VIDA PITAGÓRICA

Al comienzo 1 de toda filosofía, al menos para toda la [1] [ 1 ] gente sensata, es costumbre sin duda invocar a la divinidad, pero con mayor razón, por supuesto, conviene hacerlo con la filosofía que lleva el nombre del divino Pitágoras. En efecto, al haber sido transmitida aquélla en un principio por los dioses, no se puede comprender más que con la ayuda de éstos, porque, además de ello, su belleza y grandeza sobrepasa la capacidad humana para captarla de repente; solamente, al menos, bajo la dirección de un dios benévolo, se podría asir algo de ella, acercándosele poco a poco, con suavidad.

Pues bien, por todas estas razones invoquemos a los dioses [2] como guías, encomendémonos a nosotros mismos y a nuestra exposición a ellos y sigámoslos por donde nos lleven, sin reparar en que esta escuela, durante mucho tiempo, ha sido descuidada, encubierta de enseñanzas extrañas y de algunos símbolos secretos, ensombrecida por muchos escritos falsos y espurios, pero además se ha visto entorpecida por otras muchas dificultades de este tipo. Porque nos basta la voluntad de los dioses, con la que es posible soportar dificultades todavía más pesadas que éstas. Y después de los dioses, propondremos como guía nuestro al fundador y padre de la filosofía divina, una vez que nos hayamos remontado un poco sobre su linaje y patria.

[ 2 ] [3] Según se dice, Anceo, que vivió en Same de Cefalonia 2 , descendía de Zeus; esta fama bien pudo deberse a su virtud o a una especie de grandeza de alma, pero en inteligencia y reputación superaba a los demás cefalonienses. La Pitia le había vaticinado que debía reunir un contingente de ciudadanos de Cefalonia, Arcadia y Tesalia, añadirle otros ciudadanos de Atenas, Epidauro y Calcis, colonizar, al mando de todos ellos, una isla llamada Melánfilo, por la calidad de su suelo y de su tierra 3 , y denominar Samos a la ciudad, como réplica de Same, la de Cefalonia.

[4] En efecto, éste fue el oráculo:

Anceo, la marítima isla de Samos, en lugar de Same,

pido que colonices. Pero su nombre es Filis .

La prueba de que se agruparon colonos de los lugares antes mencionados no sólo se basa en las honras y sacrificios que tributaron a los dioses —porque se da la circunstancia de que son originarios de los lugares de procedencia de las gentes que se congregaron—, sino también en las relaciones de parentesco y en las reuniones que suelen celebrar los samios. Dicen, en efecto, que Mnemarco 4 y Pitaide, los padres de Pitágoras eran de esta casa y de la estirpe de Anceo, el fundador de la colonia.

Siendo comentado, entre sus conciudadanos, este noble [5] linaje, un poeta oriundo de Samos, afirma que era hijo de Apolo con estas palabras:

Pitágoras lo engendró con Apolo, grato a Zeus,

Pitaide, que era la más bella entre las samias 5 .

Merece la pena mencionar cómo prevaleció esta tradición. A este Mnemarco de Samos, que se hallaba comerciando en Delfos en compañía de su esposa, cuando su embarazo todavía no era evidente, la Pitia le vaticinó, en una consulta que efectuó por medio de un oráculo sobre un viaje por mar a Siria, que sería extraordinariamente grato y provechoso, que su mujer estaba ya embarazada y que daría a luz un niño que sobresaldría por su belleza y sabiduría sobre todos los que hasta la fecha habían existido, y que sería, para el linaje humano, de grandísima utilidad durante toda su vida.

[6] Mnemarco considerando que la divinidad no le habría profetizado sobre su hijo, sin haberle hecho él la consulta, salvo que realmente estuviera destinado a ser una especial eminencia en sí y un don divino, cambió entonces inmediatamente el nombre de su esposa, Parténide 6 , por el de Pitaide, por el hijo y la profetisa.

[7] Cuando dio a luz a su hijo en Sidón de Fenicia, lo llamó Pitágoras 7 , porque había sido profetizado por Apolo Pitio. Debe rechazarse, en efecto, en este punto la suposición de Epiménides, Eudoxo y Jenócrates 8 , en el sentido de que Apolo se unió con Parténide, que ésta quedó encinta, sin estarlo previamente, y que lo contó a través de la profetisa. Esto, pues, de ninguna manera debe admitirse.

[8] Sin embargo, nadie podría poner en duda, que el alma de Pitágoras, bajo la dirección de Apolo 9 , bien era compañera suya, bien mantenía una especial afinidad con este dios, y que había sido destinada a la humanidad, si ello se argumenta con este mismo nacimiento y con la sabiduría de toda índole de su alma. Tales son los hechos sobre su nacimiento.

Cuando Mnemarco regresó a Samos procedente de Siria [9] con una abundante ganancia y copiosos recursos, edificó un santuario a Apolo, bajo la advocación de Pitio, y educó a su hijo en variadas e importantes disciplinas, porque lo confió y lo puso en manos ya de Creófilo, ya de Ferécides de Siro 10 , ya de casi todos los sabios en temas sagrados, para que fuera instruido suficientemente, en la medida de sus posibilidades, en los asuntos divinos. Y creció, afortunado, el más hermoso de los que se tiene noticia y el más divino.

Cuando murió su padre, creció en gran seriedad y prudencia, [10] y siendo todavía muy joven merecía ya de los de mayor edad la consideración y el respeto, y cuando se le veía hablando, a todos atraía, y a todo aquel que le dirigía su mirada le parecía admirable, de tal modo que por la mayoría se aseguraba con razón que era hijo de un dios. Fortalecido por semejante notoriedad, por la educación recibida desde su cuna y por su natural apariencia divina se desarrolló aún más, mostrándose digno de los privilegios que poseía. Ordenaba su existencia por medio de prácticas religiosas, por las ciencias, por selectas normas de vida, por la firmeza de su alma, por la continencia corpórea, por la serenidad de sus palabras y actos, por una inimitable calma, sin verse jamás poseído por la cólera, la risa, la envidia, la pendencia ni por ninguna otra perturbación o arrebato, como si se tratara de una divinidad buena que se hubiera aposentado en Samos.

[11] Por ello, siendo aún un muchacho, su gran fama llegó hasta los sabios, hasta Tales, en Mileto, y hasta Bías, en Priene, y se extendió a las ciudades vecinas y muchos ya en muchos lugares, proverbialmente, celebrando al joven samio de larga cabellera 11 , lo divinizaban y lo divulgaban. Pero cuando estaba a punto de gestarse la tiranía de Polícrates, previendo, a la edad de dieciocho años, aproximadamente, a dónde se encaminaba ésta y cómo sería un obstáculo para su propósito y afán de aprender, por el que se esforzaba por encima de todo, de noche sin que nadie lo notara, en compañía de Hermodamante, de nombre, y de sobrenombre Creófilo, del que se decía que era descendiente del Creófilo que mantuvo vínculos de hospitalidad con el poeta Homero (de quien parece fue amigo y maestro de todo), se trasladó pormar con Ferécides, junto a Anaxímandro, el filósofo de la naturaleza, y junto a Tales 12 , en Mileto.

Se presentó a cada uno de ellos, alternativamente, y se [12] relacionó de tal modo, que todos lo apreciaron, admiraron sus dotes naturales y lo hicieron partícipe de sus reflexiones. Y especialmente Tales lo acogió complacido, al admirar también la diferencia que presentaba respecto a los demás jóvenes, porque superaba con mucho la fama que le había precedido. Le hizo partícipe de cuantos conocimientos pudo, y aduciendo como pretexto su vejez y mala salud le instó a que se embarcara rumbo a Egipto y se relacionara especialmente con los sacerdotes de Menfis y Dióspolis 13 . En efecto, de ellos obtuvo aquello por lo que la gente lo tiene por sabio. Afirmaba que él no estaba dotado, ni por la naturaleza ni por la práctica, de tantas facultades como observaba en Pitágoras. Así, por todo ello, se difundió la buena nueva: si Pitágoras se relacionaba con los sacerdotes mencionados, sería el más divino y el más sabio por encima de todos los hombres.

Entre otras cosas, sacó provecho de Tales por ahorrarse [13] [ 3 ] especialmente tiempo, al renunciar por ello a beber vino, a comer carne e incluso antes a la gula, y atenerse a la comida de cosas suaves y de fácil digestión, y consiguiendo con ello un sueño corto, vigilia, pureza de alma y una salud corporal perfecta e inquebrantable, se hizo a la mar rumbo a Sidón, pues sabía que era su patria natal y pensaba con razón que desde allí le sería más fácil la travesía a Egipto.

[14] Allí se encontró con los descendientes de Moco 14 , el filósofo de la naturaleza y profeta, y con los demás hierofantes fenicios, y se inició en todos los rituales sagrados que en especial se celebraban en Biblos, Tiro y en muchas partes de Siria, sin emplearse en tal cometido por superstición, como ingenuamente se podría suponer, sino más bien por deseo y afán de asistencia a la ceremonia y por la precaución de que se le escapara algo digno de aprenderse, que se salvaguarda en los cultos secretos o misterios de los dioses. Comprendió, además, que los rituales sagrados de allí son, en cierto modo, importados y originarios de Egipto y confió, por ello, en participar en rituales más bellos, más divinos y más puros en Egipto y, maravillado por las enseñanzas de su maestro Tales, se embarcó sin demora con unos marineros egipcios que, en un momento muy oportuno, habían llegado a la costa que se extiende al pie del Monte Carmelo de Fenicia, donde muchas veces Pitágoras se retiró en soledad por la zona del templo. Aquéllos lo recibieron complacidos, pues preveían sacar provecho de su juventud y, si lo vendían, un alto precio.

[15] Después, sin embargo, durante la navegación, al comportarse con moderación, seriedad y de un modo congruente con su habitual forma de vida, mejoraron su disposición respecto a él, y observando, por la modestia del muchacho, algo sobrehumano, recordaron que fue visto por ellos, nada más anclar, descendiendo de la cima del Monte Carmelo (sabían que era el más sagrado entre los montes y que era inaccesible para la mayoría), caminando tranquilamente y sin volverse, sin que se le interpusiera en su camino roca alguna escarpada o impracticable, y deteniéndose ante la nave tan sólo dijo: «¿El viaje es a Egipto?». Al asentir ellos, embarcó y se sentó en silencio donde especialmente no iba a ser un estorbo para los marineros.

A lo largo de toda la navegación, permaneció en una [16] única y misma postura durante dos noches y tres días, sin comer ni beber ni dormir, salvo que, sin que nadie lo advirtiera, según estaba en su perseverancia sedentaria e inalterable, durmiera un poco. Además, aconteció que la navegación fue para ellos, en contra de lo esperado, ininterrumpida y de un impulso directo, como si estuviera presente un dios. Comparando tales hechos y sacando, en consecuencia, sus conclusiones, se convencieron de que realmente viajaba con ellos de Siria a Egipto algo así como un dios. Y completaron el resto del viaje con un profundo respeto y con expresiones y actitudes más respetuosas de lo que acostumbraban y empleaban entre sí y con él, hasta que el barco, con las circunstancias más favorables y la ausencia total de olas, llegó a la costa egipcia 15 .

Allí, al desembarcar, todos lo sostuvieron respetuosamente [17] y, acogiéndolo de uno a otro, lo situaron sobre la arena más limpia y ante él improvisaron un altar y, amontonando sobre él cuantos frutos tenían, como si depositaran una especie de primicias por la carga, cambiaron el fondeadero del barco al lugar donde tenían fijada la meta de su viaje. Por su parte, Pitágoras, que padecía una gran debilidad corporal a causa de tan prolongado ayuno, no se opuso entonces a su desembarco, a la ayuda de los marineros y a la conducción de mano en mano, ni, cuando aquéllos se fueron, se abstuvo por mucho tiempo de probar los frutos que se hallaban expuestos, sino que cogió convenientemente parte de ellos, repuso fuerzas y se puso a salvo por las poblaciones cercanas, manteniendo en todo momento el mismo carácter tranquilo y sosegado.

[ 4 ] [18] Desde allí frecuentó todos los santuarios con muchísima diligencia y con un riguroso estudio, siendo admirado y apreciado por los sacerdotes y profetas con que se relacionaba y, recibiendo un aprendizaje muy detallado sobre cada asunto, no desdeñó ni una enseñanza de los que en su época merecían estima ni persona de renombre por su inteligencia ni rito iniciático, donde quiera que fuera, que mereciera la pena, ni lugar sin visitar que, con su llegada, creyera encontrar algo extraordinario. En consecuencia, visitó a todos los sacerdotes, sacando provecho, junto a cada uno, de sus particulares conocimientos.

[19] Veintidós años 16 permaneció en Egipto en centros sagrados, estudiando astronomía y geometría e iniciándose —no por un repentino impulso ni por casualidad— en todos los rituales de los dioses, hasta que, apresado por las tropas de Cambises, fue llevado a Babilonia. Allí se relacionó gustoso con los magos que lo recibieron con el mismo agrado y fue instruido en lo que ellos veneraban y aprendió perfectamente el culto de los dioses, llegando junto a ellos a la cumbre de la aritmética, de la música y de las demás disciplinas y, habiendo transcurrido otros doce años, regresó a Samos a la edad, aproximadamente, de cincuenta y seis años.

[ 5 ] [20] Reconocido por algunas personas de edad avanzada y admirado no menos que antes (pues les pareció más bello, más sabio y más semejante a los dioses), su patria públicamente le pidió que ayudara a todos y los hiciera partícipes de sus inquietudes y, sin rehusarlo, se dispuso a realizar un modo de enseñanza simbólico, semejante del todo a la educación de Egipto en la que había sido instruido, aunque los samios no asumieron entusiásticamente tal sistema ni se adaptaron a él ordenadamente y según convenía.

Pues bien, como nadie se presentó ni deseó propiamente [21] las disciplinas que, de cualquier modo, intentaba inculcar a los griegos, sin mostrarse arrogante ni menospreciar a Samos, por el hecho de ser su patria, quiso que sus compatriotas disfrutaran de la belleza de las ciencias, aunque fuera en contra de su voluntad; en consecuencia, se valió de un madurado plan. Habiendo observado con atención, en el gimnasio, a un joven —de los que se dedican a ejercicios gimnásticos y corpóreos, pero, por otra parte, pobre y sin recursos— que, bien dotado y en acompasados movimientos, jugaba a la pelota, pensó que lo convencería si se le proporcionaban abundantes medios de vida que lo libraran de preocupaciones. Llamó al joven después de su baño y le prometió que le procuraría recursos suficientes para el desarrollo y práctica de sus ejercicios gimnásticos de un modo continuo, si gradualmente, sin esfuerzo y de un modo constante, aceptaba (de manera que no supusiera incesantemente una sobrecarga) algunas enseñanzas que él mismo, cuando era un muchacho, había aprendido de extranjeros, pero que ya las estaba perdiendo a causa de su vejez y la falta de memoria que ésta conlleva.

El joven se avino a ello y, con la esperanza de medios [22] de vida, aceptó y Pitágoras intentó introducirlo en la enseñanza de la aritmética y de la geometría, efectuando las demostraciones de cada caso en un ábaco y, durante la enseñanza de cada esquema que había diseñado, le ofreció al joven por su esfuerzo tres óbolos como salario. Pasó en esta ocupación mucho tiempo, empleándolo en el estudio con mucho empeño, seriedad y un orden perfecto, otorgándole por la comprensión de cada esquema tres óbolos.

[23] Pero cuando el joven, encauzado en un recto camino, captó la excelencia, el goce y el progreso de la ciencia, el sabio comprendió lo que sucedía y que el joven no se retiraría ya voluntariamente ni renunciaría a la ciencia, aunque le pasara lo peor, y simuló la pobreza y la falta de los tres óbolos.

[24] Y una vez que aquél le dijo: «Pero incluso sin éstos estoy dispuesto a aprender y a recibir tus enseñanzas», le respondió: «Pues ni siquiera yo mismo tengo ya víveres para mi sustento. En consecuencia, he de emplearme en la procura de las necesidades del día y del sustento diario y no está bien que uno se distraiga con el ábaco y actuaciones vanas e inútiles». Así que el joven, que no estaba dispuesto a desvincularse de la ciencia, dijo: «Yo también, en lo sucesivo, te abasteceré y, en cierto modo, te mostraré mi afecto filial como hace la cigüeña con sus padres; por cada esquema, pues, yo mismo te ofreceré a cambio tres óbolos».

[25] Y a partir de este momento, quedó tan prendado de las ciencias, que fue el único de los samios que acompañó a Pitágoras. Era tocayo suyo e hijo de Eratocles. Como es sabido, se conocen sus estudios sobre gimnástica y su dieta para alimentar a los atletas de entonces a base de carne en lugar de higos secos, y su imputación indebida a Pitágoras, el hijo de Mnemarco.

Se dice que, por la misma época, despertó la admiración en Delos, cuando se acercó al altar llamado incruento, consagrado a Apolo Engendrador, y le tributó honores. Desde allí se dirigió a todos los oráculos. También permaneció en Creta 17 y en Esparta por causa de sus leyes. Se hizo estudioso e investigador de todas éstas, regresó a casa y se aplicó al estudio de las tareas que se habían quedado abandonadas.

Y en primer lugar fundó en la ciudad una escuela, el [26] llamado todavía hoy Hemiciclo de Pitágoras, en el que ahora los samios deliberan sobre asuntos públicos 18 , considerando que es necesario que se realice el estudio sobre lo bello, lo justo y lo útil en este lugar, que fundó el que se aplicó al cuidado de todos estos temas.

Fuera de la ciudad, apropió una gruta para impartir su [27] filosofía; en ella pasó la mayor parte del día y de la noche, y llevó a cabo el estudio de los temas útiles de las ciencias, discurriendo del mismo modo que Minos 19 , el hijo de Zeus. Y tanto se diferenció de los que posteriormente utilizaron sus enseñanzas, que aquéllos se vanagloriaban grandemente de pequeños planteamientos y, en cambio, Pitágoras perfeccionó la ciencia sobre los fenómenos celestes y la definió con demostraciones completas aritméticas y geométricas.

Mas, con todo, aún hay que admirarlo más por sus últimas [28] [ 6 ] realizaciones. En efecto, al tener su filosofía una gran difusión y decidir toda Grecia admirarle, los mejores y más sabios acudieron a Samos por su causa y quisieron participar en su sistema de educación. Promovido por sus conciudadanos a todas las embajadas y obligado a tomar parte en los actos públicos, no sólo comprendió que le resultaba difícil, obediente a las leyes de su patria, permanecer allí y consagrarse a la filosofía, sino también que los que anteriormente se habían dedicado a la filosofía habían pasado su vida en el extranjero; reflexionando todas estas cosas consigo mismo evitó los cargos públicos, también, como algunos aseguran, por echar en cara el poco aprecio por la educación de sus conciudadanos de aquel entonces de Samos, se dirigió a Italia, considerando como su patria el territorio que comprendía un amplio contingente de personas que estaban dispuestas a aprender.

[29] Y primeramente, en la muy famosa ciudad de Crotona 20 , consiguió muchos seguidores con sus exhortaciones. [Se cuenta que se ganó seiscientos partidarios, que no sólo por su causa se movieron a la filosofía, que él impartía, sino también por lo que se cuenta, que se convirtieron en seguidores del método de vida comunitaria, tal como lo prescribió.

[30] Eran éstos los que filosofaban, pero la mayoría eran oyentes, a los que llaman «acusmáticos».] 21 . En una sola lección, según dicen, la primera que públicamente pronunció nuestro hombre, nada más pisar Italia, se le adhirieron por sus palabras más de dos mil, siendo ganados con tanta fuerza que ya no regresaron a casa, sino que juntamente con sus hijos y mujeres fundaron un enorme auditorio y poblaron la llamada unánimemente Magna Grecia. De él recibieron leyes y normas, como si se tratara de preceptos divinos, que regían todos sus actos, y se mantuvieron en concordia en toda reunión de condiscípulos, siendo alabados y felicitados por las gentes de su entorno. Consideraron comunes sus patrimonios, como se ha dicho anteriormente, y catalogaron a Pitágoras en lo sucesivo entre los dioses, como una deidad buena y muy benefactora de la humanidad. Unos lo celebraban como Apolo Pitio, otros como Apolo de los hiperbóreos; otros como Peán, otros incluso como una de las deidades que habitan la luna; unos, en fin, lo estimaban como una divinidad olímpica determinada y otros como otra distinta, [manifestando] que se había aparecido a las gentes de entonces, en figura humana, para ayuda y corrección del genero humano, para obsequiar a la naturaleza mortal con la chispa salvadora de la felicidad y de la filosofía; un bien mayor que éste —donado por los dioses a través de este Pitágoras— ni se ha presentado ni se presentará jamás. Por eso, todavía hoy, el proverbio proclama «la cabellera de Samos» con el más grande respeto 22 .

Y cuenta también Aristóteles, en sus escritos Sobre la [31] filosofía pitagórica 23 , que, entre los temas más secretos, fue guardada por los hombres de la secta la siguiente distinción: Dios forma parte del ser vivo racional, también el ser humano, y, por así decirlo, Pitágoras. Y muy razonablemente pensaron que era un ser de tal clase, por cuya mediación se introdujo una concepción recta y acorde con la realidad acerca de los dioses, los héroes, los démones, el universo, el vario movimiento de las esferas y astros, eclipses, declinaciones, anomalías, excentricidades, epiciclos, y acerca de todo lo existente en el universo: cielo, tierra y naturalezas intermedias, visibles e invisibles. Así se introdujo una concepción correcta y acorde con la realidad que no se contradice, en modo alguno, con ninguna de las evidencias o de las percepciones intelectuales. Se implantaron también entre los griegos las ciencias, tanto las contemplativas como todas las que dependen del conocimiento, que originan realmente la visión del alma y purifican la mente de la ceguera que motivan otras ocupaciones, con la finalidad de poder ver los principios auténticos y las causas de todo, en general.

[32] La mejor constitución, la concordia entre los ciudadanos, «las cosas de los amigos son comunes» 24 , el culto a los dioses, la piedad con los difuntos, la promulgación de leyes, la educación, la prudencia en el lenguaje, el respeto a los demás seres vivos, la continencia, la templanza, la sagacidad, la práctica divina y todo aquello, por decirlo de una vez, que es ambicionado y ansiado por los amantes del saber tuvo su aparición gracias a él. Con razón, pues, por todo esto, que ahora exponía, admiraban a Pitágoras tan intensamente.

[ 7 ] [33] A continuación, se debe ahora explicar cómo se estableció en el extranjero y entre quiénes habló, en primer lugar, qué palabras pronunció, sobre qué temas y a quiénes las dirigió; pues, de ese modo, se harán comprensibles para nosotros las circunstancias de su actividad y las que tuvieron lugar en la vida de su época. Se dice, en efecto, que, cuando se estableció en Italia y Sicilia, encontró ciudades que estaban sometidas unas a otras, unas durante años y otras recientemente, y, concibiendo una decisión libertadora, a través de sus partidarios en cada una de ellas, las redimió y las hizo libres, en concreto, Crotona, Síbaris, Catania, Regio, Hímera, Acragante, Tauromenio y algunas otras, para las que promulgó leyes, valiéndose de Carondas de Catania y Zaleuco de Locro 25 ; mediante tales leyes continuaron por mucho tiempo con una legislación eficacísima, provocando la envidia de las gentes de su entorno.

Eliminó de raíz la sedición, la discordia y, sencillamente, [34] la división de opiniones, no sólo entre sus compañeros y sus descendientes por muchas generaciones, según se cuenta, sino también en general entre todas las ciudades de Italia y Sicilia, tanto dentro de ellas mismas como entre unas y otras. Con frecuencia, la siguiente sentencia suya se divulgaba para todos en cualquier lugar, tanto para muchos como para pocos, semejante al oráculo de un dios que se hubiera obtenido mediante consulta, como si fuera una especie de resumen y recapitulación de sus opiniones [el siguiente apotegma] 26 : «Hay que desterrar y cercenar con cualquier medio, con el fuego, con la espada y con todos los recursos posibles la enfermedad del cuerpo, la ignorancia del alma, el despilfarro del vientre, la sedición de la ciudad, la discordia del hogar y, en general, la desmesura de todo» 27 ; por medio de esto, con muchísimo afecto, le recordaba a cada uno sus preceptos más valiosos.

[35] Así, pues, era su modo común de vida, en aquella época, en sus palabras y en sus hechos.

[ 8 ] Pero si hay que recordar particularmente lo que hizo y dijo, hay que decir que llegó a Italia en la sexagésima segunda olimpiada, en la que obtuvo la victoria en el estadio Erixias de Calcis, e inmediatamente se hizo famoso y se agolpaban a su alrededor con admiración, como anteriormente, cuando viajó a Delos. En efecto, allí con sólo acercarse a orar al altar de Apolo Progenitor, que es el único incruento, recibió la admiración de los isleños.

[36] Y por aquel tiempo, cuando caminaba de Síbaris a Crotona, se encontró en la costa con unos pescadores, que arrastraban del fondo del mar una red ya cargada, y les dijo conocer la cantidad que portaba, precisándoles el número de peces. Y los hombres estaban decididos a hacer lo que les pidiera, si acertaba; entonces les ordenó que dejaran los peces vivos hasta que los contaran exactamente. Lo más asombroso fue que ninguno de los peces que se habían quedado fuera del agua durante el recuento pereció, al menos mientras él estuvo presente 28 . Después de pagar a los pescadores por los peces, se marchó a Crotona, y aquéllos difundieron lo sucedido y, cuando supieron su nombre por unos muchachos, lo divulgaron a toda la gente. Y los que lo oyeron desearon ver al forastero, cosa que ciertamente no les ofreció dificultad, pues uno se podía quedar estupefacto, si miraba su rostro, y suponer su verdadera naturaleza.

[37] A los pocos días entró en un gimnasio. Los muchachos se agolparon a su alrededor y se cuenta que les dirigió unas palabras 29 , por las cuales los invitaba a expresar su respeto a los mayores, manifestando que en el universo, en la vida, en las ciudades y en la naturaleza es más estimado lo que precede en el tiempo que lo que sigue, como, por ejemplo, lo es más el levante que el poniente, el amanecer más que el atardecer, el principio más que el fin, la creación más que la destrucción y, de un modo semejante también, los autóctonos más que los foráneos, y, a su vez, los dirigentes en las colonias y los fundadores en las ciudades y, en general, los dioses más que los démones, y éstos más que los semidioses, y los héroes más que los hombres, y entre éstos son más estimados los progenitores que los descendientes.

Dijo esto para inducirlos a un aprecio mayor de sus padres [38] que de sí mismos. Les aseguró que les debían un agradecimiento tan grande como sería el de que, una vez muertos, tendrían que pagar al que fuera capaz de traerlos a la luz. En consecuencia, era justo que amaran, más que a todos, a sus primeros y mayores benefactores, y que jamás los hicieran sufrir. Sólo nuestros padres nos preceden por los beneficios que reporta el nacimiento, y de todos los éxitos que consiguen los hijos son responsables los progenitores, que nos hacen un gran beneficio, cuando muestran que no es posible pecar contra los dioses. Pues también es natural que los dioses puedan perdonar a los que honran a sus padres por encima de todo, porque igualmente, el honrar a la divinidad lo hemos aprendido de ellos.

Por lo cual también Homero ensalzó con idéntica denominación [39] al rey de los dioses, al llamarle «padre de los de los dioses y de los mortales» 30 , y muchos otros mitógrafos han referido que los soberanos divinos disputaban por apropiarse el afecto de los hijos, que era compartido, en cuanto correspondía a la existencia de una pareja de padres y, por este motivo, desempeñaban al mismo tiempo el papel de padre y de madre: uno engendró a Atenea y la otra a Hefesto, con una naturaleza distinta a la suya propia, a fin de participar en un afecto más distante de ellos.

[40] Y estando de acuerdo todos los presentes en que el juicio de los inmortales era el más sólido, declaró a los crotoniatas, por el hecho de que Heracles era el héroe patrio de los colonizadores 31 , que era necesario obedecer de buen grado los preceptos de nuestros progenitores y que sabían por tradición que la misma divinidad, que obedecía a otra mucho mayor, había afrontado penosos trabajos y había fundado en honor de su padre el certamen olímpico victorioso como celebración victoriosa de sus gestas 32 . Manifestó también que, en sus relaciones mutuas, podían conseguir de ese modo que jamás hicieran enemigos a sus amigos, y, a su vez, convirtieran lo más rápidamente posible en amigos a sus enemigos, y ejercitaran, con la cortesía con sus mayores, el afecto a sus padres, y, por el respeto humano a los demás, la concordia con los hermanos.

A continuación, habló sobre la templanza, asegurando [41] que la edad de los muchachos representaba una prueba de la naturaleza, por ser la época en que poseen los deseos más intensos. Después, indujo a reflexionar [dignamente] 33 , porque al niño, a la muchacha, a la mujer y a los ancianos conviene aspirar únicamente a esta virtud, y en especial a los jóvenes. Y manifestaba incluso que era la única que compendiaba los bienes del cuerpo y del alma, porque preservaba la salud y el deseo por las más valiosas ocupaciones.

Pero se evidenciaba también por una situación contrapuesta. [42] En efecto, tanto los bárbaros como los griegos, cuando se enfrentaron en tomo a Troya, cayeron en las más terribles desgracias por la intemperancia de uno solo 34 , unos en la guerra, otros a su regreso por mar, y sólo por 〈esta〉 35 injusticia aplicó la divinidad el castigo, por un decenio y un milenio más, cuando vaticinó la toma de Troya y el envío de las doncellas por los locrios al templo de Atenea troyana 36 . Invitaba también a los jóvenes a recibir educación, incitándoles a considerar que sería raro juzgar la mente como lo más efectivo de todo y con ésta reflexionar sobre lo demás, y a no consumir tiempo alguno ni esfuerzo en ejercitarla, y en esto se asemeja el cuidado del cuerpo a los malos amigos, en que rápidamente se pierde, mientras que la educación permanece hasta la muerte, como los hombres de buena condición; para algunos, en cambio, incluso después de la muerte, se conserva como fama imperecedera.

[43] Y otras cosas por el estilo instituyó, unas recogidas de historias y otras de preceptos, proclamando que la educación es una buena disposición común a los que destacan en cada generación. Estos hallazgos suyos, en efecto, han supuesto la formación para los demás. Y esto es tan importante por naturaleza que, entre las cosas que son elogiadas, unas no es posible transferirlas, como, por ejemplo, la fuerza, la belleza, la salud, el valor; en cambio, el que entrega otras ya no las posee, como, por ejemplo, la riqueza, los cargos públicos y otras muchas que omitimos. La educación, sin embargo, se puede traspasar y el que la otorga nada pierde.

[44] De modo semejante, algunas cosas no están a disposición de los hombres para su adquisición, pero reciben la educación y la aceptan de acuerdo con su particular preferencia. Después, de esta forma, cuando uno se dedica a las tareas de la patria, se hace notorio no por su desvergüenza, sino por la formación recibida. Pues casi por una formación recibida difieren los hombres de las bestias, los griegos de los bárbaros, los hombres libres de los siervos, los filósofos de los hombres corrientes, y en general poseen una supremacía tan grande, que hombres que corran más rápidos que otros en Olimpia, de una sola de sus ciudades, se encuentran siete 37 ; en cambio, que sobresalgan por su sabiduría, en todo el orbe habitado, solamente se cuentan siete. Y en el tiempo en que vivió fue el único que superó a todos en la filosofía. Y, en efecto, este nombre de filósofo se lo dio a sí mismo, en lugar de sabio.

Estos temas de conversación mantuvo con los jóvenes [45] en el gimnasio.

Pues bien, cuando los jóvenes comunicaron a sus padres [ 9 ] lo que había dicho, los Mil 38 llamaron a Pitágoras a la sede del gobierno y, alabándolo por las palabras que había dirigido a sus hijos, le pidieron que, si tenía algo útil que decir a los crotoniatas, lo manifestara a los que estaban al frente del gobierno. Entonces él les aconsejó, en primer lugar, que fundaran un santuario en honor de las Musas, para conservar la concordia existente. Pues todas estas deidades tienen también la misma advocación, por tradición forman un conjunto entre sí, se alegran especialmente por los honores comunes y, en general, el coro de las Musas es uno solo y el mismo, pero incluso comprende el consenso, la armonía, el ritmo y todo lo que predispone a la concordia. Mostraba el poder de las Musas no sólo para aplicarse a las más bellas reflexiones, sino también para la concordia y armonía de los seres.

A continuación les indicó que debían considerar que tenían [46] su patria como un depósito dejado por la mayoría de sus conciudadanos. En efecto, debían administrarla de tal modo que crearan una confianza que se transmitiera a sus descendientes. Y que esto resultaría más seguro, si eran ecuánimes con todos los ciudadanos y prestaban su atención solamente a lo justo, porque todos los hombres, sabedores de que toda comarca precisa de la justicia, crearon el mito de que la misma posición puede ocupar Temis junto a Zeus, Dike junto a Plutón y la ley en las ciudades, para que, el que no obrara en justicia en aquello que se ordenara, se manifestara al mismo tiempo como delincuente del universo entero.

[47] Pero convenía que los miembros del consejo no abusaran de dios alguno para realizar un juramento, sino que emplearan unas fórmulas tales, que incluso sin juramentos inspiraran confianza y organizaran su propia casa de tal modo que fuera posible compaginar su ocupación pública con la actividad privada. Y que mantuvieran una actitud digna ante sus descendientes, por ser los únicos entres los seres vivos que han obtenido la percepción de esta actitud y que se relacionaran ante la esposa, partícipe de su vida, en la idea de que, si los pactos con los demás se consignan en tablillas y estelas, los que se conciertan con las esposas se refrendan en los hijos. E intentaran ser amados por sus descendientes no por los vínculos naturales, de los que no eran responsables, sino por su libre elección, puesto que este beneficio era voluntario.

[48] Y que ellos se esforzaran, por su parte, por tener contacto únicamente con sus mujeres, y que éstas, a su vez, no engendraran hijos bastardos por el desprecio o la perversidad de sus esposos. Además, que, al tomar un varón esposa del hogar con libaciones, considerara que se la llevaba ante sí como a una suplicante ante los dioses; también que, por su posición y prudencia, fuera un ejemplo para los de la casa que gobernaba y para sus conciudadanos. Debían procurar que ninguno cometiera delito alguno, en la idea de que no se sustrajeran al delito sólo por temor al castigo legal, sino que tendieran hacia la justicia por respeto a la nobleza de su manera de ser.

[49] Y animaba a rechazar la pereza en sus actuaciones, porque no había más bien que la oportunidad en cada acción. Y precisaba que la mayor de las injusticias era separar entre sí a los hijos y a los padres. Debían considerar que el mejor era aquel que tenía capacidad por sí de prever lo conveniente, y el segundo en calidad el que, por lo acaecido a otros, consideraba la utilidad, y el peor, aquel que se demora, hasta experimentar un sufrimiento, para darse cuenta de lo que es mejor. Afirmaba también que los que quieren prosperar no se equivocan si imitan a los que son coronados en las carreras, pues no causan daño a los que son sus rivales; simplemente, desean obtener la victoria. Y convenía a los que se dedican a la política no desagradar a sus oponentes, sino ser útiles a sus oyentes. Animaba al que aspiraba a un auténtico renombre a ser tal como quisiera mostrarse a los demás. Pues el consejo no es una cosa tan sagrada como el elogio, ya que el uso del primero pertenece exclusivamente a los hombres, y el del segundo es más propio de los dioses.

Después se dirigió a todos de esta forma: «Vuestra ciudad [50] fue fundada, como dicen, por Heracles 39 , cuando, injuriado por Lacinio 40 , condujo los bueyes a través de Italia, y dio muerte a Crotón, que acudía en su ayuda, durante la noche, por desconocimiento, al creer que se trataba de un enemigo y, después de ello, anunció ante su tumba que se fundaría una ciudad con su nombre, si él llegaba a conseguir la inmortalidad». De manera que añadió: «Por el favor del beneficio concedido conviene que ejerzáis un gobierno con justicia». Ellos lo escucharon y fundaron un templo en honor de las Musas y expulsaron a las concubinas que habitualmente tenían y le pidieron que diera charlas por separado: a sus hijos, en el templo de Apolo Pitio; a sus esposas, en el templo de Hera.

[ 10 ] [51] Dicen que, una vez persuadido, imbuyó a los muchachos tales recomendaciones: que no iniciaran una injuria ni se defendieran de los que los injuriaran. Y les animó a esforzarse por recibir la educación que correspondía a su edad. Sostenía que un buen muchacho estaba mejor dotado para mantener, durante toda la vida, un buen carácter, pero al que no estaba bien dotado en esta edad se le hacía difícil. Mejor dicho, resultaba imposible encaminarse desde un mal comienzo a un final feliz. Además de esto, manifestó que los muchachos eran los preferidos de los dioses, y por este motivo afirmó que, en las épocas de sequía, eran enviados por las ciudades a pedir agua a los dioses, por entender que la divinidad escuchaba especialmente a aquéllos y que eran los únicos, por mantenerse completamente puros, que tenían permiso para pasar su tiempo en los templos.

[52] Por este motivo también todos pintaron y representaron a los dioses más propicios a los hombres, Apolo, Eros, con la edad de unos niños. También es conocido que 〈algunos〉 41 juegos en los que se corona al vencedor se instituyeron por motivo de niños: los juegos píticos porque Pitón 42 fue vencido por un niño; los juegos de Nemea y los ístmicos se celebraron también por un niño, por la muerte de Arquémoro 43 y de Melicertes 44 . Y aparte de lo que se ha dicho, en la fundación de la ciudad de Crotona, Apolo anunció al jefe de la fundación que tendría descendencia, si llevaba una colonia a Italia.

Como consecuencia de esto, era necesario comprender [53] que Apolo, por una parte, asumía la previsión de su descendencia y, por otra, todos los dioses, el desarrollo de los muchachos. Debían ser dignos del afecto de aquéllos y ejercitarse en escuchar, a fin de poder hablar, pero partiendo ya sin demora por la senda que van a transitar hasta la vejez, debían seguir a los que se han ido y no replicar cosa alguna a los mayores. En efecto, de este modo pretenderían después, probablemente, que los jóvenes no se les enfrentaran. A causa de las recomendaciones se reconoce que nadie pronunció su nombre, sino que todos lo llamaban «divino».

Se dice que, acerca de los sacrificios, reveló a las mujeres [54] [ 11 ] en primer lugar que dado que otra persona iba a efectuar las súplicas por ellas, aspiraran a que aquél fuera una persona de bien, por entender que los dioses atienden a estas personas, y que, de este modo, prestaran mucha atención a la buena compostura, a fin de tenerlos bien dispuestos a atender sus súplicas. En segundo lugar, que lo que iban a ofrendar a los dioses lo elaboraran con sus manos y lo llevaran a los altares sin ayuda de sirvientes, como, por ejemplo, tortas, pasteles de cebada, miel e incienso, pero que no tributaran honores a la divinidad con sacrificios y matanzas y que, en una sola ocasión, no hicieran un gran gasto, como si ya no se fueran a acercar jamás al altar. En sus relaciones con los maridos, les pedía que tuvieran en cuenta que comúnmente los padres, en consideración a la condición femenina, les habían concedido amar más a los que estaban casados con ellas que a los que las habían engendrado. Por ello, era correcto no oponerse a sus esposos, o bien estimar entonces que ellas dominaban, cada vez que los maridos las sometían.

[55] Incluso proclamó en la reunión —lo que se hizo célebre— que, en el mismo día en que cohabitaran con su marido, era lícito, por la ley divina, que se acercaran a los templos, pero jamás si la relación no era lícita. También anunció que a lo largo de toda su vida fueran discretas en sus palabras y que cuidaran de que los otros, cuantas veces hablaran sobre ellas, también lo fueran y no perdieran la fama adquirida y no refutaran a los mitógrafos que tienen en cuenta la justicia de la mujer por el hecho de ceder vestidos y adornos, cuando alguien los necesita, sin testigos, sin que surjan pleitos ni controversias por ese reconocimiento de confianza. Así crearon el mito de las tres mujeres que usaban un solo ojo a causa de una afable cooperación 45 . Si se trasladara este hecho a los varones, a saber, que el que ha tomado antes alguna cosa la ceda de buen grado, con una disposición incluso a repartir las cosas propias, nadie se lo creería, porque no es propio de su naturaleza.

Pero incluso Pitágoras, que es llamado el más sabio de [56] todos, que había modulado la voz de los hombres, y que, sobre todo, llegó a ser el inventor de los nombres, bien se trate de un dios, de un demon, o ya de un ser humano de carácter divino, en el convencimiento de que el género femenino es el que más propende a la piedad, asignó a cada edad suya la denominación de una divinidad: a la soltera llamó «kore»; a la que se daba en matrimonio, «ninfa»; a la que había dado a luz hijos, «mater» y a la que había tenido un nieto, en dialecto dorio, «maia». En consonancia con esto está el hecho de que los oráculos de Dodona y Delfos se daban a conocer por medio de una mujer. A raíz de sus elogios a la piedad, es tradición que se estableció, en razón a la sencillez, un cambio tan grande en el modo de vestir, que ninguna se atrevió a ponerse lujosos vestidos, sino que todas depositaron en el templo de Hera un sinnúmero de vestidos.

Se dice también que propagó lo siguiente: por el territorio [57] de Crotona se difundió de boca en boca la virtud de un varón para con su esposa, la de Ulises cuando no aceptó de Calipso la inmortalidad, a cambio de abandonar a Penélope, y, en consecuencia, se reservaba a las esposas el demostrar la nobleza de su conducta para con sus maridos, a fin de merecer idéntica alabanza. Simplemente, se recuerda que por las conversaciones mencionadas se originó una enorme consideración y respeto por Pitágogas y no sólo en la ciudad de Crotona, sino también, a través de esta ciudad, en Italia.

[ 12 ] [58] Se dice que Pitágoras fue el primero en darse a sí mismo la denominación de filósofo 46 , no por el hecho de hacer únicamente uso de un nombre nuevo, sino también por dar a conocer útilmente un tema apropiado. Pues, dijo, el acceso de los hombres a la vida se asemeja a la multitud que acude a las grandes concentraciones porque, al frecuentarlas hombres de todas clases, cada uno acude a ellas por una necesidad distinta (uno se apresura con su cargamento para comerciar y obtener unos beneficios, otro llega, en busca de la fama, para demostrar su fuerza física; hay también una persona, de una tercera categoría, ciertamente más liberal, que se presenta a esas reuniones para contemplar el paisaje y las bellas realizaciones, esto es, por la calidad de las obras o palabras, que suelen darse en estas concentraciones solemnes). En consecuencia pues, así también, en la vida, se congregan hombres de todas clases en un mismo lugar con sus inquietudes. En efecto, domina a unos el deseo de riquezas y lujo, y a otros, el ansia del mando y poder y las ambiciones obsesivas por la gloria. Pero el modo más auténtico de hombre es el que acepta la contemplación de lo más bello, al que otorgamos la denominación de filósofo.

[59] Pues bien, bella era la observación de todo el firmamento y del curso de sus astros, si se contempla su orden. Sin embargo, se produce por la participación en lo primario y en lo inteligible de tal modo: lo primario es la naturaleza de los números y de las proporciones —que se extiende a través de todas las cosas— con arreglo a las cuales todas estas cosas están establecidas cuidadosamente y ordenadas convenientemente, y la sabiduría es realmente una especie de conocimiento que se ocupa de las cosas bellas, primarias, divinas y puras que siempre se mantienen en sí de la misma manera, por cuya participación también las demás cosas pueden llamarse bellas. Y la filosofía es el deseo de tal contemplación. Por consiguiente, también la inquietud por la educación era bella al propender por medio de Pitágoras al enderezamiento de los hombres.

Pero también, si hay que creer a importantes historiadores [60] [ 13 ] suyos, antiguos y, a la vez, dignos de crédito, Pitágoras había conseguido en sus palabras el poder de relajar tensiones y de aconsejar hasta en los animales irracionales, demostrando con ello, que, por la enseñanza que se recibe, todos se convierten en seres racionales, lo que es de aplicación para los que se consideran indómitos e irracionales. En efecto, según dicen, retuvo a la osa de Daunia 47 , que causaba grandes estragos a los lugareños, la acarició durante mucho tiempo, le dio de comer torta de cebada y frutos secos y la soltó, tras haberla comprometido bajo juramento a no tocar ya un ser vivo. Se retiró inmediatamente a los montes y a los encinares y, desde entonces, ya no se la vio atacar ni siquiera a un ser irracional.

En Tarento vio un buey, en un prado de variadas hierbas, [61] que había agarrado unas matas de habas y, acercándose al boyero le recomendó que le dijera al buey que se abstuviera de las habas. El pastor se chanceó de él por lo de «dijera» y le indicó que no sabía decirlo en la lengua de los bueyes, pero que si él sabía, su recomendación resultaba inútil; que él debía aconsejar al buey. Se acercó, pues, él mismo y durante un gran rato susurró al toro al oído, y entonces no sólo lo apartó de buen grado, sin problemas, de las habas, sino que dicen que nunca más, en modo alguno, aquel buey probó las habas y que por muchísimo tiempo permaneció en avanzada edad por el templo de Hera, en Tarento, y todos lo llamaban «el buey sagrado de Pitágoras», alimentado con la comida que le ofrecía la gente que se lo encontraba.

[62] Mientras conversaba casualmente, en unas olimpiadas, con sus discípulos sobre los augurios de las aves, los presagios y las señales celestes, pues algunas son también en sí mensajes para aquellos hombres que realmente son gratos a los dioses, se dice que un águila, que sobrevolaba el lugar, descendió a donde estaban y, tras acariciarla, la dejó ir de nuevo 48 . Por estos y parecidos hechos, demostró que tenía el dominio de Orfeo sobre las fieras, al hechizarlas y dominarlas con el poder de su voz.

[ 14 ] [63] Con todo, de su preocupación por los hombres hizo su principalísimo comienzo, que debían asumir también los que iban a aprender la verdad sobre otros temas. En efecto, de un modo muy evidente y claro, recordaba, a la mayoría de los que con él se encontraban, la vida anterior, que su alma había vivido entonces, en otro tiempo, antes de vincularse al cuerpo actual y demostraba, con testimonios irrefutables, que había sido Euforbo, el hijo de Pántoo, y debelador de Patroclo, y especialmente de los versos de Homero celebraba, entonaba armoniosamente al son de la lira y a menudo declamaba los siguientes, los del epitafio de Euforbo:

Se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes a los de las Gracias

y sus rizos, entrelazados con oro y plata.

Y cual frondoso plantón de olivo cuida un hombre,

en un lugar solitario, donde brota el agua en abundancia,

crece hermoso, y lo sacuden corrientes

de toda clase de vientos, y se cubre de flores blancas,

pero de repente se presenta un viento acompañado de una gran tormenta,

lo arranca de su hoyo y lo tiende por tierra.

Así al hijo de Pántoo, Euforbo, de buena lanza de fresno,

el Atrida Menelao, después que le dio muerte, lo despojó de su armadura .

Pues lo que se cuenta sobre el escudo de este frigio Euforbo 〈expuesto〉 49 en Micenas, juntamente con los despojos troyanos en honor de la argiva Hera, lo omitimos por considerarlo muy popular 50 . Pero lo que queremos mostrar por medio de todos estos testimonios es el hecho de que él mismo conocía sus anteriores vidas y empezó, a partir de ahí, en atención a los demás, a traerles a la memoria la vida que anteriormente habían tenido.

[ 15 ] [64] Considerando que el cuidado que se ejerce sobre los hombres se inicia a través de la percepción sensible (si se contemplan esquemas y bellas apariencias, y se pueden escuchar bellos ritmos y melodías), estableció como primordial la educación artística recibida a través de ciertas melodías y ritmos, y a partir de éstos se producían las curaciones de las actitudes y pasiones humanas, y se restituían las armonías originales de las potencias del alma. El control y curación de las enfermedades, tanto de las que afectan al cuerpo como de las que afectan al alma, fueron también concepciones suyas. Y, por Zeus, lo que, por encima de todo, es especialmente notable: prescribió y estableció para sus discípulos las llamadas adaptaciones y terapias, ideando de manera divina combinaciones de ciertos sones diatónicos, cromáticos y armónicos, por medio de los cuales fácilmente orientaba y reconducía a una situación contrapuesta las pasiones del alma, que recientemente habían aparecido y desarrollado entre ellos de un modo inconsciente, a saber, aflicciones, arrebatos de cólera, compasiones, envidias extrañas, temores, deseos de todo tipo, ambiciones, apetitos, orgullos, debilidades y violencias. Por medio de melodías apropiadas enderezaba hacia la virtud cada una de estas afecciones, como si se tratara de una combinación de remedios salvadores.

[65] Y cuando al anochecer sus discípulos se encaminaban a dormir, los apartaba de los ajetreos y alborotos diarios, purificaba su mente del desorden en que estaba envuelta y les proporcionaba sueños apacibles, tranquilos e incluso proféticos. A su vez, al levantarse del lecho, los liberaba del sueño pesado, de la modorra y de la pereza por medio de algunos modos específicos de cantos y melodías interpretados con una ejecución simple, valiéndose de la lira y de la voz. Ya no adaptaba o se proporcionaba para sí mismo tal solución de la misma manera, por medio de instrumentos o incluso de la voz, sino que, valiéndose de un carisma divino indecible e impensable, aplicaba sus oídos y ajustaba su mente a las sublimes sinfonías del universo, escuchando él solo y comprendiendo, según se manifestaba, la universal armonía y consonancia de las esferas y de los astros que se mueven entre ellas; armonía que produce una especie de melodía mucho más profusa y abundante que las humanas, a causa del movimiento y de su órbita, muy rítmica y, a la vez, de una perfección muy bella y variopinta, porque se compone de sones disímiles y diferenciados por su gran variedad, velocidad, tamaño y posición, situados entre sí en una proporción muy armoniosa.

Como rociado por esta melodía y bien ordenado mentalmente [66] y, por así decir, ejercitado físicamente, ideó ofrecer a sus discípulos algunas imágenes de estos temas, en la medida de lo posible, imitándolas con ayuda de instrumentos y, simplemente, de la voz. Pues creía que era el único en sí, entre todos los seres de la tierra, que podía comprender y escuchar los sonidos cósmicos, y por su misma fuente y raíz natural, se consideraba a sí mismo digno de aprender, investigar e igualarse, por su aspiración y facultad mimética, a los seres celestiales, como si afortunadamente él solo hubiera sido dotado para ello por la divinidad que lo engendró. Y sostenía que los demás hombres, a la vista de su persona y de los beneficios que de él habían recibido, debían de estar satisfechos por su ayuda y enmendarles por medio de imágenes y consejos, al no poder ellos apropiarse realmente de los modelos primarios y genuinos.

Del mismo modo, ciertamente, se hace con aquellos a [67] los que no les es posible fijar la vista continuamente en el sol a causa de la intensidad lumínica de sus rayos: discurrimos mostrarles los eclipses en aguas profundas o bien también a través de pez fundido o de un espejo ennegrecido, en atención a la debilidad de su vista, e ideando una alternativa de percepción para los que desean tal cosa, aunque sea demasiado floja. Parece también que Empédocles se expresó enigmáticamente sobre Pitágoras y sobre su constitución corpórea, extraordinaria y donada por los dioses, que superaba a los demás, cuando dice:

Había entre ellos un varón, poseedor de sólidos conocimientos,

que había adquirido una enorme riqueza de inteligencia,

señor de toda clase de obras, especialmente de las sensatas,

pues cada vez que se aplicaba con toda su inteligencia,

fácilmente, por supuesto, dilucidaba cada tema del universo,

en diez o en veinte generaciones humanas 51 .

En efecto, las expresiones «extraordinario», «dilucidaba cada tema del universo» y «riqueza de inteligencia» y otras de parecida índole son propias, particularmente, de una personalidad extraordinaria y muy competente, con relación a los demás, en visión, en percepción auditiva y en pensamiento.

[ 16 ] [68] Pues bien, éste es el perfeccionamiento de las almas que llevó a cabo a través de la música. Y otro tipo de purificación de la mente, y por igual de toda el alma, practicó por medio de toda clase de ejercicios, del modo siguiente. Creía que se debía comenzar naturalmente por el esfuerzo de los aprendizajes y los ejercicios e instituir, para todos aquellos que instintivamente cometieran desenfrenos y avaricias, pruebas severas, castigos de todo tipo y reprensiones que se ejercieran con el fuego o la espada, que no pudiera aguantar ni resistir ninguna persona de mala condición. Además de esto, enseñó [entre] 52 sus discípulos la abstinencia de todos los seres vivos e incluso de determinados alimentos, que imposibilitaban la lucidez y claridad mental; la continencia verbal y el silencio total, que se ejercitaba por muchos años por el dominio de la lengua, y la continua e incesante investigación y reasunción de los temas más difíciles de comprender.

Y por los mismos motivos, también aleccionó sobre la [69] abstinencia del vino, la sobriedad en los alimentos, la parvedad en el sueño, y sobre el natural desprecio y repudio de la fama, de la riqueza y de otros temas semejantes, y también sobre el respeto sincero para con los que nos han precedido, una igualdad sin reparos y benevolencia con nuestros coetáneos, y una atención e incitación hacia los más jóvenes exentas de envidia. Igualmente, sobre la amistad de todos para con todos: de dioses para los hombres a través de la piedad y la sabia veneración; de las creencias entre sí; en general, del alma con el cuerpo; de lo racional hacia 〈los modos de〉 53 lo irracional a través de la filosofía y de su contemplación; de los hombres entre sí, esto es, de los ciudadanos por medio de una norma saludable, por un lado, y, por otro, de los miembros de distintas comunidades por medio de una concepción natural correcta. Además, del esposo para con la esposa o para con los hermanos y parientes por medio de una concordia justa y, en concreto, de todos para todos y, además, con algunos seres irracionales por la justicia, la natural relación y solidaridad, ya también sobre la amistad del cuerpo humano consigo mismo, la pacificación y conciliación de potencias ocultas que le son contrarias por medio de la salud y el régimen de vida que a ésta lleva y de la templanza en la imitación del bienestar de los elementos cósmicos.

[70] En la síntesis y recapitulación de estos nombres, 〈que es〉 54 uno solo y el mismo, esto es, el de amistad, el inventor y legislador, de un modo generalmente aceptado, fue Pitágoras. En resumen, para sus discípulos fue el máximo responsable de la relación más conveniente con los dioses tanto en estado de vigilia, como en sueños, lo que jamás se produce en un alma perturbada por la cólera, ni enajenada, por supuesto, por la aflicción, por el placer o por algún otro deseo indecoroso, ni tampoco por la ignorancia que es el más impío y pernicioso de todos ellos. Valiéndose de todos estos recursos de un modo divino sanó y purificó su alma, reanimó y preservó lo que en ella había de espíritu divino y condujo su mirada divina hacia lo inteligible, porque, según Platón 55 , su preservación es más valiosa que diez mil miradas humanas. Sólo con la mirada penetrante, y fortalecido y provisto de las ayudas convenientes se percibe la verdad sobre todos los seres. Fijándose este objetivo, llevó a cabo la purificación de la mente, y se impuso tal modelo de educación, poniendo su mirada en estos fines.

[ 17 ] [71] Una vez que adoptó estas disposiciones para la educación de sus discípulos, se le acercaban los jóvenes y querían ser sus discípulos, pero no accedía inmediatamente a ello. Antes les imponía una prueba y un juicio crítico, indagando, en primer lugar, cómo se relacionaban con sus padres y demás familiares y, en segundo lugar, observando si su risa era destemplada, si guardaban silencio y si su charla era improcedente, e incluso la índole de sus pasiones, los amigos con que se trataban y su convivencia con ellos y en qué ocupaban especialmente el día y qué era lo que les causaba alegría y tristeza. Examinaba, además, su figura, su andar, y todo el movimiento de su cuerpo, y llevaba a cabo un examen fisiognómico, por medio de sus rasgos naturales, ya que consideraba que eran pruebas que ponían de manifiesto el carácter oculto de su alma.

Y al que examinaba de esa manera, lo despedía para ser [72] menospreciado por tres años, poniendo a prueba su constancia, su auténtico deseo de aprender y si estaba suficientemente preparado para la gloria como para despreciar la honra. Después de esto, a los que se le sumaban les ordenaba que mantuvieran silencio por cinco años, poniendo a prueba su control, por entender que esto era mucho más difícil que las demás limitaciones, es decir, la continencia verbal, tal como se nos ha manifestado por los que han instituido los misterios. Como es sabido, en este tiempo las posesiones de cada uno, esto es, sus haciendas, eran bienes comunes 56 , de modo que las entregaban, para este fin, a personas significadas, que, en su condición de administradores y legisladores, se denominaban «políticos». Y si los candidatos eran considerados dignos de participar en los preceptos, una vez que se les juzgaba por su vida y por otras actitudes suyas, después de un silencio por cinco años se convertían, en adelante, en «esotéricos» y, dentro de su velo de lino, escuchaban y veían a la vez a Pitágoras. Pero antes de esto, sin esa prenda, participaban de sus lecciones sin verlo, escuchándolo sólo, dando prueba, durante mucho tiempo, de sus comportamientos particulares.

[73] Pero si resultaban rechazados en el examen, recibían una hacienda doble, y una sepultura, como si sus «cooyentes» 57 (pues así se llamaban los seguidores de Pitágoras) levantaran un túmulo a cadáveres, y cuando se encontraban con ellos, se comportaban como si se encontraran con otros cualquiera, y decían que aquellos que habían formado en la esperanza de que fueran hombres de bien gracias a las ciencias estaban muertos. Creían que los que tenían dificultades para aprender eran unos disminuidos y, por así decir, unos imperfectos y unos estériles.

[74] En consecuencia, después del examen fisiognómico a que los sometía, en su figura, su caminar, el resto de sus movimientos y su configuración natural, les comunicaba buenas esperanzas de su parte. Y tras el silencio por cinco años, tras los rituales iniciáticos inherentes a disciplinas tan importantes, tras las limpiezas y purificaciones tan frecuentes e importantes del alma, que se han originado de variados planteamientos especulativos de esta clase; por medio de las cuales la perspicacia y buena disponibilidad del alma se fijan en todos por completo, si alguno todavía se evidenciaba lento e incapaz de comprender, tras levantarle a tal individuo una estela y un monumento funerario en el ámbito de la escuela (como se dice que ocurrió con Perilo de Turios y Cilón, el caudillo de Síbaris, que fueron desaprobados por los pitagóricos) lo expulsaban del auditorio, dotándole de una cantidad de oro y plata (entre ellos estaba establecido que éstos eran comunes, siendo administrados comunitariamente por algunas personas adecuadas para ese cometido, a las que denominaban, por su oficio, «administradores»). Y si alguna vez coincidían con él ocasionalmente, consideraban que era una persona completamente distinta, en vez de aquella otra que, para ellos, estaba muerta.

Por lo cual también Lisis, replicando a un tal Hiparco [75] que hacía partícipes de sus lecciones a los que no habían sido iniciados y se habían sumado sin aprendizaje científico y educación, dice: «Cuentan además que tú filosofas en público con los que te encuentras, lo que precisamente desaprueba Pitágoras, como tú, Hiparco, aprendiste, con esfuerzo, pero no lo cuidaste, querido amigo, al disfrutar del lujo de vida siciliano, al que no tenías necesidad de rebajarte. Si has cambiado de idea, me alegraré, pero si no, estás muerto. En tal caso, dice, es ley divina confiar a la memoria los preceptos sagrados y humanos y no hacer partícipes de los beneficios de la sabiduría a los que ni siquiera en sueños tienen purificada su alma. Pues no es lícito ofrecer a los que uno se va encontrando lo que se ha conseguido con esfuerzo, a costa de grandes sacrificios, ni proporcionar los misterios de las dos diosas de Eleusis 58 a profanos: los que llevan a cabo estas acciones son por igual injustos e impíos.

Es bello considerar cuánto espacio de tiempo empleamos [76] en limpiar 〈las suciedades〉 59 que han arraigado en nuestro pecho, hasta que un día, con el paso de los años, nos hacemos receptores de sus doctrinas. En efecto, al igual que los tintoreros, una vez que hacen una limpieza previa, tratan con cáustica las partes a teñir de los vestidos, para que reabsorban la tintura de un modo indeleble y jamás desaparezca, del mismo modo también este hombre divino preparaba las almas de los que deseaban la filosofía, para no verse defraudado por alguna persona de las que se esperaba que fueran hombres de bien. Y ello debido a que no proporcionaba palabras engañosas ni argucias, con las que muchos sofistas atrapan a los jóvenes, sin emplear su tiempo en cosa alguna de valía, sino que era conocedor de los asuntos divinos y humanos. Por ello éstos, considerando su enseñanza como un pretexto, hacen muchas y terribles cosas, capturando en sus redes a los jóvenes de un modo inadecuado y planificado.

[77] Por consiguiente, a los oyentes los hacen difíciles y ariscos. En efecto, mezclan, a los caracteres alborotados y turbulentos, esquemas de enseñanza y discursos divinos, como si alguien en una profunda cisterna, llena de fango, vertiera agua pura y transparente; remueve, en efecto, el fango y enturbia el agua. Naturalmente, el sistema es el mismo en los que enseñan que en los que aprenden; la maleza es espesa y densa en la mente y, en el corazón de los que no se han iniciado ritualmente en la ciencia con pureza, ensombrece toda la docilidad, mansedumbre y racionalidad del alma e impide abiertamente que lo inteligible se desarrolle y progrese. Yo podría, en primer lugar, yendo en pos de ellas, darle nombre a las madres de esa maleza: el desenfreno y la avaricia. Y ambas son, por su propia índole, prolíficas.

[78] Del desenfreno se originan matrimonios ilícitos, corrupciones, borracheras, placeres antinaturales y ciertas pasiones violentas que arrojan a simas y precipicios, porque ya las pasiones forzaron a algunos a no respetar a madres ni a hijas y, por supuesto, se consolidan mediante el desprecio de la ciudad y de la ley, al modo de un tirano, amarrando los brazos por la espalda a sus víctimas, como si de prisioneros se tratara, llevándolas con violencia a una perdición extrema. Y de la avaricia se engendran robos, rapiñas, parricidios, saqueos de templos, envenenamientos y todo lo que está hermanado con esto. Por consiguiente, es preciso en primer lugar dejar limpio, con fuego, hierro y con toda clase de recursos científicos, el bosque en el que moran estas pasiones y, manteniendo la razón libre de tantos males, plantarle entonces algo útil de las enseñanzas que transmitimos.

Tan grande y tan cuidadosa atención de las ciencias creía [79] Pitágoras que debía de hacerse de ese modo antes de abordar la filosofía; consideraba de un alto valor y muy rigurosa la investigación sobre su enseñanza y la transmisión de sus conocimientos, probando y analizando las opiniones de los que le salían al paso con temas variados e innumerables aspectos de teoría científica.

Después de esto, digamos cómo a cada uno de los elegidos [80] [ 18 ] los clasificaba según su valía: porque no era justo que todos participaran por igual en lo mismo, si no eran de una naturaleza semejante, ni tampoco era justo que unos participaran en todas las audiciones más valiosas y otros absolutamente en nada. Esto sería, en efecto, insolidario e injusto. Sin embargo, por el hecho de dar a cada uno la parte apropiada de las lecciones que le atañían, asignó beneficios a todos, en la medida de sus posibilidades y salvaguardó la racionalidad de la justicia, al otorgar muy especialmente una enseñanza digna a cada uno. En consecuencia, por este procedimiento, a unos los llamó «pitagóricos», y «pitagoristas» 60 a otros, del mismo modo que llamamos «áticos» a unos y «aticistas» a otros. Distinguió así de un modo conveniente las denominaciones, y estableció que unos eran auténticos, y determinó que los otros se mostraran como aspirantes de aquéllos.

[81] Estableció, por consiguiente, que la hacienda de los pitagóricos fuera común y que a la vez la convivencia continuara a lo largo de todo el tiempo 61 ; en cambio, ordenó que los otros tuvieran posesiones privadas, pero que fueran a un mismo lugar, unos con otros, a estudiar.

Y de este modo, en ambas especialidades, se estableció esta transmisión de saberes por parte de Pitágoras. Por lo demás, había de otra manera dos especialidades de filosofía. En efecto, había también dos categorías de los que se dedicaban a ella: los «acusmáticos» y los «matemáticos» 62 . De ellos, los matemáticos eran reconocidos por los otros como pitagóricos; en cambio, éstos no aceptaban a los acusmáticos, ni tampoco que su temática perteneciera a Pitágoras sino a Hípaso. El tal Hípaso, dicen unos que era crotoniata y otros que metapontino.

[82] La filosofía de los acusmáticos consiste en sentencias indemostrables y sin argumentación 63 : «así deben practicarse». Y las demás, que fueron pronunciadas por él, intentan conservarlas como enseñanzas divinas. Y no pretenden hablar por sí mismos ni que se deba hablar, sino que asumen que, entre ellos, los que posean el mayor número de sentencias están mejor dotados para la sabiduría. Todas las sentencias así 〈llamadas〉 64 se dividen en tres clases: la primera, en efecto, corresponde a la pregunta «¿Qué es?», la segunda «¿Qué es en más alto grado?», la tercera «¿Qué se debe hacer o no hacer?». Tales eran, pues, las sentencias, como, por ejemplo, de la primera clase, «¿Qué son las islas de los bienaventurados?, el Sol y la Luna» 65 ; «¿Qué es el oráculo de Delfos?, la tetraktýs » 66 ; «¿Qué es exactamente la armonía de las Sirenas?» 67 . En cuanto a las de «¿Qué es en más alto grado?», por ejemplo, «¿Qué es lo más justo?, hacer sacrificios»; «¿Qué es lo más sabio?, el número y, en segundo lugar, lo que pone denominaciones a las cosas». Así: «¿Qué es lo más sabio entre nosotros?, la medicina»; «¿Qué es lo más bello?, la armonía»; «¿Qué es lo más poderoso?, el pensamiento». «¿Qué es lo más valioso?, la felicidad». «¿Cuál es el dicho más verdadero?, que los hombres son malvados». Por ello también dicen que elogió al poeta Hipodamante de Salamina 68 , que compuso estos versos:

Oh dioses, ¿de dónde procedéis?, ¿por qué habéis llegado a ser tales?

Hombres, ¿de dónde procedéis?, ¿por qué os habéis hecho tan perversos?

[83] Éstas y otras de este tipo son las sentencias de esta segunda categoría. En efecto, cada una de ellas responde especialmente al modelo «¿Qué es en más alto grado?». Y esta sabiduría es la misma que la llamada de los siete sabios. Pues tampoco aquéllos investigaban qué es el bien, sino qué lo es especialmente; no qué es lo difícil, sino qué es lo más difícil (que es el conocerse a sí mismo 69 ); ni tampoco qué es lo fácil, sino qué es lo más fácil (que es seguir la costumbre). En efecto, las sentencias de este tipo suelen coincidir con el tipo de sabiduría de los Siete Sabios. Éstos, en efecto, fueron anteriores a Pitágoras. En cuanto a las sentencias del tercer tipo que plantean «qué se debe hacer o no se debe hacer» son de esta clase. Por ejemplo, «Es necesario procrear» (pues hay que dejar en nuestro lugar cuidadores de la divinidad) o «Es necesario, en primer lugar, calzarse el pie derecho» o bien «No hay que caminar por los caminos que transita la gente», «Ni meter la mano en un recipiente de agua lustral», «Ni bañarse en un baño público». En todos estos casos, en efecto, no se sabe si los usuarios comunes son puros.

También otras sentencias son de esta índole: «No hay [84] que ayudar a depositar una carga a otra persona» (pues no hay que hacerse responsable de la comodidad), sino cooperar a levantarla. «No unirse a una mujer rica, para tener hijos». «No hablar sin luz». «Ofrendar libaciones a los dioses por el asa de la copa»: por tratarse de un augurio, y para no beber por la misma parte. «No llevar en un anillo como adorno la figura de un dios»: para que no se mancille. Pues es una estatua la que debe plantarse en la casa. «No hay que maltratar a la mujer propia», porque es una suplicante, y por ello la conducimos desde el hogar, y la tomamos de su mano derecha. «Ni 〈sacrificar〉 70 un gallo blanco, pues es un suplicante, consagrado a Men 71 , por lo que también indica la hora».

«No aconsejar nada al que pide consejo salvo que sea lo [85] mejor, porque el consejo es sagrado». «Los esfuerzos son un bien y los placeres, de cualquier modo que sea, un mal». «Es necesario que seamos castigados, si venimos con la intención de castigar». «Es necesario hacer sacrificios y acercarse a los templos con los pies descalzos». «No hay que desviarse para ir a un templo, pues no se debe tratar a un dios de una manera accesoria». «Bueno es morir resistiendo y con heridas en el pecho; con las heridas por detrás, lo contrario». «El alma humana únicamente no accede a aquellos animales a los que es lícito sacrificar». Por este motivo «se debe comer exclusivamente aquellos animales aptos para el sacrificio, que sean comestibles, pero no ningún otro ser vivo». Pues bien, así son una clase de sentencias; otras, que poseen una considerable extensión, proponen de qué modo es necesario actuar en torno a los sacrificios en cada ocasión, el resto de los 〈honores a los dioses〉 72 , el cambio de residencia de este mundo y qué ritual se debe seguir en los enterramientos.

[86] En algunas sentencias, por lo demás, se añade el dicho de «〈por〉 73 qué motivo es necesario». Por ejemplo: «Es necesario procrear para dejar a otro como adorador suyo de los dioses», pero ningún razonamiento se añade en otras. Y algunas de las explicaciones parecerán originarias, y otras tardías. Por ejemplo, sobre «No partir el pan, porque no conviene al juicio que tenga lugar en el Hades». Las explicaciones verosímiles que se aducen a tales sentencias no son pitagóricas, sino de algunos estudiosos de fuera de la secta que imaginan e intentan conseguir un razonamiento verosímil, como, por ejemplo, sobre lo que se acaba de decir: «por qué motivo no se debe partir el pan». En efecto, unos dicen que no se debe dividir lo que está unido (en su origen, al modo bárbaro, todos los amigos se reunían ante un pan único), otros, en cambio, aseguran que no es necesario considerar un presagio el hecho de que se parta el pan y se haga pedazos al principio.

Sin embargo, todo lo que estas sentencias definen sobre el hacer o no hacer busca el objetivo de lo divino; y éste es su principio, y toda su vida está estructurada para acompañar a la divinidad, y ésta es la justificación de esta filosofía.

[87] Pues la gente se comporta ridículamente cuando busca el bien en un sitio distinto al de los dioses, del mismo modo que si alguien, en un territorio gobernado por un monarca, reverenciara de entre los ciudadanos a un gobernador y descuidara a su soberano absoluto; tal cosa, en efecto, creen también los pitagóricos que hacen los hombres. Puesto que ciertamente Dios existe y es el señor de todo, se está de acuerdo en que es necesario pedirle el bien al señor, porque a todos aquellos a los que aman y con los que se alegran, a ésos les otorgan los bienes; en cambio, con los que manifiestan una actitud adversa, lo contrario.

Ésta, y de tal índole, era la filosofía de los acusmáticos. Pero había un tal Hipomedonte, pitagórico de la ciudad de Ásine, [en Argos] 74 , que decía que Pitágoras habló de justificaciones y demostraciones de estas sentencias, pero que, a causa de transmitirse a través de muchas personas y siempre bastante torpes, se había suprimido la justificación, y quedaron los planteamientos escuetos. Los matemáticos pitagóricos reconocen que éstos, por lo que respecta a sus enseñanzas, son también pitagóricos, pero aseguran que es incluso más verdadero lo que ellos proclaman. Y afirman que la causa de semejante discrepancia es la siguiente.

Procedente de Samos, en Jonia, en la tiranía de Polícrates, [88] llegó Pitágoras, cuando Italia estaba en su apogeo, y se hicieron amigos suyos los gobernantes de las ciudades. Entre éstos, con los de mayor edad, que no disponían de tiempo libre por ocuparse en los asuntos políticos, dado que le era difícil relacionarse con ellos por medio de las ciencias y sus demostraciones, mantenía conversaciones sencillas, considerando que era igualmente útil saber qué era necesario hacer aunque no se conociera el motivo, del mismo modo que los que están bajo el cuidado de los médicos, por no oír las causas de cada cosa que tienen que hacer, no dejan de conseguir su salud. Y con cuantos jóvenes se encontraba, que tenían capacidad para esforzarse y aprender, se relacionaba con ellos por medio de demostraciones y sesiones científicas. Ellos, por su parte, los matemáticos, surgieron de éstos y los otros, los acusmáticos, a partir de aquellos. Y en cuanto a Hípaso 75 se dice sobre todo que era un pitagórico, pero por el hecho de divulgar mediante un dibujo, por primera vez, la esfera de doce pentágonos 76 desapareció en el mar por impío, mas pudo coger fama de inventor, y eso que todo pertenecía «a aquel hombre» 77 . En efecto, denominan así a Pitágoras, y no lo llaman por su nombre.

[89] Los pitagóricos dicen que divulgaron la geometría de esta manera. Uno de los pitagóricos perdió su hacienda y, como esto fue un hecho desgraciado, se le concedió hacer fortuna a costa de la geometría. Y la geometría recibía, por parte de Pitágoras, el nombre de histōría 78 . Pues bien, ésta es la información que hemos recibido sobre la diferencia entre cada una de las enseñanzas y entre cada uno de los discípulos de Pitágoras. En efecto, conviene matizar que se trata de los que oyen a Pitágoras dentro y fuera del velo, o los que lo oyen a la vez que lo ven, o los que lo oyen sin verlo, y los que están definidos como «dentro» y «fuera» no son otros que los mencionados, y, siguiendo en esta misma línea, es necesario colocar por debajo a los políticos, a los administradores y a los legisladores.

[ 19 ] [90] En general, merece la pena saber que Pitágoras encontró muchas vías de educación, y transmitía la parte de su saber de acuerdo con la propia naturaleza y capacidad de cada uno. Y ésta es la prueba más grande de ello: cuando, procedente de los hiperbóreos, vino Ábaris el escita 79 , desconocedor de la educación griega, por no estar iniciado en ella, a una edad avanzada, no lo admitió, en aquel momento, a través de variados temas, pero en lugar del silencio por cinco años, de la escucha por un período de tiempo tan grande y de las demás pruebas, lo hizo capaz de una vez de escuchar sus enseñanzas, y en el más breve plazo le explicó el contenido de su tratado Sobre la naturaleza y de otro que versaba Sobre los dioses 80 .

En efecto, llegó Ábaris de los hiperbóreos, sacerdote del [91] Apolo de allí, de avanzada edad, y muy experto en temas sagrados. Regresaba de Grecia a su país, a fin de depositar, para su dios, en el templo de los hiperbóreos el oro que había recogido. Y cuando pasaba por Italia, vio a Pitágoras y lo comparó especialmente con su dios, del que era sacerdote, y convencido de que no era otro, ni tampoco alguien parecido a aquél, sino que realmente era el mismo Apolo, y por las rasgos tan venerables que había observado en él y por las características que el sacerdote le había reconocido, devolvió a Pitágoras el dardo que había traído cuando salió del templo, para que le fuera de utilidad ante las incomodidades que surgieran en tan dilatada caminata. Subido en él, pues, pasó tramos intransitables, como ríos, lagunas, terrenos pantanosos, montes y otros lugares por el estilo y por medio de las palabras que pronunciaba, según se cuenta, llevaba a cabo purificaciones y eliminaba epidemias y vendavales de las ciudades que le solicitaban su ayuda.

[92] Por lo demás hemos oído decir que Lacedemonia, después de que fue purificada por Pitágoras, ya no padeció epidemias, siendo así que había contraído antes este padecimiento muchas veces a causa de la insalubridad del lugar, en que está fundada, a causa del ambiente sofocante que provocan las cumbres del Taigeto, como ocurre con Cnoso en Creta. Se cuentan otros testimonios parecidos del poder de Ábaris. Pitágoras aceptó el dardo sin sorprenderse por ello y sin preguntar el motivo por el que se lo había dado, pero, como si realmente fuera el mismo dios, se llevó aparte a Ábaris y le mostró su muslo de oro como prueba de que no mentía, le enumeró cada una de las ofrendas que se exponían en el templo, ofreciéndole un testimonio suficiente de que no lo había comparado mal, y añadió que había venido para el cuidado y bien de la humanidad, y por ese motivo había adoptado forma humana, para que, sorprendidos de su superioridad, no se alteraran y rehusaran su enseñanza. Le instó a que permaneciera allí y participara en la corrección de los que se encontraran e hiciera partícipes del oro, que había reunido, a los compañeros, que se hallaban movidos por la razón de un modo semejante, de suerte que confirmara de hecho la máxima que decía: «Los bienes de los amigos son comunes» 81 .

[93] Se quedó entonces, como acabamos de decir, y le adoctrinó Pitágoras, de un modo resumido, en ciencias de la naturaleza y en teología, y, en lugar del vaticinio a través de sacrificios, le transmitió la presciencia a través de los números, considerando que ésta era más pura, más divina y más apropiada a los números celestiales de los dioses, pero le dio a conocer a Ábaris unos ejercicios que se adaptaban a él. Pero volvamos de nuevo al motivo por el que tuvo lugar el presente tratado. Intentó Pitágoras, como es sabido, enderezar a la gente de diferentes maneras, de acuerdo con la naturaleza y posibilidades de cada uno. Sin embargo, todo lo referente a estos temas no se ha transmitido a las gentes ni es fácil exponer lo que se ha confiado al recuerdo.

Pero expongamos unos pocos y bien conocidos ejemplos [94] de conducta pitagórica y unos recuerdos de las prácticas de aquellos hombres.

En primer lugar, en la realización de la prueba, examinaba [ 20 ] si podían «refrenar el habla» (era ésta la expresión que usaba) y observaba si, al aprender lo que oían, eran capaces de mantenerlo en secreto y guardarlo; en segundo lugar, si eran modestos. Ponía más empeño en que callaran que en que hablaran. Examinaba también todo lo demás, no fuera a ser que se excitaran incontroladamente ante la pasión o el deseo, reparando siempre en estas cosas con atención, como, por ejemplo, de qué manera se comportaban ante la cólera o bien ante el deseo, o si eran pendencieros o ambiciosos, o cómo se comportaban ante la rivalidad o la amistad. Y si al examinarlo todo con rigor quedaba manifiesto que estaban dotados de un buen carácter, entonces examinaba su capacidad de aprendizaje y su memoria. En primer lugar, si podían seguir sus lecciones con rapidez y destreza; en segundo lugar, si les acompañaba el afecto y la templanza por las enseñanzas que se impartían.

Examinaba, en efecto, si eran de una docilidad natural y [95] a esta condición la llamaba «perfeccionamiento» (katárty sis ) 82 . Y consideraba la fiereza como contraria a tal método de vida: porque a la fiereza acompaña la impudicia, la desvergüenza, el desenfreno, la intemperancia, la torpeza, la anarquía, el deshonor y otros defectos por el estilo; en cambio, a la docilidad y a la mansedumbre siguen conceptos contrarios. Pues bien, en la prueba observaba tales rasgos y con ese objetivo ejercitaba a sus discípulos; escogía a los que se acomodaban a los beneficios de su ciencia y de este modo intentaba elevarlos al saber. Pero si observaba que alguno no se adaptaba, lo despedía como si fuera de una raza extraña y extranjera.

[ 21 ] Acerca de las actividades, que había encomendado para todo el día a sus discípulos, hablaré a continuación, porque, bajo su dirección, así obraban los que seguían sus pasos.

[96] Estos hombres hacían paseos matutinos en solitario y por parajes tales en que solía haber calma y una tranquilidad adecuada, donde había templos, bosques y sitios para regocijarse. Creían, en efecto, que era necesario no encontrarse con alguien hasta sosegar su propia alma y ordenar su mente. Y tal tranquilidad era apropiada para el sosiego de la mente, pues consideraban turbador introducirse entre la gente, nada más levantarse. Por lo cual todos los pitagóricos escogían los lugares de un carácter más sagrado. Y entonces, después del paseo matutino, se relacionaban entre sí, especialmente en los templos y, si no, en lugares de ese tipo. Y ese momento lo empleaban para la enseñanza, el aprendizaje y la corrección de la conducta.

[97] Después de tal ocupación, se dedicaban al cuidado del cuerpo. La mayoría se ungía el cuerpo y se ejercitaba en las carreras y los menos en la lucha a cuerpo en jardines y bosques; otros, en saltos con pesas 83 o prácticas pugilísticas sin adversario, procurando elegir los ejercicios adecuados para fortalecer el cuerpo. Para desayunar, tomaban pan, miel o un trozo de panal, pero durante el día no probaban el vino 84 . Y, después del desayuno, empleaban el tiempo en temas de política interna, en política exterior y en relaciones con los forasteros, de acuerdo con las prescripciones legales. En efecto, querían tratarlo todo en los momentos que seguían al desayuno. Y al atardecer, de nuevo se dirigían a los paseos, pero no hacían propiamente el paseo del mismo modo que el de la mañana, sino de dos en dos o de tres en tres, recordando las enseñanzas y ejercitándose en nobles ocupaciones.

Después del paseo tomaban un baño y, a continuación, [98] comían juntos. No asistían a la comida más de diez hombres. Y una vez que estaban reunidos los comensales, tenían lugar las libaciones y las ofrendas de aromas y de incienso. Después se iban a comer, de modo que terminara la comida antes de la puesta de sol. Tomaban vino, torta de cebada, pan de trigo, companaje 85 y verduras hervidas y crudas. Y se servía carne de animales, [víctimas] 86 aptas para el sacrificio y raramente [tomaban] 87 pescado, pues algunos de ellos 88 , en su opinión, no eran aptos para el consumo.

Después de esta comida, se hacían libaciones; a continuación, [99] tenía lugar la lectura. Era costumbre que leyera el más joven y que el de mayor edad dispusiera tanto la lectura como el modo en que debía llevarse a cabo. Y cuando estaban a punto de irse, el escanciador les preparaba una libación, después de la cual, el de mayor edad pronunciaba estas palabras: «No dañéis ni destruyáis una planta cultivada que produzca fruto, del mismo modo que tampoco dañéis ni destruyáis un animal que no sea perjudicial, por su propia índole, para el género humano.

[100] Además de esto, tened también un pensamiento respetuoso y bueno sobre el linaje divino, demónico y heroico, y del mismo modo reflexionad igualmente sobre los padres y los benefactores, prestad ayuda a la ley y luchad contra la ilegalidad». Una vez pronunciadas estas palabras, cada uno se iba a su casa. Vestían ropa blanca y limpia, e igualmente cobertores blancos y limpios, de lino, pues no usaban la lana. No aprobaban el dedicarse a la caza, ni practicaban tal ejercicio. Tales eran los preceptos relativos a la alimentación y modo de vida que transmitían cada día a la mayoría de aquellos hombres.

[ 22 ] [101] También se ha transmitido otro modelo de educación a través de las sentencias pitagóricas 89 que atañen a la vida y opiniones humanas, de las que referiré algunas, de las muchas que hay. En efecto, exhortaban a excluir de la auténtica amistad la disputa y la pendencia, especialmente de toda amistad, si era posible, pero si no lo era, al menos de la paterna y, de un modo general, de la que se establecía con las personas mayores; igualmente también de la amistad con los benefactores. Pues la disputa o la pendencia con tales personas, si sobreviene la cólera o alguna otra pasión semejante, no salvaguarda la amistad existente. Afirmaban que era necesario que, en las amistades, surgieran los menos roces y rasguños posibles. Esto podía ocurrir, si ambos eran capaces de ceder y dominar su cólera, en especial el más joven de los dos y el que pertenecía a una de las categorías citadas. Y las correcciones y advertencias, que los pitagóricos llaman pedartáseis 90 , creían que debían tener lugar, con gran discreción y respeto, en la intervención de los mayores con los jóvenes, y que en las admoniciones se pusiera de manifiesto, en gran medida, la solicitud y la familiaridad. Así, pues, surge una admonición decorosa y útil.

De la amistad nunca se debe excluir la confianza, ni en [102] broma ni en serio, porque no es fácil mantener sana la amistad existente, cuando de golpe se introduce el engaño en los caracteres de los que aseguran ser amigos. No hay que renunciar a una amistad por causa de una desgracia o de alguna otra contrariedad de las que sobrevienen en la vida, sino que el único rechazo a tener en cuenta de un amigo y de una amistad ha de venir por una situación perversa, grande e irreparable. Tal era el modelo de corrección que tenía lugar entre ellos por medio de sentencias, que atañían a todas las virtudes y a la vida entera.

El método de enseñanza más frecuente era, en Pitágoras, [103] [ 23 ] el que se llevaba a cabo por medio de símbolos. Pues este sistema se practicaba también entre casi todos los griegos, debido a su antigüedad, como los egipcios que lo estimaban en gran medida en sus diversas variedades; igualmente también, en el caso de Pitágoras, se apreció mucho, si se explican con claridad los significados y contenidos secretos de los símbolos, haciendo ver cuánta rectitud y verdad contienen, si se despojan de su envoltorio, se liberan de su forma enigmática y se acomodan, de acuerdo con una tradición simple y sin artificios, a la grandeza de alma de estos filósofos, que sobrepasa, por su condición divina, el concepto humano.

[104] En efecto, los que salieron de esta escuela, en especial los más antiguos, que pasaron mucho tiempo con él y eran jóvenes cuando recibían las enseñanzas de Pitágoras, ya anciano, a saber, Filolao, Eurito, Carondas, Zaleuco, Brisón, Arquitas el Viejo, Aristeo, Lisis, Empédocles, Zalmoxis, Epiménides, Milón, Leucipo, Alcmeón, Hípaso, Timáridas y todos sus contemporáneos, una multitud de varones famosos y extraordinarios, y tanto en sus discursos, conversaciones, recomendaciones, advertencias, como en sus propios escritos y todos los legados, cuya mayor parte se ha conservado hasta nuestros días, no los hicieron comprensibles a sus oyentes en un lenguaje común, popular y habitual para todos los demás, ni intentaron que sus palabras fueran fáciles de entender, sino que, de acuerdo con la prescripción que les impuso Pitágoras sobre el silencio de los misterios divinos, emplearon modos secretos para los no iniciados y encubrieron con símbolos sus conversaciones y escritos.

[105] Y si, al seleccionar los símbolos en sí, no se descubrieran y ‹se explicaran› 91 con una exposición irreprochable, su lectura, a los que la abordaran, parecería ridícula y cuento de viejas, llena de vaciedad y garrulería. Sin embargo, cada vez que se aclaran estos símbolos, a tenor de sus características, y se hacen visibles y accesibles a la mayoría en lugar de oscuros, se asemejan a los presagios y oráculos de Apolo Pitio, puesto que descubren un pensamiento admirable e infunden un espíritu divino a los estudiosos que los han comprendido. Vale la pena recordar algunos símbolos para que se esclarezca más el modelo de enseñanza. «Estando en camino, como cosa accesoria, no se debe entrar en un templo, ni en absoluto se debe hacer una reverencia, ni siquiera aunque se esté en las mismas puertas. Haz sacrificios y reverencia descalzo. Evita los caminos transitados por la gente y camina por senderos. No hables sin luz sobre los pitagóricos». Tal era, a grandes rasgos, su forma de enseñanza por medio de símbolos.

Y puesto que también la alimentación contribuye grandemente [106] [ 24 ] a la mejor educación, siempre que tenga lugar correcta y ordenadamente, consideremos también qué prescribió en torno a ella. Como es sabido, desestimó en general determinados alimentos que provocan flatulencia y alteración, y aprobó los contrarios y exhortó a que se tomaran aquellos que sustentan y conforman la estructura del cuerpo; por lo cual consideraba también que el mijo era apropiado para la alimentación. En general, desaprobó igualmente los alimentos ajenos a los dioses, por entender que nos apartaban de la familiaridad con ellos. De otro modo, a su vez, ordenó también que nos abstuviéramos de los que se consideraban muy sagrados por creer que eran merecedores de estima, pero no de un uso común entre los humanos. Y también aconsejó precaverse de los que impedían la adivinación o la pureza del alma y la santidad o la consecución de la templanza y la virtud.

Rechazaba lo que se oponía a la santidad y perturbaba [107] en general la pureza del alma y las visiones en los sueños. Pues bien, estas normas prescribió en general sobre la alimentación, pero en particular a los filósofos más teoréticos, y muy especialmente a los que estaban en la más alta cima, les impidió enteramente una alimentación excesiva e injusta, induciéndoles a que jamás comieran animal alguno, ni en absoluto bebieran vino, ni sacrificaran seres vivos a los dioses, ni los maltrataran lo más mínimo, sino que con el mayor cuidado observaran la justicia con ellos.

[108] Y él mismo vivía de ese modo, porque se abstenía de la alimentación de seres vivos, reverenciaba los altares incruentos y, esforzándose para que tampoco otros dieran muerte a animales de una naturaleza semejante a la nuestra, amansaba por su parte a los animales salvajes y los domesticaba mediante la palabra y la acción, pero nunca los dañaba con el castigo. E inmediatamente también, entre los políticos, prescribió a los legisladores que se abstuvieran de los seres animados, ya que era necesario, sin duda, si querían obrar con estricta justicia, no perjudicar a los seres vivos de una naturaleza semejante a la nuestra, pues ¿cómo hubieran persuadido a los demás de obrar con justicia, si ellos mismos eran sorprendidos en prepotencia? Y la comunión con los seres vivos se debe a una naturaleza común, porque sin duda se establece con nosotros un vínculo de hermandad a causa de la afinidad de vida y de principios elementales y de la unión que surge de ello.

[109] Sin embargo, permitió que probaran algunos animales a los demás cuya vida no era estrictamente pura, religiosa o filosófica; también les limitó un tiempo determinado de abstinencia. Pero les prescribió que no comieran el corazón ni los sesos 92 y que todos los pitagóricos se abstuvieran de éstos, porque esas partes son rectoras y se consideran como una especie de fundamento y sede del pensamiento y de la vida. Y han sido sancionadas como sagradas en razón a su naturaleza de razón divina. Del mismo modo, les ordenó también renunciar a la malva, porque es el primer mensajero y señal de la simpatía de lo celestial con lo terrenal. E igualmente ordenó abstenerse de la oblada, porque pertenece a los dioses ctónicos, ni consumir tampoco el salmonete, por motivos semejantes. También: «Abstente de las habas» 93 , por muchos motivos, sagrados, físicos y que atañen al alma. Y otros preceptos semejantes a éstos promulgó, empezando a guiar a la humanidad a la virtud a través de la alimentación.

Consideraba también que la música contribuía de manera [110] [ 25 ] determinante a la salud, si se usaba de un modo conveniente. En efecto, solía servirse concienzudamente de tal purificación, porque también hablaba de curación a través de la música. Y en la estación primaveral interpretaba una melodía de este tipo. En efecto, en el centro sentaba a uno que tocaba la lira y, en círculo, se sentaban los que podían interpretar la melodía, y tañendo aquél la lira de ese modo se entonaban algunos peanes, con los que parecían alegrarse, y seguir en un tono melódico y rítmico. Pero también, en otros momentos, utilizaban la música como terapia.

Determinados cantos tenían como objetivo la curación [111] de las pasiones del alma, los desánimos y las duras pesadumbres (que los había concebido precisamente Pitágoras como de una gran ayuda) y, a su vez, otros para los arrebatos de cólera, la ira y todas las alteraciones del alma de este tipo; y también para los apetitos inventó otra clase de melodía. Igualmente, se practicaba la danza. Como instrumento, se servía de la lira, porque consideraba que la flauta tenía un sonido excitante y festivo que, en modo alguno, era propio del hombre libre. Empleaba también expresiones de Homero y Hesíodo, seleccionadas para la corrección del alma 94 .

[112] También se cuenta, entre sus hechos, que Pitágoras un día con un ritmo musical espondaico, interpretado por un flautista, había aplacado la furia de un muchacho de Tauromenio que se encontraba embriagado, en el momento en que de noche se dirigía a divertirse con su amada junto al portal de su rival y estaba a punto de provocar un incendio, pues estaba inflamado y enardecido por una melodía frigia interpretada a flauta. Rápidamente Pitágoras puso fin a esta situación. En ese momento, se encontraba contemplando los astros y sugirió al flautista el cambio a un ritmo espondaico, con ayuda del cual el muchacho se calmó del todo y se fue a casa comedidamente, aunque un poco antes no se le había podido contener y, simplemente, tampoco aguantó una posible reprimenda de Pitágoras; además, estúpidamente, lo había mandado a paseo por encontrarse allí.

[113] Un joven blandía su espada contra Anquito que lo había acogido como huésped, porque públicamente había juzgado y condenado a muerte al padre del joven y, como se hallaba fuera de sí e irritado, se lanzó espada en mano para herir a Anquito, el juez que había condenado a su padre, como si fuera un asesino, y Empédocles actuó de la misma manera: como llevaba una lira, cambió el tono e interpretó una melodía tranquilizadora y sosegadora e inmediatamente declamó lo siguiente:

sin dolor y sin ira se consigue el olvido de todas las desdichas 95

como dice el poeta, y a Anquito, que lo había acogido como huésped, lo libró de la muerte y al joven de cometer un crimen.

Se cuenta que, a partir de entonces, éste llegó a ser el [114] más famoso de los discípulos de Empédocles. Además, toda la escuela pitagórica realizaba el llamado arreglo, la composición armónica y la ejecución de determinadas melodías apropiadas, que llevaban útilmente las disposiciones del alma a sus afectos contrarios: porque, cuando se iban a dormir, purificaban el pensamiento de los alborotos y estruendos diarios con determinadas melodías y cantos específicos, y por esto se procuraban sueños tranquilos de corta duración y agradable ensoñación. A su vez, cuando se levantaban del lecho, se libraban de la pereza y de la somnolencia por medio de cantos peculiares, pero hubo también ocasiones en que ello tenía lugar con música sin palabras. Y 〈hay〉 96 modos de curar dolencias y enfermedades, según dicen, mediante auténticos ensalmos, y es probable que de ahí haya llegado a hacerse notorio este nombre, el de ensalmo. Pues bien, de este modo tan beneficioso estableció Pitágoras la corrección de la conducta y vida humanas por medio de la música.

Y puesto que nos encontramos aquí examinando la sabiduría [115] educativa de Pitágoras, merece la pena contar a continuación algo relacionado con ello, es decir, cómo encontró la ciencia armónica y las proporciones armónicas. Empecemos brevemente por el principio.

[ 26 ] En una ocasión, mientras meditaba y reflexionaba acerca de si era posible idear un instrumento de ayuda para el oído, sólido y preciso, como tiene la vista con el compás, la regla y, sin duda, el cuadrante, y el tacto con la balanza o la invención de las medidas, paseando, a instancias de alguna divinidad, junto a una herrería escuchó los golpes que propinaban los martillos al hierro sobre el yunque, que provocaban, en acorde, unos sones 〈armoniosos〉 97 entre sí, excepto una combinación. En ellos reconocía la consonancia de la octava, de la quinta y de la cuarta y veía el intermedio de la cuarta y de la quinta como una disonancia entre sí pero, por lo demás, completaba el gran intervalo que había entre ellos.

[116] Contento por ver cumplido su propósito con ayuda de la divinidad, se dirigió corriendo a la herrería, y, tras variados intentos, encontró que la diferencia de sonido radicaba en el peso de los martillos, pero no en la fuerza de los que los golpeaban, ni en la forma de los martillos, ni en el cambio de posición del hierro tratado. Tomó exactamente pesos y tamaños totalmente iguales a los de los martillos y regresó a casa. Y de un clavo fijado en un ángulo de los muros, para que no se dejara ver diferencia alguna por ello o supusiera enteramente una singularidad por la peculiaridad de los clavos, colgó cuatro cuerdas del mismo material y componente, de idéntico grosor y trenzado, las enlazó entre sí, y les colgó además un peso por la parte de abajo, logrando que las longitudes de las cuerdas fueran exactamente iguales 98 .

A continuación, golpeando al mismo tiempo las cuerdas [117] de dos en dos alternativamente, encontró las consonancias anteriormente mencionadas, en diferentes pares. En efecto, comprobó que la que estaba tensada por el peso mayor respecto a la que tenía suspendido un peso más pequeño producía el sonido de la octava. El peso de la primera era de doce unidades y, el de la segunda, de seis. Demostró que la octava se basaba en la proporción 2:1, justamente lo que evidenciaban los mismos pesos. En cambio, la del peso más grande con relación a la del peso más pequeño, que pesaba ocho unidades, daba la quinta, de donde demostró que ésta se basaba en la proporción 3:2, proporción en la que precisamente estaban también los pesos entre sí. También demostró que la que tenía un peso de nueve unidades (la más tensada de las demás) daba la cuarta, de una manera análoga a los pesos. Y por supuesto consideraba que la cuarta guardaba una proporción de 4:3, mientras que esa segunda cuerda más tensada por el peso, respecto a la más floja, guarda una proporción de 3:2 (porque ésta es la relación de 9 a 6).

De un modo semejante, la segunda más floja, la de ocho [118] unidades de peso con relación a la de seis estaba en una proporción de 4:3, y respecto a la de doce unidades en una proporción de 2:3. Por lo demás, el intervalo entre la quinta y la cuarta, en el que la quinta supera a la cuarta, se asegura que está en una proporción de 9:8, esto es, la proporción que se establece en la de nueve con relación a ocho. Y el sistema de la octava se estableció en dos sentidos: bien por la conjunción de la quinta y la cuarta, dado que la proporción 2:1 es el producto de 3/2 y 4/3, tal como en 12:8:6, o bien, a la inversa, como una conjunción de la cuarta y la quinta, dado que la proporción de 2:1 es el producto 4/3 y 3/2, tal como en 12:9:6 y en tal orden es una octava. Y habiendo habituado sus manos y oídos a los pesos suspendidos y habiendo asegurado, conforme a ellos, la razón de las posiciones, reemplazó ingeniosamente la suspensión común de las cuerdas, del clavo en diagonal, por el cordal de un instrumento, que llamó chordótonos 99 , y la tensión, que se producía de una forma análoga a los pesos, por la correspondiente tensión de una vuelta, en lo alto, de las clavijas.

[119] Usando esto como vía de acceso y como pauta infalible, extendió después la prueba a otros instrumentos: platillos de percusión, flautas, siringas, instrumentos de una sola cuerda, triángulos sonoros y otros semejantes; y en todos encontró una acorde y uniforme percepción a través del número. Y dio el nombre de hypátē al sonido que participa del número seis, y mésē al que participa del ocho y corresponde a la cuarta, paramésē al que participa del nueve, más agudo en el tono que la mése , precisamente en una proporción de 9:8 respecto a ella, y nḗtē al del 12. Completó los tramos intermedios, en la escala diatónica, con sones análogos. De este modo subordinó el octacordio a los números concordes: la proporción 2:1, 3:2, 4:3, y la diferencia entre las dos últimas, 9 a 8.

[120] Encontró de este modo el paso, por cierta necesidad física, de lo más grave a lo más agudo en esta escala diatónica. En efecto, por este mismo sistema diatónico explicó claramente a su vez el sistema cromático y armónico, como será posible mostrarlo alguna vez, cuando hablemos de la música. Pero ciertamente este sistema diatónico parece contener determinadas gradaciones y progresos, semitono, tono, 〈después tono〉 100 , esto es, una cuarta, un conjunto de dos tonos y del llamado semitono. A continuación, al añadir otro tono, esto es, al intercalar un tono, se forma el intervalo de la quinta, originándose un conjunto de tres tonos y un semitono. Acto seguido, se da el semitono, un tono, otro tono, otra cuarta, esto es, la proporción 4:3. De manera que en el antiguo heptacordio todos los sonidos cuartos, desde el más grave, producen entre sí el acorde de la cuarta, ocupando a cambio el semitono el primero, medio y tercer lugar en el tetracordio.

Pero en el octacordio pitagórico, que es un sistema, sin [121] embargo, que comprende el tetracordio y el pentacordio, o bien, una separación de dos tetracordios separados entre sí por un tono, la secuencia desde la nota más grave es tal, que todos los sonidos quintos forman entre sí el acorde de una quinta, ocupando el semitono en progresión cuatro espacios: primero, segundo, tercero y cuarto. De este modo, pues, se dice que encontró la música y, una vez que la sistematizó, la confió a sus discípulos con vistas a conseguir todo lo más bello.

Se alaban también muchas actuaciones políticas de sus [122] [ 27 ] partidarios. En efecto, aseguran que sobrevino en una ocasión entre los crotoniatas el deseo de llevar a cabo funerales y sepelios costosos, y uno de los pitagóricos se dirigió al pueblo en estos términos: «Él había escuchado a Pitágoras hablar de los dioses, diciendo que los dioses olímpicos consideraban las actitudes de los que sacrificaban, pero no la cantidad de sacrificios; en cambio, los dioses infernales al contrario, porque les han correspondido menos posesiones y se complacen con las lamentaciones y llantos, e incluso con libaciones constantes, con ofrendas sepulcrales y ceremonias fúnebres costosas.

De ahí que a Hades, por su preferencia por 〈tal〉 101 profusión [123] de ofrendas se le llame Plutón 102 , y a quienes los honran con sencillez los dejan por mucho tiempo en el mundo superior, y a alguno de los que tienen siempre una predisposición al derroche en los duelos, por buscar los honores que se originan en las tumbas, lo llevan al mundo inferior». Por medio de este consejo infundió en sus discípulos la concepción de que, mostrándose moderados en las desgracias, preservaban su propia salvación; en cambio, excediéndose en gastos, todos morirían prematuramente.

[124] Otro pitagórico fue designado árbitro de una disputa sin testigos, y se puso a caminar, por separado, con cada uno de los litigantes; se quedó parado en una tumba y dijo que el que yacía en ella había sido un hombre bueno en el más alto grado. Uno de los querellantes deseó muchos bienes al que ya estaba muerto; el otro manifestó: «¿No tiene ya bastante?». Desaprobó a éste, y se inclinó a darle su confianza al que había elogiado su rectitud. Otro pitagórico que había asumido un arbitraje de importancia convenció a cada una de las partes a que una pagara cuatro talentos y la otra recibiera dos. Después sentenció que pagaran tres talentos y pareció que había dado a cada uno un talento. Unos individuos dejaron en depósito con mala intención un vestido a una mujer de las del ágora y le advirtieron que no se lo diera a ninguno de los dos a menos que ambos estuvieran presentes. Después de esto, idearon el siguiente engaño: uno de ellos tomó el depósito común, asegurando que el otro, que estaba cerca, estaba de acuerdo. Después, lo denunció el otro 103 que no había acudido y desveló el acuerdo inicial a los magistrados. Un pitagórico que se había hecho cargo del asunto dijo que la mujer habría hecho lo convenido, si ambos hubieran estado presentes.

Otros dos individuos parecían disfrutar entre sí de una [125] sólida amistad, pero uno de ellos se vio envuelto en una intrigante sospecha a consecuencia de un calumniador que le había dicho que su mujer había sido seducida por el otro. Un pitagórico entraba casualmente en ese momento en una herrería, cuando el que se consideraba injuriado mostraba una espada afilada e increpaba al herrero porque, a su juicio, no tenía suficiente filo. Sospechando que preparaba una maniobra contra el calumniado, dijo: «Esta espada está para ti más afilada que todo lo demás, salvo la calumnia». Y una vez que dijo esto hizo que el hombre reflexionara y no cometiera un delito apresuradamente contra el amigo, que se hallaba como invitado en el interior de la casa.

A un extranjero, en el santuario de Asclepio, se le cayó [126] un cinturón con dinero y, puesto que las leyes prohibían que se recogiera lo que se le había caído al suelo, el forastero se molestó por ello. Un pitagórico le ordenó que recogiera el dinero que no había caído al suelo y dejara el cinturón. Estaba éste, en efecto, sobre la tierra. Cuentan también que sucedió en Crotona un hecho que se atribuyó a otros lugares por gentes ignorantes. Se celebraba un espectáculo y unas grullas revoloteaban sobre el teatro, y habiéndole dicho uno de los que habían desembarcado a otro que estaba sentado a su lado: «¿Ves a los testigos?», un pitagórico que lo oyó los llevó ante el gobierno de los Mil, por sospechar (como probaron los esclavos que llevaron a acabo el interrogatorio) que habían arrojado por la borda a unas personas, lo que atestiguaban las grullas con sus vuelos sobre la nave. Y unos individuos que disputaban entre sí, según parece, se acababan de presentar ante Pitágoras, cuando el menor de ellos se acercó y dirimió la cuestión, afirmando que no era necesario transferir el problema a otro, sino que entre ellos debían olvidarse de su cólera, y el que estaba escuchando dijo que especialmente le agradaba su propuesta, pero sentía vergüenza por no haberse anticipado él [que era] 104 mayor.

[127] Se citan aquí 105 también las historias de Fintias, Damón, Platón, Arquitas, Clinias y Proro 106 . Aparte de éstas, está también la de Eubulo de Mesina, que navegaba hacia casa y fue apresado por los etruscos y conducido a Etruria. El etrusco Nausítoo, que era un pitagórico, se dio cuenta de que era un discípulo de Pitágoras, lo liberó de los piratas y lo trasladó a Mesina con grandes medidas de seguridad.

[128] Cuando los cartagineses estaban a punto de enviar a una isla desierta a más de cinco mil mercenarios, el cartaginés Milcíades vio entre ellos al argivo Posides (ambos eran pitagóricos) y, acercándose a él, no le reveló lo que iba a tener lugar, pero le pidió que regresara corriendo a su patria lo más rápidamente posible. Lo embarcó en una nave que se hacía a la mar, lo dotó de medios para el viaje y salvó a esta persona de los peligros. Si se hablara en general de todas las relaciones que mantuvieron entre sí los pitagóricos, se superaría en extensión el volumen y motivo de nuestro escrito.

Pues bien, abordaré ahora aspectos como el de que algunos [129] pitagóricos eran políticos y dirigentes, ya que algunos vigilaron el cumplimiento de las leyes y administraron ciudades de Italia, mediante las mejores opiniones y consejos en aquellos asuntos que asumían, pero absteniéndose de ingresos públicos. Mas, sin embargo, originándose muchas calumnias contra ellos, prevaleció hasta cierto tiempo la rectitud de los pitagóricos y el deseo de sus ciudades de querer que sus asuntos públicos fueran administrados por ellos. En este tiempo parece que surgieron las más brillantes constituciones en Italia y en Sicilia.

En efecto, Carondas de Catania, que pasa por ser uno de [130] los mejores legisladores, era un pitagórico; Zaleuco y Timaras, de Locros, famosos legisladores, eran pitagóricos 107 . Y los que diseñaron las legislaciones de Regio, esto es, la llamada gimnasiárquica y la denominada de Teocles, se dice que eran pitagóricos, a saber, Fitio, Teocles, Helicaón y Aristócrates. [Y] se hicieron célebres por sus hábitos de vida y conducta que fueron adoptados por aquellas ciudades durante esa época 108 .

En general, dicen que fue también el inventor de toda la educación ciudadana, cuando dijo que ninguna cosa, de las realidades existentes, era auténtica, salvo la participación de la tierra en el fuego, del fuego en el agua, del aire en éstos y de éstos en el aire; incluso de lo bello en lo feo, de lo justo en lo injusto, y todo lo demás también sucede según esta correlación (de esta suposición la razón toma su impulso en dos direcciones: dos son los movimientos del cuerpo y del alma, el uno irracional y el otro voluntario). Igualmente, trazó tres líneas que daban lugar a constituciones, y entre sí se tocan en los extremos, formando un triángulo rectángulo: una línea guarda una naturaleza de proporción 4:3; otra equivale a 5, y la tercera intermedia entre ambas.

[131] Una vez que consideramos nosotros las coincidencias entre sí de las líneas y los espacios que se conforman, conseguimos la más bella imagen de una constitución. Y Platón se apropia de esta concepción, cuando dice claramente, en la República 109 , que la base de la proporción 4:3, al unirse a la péntada, proporciona dos armonías. Dicen que también se ejercitó en la moderación de las pasiones, en el término medio y en que cada uno consiguiera una vida feliz con la ayuda de algún bien preeminente, y además que, en general, halló la elección de nuestros bienes y de los trabajos adecuados.

[132] Se dice que apartó a los crotoniatas no sólo de sus concubinas sino, en general, del contacto con mujeres que no fueran sus esposas. En efecto, algunas mujeres de crotoniatas acudieron a Dinono, esposa de Brontino, un pitagórico, mujer de un alma sensata y excelsa, autora de un dicho bello y notable (que algunos atribuyen a Teano), a saber, que la mujer debe hacer un sacrificio cada mañana al levantarse del lecho de su esposo, y le pidieron que persuadiera a Pitágoras de que hablara con sus maridos para que mostraran moderación hacia ellas. Y así sucedió. La mujer lo prometió, Pitágoras habló y los crotoniatas decidieron apartarse enteramente del desenfreno reinante del momento.

[133] Dicen incluso que Pitágoras, con ocasión de la llegada a la ciudad de Crotona de unos emisarios de Síbaris que reclamaban a los desterrados, se dio cuenta de que uno de los embajadores había dado muerte a uno de sus compañeros, y no le respondió nada. Y al preguntarle el individuo y querer entablar conversación con él, dijo que no había oráculos para 〈tales〉 110 personas. Por ello también, evidentemente, fue considerado Apolo por algunos. Todo esto y cuanto hace poco expusimos sobre la destitución de los tiranos y la liberación de las ciudades de Italia, de Sicilia y de muchas otras considerémoslo como pruebas del beneficio que ocasionó, en temas públicos, a los ciudadanos.

Lo que viene a continuación ya no se presenta así, de un [134] [ 28 ] modo general, sino que tomemos particularmente y adornemos con nuestra palabra sus actuaciones valiosas. Empecemos, en primer lugar, por los dioses, como es habitual, e intentemos mostrar su religiosidad y mostremos sus admirables obras en este campo y démosles orden con la palabra. Sea, en efecto, una sola prueba de ello lo que antes también hemos recordado, que conocía su propia alma, quién era, de dónde había accedido a su cuerpo, sus vidas anteriores y de ello ofrecía pruebas evidentes. Después de ese testimonio, también lo siguiente. En una ocasión, mientras atravesaba el río Neso en compañía de muchos discípulos, le dirigió la palabra, y el río le respondió con voz clara y penetrante que todos oyeron: «Salve, Pitágoras». Incluso, en un solo y mismo día, casi todos aseguran que en Metaponto de Italia y en Tauromenio de Sicilia se reunió y a la vez conversó con sus discípulos de uno y otro sitio, a pesar de que hay por medio, tanto por tierra como por mar, muchos estadios, que no se pueden recorrer en muchos días 111 .

También era un hecho muy divulgado lo que se cuenta [135] de que Pitágoras mostró a Ábaris el hiperbóreo el muslo de oro, lo que llevó a éste a conjeturar que era el propio Apolo de los hiperbóreos, del que precisamente Ábaris era su sacerdote; Pitágoras aseguró que estaba en lo cierto y no se engañaba. E innumerables hechos semejantes, más sagrados y más admirables que éstos, se cuentan sobre nuestro hombre de idéntica manera: predicciones seguras de terremotos, eliminaciones rápidas de epidemias y de vendavales, ceses inmediatos de granizadas, calmas de oleajes fluviales y marinos para un cómodo tránsito de sus discípulos. De estas habilidades también participaron Empédocles de Acragante, Epiménides de Creta y Ábaris el hiperbóreo, que también llevaron a cabo acciones de este tipo en muchas partes.

[136] Sus obras son pruebas evidentes de ello, especialmente el sobrenombre de Empédocles, «protector de los vientos», y el de Epiménides, «purificador», como el de Ábaris, «que camina por el éter», porque, como es sabido, subido en un dardo, que le había regalado Apolo el de los hiperbóreos, atravesaba ríos, mares y lugares intransitables, caminando por el aire en cierto modo, lo que también entonces supusieron algunos que le había pasado a Pitágoras, cuando en un mismo día, en Metaponto y Tauromenio, se trató con sus discípulos de una y otra ciudad 112 . Se dice que predijo que tendría lugar un seísmo por el agua que probó de un pozo y el naufragio de una barco que navegaba con viento favorable.

[137] Y sean éstas las pruebas de su piedad. Pero quiero remontarme al principio para hablar del culto a los dioses, que estableció primero Pitágoras y después los hombres que le siguieron.

Todo cuanto distinguen sobre su actuación o inhibición queda marcado por su relación con la divinidad. Éste es su principio y toda su vida esta estructurada para seguir a Dios, y esa es la razón de esta filosofía, esto es, los humanos hacen el ridículo cuando buscan el bien fuera de los dioses, y eso es lo mismo que si, en un país gobernado por reyes, se prestara atención entre los ciudadanos a un jerarca, sin hacer caso del soberano y rey de todos. En efecto, los pitagóricos consideran que los hombres obran de tal modo y, puesto que Dios existe y es el soberano de todo, se está de acuerdo en que es necesario pedir el bien al señor, y todos dan sus bienes a quienes aman y con los que se complacen, y ocurre al contrario con los que mantienen sentimientos opuestos. Evidentemente, hay que hacer aquello que resulte grato a la divinidad.

Pero esto no es fácil saberlo, a no ser que se oiga al que [138] ha escuchado a la divinidad o a la propia divinidad, o bien se consiga por medio de una técnica divina. Por lo cual también se ocuparon de la mántica, porque sólo ella es la intérprete del pensamiento de los dioses. Sin embargo, también parecería al que cree en la existencia de los dioses que es una práctica digna; a otros, a los que puede parecerles una ingenuidad una de ellas, también se lo parecerán ambas. Hay también muchas prohibiciones que proceden de los misterios, porque ellos creen que son temas importantes y no los consideran una jactancia, sino que tienen su origen en una divinidad. Por supuesto, los pitagóricos creen unánimemente en los relatos míticos de Aristeas de Proconeso 113 , de Ábaris el hiperbóreo, y en cuantas otras leyendas por el estilo se cuentan. En efecto, creen en todas estas cosas, y ellos mismos intentan muchas de ellas, pero las de esa naturaleza, las que parecen míticas, las guardan en la memoria sin desconfiar de ninguna que se pueda atribuir a la divinidad.

[139] Por lo demás, se dijo que Eurito 114 contaba que un pastor, que apacentaba su rebaño en la tumba de Filolao 115 , aseguraba haber oído a uno que cantaba; Eurito no lo puso en duda, pero preguntó cuál era la armonía. Ambos eran pitagóricos y Eurito era discípulo de Filolao. Dicen también que en una ocasión alguien le dijo a Pitágoras que le parecía que había conversado en sueños con su padre, ya fallecido, y le hizo esta pregunta: «¿Qué significa esto?». Él le respondió «Nada», salvo que realmente había conversado con él. «Del mismo modo que nada significa que yo converse contigo ahora, así tampoco tiene significado eso». De manera que ante todas las cosas de esa índole de ningún modo se consideran a sí mismos ingenuos, sino a los que no creen en ellas, porque para la divinidad no hay posibles e imposibles, como creen los instruidos, sino que todo es posible. Y éste es el comienzo de los versos, que los pitagóricos atribuyen a Lino 116 , aunque quizás sean de ellos:

Es necesario esperarlo todo, porque no hay nada exento de esperanza.

Es fácil para la divinidad llevarlo todo a término; nada le es imposible .

Creían que la confianza en sus doctrinas residía en el [140] hecho de que el primero que habló de ello, no fue un cualquiera, sino la divinidad. Y una de las sentencias orales era: «¿Quién eres, Pitágoras?», porque dicen que era Apolo Hiperbóreo. Y como prueba de ello aducían que, cuando se levantó en el certamen, mostró el muslo de oro 117 y que agasajó a Ábaris el Hiperbóreo y tomó su dardo por el que fue guiado.

Se dice que Ábaris vino de los hiperbóreos, recogiendo [141] oro para el templo y prediciendo una peste. Se alojó en los templos y jamás se le vio beber o comer cosa alguna. También se dice que en Lacedemonia hizo unos sacrificios de exorcismo preventivo, y por ese motivo jamás se produjo, en lo sucesivo, una peste en Lacedemonia. Pues bien, Pitágoras hizo que este Ábaris lo reconociera como maestro, cogiendo el dardo de oro que tenía, sin el cual no era posible encontrar el camino.

Y en Metaponto, al desear algunos hacerse con la carga [142] que había en una embarcación que se acercaba, dijo: «Ciertamente un cadáver tendréis entre vosotros». Y apareció la nave con un muerto. También en Síbaris cogió una perniciosa serpiente de escamas y la expulsó, e igualmente hizo con una pequeña serpiente de Tirrenia, que causaba la muerte con su mordedura. En Crotona, según dicen, acarició un águila blanca sin que opusiera resistencia. Y queriendo alguien escucharlo se negó a hablar hasta que apareciera alguna señal, y después de esto apareció en Caulonia la osa blanca. Y él mismo predijo la muerte de su hijo a uno al que iban a comunicársela.

[143] Y le hizo recordar a Milias de Crotona que había sido Midas el hijo de Gordias, y Milias se marchó a tierra firme a realizar lo que Pitágoras le había encomendado en relación con la tumba. Dicen también que el que compró la casa de Pitágoras y la excavó no se atrevió a contarle a nadie lo que había visto, y por el delito de robar en Crotona, en lugares sagrados, fue apresado y ejecutado. Pues se le vio coger la barba de oro que se había caído de la estatua. Estas cosas, pues, y otras cosas por el estilo dicen los pitagóricos para ganarse la confianza. Como estos hechos son aceptados y es imposible que recayeran en una sola persona, creen, en consecuencia, que era evidente que se debían aceptar sus sentencias, por entender que se trataba de un ser superior y no de un ser humano. Pero también es un hecho que el enigma significa esto.

[144] En efecto, esto es lo que se dice entre ellos:

Un hombre y un pájaro son bípedos, y un tercero, además .

Pues el tercero es Pitágoras. Tal era ciertamente por su piedad, y se le consideraba verdaderamente que así lo era por ello. En cuanto a los juramentos todos los pitagóricos los observaban de un modo muy cuidadoso, acordándose de la sentencia de Pitágoras, según la cual:

A los dioses inmortales, en primer lugar, según se establece por ley,

honra, y respeta el juramento; a continuación, a los héroes ilustres ,

De manera que cuando uno de ellos se vio obligado por ley a jurar, aunque fuera a pronunciar un juramento justo, con todo, en lugar de jurar, aceptó pagar tres talentos, para preservar el precepto. Tal era la sanción que se había fijado para el pleiteante.

Se afirmaba igualmente entre ellos que nada ocurría espontáneamente [145] y a causa del azar, sino por previsión divina, en especial para los hombres buenos y piadosos, y lo confirma el libro de Andrócides 118 Sobre los símbolos pitagóricos acerca del pitagórico Timaridas de Tarento. En efecto, cuando éste partía por mar, por una circunstancia concreta, lo rodearon y abrazaron sus amigos y lo despidieron efusivamente. Y cuando ya había subido a bordo, alguien le dijo: «Que obtengas cuanto quieras de los dioses, Timaridas». Y aquél respondió: «Mantener silencio, pero preferiría todo cuanto viniera de parte de los dioses»; pues consideraba más inteligente y prudente no oponerse ni quejarse a la providencia divina. Por tanto, si se quisiera saber de dónde aprendieron estos hombres una piedad tan profunda, hay que decir que un ejemplo evidente de la teología pitagórica del número se daba en Orfeo.

Pues bien, ya no hay duda de que Pitágoras, tomando las [146] aportaciones de Orfeo, compuso su tratado Sobre los dioses 119 , que tituló Sagrado por esta razón, porque está recogido del ámbito más místico de Orfeo 120 , bien sea realmente un escrito de nuestro hombre, como la mayoría dice, bien de Telauges, como algunos miembros de la escuela, respetables y dignos de confianza, han asegurado, a juzgar por las indicaciones que el propio Pitágoras dejó a su hija Damo, hermana de Teleauges, de la que dicen que fueron confiadas, después de su muerte, a Bitala, hija de Damo, y a Teleauges, que había llegado a la adolescencia, hijo de Pitágoras y esposo de Bitala. En efecto, a la muerte de Pitágoras, era muy joven y se quedó junto a su madre Teano. Ciertamente, se demuestra también por este Tratado sagrado [o tratado Sobre los dioses , porque con ambos títulos se le conoce] 121 quién era el que confió el tratado Sobre los dioses a Pitágoras, porque dice: «Este 〈tratado〉 122 Sobre los dioses , yo Pitágoras, hijo de Mnemarco, que conocí como participante en ceremonias orgiásticas en la tracia Libetra, por habérmelo entregado el oficiante Aglaofamo, y, como dijo Orfeo, el hijo de Kalíope, en el monte Pangeo, inspirado por su madre: la esencia eterna del número es el principio más provisor de todo el cielo, de la tierra y de la naturaleza intermedia, e igualmente el fundamento de la permanencia de 〈los hombres〉 123 divinos, de los dioses y de los démones».

[147] Por todo esto, pues, se hace evidente que aprendió de los órficos que la esencia de los dioses se define por el número. Pero a través de los mismos números efectuaba también una admirable presciencia y un culto a los dioses, de acuerdo con los números, de unas características estrechamente relacionadas con ellos. Se puede conocer esto por lo siguiente (pues es necesario presentar un hecho real para inspirar confianza en lo que se dice). Cuando Ábaris realizaba unos rituales sagrados, habituales para él, mediante los que proporcionaba una rigurosa presciencia a toda la comunidad bárbara, a través de sacrificios, especialmente de aves (pues sus entrañas se consideran exactas para un examen riguroso), no quiso Pitágoras quitarle la meticulosa tarea de conseguir la verdad, sino proporcionársela por medio de algo más seguro, sin sangre y sin sacrificio, especialmente porque consideraba que el gallo estaba consagrado al sol, y desarrolló para él un ritual definido como «la verdad total», que se basaba en la ciencia numérica.

También de su piedad le nació la fe en los dioses. En [148] efecto, proclamaba siempre que ninguna cosa admirable ponía en duda sobre los dioses ni sobre las enseñanzas divinas, por entender que los dioses son capaces de todo. También que llamáramos divinas las enseñanzas (en las que era necesario creer) que había transmitido Pitágoras. Así, pues, confiaban y habían aceptado respecto a lo que creían, que no los engañaba, de manera que Eurito de Crotona, discípulo de Filolao, cuando un pastor le comunicó que al mediodía había escuchado la voz de Filolao que salía de su tumba, y eso que había muerto muchos años antes, como si estuviera cantando, le dijo: «¿Y, por los dioses, ¿qué armonía es?». Y el mismo Pitágoras, al preguntarle alguien sobre el significado de un sueño en el que había visto a su padre, que había fallecido tiempo ha, le dijo: «Nada, porque tampoco significa nada que ahora estés charlando conmigo».

Llevaba vestidos blancos y limpios, e igualmente cobertores [149] blancos y limpios. Pero eran de lino, pues no utilizaba la lana. Y esta costumbre la transmitió a sus discípulos. Usaba también la discreción en el lenguaje ante los superiores y en todo momento mantenía el recuerdo y el respeto a los dioses, de tal modo que, a lo largo de la comida, hacía libaciones a los dioses y exhortaba a celebrar con cánticos cada día a las potencias superiores. Prestaba atención también a las voces, profecías e invocaciones divinas, en general a todos los signos que se manifestaban espontáneamente.

[150] Ofrendaba a los dioses incienso, granos de mijo, torta de cebada, panales de miel, mirra y otras ofrendas aromáticas. Y, personalmente, no sacrificaba seres vivos, ni tampoco ninguno de los filósofos contemplativos, y a los demás, los acusmáticos o los políticos, les ordenó que rara vez sacrificaran seres vivos, bien gallo, cordero o algún que otro recental, pero que no inmolaran bueyes. Y esto es una prueba de su respeto a los dioses, el aconsejar que jamás juraran utilizando el nombre de los dioses. Por ello, también Silo 124 , uno de los pitagóricos de Crotona, pagó una multa por negarse a jurar, aunque iba a efectuar un juramento verdadero. Se atribuye también a los pitagóricos el siguiente juramento, dado que la invocación a Pitágoras suponía el deshonor de los que la efectuaban (de la misma manera que también consideraban una gran vergüenza el utilizar los nombres de los dioses), entonces aludían a su maestro por la invención del tetraktýs 125 :

No, por el que ha descubierto el «tetraktýs» de nuestra sabiduría,

fuente que posee las raíces de la naturaleza eterna .

[151] En general, dicen que Pitágoras fue un entusiasta de la interpretación y actitud de Orfeo y que honraba a los dioses de un modo parecido a Orfeo, pues se les erigían estatuas, y de bronce, sin ajustarse a nuestra figura, sino a modelos divinos, porque los dioses todo lo dominaban y todo lo preveían, pues tenían la naturaleza y forma semejante al Todo. Y aseguran también que proclamaba Pitágoras sus purificaciones y los llamados misterios, porque poseía el más exacto conocimiento de ellos. Dicen incluso que también fue el creador de una síntesis de filosofía divina y culto, aspectos que aprendió de los órficos, de los caldeos y de los magos, y del ritual que se hacía en Eleusis, en Imbros, en Samotracia y en Lemnos y de cuanto había de ritual común tanto entre los celtas como entre los íberos.

Entre los latinos 126 se leía el Discurso sagrado de Pitágoras, [152] no entre todos, ni por todos, sino por aquellos que estaban dispuestos a aprender el bien y no se ocupaban de nada vergonzoso. Decía Pitágoras que los hombres ofrendaran libaciones tres veces y que Apolo vaticinaba desde el trípode por el hecho precisamente de que el primer número era la tríada. Y a Afrodita se le ofrendaba un sacrificio el sexto día, porque este número era el primero que participaba de toda la esencia del número y, cuanto de cualquier modo divide, por igual toma el poder de lo sustraído y del resto. Y a Heracles había que ofrendarle sacrificios en el octavo día del inicio de mes, considerando su origen sietemesino.

Dice también que hay que entrar en un templo con un [153] vestido limpio en el que no se haya dormido, porque el sueño, lo negro y lo rojo representan un testimonio de pereza, mientras que la limpieza es una prueba de equilibrio en los razonamientos y en la justicia. Ordena igualmente que, si en un templo se produce un homicidio involuntario, se haga una lustración en un recipiente de oro o con agua de mar, porque con el primero, que es también el más hermoso de todas las cosas existentes, se establece como una medida de valoración. Dice también que no se debe dar a luz en un templo, porque no es conforme con la ley sagrada que la divinidad del alma se encadene a un cuerpo en un lugar sagrado.

[154] Ordena también que en una festividad no se cortaran el pelo ni las uñas, por entender que nuestro incremento de intereses no debía abandonar la jerarquía de los dioses. Dice igualmente que en un templo no se maten piojos, porque consideraba que la divinidad no debía participar en cosa alguna superflua y defectuosa. Y dice que honraran a los dioses con cedro, laurel, ciprés, encina y mirto, y que ninguna parte del cuerpo se purificara con éstos, ni que se limpiaran los dientes con ellos, pues pensaba que ésta era la primera generación de la naturaleza húmeda y el sustento de la materia primera y común. Pide también que no asen lo que haya sido cocido, aduciendo que la mansedumbre no precisa de cólera. No permitía que incineraran los cuerpos de los fallecidos, de acuerdo con los magos, porque no quería que lo mortal participara de elemento alguno divino.

[155] Consideraba conforme a la ley sagrada acompañar a los difuntos con vestiduras blancas, significando misteriosamente la naturaleza sencilla y primera de acuerdo con el número y el origen de todas las cosas. Más que todo, recomienda efectuar un buen juramento, pues el futuro es lejano, pero nada hay lejano para los dioses. Y dice que es mucho más sagrado ser objeto de una injusticia que dar muerte a un ser humano (porque en el Hades existe un juicio), considerando las naturalezas concernientes al alma y a su esencia que es la primera de todo lo que existe. Y ordena que no se debía construir un ataúd de madera de ciprés porque el cetro de Zeus era de ciprés o bien por alguna otra razón de ritual mistérico. Igualmente, ordenaba que hicieran libaciones antes de la comida a Zeus salvador, a Heracles y a los Dioscuros, celebrando a Zeus como autor y propulsor de la alimentación, a Heracles [y], fuerza de la naturaleza, y a los Dioscuros, armonía universal.

Afirma que no se debe efectuar una libación con los ojos [156] cerrados, porque ninguna cosa bella implica vergüenza o pudor. Y cuando tronaba, ordenaba tocar la tierra, acordándonos del linaje de los seres. Manda entrar a los templos por la parte derecha, y salir por la izquierda, al considerar la derecha como principio de lo que se denomina número impar y como elemento divino, y la izquierda como símbolo del número par y divisible. Tal se dice que fue su modo de ejercitar la piedad, y en cuanto a lo demás que hemos omitido sobre este aspecto, es posible comprobarlo por lo que se ha dicho, de manera que sobre esto dejo ya de hablar.

Sobre su sabiduría, para decirlo simplemente, sean su [157] [ 29 ] más grande testimonio los recuerdos que escribieron los pitagóricos, que contienen la verdad sobre todo, y son precisos en cada aspecto, pero especialmente dan la impresión de una pátina arcaica y antigua, como si se tratara de una vellosidad intocable, y agudamente plantean reflexiones con sabiduría divina; recuerdos llenos y apretados de pensamientos, abigarrados y especialmente multiformes por su apariencia y materia, y al mismo tiempo excepcionalmente sencillos por su exposición simple, con una demostración inteligente y plena, muy particularmente llenos de hechos evidentes e indudables, y lo que se denomina argumento deductivo, si uno se encamina a ellos por el sendero adecuado, actuando con sencillez y sin artificios. Estos antecedentes, pues, constituyen la ciencia que Pitágoras nos transmite sobre los inteligibles y sobre los dioses.

A continuación, explica toda la teoría de la naturaleza. [158] Perfecciona la ética y la lógica, y proporciona toda clase de teorías matemáticas y los mejores saberes, y todo lo que enteramente formó parte del conocimiento humano sobre cualquier tema ha sido contrastado en estos escritos. Si realmente se acepta que unos temas de Pitágoras pertenecen a los escritos que actualmente circulan entre nosotros y que otros se han redactado a partir de lo que a él se le oyó, y a causa de esto ni siquiera los aprobaron como suyos propios, sino que se los atribuyeron a Pitágoras como si realmente fueran suyos, resulta evidente por todo esto que Pitágoras era manifiestamente un conocedor de toda la sabiduría. Dicen que se había dedicado ampliamente a la geometría. En efecto, entre los egipcios existen muchos planteamientos de temas de geometría, porque desde antiguo, a causa de las crecidas y bajadas del Nilo, los científicos egipcios, por inspiración de los dioses, tuvieron la necesidad de medir toda la tierra que cultivaban, por lo que esta acción ha sido llamada geometría. Pero tampoco se ha llevado a cabo por ellos de pasada la especulación de los fenómenos celestes, en la cual también Pitágoras fue un consumado experto. Por supuesto, toda la teoría sobre las líneas parece depender de los egipcios. En cambio, dicen que la investigación del cálculo y de los números es un hallazgo de los fenicios. Porque la especulación de los fenómenos celestes ha sido atribuida por algunos, por igual, a egipcios y a caldeos.

[159] Dicen que Pitágoras, adoptando y promocionando todo esto, promovió los saberes y los expuso por igual, diestra y cuidadosamente, a sus discípulos.

En consecuencia, fue el primero que dio nombre a la filosofía 127 y que dijo que era un deseo y una especie de amor por la sabiduría, y que la sabiduría era la ciencia de la verdad de los seres. Concebía y denominaba a los seres como inmateriales, eternos y únicamente activos, es decir, incorpóreos; y, por otra parte, los que reciben el mismo nombre, por su participación en la realidad del ser, son llamados del mismo modo formas corpóreas, materiales, engendradas, caducas, y jamás son seres. La sabiduría es la ciencia de los seres propiamente dichos, pero no es de los que reciben el mismo nombre, puesto que lo corpóreo no es científico ni comporta un conocimiento seguro, al ser infinito e incomprensible, y como está distanciado de los universales, tampoco puede circunscribirse claramente a una definición.

Pero de lo que es incomprensible por naturaleza tampoco [160] es posible concebir conocimiento alguno. Ciertamente, no es verosímil que haya un deseo de un conocimiento que no esté subyacente, sino que, antes bien, este deseo es el que versa sobre los seres reales y que mantienen su identidad de un modo constante y que se acomodan a la calificación de seres, porque incluso sucede que, por la comprensión de éstos, también se produce a continuación el conocimiento de los seres del mismo nombre, pero sin una intención meticulosa, tal como al conocimiento de lo universal, sigue el conocimiento de lo particular. Arquitas 128 dice: «Por supuesto, reflexionando bien sobre los universales también se está en condiciones de ver bien la realidad de los particulares». Las cosas existentes no son únicas, ni singulares ni simples, sino que al momento se ven variadas y multiformes; y son inteligibles e incorpóreas, con la denominación de seres, y corpóreas y perceptibles, que ciertamente se relacionan, por su participación, con la existencia real.

Sobre todos estos hechos transmitió los conocimientos [161] más apropiados y no dejó nada sin investigar. También legó a la humanidad ciencias comunes, como la demostración, la definición y la distinción, según se puede saber por las anotaciones pitagóricas. Solía utilizar para sus amigos, por medio de expresiones muy concisas, una exposición variada y amplia, de un modo simbólico, tal como Apolo Pitio, valiéndose de ciertas expresiones de oráculos manuales o la propia naturaleza por medio de sus semillas, pequeñas por su tamaño, presentan una abundancia, inacabada y difícil de entender, de pensamientos y hechos consumados.

[162] Tal es la sentencia del propio Pitágoras:

El principio es la mitad del todo .

Pero no sólo en el presente hemistiquio, sino en otros semejantes el muy divino Pitágoras ocultaba el ardor de la verdad a los que eran capaces de inflamarse, enriqueciéndolos, mediante una expresión breve, con una declaración ilimitada y plena de ciencia, como la de que

todo corresponde al número

lo que sin duda proclamó repetidamente para todos o, a su vez, aquello de que «Amistad es igualdad, [igualdad] 129 o bien en la denominación de «universo» o, por supuesto, en la de «filosofía», o también en la de «esencia», o en la del [famoso] 130 tetraktýs . Todas estas realizaciones y creaciones, y otras semejantes, las ideó para utilidad y encauzamiento de los que con él convivían y, de este modo, eran respetadas y recibían honores divinos de los que las comprendían, de manera que entre sus discípulos fueron utilizadas como fórmula de juramento 131 :

No, por el que ha dado el «tetraktýs» a nuestra generación,

fuente que posee las raíces de una naturaleza eterna .

Tan admirable era esta forma de su sabiduría.

Dicen que los pitagóricos, entre las ciencias, honraban [163] especialmente la música, la medicina y la mántica. Eran silenciosos y propensos a escuchar, y entre ellos era especialmente alabado el que era capaz de escuchar. De la medicina particularmente aceptaban la especialidad de la dietética y en esto solían ser muy rigurosos. En primer lugar, intentaban averiguar los indicadores de un equilibrio en la bebida, la alimentación y el descanso; en segundo lugar, sobre la preparación de los alimentos, casi fueron los primeros que se dedicaron a practicarla y a regularla. De las cataplasmas hacían los pitagóricos un uso mucho más frecuente que sus predecesores; en cuanto a las medicinas, las estimaban en menos. De ellas usaban especialmente las que estaban indicadas contra las úlceras. Y lo que menos aceptaban de todo era la cirugía y la cauterización.

Empleaban también encantamientos contra algunas enfermedades. [164] Consideraban igualmente que la música contribuía en gran medida a la salud, si se empleaba de un modo adecuado. Usaban también una selección de versos de Homero y Hesíodo para enderezar el alma.

Creían que era necesario retener y preservar en la memoria todo lo que se había enseñado y explicado, y que las enseñanzas y doctrinas se adquieren en la medida en que se es capaz de recibir la facultad de aprender y recordar, puesto que ésta es con la que se debe ejercer el conocimiento y en lo que se preserva la facultad de conocer. Honraban, pues, en gran medida la memoria, y la ejercitaban y cuidaban mucho y, en su aprendizaje, no dejaban lo que estaban aprendiendo, hasta que consolidaban firmemente sus fundamentos básicos y recordaban cada día lo que se les había explicado realizándolo del siguiente modo.

[165] Un pitagórico no se levantaba del lecho hasta recordar lo que había sucedido el día anterior. Y el recuerdo lo llevaba a cabo de la siguiente manera: intentaba retener en su mente, en primer lugar, lo que había dicho o había escuchado o había ordenado a los de la casa cuando se levantó; también eso mismo, en segundo lugar y en tercer lugar. Y en lo que respecta al período de tiempo siguiente, del mismo modo. Y, a su vez, al salir, la primera persona con la que se había encontrado, la segunda y la tercera; y la primera conversación que había mantenido, la segunda y la tercera. Y así con todo lo demás. Pues intentaban retener en la mente todo lo sucedido en un día entero, proponiéndose recordarlo en el mismo orden en que cada uno de los acontecimientos había ocurrido. Y si, al despertar, contaba con más tiempo libre, también intentaba recordar lo que había sucedido dos días antes.

[166] Y en gran medida trataban de ejercitar la memoria, pues no hay nada tan importante para la ciencia, la experiencia y la inteligencia como la facultad de poder recordar.

Como consecuencia de estos hábitos, sucedió que toda Italia se llenó de filósofos y, siendo con anterioridad una región desconocida, después, gracias a Pitágoras, fue denominada Magna Grecia, y entre ellos hubo muchísimos filósofos, poetas y legisladores. En efecto, aconteció que el arte retórica, los discursos epidícticos y las leyes escritas se introdujeron en Grecia desde aquel territorio; y sobre las teorías físicas, cuantos han hecho alguna referencia de ellas aluden en primer lugar a Empédocles y a Parménides de Elea; y los que quieren reflexionar sobre aspectos de la vida, presentan los pensamientos de Epicarmo 132 , y casi todos los filósofos los conocen de memoria. Pues bien, sobre su sabiduría y el modo en que indujo, de un modo intenso, a todas las gentes a ella, de acuerdo con las posibilidades de participación de cada uno, y la manera perfecta en que la transmitió, sea suficiente lo expuesto por nosotros.

En cuanto a la justicia, comprenderíamos mejor el modo [167] [ 30 ] en que la practicó y transmitió a los hombres, si la consideráramos desde su origen y desde los motivos que la han generado y analizáramos la primera causa de injusticia. Descubriríamos entonces cómo se guardó de ésta y cómo procuró que la justicia prosperara. El origen, pues, de la justicia consiste en que todos, en comunidad e igualdad, compartan sentimientos como si se tratara de un solo cuerpo y una sola alma, y en que lo mío y lo ajeno signifiquen lo mismo, como también lo atestigua Platón 133 , que lo aprendió de los pitagóricos.

Entre los hombres, pues, dispuso esto de la mejor manera: [168] erradicó de las costumbres toda propiedad individual y extendió el sentido comunitario hasta las últimas posesiones, que son motivo de discordia y desorden. En efecto, todos tenían los mismos bienes en común y ninguno poseía ninguna propiedad particular 134 . Y si alguno se encontraba satisfecho en la comunidad, usaba los bienes comunitarios del modo más justo, pero si no era así, podía retirar su propia hacienda y más de lo que había aportado a la comunidad y se retiraba. Así estableció la justicia del mejor modo posible, partiendo de un principio primordial. Después de esto, ciertamente la relación de familiaridad con el género humano introduce la justicia; el desdén y el desprecio del linaje común produce la injusticia. Queriendo, en consecuencia, infundir este sentido de relación familiar profundamente entre los hombres, lo estableció también respecto a los seres vivos emparentados, ordenándoles que los consideraran como propios y amigos, de manera que no los maltrataran, y no los sacrificaran ni se los comieran.

[169] Dado que los animales están constituidos de los mismos elementos que nosotros y participan también de una vida común, estableció una íntima relación entre los hombres y ellos, y tanto más propició esta relación familiar cuanto que tienen en común un alma semejante y racional. Partiendo de ésta es evidente que introdujo una justicia que partía de un principio muy importante. Pero puesto que a muchos alguna vez también la falta de dinero los fuerza a cometer un acción contra la justicia, previó igualmente esto, al procurarse, por medio de la economía, en cantidad suficiente, unos recursos generosos y justos. En general, el buen principio de economía doméstica es la disposición de todo buen orden en las ciudades, porque las ciudades constan de viviendas.

[170] Dicen igualmente que el propio Pitágoras heredó los bienes de Alceo, que perdió su vida después de su embajada en Lacedemonia, y que fue admirado no menos por su administración que por su filosofía. Estaba casado, tuvo una hija (que después se casó con Menón de Crotona) y la educó de tal modo, que, siendo doncella, se hizo cargo de la dirección de los coros y, de casada, fue la primera mujer que se acercó a los altares. Los metapontinos, que conservaban todavía en su memoria a Pitágoras, cuando ya no vivía entre ellos, consagraron su casa como templo de Deméter, y la callejuela en que se encontraba, como templo de las Musas.

Además, con frecuencia la soberbia, la molicie y el desprecio [171] de las leyes contribuyen a la injusticia; a consecuencia de ello, ordenó Pitágoras que todos los días prestaran su ayuda a la ley y combatieran la ilegalidad. Por ello igualmente, estableció esta distinción: el primero de los males que suele presentarse en las viviendas y las ciudades es la denominada molicie; el segundo, la soberbia y, el tercero, el lujo. En consecuencia, 〈ordenó〉 135 que se abstuvieran y rechazaran siempre la molicie y se acostumbraran desde su nacimiento a un genero de vida moderado y viril y se liberaran de toda maledicencia insultante, pendenciera, injuriosa, vulgar y bufonesca.

Por ello, estableció otra clase de justicia mucho más noble, [172] de una estructura legal, que ordena lo que se debe hacer y prohíbe lo que no está permitido hacer y que incluso está por encima de la que se encuentra en un contexto judicial. Pues la una se parece a la ciencia médica y cuida a los que están enfermos; la otra ni siquiera al principio 〈permite〉 136 que se enferme, sino que, desde siempre, se preocupa de la salud del alma. Siendo esto así, los mejores legisladores de todos fueron los prosélitos de Pitágoras, en primer lugar Carondas de Catania y, en segundo lugar, Zaleuco y Timarato, que redactaron las leyes de los locrios. Después de éstos, Teeteto, Helicaón, Aristócrates y Fitio que fueron los legisladores de Regio 137 . Y todos ellos fueron honrados como dioses por sus conciudadanos.

[173] En efecto, no se pusieron a redactar sus leyes, como Heráclito dijo que legislaría para los efesios, cuando ordenó que los ciudadanos fueran ahorcados en su juventud, sino con mucha reflexión y ciencia política. Y ¿por qué es necesario admirarse de éstos, que participaron de una educación y formación propia de un hombre libre? En efecto, Zamolxis 138 , oriundo de Tracia, que fue criado de Pitágoras y escuchó sus lecciones, obtuvo la libertad; se presentó a los getas y les fijó sus leyes, como hemos expuesto en un principio, e incitó a los ciudadanos al valor, convenciéndolos de que su alma era inmortal. Incluso hoy día todos los gálatas, los trales y muchos bárbaros convencen a sus hijos de que el alma no perece, sino que persiste, cuando han fallecido; igualmente de que no hay que temer a la muerte, sino que hay que hacer frente a los peligros resueltamente. Ésta fue la educación que impartió a los getas; además, les redactó sus leyes y entre ellos figura como el más grande de los dioses

[174] Concibió, además, que lo más efectivo para el establecimiento de la justicia era la jerarquía de los dioses, y partiendo de aquella, desde su origen, estableció la constitución, las leyes, la justicia y el derecho. Merece la pena añadir cómo lo definió al detalle. Los pitagóricos, que lo aprendieron de él, consideraron que era útil reflexionar sobre lo divino, es decir, cómo es y cómo se encuentra respecto al género humano, de manera que le dirige sus miradas y lo aprecia. Necesitamos, en efecto, de tal autoridad, contra la que no pretenderemos rebelarnos en absoluto. Tal es ella, de origen divino, si es que la divinidad es digna de ostentar toda clase de jerarquía, porque afirmaron (y lo decían con razón) que el ser vivo era soberbio por naturaleza y variado por sus impulsos, por sus deseos y por el resto de sus pasiones. Necesitamos, en consecuencia, de tal superioridad y supervisión, de la que surge la moderación y el orden.

Pensaban que era necesario que cada uno por sí, comprendiendo [175] la complejidad de su naturaleza, jamás olvidara la piedad y devoción a la divinidad, sino que siempre tuvieran presente en su pensamiento que ella dirigía sus miradas y vigilaba la conducta humana. Tras la condición divina y demónica, hay que prestar muchísima atención a los padres y a la ley, y quedar en una postura de obediencia a éstos, no de un modo ficticio, sino por convencimiento. Creían, en general, que era necesario considerar que no existía mayor desgracia que la anarquía, porque el hombre no estaba dotado por naturaleza para salvarse, si no hay quien lo gobierne.

Aquellos hombres estimaban que debían permanecer en [176] las costumbres y normas tradicionales, aunque fueran un poco peores que otras. En efecto, el repentino abandono de las leyes existentes y la adopción de novedades en modo alguno era útil ni saludable. Llevó a cabo, pues, otras muchas obras de piedad para con los dioses, demostrando que su vida estaba en consonancia con sus palabras. Vale la pena acordarse de una sola que puede también aclarar otras

Mencionaré las palabras que pronunció Pitágoras y su [177] actuación ante la embajada que, procedente de Síbaris, se presentó en Crotona a reclamar a los desterrados. En efecto, algunos de sus discípulos fueron eliminados por los que habían venido como embajadores; de éstos, uno era un asesino y otro hijo de uno, fallecido ya de muerte natural, que había participado en la revuelta ciudadana. Como los habitantes de Crotona aún no sabían cómo debían actuar, Pitágoras dijo a sus discípulos que no quería que los crotoniatas disintieran grandemente de él y, puesto que no aprobaba que llevaran víctimas a los altares, tampoco aprobaba que retiraran a la fuerza de los altares a los suplicantes 139 . Los de Síbaris se le acercaron y se lo reprocharon, y él le dijo al asesino, que trataba de dar cuenta de los reproches, que no le daba ningún oráculo. Por esto lo acusaron de andar diciendo que era Apolo y con anterioridad, con motivo de una investigación, a uno que le preguntó, «¿Por qué esto es así?», le preguntó a su vez, al que le inquiría, si también pretendía que Apolo, cuando pronunciaba sus oráculos, debía dar su justificación.

[178] Y a otro que, en su opinión, se reía de las charlas en las que Pitágoras revelaba que había un regreso para las almas, y que le andaba diciendo que le daría una misiva para su padre, cuando Pitágoras fuera a descender al Hades y le pedía que le trajera otra, a su vez, cuando regresara de estar junto a su padre, le dijo que no pensaba acercarse al lugar de los impíos, donde claramente sabía que recibían su castigo los asesinos. Los embajadores lo insultaron, pero él avanzó hasta el mar y se purificó acompañado de un gentío. Uno de los miembros del consejo de Crotona, después de haber denunciado otros temas de los embajadores, dijo que incluso cometieron la locura de atacar a Pitágoras, a quien no se atrevería a infamar ninguno de los seres vivos, aunque todos los seres animados estuvieran dotados de voz como los hombres, tal como nos lo han transmitido las fábulas, si nos remontamos a las primeras épocas.

[179] Encontró también otro sistema de apartar a los hombres de la injusticia, por medio del juicio de las almas, sabedor, por una parte, de que éste era un dicho verdadero y, por otra, de que era útil para infundir aversión a la injusticia. Proclamaba que debía preferirse ser objeto de una injusticia a dar muerte a un ser humano (pues en el Hades está establecido el juicio), por consideración al alma, a su esencia y a la naturaleza primaria de los seres. Además, una vez que quería demostrar cómo se debe asumir el ejercicio de una justicia igualitaria y moderada en la desigualdad, asimetría e infinitud, dijo que la justicia se asemejaba a aquella figura geométrica, que solamente posee un número ilimitado de combinaciones de líneas, dispuestas de un modo desigual entre sí, pero contienen idénticas demostraciones de significado.

Pero dado que también existe una especie de justicia en [180] la relación con el prójimo, se dice igualmente que fue transmitida por los pitagóricos una cierta normativa de ella.En efecto, existía en las relaciones una oportunidad y una inoportunidad, y se establecía una distinción por la diferencia de edad, de categoría, de vínculo familiar, de servicio prestado y de cualquier otro aspecto diferencial que se diera entre unos y otros. Pues existe una forma de conversación que no parece ser inoportuna entre un joven y otro, pero sí lo es con una persona mayor. Pues no es 〈inoportuna〉 140 toda forma de cólera, de amenaza, ni de valentía, pero hay que cuidarse de toda inconveniencia de este tipo entre un joven y una persona mayor. Y se da también un razonamiento semejante sobre la categoría social.

Respecto a una persona que ha llegado a una auténtica [181] categoría de honestidad probada, no es correcto ni oportuno tratarla con la franqueza de expresión de antes ni con el resto de inconveniencias que se acaban de mencionar. De un modo parecido a éste, hablaba de la conversación con los padres, así como de la conversación con los benefactores. Variado y multiforme es el uso de la oportunidad. En efecto, entre los que están irritados y encolerizados unos lo hacen en su momento oportuno; otros, no. A su vez, entre los que aspiran, desean o se mueven hacia cualquier objetivo, unos encuentran el momento oportuno de seguir ese impulso y otros no. La misma justificación se da para otras pasiones, actividades, estados de ánimo, conversaciones y encuentros.

[182] Y hasta cierto punto, la oportunidad se puede enseñar, es racional y susceptible de una especulación teórica, pero, en general, y sin más ninguno de estos aspectos le atañen. Y a la naturaleza de la oportunidad le siguen, casi como si fueran sus acompañantes, el denominado momento oportuno, el decoro, la correspondencia y cualquier otra cosa de ese estilo. Manifestaron que en todo asunto el principio era una única cosa muy valiosa por igual, en la ciencia, en la experiencia y en la generación, y a su vez también en una familia, en una ciudad, en un ejército y en todas las instituciones de ese tipo, pero la naturaleza del principio es difícil percibirla y contemplarla en todo lo que se ha dicho. En efecto, en las ciencias no es propio del pensamiento normal la comprensión y el juicio correcto del principio cuando se repara en las partes del tema en cuestión.

[183] Gran diferencia y riesgo hay, en general en casi todo, si el principio no se capta correctamente, porque, para decirlo simplemente, nada sano hay, en lo que viene a continuación, si se desconoce el auténtico principio. Y el mismo razonamiento se da también sobre el otro principio 141 . En efecto, jamás se puede regir bien una familia, ni una ciudad, si no existe un verdadero jefe que ejerza su mando y autoridad con una aceptación voluntaria. Pues es necesario que exista una jefatura de ambas instituciones libremente aceptada, esto es, del gobernante y de los gobernados por igual. Del mismo modo también, afirmaban que las enseñanzas bien fundadas debían tener un carácter voluntario, por ambas partes, por el docente y el discente, porque si alguna de las partes mencionadas se oponía, jamás podría llevarse a término adecuadamente la acción propuesta. Pues bien, de este modo estimaba que era bello obedecer a los gobernantes y prestar atención a los maestros. Y ofrecía, por medio de hechos, la siguiente prueba muy significativa.

Se trasladó de Italia a Delos junto a Ferecides de Siro, [184] que había sido su maestro, para cuidarle de la afección que había contraído, conocida por pediculosis, y para darle sepultura. Permaneció junto a él hasta su muerte y cumplió con el ritual fúnebre con su maestro 142 . En tan alto grado estimaba la atención para con su maestro.

Respecto a los pactos y a mantener la fidelidad en ellos, [185] preparaba Pitágoras tan bien a sus discípulos, que dicen que en una ocasión Lisis, después de haber efectuado un acto piadoso en el templo de Hera, se encontró cuando salía con Eurífamo, un amigo suyo de Siracusa que entraba por los propíleos del templo de la diosa. Eurífamo le pidió que lo esperara hasta que saliera, después de haber venerado a la diosa, y Lisis se sentó en un asiento de piedra que se levantaba allí. Pero cuando Eurífamo había ya concluido su adoración a la diosa, se ensimismó en un determinado pensamiento de una reflexión muy profunda y salió por otra puerta, olvidándose de aquél. Y Lisis se quedó allí como estaba, sin moverse, el resto del día, la noche e incluso la mayor parte del día siguiente. Y habría pasado mucho más tiempo allí, si Eurífamo, que se encontraba precisamente al día siguiente en el lugar habitual de reunión, no hubiera oído que sus amigos andaban buscando a Lisis y se hubiera acordado. Se fue y se trajo a su amigo, que todavía aguardaba en el asiento; de acuerdo con lo convenido, exponiéndole el motivo de su olvido y añadió: «Alguna divinidad me provocó este olvido, para que fuera una prueba fehaciente de tu firmeza en los acuerdos».

[186] También legisló Pitágoras la abstinencia de los seres animados, entre otras razones, porque también este hábito proporciona la paz. Porque al estar acostumbrados a repudiar el sacrificio de seres vivos como ilegal y contrario a la naturaleza, mucho más ilegal consideraban dar muerte a un ser humano y ya no hacían la guerra. La guerra es corego y legisladora de muertes, porque con ellas forma cuerpo. E igualmente, el «no sobrepasar el fiel de la balanza» es una exhortación a la justicia que prescribe practicar todo lo justo, como se mostrará en Sobre los símbolos 143 . Pitágoras, por supuesto, lo ha dejado de manifiesto a través de todo esto, al esforzarse grandemente por el ejercicio de la justicia y su transmisión a los hombres, tanto en sus obras como en sus palabras.

[ 31 ] [187] Al estudio de estos temas sigue el estudio de la templanza, esto es, cómo la practicó y transmitió a los que de ella hicieron uso. Se han mencionado ya los preceptos comunes sobre ella, en los cuales se ordena eliminar todo lo desproporcionado a fuego y espada. Pertenece a este esquema la abstinencia de todos los seres vivos y, además, de determinados alimentos que puedan provocar el desenfreno. Y es usual presentar alimentos apetitosos y costosos en los banquetes y retirarlos para los sirvientes, pues se presentan para castigar sólo los deseos, y ninguna mujer libre debe llevar oro; sólo las heteras. También pertenece a este mismo esquema la práctica de la vigilancia del pensamiento y la transparencia de lo que lo obstaculiza.

Incluso la contención verbal y el silencio completo que [188] se practica para gobernar la lengua. Y la continua e incansable asunción y examen de los más incomprensibles estudios teóricos. El mismo objetivo buscaba la prohibición del vino, la frugalidad en la comida y la brevedad en el sueño; el rechazo espontáneo de la fama, la riqueza y de otras apetencias por el estilo, el respeto sincero a los mayores, la igualdad y afabilidad sin ficción con los semejantes, una complacencia y predisposición con los jóvenes sin envidia, y todo cuanto en este orden de cosas podrá determinarse como conducente a la propia virtud.

Y por lo que cuentan Hipóboto y Neantes 144 sobre los [189] pitagóricos Milias y Timica, se puede comprender la templanza de aquellos varones y el modo en que la transmitió Pitágoras. En efecto, dicen que el tirano Dionisio, a pesar de todo lo que se esforzó, no consiguió la amistad de ninguno de ellos, porque se cuidaban de evitar su gobierno personalista e ilegal. Y envió un destacamento de treinta hombres, al mando de Eurímenes de Siracusa, hermano de Dión, para que observara el paso habitual de pitagóricos que temporalmente tenía lugar de Tarento a Metaponto. Se adaptaban, en efecto, a los cambios de estaciones y elegían los lugares apropiados para ello.

[190] En Fanas, lugar fragoso de Tarento, por el que forzosamente tenían que pasar los pitagóricos, apostó Eurímenes a su gente en emboscada. Y cuando, sin sospecha alguna, llegaron los hombres al lugar, hacia el mediodía, los soldados se lanzaron vilmente contra ellos dando gritos. Se inquietaron los pitagóricos prudentemente por el repentino ataque y por el número en sí de atacantes (pues todos ellos eran, a lo sumo, diez) y en la idea de que, al hacer frente sin armas a gentes pertrechadas de diversa manera, iban a ser apresados, decidieron que su salvación estaba en la huida a la carrera, considerando que esto no estaba en contradicción con la virtud, porque sabían que el valor es el conocimiento de lo que se debe evitar y de lo que se debe aguantar, de acuerdo con lo que el recto juicio sugiera.

[191] Y casi lo consiguieron (pues los hombres de Eurímenes, impedidos por sus armas, se quedaban atrás en la persecución), si no hubieran dado, en su huida, con un campo sembrado de habas de considerable tamaño. Y por no transgredir el precepto que ordenaba no tocar las habas, se quedaron parados, y por necesidad se defendieron de sus perseguidores, en la medida en que cada uno pudo, con piedras, con palos y con lo que tuvieron a mano, hasta que algunos de ellos perecieron y otros quedaron heridos. Verdaderamente, todos perecieron a manos de los lanceros y ninguno, en absoluto, fue apresado vivo, sino que prefirieron la muerte, de acuerdo con los preceptos de la secta.

[192] Eurímenes y sus acompañantes se encontraron en una grande y desafortunada confusión, ante la idea de no llevar siquiera uno solo vivo a Dionisio, que los había movilizado para este único objetivo. Así que amontonaron tierra sobre los que habían caído, en un monumento fúnebre común en ese lugar, y se volvieron. Después les salió al encuentro Milias de Crotona y Timica de Lacedemonia, su esposa, que se habían retrasado del grupo, porque Timica, que estaba encinta, se encontraba ya cumplida y, por esa razón, caminaba lentamente. Por supuesto, contentos, los apresaron y llevaron ante el tirano, preservándolos con todo cuidado y atención.

Éste, cuando se enteró de lo sucedido, manifestó una [193] gran contrariedad: «Desde luego vosotros», dijo, «por encima de todos, conseguiréis de mí un merecido aprecio, si queréis colaborar conmigo en el gobierno». Pero al renunciar Milias y Timica a todo lo que les había ofrecido, dijo:«Si me enseñáis una sola cosa, os iréis a salvo con una escolta apropiada». Cuando Milias le preguntó qué era lo que deseaba saber, Dionisio respondió: «¿Por qué motivo prefirieron tus compañeros morir a pisar las habas?». Y Milias inmediatamente dijo: «Ellos decidieron morir, para no pisar las habas; yo, en cambio, prefiero pisar las habas, para no decirte el motivo de ello».

Dionisio quedó impresionado y ordenó que se llevaran a [194] Milias a la fuerza, y mandó también que sometieran a tormento a Timica (pues pensaba que una mujer encinta y aislada de su marido, hablaría fácilmente por miedo a la tortura); ella, sin embargo, mujer de noble condición, haciendo rechinar los dientes sobre su lengua, se la cortó y se la escupió al tirano, con lo que hizo ver que, aunque el sexo femenino, vencido por la tortura, fuera obligado a descubrir algún secreto, lo que servía a ellos quedaba completamente cercenado por ella. Así manifestaban su oposición a las amistades con los de fuera, aunque se tratara de personas de condición real.

Parecidos a éstos, también había preceptos sobre el silencio, [195] conducentes al ejercicio de la templanza, porque la contención de la lengua es el más difícil de todos los controles. Con tal virtud persuadieron a los crotoniatas de que se abstuvieran de relaciones ilegítimas y adúlteras con cortesanas. También se incluye aquí el poder corrector de la música, por el que inclinó a la templanza a un muchacho, perturbado por el deseo amoroso; igualmente, la exhortación que aparta de la soberbia atañe a la misma virtud.

[196] Pitágoras transmitió a sus seguidores estas recomendaciones, de las que él mismo era responsable. En efecto, ellos procuraron que sus cuerpos se mantuvieran 〈siempre〉 145 idénticos, y no flacos, en unas ocasiones, y gordos, en otras, pues pensaban que era síntoma de una vida irregular. Pero igualmente también consideraban, en el ámbito del pensamiento, que no podían estar unas veces contentos y otras deprimidos, sino alegres en medio de una tranquilidad constante. Rechazaban los arrebatos de cólera, los desánimos y los desequilibrios, y tenían la norma de que ninguno de los acontecimientos humanos debía ser inesperado para las personas juiciosas, sino que se debía esperar todo aquello que no está bajo su control. Pero si alguna vez les surgían arrebatos de cólera, aflicción u otra contrariedad de esa índole, se quitaban de en medio y, reconcentrándose cada uno en sí, intentaba digerir y curar su afección.

[197] También se dice de los pitagóricos que ninguno de ellos, en estado de cólera, castigó a un criado ni reprendió a un hombre libre, sino que cada uno aguardaba la recuperación de su mente (a reprender lo denominaban «corregir» 146 ). En efecto, esperaban en medio del silencio y la tranquilidad. Espíntaro 147 contó muchas veces de Arquitas de Tarento que, después de cierto tiempo, regresó a su finca, después de haber participado en la campaña que emprendió su ciudad contra los mesapios 148 , y cuando vio que el capataz y los otros servidores no realizaban bien las labores agrícolas, sino que se hallaban sumidos en una total negligencia, montó en cólera y cogió tal irritación, en la medida en que en él era posible, que les dijo dirigiéndose a los criados, según parece: «Buena suerte tenéis de que me halla irritado contra vosotros, porque si esto no hubiera sucedido, jamás habríais quedado impunes los que habéis cometido tamaña falta».

También refirió que se decía algo por el estilo de Clinias. [198] En efecto, aquél aplazaba todas las reprensiones y castigos hasta el restablecimiento de su mente. Estos hombres se abstenían de lamentaciones, lágrimas y de toda manifestación de esa índole y no era motivo de disensión el lucro, el deseo, la cólera, la ambición ni ningún otro afecto por el estilo, sino que todos los pitagóricos debían adoptar tal actitud entre sí, como la que debía mantener un buen padre para con sus hijos.

Bello es atribuirlo y otorgarlo todo a Pitágoras, sin que consiguiera gloria alguna propia por sus descubrimientos, salvo en alguna rara ocasión; son muy pocos, en efecto, los pitagóricos de los que se conocen escritos suyos.

También causa asombro el rigor de su reserva. En efecto, [199] en el transcurso de tantos años, no ha habido ningún escrito pitagórico, antes de la época de Filolao. Éste fue el primero que publicó esos tres conocidos libros, que se dice compró Dión de Siracusa por cien minas por sugerencia de Platón; se encontraba entonces Filolao sumido en una grande y extrema pobreza, y, dado que éste estaba vinculado a los pitagóricos, por ese motivo había conseguido los libros.

[200] Esto es lo que, se dice, manifestaban los pitagóricos sobre la opinión. Era insensato no sólo sumarse a cualquier opinión y a la de cualquiera, sino también a la de la mayoría de la gente, porque sólo unos pocos tienen la facultad de pensar y opinar correctamente. Y es evidente que esto se da en las personas instruidas, y éstas son pocas. De manera que es manifiesto que tal facultad no puede hacerse extensiva a la mayoría. Pero también es insensato despreciar cualquier juicio y opinión, porque resultará ser un ignorante y desordenado el que mantenga esa actitud. Es necesario igualmente que el que no sabe aprenda lo que ignora y no sabe, y el que aprende se adhiera al juicio y a la opinión del que sabe y puede enseñarle.

[201] En general, decían que los jóvenes que tuvieran la intención de salvarse debían prestar atención a las creencias y opiniones de los mayores que llevaban un modo de vida recto. Y que había determinadas edades distribuidas (de este modo, dicen, se expresaban) en toda la vida humana que no eran fáciles de enlazarlas, porque se encontraban en pugna entre sí, si no se dirige bien y correctamente a la persona desde su nacimiento. En efecto, es necesario que una gran parte de la buena educación en la infancia, de la cordura y de la virilidad se trasmita a la juventud, del mismo modo que también la mayor parte del cuidado a la juventud, de la buena educación, de la virilidad y de la prudencia debe transmitirse a la edad adulta, ya que resulta irregular y ridículo lo que sucede a la mayoría.

[202] Ellos piensan, en efecto, que los que son niños deben ser disciplinados, prudentes y abstenerse de todo lo que parece ser vulgar e indecoroso. En cambio, cuando se hacen jóvenes se les permite, al menos entre la mayoría de las gentes, hacer lo que quieren. Generalmente, en esta edad confluyen ambas clases de errores. En efecto, los jóvenes cometen faltas propias de la infancia y faltas propias de la edad adulta, ya que evitar toda clase de disciplina y orden, por decirlo brevemente, y perseguir toda clase de juego, intemperancia y soberbia pueril es muy propio de la infancia. Así, pues, tal predisposición pasa de esta edad a la siguiente. Y el tipo de deseos intensos, como las ambiciones y como igualmente los demás impulsos y predisposiciones, que corresponden propiamente a una tipología difícil y perturbadora, se mueven desde la edad adulta a la juvenil. Y es por ello por lo que de todas las edades ésta es la que precisa de mayor cuidado.

En general, decían los pitagóricos, jamás se debía permitir [203] que el hombre hiciera lo que quisiera, sino que siempre debía existir una jerarquía y un gobierno legal y honesto, al que cada ciudadano debe obedecer, porque el ser vivo consentido y descuidado se inclina a la maldad y a la perversión. También aseguraban que muchas veces ellos preguntaban y dudaban de por qué motivo acostumbramos a los niños a tomar la comida de una forma ordenada y moderada y les mostramos el orden y la mesura como cosas bellas, pero, en cambio, sus contrarios, el desorden y la desmesura son indecorosos. Por su parte, tanto el bebedor como el glotón son también merecedores de un gran reproche. Pues si nada de esto es útil, cuando llegamos a la edad adulta, es vano habituarnos, cuando somos niños, a este comportamiento. Y el mismo razonamiento se aplica también a otras conductas.

Por otra parte, vemos que no sucede esto con los demás [204] animales que adiestran los hombres, sino que inmediatamente, desde un principio, el perro y el potro se habitúan y aprenden aquello que deberán hacer cuando se hagan adultos. Y en general, se decía, los pitagóricos exhortaban a los que encontraban y a los que se les sumaban a que se precavieran del placer, por encima de cualquier otra cosa que precisara precaución, porque nada nos hace fracasar ni caer en el error como este afecto. Pero en general, según parece, jamás se proponían hacer algo que tuviera como finalidad el placer (pues este objetivo era, en alto grado, indecoroso y nocivo), sino que especialmente realizaban lo que se debía hacer dirigiendo su mirada a lo bello y decoroso y, en segundo lugar, a lo conveniente y provechoso, y esto precisaba de un juicio inusual.

[205] Sobre el denominado deseo corporal aquellos hombres, se dice, manifestaban lo siguiente. Este deseo es un movimiento del alma, un impulso y una aspiración bien del cumplimiento de algo, bien de la consecución de una percepción de determinadas cosas, o bien de una situación sensorial. También se produce el deseo de sus contrarios, por ejemplo, del vaciamiento, de la ausencia y de la falta de sensación. Variado es este afecto y es casi el más multiforme de los que se dan en el ser humano. Y la mayoría de los deseos humanos son adquiridos o creados por los mismos hombres, por lo que este afecto precisa muchísimo cuidado, vigilancia y un ejercicio físico extraordinario. Pues era una tendencia natural de un cuerpo evacuado el deseo de alimento y, a su vez, también era una apetencia natural de un cuerpo ahíto el deseo de evacuación. Y el deseo de un alimento innecesario o de un lujoso vestido y ropa de cama innecesarios, o bien de una vivienda innecesaria, lujosa y recargada, es adquirido. El mismo razonamiento vale sobre el mobiliario, cristalería, sirvientes y cría de animales para consumo.

[206] En general, de los afectos del hombre éste es casi el único que no se fija en parte alguna, sino que progresa hasta el infinito. Por lo cual, desde la niñez, hay que cuidar a los adolescentes, para que deseen lo que deben y se guarden de los deseos vanos e innecesarios, y para que se mantengan imperturbables y limpios de tales apetencias mediante el desprecio de aquellas que lo merecen desprecio y se encuentran vinculadas a los deseos. Especialmente hay que observar que, de los apetitos, los vanos, los perjudiciales, los innecesarios y los soberbios se originan entre aquellos que se mueven en la abundancia. En efecto, nada hay tan absurdo, como para que a ello no tienda el alma de tales niños, hombres y mujeres.

El género humano es muy variopinto en el número de sus [207] deseos, y una prueba evidente es la gama de lo que se le ofrece, porque infinito es el número de frutos e infinito es el número de raíces que éste utiliza. Incluso se consumen carnes de todo tipo, y supone un esfuerzo encontrar qué animal, terrestre, volátil o acuático, no come el hombre. Y para esa finalidad ha ideado todo tipo de especialidades culinarias y sabores de toda clase. Por ello, la especie humana es, probablemente, insensata y multiforme en cuanto a sus conmociones anímicas.

En efecto, cada uno de los alimentos es motivo de una [208] situación particular. Pero los hombres advierten que se originan motivos repentinos de una gran transformación, como, por ejemplo, el vino, porque ingerido en abundancia, hasta cierto punto, los hace más graciosos; después los enloquece y envilece. Pero desconocen los hombres lo que no denota tal poder. Todo lo que se ingiere es motivo de una situación particular. Por lo cual también el comprender y observar la calidad y la cantidad de lo que se debe tomar, para nuestra alimentación, responde a una gran sabiduría. Esta ciencia pertenecía, desde un principio, a Apolo y Peón 149 ; después, a la escuela de Asclepio 150 .

[209] Y sobre la procreación afirmaban que dijeron lo siguiente. En general, creían que era necesario precaverse de lo que se denominaba precocidad (pues ni las plantas ni los animales precoces producen buenos frutos) 〈sino que necesitan hacerse〉 151 durante un cierto tiempo, antes de la maduración, a fin de que las simientes y los frutos nazcan de unos cuerpos en pujanza y desarrollados. Por consiguiente, es necesario educar a los niños y a las muchachas en medio de esfuerzos, con ejercicios físicos y pruebas de resistencia apropiadas, tomando la alimentación adecuada a una vida esforzada, sensata y paciente. Muchas cosas de la vida humana son de tal índole que resultan mejores con el aprendizaje tardío; se incluye en ellas el uso de los placeres.

[210] Por consiguiente, es necesario que el muchacho sea educado de tal forma que no busque las relaciones de ese tipo hasta los veinte años. Y cuando llegue a esa edad debe hacer uso de las relaciones sexuales con parquedad. Y tendrá lugar, si se considera que su salud se aprecia como buena. Pues en una misma persona no concurren ciertamente la intemperancia y la salud. Se dice que también los pitagóricos elogiaban las normas en vigor en las ciudades griegas, tales como la de no mantener relaciones con la madre, la hija o la hermana, ni tampoco en un templo ni en lugar público. Pues era bueno y útil que hubiera el mayor número de impedimentos de esta práctica, pero aquellos hombres, según parece, consideraban que se debían eliminar las procreaciones en contra de la naturaleza y las que tenían lugar con violencia, y dar vía libre, de entre aquellas que se originan de acuerdo con la naturaleza y con prudencia, a las que tienen lugar con el objetivo puesto en una natalidad prudente y legítima.

Sostenían que los que engendraban debían de hacer una [211] gran previsión de sus futuros descendientes. La primera y más importante previsión era la de aplicarse a la procreación, llevando una vida moderada y saludable, sin exceso de alimento, de un modo inoportuno, sin ingerir alimentos que empeorasen el estado de los cuerpos y, por supuesto, sin embriagarse; al contrario, eso lo menos posible. Creían, en efecto, que de un temperamento defectuoso, desequilibrado y perturbado se originaba un semen de mala calidad.

Y, en general, pensaban que era enteramente propio de [212] una persona despreocupada e irreflexiva el hecho de que quien iba a tener un hijo y llevar a alguien al nacimiento y a la existencia, no previera con todo su esfuerzo que la llegada a la existencia y a la vida fuera lo más agradable posible y que, en cambio, los aficionados a los perros se preocupan con todo cuidado de sus crías, mediante la selección correcta de sus padres, el momento apropiado para ello y la situación adecuada de sus progenitores, para que los cachorros sean aptos, al igual que ocurre con los aficionados a los pájaros.

Y es evidente que también el resto de los que se esfuerzan [213] por la cría de animales nobles emplean todo su esfuerzo en que sus crías no nazcan de casualidad. Por su parte, los hombres no se plantean ninguna consideración por su propia descendencia, sino que la engendran a la ligera, al azar, en un momento de improvisación, de cualquier manera y, después de ello, la crían y educan con total despreocupación. En efecto, ésta es la causa más sólida y evidente de la perversión y maldad de la mayoría de los hombres, pues, en la mayor parte de ellos, la procreación es una cuestión de tipo animal que se realiza al azar. Tales directrices y prácticas se llevaban a cabo entre ellos, por medio de palabras y obras dirigidas a la templanza, esto es, los preceptos que habían recibido desde antaño, como una especie de respuestas del oráculo de Delfos, de boca del propio Pitágoras.

[ 32 ] [214] Sobre su valor son ya muchas las cosas que ya se han dicho con propiedad y guardan relación con él, como, por ejemplo, la admirable acción de Timica y la de los que prefirieron morir a transgredir alguno de los preceptos de los pitagóricos sobre las habas y algunas otras prácticas que se dieron de esa naturaleza, que el propio Pitágoras cumplió de una manera digna, cuando viajaba solo por todas partes, afrontando fatigas y peligros difíciles sin cuento, y prefiriendo dejar su patria y pasar su vida en tierras extrañas. Pero ponía fin a las tiranías y restablecía las constituciones que habían sido alteradas; a las ciudades sometidas les concedía la libertad, ponía fin a la ilegalidad y, eliminando la soberbia, ponía fin a los personas agresivas y despóticas. Se ofrecía como guía dócil para los justos y civilizados y, a los hombres broncos y soberbios, los privaba de la convivencia, y prohibía que se les diera respuesta de oráculos; se esforzaba resueltamente a favor de unos y se oponía con todo su vigor a otros.

[215] Se podrían aducir muchos testimonios de esto, y los éxitos que muchas veces obtuvo, pero lo más importante de todo es lo que dijo a Fálaris, con una franqueza irresistible, y lo que hizo. En efecto, cuando fue detenido por Fálaris, el más cruel de los tiranos 152 , se le acercó un varón sensato, del linaje de los hiperbóreos, de nombre Ábaris, que había venido con la única intención de entrevistarse con él. Le planteó unas preguntas de índole muy sagrada sobre las estatuas, sobre el culto y la providencia divinos, sobre los cuerpos celestes, así como sobre los que se mueven alrededor de la tierra, y otras cuestiones por el estilo.

Y Pitágoras le respondió, totalmente inspirado por el [216] dios —así era su esencia—, con toda la verdad y convicción, de tal modo que se ganó a los oyentes. Entonces Fálaris montó en cólera contra Ábaris porque había elogiado a Pitágoras, pero se enfureció también contra el propio Pitágoras, atreviéndose incluso a proferir terribles blasfemias — del calibre que sólo él podía pronunciar— contra los dioses. Pero Ábaris dio por ello las gracias a Pitágoras y, a continuación, aprendió de él que todo depende y se gobierna desde el cielo y, entre otras muchas cosas también, de la eficacia de los sacrificios. Lejos estaba Ábaris de considerar a Pitágoras, que enseñaba estas cosas, un embaucador; al menos él, que lo admiraba sobremanera, como si se tratara de un dios. Respondía Fálaris a esto refutando abiertamente la adivinación y los rituales sagrados.

Pero Ábaris cambió su argumentación pasando de estos [217] temas a los que se manifiestan claramente en todos los ámbitos. Partía de las ayudas de determinados démones y dioses, que nos asisten en situaciones difíciles, tales como guerras de extremo sufrimiento, enfermedades incurables, pérdida de cosechas, epidemias o cualquier otra plaga tan molesta e insoportable, e intentaba persuadir a Fálaris de que existe una providencia divina que sobrepasa toda esperanza y poder humanos. Frente a ello, Fálaris se mostró insolente y arrogante. Por su parte, Pitágoras, ya que sospechaba que Fálaris tramaba su muerte, pero sabedor, sin embargo, de que no era su hado morir a manos de Fálaris, se puso a hablar con toda libertad. Y fijando su vista en Ábaris, dijo: «De un modo natural está fijado que se produzca el paso del cielo al espacio aéreo y terrestre».

[218] E incluso expuso, de un modo comprensible para todos, cómo todo sigue el orden del cielo, y demostró, de un modo incuestionable, la facultad independiente del alma y, siguiendo en su disertación, con toda suficiencia, hizo una exposición sobre la perfecta actividad de la razón y de la mente y, en esta línea, con franqueza, a propósito de la tiranía y de todas sus ventajas ocasionales, de la injusticia y de la ambición humana en general, aleccionó con firmeza sobre la futilidad de todo ello. A continuación, dio un consejo divino sobre la mejor forma de vida y la contrapuso resueltamente como antítesis de la peor; y sobre el alma, sus potencias y sus pasiones, desveló claramente cómo son y, lo más hermoso de todo, demostró que los dioses no son causantes de las desdichas, y que las enfermedades y cuantos padecimientos afectan al cuerpo son el resultado del desenfreno. Y refutó las inexactitudes de los escritores y los poetas en sus mitos. Y reprendió a Fálaris, refutándole sus argumentos y, por medio de hechos, le demostró la índole y alcance del poder del tirano. En cuanto al castigo por conculcar la ley, le proporcionó muchas pruebas del modo en que, sin duda alguna, tiene lugar. Y respecto a la diferencia de los hombres con el resto de los animales, lo demostró claramente, y disertó de un modo científico sobre el razonamiento interno y sobre el que se proyecta hacia fuera, e hizo una completa demostración sobre la mente y sobre el conocimiento que de ella deriva.

[219] Enseñó otros muchos dogmas éticos, relacionados con éstos, muy útiles, que atañen a la calidad de vida, y adecuadamente les asoció consejos concordes con éstos, y añadió prohibiciones de lo que no se debe hacer. Y lo más importante, de entre aquellos actos que están determinados ⟨por el hado y⟩ 153 por el destino hizo una diferenciación de los que corresponden a la mente [y de los que corresponden al hado y al destino] 154 , y expuso numerosas razones sensatas sobre los démones y sobre la inmortalidad del alma. Con todo, correspondería hablar de ello en otra ocasión. Ahora corresponde más bien referirme a las actitudes que tienen que ver con el valor.

Si en una situación difícil, se mostraba filosofando con [220] una firme resolución, rechazaba enteramente la suerte de un modo sosegado y firme, y manifiestamente, haciendo uso de sus posibilidades y de la libertad de expresión, hacía frente al mismo que lo ponía en peligro, mediante el completo desprecio a aquello que se consideraba terrible, por entender que no merecía la pena. Y si se trataba de la espera de la muerte, en la medida en que tiene que ver con una circunstancia humana, se despreocupaba enteramente de ello y no estaba atento a esa espera inminente; sin duda era evidente que se mostraba claramente sin temor ante la muerte. Y llevó a cabo incluso algo más noble que todo esto, cuando logró la disolución de la tiranía y dominó al tirano que iba a causar unas desgracias irreparables a los hombres, y así también cuando libró Sicilia de la más cruel de las tiranías.

Y que fue él quien corrigió este estado de cosas se prueba [221] por los oráculos de Apolo, que proclamaron que tendría lugar precisamente la disolución del poder de Fálaris, cuando los gobernantes se hicieran mejores, más sociables, y se relacionaran entre sí, como tuvo lugar entonces, cuando Pitágoras estaba allí presente, gracias a sus sugerencias y enseñanzas. Y la prueba más importante de ello la proporciona el tiempo. En efecto, en el mismo día en que Fálaris puso en peligro de muerte a Pitágoras y a Ábaris, él mismo fue degollado por los conspiradores. Sea también testimonio de estos mismos hechos la historia de Epiménides.

[222] En efecto, al igual que Epiménides, discípulo de Pitágoras, cuando iba a ser asesinado por unos individuos, después de invocar a las Erinias y a los dioses vengadores, logró que todos los atacantes, sin excepción, se mataran entre sí, así también Pitágoras, socorriendo a los hombres, a la manera del valeroso Heracles, para beneficio del género humano, castigó y envió a la muerte al que se mostró soberbio y agredió al pueblo, valiéndose de los mismos oráculos de Apolo, a los que, de un modo espontáneo, estaba ligado desde el comienzo de su existencia. Esta admirable muestra de su valor, en tan alto grado, la estimamos digna de recuerdo.

[223] Presentemos, como otra prueba de esa virtud, su observancia del principio de legalidad, según el cual solamente hacía lo que le parecía bien y lo que le dictaba el recto raciocinio, sin apartarse de ello por placer, por esfuerzo, ni por ninguna otra pasión o bien por peligro; y sus compañeros, antes de transgredir cualquiera de sus normas preferían morir, y aunque se encontraran envueltos en toda clase de vicisitudes, mantuvieron intacta la firmeza de su carácter, y cuando se hallaron en infinidad de circunstancias, jamás se vieron desviados por ellas. También había entre ellos un precepto constante, el de «prestar ayuda a la ley y luchar contra la ilegalidad» y además reprimir y rechazar la molicie, y acostumbrarse desde el nacimiento a una vida sensata y valerosa.

[224] Habían elaborado también algunas melodías, que consideraban en alto grado remediadoras de las pasiones del alma, del desánimo y de las aflicciones que consumen. Por otra parte, habían previsto otras contra los arrebatos de cólera y las irritaciones del ánimo, por medio de las cuales alargaban y distendían las pasiones hasta la moderación y lograban acomodarlas al valor. Tenían también este importantísimo sustento para la nobleza del alma: el convencimiento de que ninguno de los acontecimientos humanos es necesariamente inesperado entre las personas inteligentes; al contrario, deben esperar todo aquello que no dominan.

Con todo, si alguna vez sobrevenía un acceso de cólera, [225] una aflicción o alguna otra cosa por el estilo, se retiraban aparte, y cada uno, concentrado en sí mismo, intentaba digerir y curar la afección con gallardía. Era también propio de ellos su esfuerzo por la enseñanza y las formas de vida, y las duras pruebas que aplicaban por la intemperancia y por la avaricia, ínsita en todos, juntamente con los muy diversos castigos y lesiones, a fuego y espada, llevadas a cabo de un modo inexorable sin rehusar esfuerzos ni perseverancia alguna. Se ejercitaban también, como cosa específicamente suya, en la abstinencia de todos los seres animados y de determinados alimentos. Por otra parte, practicaban también la vigilancia del pensamiento y la limpieza de todos los obstáculos. Igualmente, practicaban el ejercicio de la continencia verbal y el silencio total, con una práctica de muchos años para dominar la lengua; todo ello ejercitaba su valor. Así también, la investigación y recuperación continua e incesante de las cuestiones teóricas más complejas.

Por el mismo motivo, la abstinencia del vino, la frugalidad [226] en la comida y en el sueño, y su espontáneo desdén por la gloria, la riqueza y otras cuestiones semejantes. Todo esto les instigaba al valor. Dicen que aquellos hombres rechazaban las lamentaciones, las lágrimas y todas las manifestaciones de este tipo. Se abstenían de peticiones, súplicas y de toda adulación de esa Índole, propia de un hombre servil, por estimarla carente de virilidad y vil. Como perteneciente al mismo tipo de conducta debe considerarse también que todos conservaban siempre entre ellos, en secreto, lo más importante y esencial de sus creencias, con riguroso silencio, sin divulgarlo a los de fuera; y guardaban conservándolos, sin redactarlos, en su memoria, y los transmitían a sus sucesores como si se tratara de misterios de dioses.

[227] Por lo cual, durante mucho tiempo no se divulgó nada digno de consideración; solamente entre sus paredes se transmitían las enseñanzas. Ante los de fuera y, por así decir, profanos, si alguna vez se encontraba uno presente, los pitagóricos se comunicaban entre sí de un modo enigmático, por medio de símbolos. Cuya huella se rastrea todavía en expresiones que se repiten constantemente tales como «No atices el fuego con la espada» y otras expresiones simbólicas por el estilo, que se asemejan a advertencias de viejas, en su simple sentido literal, pero que, si se explican, proporcionan una utilidad admirable y seria a los que las asumen.

[228] Pero la recomendación al valor más importante de todas es la de fijar, como objetivo prioritario, preservar y liberar la mente que poseemos desde la infancia de sus poderosos lazos y ataduras; pues sin ella no se puede aprender enteramente, ni tampoco contemplar, en consecuencia, nada sano ni verdadero que provenga de cualquier clase de percepción. Pues, según ellos, «la mente ve todo y escucha todo, pero lo demás es sordo y ciego» 155 . La segunda recomendación pretendía poner mucho empeño en que, una vez purificada la mente y ejercitada en un variado modo de rituales mistéricos de aprendizaje, se le imbuyera entonces y se le hiciera partícipe de alguno de los beneficios divinos, de modo que no sienta temor, cuando se separe del cuerpo, ni cuando sea llevada a lo incorpóreo, ni se vea desviada su vista por el deslumbrante resplandor de aquél, ni se vea envuelta en las pasiones que clavan y fijan el alma al cuerpo, sino que esté enteramente inquebrantable ante todas las pasiones relacionadas con la procreación y la degradación. En efecto, el ejercicio y la ascensión a través de todo esto era una práctica del valor más perfecto. Queden, pues, expuestos por nosotros testimonios tan importantes sobre el valor de Pitágoras y los pitagóricos.

De una manera muy clara expuso Pitágoras la amistad [229] [ 33 ] de todos con todos, y la de los dioses con los hombres a través de la piedad y del culto basado en el conocimiento, la de las doctrinas entre sí y, en general, la del alma con el cuerpo y la de lo racional con los aspectos irracionales a través de la filosofía y de su propia contemplación. También la de los hombres entre sí, y la de los ciudadanos a través de una legislación bienhechora; la de personas de distintos pueblos a través de una recta fisiología, la del esposo con la esposa o con los hijos, hermanos y parientes a través de una comunión recta. En resumen, una amistad de todos con todos y, además, con algunos de los seres irracionales a través de la justicia y de la relación y convivencia natural. Y la amistad del cuerpo mortal consigo mismo y también la pacificación y conciliación de las potencias ocultas que le son contrarias a través de la salud, del género de vida en consonancia con ésta y de la templanza por imitación del bienestar que se da en los elementos cósmicos.

En toda esta normativa, Pitágoras fue el inventor y legislador, [230] de un modo admitido, del término que es único e idéntico, en síntesis, el de amistad. Y a sus seguidores, les legó una amistad tan admirable, que incluso también hoy día la gente dice, cuando se trata de personas que son muy afectuosas entre sí, «son pitagóricos». A propósito de esto, es necesario también hablar aquí del sistema educativo y de los preceptos que Pitágoras usaba con sus discípulos. En efecto, estos hombres aconsejaban extirpar cualquier pendencia y disputa de una amistad verdadera, en realidad de cualquier amistad, si ello era posible, y, si no lo era, de la paterna y, en general, de la amistad con los mayores. Del mismo modo, de la que se establece con los bienhechores, porque el disputar y reñir con éstos, cuando sobreviene la cólera o alguna otra pasión de este tipo, no es salvaguarda de la amistad existente.

[231] Decían que era necesario que en la amistad se produjeran las menos heridas y deterioros posibles. ⟨Y esto tenía lugar⟩ 156 si sabían ceder y dominar la cólera ambas partes, en concreto, más bien el joven y el que pertenecía a cualquiera de las categorías mencionadas. Las correcciones y advertencias, que aquellos denominaban pedartáseis 157 , pensaban que debían ser aplicadas a los jóvenes de parte de los mayores con buenas palabras y cuidado, y que se evidenciara en gran medida, en los que efectuaban la advertencia, el carácter solícito y solidario. De este modo la reprensión resultaba prudente y útil.

[232] Jamás eliminaba en la amistad la confianza, ni en broma ni en serio, porque no era fácil preservar la amistad existente, cuando de pronto irrumpe la mentira en las conductas de los que aseguran ser amigos. No renunciaba a la amistad por una desventura o por otra inconveniencia de las que sobrevienen en la vida, sino que el único rechazo aceptado del amigo o de la amistad era el que se originaba a causa de una gran e irreparable maldad. Jamás promovía adrede un odio contra los malvados que no lo eran del todo, sino que se debía permanecer firme, con gallardía, en el combate, si el carácter del adversario no se modificaba y se avenía a la sensatez. Y se debía luchar no verbalmente sino con la acción. Y era legítimo y sagrado el enemigo, si combatía de hombre a hombre. Jamás se debía originar un motivo de disensión, en la medida de lo posible, sino que se debía evitar al máximo su inicio.

En una amistad que iba a ser auténtica, decían que debía [233] de haber, en gran medida, restricciones y normas, pero debían estar bien definidas y no al azar, y precisamente también, debían darse para cada carácter individual, a fin de que no se originara ninguna relación con descuido ni al albur, sino con respeto, conciencia y una actitud recta, ni se provocara por cualquier circunstancia ninguna pasión, bien por maldad bien por culpa, como, por ejemplo, un deseo o un arrebato de cólera. Y la misma explicación se da también a propósito de los restantes afectos y estados de ánimo. Y, ciertamente, se podría dar testimonio también acerca del rechazo intencionado de amistades foráneas, al igual que, por otro lado, que las evitaban con mucha diligencia y se cuidaban de ellas; igualmente, sobre el mantenimiento, hasta muchas generaciones, del afecto transmitido de unos a otros, y lo mismo se puede testimoniar de lo que Aristóxeno 158 asegura, en su libro Sobre la vida pitagórica , haber oído de Dionisio, el tirano de Sicilia, cuando, una vez expulsado del poder, ejerció de maestro en Corinto.

En efecto, así se expresa Aristóxeno: «Aquellos hombres [234] se abstienen de lamentaciones, llantos y manifestaciones de esa índole, en la medida de lo posible. Y lo mismo se puede decir acerca de la adulación, la plegaria, la súplica y todas las manifestaciones de este tipo. Pues bien, Dionisio, que había sido expulsado de su gobierno y había llegado a Corinto, nos habló muchas veces de los pitagóricos Fintias y Damón. Se trata de un asunto que tenía que ver con la garantía por una condena a muerte. Y el modo en que se produjo la garantía fue el siguiente. Decía Dionisio ‹que había› 159 algunos en su séquito que muchas veces se acordaban de los pitagóricos, cuando los injuriaban, cuando se mofaban de ellos, cuando los llamaban jactanciosos y cuando decían que esta seriedad suya, su fingida fidelidad y su imperturbabilidad se truncaría, si se les redujera a una situación de verdadero pánico.

[235] Como algunos discutían y disputaban, se urdió la siguiente intriga contra Fintias y los suyos. Dionisio, que había mandado llamar a Fintias, aseguró que, en su presencia, uno de sus acusadores había dicho que se hallaba claramente con un grupo de conjurados contra su persona, y que esto lo atestiguaban los que estaban presentes, y la irritación de Dionisio fue muy contundente. Se sorprendió Fintias de sus palabras. Y aquél dijo claramente que estaba demostrado y que era necesario que Fintias muriera. A ello replicó Fintias que, si ésa era la determinación, pedía que se le concediera el resto del día para arreglar sus asuntos y los de Damón. Pues estos hombres vivían juntos y lo compartían todo, pero Fintias, que era mayor, había tomado a su cargo la mayor parte de la administración de la casa. Solicitó, en consecuencia, que se le dejara en libertad para atender estos menesteres, dejando a Damón como garante.

[236] Refirió entonces Dionisio que quedó asombrado y le preguntó si había un hombre que se quedara como garantía de una condena a muerte. Fintias aseguró que lo había, Damón, —que había sido mandado llamar— y, cuando éste escuchó lo sucedido, afirmó que serviría de garantía y que permanecería allí, hasta que regresara Fintias. Contó Dionisio que inmediatamente había quedado impresionado por estas palabras, mientras que aquellos que, desde un principio, habían sometido a Damón a la prueba, se mofaban de él por considerar que sería abandonado y, haciéndole burla, decían que lo ofrecían en compensación como una cierva 160 . Y, en efecto, cuando ya se estaba poniendo el sol, llegó Fintias para afrontar la pena de muerte, por lo que todos se impresionaron y se sometieron a la evidencia. Dionisio, por su parte, abrazando y besando a estos hombres, les pidió que lo aceptaran en amistad como un tercer miembro, sin embargo, a pesar de que aquél insistió, de ningún modo accedieron a tal cosa.

Aristóxeno dice que se enteró de estas cosas por el propio [237] Dionisio. Y se dice que los pitagóricos, sin conocer entre sí a las personas, intentaban llevar a cabo demostraciones de amistad con los que jamás habían visto, siempre que recibían alguna prueba de la participación en sus enseñanzas, de tal modo que, a consecuencia de estos hechos, ganaba credibilidad el rumor aquel de que unos hombres honrados, aún viviendo en los confines de la tierra, son amigos entre sí, antes de conocerse y entablar conversación. Incluso dicen que un pitagórico, que hacía un largo y solitario camino, se hospedó en una posada, y a causa del cansancio y algún otro motivo de diversa índole, contrajo una enfermedad larga y grave, de manera que se le acabaron los recursos.

Pero el posadero, ya por compasión ya por simpatía hacia [238] la persona, se lo proporcionó todo sin escatimar servicio alguno ni gasto. Pero cuando se agravó la enfermedad, convencido de que se estaba muriendo, grabó un signo en una tablilla y le encomendó al posadero, que si le pasaba algo, colgara la tabla junto al camino y observara si alguno de los que pasaban reconocía el signo. Pues, dijo, esa persona le pagaría los gastos que hiciera con él y recibiría su agradecimiento en su lugar. El posadero después de su muerte se hizo cargo del cadáver y le dio sepultura, sin tener la esperanza, no obstante, de poder cobrar los gastos; todavía menos, de obtener algún beneficio por parte de alguno que reconociera la tablilla. Sin embargo, asombrado por las instrucciones, trató de colocar con regularidad la tablilla a la vista de todos. Y mucho después, un pitagórico que pasaba se detuvo y preguntó por el que había hecho el signo. Investigó lo que había sucedido y pagó al posadero mucho más dinero del que había gastado.

[239] Dicen, además, que Clinias de Tarento, cuando se enteró de que Proro de Cirene, que era un seguidor de la doctrina pitagórica, corría peligro de quiebra en toda su hacienda, reunió dinero y navegó hasta Cirene, y enderezó los intereses de Proro, sin preocuparse de la merma de su propia hacienda, ni tratar de evitar tampoco el riesgo de la travesía. Del mismo modo también, Testor de Posidonia se enteró solamente de oídas de que Timáridas de Paros era un pitagórico cuando, de poseer una gran fortuna, cayó en la pobreza; y dicen que navegó a Paros, tras reunir una considerable cantidad de dinero, y le recuperó sus propiedades.

[240] Pues bien, todos estos son los bellos y dignos ejemplos de amistad. Pero mucho más admirables que éstos eran las distinciones que atañían a la comunidad de los bienes divinos, a la concordia mental y al alma divina. Pues al mismo tiempo ordenaban que no separaran de sí la divinidad que residía en ellos. En consecuencia, todo su afán por la amistad, tanto de obra como de palabra, tenía por objetivo una especie de mezcla con lo divino, la unión con la divinidad y la concordia de la mente y del alma divina. Y no podría encontrarse otra cosa mejor que esta, ni expresada de palabra ni ejecutada de un modo práctico. Y creo que también todos los bienes de la amistad se concentran en ello. Igualmente, pues, nosotros, por entender que hemos resumido todos los beneficios de la amistad pitagórica, dejamos de hablar más de ella.

Pero una vez que, de este modo hemos hecho nuestra [241] [ 34 ] exposición, por temas, sobre Pitágoras y los pitagóricos, a continuación hagamos también ⟨como testimonios⟩ 161 la descripción, según el caso, de los habituales relatos, que no se corresponden con la ordenación anteriormente mencionada. Se dice, en efecto, que recomendaban utilizar la lengua nativa a cuantos griegos se acercaban a esta comunidad, pues no aprobaban que se hablaran lenguas foráneas. Y a la secta pitagórica se adherían forasteros mesapios, lucanios, peucetios y romanos. Metrodoro, ⟨hermano⟩ 162 de Tirso, que trasladó a la medicina la mayor parte de la enseñanza de su padre Epicarmo y de Pitágoras, en una exposición a su hermano de las lecciones de su padre, dice que Epicarmo y, antes que éste, Pitágoras consideraron el dorio como el mejor de los dialectos, así como la armonía musical de esta misma variedad dialectal. El jonio y el eolio participan de un tono cromático, pero el ático está más cargado de este tono cromático.

El dialecto dorio es armónico, porque está constituido de [242] vocales. Y la antigüedad y el mito se atestiguan en dialecto dorio. En efecto, Nereo se casó con Doris, la hija de Océano, y el mito cuenta que le nacieron cincuenta hijas, de las cuales una era la madre de Aquiles. Según dice, algunos suponen también que Doro nació de Deucalión, el hijo de Prometeo, y de Pirra, la hija de Epimeteo; y de Doro, había nacido Helén, y de éste, Eolo. Y en los santuarios de Babilonia se escucha que Helén había nacido de Zeus, y de Helén había nacido Doro, Juto y Eolo; el propio Hesíodo 163 sigue estas explicaciones. Con todo, cualquiera que sea la versión auténtica de entre estas dos, para las generaciones recientes, no es fácil obtener o descubrir su exactitud sobre los hechos antiguos.

[243] Se admite, por cada uno de los relatos, la aceptación de que el más antiguo de los dialectos es el dorio y, después de éste, el eolio, que obtuvo su nombre de Eolo; y el tercero, el ático, que se llama así por Atis, la hija de Cránao, y el cuarto es el dialecto jonio, que se denomina de ese modo por Ión, el hijo de Juto y de Creúsa, la hija de Erecteo, y apareció tres generaciones después de los anteriores, en época de los tracios y del rapto de Oritía, como revelan la mayoría de los historiadores. También Orfeo 164 , el más antiguo de los poetas, utilizó el dialecto dorio.

[244] Dicen que los pitagóricos aceptaron especialmente el sistema dietético en medicina y que fueron los más rigurosos en su aplicación, e intentaron descubrir, en primer lugar, los signos de la proporción entre la bebida, la comida y el descanso. Después, en lo que respecta a la propia preparación de los alimentos, fueron casi los primeros en ocuparse de ella y regularla. También los pitagóricos, en mayor medida que sus predecesores, hicieron uso de las cataplasmas, y no aprobaban de igual modo el uso de medicamentos, y de ellos utilizaban especialmente los indicados para las úlceras y, sobre todo, lo que menos aceptaban eran los tratamientos quirúrgicos y las cauterizaciones. Pero también utilizaban encantamientos para algunas de las dolencias.

Dicen que despreciaban a los que comerciaban con la [245] ciencia y abrían sus almas a cualquier persona que se acercara, como si se tratase de las puertas de una posada, y si, ni siquiera así, encontraban compradores, se extendían por las ciudades y, en general, ejercían su trabajo en los gimnasios y reclamaban un salario a los jóvenes por una labor inestimable. Y Pitágoras encubría mucho sus palabras, para que los que habían recibido una educación auténtica participaran claramente de ellas, y los demás se afligieran, como dice Homero de Tántalo 165 , porque asistían de lleno a las enseñanzas y no sacaban fruto de ellas. Creo que también ellos hablaban de no enseñar por dinero a los que se les acercaban; a los que lo hacían, los ponían en evidencia como inferiores a los escultores y artesanos que hacen su trabajo sentados. Pues los unos, si alguien le encargaba un Hermes, buscaban la madera apropiada para la talla de la figura, mientras que los otros, partiendo de cualquier naturaleza, resueltamente se ocupaban de la práctica de la virtud.

Dicen que era necesario prestar más atención a la filosofía [246] que a los padres y a la agricultura, porque los padres y los labradores son responsables de que nosotros vivamos, mientras que los filósofos y educadores lo son del bien vivir y del pensar, al descubrirnos una correcta administración de nuestros asuntos. Y no pretendía hablar ni escribir de tal forma, que sus reflexiones resultaran evidentes a cualquiera, pero se dice, por otra parte, que esto mismo lo enseñaba Pitágoras en primer lugar a los que lo frecuentaban, para que, libres de toda intemperancia, guardaran en silencio las palabras que escucharan. En efecto, cuentan que el primero que descubrió la naturaleza de lo conmensurable y de lo inconmensurable a personas indignas de participar en tales enseñanzas se hizo tan odioso, que no sólo fue excluido de la relación y régimen de vida comunitario, sino que incluso se le preparó una tumba, por entender justamente que el que había sido una vez compañero había dejado la vida entre los hombres.

[247] También dicen algunos que la divinidad se enojó contra los que divulgaban las enseñanzas de Pitágoras, porque el que reveló la estructura del icoságono pereció ahogado en el mar como un impío. La revelación consistió en explicar cómo se inscribe un dodecaedro, una de las cinco figuras llamadas sólidas, dentro de una esfera 166 . Pero algunos dijeron que esto le pasó al que habló sobre la irracionalidad y la inconmensurabilidad. Toda la educación pitagórica era peculiar y simbólica, parecida por sus sentencias arcaizantes a los enigmas y acertijos, tal como los oráculos píticos, realmente divinos, parecen en cierto modo difíciles de comprender y de interpretar a los que ocasionalmente lo consultan. Tales son los testimonios que, sobre Pitágoras y los pitagóricos, se pueden ofrecer a partir de referencias dispersas.

[ 35 ] [248] Algunos se enemistaron con estos hombres y se enfrentaron con ellos. Todos están de acuerdo en que, en ausencia de Pitágoras, se produjo un complot, pero difieren en la salida que efectuó, porque unos dicen que se trasladó junto a Ferecides de Siro y otros que a Metaponto 167 . Son muchos los motivos que se aducen del complot; y uno es el que motivaron los hombres llamados ciloneos. Cilón, un varón de Crotona, se distinguía entre sus conciudadanos por su linaje, por su fama y por su riqueza pero, por otra parte, era cruel, violento, alborotador y despótico de carácter y, tras haber puesto todo su entusiasmo por integrarse en la comunidad de vida pitagórica, se había presentado al propio Pitágoras, cuando ya era una persona mayor, y había sido rechazado por los motivos ya dichos.

Cuando ocurrió esto, el propio Cilón y sus amigos promovieron [249] un levantamiento contra Pitágoras y sus discípulos, y la animadversión personal de Cilón y sus partidarios resultó tan violenta e incontrolada, que se hizo extensiva a los pitagóricos recientes. En consecuencia, Pitágoras por este motivo se trasladó a Metaponto, y allí, según se dice, terminó su vida 168 . Los llamados ciloneos condujeron su alzamiento contra los pitagóricos y dieron rienda suelta a toda su hostilidad. Mas, sin embargo, prevaleció hasta cierto tiempo la categoría moral de los pitagóricos y la intención de las propias ciudades de querer que los asuntos políticos fueran administrados por ellos. Y finalmente, a tal grado llegaron a conspirar contra aquellos hombres, que mientras se hallaban reunidos y deliberaban sobre asuntos públicos en la casa de Milón, en Crotona, los conjurados pegaron fuego a la casa y abrasaron a los hombres 169 , excepto a dos, Arquipo y Lisis. Éstos, como eran jóvenes y muy vigorosos, de algún modo lograron salir fuera.

[250] Una vez que ocurrió esto, como las ciudades no hicieron ninguna objeción sobre el suceso que había tenido lugar, los pitagóricos pusieron fin a su actividad. Y esto aconteció por dos motivos, a causa de la negligencia de las ciudades (pues no prestaron ninguna atención cuando se produjo un hecho de tal importancia y magnitud), y a causa de la pérdida de unos hombres tan valiosos. Los dos que se salvaron eran ambos de Tarento; Arquipo se retiró allí y Lisis, detestando la indiferencia, se marchó a Grecia y se estableció en la Acaya del Peloponeso. Después se trasladó a Tebas, donde se produjo cierto proselitismo. Epaminondas fue su discípulo y llamó a Lisis padre. Y allí también terminó su vida. El resto de los pitagóricos abandonó Italia, excepto Arquitas de Tarento.

[251] En Regio se reunieron otros y pasaban la vida juntos, pero con el paso del tiempo y yendo a peor los asuntos políticos *** 170 y los más significativos fueron: Fantón, Equécrates, Polimnasto, Diocles, de Fliunte, y el calcidio Jenófilo, de los calcidios de Tracia. Preservaron, por supuesto, las costumbres y las doctrinas originarias, incluso después de la desaparición de la secta, hasta que murieron dignamente.

Pues bien, esto es lo que cuenta Aristóxeno. Nicómaco está de acuerdo en general con estos hechos, pero asegura que esta conspiración tuvo lugar cuando Pitágoras se encontraba fuera.

En efecto, como Ferecides de Siro, que había sido su [252] maestro, había contraído la enfermedad conocida por pediculosis, se trasladó a Delos, para cuidarlo y darle sepultura. Entonces los que habían sido rechazados y difamados por ellos les atacaron y, por todas partes, les pegaron fuego a todos, y fueron, además, apedreados por las gentes de Italia y dejaron sus cadáveres insepultos. Consecuentemente, ocurrió entonces que la ciencia se perdió juntamente con los que la sustentaban, puesto que la conservaron hasta entonces en su corazón como algo inefablleaconteció que sólo se recordó entre los de fuera lo ininteligible y lo inexplicable, excepto muy pocas cosas, que algunos, que entonces se encontraban fuera, salvaron como una especie de rescoldos muy oscuros de reconocer y difíciles de aprehender.

Éstos, pues, al encontrarse solos y descorazonarse sobremanera [253] por lo sucedido, se dispersaron cada uno por un lado y ya no osaron en absoluto hacer partícipe de su doctrina a hombre alguno, sino que vivían aislados en lugares desiertos, donde quiera que fuese, y la mayoría de las veces disfrutaban manteniéndose al margen, cada uno con su propia vivencia en vez de con otro cualquiera. Pero tuvieron cuidado de que no desapareciera completamente de entre los hombres el nombre de filosofía y, por ese motivo, se hicieran odiosos a los dioses, al dejar perder del todo tan importante don suyo. Compusieron unos escritos sucintos y simbólicos y reunieron las obras de los mayores y aquello que recordaban, y lo dejaron al morir donde cada uno se encontraba, advirtiéndoles a sus hijos, hijas y esposas que no se lo dieran a nadie de fuera de la familia. Éstos lo conservaron hasta largo tiempo; sucesivamente, transmitían esta misma recomendación a sus descendientes.

[254] Pero, puesto que hay momentos en que, sobre estos mismos temas, Apolonio manifiesta su discrepancia 171 y añade también muchos datos de lo que no se ha dicho en estos autores, ea, pues, aportemos su exposición sobre la conjura contra los pitagóricos. Dice, en efecto, que la envidia de los demás, les acompañaba desde la infancia, porque la gente, en tanto que Pitágoras conversaba con todos los que se le acercaban, se sentía feliz, pero, una vez que se trataba únicamente con sus discípulos, perdía la estima. Cuando llegaba uno de fuera, aceptaban quedar por debajo, pero se irritaban contra los del lugar que aparentaban ser superiores, y estimaban que la reunión se celebraba contra ellos mismos. Además, dado que se les unieron jóvenes procedentes de familias que sobresalían por su dignidad y hacienda, resultaba que, con el paso de los años, no sólo destacaban en su vida privada, sino que también gobernaban la ciudad en común, constituyendo una gran sociedad (〈pues〉 eran más de trescientos), pese a que eran una pequeña parte de una ciudad que no se regía por los mismos hábitos que ellos ni por aquellos modos de gobierno.

[255] Mas con todo, en tanto ocuparon la tierra que les pertenecía y Pitágoras permaneció en el territorio, se mantuvo la constitución que duraba desde el establecimiento en el lugar, aunque ya no era aceptada y se buscaba la ocasión de cambiarla. Pero cuando conquistaron la ciudad de Síbaris y Pitágoras se marchó, dispusieron que el territorio conquistado ya no se sometiera a sorteo en lotes de tierras, según el deseo de la mayoría, y salió a relucir el odio que estaba oculto, y la mayoría se alineó contra ellos. Y fueron los caudillos de la oposición aquellos que, por su parentesco ‹y› afinidad, se hallaban muy próximos a los pitagóricos. El motivo fue que la mayoría de las actuaciones de los pitagóricos les molestaban, como a cualquier persona, en la medida en que poseían una peculiaridad que los diferenciaba de los demás, pero lo que peor llevaban era que, según su modo de pensar, la privación de derechos sólo les afectaba a ellos. Por lo demás, se daba el hecho de que ningún pitagórico nombrara a Pitágoras, sino que cuando, en vida, querían señalarlo le llamaban «divino», pero una vez que falleció, lo nombraban por «aquel hombre», tal como Homero 172 presenta a Eumeo, cuando se refiere a Ulises:

... a éste, forastero, incluso estando ausente a nombrarle

no me atrevo, pues me quería y cuidaba de mí sobremanera .

De un modo semejante 173 , tampoco se levantaban de la [256] cama después de la salida del sol, ni llevaban sortija con la representación de la divinidad, sino que se cuidaban de rezarle al sol naciente, y de no ceñirse a la divinidad en un anillo de esas características, procurando no llevarlo a un entierro o a un lugar impuro. De la misma manera, no realizaban nada sin una reflexión previa ni sin una indagación, sino que por la mañana se planteaban qué se debía hacer y, a la noche, analizaban qué acciones habían llevado a cabo y, a la vez que reflexionaban, ejercitaban también la memoria. De un modo parecido, si alguno de los que participaban en tal sistema de vida le pedía a un compañero acudir a un determinado lugar, esperaba en aquel sitio, hasta que llegara, de día o de noche, porque los pitagóricos estaban acostumbrados a recordar lo que se había dicho y a no hablar a la ligera.

[257] En general, si se daba alguna orden, se mantenía hasta el fin de sus vidas. ⟨En efecto⟩ 174 , en el último momento ordenó no blasfemar sino, como cuando zarpa un barco, realizar un augurio en el respetuoso silencio que guardaban cuando atravesaban el mar Adriático. Tales cosas, como dije antes, molestaban en gran medida a todos en general en cuanto conocieron que los que recibían la misma formación se aislaban juntos entre ellos. Pero lo que los familiares llevaban muy a mal y con mucho pesar era que concedieran el saludo con la mano derecha únicamente a los pitagóricos, pero a ninguno de los parientes, excepto a los padres, y que ofrecieran sus haciendas como comunes entre ellos, excluyéndolos de ellas. Al encabezar éstos la revuelta, el resto adoptó resueltamente una postura hostil. Y cuando se pronunciaron Hípaso, Diodoro y Teages (que pertenecían al propio consejo de los Mil) a favor de que todos participaran en los cargos públicos y en la asamblea, y de que los magistrados rindieran cuentas ante los representantes que resultaran elegidos de entre todos, se opusieron los pitagóricos Alcímaco, Dinarco, Metón y Demócedes, y trataron de impedir la derogación de la constitución heredada de sus mayores. Pero vencieron los partidarios del pueblo.

[258] A continuación, en reuniones del pueblo, los oradores Cilón y Ninón, alternando sus intervenciones, acusaron a los pitagóricos. Uno pertenecía a las clases pudientes, el otro al pueblo. De los discursos que se pronunciaron, el más extenso fue el de Cilón, y Ninón hizo uso de la palabra, presumiendo de que había investigado los secretos de los pitagóricos. Pero de hecho había urdido y redactado un escrito con las acusaciones que especialmente les iba a imputar, y dándole este escrito al escribano público le pidió que lo leyera.

Llevaba por título Discurso sagrado . El tema principal [259] del escrito era el siguiente: honra a los amigos como a los dioses, pero a los demás somételos como a los animales. Y esta misma sentencia la decían sus discípulos en verso, cuando recordaban a Pitágoras:

trataba a los amigos como a los dioses bienaventurados,

pero a los demás ni los consideraba ni los tenía en cuenta .

Especialmente elogiaban a Homero 175 en aquellos versos [260] en que menciona al «pastor de pueblos». En efecto, hacía ver que los demás eran ganado, y que su talante era oligárquico 176 . Hacían la guerra a las habas por ser las que decidían el sorteo y la colocación en los cargos públicos a los elegidos por sorteo 177 . Con el consejo de que aspirasen a la tiranía, solían decir que era mejor ser un solo día toro que toda la vida buey. Elogiaban las normas de los demás, pero ordenaban utilizar las que habían sido reconocidas por ellos mismos. Denunciaba Ninón que la filosofía pitagórica era enteramente una conjura contra el pueblo y aconsejaba que no soportaran la voz de los consejeros, sino que consideraran que en modo alguno habrían podido acudir a la asamblea, de haber convencido aquéllos a los Mil de ratificar su consejo. De manera que los que se habían visto impedidos, con los pitagóricos en el poder, de escuchar a los demás no debían dejar que ahora hablaran ellos, sino mantener hostil a los pitagóricos su mano derecha, que aquéllos habían rechazado, cuando votaran a mano alzada las decisiones o cogieran un tejo para grabar su voto, considerando que era vergonzoso que se pusiera de manifiesto que los que habían vencido a trescientos mil hombres, junto al río Tetraente 178 , se mostraran dominados, en su misma ciudad, por la milésima parte de aquel número.

[261] En una palabra, con su acusación irritó Ninón de tal modo a los oyentes, que a los pocos días, mientras celebraban los pitagóricos unos sacrificios en honor de las Musas, en una casa, junto al templo de Apolo Pitio, un gran número de gente se lanzó en tropel, a la carrera, para atacarlos 179 . Pero habiéndose apercibido de ello, unos huyeron a un albergue y Demócedes con los jóvenes se retiró a Platea. Y los otros derogaron las leyes y se promulgaron unas resoluciones en las que acusaron a Demócedes de inducir a los jóvenes a la tiranía, y decretaron que se le pagaría tres talentos a quien le diera muerte. Se entabló una batalla y conjuró Teages el peligro que suponía Demócedes, y le otorgaron de parte de la ciudad los tres talentos.

Al darse muchas desdichas por la ciudad y por el territo rio, [262] los exiliados fueron llevados a juicio y, al confiársele el encargo a tres ciudades, Tarento, Metaponto y Caulonia, pareció bien a los comisionados que habían recibido dinero para esa función, como se ha dejado escrito en los registros de Crotona, que los culpables fueran desterrados. Y con el fallo favorable en el juicio, expulsaron además a los que estaban molestos con la situación presente y a la vez desterraron a sus familias, manifestando que no debían cometer la impiedad de separar a los hijos de sus padres. Abolieron las deudas y redistribuyeron la tierra.

Al cabo de muchos años murieron Dinarco y los suyos [263] en otro combate. Murió también Litates, que había sido el cabecilla más significado de los conjurados, y sobrevino la compasión y el arrepentimiento, y decidieron que los supervivientes regresaran del destierro. Y después de hacer venir embajadores desde Acaya, se reconciliaron por su mediación con los desterrados y ofrendaron en Delfos los términos del juramento.

El número de los pitagóricos que regresó ascendió, aproximadamente, [264] a sesenta, sin contar los de mayor edad, entre los cuales algunos, que se dedicaban a la medicina y trataban a los enfermos con un régimen dietético, se erigieron en guías del mencionado retorno. Pero aconteció que los que se salvaron gozaban de una reputación especial entre el pueblo (aseguran que es en esta época, en la que surgió este proverbio, cuando se dice —con referencia a los que quebrantan la ley— «Esto no es de la época de Ninón»), y, en el momento en que los turios invadieron el territorio, aquellos acudieron corriendo en ayuda de sus conciudadanos y, enfrentándose al peligro común, perecieron. Entonces la ciudad cambió a una actitud tan opuesta, y, al margen de los elogios que tributaron a los hombres, consideraron que lo mejor sería una fiesta de agradecimiento a las Musas, 〈si〉 180 celebraban un sacrificio público en el templo a ellas consagrado,〈que〉 181 fundaron con anterioridad, según acuerdo de ellos mismos, y en el que honraban a las deidades aquellas. Pues bien, quede dicho esto sobre el ataque que se produjo contra los pitagóricos.

[ 36 ] [265] Por todos se admite que el sucesor de Pitágoras fue Aristeo de Crotona, hijo de Damofonte, contemporáneo de Pitágoras, aproximadamente siete generaciones antes de Platón. Y no sólo fue considerado digno de la dirección de la escuela, sino también de la educación de sus hijos y de su boda con Téano por haber dominado extraordinariamente la doctrina de la secta. En efecto, se dice que el propio Pitágoras ejerció la dirección de la secta durante treinta y nueve años y, que habiendo vivido en total cerca de cien años, confió la escuela a Aristeo, cuando éste era muy mayor. Sucedió a éste en la dirección Mnemarco, el hijo de Pitágoras y, a su vez, éste se la confió a Bulágoras, en cuya época fue saqueada la ciudad de Crotona. Le sucedió Gartidas de Crotona, que había regresado de un viaje, que había realizado antes de la guerra. Sin embargo, a causa de la desgracia de su patria renunció a la vida. Ciertamente, este fue el único que falleció prematuramente de pena.

[266] En el caso de los demás, cuando se hicieron muy viejos, no tenían otro objetivo que liberarse de su cuerpo como si de una atadura se tratase. Sin embargo, un tiempo después Aresas de Lucania, que se había salvado gracias a unos forasteros, se hizo cargo de la dirección de la escuela. A éste acudió Diodoro de Aspendo, que fue aceptado a causa de la escasez de hombres en la institución. Éste regresó a Grecia y difundió allí las teorías pitagóricas. De ellos, se esforzaron por escribir, en la zona de Heraclea, Clinias y Filolao y, en Metaponto, Teórides y Eurito, y Arquitas en Tarento. Y Epicarmo también fue de los discípulos de fuera, pero no perteneció a la secta de los pitagóricos. Y cuando llegó a Siracusa, se abstuvo manifiestamente de filosofar a causa de la tiranía de Hierón, pero puso en verso los pensamientos de los pitagóricos, presentando la doctrina de Pitágoras bajo la apariencia de un juego.

Naturalmente, de la totalidad de los pitagóricos ha habido [267] muchos desconocidos y anónimos, pero he aquí los nombres de los conocidos 182 :

De Crotona: Hipóstrato, Dimas, Egón, Hemón, Silo, Cleóstenes, Agelas, Epísilo, Ficiadas, Ecfanto, Timeo, Buto, Erato, Itaneo, Rodipo, Brías, Evandro, Milias, Antimedón, Ageas, Leofrón, Agilo, Onatas, Hipóstenes, Cleofrón, Alcmeón 183 , Damocles, Milón y Menón.

De Metaponto: Brontino, Parmisco, Oréstadas, León, Damármeno, Eneas Quilas, Melesias, Aristeas, Lafaón, Evandro, Agesidamo, Jenócades, Eurifemo, Aristómenes, Agesarco, Alcias, Jenofantes, Traseas, Eurito, Epifrón, Eirisco, Megistias, Leócides, Trasímedes, Eufemo, Procles, Antímenes, Lácrito, Damótages, Pirrón, Rexibio, Alopeco, Astilo, Lácidas, Haníoco, Lácrates y Glicino.

De Acragante: Empédocles.

De Elea: Parménides.

De Tarento: Filolao, Eurito, Arquitas, Teodoro, Aristipo, Licón, Hestieo, Polemarco, Asteas, Cenias, Cleón, Eurimedonte, Arceas, Clinágoras, Arquipo, Zopiro, Eutino, Dicearco, Filónides, Frontidas, Lisis, Lisibio, Dinócrates, Equécrates, Pactio, Acusiladas, Ico, Pisícrates, Clearato, Leonteo, Frínico, Simiquias, Aristoclidas, Clinias, Habróteles, Pisírrodo, Brías, Helandro, Arquémaco, Mimnómaco, Acmónidas, Dicas y Carofántidas.

De Síbaris: Metopo, Hípaso, Próxeno, Evanor, Léanax, Menestor, Diocles, Empedo, Timasio, Polemeo, Endio y Tirseno.

De Cartago: Milcíades, Antes, Hodio y Leócrito.

De Paros: Eecio, Fenecles, Dexíteo, Alcímaco, Dinarco, Metón, Timeo, Timesiánax, Eumoiro y Timáridas.

De Locro: Gitio, Jenón, Filodamo, Evetes, Eudico, Estenónidas, Sosístrato, Eutino, Zaleuco, y Tímares.

De Posidonia: Atamante, Simo, Próxeno, Cránao, Míes, Batilao y Fedón.

De Lucania: Ocelo y Ocilo, hermanos, Aresandro y Cerambo.

De Dardania: Malión.

De Argos: Hipomedonte, Timóstenes, Eveltonte, Trasidamo, Critón y Políctor.

De Lacedemonia: Autocáridas, Cleanor y Eurícrates.

De la región hiperbórea: Ábaris.

De Regio: Arístides, Demóstenes, Aristócrates, Fitio, Helicaón, Mnesibulo, Hipárquides, Eutosión, Euticles, Ópsimo, Calais y Selinuncio.

De Siracusa: Leptines, Fintias y Damón.

De Samos: Meliso, Lacón, Arquipo, Heloripo, Heloris e Hipón.

De Caulonia: Calímbroto, Dicón, Nastas, Drimón y Jéneas.

De Fliunte: Diocles, Equécrates, Polimnasta y Fantón.

De Sición: Políades, Demón, Estracio y Sóstenes.

De Cirene: Proro, Melanipo, Aristángelo y Teodoro.

De Cízico: Pitodoro, Hipóstenes, Butero y Jenófilo.

De Catania: Carondas y Lisíades.

De Corinto: Crisipo.

De Tirrenia: Nausítoo.

De Atenas: Neócrito.

Del Ponto: Liramno.

En total, doscientos dieciocho.

Las mujeres pitagóricas más significativas fueron: Timica, esposa de Milias de Crotona; Filtis, hija de Teofris de Crotona y hermana de Bindaco; Ocelo y Ecelo 〈hermanas de Ocelo y Ocilo〉 184 de Lucania; Quelónide, hija del lacedemonio Quilón; Cratesíclea, laconia, esposa de Cleánoro de Lacedemonia; Téano, esposa de Brontino de Metaponto; Mía, esposa de Milón de Crotona; Lastenia de Arcadia; Habrotelia, hija de Habróteles de Tarento; Equecratia de Fliunte; Tirsenis de Síbaris; Pisírrode de Tarento; Teadusa de Lacedemonia; Beo de Argos; Babelica de Argos; Cleecma, hermana de Autocáridas el lacedemonio.

En total, diecisiete.