INTRODUCCIÓN *

AUTOR, FECHA, LUGAR DE COMPOSICIÓN

Claudio Galeno escribió De usu partium cuando su amigo y protector Flavio Boeto se marchó de Roma a Palestina, al ser nombrado gobernador de la Siria palestina, con el fin de que pudiera recordar las enseñanzas anatómicas y fisiológicas, que con tanto interés había seguido en Roma, según relata nuestro médico al comienzo de sus Procedimientos anatómicos (I 1). Posiblemente redactó el libro I a instancias de su amigo entre los años 164 y 166, en los últimos tiempos de su primera estancia en Roma, y el resto de la obra durante la segunda entre los años 169 y 175, esto es, en su época de madurez, a la vuelta de Aquileya, cuando había adquirido ya gran experiencia y pericia en la práctica de disecciones. En esa época fue nombrado médico de Cómodo, el hijo de Marco Aurelio, por lo que dispuso de cierta tranquilidad para escribir sus tratados Procedimientos anatómicos y Del uso de las partes , obras magistrales de anatomía y fisiología anatómica, cuya redacción alternó, como puede deducirse de sus citas cruzadas. Dice en Procedimientos que le mandó los diecisiete libros de su obra de fisiología al gobernador de Siria, cuando aún vivía. De esa época también es su tratado De las doctrinas de Hipócrates y Platón , de carácter filosófico-teológico.

Galeno (Pérgamo 130-200), que creció a la sombra del Asklepieion de Pérgamo, recogió en sus escritos el saber médico, biológico y filosófico de la mejor tradición griega. Estudió filosofía en Atenas. Conoció por ello la filosofía clásica y también la helenística y el platonismo medio. Admiró a Platón, a Aristóteles y de manera muy especial a Hipócrates. Sintió respeto por Sátiro y por Quinto, sus maestros de medicina de Pérgamo, así como por Marino, Pélope y Numisiano. Viajó a Alejandría, la ciudad más avanzada de la época en ciencia y humanidades, para adiestrarse en la medicina que allí se estaba desarrollando, basada en el estudio de la anatomía humana mediante la práctica de disecciones. Figuras como Herófilo o Erasístrato eran buen ejemplo del nuevo rumbo que estaba tomando el estudio y la práctica de esta ciencia. En Alejandría aprendió también a estudiar los tratados hipocráticos con rigor filológico. En Pérgamo fue médico de los gladiadores y en Roma protagonizó algunas de sus demostraciones anatómicas más brillantes en el Templo de la Paz. En su calidad de médico acompañó a Marco Aurelio en algunas de sus expediciones militares, y se ocupó personalmente de la salud de este emperador y de su hijo Cómodo.

Galeno aprendió de sus maestros la importancia de la observación de los fenómenos, de la experimentación, de la exhibición de los hallazgos así como de la teoría lógica para la demostración. Escribió un tratado Sobre la demostración en quince libros, que no nos ha llegado, pero que nos permite imaginar la importancia que dio al razonamiento lógico para explicar los resultados de sus experimentos. Dejó escrito (VI 13, 467K) que algunos errores médicos proceden del desconocimiento de la anatomía y otros, de la ignorancia de la teoría lógica, y que la maestría intelectual requiere experimentación pero también razonamiento lógico y conocimiento de la teoría de la causalidad con todas sus distinciones. La observación, la experimentación y la demostración fueron para Galeno los ejes de su enseñanza médica. Invitaba insistente y reiteradamente a sus lectores a que comprobaran visualmente ellos mismos en las disecciones lo que él decía (II 3, 98-99K). Enseñó a sus discípulos a observar con atención lo que se ve y a aprender mediante la experimentación aquello que no es accesible a la vista 1 . También sabía, como los buenos oradores, que cualquier demostración debía persuadir. No obstante, afirma que prefiere demostraciones claras antes que palabras persuasivas (XIV 13, 198K).

El título de la obra que traducimos, de acuerdo con los mejores manuscritos, es Perì chreías moríon , que fue vertido al latín por De usu partium . En nuestra traducción hemos optado por traducir el título griego como Del uso de las partes para respetar la traducción consagrada por el latín y avalada por la tradición médica. No obstante, traducimos el término chreía por «función» como también en nuestra anterior traducción del tratado de Procedimientos anatómicos hemos traducido Perì chreías moríon por Sobre la función de las partes , pues estimamos que en el ámbito de la medicina cuando se hace referencia a la «utilidad» de una parte del cuerpo, se emplea generalmente el término «función». Así hablamos, por ejemplo, de la función del pulmón o decimos que la función principal de las piernas es la locomoción.

Galeno suele definir, en aras de la claridad, los conceptos sobre los que trabaja. Así hace también en esta obra. Del término chreía dice que expresa lo que la mayoría llama euchrestía , que podríamos traducir como «utilidad» (XVII 1) 2 . También define lo que entiende por «parte» como algo con contorno propio pero que en algún punto se continúa con el todo. El término enérgeia , que hemos traducido por «acción» o «actividad» lo define como kínesis drastiké «movimiento activo» (XVII 1) Y dice que lo que posibilita ese «movimiento activo» es la facultad o poder (dynamis ) de cada órgano.

Para conocer la función de cada parte lo mejor es observar primero la acción del órgano entero. Galeno lo ejemplifica con su experiencia del elefante. Cuenta que la primera vez que vio un paquidermo le sorprendió ese apéndice largo que pende del lugar de la cara donde otros animales tienen la nariz y le pareció algo inútil y superfluo, pero cuando vio cómo recogía con él monedas del suelo, comprendió por su acción cuál era la función de la trompa, y cuando observó que ese animal, al cruzar un río, elevaba la trompa y respiraba por ella, comprendió con esa otra acción la otra función de dicho apéndice (XVII 1).

El propósito de la obra es demostrar que cada parte del cuerpo humano tiene una estructura adecuada a su función en la economía del cuerpo entero (XV 1, IV 218K y XVII 1, IV 347K), que la excelencia de la estructura de cualquiera de las partes se manifiesta en su cooperación a la acción de todo el órgano (I 9, III 24-25K), ya que, como decía Hipócrates, en el cuerpo todo está en simpatía (I 8, III 18K). El Pergameno afirma que la función de las partes del cuerpo está en relación con el alma, puesto que el cuerpo es su instrumento, y, si las partes de los diferentes animales difieren, es porque también difieren sus almas, pues el cuerpo está adaptado al carácter y facultades del alma (I 2). Para Galeno, la forma y la función de las partes no son sino manifestaciones de la naturaleza y expresión del perfecto diseño del ser viviente.

COMPOSICIÓN Y ESTRUCTURA

El tratado De usu partium está concebido como un canto de alabanza a la naturaleza creadora. Para Galeno, esta obra es un discurso sagrado (hieròs lógos ) y un verdadero himno en honor a ella, pues no hay nada más sagrado, dice, que investigar y dar a conocer el sumo arte de la naturaleza en su diseño y creación del ser humano (III 10, 237-238K). Compara su escrito a una composición mélica, que termina en un epodo, himno de alabanza a la divinidad, que se solía cantar al pie del altar. Como en los himnos a los dioses hay en la obra de Galeno una parte más retórica en la que alaba y elogia la naturaleza creadora, hay otra exhortativa en la que invita a su conocimiento mediante el estudio y la experimentación, y otra descriptiva de la función de las partes que constituyen el ser del hombre. A la naturaleza, como a cualquier otra divinidad, a la que se canta, se la adorna con epítetos: es sabia, poderosa, justa y providente; es creadora (demiourgós); actúa con arte y es rica en recursos. El cuerpo humano es su obra maestra. Este tratado de Galeno, como la composiciones líricas, en parte apela a los sentimientos y al asombro de sus lectores, pero, sobre todo, por su metodología científica llama a la reflexión y al conocimiento de la naturaleza en algo tan cercano y propio como es el cuerpo humano. La obra está escrita con precisión y claridad en la prosa ática del siglo II , si bien pueden observarse en ella algunos rasgos de la koiné .

Galeno, por su interés en conocer lo específico del hombre frente a los demás animales, comienza y termina su obra con el estudio de las partes que, según su criterio, constituyen al hombre como lo que es, un ser racional y sociable, capaz de crear un mundo, relacionarse, reflexionar y dedicarse a las artes. Estas partes específicamente humanas son, en su opinión, las extremidades y el cerebro. Las primeras están soportadas por los huesos, movidas por los músculos, que, a su vez, son puestos en movimiento por los nervios; están nutridas gracias a las venas, atemperadas, en opinión de Galeno, por las arterias, y reciben sensibilidad y movimiento gracias a los nervios, que en última instancia proceden del cerebro. A las extremidades les dedica los primeros libros. Los siguientes los distribuye de acuerdo con las tres principales cavidades del cuerpo: abdominal, torácica y craneal, de acuerdo con su concepción tripartita del cuerpo humano. Los libros IV y V los dedica a los órganos de la cavidad abdominal que reciben el alimento y lo elaboran, como el estómago; a los que terminan de elaborarlo y lo transforman en sangre, como el hígado, y a los que, antes de la distribución lo purifican de residuos ligeros, como hace la vesícula biliar, o de los residuos más espesos, como hacen el bazo y los intestinos anteriores al recto, y de los residuos acuosos, lo que es función de los riñones. Los libros VI y VII versan sobre los órganos de la cavidad torácica, como el corazón y los pulmones, además de dedicar algunos capítulos al esófago, a la tráquea y a los órganos de fonación. Los libros VIII al XII están destinados a explicar todos los órganos de alguna manera relacionados con la zona de la cabeza. La segunda mitad del XII y el libro XIII explican la columna vertebral y los hombros. Los libros XIV y XV explican los órganos de reproducción y las caderas y en el XVI se habla del sistema conectivo, nervios, venas y arterias, que recorren todo el cuerpo para darle, en opinión de Galeno, sensibilidad y movimiento, alimentación y una temperatura adecuada. El libro XVII cierra poéticamente, a modo de epodo, toda la obra y resume algunos de sus puntos principales.

Mediante todos los recursos que le presta la lengua, Galeno expone de forma sistemática la estructura, función y relación de las diferentes partes del cuerpo humano, sin olvidar que el cuerpo es un todo orgánico, en que todas las partes están en simpatía y en perfecto equilibrio, sin que nada sobre ni falte, para constituir cooperativamente ese ser racional que es el hombre. Como han señalado Garofallo y Vegetti 3 , Galeno, al discurrir sobre las partes del cuerpo y sus funciones, elabora un discurso sobre el orden universal de la naturaleza, pues ve en cada parte del cuerpo no sólo una manifestación de la physis sino también de las leyes que la rigen. El Pergameno explica mediante la palabra lo que ve en las disecciones y los resultados de sus experimentos, acude a la geometría euclidiana cuando lo estima oportuno para la clarificación de las ideas, por ejemplo, para hacer comprensibles los rayos de la visión, invita a la experimentación y a la observación, hace propuestas metodológicas para el estudio de la anatomía y la función de las partes en el ser vivo, elabora teorías explicativas sobre la percepción, la sensibilidad y la capacidad de razonamiento del hombre, valga como ejemplo su teoría sobre el spiritus animi 4 , y acude a símiles y analogías para explicar lo que no conocemos por lo que conocemos.

En su afán didáctico establece con frecuencia diálogo con sus lectores y les interpela para que presten atención o para que se fijen en determinada característica o les manda leer otros escritos necesarios para la comprensión de lo que está explicando. Rebate teorías comúnmente aceptadas y polemiza con médicos o filósofos de un cierto prestigio. Sabe captar la atención del auditorio con cuestiones polémicas, por ejemplo, si es adecuado el nombre de «encéfalo» en los animales que no tienen cabeza (kephalé) . Otras veces polemiza con algún médico de prestigio o rebate teorías comúnmente admitidas, sin sentir reparos en llevar hasta el ridículo las doctrinas de algún adversario científico. Cuida el uso de la lengua y se preocupa en definir términos, que pueden no estar claros para todos sus lectores, pues sabe que la claridad y la precisión de la palabra es clave en la comprensión de los conceptos y sin éstos no hay ciencia. Crea una retórica de la ciencia, que le otorga las mejores credenciales en el campo del saber, pues sus verdades, apoyadas en los datos de la exploración y experimentación, ofrecen certezas, que son verificables y le dan al hombre la posibilidad de controlar la salud del cuerpo y la virtud del alma mediante la regulación de su forma de vida. Además, ese saber, que se fundamenta en la anatomía y en la fisiología, será útil, según nuestro autor, no sólo al médico sino al filósofo que se esfuerza por adquirir un conocimiento de la naturaleza entera (XVII 1). Para Galeno, como decíamos al principio, el ir desvelando los misterios de la anatomía y la fisiología del cuerpo humano es componer un himno a la naturaleza creadora y a su obra más perfecta, el cuerpo humano, y recomienda a todos aquellos que honran a los dioses iniciarse en los misterios de la fisiología, superiores, dice, a los de Eleusis y Samotracia, pues muestran con más claridad que aquéllos la sabiduría del creador (De usu partium XVII 1-2).

GALENO Y EL CUERPO HUMANO

Galeno concibe el cuerpo humano como la suprema manifestación de armonía, belleza y justa distribución de la naturaleza. Evidentemente, estos atributos se encuentran también en su concepción del cosmos, de la arquitectura y de un arte en que los griegos fueron maestros: la escultura. Belleza y justicia, nos dice, se basan en una armónica distribución. Con el sentido de la belleza de los griegos afirma que «la verdadera belleza, no es otra cosa que la excelencia de la estructura (I 9, III 24K)», y trae a colación el arte de Policleto que desveló el canon del cuerpo externo. Al médico le incumbe desvelar la armonía y la perfección del cuerpo interno. Y ese canon sólo es posible encontrarlo aislando y estudiando las diferentes partes y estudiando la relación entre su estructura y su acción, pues sólo eso es «canon, medida y criterio de una buena forma natural y una belleza verdadera (ibid.) ».

Reconoce, no obstante, Galeno, que nuestro cuerpo es de material perecedero, y por eso dice que somos como «estatuas de arcilla (III 10, III 240K)», pero también reconoce que Fidias trabajó con igual arte el barro que el oro o el marfil e insiste en que lo que importa no es el material sino el arte del escultor. Afirma que «el hombre vulgar se deja sorprender por la belleza del material, el artista, en cambio, por el arte (íd . 239K)». La medicina de Galeno, como ha señalado García Ballester 5 , «tiene que ver con la salud y belleza del cuerpo y éstas no se realizan plenamente sin el adecuado funcionamiento de las partes del cuerpo». El mensaje de Galeno es que hay que esforzarse por descubrir el arte incluso en las partes más insignificantes, pues todas están coordinadas para contribuir a una acción común, la del órgano del que forman parte, si bien cada una de ellas tiene una función o finalidad específica. Afirma el Pergameno que el demiurgo conectó todas las partes del cuerpo «y se las ingenió para que se escucharan unas a otras (IV 9, III 310K)», pues todas deben contribuir a que el hombre llegue a realizar la función para la que fue creado. Pero para conocer bien las partes se debe conocer primero la acción del órgano que constituyen y, una vez conocida, será más fácil descubrir cuál es la función de cada una de las partes integrantes. Galeno justifica su estudio del cuerpo y de sus partes por el hecho de que ni siquiera Aristóteles ni Hipócrates hablaron de todas las acciones de todos los órganos, pues les faltaba práctica en el método del descubrimiento y a veces hablaban de un modo oscuro (I 8, III 20-21 K). En otro lugar dice que va a explicar «lo que aparece en las disecciones, pues ninguno de mis predecesores lo ha explicado con rigor (II 3, III 98K)». Vemos, pues, la importancia que concede a seguir un método riguroso y de conjunto en la investigación. Estudia cómo las partes del cuerpo contribuyen sinérgicamente y en armonía para que el hombre viva y además viva bien y continúe su especie sobre la faz de la Tierra. Considera un deber casi religioso hacia la divinidad dar a conocer lo que va descubriendo, pues afirma que «la verdadera piedad no consiste en sacrificar infinitas hecatombes ni en quemar miles de talentos de casia sino en conocer la obra del creador y transmitírsela a los demás» (III 10, III 237-238K).

GALENO Y EL «DISEÑO INTELIGENTE»

El médico de Pérgamo formuló por primera vez de forma sistemática y desde un punto de vista no teísta la doctrina del diseño inteligente que puede observarse en el cosmos y que centró en ese microcosmos que es el hombre. Para nuestro autor, el estudio de las partes del cuerpo humano revela que no son obra del azar sino de una inteligencia creadora que las ha hecho de la mejor forma posible de acuerdo con el fin para el que han sido creadas. Esto se le revela en el estudio de los huesos del cuerpo y de sus músculos, en las articulaciones, en el examen de la mano o del pie del hombre, en el tracto digestivo, en la composición del cerebro, en los dientes, en las vértebras, en los ojos, las pestañas y los ojos, en la armonía de todas las partes, incluso en las que pudieran parecernos más insignificantes como el talón o el tobillo. Para Galeno, esa inteligencia creadora es la naturaleza, a la que con frecuencia llama «divinidad creadora».

Siglos después, un clérigo inglés, sir William Paley, acuñaría la fórmula «diseño inteligente» del mundo, en su obra Natural Theology , publicada en Londres en 1802, en la que mantiene que el mundo natural parece haber sido creado por un diseñador y que sólo un Dios omnipotente podría haber creado tanta perfección en cada parte del cosmos y del cuerpo animal y humano. W. Paley 6 compara el organismo humano a la maquinaria de un reloj, de la que dice que las diferentes partes que la componen están formadas y hechas con un propósito y que si esas partes fueran diferentes a como son, si tuvieran otro tamaño u otra posición, probablemente no cumplirían con el fin para el que han sido hechas, que es mostrarnos la hora del día, en cuyo servicio todas actúan sinérgicamente. También deduce de la observación de esa maquinaria que ha habido una mente inteligente que la ha diseñado. Cuando Paley escribió su obra probablemente conocía no sólo los escritos de Aristóteles y de Cicerón, sino que también debía de conocer directa o indirectamente el tratado Del uso de las partes de Galeno. De hecho, en su estudio de los músculos cita al obispo John Wilkins (1614-1672), quien, a su vez, cita la miología de Galeno. Esa idea de un agente organizador perduró desde Galeno hasta Darwin, quien en principio siguió a Paley, al que leyó con gusto y admiró 7 , pero a partir de las observaciones que hizo en la expedición de cuatro años en el Beagle por la Tierra del Fuego y las islas Galápagos, bajo las órdenes del comandante Fritz Roy, fue el primero en rebatir con argumentos fundamentados la idea de creacionismo y «diseño inteligente», en favor de la adaptación y la selección de las especies, y, en consecuencia, a favor de su teoría de la evolución.

Para Galeno, en cambio, que creía que la disposición corporal está en consonancia con las facultades del alma y que veía en el hombre «el único animal sobre la tierra con un alma divina (XIII 11, IV 126-127K)», no había obra más perfecta desde sus orígenes que el cuerpo humano. Consciente del material perecedero del cuerpo humano, le hace partícipe de la inteligencia de los cuerpos celestes y codifica su pensamiento de la siguiente manera: «Me parece a mí, cuando pienso en estas cosas, que incluso una no pequeña inteligencia se extiende por el aire que nos circunda, pues no es natural que el aire participe de la luz solar y no participe de su poder (XVII 1, IV 360K)». Galeno mantuvo una fuerte polémica con las corrientes materialistas de su tiempo, especialmente con los atomistas, que defendían que la existencia de los cuerpos se debía al choque de los átomos al azar.

CONCEPTOS FUNDAMENTALES

Galeno se propone en De usu partium escribir una monografía científica sobre el funcionamiento de las partes del cuerpo humano, que sea a la vez un discurso con mayores garantías que el filosófico, que «reconozca la posibilidad de la hegemonía cultural de la medicina» pero que como aquél reconozca las leyes de la naturaleza y el orden teleológico que la rige 8 . Lógos , experimentación práctica e investigación son los principios que legitiman su discurso 9 .

Nuestro autor, que cuenta con un buen bagaje científico y filosófico, quiere presentar el estudio del cuerpo de acuerdo con los principios de la lógica y la demostración filosófica e intenta descubrir cómo el lógos de la naturaleza se manifiesta en el cuerpo humano. Opera con una concepción tripartita del cuerpo que es reflejo de la que Platón expone en el Timeo . Con ello se aparta del cardiocentrismo aristotélico e instaura una nueva antropología, en la que los órganos principales están al servicio de la vida del hombre. Distingue las tres vísceras, hígado, corazón y cerebro como sedes de la vida vegetativa o natural, de la volitiva y de la racional respectivamente. Afirma que el hígado es el origen de las venas; el corazón, de las arterias, y el cerebro, de los nervios. En el hígado, dice, se actualizan las facultades naturales o vegetativas, por las que crecemos y nos desarrollamos; en el corazón, las facultades vitales, que cumplen con las funciones cardiorrespiratorias de mantener todo el organismo a la temperatura adecuada, y en el cerebro, las facultades psíquicas o racionales del hombre, que rigen la sensibilidad, el movimiento autónomo y la vida de relación. En estas tres vísceras se concluirá la elaboración del pneuma natural, del pneûma vital y del pneûma psíquico, respectivamente.

El criterio aplicado por Galeno para el estudio de las partes del cuerpo es el de las categorías aristotélicas. Describe la posición de cada parte, su cantidad, esto es, su número y volumen, su sustancia o composición elemental, su complexión o estructura, su forma y sus cualidades como color o textura, además de su acción y afecciones así como su relación con otras partes. En su tratado de Las doctrinas de Hipócrates y Platón (VII 2, 491L) explica que cada parte pertenece a la categoría de la relación y tiene una forma adecuada a su función (chreía ), que se muestra en su acción (enérgeia ), lo que también afirma en el capítulo XV (1, 218) de nuestra obra. Asegura que hay partes activas y partes pasivas y que otras tienen ambas cualidades, como, por ejemplo, el músculo, que mueve al hueso pero es movido, en cambio, por los nervios. El criterio para discernir la importancia de una parte es la importancia de su función (VI 7, III 435-436K).

De influencia platónica es la figura del demiurgo. La teoría galénica de las causas y su teleología, así como la teoría lógica y el arte de la demostración muestran el influjo de Aristóteles. Galeno en De usu (VI 12) desarrolla su teoría de las causas y menciona la causa primera como objetivo de la acción pero también se ocupa de la eficiente, de la material, de la instrumental, por supuesto, de la causa final y también de la formal con referencia a la forma inmanente aristotélica o al alma del cuerpo. Todas contribuyen a la perfección de la parte con vistas a la realización de su función. Para examinar cualquier parte del cuerpo, el filósofo de la naturaleza deberá encontrar respuesta a todo este tipo de causas y critica a Erasístrato y a Asclepíades por no haber obrado así. Los cuatro modos de movimiento que admite Galeno son también aristotélicos, pues además del movimiento local, como cambio de lugar, habla del movimiento sustancial o conversión (el quilo se convierte en sangre; la sangre, en leche o en esperma), del cuantitativo (crecimiento y disminución) y del cualitativo (esto es, el grado de una cualidad). La deuda del de Pérgamo con el Estagirita es también evidente en su concepción teleológica de la naturaleza, que aún encontramos, aunque matizada, en Vesalio, que en el prefacio de su Fabrica dice que la anatomía se caracteriza iucundissima hominis cognitione, inmensi rerum Conditoris sapientiam (si quid aliud) attestante .

Otro axioma de Galeno, consecuencia de su teleología, es el principio aristotélico de que la naturaleza no hace nada en vano. Pero Galeno va más allá de Aristóteles, pues el Estagirita admite excepciones, mientras que el Pergameno cree que las consideradas excepciones son producto de nuestra ignorancia. Para él son un reto para seguir investigando con el fin de entender el propósito de la naturaleza en cada parte. Anatomía y fisiología son dos vías que llevan a descubrir la sabiduría de la naturaleza en la organización del hombre. Galeno toma como base para su investigación de las partes del cuerpo humano el tratado del Estagirita sobre las partes de los animales. El influjo de Aristóteles es evidente no sólo en su concepción teleológica de la naturaleza y en su modo causal de razonar, sino también en sus estudios biológicos.

Que la estructura del cuerpo es la mejor de las posibles, es otro principio que está en la base del sistema galénico. Para demostrarlo, Galeno propone un método: cambiar con la imaginación la posición de cada parte o su textura o su número o su tamaño o su forma. Y, si no encontramos nada mejor, debemos declarar que la estructura actual es perfecta y absolutamente correcta (III 11, III 249-250K). Con este procedimiento, Galeno alterna la observación racional con la imaginación en un juego de creación de hipótesis contrarias a la realidad, que confirman la perfección y la belleza de lo real. Por ejemplo, la acción de la mano está al servicio de la aprehensión, por lo que la estructura de la mano y la topografía de sus partes debe ser la óptima para la función prensil. Galeno apela a nuestra imaginación y nos invita a pensar cómo sería si nuestras manos no fueran articuladas o si el pulgar no se opusiera a los otros dedos o si ocupara una posición diferente a la que ahora tiene o si no pudiera realizar los amplios movimientos de aducción y abducción que ahora realiza, o si no tuviéramos la posibilidad de sujetar con las dos manos objetos de gran volumen o si gracias al índice y el pulgar y al concurso de las uñas no pudiéramos agarrar con precisión las cosas más pequeñas. Siempre invita a oyentes y a lectores a imaginar otra solución mejor para cada una de las partes y como nadie le ofrece ninguna solución mejor concluye que la estructura actual de cada parte es la mejor de las posibles, lo que se debe a la inteligencia de la naturaleza creadora, a la que no cesa de admirar y alabar. Debe decirse que en De usu hay 293 entradas de la familia thaûma , término que expresa admiración o sorpresa ante un hecho maravilloso, muchas para un tratado científico, pero también hay que aclarar que en Galeno, como ha visto bien J. Jouanna 10 , el sentimiento de admiración no es producto de la ignorancia, sino resultado de una toma de conciencia, consecuencia de la observación y de la reflexión sobre las obras de la naturaleza.

El sistema fisiológico galénico es humoral y pneumático. De Hipócrates toma su patología humoral, su clínica, la idea de que en el cuerpo todo está en simpatía y de que todas las partes cooperan en la acción del órgano (I 9, III 23-24K). De Erasístrato y de Herófilo, su interés por el sistema vascular, el pneûma y el sistema nervioso. Afirma Galeno que la correcta mezcla de las cualidades, que el hombre puede controlar mediante la regulación de su forma de vida, aporta salud al cuerpo y virtud al alma. La elaboración en el pulmón, en el corazón, tal vez también en el hígado 11 , y en el cerebro, del aire (aér ) que respiramos le convierte finalmente en spiritus animi , esto es, aire inspirado, que se distribuye y da vida a todas las partes del cuerpo (cf. De usu partium , VII 8).

El calor innato, otro concepto importante dentro de la fisiología galénica, es responsable de la nutrición y de las transformaciones que sufre el aire inspirado (pneûma o spiritus animi) y está muy presente en el corazón y en las venas. Desde el pulmón, el pneûma es atraído al ventrículo izquierdo del corazón. Su función ahí es atemperar el calor natural que se origina en ese ventrículo, donde, a su vez, por la acción del calor natural se transforma en pneûma zotikón o «espíritu vital», que, unido a la sangre del ventrículo derecho, vaporizada por el calor natural del corazón, proporciona a las arterias una sangre muy sutil cargada de espíritu vital, que se reparte por todo el cuerpo. Parte de ella llega a través de las carótidas al cerebro, después de su elaboración en el plexo de arterias de debajo del cerebelo, y termina su elaboración en los ventrículos cerebrales. Ahí acaba por convertirse en pneûma psychikón o «espíritu anímico», que se difundirá por la sustancia cerebral, y a través del cerebelo y la médula espinal por todos los nervios y aportará al cuerpo la capacidad de recordar, proyectar, reflexionar y representar, esto es, aquellas «actividades autónomas» del alma racional, que están encomendadas al sistema nervioso central o autónomo. Capacitará también para la percepción de sensaciones y para el movimiento voluntario, que corresponden a las «actividades relacionales» del alma, encomendadas al sistema nervioso periférico, como pudo demostrar con sus experimentos 12 . Cuanto mayor sea el tiempo que una sustancia está expuesta al calor innato, mayor será su transformación. Además de las transformaciones, que, según Galeno, suceden en la rete mirabile , él admite otras transformaciones, como las que se producen, en su opinión, en los conductos varicosos de los testículos, en los que la sangre se convertiría en esperma, o la que tiene lugar en los vasos que en las mujeres van a los pechos, en los que la sangre se convertiría en leche. Añadamos que para el Pergameno el calor innato, que es instrumento primordial de la naturaleza (XIV 6), tiene su sede en el corazón, y que necesita también del pneûma y de la sangre para su nutrición y de la respiración para su refrigeración, ya que el calor innato debe ser temperado. También la transformación del alimento que ingerimos en quilo se produce en el estómago por el calor innato, y cuando ese quilo llega al hígado, por el calor innato se transforma en sangre. Ese calor innato es el que hace bombear el corazón y pulsar las arterias.

La naturaleza es para Galeno el principio generador de todo lo que brota y viene a la vida. La define como «esencia primordial, fundamento de todos los cuerpos que nacen y perecen» 13 y afirma que «los efectos de la naturaleza son la nutrición y el crecimiento» 14 . La naturaleza con su sabiduría, justicia y previsión es la que ha dispuesto que cada parte del cuerpo esté estructurada de la mejor manera posible, esté situada en el lugar adecuado, que sea de la sustancia más conveniente para su función y que su relación con las partes adyacentes sea la óptima. Tarea del fisiólogo es desvelar el lógos ínsito en ella. La naturaleza es también, como ha señalado F. Kovacic 15 , fundamento de la actitud religiosa de Galeno, pues los dioses tradicionales a los que se venera no son sino manifestaciones de lo divino, cuya expresión más elevada es la naturaleza (physis ) inteligente, esto es, la inteligencia (noûs ) que todo lo rige y ordena.

EXPERIMENTACIÓN

Galeno piensa que sin experimentación e investigación no se puede avanzar en el conocimiento de la medicina y que dicha experimentación debe ir acompañada, además de por el razonamiento lógico, por la precisión del lenguaje en aras de la claridad de su explicación. Exhorta incansablemente a sus discípulos a que hagan sus propias disecciones y que observen e investiguen con espíritu crítico. Afirma que la anatomía «no se puede leer y escuchar como si fuera un cuento de viejas, sino que hay que investigar y contrastar en las disecciones todo lo que se dice (III 16, III 255-256K)». En Alejandría, en época helenística ejercieron la medicina médicos como Herófilo, que investigó el cerebro y el sistema nervioso, y Erasístrato, que destacó por sus estudios del sistema vascular. A pesar de sus discrepancias, sobre todo con Erasístrato, Galeno es deudor de la escuela de medicina de Alejandría que forjaron estos médicos, y aconseja a sus estudiantes que vayan a Alejandría para aprender a diseccionar, pues allí se servían de cuerpos humanos para hacerlas. Mencionaremos aquí sólo algunos de los experimentos de nuestro médico que mayor popularidad le dieron. Galeno hizo, por ejemplo, experimentos con los ventrículos del cerebro. Pudo comprobar cómo ciertas lesiones del cerebro generaban disfunciones en las «actividades del alma». De ahí que considerara que la sede del alma se encontraba en el cerebro 16 . Observó que si presionaba o cortaba el ventrículo posterior, el animal quedaba más dañado que cuando presionaba o cortaba los ventrículos laterales 17 y estableció como criterio de la importancia de la parte afectada el grado de sopor en que caía el animal y su tiempo de recuperación 18 . Observó también la relación existente entre los ventrículos laterales y los ojos, pues cuando los apretaba, se bloqueaba el paso del pneûma del ventrículo anterior al nervio óptico, por lo que, en su opinión, la visión quedaba muy perturbada o desaparecía, mientras que cuando oprimía el ventrículo posterior, el animal continuaba parpadeando. Causó lesiones también a la meninge dura cerebral y vio cómo, a diferencia de lo que ocurría en los ventrículos, el animal no perdía ni el movimiento ni la sensibilidad. Causaron gran sensación sus experimentos con el nervio recurrente: vio que si cortaba los músculos que actúan sobre la laringe enervados por el recurrente, el animal perdía totalmente la voz, pero si la lesión era parcial, la voz se perdía en medida proporcional a la importancia de la función del músculo lesionado (Proced. anat . XIV 8). Cuando experimentó con los nervios de los músculos internos de la laringe, se dio cuenta de que si los presionaba o los anudaba, la voz del animal quedaba dañada y su sonoridad desaparecía, lo que le permitió demostrar que el control de la voz estaba en el cerebro y no en el corazón, como se creía (De placitis II 5). En relación con la voz demostró, asimismo, que si anudaba los nervios intercostales, la voz también desaparecía, pero reaparecía si los soltaba (Proced. anat . XIV 6). Demostró, así, la importancia de estos músculos y, por lo tanto, de los nervios que los enervan para el movimiento respiratorio y, en consecuencia, para la emisión de la voz (ibid . VIII). Con estos experimentos rebatió de forma incontestable la teoría que atribuía a las arterias carótidas un papel importante en la formación de la voz y que la afonía se debía a esta arteria. Confirmó el experimento haciendo un nudo a la carótida y observó que la voz no se perdía (ibid . XI 11 y XIV). Se dio cuenta de que la ligadura de un nervio paraliza e insensibiliza el músculo que enerva. Dedujo de ello que los nervios dotan de movimiento y de sensibilidad a los músculos.

Otro de los experimentos que el de Pérgamo solía hacer era seccionar la médula vértebra por vértebra y ver cómo reaccionaba el animal. Se dio cuenta de que si se hace una sección por encima o por debajo de la primera cervical, el animal muere súbitamente. Las secciones hechas hasta la cuarta vértebra detienen el movimiento respiratorio. Si la sección se hace en la quinta cervical, las extremidades superiores quedan privadas de sensibilidad y movimiento. Las realizadas por debajo de la sexta cervical paralizan los músculos del tórax, pero no el diafragma, pues los nervios de este músculo nacen de la cuarta y quinta vértebra. Demostró que si se secciona la médula por encima de la primera dorsal, se paralizan los músculos intercostales, pero el diafragma y los músculos superiores del tórax continúan con movimiento y que, si se secciona el nervio del diafragma y los de los músculos intercostales, el animal se sirve de los músculos superiores del tórax para respirar; si se secciona la médula a la altura de las primeras dorsales, se observa cómo el animal se sirve del diafragma y de los músculos superiores del tórax para la respiración. Y si la sección se hace a la altura de la séptima dorsal, que está a la altura del diafragma, se paralizan los nervios intercostales pero no el diafragma, pues los nervios que lo enervan proceden de las vértebras superiores. Galeno demostró con estos experimentos la relación entre anatomía y fisiología en el sistema nervioso y muscular, lo que, en el ámbito de la respiración y de la voz, es particularmente evidente.

También experimentó seccionando la médula desde abajo hacia arriba y se dio cuenta de que, a medida que iba subiendo, mayor era el número de partes afectadas, hasta que la sección entre la primera vértebra y el cráneo producía la muerte del animal (Proced. anat . IX), es decir, los miembros enervados por nervios que están por encima de donde se ha hecho la sección conservan sus funciones y se paralizan los que están por debajo. Esto fue lo que le hizo concluir que el origen de los nervios es el cerebro. Se dio cuenta de que las lesiones o la insensibilidad de alguna parte del cuerpo viene producida por la lesión del nervio que la enerva. Observó Galeno, asimismo, que si sólo se secciona la mitad de la médula, queda únicamente afectada la mitad del lado correspondiente del cuerpo, lo que demuestra que una mitad de la médula es independiente de la otra. Descubrió que los nervios espinales tienen dos tipos de raíces, unas se distribuyen por los músculos y les dotan de movimiento voluntario, y otras van a la piel y le aportan sensibilidad. Se dio cuenta de que la insensibilidad de algún dedo de la mano podía proceder de la lesión de la última vértebra del cuello.

Hizo vivisecciones con el fin de explorar el funcionamiento y los movimientos del corazón, de las arterias y del pulmón. Pudo observar cómo las válvulas del corazón impedían el reflujo de la sangre a los ventrículos y explicó la insuficiencia valvular. Observó también que las arterias tenían dos túnicas y que la vena, una sola. También las ligaduras que hizo de uréteres y uretra le ayudaron a comprender cuál es la función de los riñones e incluso el peristaltismo intestinal. Galeno es muy consciente de algunos de sus hallazgos, pero sabe también que sus conclusiones no son definitivas y que otros continuarán su trabajo. Con razón se le ha llamado «padre de la fisiología experimental».

CONTENIDO DESCRIPTIVO: LA FISIOLOGÍA DE GALENO

Como obra descriptiva, De usu partium quiere explorar qué es lo que hace al hombre en su plenitud vital un ser racional diferente del resto de los animales, y cuál es ese principio dinámico que le hace capaz de pensar, sentir, relacionarse y crear el mundo en que vive, esto es, qué le hace un ser sociable, con capacidad de percibir y de reflexionar sobre su propia existencia y, además, de crear un mundo en torno suyo en el que no faltan las obras de arte. Para Galeno, las partes más específicamente humanas, por las que puede desempeñar las funciones propias del ser racional, son extremidades y cerebro. Ámbos están al servicio del alma y funcionan, en opinión del médico de Pérgamo, en conexión. Tal vez por eso el De usu comienza en sus dos primeros libros por el estudio de un órgano del alma, la mano y el brazo, y termina con el estudio de los nervios, que se originan, según nuestro autor, en el cerebro y llevan a todas las partes del cuerpo el pneûma psíquico , que es, a juicio de Galeno, otro órgano del alma, el principal, por el que sentimos, nos movemos a elección y pensamos, recordamos e imaginamos. El diálogo de mano-cerebro en la fabricación cooperativa de instrumentos de forma contribuyó, hoy está admitido, a la comunicación y potenciación del lenguaje y a la génesis de lo que llamamos «mente» 19 . Todo ello lo quiere explorar Galeno desde la observación funcional del cuerpo humano.

Afirma, en efecto, en el libro I que la mano (cheír) es un órgano del alma y que por el manejo de sus manos el hombre se diferencia de los demás seres vivos. Debemos aclarar que el término griego cheír para Galeno no sólo designa lo que en nuestra lengua llamamos «mano», esto es, esa parte de la extremidad superior que se extiende desde la muñeca a la punta de los dedos, sino también lo que designamos como «brazo» (II 2, III 91-92K). Galeno adopta, pues, una perspectiva biomecánica en la que la mano es el extremo del brazo y parte integrante de él, pues de nada nos serviría la mano si se lesionaran los músculos y tendones del antebrazo o si se dañara algún nervio de esos músculos. Con las manos, nos dice, el hombre adquirió el instrumento necesario para ejercitarse en todas las artes. Gracias a ellas es un animal sociable y pacífico, y puede, además de escribir leyes, construir naves o erigir altares, «conversar con Platón, Aristóteles y los otros sabios de la Antigüedad» (I 2, 4-5K). Observa Galeno que el manejo de las manos le viene dado al hombre por la bipedestación, que le permite tenerlas libres para la realización de obras propias del ser inteligente, afirmación que elaboraría Darwin para formular el impacto potencial de la marcha en posición erguida. Añade nuestro médico que, puesto que el cuerpo del hombre «carece de defensas naturales», la naturaleza le dotó de la razón, que es «el arte de las artes», así como las manos son «el instrumento de los instrumentos». Con manos y razón, el hombre está dotado mucho mejor que cualquier otro animal (I 2-13). En este sentido Galeno se está adelantando a los estudios de Charles Bell 20 sobre la mano y a los más recientes del neurólogo F. R. Wilson 21 , quien afirma que «cualquier teoría de la inteligencia humana que ignore la interdependencia entre la mano y la función cerebral, sus orígenes históricos o la influencia de esta historia en la dinámica del desarrollo del ser humano moderno es, en términos generales, errónea y estéril». Galeno captó la importancia de la mano en el género humano para una vida en plenitud.

Anaximandro sostenía que el hombre es inteligente porque tiene manos, pues creía que la inteligencia se desarrollaba mediante el diálogo entre cerebro y mano 22 , Galeno, en cambio, como Aristóteles, afirma que los hombres tienen manos porque son inteligentes. Para el de Pérgamo, con una concepción del mundo teleológica, las manos son el órgano adecuado para el animal inteligente (III 1, III 168K). Puesto que la naturaleza le ha hecho inteligente, le ha dotado de manos. La mano, subraya, es un instrumento que necesita la razón, como la razón, a su vez, no puede actuar sin el concurso de sus instrumentos. La razón que es el arte por excelencia, nos dice Galeno, reside en el alma, así como las manos, que son el instrumento más excelente, están en el cuerpo. El alma, sin el concurso de las manos es inútil, pues no puede obrar. Las manos sin la razón son como una lira sin músico. Pero, evidentemente, para usar las manos el hombre necesita ser bípedo. De ahí la importancia que tiene la estructura de la pierna para que el hombre se realice como ser racional. Probablemente, en estos capítulos de Galeno se han basado autores posteriores como Gregorio de Nissa, Giannozzo Manetti (1386-1459) o Giordano Bruno, que han elogiado la excelencia de la mano humana y su relación con el intelecto, pues sin ella la inteligencia sería inoperante. Para nuestro autor, el cuerpo del hombre es el de un animal dotado de lógos , lo que se pone de manifiesto, en palabras de Laín, «haciendo posible el manejo del mundo en torno mediante la posesión de una mano exenta y […] la bipedestación». «La mano exenta y la bipedestación, continúa, […] son las notas esenciales de la hominización del cuerpo humano en el paradigma galénico 23

Galeno, que recomienda que para el estudio de cualquier parte se observe su acción, se da cuenta de que la acción específica de la mano es la aprehensión y también la presión. Así lo decía también Aristóteles 24 , pero Galeno va más allá, pues una vez conocida la actividad específica, examinará si la estructura morfológica de la mano y la topografía de sus partes está al servicio de su función. Mediante el refinamiento de la aprehensión podemos llegar al arte y la ciencia, y a la creación de nuestra realidad, lo que junto a la filosofía caracteriza al ser humano y lo diferencia de los demás animales.

Observa que la mano está escindida en dedos y el pulgar se opone a los demás. Apela también a la imaginación e invita a pensar cómo sería si tuviéramos manos de una pieza o sin articular o si el pulgar no se opusiera a los otros dedos o si no estuviera donde está. Al coronar la explicación con el examen de hipótesis contrarias a la realidad, nos hace tomar conciencia de la perfección de ésta. Observa que los dedos terminan en una sustancia dura, la uña, lo que nos permite coger mejor los cuerpos pequeños y duros, además de ser una protección para el dedo. Hasta aquí coincide con Aristóteles 25 , pero Galeno 26 aporta el estudio más exacto de su anatomía y de cómo la mano desarrolla su función gracias a la posición especial del dedo pulgar y cómo éste, gracias a su posición lateral, puede realizar amplios movimientos de aducción y abducción, que lo capacitan para la acción prensil, por lo que la naturaleza le ha dotado de músculos y tendones dobles que facilitan los movimientos laterales. Introdujo la distinción entre «aprehensión precisa» y «aprehensión poderosa», que tan fecunda ha sido en el estudio de la anatomía de los dedos, y que ha sido reformulada con éxito por J. Napier 27 . Después de determinar la adecuación entre forma y función de la mano, hace un estudio detallado de sus partes. Los músculos, carne enervada, se unen a los huesos mediante tendones y les dan movimiento. Galeno denomina a los músculos «órganos del movimiento». Entre los músculos de la mano le cabe el mérito de haber sido el primero en describir los lumbricales, los interóseos y el palmar largo. Tradicionalmente se viene diciendo que no reconoció los músculos de la región tenar. Vesalio afirma, en efecto, que: «Galeno, en su obra De usu partium , considera equivocadamente que esa masa está formada por un solo músculo», y A. Burggraeve 28 insiste en que Galeno confundió en una sola masa los pequeños músculos del pulgar, pero en Proced. anat . (I 9, 266K) nuestro autor dice: «se ve un único cuerpo compuesto por todos, que precisa una disección más cuidada para separar unos músculos de otros», y en De usu partium (I 3, 93-94K), donde distingue bien, al menos, el abductor, el aductor del pulgar y también el flexor corto, parece que reconoció en la zona tenar algo más que una masa de carne. También se le ha criticado al de Pérgamo por no conocer el oponente del pulgar 29 . Así, Daremberg 30 , y también García Ballester 31 , quien afirma: «No menciona al oponente del pulgar como músculo independiente. No deja de tener un matiz de ironía histórica, hace notar Laín, que después de haberse ocupado de la mano como órgano de la racionalidad del hombre y haberla caracterizado por su función prensil e instrumental, olvide el músculo oponente del pulgar, gracias al cual puede realizar esa función». Laín, en efecto, hizo esta crítica a Galeno, pero la corrigió en nota a pie de página en una de sus últimas publicaciones 32 . Galeno, como hemos visto, ha señalado la importancia de la función opositora del dedo pulgar y en De usu (II 9, III 128K) relaciona esta función con el grado de separación de este dedo. El Pergameno conoce perfectamente el abductor y el flexor corto del pulgar. Ambos actúan como oponentes, lo mismo que el aductor. Si tenemos en cuenta que el oponente se origina en el mismo punto que el flexor corto del pulgar, esto es, en el primer hueso de la segunda fila del carpo (trapecio) y que estamos en un momento en que dos vientres musculares que parten de un mismo origen son considerados como un único músculo, debemos reconocer que Galeno conoció los músculos oponentes del pulgar, aunque no les diera nombre 33 .

Con el fin de estudiar todos los movimientos de la mano y los agentes que los producen, nuestro médico observa detenidamente el lugar de origen y de inserción de cada tendón de los dedos, de su recorrido y explica cuál es su función. También explica que los tendones más fuertes (los flexores) están en la parte interna de la mano, puesto que en los dedos es más importante la flexión que la extensión. Cierto es que también tuvo algunos errores, como considerar que cada dedo tiene su propio extensor o que el flexor profundo tiene cinco tendones, producto de su anatomía analógica, pues así es en los simios. Afirma que el número y tamaño de los huesos de la mano es el idóneo. Tener más no sería operativo. Describe bien los ocho huesos del carpo, situados en dos filas. Sin embargo, afirma que los metacarpianos son cuatro, pues considera que el pulgar tiene tres falanges. Es decir, considera el primer metacarpiano como la primera falange del dedo gordo. Este error lo asume también Vesalio. Galeno conocía bien las obras de Aristóteles, Eudemo y Rufo, quienes cuentan cinco metacarpianos y dos falanges en el pulgar, como actualmente se cuenta, y menciona su punto de vista, por eso se siente obligado a justificar su posición. Considera, por analogía con los otros dedos, que el pulgar está constituido por tres falanges. Explica que la primera falange del pulgar —para nosotros el primer metacarpiano— se articula directamente con el carpo, lo que le da al pulgar un mayor ángulo de separación (II 9, 128K). Por otra parte, según Galeno 34 , los metacarpianos sólo están unidos en diartrosis con las primeras falanges de los cuatro dedos y se unen a los del carpo mediante sinartrosis, mientras que el primer hueso del pulgar se une al carpo en diartrosis. Además, Galeno trabaja con la siguiente secuencia: el hueso del húmero se une con los dos huesos del antebrazo, los dos huesos del antebrazo se articulan con los tres huesos proximales del carpo; éstos, con los cuatro distales, y los cuatro metacarpianos, con los cinco huesos de las falanges. Estos juegos de números eran, desde luego, del agrado de los griegos. Aristóteles y Eudemo, en cambio, invocan la analogía con el pie en defensa de las dos articulaciones del dedo gordo. Galeno, sin embargo, se fija en la relación forma/función para defender las tres falanges del dedo gordo. El hecho de que este hueso esté unido al carpo en diartrosis, como lo están las primeras falanges a los metacarpales, le hace pensar que es la primera falange del pulgar. Estas explicaciones convencieron a Vesalio. Fue S. Th. Soemmerring, quien a finales del siglo XVIII determinó que el pulgar sólo tenía dos articulaciones.

Que haya tantos huesos en la mano mientras que en otras partes más grandes, como el antebrazo o en el muslo, sólo hay uno, lo justifica el Pergameno explicando que la mano, para poderse extender, flexionar y ahuecar, necesita huesos que se puedan desplazar por su interior. A mayor número de huesos, mayor movilidad y menor vulnerabilidad. A Galeno no se le escapa que la mano, además de ser un órgano prensil, es también un órgano de percepción, que reconoce la cualidad de lo que toca, y que la aprehensión y el tacto son dos acciones simultáneas, ni el hecho de que la palma de la mano glabra, sin pelos, colabora tanto a la acción prensil como a la percepción por el tacto. Galeno reflexiona también en torno a la posición del radio y sus movimientos de pronación y a la del cúbito y sus movimientos de supinación. Diserta, asimismo, sobre los movimientos de extensión y flexión, sobre las articulaciones, tendones, ligamentos, músculos y nervios. Se da cuenta de la importancia del brazo no sólo para la sujeción de grandes volúmenes, sino también para la balística, lo que a su vez implica que al hombre ya no le era necesaria la velocidad para su propia defensa.

En el libro III se estudian el pie y la pierna. Como ya notara Aristóteles (Part. an . 690a, 28 y ss), gracias a ellas el hombre adquiere la posición bipedestante, indispensable para el uso de las manos, a lo que también contribuye la columna vertebral (XII 10, IV 422K). Galeno señala (III 1, III 173K) que, gracias a la estructura de nuestras piernas, somos los únicos seres vivos capaces de sentarnos convenientemente sobre los ísquiones, de modo que la columna esté en ángulo recto con el fémur y el fémur en ángulo recto con la tibia, pues sólo así el tejedor puede tejer; el zurcidor, zurcir; y el escritor escribir sus libros. Sólo así podemos mantener el libro en nuestro regazo para leer con comodidad o sujetar los instrumentos del arte al que nos dediquemos. Para estar más mullidos, cuando estamos sentados, tenemos los músculos glúteos. La razón biomecánica que hace posible esa posición es, según nuestro autor, que flexionamos los ísquiones hacia atrás mientras que los demás mamíferos los flexionan hacia adelante. Esto también lo ha dicho Aristóteles 35 . Pero además, y esto es de Galeno, porque, cuando estamos de pie, tenemos la espina dorsal en línea recta con las piernas, mientras que en los cuadrúpedos e incluso en las aves, que son bípedas, está en ángulo recto (III 2, III 179K). Son precisamente en esas dos posiciones, erguidos o sentados, cómo realizamos cualquier tipo de arte con nuestras manos (III 3, III 182K).

Para el estudio del pie y la pierna propone Galeno seguir el mismo método: análisis de las partes, observación de su acción y determinación de su función, posibles cambios con la imaginación de sus características para comprobar si es posible idear una estructura mejor, y si no lo es, declaración de la evidencia de que la parte estudiada tiene las características óptimas para desarrollar su función. Observa Galeno que la actividad más importante de las piernas es la locomoción. Para que se produzca, un pie debe permanecer apoyado en el suelo, mientras que la otra pierna se mueve circularmente, de modo que el desplazamiento se debe a la pierna que está en movimiento mientras que el apoyo nos lo da el pie y la pierna del suelo. Ahora bien, si la función principal de las piernas es la locomoción, cabe preguntarse cuál sería el tipo de pie más adecuado para el hombre. Señalaba Aristóteles que «el hombre, en proporción a su tamaño, es el animal con los pies más grandes» y explica que esto es consecuencia de su condición bipedestante, pues necesita descargar todo el peso de su cuerpo sobre los dos pies 36 . Galeno fija su atención fundamentalmente en la relación entre forma y función. Observa los pies de los animales y, tras descartar diferentes posibilidades, afirma que la estructura más adecuada para las funciones que debe cumplir el ser humano es la de unos pies alargados, flexibles, ligeramente convexos por arriba y cóncavos por debajo (III 5, III 186-187K). Es mejor que sea alargado, porque ofrece mayor estabilidad que el pie redondo y pequeño y es más apto para transitar por terrenos difíciles. Este rasgo se adecua al hombre en tanto que bípedo. En tanto que animal racional, lo adecuado es que sean flexibles (III 4, III 186K) y con cavidad plantar, que les procura versatilidad y adaptabilidad y les capacita para andar por cualquier tipo de superficie. Es, asimismo, específico de los pies humanos el estar escindidos en dedos (III 5, III 189-191K): les da capacidad prensil y son un factor de protección. En caso de un golpe, siempre es mejor que se rompa sólo un dedo que todo el pie. La ductilidad y adaptabilidad del pie al ambiente, ha señalado O. Longo, es «una prerrogativa exquisitamente humana, de un hombre “animal sabio” capaz de moverse por cualquier terreno, superando cualquier obstáculo, natural o artificial, que haya» 37 . Galeno ni comenta la preeminencia que da Aristóteles a los miembros del lado derecho sobre los del izquierdo. Por lo tanto, para él la función específica del pie del hombre es la de soporte y, sólo secundariamente, la prensil.

Un procedimiento muy manejado por el de Pérgamo en sus explicaciones es señalar analogías y diferencias entre miembros semejantes. Hace notar cómo las variantes morfológicas de mano y pie corresponden a variantes funcionales. Así, el pie, a diferencia de la mano, no opone el dedo gordo a los otros cuatro, porque en él lo más importante es la estabilidad. Se asemeja a la mano en los dedos, en el metatarso, que correspondería al metacarpo, y en el tarso, que correspondería al carpo, esto es, en las partes con función prensil. No se corresponden, en cambio, con los huesos de la mano los tres de la parte posterior del pie (calcáneo, astrágalo y escafoides), cuya función específica es la estabilidad. Están situados estos huesos debajo de la tibia. Soportan, por lo tanto, todo el peso del cuerpo. Galeno describe con precisión los huesos de los pies y explica su función. La comprensión de la acción nos lleva a entender la estructura de la forma y su función. Así, el calcáneo, que es el hueso más posterior, el del talón, es el más grande, pues soporta el peso de toda la extremidad; es liso por debajo, porque así ofrece mayor estabilidad, y redondo por detrás para evitar lesiones; se alarga por la parte exterior hacia el dedo pequeño, mientras que se vacía por la interior para formar el arco.

El astrágalo y el escafoides se sitúan encima del calcáneo. Estos dos huesos se alzan, forman el arco del pie y están al servicio de la movilidad. El arco del pie le da ligereza pero también estabilidad y seguridad en la marcha, y sitúa la parte interna más alta que la externa, lo que es muy útil para la locomoción, pues, si no fuera así, la pierna que soporta se inclinaría hacia la pierna que se eleva del suelo, y las torceduras serían más fáciles. El cuboides se une al calcáneo en la parte externa del pie. La función de estos huesos, que se apoyan en el suelo, es la estabilidad. A continuación de estos huesos están los tres cuneiformes, que son para Galeno los que constituyen el tarso; contiguos a ellos, los metatarsianos, en contacto con el suelo, y finalmente, los dedos.

Explica que el tarso está constituido por cuatro huesos mientras que el carpo de la mano por ocho, porque los pequeños huesos del carpo dan movilidad, necesaria para un órgano prensil, mientras que los de locomoción requieren menos partes pero grandes. La parte anterior del pie, la prensil, tiene, en cambio, el mismo número de huesos que la mano. La parte posterior, la específicamente locomotora, no se corresponde con ella. También los pies son de mayor tamaño que las manos, pues su principal función es dar estabilidad, pero, en cambio, tienen unos dedos y unos tendones más pequeños, porque su función prensil no es tan importante como la de la mano. Se fija Galeno en la importancia del dedo gordo, mucho más grande que los demás, ya que sin él los huesos que están elevados por el arco plantar no habrían tenido seguridad. En el caso del dedo gordo del pie admite que está formado por dos falanges, dado que tiene una función estabilizadora y, por lo tanto, no necesita articularse en partes más pequeñas.

A continuación trata de los huesos de la pierna. Explica por qué era lo mejor que el cuello del fémur saliera oblicuo del acetábulo y luego girara de nuevo hacia la rodilla, ya que, dice, así dejan espacio para los músculos del lado interno del muslo y para los nervios, las venas, las arterias y las glándulas. Y era mejor que el acetábulo y la cabeza del fémur no estuvieran más hacia fuera, porque era preferible que todo el peso del cuerpo cayera en línea recta sobre ellos, allí donde ahora están, pues esto da mayor estabilidad al cuerpo entero. Por eso, lo óptimo es la posición que ahora tienen, pues su curvatura da mayor estabilidad a todo el cuerpo. Estudia también nuestro autor los músculos y tendones de pie y pierna y sus analogías y diferencias con los de las manos, sin olvidarse del llamado «sistema conectivo», que mantiene en conexión todas las partes del cuerpo. Lo forman los nervios y los vasos que recorren el cuerpo interrelacionando todas sus partes y aportándoles sensibilidad y movimiento, nutrición y un atemperado calor innato. Para Galeno, pies y piernas tienen la estructura óptima para andar y superar obstáculos en su marcha, para dar al hombre estabilidad en su posición erguida y para que pueda sentarse adecuadamente, y poder cumplir así con las funciones —filosóficas, religiosas y artísticas— que le caracterizan como ser racional. El pie con sus huesos, músculos, tendones y articulaciones es la construcción mecánica más compleja del cuerpo humano.

Dedica los capítulos IV y V a los órganos de nutrición del cuerpo, que junto con los de respiración y el cerebro fueron creados, al decir de Galeno, en razón de la vida. Aún hoy los llamamos «órganos vitales». Los órganos de nutrición, de acuerdo con nuestro autor, son de tres tipos: los que cuecen y transforman el alimento, como el estómago, el hígado y parte de los intestinos, que son los más importantes; los que lo purifican, como el bazo y los riñones; y los excretores, que sirven para la evacuación de los residuos, como la vejiga, la vesícula y el intestino grueso. Estos órganos poseen ciertas facultades por las que pueden atraer, retener, transformar o expulsar el material atraído. El estómago y el hígado gozan de todas estas facultades. Para Galeno, cada órgano tiene una función específica, aunque en ocasiones realicen otras que comparten con otros órganos: así, la función característica del estómago es la cocción de alimento, al que atrae, retiene, transforma y, una vez cocido, también lo expulsa y lo envía al hígado a través de las venas mesentéricas, que se reúnen en la porta; la función específica del hígado, y especialmente la de su carne, es la de convertir en sangre el material que le llega del estómago, y la función subsidiaria es llevar la sangre por la vena a las partes superiores e inferiores del animal. Para nuestro autor, el hígado, y no el corazón, es el responsable de la distribución del alimento. La función del bazo, como órgano purificador, es limpiar y trabajar los humores terrosos y la bilis negra que se forma en el hígado hasta convertirlos en alimento del bazo, pero la parte que no se convierte en alimento la descarga en el estómago; el esófago y los intestinos conducen el alimento: el esófago lo lleva de la boca al estómago y los intestinos lo distribuyen, trasladando a las venas el jugo que se ha producido en el estómago.

Galeno explica en estos libros todo el proceso de nutrición. Para ello recurre al concepto aristotélico de «cambio cualitativo», que se produce de forma continua y que es mayor en proporción directa al tiempo de duración de la mutación de la sustancia. Describe la morfología y topografia de los órganos de la alimentación: su sustancia, su forma, su posición, su textura y la relación entre ellos así como los vasos que los recorren; también las túnicas que los envuelven y el tipo de fibras que las componen. Para el de Pérgamo, el hígado es uno de los órganos más complejos del cuerpo y tiene una función primordial en la vida, por ser el que proporciona la sangre a todo el organismo. En el hígado sitúa Galeno el alma nutritiva, o si se prefiere, aquella facultad por la que nos nutrimos y crecemos, asociada necesariamente a las otras facultades, de las que no se puede separar. Nikolaus Mani 38 afirma que Galeno estableció las bases de la hepatología científica, pues estudió el plexo venoso del hígado, todo el sistema portal, así como la vena cava, la arteria hepática, la vesícula y los conductos hepáticos. También nos informa el Pergameno de que en el proceso de la elaboración de la sangre queda un residuo terroso, la bilis negra, que irá a parar al bazo, órgano purificador, allí será elaborada y del bazo pasará al estómago; los residuos más ligeros, la bilis amarilla, irán a la vesícula biliar y después a los intestinos, donde ejercen una función depuradora estimulando el proceso digestivo; la sangre más serosa va a la vena cava, desde donde será atraída y purificada por los riñones, otro órgano purificador, y luego enviada a través de los uréteres hasta la vejiga, donde se retiene hasta que la razón determine que ha de ser expulsada.

Realizó experimentos, como la ligadura de los uréteres y de la uretra para comprender la función de los riñones y la vejiga. También la bilis amarilla, que los riñones atraen junto con la sangre, se elimina por los uréteres. La sangre queda así purificada del suero que contiene y se convierte en alimento de los riñones. Ésta tiene un movimiento centrífugo y se expande, siempre según nuestro autor, desde el hígado a todas las partes del cuerpo, a las que nutre, al ser absorbida desde las ramificaciones de la cava. Para Galeno, la sangre es el alimento de las partes y no su vehículo. La cava, que lleva un buen caudal de sangre, avanza hacia la parte superior del cuerpo, parte va al ventrículo derecho del corazón y de ahí a los pulmones y parte pasa al ventrículo izquierdo, donde se mezcla con el pneûma y se aligera; otro caudal va hacia la zona inferior y riega y nutre las zonas periféricas. La inserción de las arterias en los riñones le sirve como argumento para demostrar que contienen sangre, pues, si tuvieran sólo aire, como sostenía Erasístrato, dado que los riñones eliminan la parte serosa de la sangre ¿qué sentido habría tenido su inserción en el riñón? También hace algunas disquisiciones sobre por qué un riñón está un poco más alto que el otro, aunque aquí Galeno está claramente trabajando sobre un simio, en el que el riñón derecho está más alto que el izquierdo, al contrario de lo que ocurre en el hombre. Describe la morfología de los riñones, de los uréteres, de la vejiga y explica su función. El páncreas y las glándulas son para él sólo soporte de los vasos. También aclara la función del omento, del peritoneo y del diafragma en el proceso digestivo.

Estudia, en fin, todos los músculos que actúan en el proceso de la digestión y señala que dicho proceso es natural, esto es, que se realiza al margen de la voluntad humana. Sólo dependen de la voluntad del hombre los músculos que están en el extremo de los órganos excretores, los esfínteres. Para Galeno, estos músculos son los únicos de los que intervienen en el proceso de la digestión que podemos considerar «órganos del alma» (IV 19, III 335K), por cuanto que permiten que los residuos se evacuen cuando la razón lo ordene. Ese control le permite al hombre dedicarse a aquello para lo que fue creado: la reflexión filosófica, la música y la creación de arte (IV 18, III 332).

Los libros VI y VII los dedica Galeno a los órganos que se encuentran en el tórax, que para él son los órganos de la respiración, pues para el Pergameno la respiración está en función del corazón, que quiere ser enfriado. Estudia, pues, el corazón, los vasos, la tráquea, el pulmón y la laringe, comenzando y terminando por el tórax que lo engloba todo. Se dio cuenta de la importancia de los músculos intercostales, además de la del diafragma, en la acción respiratoria. La respiración tiene para Galeno una doble función: la conservación del calor natural y la nutrición del pneûma psíquico o spiritus animi , y además contribuye a la fonación. Sabe que la respiración, lo mismo que la nutrición, es un proceso de vital importancia.

El libro VI comienza por la descripción externa del tórax y señala la posición dentro de él del corazón y los pulmones, que se sitúan entre la faringe y el corazón. Describe las membranas mediastinas, cuya función es dividir el tórax en dos partes, revestirlo y también revestir vasos y esófago, y servir de ligamento de los órganos internos del tórax. Explica el trayecto del esófago y también el de la vena cava, para Galeno siempre ascendente, pues nace en el hígado y a través del diafragma llega a la aurícula del corazón. Desde allí, una parte se inserta en el corazón y otra sube hasta la zona yugular, de donde se ramifica por escápulas y brazos. Describe la arteria aorta, que Galeno vio bien que nace del ventrículo izquierdo del corazón. Explica la posición y partes del corazón, atribuyendo una importancia muy superior a los orificios del ventrículo izquierdo: al atrioventricular, que conecta el corazón con las venas pulmonares y al aórtico que lo conecta con las arterias del cuerpo. Concede una menor importancia a los del ventrículo derecho, el atrioventricular, que lleva la sangre al corazón, y el de la arteria pulmonar, que la conduce del corazón al pulmón. Estudia el tipo de fibras que componen la carne del corazón y las funciones que realizan, tan importantes para las acciones de dilatación, protección y contracción del corazón. Reflexiona sobre cómo los ligamentos de los ventrículos y sus paredes contribuyen a la acción de la sístole, aunque para Galeno la acción principal del corazón y de las arterias es la diástole, momento en que atraen la sangre y el pneûma . El ventrículo derecho a través de la válvula tricúspide atrae la sangre de la aurícula derecha que Galeno considera un apéndice de la vena cava. Parte de esa sangre pasará, en su opinión, al ventrículo izquierdo a través de los supuestos orificios en el tabique interventricular, desde donde, mezclada con el pneûma que hay en ese ventrículo, se reparte desde la aorta por las arterias a todo el cuerpo. Nuestro médico hace observar la textura de las túnicas del corazón y de las arterias y les atribuye una importante función en la transmisión del movimiento. Cuando diserta sobre los vasos del pulmón hace especial hincapié en las características de sus túnicas, en sus válvulas y en cómo se nutre el pulmón a través de la sangre que le llega desde el ventrículo derecho del corazón a través de la arteria pulmonar. Se equivocó, en cambio, en suponer que la sangre que le llega al ventrículo derecho pasa, a través de unos supuestos orificios del tabique interventricular, al ventrículo izquierdo, donde se mezcla con el pneûma que a través de la vena pulmonar le llega desde el corazón.

Galeno observó muy certeramente que las válvulas impiden el reflujo de la sangre. Y aunque nuestro médico no conoció la circulación sanguínea, vio que la sangre es atraída por un tipo de vaso hacia la víscera, que sale del corazón por otro tipo de vaso y que hay un receptáculo común, que es el ventrículo derecho del corazón. Este ventrículo, según Galeno, existe en función del pulmón. Que sus paredes sean más ligeras que las del ventrículo izquierdo se debe a que el peso de este último, cargado de pneûma , es más ligero, y Galeno concibe el corazón como un todo equilibrado en sus partes. Estudia las aurículas y las válvulas que hay en ellas, las funciones que cumplen, cómo era preferible que las venas, que llevan sangre espesa al corazón, tuvieran unas válvulas con tres membranas más grandes y fuertes que las de las arterias y comenta también que la válvula bicúspide de la vena pulmonar era preferible que no cerrara herméticamente para dar salida a los residuos fuliginosos del corazón al pulmón. De este modo se lubricaría también el pulmón.

Para nuestro autor, la sangre tiene siempre un movimiento centrífugo, tanto la arterial, que sale del corazón, como la venosa, que, a su juicio, se elabora en el hígado. Justifica los dos sistemas sanguíneos, porque uno, el arterial, alimenta vísceras más laxas, mientras que el venoso alimenta las más compactas. Las anastomosis entre venas y arterias tiene como único fin la aireación de la sangre, pues la sangre arterial es más fluida por su mayor contenido de pneûma, y también el intercambio de material. Galeno no llegó a conocer la circulación sanguínea, pero sus observaciones dieron lugar a que Ibn al-Nafis (siglo XIII ), M. Servet, J. Valverde y R. Columbo (siglo XVI ) avanzaran en la investigación y aportaran importantes contribuciones. Miguel Servet formuló correctamente la circulación pulmonar y la codificó no en una obra de medicina sino en su Christianismi Restitutio , obra de carácter religioso, que publicó en 1553 39 .

Galeno refutó la teoría de Erasístrato de que por las arterias corre sólo pneûma y demostró que en ellas también fluye sangre de una consistencia más ligera que la de las venas. Explicó la anastomosis entre arterias y venas, y que la diferencia entre unas y otras se debe a que ciertas partes del cuerpo, como el corazón o el hígado, necesitan para su nutrición una sangre espesa, y otras, como el pulmón, una sangre más clara; que las arterias, al llevar pneûma , servían para atemperar el calor de las venas y también del corazón; y que éste, como el hígado, riñones y bazo, puesto que no tiene movimiento voluntario, sólo recibe nervios para poder participar de una cierta sensibilidad. Los últimos capítulos los dedica al estudio del corazón y del pulmón en los embriones.

El libro VII está dedicado al pulmón, la tráquea y la laringe, órganos respiratorios y también fonadores. Galeno describe su estructura y explica sus funciones, cómo cada parte contribuye a la acción de todo el órgano. Afirma que la función principal de la respiración es la refrigeración del corazón y la de la fonación es la comunicación. Explica cómo la carne del pulmón ha sido preparada para la cocción del aire, pues ahí comienza la elaboración del pneûma , sigue en el corazón, en las arterias y en el plexo retiforme y finalmente en los ventrículos del cerebro, donde se transforma en pneûma psíquico (spiritus animi ). Sin embargo, no incide en la actividad respiratoria del pulmón, al que considera más bien como un órgano regulador de la humedad y de la limpieza de los vasos 40 .

La anatomía de la laringe está bien estudiada: sus tres grandes cartílagos, los veinte músculos que la mueven y su enervación. Galeno hace un excelente estudio de los nervios de esta región, del que él mismo se sintió especialmente orgulloso, sobre todo en su exploración del trayecto de los nervios recurrentes. Se dio cuenta de que los nervios que enervan la laringe proceden del cerebro, por lo que pudo afirmar que la voz procede del cerebro y no del corazón como había defendido, entre otros, Crisipo de Cnido. Estudia también la parte interna de la laringe y explica el proceso del aire para la producción de la voz así como los mecanismos por los que el aire va por la tráquea y los alimentos sólidos y líquidos por el esófago sin confundir sus circuitos.

Para finalizar este libro explica la importancia de los músculos intercostales del tórax en el proceso de la respiración, lo que fue un paso importante en el descubrimiento del origen neuromuscular de la ventilación. Estudia también las funciones del diafragma, la adecuada posición de los pechos a uno y otro lado del esternón, que además de sus funciones específicas tienen la adicional de proteger el corazón, que para Galeno es el centro del calor natural del cuerpo.

Los libros siguientes (VIII-XII) se dedican al cuello y a la cabeza. En ella se halla, según nuestro autor, la parte hegemónica del alma. Afirma que el alma racional habita en el encéfalo y que nosotros razonamos con esa víscera (IX 4, III 700K). La fisiología del cerebro de Galeno es tributaria de su concepción del pneûma y por eso la relaciona con la actividad respiratoria. Ya comentamos que para nuestro autor todas las partes del cuerpo están en sympátheia . Mérito de los alejandrinos es haber reconocido que los nervios son ramas periféricas de un sistema que se origina en la médula y, en última instancia, en el cerebro. Galeno recogió toda esta tradición, la sistematizó en un todo coherente y la hizo avanzar, fundamentando sus afirmaciones con la experimentación. Si el cerebro se lesiona, perdemos la capacidad de conocer y reflexionar, la sensibilidad y el movimiento voluntario, de lo que deduce que esas acciones dependen del cerebro.

Los alejandrinos hicieron, en efecto, descripciones muy exactas de la anatomía del cerebro, pero a Galeno le importa, además, descubrir la dinámica cerebral, generadora de pensamientos, sensaciones y fantasías, y de la capacidad de movernos con libertad. En el libro VIII , el de Pérgamo observa que no todos los animales tienen cabeza y cuello, y que los animales que no tienen pulmón, no tienen cuello. Afirma que el hombre tiene cuello en función de la faringe y que la faringe se ha formado en virtud de la voz y de la respiración. Galeno se pregunta por la razón de la posición de la cabeza. Descarta que su posición sea en virtud del encéfalo, que considera principio de los nervios, de todo tipo de sensación y del movimiento voluntario, pues nos hace observar que algunos animales como los crustáceos tienen las partes que dirigen las sensaciones y el movimiento voluntario en el pecho. Tampoco está de acuerdo con Aristóteles en que la posición del encéfalo en la cabeza esté en función de la refrigeración del corazón. Observa, sin embargo, que el único órgano de los sentidos que los crustáceos no tienen en el pecho son los ojos, que ocupan una posición elevada para tener buena visibilidad. Por los ojos, concluye Galeno, el cerebro se ha situado en la cabeza, y como convenía que todos los órganos de percepción estuvieran juntos para hacerles llegar los nervios blandos, la naturaleza los situó a todos en la cabeza. A continuación describe la sustancia del encéfalo y los nervios que parten de él, de sus partes blandas, los nervios blandos o sensoriales, y de las partes más duras los nervios duros o motores. Habla de los órganos de los sentidos y explica que éstos le permiten al hombre vivir mejor. Galeno piensa que los nervios del sistema autónomo, al ser muy blandos, adquieren su información por una suerte de impresión (typosis) a partir de las percepciones sensoriales e informan al cerebro. Si estas impresiones son suficientemente claras, dan lugar a los pensamientos, la memoria y las fantasías (VIII, 6). Describe con precisión las dos meninges y los ventrículos del cerebro: los anteriores preparan y elaboran el pneûma psíquico, que pasa luego al tercer ventrículo y después, al del cerebelo y, de allí, a la médula espinal. Señala la importancia de los ventrículos cerebrales por su elaboración del spiritus animi , que se distribuye no sólo por el cuarto ventrículo a la médula y gracias a ella a través de los nervios por todo el cuerpo, sino también por la sustancia cerebral. Observó que cuando se lesionan los ventrículos, se deterioran o se pierden las facultades del alma. Los experimentos que hizo le llevaron a considerar la importancia especial del cuarto ventrículo (Proced. anat . IX 12).

Galeno refutó la teoría de Erasístrato, según la que la dura mater era el principio motor y sensitivo, pues demostró que si se le cortaba o se le levantaba esta membrana a un animal vivo, éste no perdía ni las sensaciones ni el movimiento. Sabemos por Galeno que Erasístrato lo reconoció, cuando vio los experimentos. Ni los médicos helenísticos ni el de Pérgamo detectaron nítidamente la aracnoides 41 . Afirma también el Pergameno que el encéfalo es el órgano que recibe todas las sensaciones, imagina todas las fantasías y elabora todos los pensamientos. Para ello necesitaba que su sustancia fuera blanda y moldeable, para que pudiera ser fácilmente modificada por todo tipo de acciones y afecciones.

La descripción que hace Galeno de toda la masa encefálica tiene por objeto demostrar la función y la relación de las diversas partes en orden a que el pneûma psíquico, una vez elaborado, pase por ellas y cumpla con su función específica de animar inteligentemente al cuerpo entero. Se ocupó del cerebelo, del plexo retiforme, del corpus callosum , de la fornix , de la glándula pineal, de la hipófisis, del infundíbulo, de la epífisis vermiforme y de los corpora quadrigemina y de su relación en la economía de la función cerebral. El estudio de las partes del cerebro y de su unidad funcional es, sin duda, una de las mayores contribuciones de Galeno a la historia de la anatomía. Es cierto que también tiene sus puntos débiles, como la atribución del plexo retiforme a los hombres, lo que, por lo demás, se mantuvo hasta que fue refutado por Berengario de Carpi 42 , por A. Vesalio 43 y por T. Willis 44 .

En el libro IX se ocupa del cráneo, de los conductos excretores de los residuos de la actividad cerebral, del plexo retiforme, del torcular Herophili y de los vasos cerebrales, especialmente de los nervios y de su recorrido. Distinguió los nervios craneales de los espinales. Los primeros, blandos, transmiten sensaciones; los segundos, más duros, son los agentes del movimiento voluntario y se distribuyen por todo el cuerpo. Al nervio olfativo, I par, según la moderna terminología, no lo consideró Galeno un nervio sino una prolongación de los ventrículos anteriores. Detectó el nervio óptico y el óculomotor (I par galénico/II y III terminología moderna). Junto con el óculomotor estudió el abducens (VI terminología moderna). Distinguió las tres ramas del nervio trigémino: la oftálmica, la aurículo-temporal y la maxilar, y también su raíz sensorial y la motora (III y IV par galénico/V terminología moderna). Estudió, asimismo, el facial y el auditivo (V par galénico/ VII y VIII terminología moderna). Distinguió los tres pares de nervios que para él constituyen el VI par: vago, glosofaríngeo y espinal accesorio (IX, X, XI terminología moderna). Vio que el espinal accesorio, que se origina en la parte posterior del cerebro, enerva el trapecio, el músculo atlantoescapular y los cleidomastoideos, que el glosofaríngeo enerva los músculos palatoglosos y palatofaríngeos y llega a la raíz de la lengua, y que el vago y sus ramificaciones enervan las vísceras torácicas y abdominales. De una ramificación del vago se constituirían también los laríngeos superiores. De este modo, partes fundamentales del cuerpo quedaban conectadas al cerebro y a él le llegaban las sensaciones transmitidas por estos nervios. Estudia también los hipoglosos (VII galénico/XII terminología moderna) y su recorrido, y se da cuenta de que son los más duros de todos los craneales. Los nervios sensitivos comunican los estímulos de las sensaciones periféricas al cerebro.

El libro X está dedicado específicamente a la anatomía fisiológica del ojo. No en vano considera este órgano como «el más divino» (X 12, III 812K), sino que además lo equipara al Sol y del Sol dice que es lo más bello de todo el universo (III 10, III 240-241K). Por el ojo percibimos, captamos imágenes y conocemos. Galeno conoció los escritos de Aristóteles sobre la realidad física de la luz, su transmisión y recepción desde el objeto visible al ojo del que observa, pero optó por la teoría de la visión de Euclides, expresada en términos geométricos, según la que la visión va del observador al objeto observado. Diferenció nuestro autor las distintas túnicas que envuelven el globo ocular y estudió la topografía y morfología de las partes que componen su estructura. Concedió especial importancia al cristalino, donde la luz se refracta y se proyecta sobre la retina. Explicó cómo el cristalino se nutre del humor vítreo mediante diádosis y cómo el humor vítreo se alimenta de la retina. Vio cómo la córnea está protegida por los huesos que la rodean, además de por las cejas, las pestañas y los párpados. Describió con precisión el quiasma óptico y la silla turca. Estudió los mecanismos de drenaje y de movimiento de ojos y párpados, su enervación y vasculación. Con ayuda de la geometría de Euclides hizo un estudio geométrico de la percepción del espacio, lo que le situó en condiciones de formular algunas leyes de teoría óptica como que todo se ve en compañía de alguna otra cosa, que lo visto no lo ve un ojo en el mismo lugar que el otro, o que cuando se mueve la pupila hacia arriba o hacia abajo por una presión lateral, una imagen de la posición del objeto se pierde y la otra permanece inmutable, aun cuando se cierre el otro ojo, o que es necesario que los ejes de los conos ópticos mantengan su posición en un mismo y único plano para que lo que es uno no aparezca como doble. Estos principios se basan en la idea euclídea de que los rayos de luz que parten de los ojos se mueven en línea recta y forman un cono visual cuyo vértice está en los ojos y la base, en la superficie del objeto.

En el libro XI se propone terminar la descripción de las partes de la cabeza. Observa los rasgos específicos de los músculos temporales, muy pequeños en el hombre y grandes en los carnívoros, dado que están al servicio de la acción de las mandíbulas, y también de los digástricos, sus oponentes, y de los maseteros, así como de los que mueven la frente, las pestañas o los labios. Estudia las ramas del trigémino que enervan los músculos de la cara y las raíces de algunos dientes. La dentadura del hombre le parece una obra de arte de la naturaleza. No pasa por alto los huesos de la cara ni los órganos sensoriales que hay en ella y nos hace conscientes de la perfección de su estructura, de su funcionalidad e incluso de su belleza. No olvida el cabello de la cabeza ni el vello en el rostro de los hombres, que además de cumplir su función contribuye a la belleza, ni tampoco se olvida de los pelos de las pestañas y las cejas, que tanto contribuyen a la protección de los ojos, ni del tipo de piel que hay en torno a ellos.

De cómo se une la cabeza al cuello y de los mecanismos de su movimiento mediante diartrosis, músculos y ligamentos se ocupa nuestro autor en el libro XII , lo que le lleva al análisis de la estructura de las dos primeras vértebras y de cómo se articulan entre sí y con la cabeza, así como del número, tamaño, posición y acción de los músculos que mueven la cabeza, y todo ello en aras de la combinación de seguridad y movimiento. Después describe la columna vertebral y la articulación de cada una de las vértebras que la conforman, y explica por qué son resistentes a las lesiones y tienen una buena movilidad, y cómo gracias a la columna los nervios procedentes de la médula se pueden distribuir por todo el cuerpo y cómo sirve de protección de los órganos vitales y es, además, órgano de movimiento. Señala, asimismo, que los músculos espinosos que mueven las vértebras tienen fibras oblicuas, con lo que las dotan de un movimiento específico, de manera que podemos no sólo flexionar y extender la columna, sino también rotarla hacia uno y otro lado. Estudia la función de las apófisis de cada vértebra y señala cómo la unión anterior de las vértebras da solidez a la columna y sus articulaciones posteriores las dota de movimiento. Esto permite mayor facilidad en la flexión de la columna que en su extensión, lo que resulta más útil para las acciones de la vida cotidiana.

El libro XIII versa sobre el tamaño, la posición y la función de las vértebras y de las partes que las conforman. Divide la columna en cuatro segmentos: cervical, dorsal, lumbar y el formado por sacro y coxis y describe detalladamente y con precisión las apófisis de cada tipo de vértebra, además de sus músculos y vasos. Estudia los orificios por donde salen los nervios y su recorrido, y observa que los que salen de la zona cervical enervan cabeza, hombros y brazos, parte superior de la espalda y también el diafragma; que los de la médula dorsal enervan los músculos espinosos, dorsales y abdominales, además de los intercostales y la piel de esa zona; y que los que emergen de la médula lumbar enervan los músculos de la pelvis, de la región inguinal, de las extremidades inferiores, de la vejiga y de los órganos genitales. Detecta la función de la fascia piramidal de la médula, lo que le permitió explicar las hemiplejias alternas. Ve cómo a los nervios los acompañan una arteria y una vena. Se fija en cómo una de las funciones de las vértebras es la protección de la médula espinal, además de ofrecer movimiento a la columna y dar estabilidad a todo el cuerpo. Estudia también en este capítulo la escápula, la articulación del hombro y la clavícula, así como los músculos del hombro y sus funciones. La estructura del hombro con las articulaciones de la escápulas, muy alejadas del tórax, le da al hombre una gran movilidad en el brazo, de la que carece el resto de los animales.

Los libros XIV y XV están dedicados al estudio de los órganos de la reproducción. Para Galeno, dichos órganos tienen como finalidad la continuidad de la especie. Dado que por la materia utilizada la naturaleza no pudo hacer inmortal su obra, ideó la sustitución de los seres que morían por otros nuevos, de manera que su obra pudiera permanecer. Para ello dio a los animales los órganos de reproducción, a los que dotó de la facultad de producir placer y concedió, además, al alma el deseo de servirse de ellos. Así, con el «cebo» del placer se aseguraba que los animales se preocuparan de su continuidad «como si fueran también perfectamente sabios». Galeno afirma que estos órganos por su posición, tamaño, forma y configuración apuntan a la utilidad. Comienza por describir la estructura del útero y su relación con los pechos. Describe los canales galactóforos. Compara los órganos genitales de la mujer con los del hombre para decirnos que son prácticamente iguales, pero que los de la mujer se proyectan hacia dentro y los del hombre hacia fuera. Esto, en su opinión, se debe a que, al ser la mujer más fría que el hombre, por su falta de calor sus partes genitales no llegan a salir, lo que, no obstante, también aporta alguna ventaja. Según Galeno, el principio activo por el que se forma el embrión es el esperma que se elabora en los testículos, aunque admite que el esperma femenino también contribuye un poco. Trata de dar una explicación racional a la creencia hipocrática de que en la cavidad izquierda del útero se forman las hembras y en la derecha, los machos, y a por qué cuando el excedente de las venas del útero está a punto de desbordar pasa a los pechos de la mujer en el momento que el feto está ya formado. Aclara que la causa primera del placer del uso de las partes generadoras son los dioses que así lo han querido, pero también explica su causa material, esto es, el mecanismo que provoca el placer. Explica cómo se forma el esperma, el masculino y el femenino, y cuál es su función en la generación del embrión, a la que ambos contribuyen. Trata también de la posición y del tamaño de los ovarios y testículos y también de los vasos espermáticos así como de su enervación. Dedica el último capítulo del libro XIV al análisis de la túnica que reviste el útero y a los ligamentos que lo unen a las partes adyacentes.

En el libro XV estudia la estructura del miembro viril y explica los mecanismos de tensión de los pudenda en las relaciones sexuales. Galeno pone las bases de la futura embriología en la descripción de las partes del feto, pues distingue perfectamente la membrana amnios, la alantoides y ese complejo de venas que es el corion. Describe el sistema vascular del útero con sus vasos umbilicales (dos arterias y dos venas), desde los que el embrión atrae la sangre y el pneûma . Y se detiene en la génesis del embrión, en la que señala cuatro etapas: 1) el momento de la semilla, 2) la proliferación de vasos en el cordón umbilical, 3) formación de las tres vísceras principales y 4) formación de las extremidades. Observa que el hígado es el órgano más grande y más importante en relación con las otras vísceras, y luego vendrían en importancia y tamaño el cerebro y el corazón. Galeno compara estas vísceras a los fundamentos que se ponen en las casas para su construcción. También señala que en los momentos de gestación, el sistema venoso tiene una especial importancia, ya que sin la sangre el embrión no hubiera podido crecer y desarrollarse. Observa que en los fetos el pulmón es de color rojo, pues durante la gestación, dice, la sangre le llega de la vena cava y habla del foramen oval que comunica esta vena con la pulmonar, al que la naturaleza puso una membrana a modo de tapadera, que cediera a la sangre que procedía de la cava, pero que evitara el reflujo hacia esa vena. Este orificio se cierra cuando el embrión ha alcanzado su desarrollo y está a punto de nacer. Creyó erróneamente que existía continuidad entre los vasos sanguíneos del feto y los de la madre. Observó que la arteria pulmonar se comunica con la aorta mediante el conducto arterial, que también con el correr del tiempo se atrofia por completo. También le asombra a Galeno que el orificio del útero permanezca cerrado durante la gestación y que, en cambio, se abra al máximo en el momento del parto. Le asombra aún más que el nuevo ser se acerque al cuello del útero en la disposición debida, primero la cabeza y luego el resto del cuerpo, pero lo que más le maravilla es que el nuevo ser sepa, desde el momento de su nacimiento, cómo usar los órganos de nutrición, y que llegue con la capacidad instintiva de dirigirse al alimento que le es más adecuado, en el caso del hombre, la leche materna, y que sienta el deseo de ese jugo con el que va a alimentarse, y que, en cuanto le salen los dientes, los use correctamente para la masticación. Termina este libro con un comentario sobre la estructura de la cadera: huesos, músculos, articulaciones y su adecuación a sus respectivas funciones.

El libro XVI lo dedica Galeno a aquellos órganos que mantienen la conectividad de todas las partes del cuerpo: nervios, arterias y venas, que, en su opinión se originan respectivamente en el cerebro, corazón e hígado. Galeno distingue perfectamente los nervios duros, que se insertan en los músculos, órganos de movimiento voluntario, de los nervios blandos, que van a las partes que necesitan percibir sensaciones, y también distingue los que parten del cerebro, que son los blandos, de los que se originan en la médula, que son los duros. Los blandos van a los órganos de los sentidos y a las principales vísceras, que también necesitan percibir, a los dientes, a músculos fuertes como el trapecio o el atlantoescapular, a los esternocleidomastoideos, y a los órganos fonadores, pues para Galeno la voz es la obra más importante del alma, ya que comunica los pensamientos de la razón. Explica la enervación de la laringe mediante las ramas del laríngeo superior, ramificación del vago. Parece que también detectó el tronco simpático. Estudia, asimismo, los nervios que se originan en la médula, como el occipital mayor y el auricular grande, que enerva el músculo temporal y el platysma , y los que enervan los rectos y oblicuos de la cabeza, o el esplenio y los músculos que la mueven para atrás y lateralmente. Describe el trayecto de los toracodorsales y del axilar, como también el de los nervios de los brazos, el de los de las piernas y los del pubis. A continuación describe el recorrido de las arterias y de las venas, siguiendo el recorrido de la arteria aorta el descendente, y el ascendente sube por las ramificaciones de las carótidas hasta formar la rete mirabile y el plexo corioides. Sigue el recorrido de la vena cava con todas sus ramificaciones: algunas van al estómago, al bazo, al mesenterio y a los riñones y otras al pulmón, al corazón y al encéfalo. Se da cuenta de que las arterias siempre van acompañadas por venas pero que hay alguna vena que va sola. Galeno manifiesta su asombro de cómo el alimento en forma de sangre llega a todas las partes del cuerpo, cómo el spiritus animi se distribuye a través de los nervios, permitiéndonos mover a voluntad, percibir, razonar y comunicarnos mediante la palabra, y de cómo el cuerpo mantiene su calor innato. Ha señalado C. Harris 45 que el esquema topográfico que hizo Galeno del sistema vascular es razonablemente correcto, pero no así su interpretación fisiológica de los hechos, pues al aceptar sin dudas la doctrina hipocrática y también platónica de que las venas nacían del hígado, lo que le cuadraba muy bien con su concepción tripartita del cuerpo y de las tres vísceras principales, le cerró un posible planteamiento de la circulación sanguínea. Galeno criticó a Erasístrato, que defendía que las venas se originaban en el ventrículo derecho del corazón 46 . En el último libro hace una crítica a los anatomistas que consideran que todo ocurre al azar para afirmar que el arte y la proporción que hay en el cuerpo humano es muy superior a la del canon de Policleto, pues el escultor sólo pudo imitar el cuerpo externo, y se reafirma en su idea de una inteligencia creadora que todo lo ha diseñado y creado con justicia, sabiduría y previsión. Afirma que su obra Del uso de las partes es, en puridad, un tratado de teología, que nos invita al conocimiento de la naturaleza por lo que, dice, cualquier hombre que honre a los dioses debe iniciarse en los misterios de la fisiología, ya que nos hablan con mayor claridad que las celebraciones de Eleusis o Samotracia. Por todo ello dice de este último libro que es un «epodo», última parte de las composiciones líricas, que los poetas mélicos cantaban de pie ante el altar como himno de alabanza a la divinidad.

METÁFORAS

El discurso de Galeno no es sólo descriptivo, sino que para clarificar a sus lectores lo que quiere decir recurre a imágenes y metáforas en las que compara el cuerpo humano al cosmos, a la ciudad, a la casa o a máquinas en una concepción unitaria de todo cuanto existe como manifestación de la naturaleza. Cada imagen lleva un cúmulo de connotaciones y común a ellas es la noción de parte y función, pues cada parte por el hecho de serlo se relaciona con otras y tiene el diseño óptimo para el fin para el que ha sido creada. Galeno compara el cuerpo al cosmos, como un conjunto de muchas y diversas partes, que cooperan al buen funcionamiento del conjunto. ¿Qué es lo más bello y más grande de lo que existe?, pregunta Galeno, y él mismo se contesta: «el universo», y continúa: «el ser viviente es como un pequeño universo; en ambos encontrarás la misma sabiduría del creador». Para el pergameno, el Sol es lo más bello de todo lo que hay en el universo y tiene en el cuerpo humano su correlato en el ojo, «que es el órgano más brillante y similar al Sol» (III 10). El Sol ocupa en el mundo una posición óptima en medio de los planetas, piensa Galeno, pues si estuviera más abajo, lo quemaría todo; y si más arriba, la Tierra sería inhabitable a causa del frío. Igualmente, cada parte del cuerpo ocupa una posición óptima. Y afirma que el mismo arte hay en la posición en el universo de algo tan noble como el Sol que en la de algo tan insignificante y bajo como puede ser el talón del pie en el cuerpo humano (ibid.) . Y añade en referencia al pie que su estructura no es peor que la del ojo ni la del cerebro, pues «sus partes están dispuestas de la mejor forma posible con vistas a la acción para la que fueron hechos».

Galeno vivió en las principales ciudades del mundo de entonces, Pérgamo, Atenas, Roma y Alejandría, y sabía lo importante que era la comunicación entre las ciudades y un buen trazado de vías, como el que se construyó en el Imperio Romano. Pues bien, las partes del cuerpo, como ocurría entre las principales ciudades del Imperio que estaban unidas por una importante red de vías, están todas conectadas entre sí por una red de arterias, venas y nervios, que mantienen la conexión entre todas ellas. Hay vías amplias, comunes a todas las partes a las que llevan alimento, como el esófago, y otros pasos más estrechos, como las venas, que llevan la alimentación a cada una de las partes. El nervio vago, por ejemplo, conecta con el cerebro las otras dos grandes vísceras: corazón e hígado, y los órganos de fonación, de los que nos servimos para expresar nuestros pensamientos. Y además están los ligamentos que unen las partes adyacentes. En el cuerpo, como en las ciudades bien organizadas, además de haber comunicación entre las diferentes partes y los lugares principales, se da una perfecta distribución del trabajo entre los diferentes órganos. Así, el estómago es como un gran almacén que trabaja y transforma el alimento que se ingiere por la boca y, cuando lo tiene preparado, las venas, «como los porteadores de las ciudades llevan el trigo limpio al horno público de la ciudad para cocerlo y convertirlo en alimento útil», lo llevan por la porta al hígado, que viene a ser como el «horno público» donde en una segunda limpieza se eliminan algunas impurezas del alimento ya elaborado en el estómago y se transforma en sangre (IV 2), que a través de la cava se distribuye por todo el cuerpo. Por eso dice nuestro autor que la lesión de esta vena repercute en todas las venas del animal como cuando sufre daño el tronco de un árbol. También compara la elaboración de la sangre en el hígado a la elaboración del vino, que después de haber sido limpiado y prensado, sufre aún en las tinajas por su calor natural otra cocción, en la que los residuos se hunden mientras que la parte ligera y ventilada, la «flor del vino», flota en la parte de arriba (IV 3). Equipara el hígado a un «taller» de producción de sangre y el corazón, a uno de cocción (IV 17, III 324K). La vena cava que sale del hígado la equipara a un acueducto que a través de conductos y canales distribuye la sangre a todas las partes del cuerpo y así como en las ciudades no se distribuye el agua en igual cantidad en todos los lugares, así también la parte de la vena cava que desciende lleva más volumen de sangre, puesto que son más las partes a las que debe nutrir (XVI 1-2 y 10). También las venas de la prensa de Herófilo las imagina Galeno como una especie de acueducto que envía mediante canales la sangre a las partes subyacentes (IX 6) y las que van al surco occipital las compara a los canales que se utilizan para el riego de los jardines. Es precisamente este lugar, el torcular Herofili , lo que Galeno dice que es como la acrópolis de la ciudad y no el corazón, como había dicho Aristóteles. En las ciudades en las que vivió Galeno había palestras y estadios donde practicar deporte. Por eso no es extraño que recurra a la carrera de doble curso, que se practicaba en los estadios, para explicar el trayecto del nervio recurrente laríngeo, que baja desde el cerebro hasta el cayado de la aorta, donde da la vuelta y vuelve a subir para insertarse en la cabeza de los músculos laríngeos (VII 14 y XVI 4). También en las ciudades se acudiría a espectáculos de títeres. Por eso Galeno no duda en comparar la función de los tendones a las cuerdas de las marionetas (I 17, III 48K y III 16, III 262-263K), pues en ellas la cuerda pasa por la primera articulación y se sujeta al principio de la segunda, para que el títere siga con facilidad la acción del empuje hacia arriba. El mismo sistema se observa en los tendones de los huesos del brazo, en los de los dedos de la mano y en las articulaciones de los huesos de la pierna. Los tendones que flexionan el pulgar los compara a las riendas de los caballos (I 17, III 56-57K), dado que se originan en el flexor profundo de los dedos a la altura del dedo medio, van junto al que flexiona este dedo, pero, al llegar a la cavidad de la mano, se separan de él y entonces divergen, como las riendas que van parejas por el yugo y divergen para pasar a través de las argollas. De la carne que está sobre los huesos dice que es una protección similar a los objetos de fieltro y la compara también a los baños, por cuanto que calientan pero también pueden refrigerar (I 13, III 38K). Las principales ciudades helenísticas y romanas están bañadas por el mar. Por eso también Galeno recurre a imágenes marítimas para expresar algunos procesos anatomo-fisiológicos. Para justificar la longitud del dedo medio, más largo, que los demás, explica cómo al sujetar un objeto esférico queda a la misma altura que los otros dedos, lo mismo que en las trirremes, los remos del centro eran más largos y así en su circuito todos golpeaban a la vez las olas del mar. También acude a una imagen marina para explicar por qué nos cuesta abrir los dedos cuando los tenemos flexionados. Primero enuncia este hecho con un principio físico: «Si un cuerpo es estirado por dos principios de movimiento situados angularmente, si uno es más fuerte, el otro es inevitablemente anulado, pero si la superioridad es poca o son de igual fuerza, el movimiento del cuerpo es una mezcla de ambos» (I 19, III 71K). Luego lo aclara con un ejemplo. En este caso debemos imaginar una nave que avanza a golpe de remo y el viento la golpea lateralmente. Si la fuerza de los remeros es más fuerte, la nave irá hacia delante; pero si la fuerza del viento es más fuerte que la que ejercen los remeros, la nave irá de lado. Así pasa con el movimiento de los tendones laterales, que al ser más débil, es anulado por el de los tendones que flexionan los dedos, mucho más fuertes. Con esto, Galeno demuestra que los tendones destinados a las acciones más intensas son más robustos y fuertes, lo que pone de manifiesto, siempre según nuestro autor, el arte de la naturaleza. Siguiendo con sus imágenes marinas, Galeno afirma que los dedos tienen huesos para darles una cierta consistencia, pues, si no los tuvieran, serían como los tentáculos de los pulpos y se combarían, como mareados, cuando intentáramos sujetar algo (I 12, III 32K). También llamó epiplón al omento, ese repliegue del peritoneo que flota por la cavidad abdominal y que envuelve vasos y algunas vísceras (IV 9, III 286K). Equipara la columna vertebral a la quilla de los barcos, pues le proporciona al cuerpo fundamento y estabilidad (XII 11, IV 49K). Y respecto al llamado «plexo retiforme», esa red de arterias que en algunos animales se sitúa en la base del encéfalo y que él probablemente vio en la disección de algún cerdo, dice que su aspecto es semejante al de esas redes de pescadores puestas unas sobre otras, de manera que si intentamos levantar una le siguen en fila todas las demás. Esa imagen es muy habitual en cualquier ciudad mediterránea y permite al lego en la materia entender e imaginar la forma de ese plexo mejor que con otro tipo de explicaciones (IX 4, III 697K). Pero además, las ciudades no están exentas de peligro y se protegen frente a las posibles invasiones externas. M. Vegetti 47 ha señalado que la imagen de los nervios que ofrece Galeno, está en relación con esas cuerdas elásticas (neûra ) hechas de tendones de animales que se usaban para construir los resortes (tónoi ) de propulsión de las grandes catapultas, con las que se defendían las ciudades de quienes les asediaban. La máquina de energía elástica es, pues, una de las imágenes con la que Galeno explica la fisiología del movimiento voluntario, pues el «nervio» (neûron ) es «el órgano de transmisión de los impulsos sensoriales al cerebro y de la distribución de las órdenes del movimiento voluntario al sistema vascular». Pero también, afirma Vegetti, la tecnología de las máquinas de vapor y aire comprimido se convierte en referente de la dinámica fisiológica, que ni la anatomía alejandrina ni la galénica pudieron hacer directamente visible. Piensa, en efecto, Galeno que con el calor del corazón se calientan la sangre y el pneûma , «cuya expansión y compresión determina los movimientos que se producen en los fenómenos psíquicos» 48 . Aún hoy usamos esta metáfora, cuando en un acceso de indignación decimos «me hierve la sangre», aludiendo al sobrecalentamiento de la sangre arterial por parte del calor del corazón. También la naturaleza creadora, como los buenos fundadores de ciudades que se ocupan de que éstas se conserven y permanezcan para siempre, puso los medios para que hombres y animales, siendo de material perecedero, pudieran perpetuarse y para ello les dotó de los órganos de reproducción y del deseo de servirse de ellos «como cebo para la conservación y la protección de la especie» (XIV 2). Algunos huesos del cuerpo, cuya función es la protección, tienen el nombre de objetos de la vida militar. Así, el hueso que protege el corazón y el pulmón se llama thórax , que significa «coraza», o el hueso que protege el cerebro tiene el nombre de kraníon , que quiere decir «yelmo». Dice también que esas partes con muchas articulaciones, como las manos, están dotadas de mayor movimiento y ceden más. Por ello son menos vulnerables a los golpes, y lo ejemplifica al afirmar que un proyectil atraviesa con mayor facilidad una superficie tersa que una flácida (I 8, III 126K).

Galeno también compara el cuerpo con una casa, pues está constituido por partes autónomas pero todas relacionadas entre sí. Le dice a Patrófilo (2, I 230K) que, así como el arquitecto debe conocer las estancias de las casas con las características de todas y cada una de sus partes, el que se ocupa del cuerpo debe conocer las partes que lo constituyen, su materia, su forma, su posición y su función y saber que forman un sistema unificado y dinámico, jerarquizado y sinérgico. El descubrir todas las estancias del cuerpo y dárnoslas a conocer va a ser el gran empeño de Galeno. La finalidad de ello es conocer el funcionamiento del cuerpo sano para poder curarlo cuando esté enfermo. Equipara Galeno al arquitecto que construye la casa a la naturaleza creadora y equipara también al arquitecto que la revisa y repara al médico que debe revisar y conocer el cuerpo humano para poderlo reparar. Y siguiendo con la metáfora basada en la arquitectura, Galeno se pregunta por la estructura de cada parte del cuerpo y por su adecuación a su función. Por ejemplo, equipara las vísceras fundamentales (hígado, corazón y cerebro) a las piedras sillares que cimientan el edificio que es el cuerpo. Por eso, afirma, en los embriones son proporcionalmente más grandes que otras partes del cuerpo (XV 6, 241K), especialmente el hígado, que es como la piedra angular de todo el edificio, ya que, en opinión de nuestro autor, es el órgano generador de la sangre y sin él ni el corazón ni el cerebro podrían desarrollarse. La función de los huesos es la misma que tienen los muros en las casas o los llamados «palos» en las tiendas de acampada (Proced. anat . I 2, II 218K). Soportan y dan forma. Los huesos del cráneo, dice, son como el techo de una casa caliente. No son continuos, sino que necesitan suturas para eliminar los vapores ascendentes con sus residuos fuliginosos (Del uso IX 1, III 688K). Para explicar cómo encajan las suturas las compara a dos sierras cuyos dientes encajaran perfectamente, también las compara a las pestañas que hacen los carpinteros para que las diferentes piezas se adapten como si de una sola se tratara, y en una tercera imagen las presenta como una túnica hecha a base de retazos suturados. También equipara la columna vertebral unas veces a los cimientos (XIII 3, IV 92K); otras veces, a una bóveda (XII 15, IV 63K); y otras, a la quilla de los barcos, tan necesaria por su seguridad y estabilidad (III 2, III 179K, XII 10, IV 42K y XIII 3, IV 91-92K). Considera la parte del encéfalo que está sobre el tercer ventrículo como un arco o una pequeña bóveda, pues dice que los arquitectos dan esos nombres a esa parte de los edificios (IX 11, III 667K). Los huesos, por su carácter básico y fundamental y porque dan forma al cuerpo, es lo primero que debe conocer un estudiante de anatomía, y dirigiéndose a su lector le dice «que tu esfuerzo y tu trabajo sea no sólo aprender de cada libro la forma exacta de los huesos, sino convertirte en un observador constante de los huesos humanos a través de tus ojos» (Proced. anat . I 2, II 220K). Los huesos que están al servicio de la seguridad y el movimiento (XI 18, III 925K) se unen unos a otros mediante diartrosis. En cuanto elementos que aportan seguridad, los compara a las empalizadas de las ciudades y a las paredes y muros de las casas (XIII 3, IV 86-87, 113 y 121K). Como elementos que se articulan para ofrecer movimiento, equipara las articulaciones a los goznes de las puertas del hogar (I 15, III 41 K). Para lubricar las articulaciones hay un humor viscoso que, dice, es como el aceite que se aplica a los ejes de los carros (XIII 8, 114K).

La acción del estómago se compara a la de los pucheros que hierven en la cocina y que transforman por el calor los alimentos que hay en ellos (IV 8, III 284K), y de las aurículas del corazón dice que son como la despensa, en la que se guarda el alimento (IV 15, III 482K). Se sirve, en efecto, de objetos de la vida doméstica como referentes para explicar la forma de determinadas partes del cuerpo. Por ejemplo, de la epiglotis dice que tiene la forma de las lengüetas de la flauta (VII 13). A la tiroides la llama así por su semejanza con las puertas 49 , y el músculo aritenoides recibe ese nombre por su semejanza a un tipo de vasija que se llama así, o el hioides recibe su nombre por su parecido a la letra «Y». Recurre a la caja de entablillados que usaba Hipócrates para reducir las fracturas para explicar el trayecto del nervio recurrente (VII 14). Asimismo, cita a Platón para afirmar que la masa muscular es semejante a las mantas de fieltro que nos protegen y nos calientan (I 13, III 37K y VII 22, III 604-605K). También dice del hueso etmoides («semejante a un colador») que debería denominarse «esponjoides», pues sus orificios no son ordenados como los de los coladores sino anárquicos como los de las esponjas (VIII 7, III 652K).

En esa casa que es el cuerpo humano, el corazón ocupa el lugar central y, por ello, lo equipara al fuego del hogar: «el corazón —dice— es como fuente y hogar del calor innato (VI 7, III 436K)». Lo compara a las llamas de las candelas, por ser principio del calor natural, también a la piedra heraclea, porque atrae al fuego, y a los sopletes de los herreros por su capacidad de absorción (VI 15, III 481 K). El corazón es al cuerpo lo que Hestia es al hogar. Así como Hestia asegura la buena marcha del hogar y se la honra con un fuego que no se apaga dentro de la casa, también el corazón asegura el buen funcionamiento del cuerpo.

Con lenguaje poético, el de Pérgamo compara el encéfalo, en una bella imagen tomada de la agricultura, con una tierra fértil, en la que el alma está sembrada, y de la que brota un gran tronco, que es la médula, que se convierte en un frondoso árbol y de cuyo tronco brotan cantidad de ramificaciones que son los nervios, que son «como una especie de ramas que se dividen en miles de brotes y así todo el cuerpo participa gracias a ellas, primero y sobre todo, del movimiento y, además de esto, de la sensación» (XII 4, IV 12-13K) 50 . Compara en cierta manera los nervios o el pneûma de los nervios con la savia de las plantas que las nutren y les dan vida 51 , y compara también la médula con un gran tronco que nace de la tierra o con un río que nace de la fuente del encéfalo (XII 11, IV 47K). El encéfalo es, pues, tierra fértil pero también fuente. Para un griego, agua y tierra son los principios fundamentales de los que todo brota. Es la base de la filosofía de la naturaleza.

Dice Galeno que el alma racional habita en el encéfalo, que con este órgano reflexionamos, y que en él hay contenido mucho espíritu anímico (pneûma psychikón ), que se va a distribuir por todo el cuerpo para animarlo y darle vida. Demuestra que, si se obstruye e impide su paso, las partes a las que no llega pierden sus funciones, lo mismo que si se obstruye el paso de la savia en las plantas. La imagen del tronco se emplea también para los otros vasos que, según Galeno, proceden de las otras vísceras: del hígado la vena cava y del corazón la arteria aorta. De esos vasos brotan ramas que se extienden por el cuerpo (XVI 1 y 10). Afirma que cuando la cava sufre una lesión allí donde nace, repercute en todas las venas del animal «como cuando sufre un daño un tronco de árbol» (IV 14, III 313K). Las venas que se insertan en los intestinos las compara también nuestro autor con las raíces de los árboles. «Como en los árboles la naturaleza une aquellas raíces a otras más gruesas, así en los seres vivos une los vasos más pequeños a otros mayores y hace siempre todo esto hasta hacer remontar todas las venas a una sola que está en la puerta (porta) del hígado» (IV 20, III 337K). También equipara los nervios que se insertan en las partes a la inserción las raíces en la tierra (VII 15, III 584K). El vello del cuerpo y los pelos de las pestañas y las cejas los compara a la hierba y a las plantas que brotan de la tierra y nos habla del «arte y cuidado del agricultor» (XI 14, III 907-908K).

Ya hemos mencionado el interés que pone Galeno en señalar que las tres vísceras principales del cuerpo están conectadas por el mismo nervio, que se inserta también en los órganos de la voz (XVI 3). Afirma que la facultad reflexiva se asienta en el cerebro, pero añade que tiene un ayudante que es el coraje (thymós) 52 y que «el hígado está necesariamente asociado a esas otras dos facultades de las que no se puede separar en absoluto como tampoco se pueden separar la una de la otra» (IV 13, III 309-310K), pues el creador las conectó y se las ingenió para que se escucharan entre sí.

Galeno emplea analogías basadas en criterios de semejanza formal. Mediante ellas establece correlaciones entre fenómenos de naturaleza diferente y ofrece modelos conocidos de fácil interpretación. No nos puede pasar por alto que, a pesar de que unas veces usa diversas imágenes para una misma explicación y otras usa una única imagen para ilustrar hechos diferentes, el cerebro lo ha comparado con la tierra fértil o el manantial del que brota un río; el corazón, con el hogar en el que reside el calor innato; y el hígado, con un taller de producción. P. Balin 53 ha señalado que este método analógico es rico en potencialidades heurísticas, pues es susceptible de extender el campo de investigación del médico a dominios que van más allá de toda observación. Hemos visto el cuerpo concebido como una ciudad, un edificio, una máquina y como un espacio natural, y en las imágenes se ha apuntado al fundador de la ciudad, al arquitecto, al ingeniero mecánico y al buen agricultor. Como ellos, la naturaleza ha hecho un «diseño inteligente» del cuerpo humano. El buen médico, que dista mucho de ser el arquitecto que construye el edificio, pero que se asemeja al que lo repara y lo restaura, conoce el cuerpo humano y tiene el arte para restituirlo, si cae enfermo, a su estado de salud natural, pues conoce las estancias del cuerpo y los mecanismos que las interrelacionan. Sabe, además, entablar diálogo con las obras de la naturaleza, pues conoce los ciclos que la rigen. Por eso se siente en condiciones, según escribe en la carta a Patrófilo, de asimilar su conocimiento al de la divinidad (I 2, 231K) 54 .

PERVIVENCIA DE LA OBRA ANATOMO-FISIOLÓGICA DE GALENO EN ESPAÑA

Galeno gozó de gran reputación ya en la Antigüedad y una de sus obras más leídas debió de ser Del uso de las partes , a juzgar por lo que dice en De los propios libros II de que esa obra tuvo inmediatamente una gran difusión y que era consultada por casi todos los médicos que practicaban la medicina antigua, y a juzgar también por los extensos fragmentos que Oribasio, el médico del emperador Juliano, incluyó en su obra, tan importantes hoy para establecer el texto en las nuevas ediciones de la obra del Pergameno. Los árabes la tradujeron muy pronto y a través de ellos llegó a la Península. En el siglo IX ya figura con el n° 49 en una compilación de obras traducidas al árabe y al siríaco, realizada por el médico nestoriano Hunain ibn Isaac. La traducción del griego al árabe fue iniciada por Hubaish ibn al-Hasan, sobrino de Hunain, y completada por éste. Parece que la traducción árabe nunca fue vertida de forma completa al latín. En cambio, el tratado De juvamentis membrorum , que es un resumen en nueve libros de doce de los diecisiete Del uso de las partes , fue pronto traducido del árabe al latín. Su traducción se ha atribuido a Burgundio de Pisa (siglo XII ), de lo que hoy se duda 55 . Este tratado fue muy leído en la Edad Media y sirvió de base a Mondino (siglo XIV ) para su obra de anatomía. Que en el mundo árabe Del uso de las partes era conocido, lo demuestran las afirmaciones del sirio Ibn an-Nafis (1210-1288) sobre el paso de la sangre del ventrículo derecho al izquierdo del corazón, en la que refuta que la sangre pase a través de los orificios del tabique interventricular, teoría, efectivamente equivocada, expuesta por Galeno en De usu (VI 9, III 457K). El sirio dice así:

Tras aligerarse en dicha cavidad, es necesario que la sangre pase a la izquierda, donde se genera el espíritu vital. Sin embargo, no existe comunicación entre ambas cavidades, como algunos piensan, ya que el tabique del corazón es impermeable y sin ningún orificio aparente. Tampoco hay, como afirma Galeno, comunicación invisible que permita el paso de la sangre, porque no existen poros y el tabique es grueso. Por lo tanto, la sangre, tras aligerarse, circula a través de la arteria pulmonar hasta el pulmón y el parénquima se mezcla con el aire. La sangre oreada se refina y pasa por la vena pulmonar hasta llegar a la cavidad izquierda del corazón, una vez que se ha mezclado con el aire y se ha adecuado para la generación del espíritu vital 56 .

El interés de los médicos árabes por Galeno contribuyó, en efecto, a su difusión en España. Ha escrito L. García Ballester que «el contenido doctrinal de la medicina medieval practicada por los sanadores de las tres culturas (la cristiana, la musulmana y la judía) tuvo como denominador común el llamado galenismo; es decir, un conjunto de teorías y supuestos doctrinales […] inspirado en los escritos médicos de Galeno» 57 . A ello contribuyó, sin duda, la preferencia de los médicos árabes por la medicina de Galeno, que tradujeron a su lengua, las enseñanzas del Pantegni de Haly Abbas (siglo X ), del Canon de Avicena (980-1037) y del Colliget de Averroes (1126-1198) y, a su vez, las traducciones al latín de las obras de medicina árabe que se llevaron a cabo en la Escuela de Traductores de Toledo, especialmente cuando estuvo al frente de ella Gerardo de Cremades (muerto en 1197). En ellas estudió un siglo después Arnau de Vilanova (1238-1311), quien también se ocupó del saber médico judeo-musulmán y desde su cátedra de Montpellier contribuyó a su difusión así como a la del galenismo latino medieval. Las dos primeras obras de las que tenemos noticia que circularon en árabe ya en el siglo XII en la península fueron Del uso de las partes y Las facultades naturales . Aún hoy se conservan sus manuscritos en el Monasterio de El Escorial, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en la Biblioteca Nacional de París 58 .

La creación de la imprenta fue de capital importancia también para la divulgación de las obras de nuestro médico en las universidades. En Valencia se crea la cátedra de Anatomía en 1501 y se ordena que esta enseñanza se dispense con el De usu partium de Galeno y una disección de un cadáver humano como se hacía en París. En 1545 Pedro Jaime Esteve introduce también la lectura De anatomicis administrationibus cuando tomó posesión de su cátedra. En la Universidad de Alcalá de Henares era preceptivo, de acuerdo con las constituciones de la universidad, que el catedrático de Anatomía, a la sazón Pedro Jimeno, explicara en sus clases Hipócrates, Galeno y Avicena 59 . En Salamanca, la cátedra de Anatomía se crea en 1550 y cuando Lorenzo Alderete defiende en el claustro su creación acude a Galeno con estas palabras: «Galeno y otros escriben ser muy necesario ver la anatomía por vista de ojos para saber conocer las enfermedades e curarlas; e por cuanto la anatomía que está escrita en los libros es como figura e pintura de la anatomía real que se hace en los cuerpos muertos ansy es cierto que muy mejor se conoce viendo la propia cosa realmente que no viéndola scripta ni pintada» 60 . En estos años, Andrés Laguna escribe el Epitome omnium Galeni Pergameni operum , que se publica en Basilea en 1548 y en el que expone la doctrina filosófico-natural sobre el cuerpo humano sistematizada por el galenismo. También el interés renacentista por el tema del hombre hace que algunos autores como Bernardino de Laredo (1482-1540), médico, boticario y místico, estudie el tratado De usu partium y lo incorpore a su obra Modus faciendi cum ordine mendicandi (Sevilla, 1527) o que Pere d’Oleza, galenista arabizado, haga un compendio de filosofía y medicina en su Summa totius philosophiae et medicinae (Valencia, 1536). Luis Mercado recopila el saber anatómico y fisiológico de la época en su obra De humani corporis fabrica et partibus (Valencia, 1536), cuyo título evoca la obra galénica que aquí comentamos y constituye el primer volumen de sus Opera omnia . Por sus especulaciones sobre el sistema nervioso merece citarse la monografía de Miguel Sabuco, Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (Madrid, 1587), que se atribuyó a su hija Olivia. Jerónimo Merola publicó con fines divulgativos su República original sacada del cuerpo humano (Barcelona, 1587), y Juan Sánchez Valdés de la Plata, Coronica y historia general del hombre (Madrid, 1598). A esta preocupación por la antropología se sumaron los humanistas, en cuyas obras asoma el saber biológico de Aristóteles y la medicina de Galeno. Entre ellos cabe citar a Pero Mexía y a fray Juan de Pineda, quienes respectivamente en su Silva (Sevilla, 1542) y en sus Diálogos (Salamanca, 1547) animan al conocimiento funcional de la morfología del cuerpo humano de acuerdo con los criterios de Galeno, y también de Fray Luis de Granada, cuya obra fue objeto de comentario en el discurso de recepción de Pedro Laín Entralgo en la Real Academia Nacional de Medicina en Madrid en 1946, y que posteriormente reelaboró y amplió en su monografía La antropología en la obra de Fray Luis de Granada (Madrid 1988), en la que señala la deuda del de Granada con el de Pérgamo. Siguen también la pauta marcada por Galeno en Del uso de las partes , Luis Lobera en su capítulo «Libro de anatomía» en Remedios de cuerpos humanos (Alcalá de Henares, 1542) y Fray Agustín Farfán en su obra, dirigida a médicos y cirujanos, Tratado breve de medicina y de todas las enfermedades (México, 1579). La publicación de La Fabrica de Vesalio en Basilea en 1543 y sus críticas a Galeno tuvieron un amplio eco en nuestro país, tanto por la presencia de Vesalio en España como médico de Felipe III, como por la difusión que hicieron de su obra Pedro Jimeno, que había sido discípulo suyo en Padua, y Luis Collado desde la cátedra de Anatomía de Valencia. Siguieron los pasos de Vesalio los dos grandes especialistas en anatomía del Renacimiento español como fueron Realdo Colombo y Juan Valverde. Éste en su obra Historia de la composición del cuerpo humano (Roma, 1556) describe correctamente la circulación pulmonar, que dice haber descubierto junto con su maestro R. Colombo, autor de la obra De re anatomica (Roma, 1559). Defendieron a Galeno frente a las críticas de Vesalio dos ilustres médicos de este siglo: Alfonso Rodríguez de Guevara y su célebre discípulo Bernardino Montaña de Monserrate, autor del Libro de la Anthotomía del hombre (Valladolid, 1551), ambos profesores de la Universidad de Valladolid 61 . Dedicaron su atención al sistema nervioso y al cerebro: Cristóbal de Vega, que trató de ello en su obra De arte medendi (Lyon, 1564), y Francisco Valles en Galeni ars medicinalis commentariis (Alcalá 1567). Cristóbal Méndez se ocupó de la medicina deportiva en Libro del ejercicio corporal y sus derechos (Sevilla, 1553), tema por el que también había manifestado su interés el Pergameno, y Andrés Velásquez escribió el Libro de la Melancolía (Sevilla, 1585). Jaime Segarra en sus Commentarii physiologici (Valencia, 1596) se ocupa de comentar el De natura hominis de Hipócrates y De temperamentis y De facultatibus naturalibus de Galeno. Por último, no podemos dejar de mencionar a Miguel Servet (1511-1553), que, aunque fue médico, compañero de estudios de Andrés Vesalio y Andrés Laguna, llegó por vía teológica a darse cuenta de que la sangre no pasa del ventrículo derecho al izquierdo por los supuestos orificios del tabique interventricular del corazón, como postulaba Galeno, sino que se mueve por el atajo pulmonar, lo que expuso en su obra Christianismi restitutio , publicada en Viena en 1553.

En el siglo XVII nace la fisiología en Europa. Sin embargo, España, a diferencia de lo que ocurrió en el siglo anterior, no está abierta a las corrientes europeas. L Sánchez Granjel 62 explica cómo los médicos seguidores de la tradición galénica se enfrentaron con aquellos que expresaron su preferencia por los nuevos hallazgos de la medicina europea. Las facultades de Medicina comienzan a perder prestigio en nuestro país, excepto la de Valencia, el Estudi General de Barcelona y la de Zaragoza. El fundamento de la formación en medicina siguen siendo los autores hipocráticos, Galeno y, en menor medida, Avicena 63 . La pragmática de 1617 de Felipe III ordenaba como prueba, para que el tribunal certificara a los médicos, la exposición de una lectura elegida al azar de los textos de Hipócrates y Galeno. Las enseñanzas de Galeno perviven en las obras de Andrés de León, Tratados de Medicina, Cirugía y Anatomía (Valladolid, 1605); de Cristóbal Pérez de Herrera, Compendium totius medicinae (Madrid 1614), fundador del Hospital General de Madrid; de Pedro García Carrero, Comentario a Galeno, Disputationes medicae (Alcalá de Henares, 1605 y 1612); de Juan de la Torre y Valcárcel, Espejo de la Philosophía y compendio de toda la Medicina (Madrid, 1668); de Diego Osorio y Peralta, Principia Medicinae Epitome et totius humani corporis fabrica (México, 1685) y de Matías García, Disputationes phisiologicae antiquorum et neotericorum (Valencia, 1680). Cuando William Harvey 64 descubrió la circulación de la sangre, lo que evidentemente cambiaba el paradigma galénico, algunos de nuestros médicos recusaron la nueva teoría, como Ponce de Santa Cruz, Luis Mercado, Torres y Valcárcel o Matías García; otros la aceptaron con reservas, como Gaspar Bravo de Sobremonte; y otros, plenamente como el catalán Juan de Alós, que la defendió en su monografía De corde hominis disquisitio physiologico-anatomica (Barcelona, 1694), si bien en otros campos de la medicina permaneció fiel a Galeno. La aceptó también Juan Bautista Juanini (1636-1691), quien la introdujo en las enseñanzas que se impartían en la Universidad de Zaragoza. Este autor en su Discurso político y phísico (Madrid, 1679) se ocupó de la contaminación del aire de Madrid quedándose al borde del descubrimiento del oxígeno y se interesó además en este discurso por la función de los órganos de la cavidad torácica y abdominal. En sus Cartas (Madrid, 1691) se ocupó de los de la cavidad cerebral e hizo un estudio de la anatomía, fisiología y patología del sistema nervioso ya bajo la influencia de Willis. Otro médico que aceptó plenamente la teoría de la circulación de Harvey fue Juan de Cabriada y la defendió en una Carta , que publicó en 1687.

En el siglo XVIII , y especialmente después de la firma del Tratado de Utrecht, la medicina española vuelve a abrirse a los avances que se están realizando en Europa. Sin entrar en la polémica que hubo en la primera década del siglo entre galenistas y médicos ilustrados, mencionaré tan sólo algunas obras ilustrativas al respecto como la de de M. Boix y Moliner, Hipócrates defendido (Madrid, 1711), que originó gran polémica, e Hipócrates aclarado y sistema de Galeno impugnado (Madrid, 1716) y la de A. Díaz del Castillo, Hyppócrates entendido: a beneficio de la doctrina de Galeno, su fiel intérprete (1717) 65 . Cuando Andrés Piquer opositó a la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia el día 3 de agosto de 1742, hubo de disertar una hora sobre el capítulo 3 del libro X del De usu partium de Galeno 66 , esto es, sobre lo que Galeno llamó «los siete círculos del iris»: cristalino, humor vítreo, retina, túnica coroides, esclerótica, tendón de los músculos oculares y membrana conjuntiva. Sin embargo, Piquer nunca habló con simpatía de la medicina de Galeno y reivindicó a Hipócrates en Las obras de Hipócrates más selectas (Madrid, 1757-1770). Se abre, pues, una polémica entre partidarios de Hipócrates y de Galeno, en la que los más ilustrados toman partido por el de Cos. Pero cuando mentes ilustradas como la del padre Feijoo (1676-1764) o la del padre Rodríguez (1703-1777) propugnan una medicina no dogmática sino basada en la experimentación 67 , no están diciendo nada diferente a lo que escribe Galeno en De usu II 7 (III 117-118K) cuando dice que los libros están llenos de errores y que cada uno debe examinar con sus propios ojos la estructura de las partes y lo que se ve en las disecciones. Con espíritu conciliador, Manuel de Porras, discípulo de Florencio Kelli, médico de la corte de Felipe V, escribió una Anatomia galénico-moderna (Madrid, 1716) en la que incorporaba al saber tradicional nuevos descubrimientos de algunos procesos fisiológicos. Martín Martínez, también discípulo de Kelli, escribió una Anatomía completa del hombre (Madrid, 1728), en la que leemos algo tan galénico como «sin saber la figura, magnitud, conexión, sitio y oficio de cada parte, ni el médico puede conocer, ni el cirujano obrar» 68 , y un Tratado Physiológico (Madrid, 1722) en el que critica algunas doctrinas de Galeno como la de los elementos o los humores, su concepción del temperamento y de los «espíritus» del cuerpo y alguna otra. De la primera mitad de siglo es la obra de Francisco Virrey y Mange, Tirocinio práctico médico-chímico, galénico (Valencia, 1737), que intenta también conciliar las teorías galénicas con los nuevos avances en fisiología. Dentro de la investigación morfológica del cuerpo humano de este siglo deben mencionarse también a Juan de Dios López, Pedro Virgili y Antonio Gimbernat, así como las obras de Jaime Bonells e Ignacio Lacaba, El curso completo de anatomía del cuerpo humano (Madrid, 1796-1800) y de Lacaba e Isidoro de Isaura, Prontuario anatómico teórico práctico del cuerpo humano (Madrid, 1799). Lorenzo Hervás Panduro escribió El hombre físico (Madrid, 1800), en la que aún divide las funciones orgánicas, como Galeno, en naturales, vitales y anímicas. En el siglo XVIII se abre el debate sobre el proceso de quilificación en la digestión, el proceso respiratorio, la sanguificación y circulación sanguínea, la teoría fibrilar, la acción del fluido nérveo y la fisiología sensorial. Los avances fisiológicos proceden de los últimos años del siglo y los primeros del XIX , cuando se traducen al castellano las obras de Spallanzoni (1793), Lavoisier (1797) y ya en 1803 la obra de M. Dumas, Principios de fisiología , que tradujo Juan Carrasco. Merece también citarse la obra de Ignacio Ruiz de Luzuriaga, quien en su «Disertación chímica fisiológica sobre la respiración y la sangre», publicada en las Memoria de la Real Academia Médica de Madrid (1796), fue «el primero en aceptar», en palabras de Usandizaga, citadas por Sánchez Granjel 69 , «la absorción del oxígeno por la sangre en la inspiración y su circulación por el organismo».

En los siglos XIX y XX las obras de Galeno no son ya objeto del estudio de los médicos, sino de los filólogos e historiadores de la medicina. C. G. Kühn, profesor de Fisiología y Patología publicó en una edición en griego y en latín la obras completas de Galeno (Galeni opera omnia , Leipzig, 1821-1833). Ch. Daremberg presentó en París en 1841 su tesis doctoral con el título Exposition des connaissances de Galien sur l’anatomie, la physiologie et la pathologie du système nerveux y tradujo al francés una buena parte de la obra conservada de Galeno en Oeuvres anatomiques, physiologiques et médicales de Galien (París, 1854-1856). De los tres volúmenes proyectados sólo aparecieron dos. Daremberg vio en Galeno el fundador de la fisiología experimental. También Claude Bernard en Introduction à l’ étude de la médecine experiméntale (París, 1865) alabó sus experimentos. J. Soury en su obra Le sistème nerveux central (París, 1899) afirma que «por su experiencia sobre animales vivos y por sus observaciones de clínico penetrante y profundo, Galeno ha hecho avanzar la fisiología como ciencia de la función de los órganos […] y ha demostrado que los fundamentos de la medicina son la experimentación fisiológica y la observación clínica» (pág. 260) y alaba sus trabajos sobre el encéfalo, la médula espinal y los nervios. En los siglos XX y XXI , Galeno aún interesa. Se celebran congresos para el estudio de su obra; se están haciendo muy buenas ediciones críticas y se están realizando traducciones de su obra a todos los idiomas. A. Souques en su Étapes de la Neurologie dans l’Antiquité grecque (París 1936) señala algunos errores de Galeno desde el punto de vista de la neurología y, a pesar de ellos, emite este juicio del Pergameno: «Fue un clínico de valor, un anatomista de talento y un experimentador de genio. Su obra anatomo-fisiológica le asegura una gloria imperecedera y le merece la gratitud especial de los neurólogos» (pág. 240). Y A. Debru en su excelente monografía sobre la fisiología de la respiración en Galeno (1996) también escribe: «La experimentación, por ejemplo, es considerada por Galeno […] como una prueba de aquello que él avanza a condición de que esté bien conducida, sea claramente interpretable y apta para servir al razonamiento, como es el caso de las grandes experiencias sobre el tórax y la sección de la médula» 70 . El propio Galeno, al hablar de Hipócrates dice: «Yo no creo a Hipócrates por su autoridad sino porque sus demostraciones son sólidas» (K IV 805). Un neurólogo como J. Brocca 71 aún afirmaba en 2004 que la epistemología anatómica de Galeno es impresionante y que su estudio del cerebro no fue mejorado hasta Th. Willis. García Ballester 72 también ha escrito recientemente que «estudiar la vida y obra de Galeno […] leer sus escritos es una oportunidad de conectar con una de las raíces de la medicina occidental», y J. Barcia Goyanes escribe que Vesalio «no fue un explorador de terra incognita que nos va describiendo sus hallazgos sino un viajero que, guía turística en mano, va reconociendo los lugares en ella señalados aunque en alguna ocasión discrepe de los adjetivos que a ellos aplica su autor. Desde Galeno todo el que escribió de anatomía va siguiendo un camino que él nos enseñó un día, aunque varíe la perspectiva en que se coloca para contemplar el paisaje o su capacidad para descubrir en él nuevos accidentes» 73 . Galeno sabía y reconocía que distaba mucho de conocer el funcionamiento del cuerpo humano, pero sabía también que con su estudio y sus experimentos estaba abriendo vías de investigación que otros seguirían (De usu respirationis I 2).

GALENO Y VESALIO

Los médicos de los siglos XV y XVI que vivieron después de la invención de la imprenta estuvieron en condiciones de acceder directamente con cierta facilidad a la obra original de Galeno sin pasar por el galenismo que se fue constituyendo a lo largo de la Edad Media. Tal fue el caso de Vesalio. Es frecuente señalar en la historia de la anatomía un antes y un después de Vesalio. Creemos que sería acertado señalar también un antes y un después de la impresión en letras de molde de la obra del Pergameno. Pues ya antes de Vesalio hubo una serie de médicos que vivieron a finales del siglo XV y en el primer tercio del XVI que leyeron a Galeno, corrigieron sus errores y escribieron obras de anatomía. Se conoce hoy a este grupo de médicos con el nombre de «prevesalianos» 74 . Entre ellos se encuentran Jacobo Silvio, Jean Fernel y Juan Gunterio de Ardenach, todos profesores de Anatomía en París cuando Vesalio estudiaba. Otros nombres ilustres son los de Berengario da Carpi, Nicolo Massa, Mondino, y, por supuesto, Avicena. También pueden incluirse en este grupo, entre muchos otros, a Miguel Servet y Andrés Laguna, compañeros de Vesalio en París, así como a Juan Valverde y Realdo Columbo. En Padua, Vesalio coincidió con Benedetti, que le precedió en la cátedra de Anatomía, y con Falopio, quien le sucedió en esa cátedra. Con estos nombres quiero indicar que antes de Vesalio ya hubo un movimiento fuerte de anatomistas que siguiendo los consejos de Galeno se aplicaron a la observación de las disecciones y del cuerpo humano en general. La mayoría de los médicos citados rectificaron errores de Galeno y permitieron que la anatomía y la anatomia animata , esto es la fisiología, avanzaran.

Es frecuente leer o escuchar que la anatomía moderna arranca de Vesalio con su De corporis humani fabrica , publicada por primera vez en Basilea en 1543. Sin embargo, esta obra, no nos cabe duda, es deudora de Galeno. Fue escrita teniendo en cuenta el texto de Galeno y, probablemente, tras haber cotejado sus afirmaciones con lo que se observa a la luz de las disecciones. Hay en ella 698 citas de Galeno. Vesalio, que estaba bien formado en las lenguas clásicas, pudo leerla en su lengua original, y como era un experto disector, pudo comprobar los asertos de Galeno sobre la mesa de disecciones y también constatar algunos de sus errores. De hecho, Vesalio recomendaba la lectura del De usu partium y del De anatomicis administrationibus a quienes hacían disecciones. Se dio cuenta de que algunos errores galénicos procedían del hecho de haber diseccionado simios en lugar de cadáveres humanos y se propuso corregirlo. Barcia Goyanes 75 , que ha cotejado los textos de Galeno, reduce a siete los errores galénicos corregidos por Vesalio frente a los más de doscientos que señalara P. Diepgen 76 . Serían los siguientes: no existe en el hombre el lóbulo cava del pulmón, no se dio cuenta Galeno de que las dos últimas costillas se articulan con una sola vértebra, no existe un músculo de los labios inserto en la spina colli , la aponeurosis palmar no se extiende a toda la mano, el tendón del semitendinoso es redondo y no ancho, ha confundido las inserciones superiores del bíceps y del semimembranoso y no es cierto que el omento se inserte únicamente en la mitad derecha del colon. También Galeno se equivocó al suponer unos poros en el tabique interventricular del corazón. Algunos historiadores han atribuido la corrección de este error a Vesalio, pero en la página 596 de la Fabrica (1543) leemos: máxima portione per ventriculorum cordis septi poros in sinistrum ventriculum desudare sinit . En la edición de 1555 hace una corrección y afirma que es poca la sangre que pasa del ventrículo derecho al izquierdo pero no niega la existencia de esos poros. También Vesalio se suma al error galénico de que existen dos arterias y dos venas umbilicales, que el hígado es el principio de las venas, que el riñón derecho está más alto que el izquierdo y cree, cuando escribe las Tabulae Anatomicae , en la existencia del plexo reticular aunque luego en la Fabrica rectifica. Barcia Goyanes 77 ha señalado algunos errores de Vesalio en sus Tabulae , por ejemplo, la disposición de los vasos del cayado aórtico no es humana sino canina, lo mismo que la de los troncos braquiocefálicos venosos, la del tronco celíaco y la de la vena porta. Algunos de ellos se reproducen en la Fabrica . También la reproducción que hace en la lámina 6a de la Fabrica de los músculos escalenos descendiendo hasta la sexta costilla o los rectos del abdomen (lámina 5a ) que van hasta la clavícula son rasgos de la morfología del perro pero no de la del hombre. Entre los descubrimientos vesalianos que hicieron avanzar la anatomía fisiológica está el haber detectado los senos esfenoidales, la existencia de un conducto biliar que desemboca en el hígado, que no hay lóbulos en el bazo, destacó el lóbulo del hígado formado por la vena umbilical, hoy conocido como lóbulo de Spigel, la caro quadrata y el fibrocartílago de la muñeca, a los que añade Barcia Goyanes 78 el haber detectado la reflexión del digástrico en el hyoides, el haber demostrado que no existe lóbulo ázygos en el hombre y el reconocer como error de Galeno la descripción de un mesocolon derecho. Respecto a la descripción que Vesalio hace del ductus venosus y del arteriosus es muy similar a la que hace Galeno, pues en el caso del ductus venosus , uno y otro siguen la vena umbilical hasta el hígado pero no vieron su prolongación hasta la vena cava, lo que señaló por primera vez G. C. Aranzi en su obra De Humanu Foetu Opusculum (Roma, 1564). Respecto a otros hallazgos o descripciones que se le atribuyen como el ductus arteriosus , debe decirse que había sido señalado por Galeno en Del uso (VI 20) y en De la disección de venas y arterias 10 (II 828K). También se atribuye a Vesalio (Fabrica 524) el haber detectado que el nervio óptico desemboca en la retina, pero esto había sido detectado ya por Galeno en De uso VIII 6 y en Procedimientos anatómicos X. El ligamento redondo de la cabeza del fémur había sido descrito también por Galeno en De los huesos 20 (II 772K) y en Procedimientos anatómicos II 10. El fibrocartílago de la rodilla y de la mandíbula fue descrito por Galeno (Proced. anat . II 10) antes que por Vesalio, no así el de la muñeca. Galeno llama al fibrocartílago «ligamento cartilaginoso». Se atribuye también a Vesalio la distinción entre tendón, nervio y ligamento pero esta distinción la hizo claramente Galeno en Del movimiento de los músculos I 1 (IV 368-369K) y en Del uso de las partes (I, 17-19). La descripción del seno sagital inferior del cráneo, que se atribuye a Vesalio, se encuentra en Del uso de las partes IX 6-7 de Galeno. Se atribuye también a Vesalio la descripción del mediastino, que podemos leer en Del uso VI 3. El nombre es lo que se debe a Vesalio, pues Galeno lo llamó «membrana separadora» y la describió perfectamente. La función secretora de las glándulas es un hallazgo que se atribuye a Vesalio, pero Galeno en sus escritos diferencia ya dos tipos de glándulas, unas que dan soporte a los vasos y otras secretoras que lubrican las partes adyacentes 79 . Vesalio critica a Galeno por decir que la pituita se filtra por los orificios del etmoides y él afirma que se filtra por los poros de vasos y nervios, lo que es igualmente erróneo. También le critica (Fabrica , pág. 44) su afirmación de que la mandíbula inferior es doble. Sin embargo, hoy sabemos que en el período embrionario y cuando el niño nace es doble y así permanece durante los primeros años. La afirmación de Galeno de que el esternón consta de siete huesos también fue criticada por Vesalio (Fabrica 92), pero la embriología enseña que en principio los cartílagos que forman este hueso son siete, aunque luego se van uniendo entre sí hasta quedar en tres huesos 80 . Entre las críticas que se hicieron ya en su tiempo a Vesalio están las de su maestro J. Sylvius 81 y la de G. Falloppio 82 y en nuestro país la de A. Rodríguez de Guevara 83 y en tiempos más recientes las de J. J. Barcia Goyanes 84 . Le apoyaron en su tiempo L. Fuchs 85 y entre los nuestros sus discípulos P. Jimeno 86 y L. Collado 87 y más recientemente P. Laín Entralgo 88 . Es cierto que Vesalio fue un excelente disector, que hizo correcciones a la obra del Pergameno y que contribuyó a la anatomía con nuevas aportaciones. Su Fabrica , con una edición bellísima, ha sido el referente anatómico durante siglos. Debe decirse, no obstante, que Vesalio se mueve fundamentalmente con los paradigmas anatómicos que estableció Galeno, al que el bruselense estudió y conoció muy bien, como demuestran sus Tabulae Anatomicae sex , su Epístola sobre la sangría, en las que aún se muestra admirador de Galeno, e incluso en la Fabrica , donde ya demuestra sus discrepancias con el maestro y se propone corregir definitivamente la anatomía analógica de Galeno. Éste siempre animó a los estudiosos de la medicina a que no se apoyaran ni en los libros ni en la autoridad de sus maestros, sino que extrajeran sus conclusiones de sus observaciones personales en la disección y en la experimentación. Y esto fue precisamente lo que hizo Vesalio, por eso pensamos que sin Galeno quizá Vesalio no hubiera sido quien fue. Las metáforas arquitectónicas y vegetales de Galeno en su representación del cuerpo son las mismas que emplea Vesalio. Por poner sólo un par de ejemplos, Vesalio en la página 1 del libro I de la Fabrica compara los huesos a los muros de las casas, a los «palos» de las tiendas o a las quillas de los barcos, lo mismo que Galeno hace en Procedimientos anatómicos I 2 y en Del uso XVI 2; a las suturas del cráneo las compara Vesalio, como Galeno (Del uso IX 1 y 17), a las fisuras de los tejados de las casas por donde salen los residuos fuliginosos y en el libro III Vesalio compara, lo mismo que Galeno (Del uso IV 20), a las venas, arterias y nervios con las ramas que nacen de un tronco. Ha señalado Barcia Goyanes 89 que el de Bruselas «no imaginó siquiera que podía haber otra anatomía distinta; que el cuerpo del hombre o del mono podía encerrar otros secretos que Galeno no había revelado; que los accidentes anatómicos conocidos podían tener una interpretación diferente de la dada por aquél».

TRANSMISIÓN DEL TEXTO

Del uso de las partes fue una obra leída y estudiada en la Antigüedad, como demuestra las extensas citas que Oribasio hace en el siglo IV , especialmente en los libros XXII, XXIV y XXV de su extensa obra. Si en el mundo medieval de Occidente se oscureció la fama de la obras galénicas, no ocurrió así en el Oriente, donde las compendió el bizantino Teófilo Protospatario y los árabes las conocieron, se interesaron por ellas y las tradujeron a su lengua. A finales del siglo IX el corpus galénico era conocido por los médicos musulmanes, que comenzaron a traducirlo al árabe. Estas traducciones llegaron a Europa y algunas de ellas se vertieron al latín. Algunos tratados de Galeno sólo los conocemos en sus versiones árabes 90 .

Del uso de las partes fue el único libro de referencia en anatomía hasta el Renacimiento, en parte porque Procedimientos anatómicos no empezó a difundirse hasta las traducciones del siglo XVI de Chalcondylas y Günther von Andernach, en parte también porque se hizo una traducción abreviada de la obra al árabe, probablemente de Hunayn ibn Isaac, que en el siglo XII se tradujo al latín con el título De juvamentis membrorum . El mal estado y las corrupciones de este texto han dado lugar a ciertas malinterpretaciones de Galeno que perduraron hasta el Renacimiento. De juvamentis se debió de manejar en Occidente hasta que Pedro de Abano, en el siglo XIV , tradujera del griego al latín el tratado Del uso de las partes. De juvamentis también fue comentado por Mondino (siglo XIV ), que, a diferencia del de Abano, no tuvo acceso a Del uso , pero manejó el De juvamentis para su Anatomía (1316) que escribió antes de que el de Regio tradujera el Del uso al latín (1317).

Por otra parte, en las colecciones árabes de manuscritos conocidas como Sumarios de los alejandrinos se encuentran una serie de tratados galénicos, que pasan por haber sido traducidos al árabe por Hunayn ibn Isaac en el siglo IX 91 . De entre esos Sumarios merece especial atención el conocido como Canon , de dieciséis libros leídos por los alejandrinos 92 , y también un Sumario en el que aparecen resúmenes de las obras de Galeno que circulaban en el siglo IX . Este Canon se conserva en una copia de 1218, que se le atribuye a Yahyá al-Nahwi. Con este nombre se conoce también al autor de unos comentarios al Del uso de las partes y al de un sumario de ese tratado, que menciona Hunayn y del que conservamos aún algunos fragmentos 93 . Esta obra fue traducida al siríaco en el siglo VI por Sergio de Rèsh Aina y en el siglo IX , del griego al árabe casi en su totalidad por Hubais ibn al-Hasan Al-A’sam de Damasco, sobrino de Hunayn, y completada por el mismo Hunayn.

Estos textos reunidos por los árabes llegaron a España y en la Escuela de Traductores de Toledo fueron traducidos en su mayoría al latín. Allí, poco después de 1170, Gerardo de Cremona tradujo el Canon de Avicena, de gran influencia en la medicina de nuestro país. Sin embargo, Del uso de las partes no fue traducido nunca totalmente del árabe al latín. En Occidente, las dos primeras traducciones completas de nuestra obra del griego al latín son la ya mencionada de Pietro d’Abano, que se debió de hacer un poco antes del 1310, y otra de Niccolò da Regio, que se terminó en el año 1317, que fue la que sirvió de base a la edición de G. Kühn.

Con la aparición de la imprenta, Aldo Manucio, el más célebre editor de textos griegos de la época, decidió publicar los textos médicos de Hipócrates y de Galeno. Para ello contó con algunos códices de la obra griega de Galeno reunidos por Bessarion, algunos manuscritos que I. Laskaris había llevado a Florencia en 1492 y otros que habían pertenecido a Niccolò Leoniceno y a G. Valla. Apareció, pues, la editio Aldina de Galeno en 1525. En ella estudiaron Ch. Etienne y J. Günther von Andernach. Conocemos las múltiples correcciones que I. Coronarius hizo en notas marginales a la Aldina. También A. Vesalio y J. Caius trabajaron en estos textos con el propósito de hacer una traducción latina de los textos anatómicos de Galeno para la edición Juntina (Venecia, 1543), dirigida por A. Gadaldino. Estas dos ediciones, Aldina y Juntina, fueron de importancia capital para el resurgir del galenismo en el Renacimiento. Entre una y otra apareció en 1538 la editio Basileensis (vol. I 367-556), que ya corrigió algunos errores de la Aldina, al cotejarla con la versión latina de Niccolò da Regio. Vesalio y Caius la conocieron, como muestran las notas de éste último en la edición de Basilea del Eton College . Caius colacionó el Codex Adelphi , que, entre otras obras, contiene el De usu partium y propuso nuevas lecturas. Las notas de Caius fueron recogidas y copiadas por Th. Goulston, por Th. Gataker y por L. Browne, suegro de Harvey. Como ha señalado V. Nutton 94 , las notas marginales de Caius a veces hacen referencias a manuscritos hoy perdidos y recogen también las lecturas de editores como Clement, Linacre y el del Codex Adelphi con datos de interés para posibles nuevas ediciones.

En 1679 se publicó en París la edición de R. Chartier (IV 284-704) y dos siglos después entre 1821 y 1833, C. G. Kühn publicó en Leipzig su Claudii Galeni opera omnia en veinte volúmenes, de los que el III y el IV corresponden a la edición del De usu partium . En el volumen III están los primeros once libros y en el IV aparecen los doce últimos, esto es desde el libro XII al XVII . Para el texto griego Kühn siguió la edición de Chartier y para el latino la de N. da Reggio. A principios del pasado siglo G. Helmreich publicó su edición crítica, Galeni De usu partium Libri XVII en Leipzig en 1907 (vol. I) y 1909 (vol. II). De los veinticuatro manuscritos que H. Diels 95 menciona, Helmreich ha colacionado para su edición los ocho que considera más fiables. Son los siguientes: codex Parisinus 2253 (A) del siglo XI ; codex Parisinus 2154 (B) del siglo XIV ; codex Parisinus 985 (C) del siglo XV ; codex Parisinus 2148 (D) del siglo xv; codex Laurentianus plut . LXXIV 4 (L) de los siglos XIV-XV ; codex Palatinus 251 (P) del siglo xv ; codex Urbinas 69 (U) de los siglos X-XI ; y el codex Marcianus (V) del siglo xv. Ha tenido en cuenta también las cuatro ediciones del texto griego precedentes: editio Aldina, editio Basileensis, editio Charterii y editio Kuehnii , las enmiendas y comentarios marginales de Cornarius a la editio Aldina , además de la traducción latina de Nicolò da Regio, realizada a partir de algún manuscrito diferente al de las ediciones griegas, y de los excerpta utilizados por Oribasio, de acuerdo con la edición preparada por Bussemaker y Daremberg, Oeuvres d’Oribase en seis volúmenes (París, 1851-1876), así como los usados por el protospathario y archiatro Teófilo en su obra Perì tês toû anthrópou kataskeués , según la edición preparada por Greenhill (Theophili de corporis humani fabrica libri V, Oxford, 1842). Según Helmreich, el mejor de todos estos manuscritos es el Urbinas 69 (U), seguido por el Laurentianus (L) y los Parisini 2253 (A) y 2154 (B). Ch. Daremberg colacionó para su traducción los códices parisinos A, B y C, que no manejó Kühn, pero no conoció, en cambio, el códice Urbinas 69, que es el más antiguo, además muy bien conservado, y con un buen número de buenas lecturas, que resuelve ciertos problemas con los que aún se encontró Daremberg. De ahí que la edición de Helmreich supere a todas las anteriores.

Los médicos humanistas leyeron De usu partium en griego y en latín. Contamos con la traducción renacentista de J. Dalechamps, De l’usage des parties du corps humain, livres XVII escripts par Claude Galien et traduicts fidelement du grec en françois , que apareció en Lyon en 1528 y 1566. Sin embargo, no se han vuelto a hacer traducciones completas de la obra a las lenguas modernas hasta tiempos relativamente recientes. En el siglo XIX apareció la traducción, también al francés, de Ch. Daremberg, que publica en sus Oeuvres anatomiques, physiologiques et médicales de Galien (París, 1854 y 1856); en inglés contamos con la de M. Tallmadge May, Galen, On the Usefulness of the Parts of the Body (Ithaka, Nueva York, 1968); y en italiano, I. Garofalo y M. Vegetti en Opere Scelte di Galeno (Turín, 1978) traducen la mayor parte de los libros del De usu (págs. 319-832), aunque omiten la traducción de los libros III y XIII . Estos libros me han acompañado durante mi trabajo y me lo han facilitado.

Mi traducción está hecha sobre la edición de Helmreich, aunque también he tenido en cuenta la de Kühn con su versión griega y latina. Los títulos de los capítulos son nuestros para orientación del lector. No pertenecen a la obra. Siguiendo las normas de la editorial, los de las obras de autores griegos y latinos están traducidos al español, de acuerdo con los de las ediciones españolas. En el caso de Galeno, muchas de cuyas obras no han sido aún traducidas, nuestra primera intención fue citarlas todas con el título latino de la edición de Kühn, pero finalmente, para ajustarnos a las normas editoriales, hemos ensayado una traducción de los títulos aún no vertidos a nuestra lengua, que probablemente no siempre será la definitiva. El mérito de los índices le corresponde a Silvia Porres. Nuestra traducción del De usu partium es la primera de esta obra en español.