera heroica, víctimas de la violencia totalitaria. Aldo Moro y Eduardo Frei Montalva disfrutaban de una cualidad estratégica esencial en política: un profundo conocimiento y sentido de la historia. Una cualidad, por cierto, muy democristiana: no es casual que Helmut Kohl sea historiador, y magnífico, por cierto. Moro y Frei captaron perfectamente la vertiginosa aceleración del ritmo de los procesos históricos que se inició con la década de los 60 en todas sus dimensiones, sociales y culturales, y muy esencialmente en todas las manifestaciones de la vida del espíritu. Cuando el 16 de septiembre de 1964, menos de dos semanas después de la victoria de Frei en las elecciones presidenciales, Aldo Moro intervino en el IX Congreso de la Democrazia Cristiana, celebrado en Roma, invitó al partido a liderar la creación de una nueva mayoría política y social, conjuntamente con todas las fuerzas, dicho en el incomparable lenguaje “moroteo”, “cualificadas por su sentido de la historia”.
Aldo Moro había seguido muy atentamente los acontecimientos chilenos, y captado la capacidad de Eduardo Frei Montalva para liderar una Democracia Cristiana chilena dotada de un profundo sentido de su identidad y, por lo tanto, abierta a la incorporación de nuevos contingentes sociales, incluso de sensibilidades políticas vecinas, pero denotadas por su vocación humanista integral. Moro sabía que Eduardo Frei Montalva era uno de los líderes políticos, democristianos y no democristianos, con más profundo sentido y conocimiento de la historia de todo el siglo XX. Y la estrategia “morotea” de crecimiento desde la identidad, de “apertura con identidad”, como la califica con enorme sabiduría Gutenberg Martínez, brindó al partido biancofiore no sólo frescura y renovación, sino tres décadas más en las responsabilidades de gobierno. Y junto a Konrad Adenauer y Aldo Moro, existe una presencia histórica esencial al siglo XX que, desde el principio, reconoció a Frei como uno de los suyos, como un auténtico titán de la historia: Charles de Gaulle. Y, por cierto, De Gaulle no era precisamente pródigo en los elogios. Tras el muy significativo viaje que a Chile realizó en la primavera austral de 1964, y tan pronto regresó a París, envió al presidente electo Eduardo Frei Montalva una carta, el 15 de octubre de 1964 (el mismo día que Pablo VI, por cierto), en donde testimoniaba su certeza en el éxito de la tarea presidencial que estaba a punto de afrontar:
“En el momento en el que usted accede a la Magistratura Suprema, me alegra dirigirle mis deseos profundamente sinceros del pleno éxito de su mandato...
“Habiendo elegido como guía a un hombre como usted, Señor Presidente, tan eminentemente entregado a su país, la República de Chile puede afrontar el futuro con confianza. Le digo con la mayor certeza que no he olvidado en absoluto las entrevistas que recientemente mantuvimos en Santiago”.
De sus contemporáneos, entre 1958 y 1969, Charles de Gaulle no le había reconocido un estatuto político semejante más que a Konrad Adenauer y el al presidente irlandés Eamon de Valera. Para De Gaulle, Frei Montalva era el gran interlocutor que todo el mundo democrático había esperado encontrar en América Latina. El líder de un continente decisivo para la definitiva expansión y consolidación del proyecto democrático.
Frei era muy consciente de la dimensión histórica de la figura del presidente fundador de la V República francesa. Y probablemente el discurso de más contenido en su histórica gira presidencial en 1965, fue el que pronunció en El Elíseo, el 16 de julio de 1965, convertido en el primer presidente chileno que visitaba oficialmente Francia. No sólo mencionó a Pascal, a Montaigne y, por supuesto, a Péguy y a Maritain. Ante De Gaulle, Frei explicó la victoria de la Democracia Cristiana -”...una decisión popular indiscutible en favor de un régimen de inspiración humanista que significa un sistema de solidaridad nacional efectiva, dentro de la libertad y de las prácticas democráticas” y, sobre todo, la “Revolución en Libertad” como el camino adoptado por el pueblo chileno para “una profunda y rápida transformación de sus instituciones, de un acelerado proceso de desarrollo económico y de un cambio social destinado a integrar plenamente a todos los sectores de nuestra comunidad en la vida cultural, económica y política de la nación”.
Para De Gaulle, su amigo Eduardo Frei Montalva se había convertido, por derecho propio, en un líder de escala continental, es decir, en un estadista de talla mundial. Pero en Estados Unidos, y muy singularmente en el espacio político del Partido Demócrata, el balance fue muy similar. El presidente John Fitzgerald Kennedy, y su hermano Robert, y los brillantes integrantes de su Administración, no se limitaron a considerar a Eduardo Frei Montalva como un hombre de Estado, que compartía las mismas posiciones reformistas de la presidencia Kennedy. Para figuras como Arthur M. Schlesinger Jr., el gran historiador del mandato Kennedy, Eduardo Frei Montalva fue un líder cristiano progresista que inspiró la acción política de John Kennedy en América Latina. Y, muy especialmente, como afirma en su maravilloso libro Robert Kennedy and his times, Schlesinger califica a Frei como el genuino inspirador de la mismísima Alianza por el Progreso. E igualmente, prefiere hablar de, por utilizar sus propios conceptos, “the Latin American revolution”, antes que la “Revolución en Libertad”, para definir y calibrar la magnitud del proyecto transformador de Frei.
Schlesinger, un liberal clásico de Nueva Inglaterra, califica también a Frei como un “emblema” de la izquierda democrática latinoamericana. Desde la perspectiva estadounidense, la profundidad y magnitud de las transformaciones introducidas por la presidencia Frei Montalva aconsejaban el recurso a categorías conceptuales muy nítidas. Y Robert Kennedy no vaciló en visitar Chile en noviembre de 1965. Tras apenas un año en la presidencia, el modelo reformista democratacristiano chileno representaba una referencia ineludible para los grandes líderes reformistas de inspiración cristiana en todo el mundo.
El célebre viaje de Robert Kennedy a Chile en 1965, fue seguido por el establecimiento de una excelente relación entre Frei Montalva y la Administración Johnson. No tanto con el propio presidente Lyndon Johnson, un texano que concedió prioridad a la política interna, entre otras razones, porque nunca entendió la política internacional, como demostró en su errático comportamiento en Vietnam. Errático hasta que tomó una decisión, la de involucrarse a fondo en la guerra, y fue todavía peor. Pero si con el vicepresidente, Hubert Humphrey, frustrado candidato presidencial de los demócratas en 1968, unas elecciones que ganó el republicano Richard Nixon, cuya concepción imperialista de las relaciones internacionales habría de revelarse crudamente en los años siguientes.
Pero diría que nadie en Estados Unidos captó la magnitud de los propósitos de la presidencia Frei Montalva que su propio vicepresidente. Como Frei Montalva, Hubert Humphrey había nacido en 1911, era un político reformista, y se sentía por muchos conceptos muy cerca de las ideas, la identidad, y el estilo político del presidente chileno. El 15 de enero de 1968, el antiguo senador por Dakota del Sur le dirigió a Eduardo Frei Montalva una larga y meditada carta que revela la estatura política del rival de Robert Kennedy y Eugene McCarthy en las dramáticas primarias demócratas de 1968:
“Vuestros numerosos amigos y admiradores han trabajado especialmente complacidos con las buenas noticias de las recientes semanas. Los pasados meses han sido indudablemente muy difíciles para usted. Esta usted intentando la más difícil de todas las tareas políticas, alcanzar una fundamental reforma estructural de la economía y de la sociedad dentro de un corto período de tiempo, y conseguirla dentro de un sistema democrático y constitucional. En un país sumamente politizado, como Chile, esto debía ser conseguido bajo el ataque de una oposición fuertemente disciplinada de izquierda marxista, y de una amarga y oportunista derecha.
“En su país, y en el nuestro, la generación más joven siente que líderes políticos reformistas se mueven demasiado lentamente. Y ese es el dilema perenne de los gobiernos demócratas progresistas, moverse tan rápidamente como uno puede, pero tan gradualmente como uno debe. La materialización de la experiencia que usted ha tomado bajo su responsabilidad -si, la “revolución en libertad”- no es sólo decisiva en Chile, sino también crucial para el futuro de todo el continente. Y aunque los obstáculos continuarán siendo formidables, tengo confianza en que usted tendrá éxito”.
Igualmente, el presidente chileno no dejó de cuidar y cultivar la amistad de sus contemporáneos democristianos. El 3 de noviembre de 1965, por ejemplo, se dirigía al canciller alemán, Ludwig Erhard, para que asegurarle que: “no he olvidado, estimado Canciller, la tan cordial entrevista que sostuvimos en ese hermoso pueblo de Goslar, en la que Usted me ofreció todo el respaldo del pueblo alemán si la Democracia Cristiana triunfaba en Chile. Hemos cumplido la primera etapa al ganar el poder, pero tenemos por delante un camino duro y difícil, que sólo podremos recorrer con éxito cumpliendo con el programa que nos hemos trazado”.
Más imbuida de inquietud por el futuro y sentido estratégico, sin embargo, se antoja la carta que el 30 de agosto de 1968, año pródigo en acontecimientos, dirigió a Mariano Rumor, presidente de la Internacional Demócrata Cristiana. La carta, una muy inteligente y motivadora reflexión, invitaba a la celebración de un gran encuentro universal de los ejecutivos democristianos para compartir una reflexión y adoptar una estrategia común respecto a los cambios que, destacaba el Presidente Frei Montalva con enorme lucidez, se estaban produciendo en el mundo:
“Es efectivo que los Gobiernos democrático-cristianos no han tenido, como tales, una orientación conjunta respecto de los grandes problemas internacionales de orden político, económico, social o tecnológico. Intentar una posición común para enfrentar algunos de los problemas más salientes en sus campos, especialmente frente a las nuevas circunstancias de la política internacional, me parece que podría tener una importancia y significación extraordinarias. Estoy, pues, convencido de que una reunión a la cual pudieran concurrir Jefes de Gobierno europeos o de otros continentes de nuestra ideología, sería un hecho internacional de primera magnitud...
“Los temas que podrían tratarse... no son difíciles de imaginar, pues están muy presentes los acontecimientos de Checoslovaquia, la guerra de Vietnam, entre otros en el orden político, y los problemas del desarrollo en el económico y social”.
Si un político no se eleva sobre los imperativos cotidianos, deja de serlo. Se convierte, a lo más, en un competente y modesto administrador. Pero no en un líder. Administrar honesta y eficientemente los recursos públicos no es poco. Pero no es suficiente. Frei Montalva entendió perfectamente la magnitud del cambio que se estaba produciendo en plena Era de la Democracia Cristiana, y la necesidad de hacer frente a los desafíos históricos inminentes adoptando una estrategia conjunta y audaz. Como los grandes estadistas, como los verdaderos políticos, adelantándose a los acontecimientos antes de que los acontecimientos pudieran llegar a desbordarles.
Y, en efecto, una vez más, esos acontecimientos vinieron a darle la razón al Presidente Frei Montalva. Es verdad que, en 1969, Rafael Caldera ganó su primera presidencia en Venezuela, al frente de COPEI. Por cierto, una nueva tremenda alegría para Pablo VI, que profesaba un enorme afecto al gran líder nacido en San Felipe. Pero, también en 1969, y pese a prevalecer ampliamente en las elecciones federales, ganando y quedándose a tan sólo ocho escaños de la mayoría absoluta, la CDU-CSU hubo de ceder la cancillería alemana a los socialdemócratas tras su pacto de gobierno con los liberales. En 1970, la Democracia Cristiana perdió las elecciones en Chile, pero también en Austria. Se iniciaba el ciclo socialdemócrata de los años 70 en la vida política europea. La advertencia de Frei Montalva a Rumor no había surtido efecto, excepción hecha de una Italia en donde Aldo Moro, al frente del llamado “gobierno largo”, entre 1963 y 1968, había abierto, con enorme inteligencia política, un nuevo ciclo histórico: el del mítico centrosinistra, que consolidaba la ambición por la centralidad de la propuesta política democristiana.
Concluyo. Es posible que Frei no convenciera a Rumor. Lo que resulta seguro es que causaba un profundo impacto en el corazón de sus más distinguidos interlocutores. Y no digamos en el corazón cristiano de ese corazón. En primer lugar, en el rey Balduino de Bélgica, el hombre que, preguntado en una ocasión por el cardenal Suenens por qué pasaba tantas horas delante del Santísimo, respondió: “estoy tomando el sol de Dios”. El 31 de enero de 1966, desde el castillo de Laeken, en donde había permanecido confinado junto a su padre, el rey Leopoldo, durante la II Guerra Mundial, el rey Balduino escribió al Presidente Frei, de su puño y letra, pequeña, apretada y armoniosa letra, una bellísima carta para confesarle que “me he dado cuenta, seriamente, después del viaje, de la importancia de su tarea a los ojos de los restantes Pueblos de América Latina (y escribe “Pueblos” con “P” mayúscula) para los cuales el éxito de su empresa representa una esperanza suprema... ¡Que Dios le guarde y bendiga vuestro País!” (de nuevo con “P” mayúscula)
Y, no digamos, en el corazón del dimisionario presidente francés Charles de Gaulle, un socialcristiano de las conferencias de San Vicente de Paúl que fundó Fréderic Ozanam, suscriptor de Esprit, de Témoignage Chrétien y de Combat, entre otras revistas de pensamiento personalista francesas. El 29 de abril de 1969, tras conocer la noticia de la dimisión de Charles de Gaulle como presidente de Francia, Frei le escribe para expresarle “los sentimientos de mi profunda admiración y afecto. Usted, señor Presidente, ha cumplido una tarea histórica que está más allá de triunfos o derrotas. Su nombre estará imperecederamente ligado a la historia de Francia y, en muchos aspectos, a la historia universal de nuestro tiempo”. El 8 de mayo siguiente, De Gaulle se apresura a responder a Frei: “me sentí, se lo aseguro, profundamente tocado por su mensaje, y especialmente por el acento de amistad que usted le dio”.
El período presidencial se cerró igual que se abrió, con una carta, fechada el 2 de noviembre de 1970. Y con la misma grandeza. Porque el destinatario era también un religioso ejemplar, un permanente ejemplo y una permanente inspiración para los cristianos en Chile, en América Latina y en todo el mundo, como fue y será siempre el cardenal Raúl Silva Henríquez:
“Hoy es el último día que estaré en la Moneda y tal vez sea ésta la última carta que escriba en ella. El objetivo es muy simple.“Darle las gracias por su amistad inalterable, por el afecto de que me ha rodeado, por la confianza que ha tenido en mí, por la discreción maravillosa que ha demostrado y, sobre todo, por su permanente lección de hombría, de tranquilidad y de valor.“Usted no podrá imaginar cuánto me ha ayudado saber que Usted era el jefe de la Iglesia chilena, porque para mí lo es como Cardenal y Arzobispo de Santiago. Usted ha sido un gran pastor. Con el tiempo se reconocerá su labor. Su prudencia en un momento tan difícil para Chile nunca será suficientemente apreciada”.
Eduardo Frei Montalva dejó la presidencia chilena en 1970. Pero no la política. Entre otras razones, porque la política no se deja nunca. Y, no digamos, ni la política ni la historia le dejarán nunca a él. En plena madurez política y personal, la presencia y el mensaje de Frei eran ya patrimonio universal de la Democracia Cristiana. En otra ocasión, tuve oportunidad de referirme extensamente a la extraordinaria intervención que Frei Montalva protagonizó en el XI Congreso de la Democracia Cristiana italiana, celebrado entre el 6 y el 10 de junio de 1973, una intervención concluida en Santiago de Chile el 31 de mayo precedente, cuyo original mecanografiado he tenido también el privilegio de manejar, y que representaba, y sigue representando, una auténtica agenda mundial para el accionar político de la Democracia Cristiana.
Igualmente, convertido ya en el símbolo mundial de la oposición democrática chilena a la dictadura, participó como invitado de honor en el Congreso de la Unión de Centro Democrático, celebrado en Madrid, entre el 19 y el 21 de octubre de 1978. Pero creo que uno de los testimonios que mejor resume el pensamiento de Eduardo Frei Montalva se corresponde con la intervención que el 24 de agosto de 1979 pronunció en la Comisión Brandt para defender un programa coherente y realista, rigurosamente democrático, fiel a los principios del Estado de Derecho, para el restablecimiento de la democracia en Chile:
“Nadie discute que se cometieron errores, de los cuales todos, en una y otra forma, somos culpables, y que esa democracia tuvo una crisis -qué pueblo no la ha conocido- que produjo trastornos gravísimos que, por lo demás combatimos. Pero los vicios y defectos en que ella cayó nos obligan a corregirla y perfeccionarla, nunca a desconocerla y destruirla...
“-Proponemos que se restituyan las libertades fundamentales de acuerdo a la Constitución y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
“-Proponemos que se elabore un proyecto de Reforma Constitucional por un organismo auténticamente representativo.
“-Proponemos que se organice un gobierno que declare que su misión será restañar las heridas del pasado, restablecer la democracia y garantizar la seguridad internacional de Chile.
“-Proponemos que se restablezcan plenamente los derechos sindicales.
“-Proponemos que se dicte un Estatuto de los partidos políticos.
“-Proponemos que se geste un consenso nacional que garantice una salida democrática, en paz y sin violencia, que haga posible su desenvolvimiento posterior.
“Dicen que la política es el arte de lo posible, pero que la grandeza consiste en intentar lo que parece imposible.
“Yo creo que ha llegado la hora de hacer lo posible y lo imposible para que Chile vuelva a ser un país donde impere la ley y se viva en libertad y en democracia”.
Cuando Willy Brandt visitó Chile, en 1969, dijo para despedirse: “ahora sé lo que es la democracia chilena”. Cuando se examina la trayectoria histórica de Eduardo Frei Montalva, cabe también decir: “ahora sé lo que es la Democracia Cristiana”. Y la política. Y las relaciones internacionales. Y el sentido de la responsabilidad. Entre 1964 y 1970, Eduardo Frei Montalva, presidente de la República de Chile, se convirtió en una personalidad clave para entender el formidable impulso que experimentó el proyecto democrático en todo el mundo libre. Frei no sólo lideró un impresionante proceso de ampliación de integración e inclusión de las clases populares en la lógica del Estado de Derecho, y la consiguiente transformación de Chile en una gran democracia. Frei se convirtió en el amigo, interlocutor, inspirador de las más grandes figuras políticas de su tiempo, lo que equivale a decir de todo el siglo XX y, en algunos supuestos, de la historia: Pablo VI, Konrad Adenauer, Aldo Moro, Charles de Gaulle, John y Robert Kennedy, Ludwig Erhard, Hubert Humphrey, Balduino de Bélgica… fueron los cristianos audaces que compartieron el Evangelio del amor, el perdón y la reconciliación del que fue testigo Eduardo Frei Montalva hasta el último día de su existencia fecunda.
Termino. En una de sus últimas cartas a Màrius Torres, la de 16 de septiembre de 1941, apenas unos meses antes del prematuro fallecimiento del gran poeta lleidatà, el gran escritor democristiano catalán Joan Sales, quien habría de militar en Unió Democràtica de Catalunya, hasta su fallecimiento en 1983, le expresaba a su amigo Màrius su convencimiento de que Dios perdonaba todos los pecados y faltas. Pero que existía una significativa excepción: en las propias palabras del autor de Incierta gloria, Dios no perdonaba “las faltas de estilo”. Es decir: la traición a las propias ideas y creencias. La traición a la propia identidad. La traición al propio corazón. Eduardo Frei Montalva, y sus eminentes contemporáneos, no traicionaron a su corazón. Como no traicionó a su corazón Oswaldo Payá. Estos son los hombres que no mueren nunca.