1
El 10 de septiembre de 1973, Feliciano Cerda entró a trabajar a las once de la noche. Su turno duraría hasta las siete de la mañana.
«En otras ocasiones entraba a las siete de la mañana y me iba a las tres de la tarde. Y también desde las tres de la tarde hasta las once de la noche. Las veinticuatro horas del día funcionaba Vía Sur9». La empresa se especializaba en el transporte de pasajeros. En 1972 había sido estatizada y funcionaba con un interventor de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo).
Feliciano era el jefe de portería. Todos los buses que entraban y salían de la empresa debían contar con su visto bueno. A las tres de la madrugada de esa noche descansaba dentro de su garita con la luz encendida.
Escuchó ruido de motores tras su espalda. Se dio vuelta y observó: camiones militares llegaban hasta avenida Recoleta para enfilar hacia Mapocho.
Apagó la luz y se agachó un poco. Abrió la puerta y caminó hasta un pasillo que daba a la calle. Desde ahí clavó la mirada y vio mejor. Le pareció que salían desde el Regimiento Buin10, ubicado un par de cuadras al oriente, en avenida El Salto. «Parecía como si los soldados se estuvieran levantando recién. Algunos pasaban arriba de los camiones en polera blanca, poniéndose la chaqueta, los bototos».
Algunos camiones identificados con el logotipo de la empresa de León Vilarín11 salían también del regimiento, entremedio de los vehículos militares. Los había visto en las noticias un año atrás, durante el paro de los camioneros que protestaban contra el gobierno de la Unidad Popular.
Un par de compañeros de trabajo llegó a su lado. Uno de ellos era Ramón Quilodrán, presidente del sindicato industrial de la empresa, quien lo miró fijo; estaba perplejo, impactado.
«“Hoy día se echan al viejito”, me dijo».
Feliciano no tenía partido político. Jamás había militado ni tenía idea del funcionamiento y objetivos de los partidos. «Solo sabía que los partidos de la Unidad Popular estaban en el poder y que me habían dado la posibilidad de estudiar, de terminar mi segundo medio, a los veintidós años de edad cumplidos. Para mí, eso era algo bueno».
Había que esperar un poco. Darle tiempo a la situación, mientras los militares armados se tomaban las calles, parapetándose en las esquinas. Entre Ramón y él lo decidieron. Antes de terminar el turno, a las seis de la mañana, despacharon a todo el personal a sus casas. Aquello tenía demasiada cara de golpe de Estado.
Tomó la micro de regreso a su casa en la población Lo Hermida. Faltaba todavía para las siete de la mañana. No se veía a nadie en las calles. Cruzó el río Mapocho y, a su izquierda, antes de tomar calle San Antonio, en medio de los plátanos orientales del Parque Forestal y sobre los inmensos afiches puestos a un lado de la calle, se veían «cabezas de militares, cascos y un pedazo de sus fusiles, detrás de los anuncios, escudriñando todo. Me pareció entonces que eran francotiradores».
En el camino hasta plaza Egaña vio a más militares colmando las calles, vestidos para la guerra, llegando, yéndose, hablando entre ellos. Se bajó de la micro y esperó otra para enfilar hacia su casa. Había más camiones de campaña y también tanques transitando por el lugar. «Jamás había visto algo igual». Y la gente mezclándose con ellos, yendo al trabajo, observando la conclusión de los hechos que se venían generando desde hace un tiempo.
Bajó del bus y corrió hasta su casa. Ingresó a la pieza de sus padres. Su madre dormía. «Él me miró medio dormido. No tenía idea qué hacía yo ahí a esa hora. Me acerqué y le hablé casi al oído. Le dije que lo esperaba afuera, que por favor se levantara».
El hombre apareció en el umbral de su habitación, aún soñoliento, vistiéndose. Feliciano lo esperaba en la puerta de calle. La abrió un poco y lo llamó.
–¿Qué escucha, papá, qué escucha?
Eran aviones.
–Golpe de Estado, papá.
Le contó todo lo que había visto en el camino, intentando no levantar la voz. Sus hermanos estaban todavía acostados.
–Se acabó. Nunca más van a dejar que un presidente ayude a los pobres. No lo van a dejar –le dijo su papá.
Alamiro, su hermano mayor, no había llegado a alojar. Militaba en el MIR. Ambos pensaron lo mismo: corría peligro.
Al día siguiente volvió a trabajar a Vía Sur. Un oficial de la EACH12 en retiro asumía como nuevo interventor. Feliciano lo vio llegar en la mañana, sin mayores explicaciones, acompañado por gente vestida de civil, todos armados. Se ubicó en el segundo piso del edificio, donde antes habían estado las oficinas de la gerencia. El personal había desaparecido. Varios compañeros de trabajo, como su hermano, dejaron de ir después del golpe.
Ahí, en la puerta, a él le tocaba ver el ingreso de militares y gente de la FACH todo el día. Debía registrar sus nombres, así que no le quedaban dudas: el lugar estaba plagado de militares.
Uno de los ayudantes del interventor lo fue a buscar a la garita de guardia. El jefe necesitaba verlo de inmediato. Feliciano subió las escaleras y llegó hasta la oficina. Lo recibió tras el escritorio, cabello blanco, un hombre delgado.
–¿Feliciano Cerda? –preguntó, sin darle demasiada importancia.
–Sí, señor.
–Necesito saber qué sucede con su hermano, Alamiro Cerda. No ha venido a trabajar.
–Ni yo lo sé, señor –respondió sincero–, no ha vuelto a la casa desde el día en que llegaron los militares.
–¿Está seguro?
Se dio cuenta de que el hombre no le creía.
–Seguro, señor.
–Bien, entonces vuelva a trabajar.
Y eso fue todo en esa ocasión.
El ambiente adentro era de tensa calma. Se rumoreaba que varios dirigentes se habían dado vuelta la chaqueta y que ellos mismos eran los que andaban delatando a los líderes sindicales de izquierda y a todo el que tuviera militancia. «Sentía que no podía hablar. Entre pasillos, alguna conversación con los de mayor confianza para mí: Ramón y Luis Quilodrán, pero nada más. El temor se sentía en el aire».
En los días siguientes, el interventor lo siguió llamando a su oficina para preguntarle por su hermano. Su respuesta fue siempre la misma: no tenía idea. «El hombre no se alteraba ni me prestaba demasiada atención. Era como si no le interesara».
De cualquier manera, sentía que las preguntas eran una forma de presión. «Comencé a pensar que podía llegar a pasarme algo si es que no aparecía luego mi hermano Alamiro».
2
Patricio Salvo Pereira medía un metro y ochenta y siete centímetros y pesaba ochenta y cuatro kilos. Era difícil que alguien se metiera con un tipo de su tamaño. Fue uno de los motivos para designarlo parte del «Pelotón de Eliminación», el grupo de asalto encargado de irrumpir en las casas luego de tocar el timbre, la puerta o decidirse derechamente a romperla en caso de que la situación lo ameritara. Entre el 11 de septiembre y los primeros días de octubre, esa fue su principal labor.
La noche previa al golpe había quedado como cabo de servicio del curso de aspirantes a oficiales de reserva. Su misión: pasar la lista, ver cuántos soldados estaban en enfermería, en las habitaciones, y al día siguiente, en la formación, dar cuenta al teniente oficial de servicio de todos los movimientos. Trabajo de rutina. Cada día uno de sus compañeros cumplía la misma función.
–Oiga, Salvo, entiéndame una cosa bien clara. Lo quiero atento, porque en cualquier momento lo puedo llamar por radio para darle órdenes. ¿Entendido? –le había dicho el hombre, con una ansiedad que le pareció fuera de lo común.
–Entendido, mi teniente. No se preocupe. Atento.
Esa noche del 10 de septiembre, la escena se repitió calcada tantas veces, que entrada la madrugada tenía la fuerte impresión de que algo, probablemente un golpe de Estado, podía suceder en cualquier instante.
De pronto, a las cuatro de la madrugada, aún en la total oscuridad, los taconeos de los bototos contra el concreto se oían desde todos lados hasta el costado de la guardia. Grupos, subgrupos silenciosos y diligentes. Y los camiones también, en sincronía, encendiéndose. En un instante todo el batallón estaba formado en espera de partir. En un instante los camiones estaban listos y cargados de soldados, armados hasta los dientes. El mayor Alejandro Rodríguez Fainé, jefe del batallón, comandaba la expedición a Santiago. «Y un suboficial le pasaba a cada uno de los choferes dinero para el peaje. A las siete de la mañana ya no quedaba ninguno».
En ese momento, cuando todavía no eran las seis de la mañana, el teniente de guardia le ordenó a Patricio que levantara a sus compañeros aspirantes a oficiales de reserva y a toda la plana mayor de la Secretaría de Estudios.
Para el 11 de septiembre de 1973, el Regimiento Escuela de Ingenieros Tejas Verdes constaba de un batallón compuesto por cuatro compañías, cada una de noventa hombres, más una compañía de logística, también con noventa. A ellos se sumaban los integrantes de la Secretaría de Estudios, parte del curso de formación de oficiales de reserva, entre los que se encontraba Patricio Salvo.
Eran treinta y dos aspirantes provenientes de distintos regimientos del país, seleccionados para reemplazar su servicio militar por un aprendizaje más acabado en la Escuela de Ingenieros. Luego de un año saldrían con el grado de oficial de reserva y seguirían con su vida de civil y la posibilidad de ser llamados a servicio activo en caso de alguna eventualidad dentro del país. Junto a ellos, dentro de las aulas de la Secretaría de Estudios, cerca de veinte cabos recién graduados aprendiendo ingeniería, ocho oficiales también estudiaban la misma especialidad, además de unos ocho suboficiales que recibían el conocimiento necesario para el manejo de maquinarias. En total eran cerca de setenta.
El Regimiento de Ingenieros Tejas Verdes estaba dotado de unos 470 hombres. Desde arriba a abajo, la autoridad máxima era el teniente coronel Manuel Contreras Sepúlveda; el subdirector y jefe administrativo, mayor René López Silva; jefe del batallón, mayor Alejandro Rodríguez Fainé; jefe de la sección logística, mayor Luis Rodríguez Díaz; fiscal militar encargado de las acusaciones a los detenidos sometidos a consejos de guerra, David Alfonso Miranda Monardes; jefe de la Secretaría de Estudios, mayor Jorge Núñez Magallanes; subdirector de la secretaría, capitán Klaus Kosiel Hornig; ayudante del director del regimiento, capitán Eugenio Videla Valdebenito.
Dentro del terreno del regimiento existía una población militar, donde todos los oficiales y suboficiales vivían con sus respectivas familias.
Patricio Salvo, puerta por puerta, iba despertando a todos los oficiales de la Secretaría de Estudios con el mismo mensaje: que se levantaran de inmediato. «Cuando llegué a tocar, en la mayoría de sus piezas las luces ya estaban encendidas. Me dio la impresión de que sabían lo que estaba sucediendo».
En el regimiento solo quedaron los integrantes de la Secretaría de Estudios: los treinta y dos aspirantes a oficial de reserva y los cabos, oficiales y operarios. En total, cerca de setenta hombres. El mayor Núñez Magallanes ordenó la formación. Al frente también estaba el capitán Kosiel, encargado directo a partir de ese momento de las acciones, junto a los dos oficiales instructores, los tenientes Pacheco y Torres, quienes se veían algo nerviosos, en espera. Y Salvo, junto al resto de los alumnos, con la tenida de combate puesta, a la espera de las órdenes.
«Estábamos perdidos. En ese momento llegó el teniente coronel Manuel Contreras, también con tenida completa. Se paró al frente acompañado de su plana mayor. Cinco y media de la mañana. Escuetamente, sin gritar ni hacer arengas, nos explicó que quería una formación tipo americana. Luego de eso se fue».
Aquello significaba dividirse en dos pelotones, treinta y cinco hombres en cada grupo. Uno al mando de Pacheco y el otro comandado por Torres. A su vez, cada pelotón se dividió en dos patrullas. En total eran cuatro grupos de diecisiete o dieciocho soldados comandados por suboficiales. Patricio quedó como primer hombre de su patrulla. «Esa fue mi primera vez con algo de mando. Siempre me había gustado mandar. Tenía aptitudes de liderazgo».
A partir de ese momento los soldados pasaban a formar parte de la Agrupación Bronce13.
Arriba de los camiones, Salvo y sus compañeros iban sentados con sus armas al lado, enfrentados en dos corridas de asientos. Cuando parecía que iban a partir hacia San Antonio, el teniente coronel Contreras gritó a todos los presentes:
–¡Guardar silencio!
Y a su vez, los jefes de las patrullas:
–¡Apagar motores!
«Y el silencio en la mañana recién amaneciendo. Adentro del camión solo se sentían las respiraciones nerviosas».
Mauricio Rufatt, su compañero de curso, mucho más. Todos sabían que era comunista.
«Yo también era una nube de pensamientos. ¿Mataría si era necesario? ¿Mataría a otra persona frente a mí si es que era necesario hacerlo?».
Un cañonazo potente retumbó desde el mar. Y vino la orden inmediata de Contreras:
–¡Encender motores y hacia el puerto!
Manuel Contreras iba delante, junto a Kosiel y Núñez Magallanes, en un jeep.
Al llegar a destino se dieron cuenta de que el lugar estaba controlado por infantes de Marina. Un barco ruso zarpó en ese momento y vio cómo el destructor Lord Cochrane, al frente suyo, preparaba su cañón y le lanzaba un bombazo a la distancia. Todos los soldados observaban en primera fila. El agua reventó en una estela, millones de goterones, gotas más pequeñas y gotitas, a casi dos metros del barco. Silencio.
La embarcación rusa volvió al muelle.
Esa mañana, el grupo de Salvo entró a algunas pesqueras todavía vacías. Un registro formal solamente. Buscar armas, mirar por encima, voltear algunas cajas. Nada más que eso y de regreso al regimiento en los camiones. A esperar órdenes.
Por segunda vez esa mañana el teniente coronel Contreras se paró frente al grupo de soldados.
–Se va a necesitar personal para enfermería. También para oficinas –dijo, mientras todos lo escuchaban sin saber exactamente qué quería decir–. Estos puestos pueden ser ocupados por todo el que no se sienta capaz de cumplir labores de combate –dijo, y luego recalcó con un tono duro, inusual en él–: ¡Se vienen tiempos difíciles!
Asimilar las palabras y al desayuno en el casino. Silencioso. Luego a la multicancha, para la formación. El grito en el cielo del capitán Kosiel y a embarcarse de nuevo en los camiones. Eran cerca de las ocho de la mañana ya. Todos listos y nuevamente hacia el puerto. «Uno de mis compañeros traía una radio transistor a pilas. La encendió. El locutor de una emisora decía que se había iniciado un golpe de Estado. Los militares estaban yendo hacia La Moneda luego de hacerle el llamado a rendirse al presidente Salvador Allende. Se hablaba ya de Pinochet y de otros».
Bajaron corriendo a allanar la Pesquera Hartling. Sacaron a los trabajadores de sus puestos. A esa hora había hombres y mujeres en la línea productiva, al lado de las huinchas, faenando, quienes se sorprendieron al verlos así, armados y furiosos.
–¡Afuera! ¡Afuera! ¡Afuera todos! ¡Al patio! –era lo que repetían con los fusiles apuntando a la gente.
Varios trabajadores se resistieron. No podían creer lo que estaba sucediendo. Que se fueran y los dejaran continuar trabajando, dijeron. Como respuesta y ejemplo, de inmediato vinieron las patadas, y mientras se levantaban, más patadas en el piso, los golpes por todos lados.
En poco rato tenían a todo el personal de la pesquera contra un gran muro blanco. El capitán Kosiel se acercó a las personas que formaban la fila. Unas ciento cincuenta. «Se paseó de un lado a otro en silencio, observando. Se detuvo al frente de un trabajador con el pelo largo y de aspecto desgarbado. Lo tomó de la melena con violencia. Tiró hacia abajo hasta llevarlo a la altura de su cintura. Y así, con el cuello torcido, se lo llevó corriendo hasta un bus abandonado estacionado a pocos metros».
Patricio Salvo sabía que Kosiel era descriteriado. Como su instructor, lo había visto dar órdenes erráticas al grupo varias veces en los meses anteriores. Desde su posición miró hacia la micro, pero no era posible ver qué estaba sucediendo en su interior. Ni gritos, ni un balazo, nada. Unos cinco minutos. De pronto, Kosiel bajó del bus. Detrás de él, un boina negra con tenida de combate. El trabajador había desaparecido.
Kosiel y el boina negra a su lado, con un grupo de soldados escoltándolos, quedaron al frente de la fila de trabajadores de la pesquera.
«El boina negra comenzó a pasearse, tal como lo había hecho Kosiel recién, de un lado a otro. Con toda certeza se detenía y apuntaba a los trabajadores. Uno, otro, otro y otro. Unos diez o quince. Más y más, hasta llegar a cerca de cuarenta». Al instante, los soldados a su lado detenían a las personas y las subían a los camiones del Ejército.
«Cuando me acerqué me di cuenta de que el boina negra era el mismo trabajador de pelo largo que Kosiel había sacado a los tirones».
Después de eso no volvió a ver a esa persona. Tampoco volvió a dejar de pensar que, en realidad, estaba metido adentro de un enredo y que todo se iba complicando con la velocidad del rayo conforme avanzaban los minutos. Su comprensión entonces apenas alcanzaba para obedecer de buena forma.
Kosiel les ordenó subir a los camiones. A través de las calles de San Antonio, hacia el centro, hasta la Gobernación, fue viendo a la ciudadanía observarlos pasar. En el edificio tradicional de la ciudad había más oficiales y otros suboficiales que no conocía. Un grupo entraría junto a Kosiel para allanar y detener gente. Otro, bajo su cargo, se quedaría afuera, custodiando la entrada y la retaguardia del ingreso. Nadie más podía entrar. Un par de ametralladoras .3014, ancladas y con un soldado listo para descargar, terminaban de cerrar el cerco.
«Fue instantáneo. Apenas entraron, como hormigas, la gente al interior de la Gobernación comenzó a salir por las ventanas, por las puertas, corriendo para todos lados, perdiéndose por las calles. Algunas personas veían esto y nos gritaban: “Hagan su trabajo. Metan presos a los upelientos”».
A Patricio Salvo le dio la impresión, en ese momento, de que querían circo, querían ver sangre. Él intentaba hacer a un lado a los mirones para evitar un enfrentamiento.
De pronto se escuchó un balazo y Salvo se fue instintivamente al piso. Tan instantáneo como el terror del grupo de mirones que se dispersó hacia todos lados, sin dirección, entre gritos y voces de espanto.
«En ese preciso instante, no en otro, sino en ese, se definieron muchas cosas. Todo el conocimiento, las clases de insurgencia y contrainsurgencia que nos venían metiendo con obsesión, tomaban cuerpo o se quedaban en la pizarra. Muchos oficiales se quedaron estáticos, sin saber qué hacer. Yo y un grupo que me siguió nos pusimos de pie y partimos corriendo». No en retirada, sino a través de calle Angamos hacia arriba, siguiendo el origen del estruendo, detrás de las personas que escapaban.
Un cuerpo en medio de la calle. Tenía una perforación en la cabeza, los ojos abiertos, un hilillo de sangre bajando por el pavimento junto a la bandada de personas que evitaba su encuentro. Un instante y seguir hacia arriba, indicándole a los dueños del comercio que bajaran sus persianas. A grito pelado. Patricio creyó que debía hacer eso y actuó. De otra forma estaban todos expuestos.
No lograron dar con quien mató a esa persona ni por qué. Algunos de los presentes recordaban que el caballero, antes de que se escuchara el balazo, había gritado: «¡Viva el presidente Allende!».
Salvo solo tenía a cargo un camión, era una especie de líder entre sus compañeros, pero en realidad, por su grado, no era sino uno más de los aspirantes a oficial de reserva. De todas formas, su actuar esa mañana fue bien visto, ya que varios oficiales presentes no supieron qué hacer ante la bala perdida.
Durante los primeros días, las mentes de los miembros de las patrullas se movían confusas. Eran los encargados de detener y aplicar la fuerza, pero todavía no se lo creían. Era como si estuvieran dentro de una película que debiera terminar en algún momento. Y para la gente de la calle era igual. «Cuando los deteníamos en sus casas, o en la calle, o donde fuera, a veces los llevábamos sin ningún tipo de resistencia. En los camiones conversaban con nosotros o entre ellos, sin medir la gravedad de los hechos».
La orden era llevarlos hasta el parque de estacionamiento de camiones del regimiento, una planicie donde los detenidos quedaban en espera de su destino, conversando con otras personas, perdidos, como si vinieran recién entrando en razón de lo que estaban viviendo.
Era algo común, la tónica del momento, «como si se tratara de un juego de roles donde los integrantes recién, recién comenzaban a tomar su papel. Medio en broma, medio en serio».
Autoridades de Tejas Verdes (fotos de la época)

Vista aérea parcial del Regimiento de Ingenieros Tejas Verdes

1. Secretaría de Estudios.
2. Casino de oficiales.
3
El día 12 de septiembre era el cumpleaños de Anatolio Zárate Oyarzún. Un día antes se encontraba en su domicilio, en calle Luis Alberto Araya, en Barrancas, comuna de San Antonio, donde vivía con su segunda esposa y dos hijos pequeños. «Estaba de visita mi otra hija, de diez años, Ilonka. La había tenido con mi esposa anterior, muerta años antes. Para ese tiempo yo me había casado por segunda vez».
Ilonka era criada por sus abuelos en Santiago. El primer matrimonio había sido bueno. Siempre se llevaron bien. El segundo había partido mal y a esas alturas era poco lo que se decían.
Anatolio Zárate era jefe de flota y representante del presidente de la República en el directorio de la Pesquera Arauco en San Antonio, militante del Partido Socialista e hijo del doctor Óscar Zárate, fundador de la colectividad.
Ese día 11 de septiembre, cerca de las once de la mañana, un grupo de asalto botó la puerta de ingreso. Apuntaron sus armas directo a la cara de su mujer, de sus hijos y de él. El más pequeño se encontraba en su habitación, adentro de la cuna. Tenía seis meses de edad.
«Les dije que no había armas, que estaba todo en orden, que no opondría resistencia, pero que tuvieran cuidado con mi familia; se los pedí por favor. Pero ellos no estaban para oír razones».
Eran siete u ocho hombres armados hasta los dientes, con fusiles, cascos, toda la tenida de combate y se movían a los gritos, dando órdenes, botando todo a su paso. Los libros, los muebles, todo al piso. Anatolio observaba con espanto. Llovían los insultos: extremista de mierda, maricón, se te dio vuelta la tortilla. Los niños lloraban aterrorizados.
Uno de los soldados entró a su habitación furioso a romper el colchón de su cama: seguro ahí escondía armas, el Plan Z. «Con la brutalidad del momento dio vuelta la cuna y mi hijo Vladimir cayó al piso. Sentí el golpe y el llanto. De forma instintiva corrí para levantarlo y sentí el golpe por detrás, entre la espalda y el cuello. Me fui al piso en shock».
En el suelo se sentía angustiado por no poder moverse y escuchar el llanto del bebé y sufrir el espanto de su familia. Pasaba de ser representante del presidente Salvador Allende en el directorio de la Pesquera Arauco, la empresa más grande de la región, a un mal nacido, golpeado por conscriptos.
Luego de terminar el registro, sin encontrar nada, el oficial a cargo15 se le acercó furioso.
–¡¿Dónde están las armas, hueón?!
–Ya se lo dije, no tengo armas –le respondió–. Nunca he tenido.
Apuntó a su hija con la pistola.
–¡No me mientas, mierda! ¡Dime la verdad! Que me la voy a echar, hueón.
Ella, espantada, se cubría el rostro con las manos. «Era el presidente de la Pesquera Arauco. Me tenían identificado. El oficial decía que a través de la compañía ingresábamos armas por el mar. Le seguía apuntando a mi hija con la pistola directo a la cabeza. Luego me apuntaba a mí. Pensé que me iba a disparar. No me podía mover».
Pasaron todo ese día dentro de la casa. Al llegar la noche, el oficial a cargo ordenó que una guardia de tres soldados se quedara ahí de punto fijo. Anatolio y su familia quedaban bajo arresto domiciliario.
–¿Estás contento?, comunista de mierda, eso es lo que se obtiene metiéndose en huevadas.
Pasaron cuatro días de la misma forma, entre las paredes de la casa de dos pisos, cuatro habitaciones y un patio pequeño. Por las noches, los niños y su mujer en la pieza matrimonial; él, junto al grupo de militares en el comedor y el living. Entre ellos, los nuevos «dueños de casa», comían conversaban y se reían. A él solo le dirigían la palabra para insultarlo ocasionalmente.
Cocinar para los soldados. Su mujer estaba cada vez más enojada. No quería, no tenía por qué pasar por eso. Si la relación ya estaba muerta, ¿por qué tenía que vivir esa situación? Ni siquiera era de izquierda. Hasta estaba de acuerdo con el golpe. ¿Por estar juntos, solamente por eso?
«Ella conversaba con ellos desde el primer día, pero al cuarto día les explicó que me quería dejar ahí. Les dijo que estaba a favor del golpe militar, que era de una familia de derecha que no sabía nada de lo que yo hacía y que seguramente era un terrorista a sus espaldas».
Los soldados la escucharon. Era una mujer decente, de buena familia, ubicada en el lugar equivocado, con el hombre equivocado. Seguramente, luego de comprobar sus palabras, la dejaron libre. Anatolio estaba terriblemente ofendido. A pesar de que la relación no funcionaba, no esperaba eso de su nujer. Cuando tomó sus cosas creyó que se llevaría también a Ilonka. «Pero salió por la puerta con mis dos hijos. Sin despedirse».
De ese modo quedó solo con Ilonka y los soldados. Más burlas. Lo habían abandonado. Los golpes en la cabeza, la humillación constante. Luego, seguir con esa vida monótona. Todo el día sin hacer nada. Esperaban que algún compañero visitara su casa para detenerlo, pero no sucedió.
Cuando llegaron al séptimo día, el teniente a cargo le dijo que el nuevo interventor de la Pesquera Arauco lo esperaba en su oficina. Después se iría detenido a un centro penitenciario.
–¿Qué va a pasar con mi hija? No puedo dejarla así.
Un sargento, presente en ese momento, le dio la salida.
–Vamos a hablar con los vecinos para que se quede con ellos.
¿No había más opción? No.
Tocaron la puerta de los Steubens. Salió el hombre y su señora. Se conocían. Entendían perfecto lo que estaba sucediendo. Ellos la cuidarían, le dijeron que no se preocupara.
«Ese momento no lo voy a olvidar nunca. Ahí se me rompió el alma».
En la Pesquera Arauco, ubicada en el puerto mismo de San Antonio, lo esperaba el nuevo interventor, Hubert
Fuchs16. Ocupaba la que hasta una semana atrás había sido su oficina. Le tenía listo el documento con su renuncia. Debía firmar, solo eso. Entendió. Luego de terminar el trámite, un soldado conscripto lo sacó del lugar.
Antes de subir a la camioneta le calzó una venda en los ojos y se la amarró con fuerza. Arriba de una camioneta de la pesquera, dejando los barrios industriales del puerto, viajó intuyendo el mar, las grúas, los containers. Arriba y abajo, calculando las vueltas detrás de la venda. En vez de doblar a la derecha, hacia el Regimiento de Ingenieros Tejas Verdes, donde creía que lo llevarían, giraron a la izquierda, como si dejaran San Antonio, rumbo al balneario Rocas de Santo Domingo.
A los pocos metros se detuvieron.
–¡Abajo, mierrrrda!
Caminó unos pasos hasta un muro, a tientas, bajo los empujones y los insultos tras su espalda. No sabía si lo iban a fusilar o qué. Tanto que lo habían amenazado. Le quitaron la venda y leyó el cartel: recinto militar.
–¡Parado ahí, mierda! ¡No se te ocurra moverte, ni sentarte! ¿Escuchaste, conchetumadre?
«Estaba a un costado del puente Rocas de Santo Domingo. Era una planicie grande, como del porte de tres canchas de fútbol, que hacia el sur terminaba en la ribera del río Maipo. Una garita en la entrada, unas carpas de campaña a la derecha, unas techumbres a la izquierda, con un fogón».
Cuando llegó, no había ahí más de diez personas. Tampoco construcciones donde alojar. Casetas de soldados en las cuatro esquinas vigilaban la planicie. Hacia el poniente del terreno escurría otro brazo de agua calma, un poco más aconchada, y a la izquierda, el cerro Mirador Cristo del Maipo, escarpado, sin árboles.
Al principio fue la sensación en los muslos, las pantorrillas y luego en las articulaciones, solo una molestia. Pensaba que en algún momento deberían ir a buscarlo para dejarlo preso de forma definitiva. Pensó también que su puesto político, su militancia histórica y la cercanía evidente con el gobierno de la Unidad Popular, iban a ser un tema difícil de sortear. Y los militares ya le habían hecho saber su opinión sobre él: «Comunista desgraciado, hijo de puta, ahora vas a ver». Y la verdad es que todavía no había visto nada.
Pasó un día entero ahí, de pie, con la molestia y la fatiga transformadas en un ardor en los músculos y la ansiedad de querer sentarse, de cambiar de posición para que la sangre volviera a su curso.
«Pensaba en mi matrimonio, en mis hijos, en mi hija con los vecinos, en el país perdido y en mí, ¿qué me sucedería?».
Luego de diez horas de pie, sin agua y sin comida, a eso de las ocho de la noche llegó el suboficial Carriel, como se presentó en esa ocasión. Le explicó que esa noche la iba a pasar bajo un cobertizo al lado del fogón. Las piernas le ardían.
4
Para el 16 de septiembre, Ana Becerra Arce decidió entregarse a Carabineros. Llevaba unos cuatro días prófuga. Había sido requerida por intermedio de un bando, a través de la radio, con orden de detención y fusilamiento. La habían ido a buscar el 11 de septiembre a su casa, en San Antonio, donde no estaba sino ella su padre. Él también les servía.
Antes de dirigirse a la comisaría había discutido su situación con las autoridades del MIR de la zona. La autorizaron. Esa tarde la acompañó una tía. Un carabinero las recibió y con el ritmo taciturno de provincia, el hombre les explicó que debían esperar. Ellos iban a dar cuenta al Ejército.
Cuando le explicaron que debía acompañarlos hasta un calabozo, Ana se despidió de su tía. Sola en una pieza pequeña. Tranquila ahí, esperando. Terminó ese día y vino la noche. De la mañana siguiente recuerda: «Los militares llegaron con el griterío por delante, furiosos, a los insultos. Se abrió la celda y a los empujones me llevaron hasta afuera. Estaba yo sola con ellos, en la calle. Un furgón estacionado, lleno de uniformados. Otro más y un jeep con un soldado armado sobre la parte de atrás, con una metralleta .3017 anclada al vehículo, apuntando. Estaba un poco asustada y al mismo tiempo era gracioso. ¿Todo eso por mí? Pucha que era importante, grande, y eso que tenía apenas diecisiete años».
Y dos meses de embarazo.
Arriba de una camioneta, encapuchada, fue trasladada hasta el campo de prisioneros.
«El suboficial Carriel recibía a todos los detenidos. Era una especie de cuidador. Vivía ahí con su señora y sus dos hijas. Tenían una casita al final del campo, al lado de la ribera del río Maipo. Su trabajo era supervisar el espacio físico, bajo el mando de la oficialidad. Era un tipo más bien bonachón. Un suboficial, nada más».
Cuando Ana llegó había pocos detenidos todavía. Su recuerdo es que en esa primera etapa alojó en una mediagua de tres por tres metros, con la secretaria del diputado por Melipilla, Matías Núñez Malhue. La habían tomado buscándolo a él. Era mayor, una mujer con experiencia.
Con el paso de los días, otras detenidas fueron llegando al campo de prisioneros. La mayoría provenía de San Antonio y los alrededores.
«No había agua. Así que cualquiera partía a la casa de Carriel para pedirle. Para los que traían dinero de afuera, su señora vendía sándwiches de queso y aliados de queso jamón».
«Y cada mañana, el canto a la bandera izándose y el Himno Nacional con la estrofa de “nuestros valientes soldados”. Lo odiaba».
Durante el día se permitía el contacto con los hombres detenidos. Ellos dormían bajo un fogón, ubicado entre dos cobertizos, y ahí, en torno al fuego, les dejaban conversar.
Los conscriptos encargados de la seguridad del campo eran de San Antonio, igual que ellas. El trato, por lo mismo, era bueno. Un relajo total para lo que ella entendía por cárcel o un campo de detenidos. «Y si queríamos leer revistas, nos traían para que nos entretuviéramos».
El oficial a cargo del campo, la máxima autoridad, lo permitía. «Joven, recién egresado, al parecer. También llegaba a mi mediagua. Le gustaba la conversación culta y sabía de literatura»18. Hasta intercambiaron libros que su familia le había dejado en la guardia. Y también sabía del gobierno de Salvador Allende. En ningún momento se le ocurrió tratarlos de subversivos ni de delincuentes. Todo lo contrario: prisioneros de guerra, entendiendo que ahí nadie había sido detenido armado ni mucho menos.
«En una ocasión, por amabilidad, se me acercó y me preguntó si necesitaba algo, si me faltaba alguna cosa. Yo le dije que sería bueno un lavatorio, para lavarnos el poto, porque en ese tiempo no había lugar donde asearse».
Ana le vio la vergüenza en el rostro. El subteniente lo haría, se lo diría a su madre.
Mucho tiempo después conversaron entre ellas acerca de este episodio. Capona se había acercado a su madre, complicado entero. Rojo de vergüenza, dándose mil vueltas antes de decirle: «Señora, su hija necesita un lavatorio. Me pidió que le dijera que era para lavarse el trasero».
En esos días iniciales, los militares todavía parecían humanos.
Parque de materiales perteneciente al Regimiento de Ingenieros Tejas Verdes

Antes del golpe, el descampado fue el parque de materiales del Regimiento Escuela de Ingenieros Militares Tejas Verdes una especie de bodega destinada a albergar objetos propios de las labores de ese destacamento. Luego de él se transformó en el campo de prisioneros Nº 2. Actualmente se ve de esta forma.
5
Días después del golpe, el 22 de septiembre, Patricio Salvo ya estaba acostumbrado a su papel dentro del pelotón de eliminación. El nombre no se debía a que se deshicieran de personas, sino a que en cada registro y allanamiento ellos «eliminaban» el peligro.
Golpe a la puerta esperando que el dueño o la dueña de casa abriera y luego él y otro grupo de grandotes detrás, pasando por encima de todos, intentaban controlar la situación lo más rápido posible. Alguna que otra señora volando a su paso, algunas narices quebradas, hombres caídos, bocas sangrantes, niños llorando y los gritos de su patrulla y de él mismo llamándolos al silencio, a la rendición total e incondicional. Que no se movieran o los mataban. Una vez limpio el camino, detrás, el grupo de registro, tomaba todo a su paso, botando y revisando el material subversivo, los barretines, discos de música, banderas del Partido Comunista, del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), del Partido Socialista, del MIR.
Ya funcionaban aceitados.
Patricio descansaba en la cancha de básquetbol de la escuela en espera de órdenes. Eso recuerda, y también la llegada del teniente Pacheco, su instructor. Venía con una lista y una carta que le pasó al cabo Orlando Montenegro19, uno de sus instructores que quedó al mando de la operación. «Armó un grupo al azar. Junto a nosotros, un contingente de cinco o seis soldados más».
Eran poco más de las nueve de la mañana y había sol. Un día bonito. Partieron a bordo de cuatro camionetas particulares. Tomó la lista donde aparecían cuatro dirigentes estibadores de San Antonio que estaban en huelga. «Junto con la lista venía una carta firmada de puño y letra por Manuel Contreras. La leí. Una misiva de verdad muy amable que, en resumen, invitaba a los dirigentes a deponer su actitud, demostrándoles su intención de solucionar “el problema”».
En ese momento Patricio no sabía cuál era «el problema».
Ya en San Antonio se dividieron. A él le tocó ir a la casa de dos de los dirigentes, Héctor Rojo y Armando Jiménez. Bajarse del camión, tocar la puerta, entrar a la casa. Venían en son de paz, siempre con la carta por delante. La actitud natural de la gente era abrir, llevarlos hasta el living.
Su recuerdo es que cuando llegaron a buscarlo, Rojo estaba aún en pijama y que, al leer la carta de Contreras, el hombre se la mostró a su mujer. «Con eso sí que vamos a llegar a acuerdo; mira, acá está toda la disposición de solucionar el asunto».
«Con muy buen tono, nos pidió que lo esperáramos un instante, mientras se terminaba de vestir para que partiéramos de inmediato. Lo esperamos en el living. Nos sirvieron un vaso de jugo, sentados en uno de los sillones. Y entonces llegó un joven de unos quince años. Quería saber en qué estaba el Ejército, cuál era su realidad en ese momento. No entendí si quería enrolarse o qué. Parecía eso. Una conversación en verdad muy cordial. Gente hospitalaria».
Una vez vestido el dirigente partieron. A uno más fueron a buscar esa mañana, siempre con la carta firmada por Manuel Contreras como mascarón de proa. Siempre fue lo mismo. Buena disposición de los estibadores y también de sus familias.
De vuelta, la caravana llegó hasta la oficina de la dirección. Estacionaron y los dirigentes bajaron del vehículo. Quedaron ahí, en espera, parados afuera de la oficina en un pequeño antejardín. Salvo se fue a la multicancha. «Desde ahí vi a los dos dirigentes que había detenido esa mañana más tres personas. Parecían amigos y parecían estar esperando, sin nada que hacer más que conversar, igual que yo, con un cigarrillo en la boca».
Luego salió Manuel Contreras, hablaron un rato de forma distendida, por lo menos así lo veía desde la distancia. Llegaron dos jeeps Land Rover a los que subieron tanto los dirigentes como Contreras junto a Alejandro Rodríguez Fainé, Jorge Núñez Magallanes y Klaus Kosiel.
Muchos años más tarde, la investigación judicial estableció que el 22 de septiembre de 1973, un grupo de soldados de Tejas Verdes pasó a buscar a cuatro dirigentes del Sindicato de Estibadores de San Antonio: el comunista Héctor Rojo Alfaro, los socialistas Samuel Núñez González y Armando Jiménez Machuca, junto al demócrata cristiano Guillermo Álvarez Cañas20. Uno de ellos fue detenido en la sede del sindicato. Dos desde sus casas y uno, Armando Jiménez, llegó voluntariamente a Tejas Verdes para conversar con Manuel Contreras.
Estaban en paro, demandaban al nuevo gobierno de facto una serie de mejoras en las condiciones de trabajo, entre ellas un aumento en las remuneraciones.
El 23 de septiembre, a través del bando presidencial número 26, se informó por la radio: «Anoche, a las 21:30 horas, en circunstancias de que algunos extremistas eran trasladados desde San Antonio al campo de prisioneros de Bucalemu, a raíz de una falla mecánica del vehículo que los transportaba, seis de ellos trataron de escapar, siendo reducidos por las armas de la patrulla que los custodiaba», firmado por Manuel Contreras como jefe de zona de estado de sitio de los departamentos de San Antonio y Melipilla.
Todos muertos. En esa ocasión, junto a los estibadores, dos personas más fueron eliminadas en las mismas circunstancias: Raúl Enrique Bacciarini Zorrilla, ex funcionario de Investigaciones y secretario regional del Partido Socialista, detenido el 11 de septiembre21, y el GAP (Grupo de Amigos Personales del Presidente Allende), también socialista, Fidel Bravo Álvarez, detenido el 22 de septiembre22.
Luis Alberto Sepúlveda Carvajal23, funcionario del Servicio Médico Legal de San Antonio, fue requerido por el médico legista a cargo del hospital Claudio Vicuña, de dicha localidad, para ayudar en la identificación de los cuerpos. Ahí se percataron de que los cadáveres presentaban cerca de ochenta heridas cortopunzantes y de bala post mortem.
Quizás porque era comunista, o porque comentó lo que había visto a alguien, Sepúlveda fue detenido a los pocos días y llevado a Tejas Verdes, donde pasó a ser un detenido más.
La causa fue fallada finalmente en 2011 y tiene solo a dos responsables condenados24.
La verdad es que hasta hoy Patricio nunca había contado que vio a las autoridades de Tejas Verdes arriba del vehículo. Probablemente sea una de las últimas personas que vio con vida a esos ejecutados. Miedo, quizás. Falta de conocimiento, tal vez. Pero el caso es que sucedió así. Testigo privilegiado en esa ocasión.
Lo guardó en su memoria para siempre por una razón muy simple. «Al día siguiente de ocurridos los hechos me encontré con la noticia en el diario. Quedé helado. Se lo pasé a Pacheco. “Mire dónde están las personas que invitamos a conversar con mi teniente coronel Contreras”, le dije. Me sentía engañado, parte del cebo. Fue extraño, porque Pacheco también se veía impactado».
A partir de ese momento todo comenzó a verse menos claro, más confuso, lo que invitaba a pisar con mucho cuidado. En ese momento pensó que podían eliminar a cualquiera, disfrazando las situaciones, tal como habían hecho con la cordial invitación del teniente coronel Contreras a los trabajadores portuarios para llegar a un acuerdo definitivo.
Tres días después le tocó hacer guardia en el cementerio parroquial de San Antonio. Estaba clausurado para el público. Pacheco le ordenó hacerse cargo de un pabellón. Familiares avanzaban por una de las calles con ataúdes. Algo había en la mirada de uno de ellos. Al principio no lo reconoció, pero luego, en un instante se dio cuenta de que era el chico de la casa del estibador. «El joven de quince años, amable, de la casa donde tomé jugo. Le habían matado a su padre y ahora me miraba con odio, con un odio infinito».
Se sintió pillado, sin saber dónde meterse. Más y más ojos iban tras él. Miró hacia una lápida y era la de Rojo. De pronto pasó de ser el celador a hombre en fuga, escabulléndose como podía, sin mirar hacia atrás. Con la respiración acelerada, compungido, tenía una sensación de desasosiego dentro del cuerpo.
Entró al jeep y se sentó para tranquilizarse un poco. Pacheco estaba a su lado.
–¿Qué pasa, Salvo?
–¡Dónde me mandó, pues, mi capitán! Eran los familiares de los estibadores, enterrándolos.
–¡Chuta, no sabía que era eso!
–¡Bueno, pero eso era!
Así que no, no volvería ahí. Se quedaría en el camión para recomponerse.
6
A poco andar del golpe, Feliciano Cerda había comenzado a hacerse la idea de qué podrían estar viviendo los detenidos en los campos de concentración del país. Se llenaba de ansiedad y comenzaba a creer cada vez con mayor fuerza –ya casi con una especie de certeza definitiva– que su hermano Alamiro debía estar en alguno de esos lugares de los que se hablaba. Un lugar secreto.
Cuando escuchó en su radio transistor, metido en la cama una noche, el caso de un hombre que había partido a Australia, escapando de la dictadura, todas sus angustias se volvieron más patentes. A través de radio Moscú, desde el exilio, el hombre narraba su experiencia tal como la había vivido. Según él, había sido detenido sin razón y le habían torturado. Rodeadas las canillas con alambres de púas, destrozaron sus piernas. A Feliciano no le pareció que el hombre le hubiese puesto ni quitado a la terrible experiencia vivida. Simplemente parecía narrar lo sucedido. Con lujo de detalles, lo que era todavía más inquietante. Imposible no pensar en su hermano Alamiro.
Antes de tomar la micro con dirección al centro de la ciudad, avanzaba a diario unos metros a pie desde la población hasta Lo Hermida.
«Cuatro militares por cuadra, parados en la vereda, fusiles al hombro, casco, uniforme de combate. Un poco más allá, un jeep con una metralleta en su parte trasera. Otro soldado, parado ahí, con las manos al lado del arma, escudriñando todo. En todas las cuadras hacia el poniente y el oriente, lo mismo. Y cada dos calles, como refuerzo, un grupo de soldados juntos en la esquina».
Donde él habitaba era considerado un lugar conflictivo. Se había creado en base a tomas de campesinos –como Feliciano y su familia–, formando primero campamentos y luego poblaciones. Unas zonas estaban más desarrolladas, con sus casas y alcantarillado; otras, como la suya, eran simples chozas o mediaguas, con piso de tierra y hoyos afuera, como en el campo, para hacer las necesidades. Familias completas en espera de mejorar la condición de vivienda vivían ahí vidas traídas a cuestas desde el norte, trabajadores desempleados, o desde el sur, campesinos explotados. Muchos dirigentes sindicales tenían sus casas ahí. Había sido un centro de fuerte apoyo al gobierno de la Unidad Popular.
En esos días, cuando Feliciano pasaba al lado de los soldados, de ida o de vuelta del trabajo, sentía vértigo. Jóvenes conscriptos, impredecibles y en estado de alarma.
«¿Qué estái haciendo ahí? Apúrate». La ley era no pasarse de las once de la noche y ellos, junto con los carabineros, eran los encargados de hacerla cumplir a punta de bala. Eso era algo que ya nadie desconocía: los soldados, cualquiera de ellos, estaban facultados para sacar su fusil y descargárselo en el cuerpo o donde se le ocurriera a todo aquel que incurriera en falta.
El recuerdo cercano de dos compañeros de trabajo de Vía Sur, asesinados el 5 de octubre en plena calle, lo perturbaba. Los mecánicos Omar Bernal y Raúl Santis25, como muchas veces le tocaba a él, en esa ocasión ellos entraban al turno de las diez de la noche. En avenida Recoleta, una patrulla los había pillado afuera durante el toque de queda. «Los fusilaron arriba del puente Pío Nono. Bernal fue a parar a la morgue. Santis, un joven mecánico de micros, recibió la ráfaga en las piernas. Se las cortaron y cayó vivo hacia atrás sobre el río Mapocho. Un panadero, al parecer, lo vio y lo sacó del agua. El padre del joven llegó a verlo a la posta. Murió a los pocos días. Ojos verdes, delgado, tez blanca, todavía recuerdo bien su rostro».
Ni el silencio, ni trabajar, ni seguir marcando el paso en la empresa aseguraban llegar de vuelta a la casa. Irarrázaval, Portugal, Alameda y Miraflores, el Parque Forestal y Recoleta. Todo plagado en las esquinas, en las plazas, por un número cada vez mayor de militares. La ciudad se veía gris, apagada; los rostros de la gente, asustados, preocupados. Seguro que había otros alegres, pero quizás por empatía o por el reflejo propio de sus pensamientos, la atención de Feliciano Cerda se centraba en los que vivían como él: asustados y con destino incierto.
Y a veces en esos viajes se veía a sí mismo como en otros tiempos, anteriores a ese, viviendo en el campo, antes de decidir partir a la capital en masa en busca de una mejor suerte. Con ocho años de edad, se recordaba a sí mismo parado al lado del corral, contando animales en pleno verano, en el campo de una comadre de su mamá. Tomaba un caballo en compañía de los perros, por las lomas, los cerros, siguiendo a algún animal alejado del grupo, para llevarlo de vuelta. Siempre contando, manteniendo el orden. No le gustaba hacerlo, suerte desgraciada, y cuando volvía a su casa luego de la temporada, a pies pelados caminando por los senderos embarrados, a través de los bosques de quillayes y peumos y el salto de un lado a otro de los riachuelos helados, pensaba también que su vida debía ser otra. Solo lo hacía cambiar de idea el rostro de su madre, tan alegre cuando él llegaba con una pieza de queso. Ella, que no comía todos los días por cederle el alimento a él y a sus otros once hermanos, más algunos muertos en la primera infancia.
También recordaba, en los viajes por Santiago desde y hacia la empresa, y en el silencio de su madre cada vez más marcado y crónico debido a la ausencia de Alamiro luego del 11 de septiembre, las palabras de su hermano, pronunciadas cuando eran aún niños. Los dos parados sobre una loma que se asomaba hacia el descampado y la carretera norte-sur, allá en su pueblo natal, La Paz, a unos kilómetros de Loncoche: «Alamiro quedaba extasiado cuando pasaban los buses a toda velocidad. “Un día voy a trabajar en uno de esos”, me decía».
En nombre de ese sueño, Alamiro había partido a la capital para trabajar en algo que le encantaba. Tenía razones, como todos los que iban creciendo, para dejar el hogar. Su padre, analfabeto, a veces borracho, entre trago y trago, adentro de la pequeña casa hecha de cáscaras de madera, por donde el frío se colaba cada noche, deslizaba las penurias que finalmente afectaban a todos por igual. «Un solo sueldo –decía– para todos. Y tengo que tomarlo como un favor porque mi prole es tan grande que nadie me va a querer recibir en otro lado». Y otro trago. Y a veces, cuando de verdad se le pasaba la mano, caía un golpe perdido, un correazo, no más que eso. No era malo, solo ignorante y con pocas herramientas para batírselas; estaba cansado, angustiado por no poder hacer que sus hijos usaran de calzoncillos algo mejor que un saco de harina, o que comieran una sopa aguada, porque era para lo único que alcanzaba.
Tenía que haber otro sueldo. Por eso Feliciano pensó en seguir el camino de su hermano Alamiro, pero su madre lo detenía. «Primero tus estudios, hijo», le había dicho ella, campesina, también analfabeta. Por eso decidió sacarle el jugo al colegio y llegó hasta séptimo de preparatoria en la escuela básica de su pueblo. Terminado el curso, un profesor del colegio de La Paz le ofreció matricularlo en Temuco para que siguiera adelante. Partió entonces a la capital de la región para continuar con su educación, pero dicho profesor lo tuvo como un empleado doméstico en su casa, sin matricularlo en el colegio.
Volvió a La Paz y ahí permaneció dedicado al trabajo duro, hasta que Alamiro llegó desde Santiago, a buscarlos a todos en el verano de 1970, cuando él tenía diecinueve años y estaba acostumbrado al trabajo pesado y no tenía otro proyecto más que marcar el paso. «Venía feliz. Había conseguido trabajo en una empresa de buses. Se llamaba Vía Sur».
Pasados tres años en la capital, unos días después del golpe, en los viajes de ida y vuelta a Vía Sur, se preguntaba si en verdad había sido buena idea dejar el pueblo natal con toda la familia.
En la empresa, los agentes de civil se multiplicaban cada día, como dueños del lugar. A riesgo de que lo descubrieran –porque ya pensaba que todo podía estar lleno de soplones en espera de un error– junto a su madre había cometido la imprudencia de preguntarle a un dirigente vecinal del MIR si tenía alguna idea de dónde podía estar Alamiro.
–No aparece hace más de un mes –dijo ella.
–No se sabe nada, señora –era la respuesta idéntica cada vez. Ojalá estuviera bien escondido.
7
Durante los primeros días de reclusión no comió ni bebió absolutamente nada. Su vida, como la había pensado y vivido hasta ese momento, había sido borrada como quien pasa la manga del chaleco sobre la tiza del pizarrón. Un manchón de sensaciones confusas encontrándose. Como buen marino mercante, Anatolio Zárate tenía buen genio, le gustaban los viajes, las aventuras, el mar y la conversación, pero en ese momento estaba desconcertado. Enrollar y desenrollar la madeja sin encontrar respuestas a sus pensamientos. El golpe militar y de inmediato su mujer y sus dos hijos no estaban ni estarían cerca. Ilonka, en manos de los vecinos. ¿Qué sería de ella? ¿Su abuela se habría dado cuenta? ¿Estarían juntas ya las dos en Santiago? Ojalá. Y luego volver a pensar en lo mismo.
Dormía bajo el mismo cobertizo junto a otros detenidos. A cada momento se sumaban más y más, algunos conocidos y otros no. Muchos de ellos, como él, personalidades de la época. Hombres con cargos políticos, con militancias reconocidas. «Pero entonces, con toda la mezcolanza adentro, no tenía mayor interés en hablar».
Como a la semana de de estar durmiendo bajo ese cobertizo, cada vez más apilados, llegó un conjunto de containers metálicos remolcados en camiones. Un grupo de militares comenzó a acomodarlos, trazando una especie de semicírculo que miraba hacia el río y sobre ellos otra corrida idéntica. Apoyaron escaleras para que los detenidos subieran o bajaran.
Campo de detención con los containers recién instalados

El terreno muestra a la izquierda el puente Lo Gallardo, que cruza el río Maipo cerca de su desembocadura. A la derecha, la calle San Juan. Al centro, una primera aproximación a lo que sería el campo de detenidos con los containers. Arriba, carpas de campaña de enfermeras y militares. Abajo, la casa del suboficial Carriel, y a la derecha, cobertizos con un fogón al medio que, en un comienzo, tanto militares como detenidos utilizaban para cocinar.
A dormir ahí, sin frazadas, sin un chaleco, nada. Un detenido por container. En el número uno, Armando Aravena Contreras, jefe de bodegas de la Pesquera Arauco. En el dos, Anatolio Zárate. En el tres, Gustavo Farías; más allá, su hermano, Arturo Farías, ambos militantes del MIR; Mario Santana, delegado de la Vivienda en San Antonio, comunista; José Ortiz, comunista, hijo de Pompeyo Ortiz, alcalde de Cartagena, socialista. Anatolio lo conocía bien. Jorge Hunt, del MIR; el «Bigote» Carrasco26, también del MIR; Onofre Águila, socialista; Luis Norambuena, socialista, regidor de San Antonio, y Mesina27, también socialista, panadero.
Al frente estaban las mujeres. Había algún contacto con ellas, aunque prácticamente no ubicaba a ninguna. A Ana Becerra la conocía solo de vista. Era una niña. Conocía a su padre, Hernán, compañero de partido. A Flor Núñez, hermana del diputado por Melipilla Matías Núñez, también la ubicaba.
La mayor parte del día pasaba dentro del container o sentado con los pies colgando hacia afuera, mirando al exterior y pensando. De container a container cruzaba alguna conversación. Nada comprometedor, nada que pudiera incriminarlo después. Con Gustavo Farías a veces hablaba acerca de lo que estaba sucediendo en el país, de las gotas de agua condensadas adentro de los containers y del frío.
Su recuerdo del teniente Capona no es bueno. Los hacía correr en las mañanas. «Mal comidos, mal dormidos y por el campo de detención dando vueltas. Balazo al que se atreviera a detenerse sin una orden. Íbamos cayendo, uno a uno, rendidos con el paso de los minutos y las horas. En una ocasión mi sensación fue la de caer. Me desvanecí de tanto esfuerzo. Corté el cordel. Una falla total de los músculos. Caí reventado contra el piso, semidesmayado, sin poder moverme».
Desde ahí, de vuelta a su container a pasar la fatiga. Recomponerse adentro de la construcción metálica y volver a la rutina. Los cantos en la mañana, la retreta en la tarde y de vuelta. Conversar un poco y de regreso al frío.
Al parecer, los containers provenían de Alemania Oriental o de algún otro país que protestó por su utilización. Eso se dijo. El caso es que tuvo dos consecuencias. La primera es que llegaron los militares a desarmar el mecano, con camiones, grúas, y la segunda que a Anatolio lo trasladaron hasta la cárcel de San Antonio junto a un grupo de detenidos: Mario Santana, Onofre Águila, Arturo Farías y tal vez el «Bigote» Carrasco, todos arriba de la camioneta.
Llegaron hasta un pabellón de presos políticos. Estaba lleno. Era un salón ubicado en el segundo piso de la edificación de muros gruesos, de concreto. «Treinta literas dispuestas por toda la pieza. Un baño para todos, en realidad eran unos ladrillos estucados puestos en el piso, un cagadero. Lo manteníamos limpio, como también la habitación, a través de turnos organizados por nosotros mismos. Los muros húmedos, hediondos, pasados a ese aroma fétido de encierro y opresión. De dolor».
No alcanzó a acostumbrarse ni a convivir. Al tercer día, un gendarme fue a buscarlo junto al resto de los compañeros con los que había llegado a la cárcel.
–Se van libres, cabros.
Sonaba bien. Quizás se habían dado cuenta de que no tenía sentido detener a gente sin participación en la lucha armada. Solo políticos o funcionarios de carrera con militancia.
Cada uno firmó su libertad ante el oficial de Gendarmería. Al parecer era cierto. Todo el grupo avanzó hasta la salida, pero primero debían pasar a un patiecito intermedio. Estacionada ahí estaba una de las camionetas de la Pesquera Arauco. A un lado, soldados armados con fusiles y un suboficial28. Todos en tenida de combate.
–Arriba de la camioneta –dijo el suboficial–. Calladitos.
Sin tiempo para pensar, de nuevo invadido por la preocupación. Mientras iban subiendo, les ponían una capucha sobre la cabeza. En penumbras escuchó a un soldado:
–Fusilamiento a estos hueones. Traidores a la patria.
En silencio y el motor encendido. Primera marcha. La camioneta avanza, primero por el pavimento, por las calles de la ciudad y luego por terrenos cada vez más sinuosos, deslizándose con dificultad. El sonido de las ruedas, las piedras y todos yendo de un lado a otro, sintiendo los hombros golpear y alejarse, golpear y alejarse. La mezcla de sensaciones. «Miedo, espanto, enfrentarse a la muerte en esas circunstancias, por primera vez».
El trayecto duró unos minutos, u horas, imposible saberlo. Y a bajarse, mierda, a caminar sin saber hacia dónde, hasta lo que debía ser la orilla de un río. Los formaron uno al lado del otro.
Tronó una voz fuerte:
–¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!
El estruendo de la pólvora y luego el silencio total. «De pronto, luego del sonido tremendo, vino el silencio del mismo tamaño. Los pájaros y el agua corriendo. Eso debía ser la muerte y por dentro pensaba: se acabó, se acabó todo ya de una vez. Está bien. Mejor así».
A su lado, un alarido lastimoso lo sacó de ese lugar.
–¡Me mataron, me mataron estos milicos de mierda! ¡Me mataron!
¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a pasar con mis hijos? ¿Quién los va a cuidar?
Una y otra vez se repitió el lamento hasta que se ahogaron los gritos de Mario Santana y de nuevo imperó el silencio. Entonces sucedió algo que solo puede calificar de extraordinario, atendiendo a que Anatolio es ateo y esas cosas jamás se le han dado. «De pronto me sentí totalmente solo. Como si el tiempo corriera más lento y todo fuera más liviano. En ese momento, una mano me tocó el hombro por detrás y me dijo con calma y hasta algo de cariño: “Tranquilo, que todo va a estar bien”. Me relajé y sentí paz».
–¡Comunistas conchas de su madre! ¿Estuvo bueno? ¡De vuelta a la camioneta, mieerrrda! Hoy no murieron, mañana veremos.
En ese mismo instante los subieron a la camioneta y de vuelta al campo de detención.
Los formaron junto al resto de los detenidos hombres. Había cambio de mando en el campo de prisioneros. Se iba Capona y en su reemplazo llegaba el teniente Carevic29. A dedo y con una lista, uno a uno, adelante. Norambuena, el panadero Mesina, su amigo Gustavo Farías. Sin mayor presentación, les ordenó caminar hasta el fogón. Debían esperar un rato hasta que llegara un camión a buscarlos.
Quedaron ahí, de pie, en espera. El resto de los formados, Anatolio incluido, se disolvió y volvió a sus labores.
Un rato después pasó caminando por el lado del fogón donde todavía permanecían sus compañeros en espera de que los sacaran del campo. Lucho Norambuena le hizo un gesto y se le acercó. «Me habló despacio, casi en secreto. Estaba abrumado y shockeado».
–Oye, Anatolio, parece que me van a matar.
Él, por instinto, le contestó:
–No, Lucho. No te preocupes. Mañana todo va a estar bien. Olvídate, hombre –pero por dentro no pensaba eso. No tenía idea qué les esperaba.
–¿Tú crees? –le preguntó extrañado.
–Sí, hombre.
El 5 de octubre de 1973, Luis Norambuena Fernandois, Ceferino del Carmen Santis Quijada, Víctor Fernando Mesina Araya, Gustavo Farías Vargas, Florindo Alex Vidal Hinojosa y Jorge Luis Ojeda Jara fueron vistos por última vez con vida en el campo de prisioneros Nº 2 de Tejas Verdes. Los sacaron desde ahí en un camión del Ejército.
Norambuena era trabajador de la Esso, regidor de San Antonio, miembro del Comité Central de Partido Socialista y secretario regional de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Lo habían detenido el 14 de septiembre de 1973. Se había presentado voluntariamente ante la Fiscalía Militar que funcionaba al interior del Regimiento Tejas Verdes. Santis era presidente del Sindicato de Obreros de la Industria Textil Rayonhil, militante del MIR, y había sido detenido el 12 de septiembre de 1973 en su domicilio de Llo-Lleo. Mesina era obrero panificador, militante del Partido Socialista; lo sacaron de su casa en San Antonio el 27 de septiembre de 1973. Farías era recaudador de Obras Sanitarias de San Antonio, militante del MIR; detenido por una patrulla militar en el domicilio de su hermana en Santiago el 24 de septiembre de 1973. Hinojosa era funcionario de Vialidad, militante del MIR y miembro del Frente de Trabajadores Revolucionarios; fue detenido el 27 de septiembre de 1973. Ojeda era estudiante universitario gracias al convenio de trabajadores con la Universidad Técnica del Estado, militante del Partido Socialista y trabajaba como chofer del diputado por Melipilla, Matías Núñez; fue detenido el 16 de septiembre de 1973 en Melipilla.
Los cuerpos de Ojeda (ejecutado sin entrega a su familia), Vidal Hinojosa y Mesina aparecieron al día siguiente de su desaparición en la ribera del río Rapel, con evidencias de fuertes contusiones en la zona frontal de sus cabezas. Su certificado de defunción señalaba: asfixia por inmersión. Norambuena, Santis y Farías no volvieron a aparecer30.
Ana Becerra también los vio antes de que partieran esa tarde. Le había ido a preguntar al capitán Campos si acaso podía llevarle una revista a Arturo Farías, compañero del MIR, un hombre maduro que permanecía aislado en el patio.
–Repártele a los demás también –le dijo Campos.
Cruzó el patio y llegó donde estaban. Bromearon durante un rato. Farías la miraba extraño, con una mezcla de sentimientos. Ella no entendía.
–Tengo que contarte algo, Ana –le dijo atorado–. No aguanté.
–¿A qué te refieres? –le preguntó ella.
–En el interrogatorio solté tu nombre. Les dije que tú vendías El Rebelde31 en el puerto. Perdona.
«Se veía avergonzado, aproblemado. Sentía que me había fallado. Lo habían quebrado y me había delatado».
No lo podía culpar. Ella misma había dado nombres también. Era un pelo de la cola al ver la expresión de angustia y culpa en su rostro.
Unos minutos después, Gustavo Farías partió junto al resto del grupo. Luego llegaron las noticias de afuera. El vacío en el pecho por haber sido una de las últimas en verlo con vida.
Su embarazo pasaba a segundo plano. Tenía la sensación interna y la evidencia externa de que en ese momento otras responsabilidades inmediatas se imponían. Por ejemplo,
lograr un estado de ánimo que hiciera posible llevar los días, vigilar la noche.
Había que verle el lado bueno a las cosas. Tratar de dejar lejos de la conciencia lo cercano, lo personal, lo que le pudiera hacer daño. Por eso, cuando vio a Olga de lejos, a su amiga y compañera querida, el mundo se le vino abajo. Venía llegando con tanta soltura de cuerpo. Sabía lo que sucedía cuando los soldados llegaban y se las llevaban fuera de los límites de protección del campo de detenidos. Unas horas y de vuelta. Era demasiado duro, aterrorizante. No se sentía capaz de mirarla y de contarle de qué se trataba, para prevenirla.
No existía forma de lograr explicar lo inexplicable.
8
Olga tenía dieciséis años para entonces. Nunca va a olvidar ese día, el 12 de octubre. Cómo hacerlo si cada año se celebra en toda América y entonces llegan las vivencias de esa época y llora todo el día. Ese día, por más que quiera olvidar, comienza a recordar.
«Estaba en el Liceo Fiscal. Era la semana del liceo. Debíamos limpiar los vidrios de la sala, encerar los pisos, dejar impecable. Todo sumaba puntaje para la elección de la reina y también para el curso. Iba en segundo medio. Y entonces ahí estaba, con el paño en la mano, dejando todo reluciente».
–Olga Letelier.
Se dio vuelta. Era la inspectora.
–Necesito que me acompañe abajo, a la oficina de la dirección.
Pensó entonces que podría ser por los cigarros. Siempre fumaba adentro del colegio, escondida, y no sería raro que la hubieran visto o que algún «sapo» hubiera hablado. Pero en esa ocasión, a diferencia de otras en que sí había visto enojada a la inspectora, se veía más bien serena, solemne y un poco triste.
–Esté tranquila, hija –le dijo, mientras las dos avanzaban por el pasillo.
A pesar de que le había dicho a su padre que era posible que la detuvieran y que si aquello llegaba a suceder, ella los enfrentaría y ahí se verían las caras, sintió algo extraño en el pecho. Olvidó la sensación de angustia por un instante, al verse avanzando entre sus compañeros que la observaban con algo de admiración, como diciendo «esa la lleva». Y ella con una sonrisa, sin saber bien hacia dónde iba el asunto.
Luego de bajar la escalera y entrar a la oficina del director, la inspectora se dio vuelta y le dijo:
–Olga, la están esperando unos oficiales del Ejército. La vienen a buscar, hija. Esté tranquila, que no va a pasar nada.
«Dentro de la cabeza empecé a ejercitar lo que había pensado antes, en caso de darse esa situación: “No conozco a nadie, no puedo delatar a nadie, no conozco a nadie.”, todavía sin miedo, sin preocupación».
Se dispuso entonces a entrar a la oficina de «Cachencho», el director del liceo, con su jumper especialmente rebajado para mostrar más los muslos y con el bolso colegial en una de sus manos. Cuando cruzó el umbral de la puerta pasó por el lado de dos hombres, dos soldados, cada uno con un fusil, escoltando el ingreso. Entró. «Cachencho» la esperaba junto a un hombre alto, moreno, delgado pero fornido, con bigotes, de piel oscura, en tenida de combate.
–Soy el capitán Mario Alejandro Jara Seguel. ¿Usted es Olga Letelier Caruz?
–Sí, yo soy.
–Bueno, entonces vamos a tener que conversar en el regimiento. Tenemos que irnos.
–No hay problema.
–Primero, páseme su bolso.
Cuando hizo el ejercicio de estirar el brazo y desprenderse de sus cosas, recordó los boletos de micro que tenía adentro de un cuaderno, pegados. Simplemente le gustaba hacerlo, era un hobby, pero visto ahora desde esa nueva perspectiva y por el talante del hombre que tenía al frente, claro, podía verse tremendamente sospechoso.
El capitán Jara abrió el bolso, revisó los cuadernos, pasó las hojas sin importancia y, efectivamente, centró su atención en los boletos. Se quedó mirándolos y luego la observó a ella. Había dado con algo interesante. Eso decía su rostro.
–Me vas a tener que explicar qué significa esto –le dijo sin violencia–. Me vas a tener que explicar cada uno de estos boletos y qué día comenzaste a juntarlos.
–Son boletos de micro, nada más, mi capitán; nada más que eso, una colección.
Jara se veía ahora más duro, molesto.
–Sabemos que eres una extremista peligrosa.
Y «Cachencho» le seguía el juego a Jara. Estaba de acuerdo. Una chiquilla muy difícil de controlar. Metida en cuestiones. Palo que nace doblado. Jara tenía cierta prisa. Se iban al campo de detenidos. Estaba prisionera.
Entonces se le vino a la mente la Convención de Ginebra y los derechos de los presos de guerra. «Tenía derecho a una llamada telefónica. Se la exigí y Jara, frente al director del colegio, formalista, no le quedó más que aceptar».
Antes de dejarla tomar el auricular le dijo:
–¿Te sabís todos tus derechos de memoria igual como sabís poner bombas? ¿Y querís llamar a tu jefe dentro del MIR?
–Quiero llamar a mi papá para que sepa dónde está su hija, mi capitán; solo eso. Así no se preocupará tanto cuando yo no llegue del colegio. Para que me vaya a buscar.
–Llámalo –le dijo Jara–. Pero lo de buscarte, mejor no se lo digas. Pídele que te lleve ropa y algunas cosas, porque te vas a quedar allá, en Tejas Verdes.
Lo llamó y el viejo al otro lado sonó alarmado. «¿Por qué te vas quedar allá?». Aunque no había sido un padre de lujo, sino más bien un bruto en muchos aspectos, le explicó que era algo pasajero, probablemente un control de rutina. No había hecho nada malo.
Tranquila, fue rumbo al exterior, escoltada por los soldados y el capitán Jara. En Tejas Verdes estaba detenido también su pololo, Juan Carlos, además de la Ana y la Mariela32. Todos juntos. Le parecía bien.
Cerca de las doce del día, de pie afuera de su colegio, con la multitud de compañeros observando el espectáculo desde las ventanas del edificio, ella, claro, se sentía revolucionaria, peligrosa, importante.
Cuando intentó subir al camión de campaña cubierto por un toldo de lona verde, se dio cuenta de que el ascenso al parachoques y desde ahí al interior era alto y que su tenida era demasiado corta. Se le verían los calzones. «Sentí vergüenza. Tratar de subir sin mostrar los calzones era difícil».
–No me puedo subir, capitán Jara.
–¿Cómo no te vas a poder subir? Pásame las cosas.
Y le pasó su bolso. En ese momento le dieron una patada inmensa en el traste, a medio camino de subirse. De bruces, las manos apenas contra el piso. El bolso volando. «Sentí extrañeza. ¿De verdad me habían golpeado? ¿Y delante de todos mis compañeros?».
Tras ella subió un grupo de soldados. Que no levantara la cabeza por ningún motivo durante el trayecto, siempre con el rostro hacia el piso. A garabato limpio; se acordó de su madre, de toda su familia. Luego empezaron a darle con que era flaca como un palo, sin gusto a nada, sin pechugas siquiera.
«Era cierto, no tenía nada de pechugas ni de poto. En casi todos los aspectos era todavía una niña».
Pasaron una especie de puente de palos, pequeño, sobre el que el camión golpeó las ruedas. Ahora sí, ahora a levantarla.
Estaba abajo y al oriente del puente. Bajó del camión y la llevaron directo hacia una carpa de campaña con una cruz roja afuera. Adentro, unas enfermeras chequearon su estado. No tenía enfermedades de ningún tipo, que supiera.
Pasado el primer control le hizo la recepción el suboficial Carriel, encargado del campo. De lejos, de pie ante unas mediaguas, vio a sus amigas. Ahí estaba la Anita y también la Mariela. Las saludó con la mano.
Carriel comenzó a tomarle sus datos personales y, entremedio, le dio un consejo:
–Cuando te pregunten di todo lo que sabes. Así es más fácil, mejor para ti.
–Yo no sé nada –le respondió ella. No sonaba apremiante.
–Ya sabemos todo de ti. Están todos tus amigos acá. Va a ser mejor que hables.
Pero no siguió con el tema. Los datos personales, de sus padres, etc. Ahí se dio cuenta de que Carriel no era quien le haría las preguntas.
Todavía, de verdad, estaba tranquila. Y saludaba de lejos a sus amigas, que la observaban del otro lado, devolviéndole los gestos.
En ese preciso momento se sentía como una alcaldesa, liviana, chistosa. Una pizca de recuerdo para el capitán Jara, por la tremenda patada en el trasero y una de sus frases de bienvenida: «En el regimiento vamos a conversar».
9
Tal como tenía asignado, la función de Patricio Salvo era detener, registrar y allanar. Entre fines de septiembre y principios de octubre le tocó inspeccionar un campo cercano a San Antonio junto a la plana mayor de la Secretaría de Estudios: el mayor Jorge Núñez Magallanes y el capitán Klaus Kosiel. Ambos habían sido sus referentes de mando durante la época previa al golpe, los hombres que le habían dictado clases y tomado exámenes.
Excepcionalmente, en esa oportunidad los acompañó también el teniente coronel Manuel Contreras. Junto a él, un hombre a quien no había visto antes conducía el Chevrolet en que se movilizaban.
«Era el único del grupo sin uniforme, por eso me llamó la atención». El sujeto desconocido salió del automóvil de Contreras, sigiloso. Vestía ropa de calle. Era alto, delgado, atlético, con un bigote bien recortado en contraste con su rostro moreno y de rasgos algo toscos, poco pulidos. Fuera del procedimiento estándar saltó un cerco y entró por detrás a la casa, una típica construcción española de adobe, blanca, de muros gruesos, un piso, alerones y pilares, con teja rojiza. En sus manos llevaba un fusil con mira telescópica. Estuvo un rato adentro. «Yo, desde afuera, intentaba ver a través de las ventanas y seguirle el recorrido. De pronto salió por la puerta trasera».
Uno de los soldados de su grupo que también observaba al detenido creyó que era un extremista intentando escapar y preparó su fusil para disparar. Patricio, previendo un resultado trágico, corrió hacia su compañero y levantó el cañón antes de que abriera fuego. No alcanzó a disparar.
–¡Es de los nuestros! ¡Viene con mi teniente coronel Contreras!
Y los dos le gritaron al hombre a la distancia.
–¡Oiga! ¡Más cuidado! ¡Casi le llegó un balazo por no avisar al resto del grupo!
El hombre se dio vuelta. Esbozó una sonrisa y un saludo. Parecía sinceramente agradecido. Luego sabría que a quien le había salvado la vida era nada menos que al capitán Mario Alejandro Jara Seguel, brazo derecho de Manuel Contreras. El poder en las sombras.
Por ese tiempo, ni siquiera entendía bien cuál era realmente el poder que Manuel Contreras concentraba a su alrededor. Tenía la impresión, como lo había confirmado el día del golpe, de que se trataba de una persona con poco carácter, técnico, pausado, pero sobre todo ausente.
Por accidente, su destino había estado atado desde antes a ese hombre. A principios de 1973, cuando le ofrecieron la posibilidad de saltarse el servicio militar y hacer el curso de oficial de reserva, el jefe del regimiento de Osorno era el mismo Contreras. Luego de pasar las pruebas de selección, junto a un grupo de compañeros de la ciudad, su partida a Santiago y luego a San Antonio, casi había coincidido con el arribo de Contreras al Regimiento Tejas Verdes.
Desde ese tiempo en Osorno, que se veía lejano quizá por tanta cuestión vivida, hasta esos meses después del golpe, prácticamente no se habían visto. En general, en su curso se le recordaba solamente por un incidente ocurrido a mediados de 1973. Llegó de improviso a hacer una inspección a la habitación donde ellos alojaban. Iba acompañado de Núñez Magallanes y Kosiel. En esa ocasión, Contreras fue con su tenida de día, chaqueta puesta y un guante blanco.
Mientras avanzaba, revisando el estado del aseo hasta debajo de las literas, pasaba el dedo por los muros y los muebles y verificaba que su guante no acumulara ni una gota de suciedad. Si eso ocurría significaba apaleo para todo el grupo. El curso entero estaba formado afuera de la habitación, esperando el resultado de la inspección. «De pronto escuché agua contra el piso y un plato o algo parecido que se rompía. Al instante, Contreras apareció por la puerta con la cabeza empapada. No nos miró siquiera. Pasó derecho, pequeñito como era, y muy molesto. Los oficiales partieron tras él. Cuando entramos había un balde metálico de limpieza tirado en el piso. Llevaba meses sobre los casilleros. El agua estaba podrida y a alguno se le había olvidado sacarla».
Pero el resto del tiempo no había contacto con él. Solo se lo veía en las formaciones. Siempre acompañado de dos soldados, boinas negras, del Ejército estadounidense. Ellos se formaban en la mañana con todo el batallón, pero luego se perdían con Contreras en su oficina.
Después del golpe, Contreras se veía aún menos. Pasaba cada vez más tiempo metido en la oficina de la dirección. En ese tiempo Patricio todavía no tenía idea en qué andaba metido.
El entonces teniente coronel Manuel Contreras, según él mismo declaró33, luego del 11 de septiembre asumió como gobernador y jefe de zona en estado de sitio de las provincias de San Antonio, Melipilla y Talagante. También, como asesor para la Dirección de Inteligencia del Ejercito (DINE).
Entre 1967 y 1969, Contreras había viajado a Fort Belvoir, Virginia (Estados Unidos), donde se graduó como oficial de inteligencia. En medio de la guerra de Vietnam (1955-1975), Contreras se topó e hizo amistad con muchos oficiales que luego sirvieron en ese conflicto. Su hijo, Manuel Contreras Valdebenito, señaló que su padre se instruyó en inteligencia política, es decir en cómo «infiltrar a los partidos o grupos políticos; también enseñaban métodos de seguimiento y cómo diseñar planes de inteligencia y seguridad para destruirlos». Él mismo agregó que varias de las técnicas adquiridas por su padre ahí consistían «básicamente en, primero aterrorizar y después destruir al enemigo. Esa es la técnica de desaparecimiento. No hay muertos. Se detiene a un dirigente subversivo y se le desaparece. Con eso se aterroriza a todos y el resto de los miembros de su célula quedan destruidos y sin ganas de seguir. Esos métodos no tienen nada que ver con los de una guerra tradicional»34.
El adoctrinamiento de soldados chilenos y de otros lugares de Latinoamérica tenía su origen en el marco político posterior a la Segunda Guerra Mundial, luego que el mundo quedara dividido entre «sociedades democráticas», con Estados Unidos a la cabeza, y «sociedades comunistas», bajo el imperio de la entonces poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
A partir de 1945, Estados Unidos desarrolló lo que muchos historiadores han llamado la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), un conjunto de principios, normas consuetudinarias y enseñanzas militares con las que ese país enfrentó el escenario posterior a la Segunda Guerra Mundial. La visión establecía que el mundo occidental representaba el bien, el cristianismo y la democracia, como contrapartida del otro lado de la Cortina de Hierro, donde se encontraba el comunismo, que representaba el mal, el anticristianismo y las dictaduras totalitarias35. En esta concepción se estableció que la «amenaza comunista» se podía encontrar en cualquier sitio. Ya no se trataba de una guerra abierta, con bandos definidos, sino de intentos «insurgentes» provenientes del seno de la propia ciudadanía. Desde este punto de vista, el enemigo podía ser cualquiera. De ahí la importancia de crear una metodología de inteligencia capaz de erradicar el «cáncer marxista» desde adentro. Como el comunismo atacaba la dimensión política,
económica, psicológica e ideológica, la respuesta fue la «guerra total y permanente» en todos esos campos.
Bajo esa premisa, Estados Unidos estableció convenios militares de cooperación con prácticamente todos los países de Latinoamérica. En 1946 se creó la Escuela de las Américas, un fuerte y escuela ubicado originalmente en Panamá36, donde oficiales y suboficiales estadounidenses impartieron clases a miles de militares chilenos y del resto de Latinoamérica en materias políticas y económicas, además de métodos de inteligencia y tortura, los que fueron incorporados a su aprendizaje37.
A su vez, los estadounidenses habían aprendido las técnicas de interrogatorio y tortura de oficiales franceses, quienes habían sistematizado y aplicado su propio método en Argelia, donde el «enemigo» se resistía a la ocupación de Francia. Parte fundamental del «enemigo» era la retaguardia de la resistencia, incluida toda la red de colaboración proveniente de la propia ciudadanía. Niños transportando bombas, mujeres pasando mensajes, todos eran parte del «enemigo».
Integrantes del cuerpo de paracaidistas estuvieron a cargo de la profesionalización de los tormentos como
forma de cortar la relación entre los insurgentes y la ciudadanía que les prestaba ayuda. Terror para dispersar.
Varios «especialistas» de Argelia, como han reconocido ellos mismos públicamente, se asentaron en la Escuela de las Américas y en Fort Bragg, para enseñar métodos de tortura38 que luego fueron aplicados en Vietnam y también en Latinoamérica. Los franceses asimismo se instalaron en Argentina y en Brasil, en ese momento bajo una dictadura. Desde ahí colaboraron con aquellos embarcados en la lucha contra la Unidad Popular39.
Una de las principales tácticas para disuadir al enemigo, aplicada por el Ejército francés en Argelia, aparte de la tortura, fue la desaparición de los muertos como forma de desmoralizar al enemigo40.
Tal como lo reconoce su hijo, Manuel Contreras recibió estas enseñanzas en Estados Unidos durante tres años. Su amigo y superior, Augusto Pinochet Ugarte, compartía su pensamiento anticomunista y la necesidad de erradicar el marxismo de manera radical.
Se habían conocido en 1962, en la Academia de Guerra, mientras Contreras era teniente y aspirante a oficial de Estado Mayor, y Pinochet capitán e instructor de su curso.
Luego que Contreras volvió de Estados Unidos, previa destinación como secretario de estudios en Tejas Verdes, en 1970 asumió como secretario de estudios de la Academia de Guerra. Ahí se le habría pedido que elaborara un «plan de seguridad» y «contención» ante posibles disturbios luego de la elección presidencial de ese año. El plan habría sido rechazado, pues ponía prácticamente a todo el Ejército a disposición del Comando de Ingenieros Militares, bajo el mando de Contreras41.
En 1971, Contreras fue nombrado comandante del Regimiento de Ingenieros Nº 4 Arauco, en Osorno, pero en 1972 Pinochet le habría pedido que no se fuera tan lejos, lo necesitaba más cerca42. La familia Contreras se trasladó a San Antonio en enero de 1973, fecha en que el entonces teniente coronel asumió como nuevo director de la Escuela de Ingenieros Tejas Verdes.
El primer vestigio formal de la DINA corresponde a noviembre de 1973; sin embargo, el grupo comenzó a funcionar antes, en octubre de ese mismo año43. Previo a su creación formal, Contreras ya tenía a su grupo de oficiales y suboficiales trabajando en Tejas Verdes. Era la gente a cargo de la Secretaría de Estudios.
Del jefe de la secretaría y director de la escuela, Patricio Salvo tenía la mejor opinión. Núñez Magallanes era simplemente un excelente superior. Buen profesor, claro, ordenado, respetuoso. Después del golpe, en los primeros días de allanamientos, también demostró su inteligencia y capacidad estratégica.
Su problema era que durante toda esa primera etapa, de septiembre hasta principios de octubre, su dependencia directa en las acciones estaba más relacionada con el criterio de Klaus Kosiel, el que hasta antes del golpe había sido el jefe de la escuela, donde también estaban haciendo su curso de ingeniería los cabos dragoneantes, los oficiales y los suboficiales en curso para operar maquinaria.
«Creía que Kosiel, como jefe, durante nuestra formación estratégica a través de simulaciones de ataques, tomas de lugares, en el fondo juegos de guerra, había demostrado tener poco ojo estratégico. Después del golpe se caracterizó por su
brutalidad». El propio Patricio lo vio golpear a un campesino, en medio de una inspección a un campo a las afueras de San Antonio. Al hombre se le había olvidado mantener cerrado un portón de madera, descuido que le costó un azote descomunal por parte de Kosiel.
«Por algún motivo, Kosiel y Núñez Magallanes se llevaban de maravilla. Desde afuera parecía que Núñez le tapaba las espaldas o le hacía caso a Contreras, quien tenía una excelente relación con Kosiel».
Salvo, con algún grado de liderazgo entre sus compañeros, por su compromiso y deseos de hacer las cosas bien –algo que hasta ahora le gusta del Ejército y le molesta de la civilidad–, comenzó a hacerse de un grupo más cercano. Con ellos analizaban y criticaban en secreto la situación que estaban viviendo adentro. ¿Hasta dónde eran capaces de llegar en caso de una emergencia y cuáles eran sus límites éticos al momento de tener una persona delante? ¿Disparar a matar? ¿A las piernas? ¿Y si los atacaban con un cuchillo?
Uno de sus cercanos, Mauricio Rufatt, el comunista, era un tipo muy agradable, venía de Santiago, de Puente Alto, como él.
«Tocaba la quena, pero en general era bueno para los instrumentos, le interesaba todo lo andino, todo lo que a esas alturas se empezaba a ver como comunista. Si algo podría decirse de él, es que era silencioso, quitado de bulla, mesurado».
También eran sus amigos de confianza Portales, Oyarzún, Cárdenas y Manríquez, quienes habían llegado con él desde Osorno en febrero de 1974, luego de pasar las pruebas y ser seleccionados para el curso de oficiales de reserva en Tejas Verdes.
Con Oyarzún habían sido compañeros en el colegio, eran amigos muy cercanos. Con Manríquez también. Simpático, bueno para comer. Los fines de semana antes del golpe, cuando quedaban libres el día domingo y partían a San Antonio, Manríquez era el que traía el dato de la picada donde ir a zamparse un sándwich barato y rico. Cárdenas era estudiante de teología, lo habían metido al servicio estando inscrito. ¡Pa’ dentro no más! Venía de una familia muy humilde de Osorno, de un barrio cercano al suyo.
El curita Cárdenas se las traía. Al principio lo habían tratado de molestar, echárselo al hombro, pero había sentado de un combo a un compañero. Era un filósofo y, en cierta forma, les daba tranquilidad en los momentos de angustia. «“Debemos ser prácticos, acá la espiritualidad no cabe”, nos decía». Sabía que si le tocaba disparar, simplemente debería hacerlo como todos.
En general, conversaba con ellos tres. Oyarzún pedía tranquilidad ante todo. Él igual. «Ojalá no ensuciarse las manos, pero no solo por el hecho de matar, sino porque estábamos en un golpe y ya no nos cabía duda de eso. Jugados en un bando. Mi reflexión era que cuando se diera nuevamente vuelta la tortilla, nos juzgarían, nos meterían presos, o quizás nos matarían también». Por la radio solo se sabía que el golpe era un hecho. Y la Democracia Cristiana ofrecía todo su apoyo a los militares.
Dentro del mismo curso de oficiales de reserva había dos compañeros de promoción que le daban mala espina: Patricio Gutiérrez y Arturo Romero. De ellos podía esperarse cualquier cosa. Gutiérrez era muy derechista, de San Antonio. En más de una ocasión, en las conversaciones de habitación, decía que a los comunistas había que matarlos a todos. Lo decía delante de Rufatt, conociendo su tendencia. A ratos parecía una provocación. Cabeza caliente, era parte de un grupo de civiles de Patria y Libertad que, desde antes del golpe, salían a las calles armados a buscar gente del bando contrario44.
Y Romero, famoso por su evidente necesidad de congraciarse con los jefes. Siempre estaba cerca de ellos, tanto, que en el curso lo bautizaron como el «Vaca Sagrada». Desagradable. «Venía alegando desde antes del golpe que él había entrado en enero de 1973 al curso, un mes antes que el resto. Que eso le daba la primera antigüedad. Las autoridades no se la dieron; el más antiguo era el de la mejor nota y punto». Pero el suboficial Weinberg, que trabajaba en la Secretaría de Estudios, sacaba a Romero de los ejercicios físicos todo el tiempo. Al principio no tenían idea por qué gozaba de privilegios exclusivos, siendo uno de ellos. Pero estando ahí, todo se sabe. El Vaca Sagrada sabía moverse entre las aguas de las necesidades, los favores y el no pedir nada a cambio. «Le hacía de escribiente al suboficial y si debía enviarse algún documento, entonces el Vaca Sagrada lo llevaba. Estaba siempre dispuesto».
La apreciación del curso era que un soldado que no sufre los apaleos, que no está en las buenas y en las malas, es alguien en quien no se puede confiar luego en una guerra.
Ese era el ambiente dentro del grupo de soldados que Patricio Salvo integraba y que se las batía en los allanamientos por esos días. Allanamientos que se repetían una y otra vez, calcados. «De las armas pedidas por el mando para incautarse, nada. Las tan preciadas armas simplemente no existían». Se llevaban lo que pillaban parecido. Las banderas y sobre todo los discos de música. Todo lo requisado pasaba a una habitación en el segundo piso de la Secretaría de Estudios. Estaba llena de banderas y discos de folclore nacional y extranjero.
«No en una, sino en varias ocasiones, los oficiales me pedían: “Oiga, Salvo, ¿me trae un disco?”. Los más pedidos eran de Los Jaivas, Inti-Illimani, Violeta Parra, Mercedes Sosa y Víctor Jara».
Era parte de la moda de esos años cantar esos ritmos. A él, sin militar en ningún partido ni compartir las ideas comunistas, también le gustaban.
Influía que en su casa la política nunca había sido un tema que le quitara el tiempo a sus formadores. Su padre, taxista, sin militancia ni ganas ni tiempo de meterse en ese tipo de cuestiones, hacía su trabajo y lo mejor que le había enseñado era cómo armar y desarmar el motor de un auto. Su madre, dueña de casa a la antigua, vivía mucho más preocupada de sus hijos que del destino nacional.
Entonces, quizás como un reflejo de ese núcleo y de la manera de vivir la vida antes de la dictadura, «es que todavía reinaba la confusión y la dualidad frente a ese tipo de cuestiones no tan políticas, sino más artísticas. Así me lo explicaba yo mismo». Porque en cuestiones formales, la deliberación política se había ido apagando con el transcurso de los eventos. Para darse cuenta no era necesario que se los dijeran. «Simplemente actuaban. Nos ponían los ejemplos delante de la nariz, a prueba de imbéciles».
Un ejemplo claro se dio el 16 de octubre, cuando ya los hechos que marcaron su vida para siempre habían comenzado a desencadenarse. Se trató del fusilamiento de dos carabineros de la comisaría de Algarrobo. Los habían pillado borrachos en horas de servicio. En el regimiento nunca dieron mayores explicaciones y nadie, por lo menos entre sus compañeros, se atrevió a pedirlas. No los vio llegar ni irse del regimiento, pero se transformaron en una especie de leyenda inquietante. Entre su detención y la ejecución había pasado solo un día.
Efectivamente, los carabineros de la Décima Comisaría de Algarrobo, Aquiles Jara Álvarez, de treinta años, y Jenaro Mendoza Villavicencio, de veinticinco, habían sido detenidos el 15 de octubre en la misma comisaría. No habían respetado el horario de acuartelamiento y estaban ebrios. Al día siguiente, sin abogado ni previo aviso a sus familiares, por orden de Manuel Contreras estaban ya condenados a muerte. Un pelotón de gendarmes de la cárcel de San Antonio fue el encargado de darles el tiro de gracia. Los militares de Tejas Verdes hicieron la guardia perimetral en el fundo Brisas de Santo Domingo. El director del regimiento concentró ese día a tres de las ramas que estaban entonces bajo su poder total.
Para Salvo no fue tan impactante la muerte de los carabineros en sí, sino las circunstancias en que se produjo el hecho. Se decía que había sido algo cruel. «Los trasladaron en un camión. Bajaron y luego los hicieron caminar por el bosque cargando sus propios ataúdes hasta llegar al lugar donde fueron fusilados».
10
Tres días antes de la muerte de los carabineros, Olga seguía parada ahí, en la entrada del campo de prisioneros de Tejas Verdes. Cuando el suboficial Carriel se le acercó para decirle que confesara todo, que delatara sin problemas porque ellos ya sabían todo, absolutamente todo, llevaba exactamente tres años dentro del MIR.
Había conocido a sus compañeros de partido cuando cursaba primero medio. Una parte del mundo se le abrió al ingresar al gobierno estudiantil del Liceo Fiscal. La motivaba el interés político, mezclado con la necesidad de dejar atrás una parte dolorosa de su vida. «Desde que era una niña de tres años, mi papá le daba palizas a mi madre, delante de mí y de mis dos hermanas».
Un día, la madre decidió escapar con ellas a cuestas, hasta donde una tía. Y así vivieron, itinerantes y sin dinero. Durante años, su padre se apareció esporádicamente en la nueva casa, para golpearla y aterrorizarlas a ellas. «Era un camionero. Un hombre bruto con las manos llenas de grasa».
La última vez que las atormentó, Olga tenía ocho años. Botó la puerta. No lo pudieron detener. Acorraló a su esposa en la cocina. Olga corrió hasta la comisaría, pero cuando le explicó a los carabineros que se trataba de un asunto familiar, ellos le dijeron que en eso no podían meterse; seguro que su papá «tenía una buena razón» para hacer lo que hacía.
Desesperada, corrió de nuevo por las calles, por todos lados, gritando a toda voz que estaban robando, estaban saqueando la casa, que se había metido un ladrón. Ahí sí los vecinos corrieron la voz y en dos segundos los carabineros estaban en el lugar. El hombre tenía a la mujer contra el piso, entera golpeada, asustada y avergonzada. Se lo llevaron.
«Ese día y en esas circunstancias, con ocho años cumplidos, recuerdo que aprendí a mentir».
Por eso, un año más tarde, cuando tenía nueve, se sintió traicionada. Su mamá la mandó a vivir donde él. No tenía dinero con que mantenerlas a todas. Recibió un trato de segunda clase, siempre, como si le estuvieran haciendo un favor. En más de una ocasión su padre la golpeó en el estómago, haciéndola volar por los aires.
«Cuando entré al MIR, la sensación de desprotección e injusticia se fue modulando. Era una familia grande, nueva, con un objetivo de país, más allá de ellos mismos. Al ir con el grupo a distintas poblaciones muy pobres, me di cuenta de que mucha gente no sabía leer ni escribir. Niños, ancianos y mujeres en situaciones mucho más precarias que la mía. Eso me dio motivos para hacerme fuerte y ayudar».
Así conoció a Mariela y a Ana, que eran solo un año mayores que ella. Las dos venían de familias con situación económica acomodada. Sus padres eran dirigentes conocidos del Partido Socialista. Eran amigas, eran todas iguales. También ahí conoció a su novio, Juan Carlos. La había dejado prendada desde que lo vio. Un año mayor. «Se parecía a Omar Shariff, ojos grandes, negros, delgado, una sonrisa que le iluminaba el rostro. Bello y tímido. No hablaba casi, y a mí eso me había gustado. Me encantaba».
Dentro del proceso de formación en el MIR les enseñaron defensa personal: kárate. Le gustaba. Quería defenderse. Era un tema íntimo.
Pasados tres años sentía que había ganado mucha seguridad. Por eso, cuando el capitán Jara, el hombre grande y amenazante, le había dado la patada en el trasero antes de subir al camión, sintió que algo de ese pasado reciente volvía.
–Sabemos que eres del MIR y que eres terrorista –le dijo Carriel esa mañana–. Es mejor que colabores cuando te hagan las preguntas. Va a ser más rápido para todos.
Un grupo de militares se le acercó. Le pusieron una venda sobre los ojos. La llevaban hacia el lugar donde se suponía estaba la Fiscalía Militar. Ahí le iban a formular cargos. Arriba de un vehículo, a la izquierda, derecho por una calle, hasta detenerse. Partir y volver a detenerse. Avanzar un pasillo, escoltada. Sentada sobre una silla, en espera. Al lado de ella más gente. Sentía las respiraciones. Escuchó cuando llamaron a un hombre. Se abrió la puerta a su lado, luego se cerró. «Adentro empezaron las preguntas, se escuchaban los golpes de voz. Garabatos. El caballero empezó a dar alaridos. Y luego un llanto. Se abrió la puerta y el hombre salió. Se fue hacia algún lado, acompañado de soldados. Ahí me empecé a preocupar».
Luego entró una mujer. Lo mismo. Las preguntas suaves, luego más fuertes, los gritos, los llantos, los insultos. Un hombre muy duro detrás de esa puerta presionaba a las personas hasta el límite. No tenía la menor idea de quién podría ser, pero parecía inclemente. Entonces recordó su compromiso con el silencio, el compañerismo, la palabra empeñada con su grupo. Pero también se vio ahí, sentada en esa silla, encapuchada, aún con el jumper puesto, y totalmente sola. Ni un amigo, ni su madre, ni siquiera su padre. Tampoco sabía dónde estaba. Era ella contra todos. Ahí debía poner en marcha todo lo que le habían enseñado sus profesores en la escuela de cuadros. «Era la oportunidad para ver cuánto había aprendido y cuán fuerte me había hecho realmente. Una prueba de fuego».
–Prisionera Olga Letelier –escuchó la voz desde la puerta recién abierta.
–Yo soy –dijo–. Yo soy Olga Letelier.
Sintió cómo se acercó el sujeto. La tomó de los brazos. Avanzaron hacia el interior de una habitación. Tras ellos se cerró una puerta.
–Párese acá y no se saque la venda –dijo el hombre mientras le colocaba una especie de gorro de tela gruesa, que ajustó a la altura del cuello con un cordel.
La tomó de nuevo. La llevó hacia una silla con abrazaderas y la sentó. El hombre permanecía en silencio. Olga sintió una mano y un antebrazo que la apretaban con fuerza a la silla. La estaban amarrando. Las piernas también. Apretadas. No podía moverse hacia ningún lado.
–Tu nombre completo –dijo la voz del otro lado con tono seco.
Lo sentía cerca, a la misma altura, seguro estaba también sentado.
–Olga Letelier Caruz.
–Dame los nombres de tus compañeros de partido en el MIR.
–No me los sé.
–¿Cómo que no? –dijo el hombre, ahora en tono más golpeado.
–No los conozco, porque adentro siempre nos manejábamos con chapas. Yo iba a las reuniones, pero nada más que eso.
–Es mentira, deja de mentir. Tú eres una extremista, una terrorista. Eres del MIR. Frente de Estudiantes Revolucionarios.
–No, señor, yo jamás, de verdad que no. Nunca he visto un arma.
–¿Tú crees que somos huevones? ¿De verdad crees eso?
–No, señor, no creo eso.
Estuvieron así, con lapsos de espera de como una hora, y de nuevo a las preguntas. Lo mismo: que las armas, que los nombres. Y ella nada, no sabía nada. Aunque habían ido más allá de lo que ella esperaba, el interrogatorio era soportable.
«En ese momento llegó otro hombre. Escuché cómo le hablaban. Se dirigían a él con demasiado respeto. Lo trataban de mi comandante. Había devoción hacia él».
Ese tipo se acercó hasta ella. Comenzó a abrirle los botones de la camisa blanca colegial. El cuello y el pecho al descubierto. Una mano le tomó una pechuga. Luego se alejó.
Sintió miedo.
El hombre siguió con calma.
–Tienes que hablar, tienes que decir quiénes son tus líderes.
No sabía qué decir. Alegar por el trato o qué. Ellos sabían que era parte del gobierno estudiantil. Era difícil eludirlo y más encima ese año estaba de candidata a presidenta.
El hombre se acercó más y le habló en tono íntimo:
–Ya, cabrita, dime la verdad. ¿Quiénes son tus líderes? Dímelo, que va a ser mejor.
–Yo de verdad no sé, señor.
El hombre sacó algo. Se lo puso en el pecho, cerca del cuello, un poco más abajo. Estaba frío. Y se lo apretó, tenía filo. Terror. Y el grito.
–¡Dime, hueona, dime quiénes son tus jefes! ¡Sus nombres, dónde viven! ¡Habla, maraca!
Dio algunos nombres. El interrogador volvió a preguntarle acerca de sus padres.
Sentía la sangre que le caía por el cuello.
–Estás mintiendo, no se llaman así –dijo la voz y de nuevo el cuchillo contra el pecho, rompiendo la piel.
Aterrorizada, se convirtió en una niña de nuevo.
–¡Señor, se lo juro! –lloraba. La había cortado, tenía una herida.
Bajó entonces la intensidad. Como los soldados le decían «mi comandante», luego asoció que se podía haber tratado del comandante del regimiento, Manuel Contreras.
Tal como le sucedió a Olga, la Fiscalía Militar era prácticamente el paso obligatorio de todos los detenidos que caían en Tejas Verdes. Aunque muchos de ellos no lo sabían entonces, eran trasladados hasta las oficinas de la Secretaría de Estudios, a cargo de Jorge Núñez Magallanes, donde los recibía un fiscal con su escribiente. El fiscal era el mayor David Miranda Monardes, y su ayudante –o escribiente– el suboficial Patricio Laureano Carranca Saavedra. Con la información obtenida en esta instancia, el detenido volvía al campo de detención en espera de que se efectuara su consejo de guerra, donde se le dictaría la sentencia. Los jueces a cargo eran la misma plana mayor de Tejas Verdes: Manuel Contreras presidiendo, junto al juez de San Antonio, Patricio Bravo Larraín; el subdirector del regimiento, René López Silva, y el jefe del batallón, Alejandro Rodríguez Fainé. En la mayoría de los casos, los detenidos señalan que el interrogatorio inicial llevado a cabo en la fiscalía incluía apremios físicos, gritos y golpes de puño.
Y un cuchillazo para ella. No se acuerda de que le hayan hecho algo más ese día. Los nervios de punta y una sensación extraña. La desamarraron, se acabaron las preguntas. El hombre desapareció. Silencio total y de vuelta al campo de detenidos.
Ya no se sentía segura. La sensación de desamparo había sido absoluta.
Directo a la carpa de las enfermeras. Le quitaron la capucha y la venda. Revisaron la herida del cuello. Una de las enfermeras le preguntó si quería un Diazepam. No los conocía.
–Es un calmante. Para dormir.
–Sí, claro, por favor.
De inmediato llegó la sensación de pesadez. Los soldados la llevaron hasta una mediagua. Ahí estaban Mariela Bacciarini y una profesora. No se veían bien. Sobre los tablones del piso habían lanzado aserrín. Los maderos estaban separados y se colaba el viento. No tenía todavía un suéter, nada. Solo el jumper y su blusa. Sintió frío, pero entendió que aquello era su cama, ese aserrín. Y ahí cayó el sueño.
11
A esas alturas, Patricio Salvo sabía que en las salas de la Secretaría de Estudios, donde tan solo unas semanas atrás había ocupado un pupitre, con un lápiz en la mano, dibujando alguna estructura o sacando un cálculo, ahora estaban maltratando a los detenidos. No sabía qué les hacían ni quería saberlo.
Un día de principios de octubre de 1973, justo después de almorzar, pasó junto al antejardín de la secretaría. Desde el segundo piso lo llamó Massó, uno de sus compañeros de curso.
«Me insistió en que por favor subiera. Necesitaba decirme algo. Subí las escaleras de la secretaría y avancé por el pasillo. A mi derecha, en una de las salas de clase, vi hombres sentados con las manos amarradas tras la espalda y la vista vendada».
Más allá, Massó salió al pasillo.
–No he podido almorzar –le dijo, quejándose–. ¿Me los podís cuidar un rato? Me demoro veinte minutos. De verdad.
–Dale, anda –le dijo y entró a la sala.
Había diez detenidos sentados en el piso. Estaban sin venda. Él estaba delante de ellos, observándolos. Fue la primera vez que vio gente en mal estado, con signos de haber sido torturada. Labios partidos, adoloridos, quejumbrosos.
–Pueden conversar si quieren –les dijo–, pero despacio, sin hacer mucho ruido.
«Lentamente empezó un cuchicheo. Yo me quedé quieto, escuchándolos. Quería saber de qué hablaban. Al principio se preguntaban por otros compañeros, si habrían caído también. Luego, con algo más de confianza, se contaban que les había dolido mucho. Le habían sacado la mugre a uno, y una mujer estaba espantada, no lo podía creer, le habían puesto corriente en las pechugas, en la vagina, en la boca. Y más allá otro en los genitales. Había llegado a saltar del dolor».
Mientras se desahogaban iban subiendo el tono. Se apasionaban.
Y él les repetía que no hablaran tan fuerte.
De pronto, las conversaciones de los detenidos fueron opacadas por los gritos que provenían de una de las oficinas de la secretaría. Patricio se asomó al pasillo y escuchó el zumbido de la máquina que usaban como detonador en el regimiento para hacer explotar las bombas a distancia. Una máquina con una manivela. Cuando se giraba producía electricidad. «Se canalizaba a través de dos cables. Corriente alterna. Yo mismo la había probado en juegos con mis compañeros. Había que tomar los dos cables. Daba pataditas suaves y poco seguidas si se giraba lento. Mientras más rápido, las patadas eran más fuertes y seguidas. Más fuerte y aumentaba todo, hasta hacerse insoportable».
Eran alaridos. Luego el silencio y el zumbido otra vez. Solo eso, no se escuchaban preguntas.
En cierto momento, dos detenidos salieron desde la oficina. Caminaban solos todavía. Se veían débiles, cansados. Hacían de escoltas los cabos dragoneantes Flores y Pizarro45, compañeros suyos en la escuela hasta antes del golpe.
Tenía mala relación con ellos. De hecho, en realidad no eran dragoneantes, sino suboficiales graduados recientemente haciendo el curso de perfeccionamiento. Ellos, los aspirantes a oficiales de reserva, los habían bautizado así, solo para bajarles el perfil. Competitividad interna.
«Pizarro era un tipo promedio, estatura mediana, delgado, pelo negro, ni pesado ni simpático. Flores, en cambio, un matón. Mediano, pero de contextura gruesa. Siempre con el ceño fruncido, hablando de mala manera, sin respeto. Altanero».
Miró un poco más allá por el pasillo y vio salir de la habitación desde donde venían los gritos a su jefe, Klaus Kosiel, y a Ramón Acuña.
No le sorprendía en lo más mínimo verlos en eso. Acuña era un suboficial que luego del golpe había llegado a la Secretaría de Estudios. Un tipo maleducado y resentido. Le encantaba vanagloriarse de lo que hacía.
«Podía ser terrible, pero en ese momento yo debía cumplir órdenes, nada más. Además, no estaba metido en esos asuntos. Era parte de la cadena de mando, y si no hubiera escuchado los gritos en esa ocasión, quizás no me habría enterado». Su trabajo solo era detener y eso lo hacía bien, con profesionalismo y evitando que sus compañeros salieran heridos. A esas alturas se sentía con un cierto liderazgo sobre ellos, «un cierto paternalismo».
Muy pronto, un cansancio grande se fue apoderando de Patricio Salvo, ya promediando el mes. Iniciado octubre, todos los días era lo mismo. Entrar golpeando, acudir a los campos cercanos, moverse hasta Melipilla, Algarrobo, El Quisco. A veces sin dormir en toda la noche. De verdad necesitaba –no solo él, pensaba entonces, sino todo su grupo– un «oasis para bajar el ritmo y la adrenalina».
«Por una casualidad, uno de esos días, inspeccionando nuestro pelotón, llegamos a un centro vacacional de la CUT ubicado en Las Cruces, al lado de la playa. Cabañas en A, iguales a las de Rocas de Santo Domingo, calcadas. Estaban llenas de mercadería. Llenas». Sus compañeros le encomendaron pedirle autorización al cabo Montenegro, su instructor. El hombre decidió pedir aprobación a nombre del grupo. Saltaron de felicidad cuando les dio la respuesta: permiso para quedarse unos días ahí, descansando.
Hasta casino con cocina tenía el lugar. Mesas y sillas también. Hicieron fogatas, se contaron historias. Baños en la playa, conversar y pensar. Se olvidaron por un instante del estrés y del rigor al que habían estado sometidos desde el día del golpe. Y el cabo Montenegro era uno más de ellos. «Era un siete». Cuando debía retarlos era una fiera, pero siempre se la jugaba por ellos.
Al tercer día llegó Oyarzún, su compañero de colegio en Osorno.
Venía en un jeep.
–Patricio –le dijo–, tienes que volver al regimiento.
–¿Por qué?
–Se está armando un grupo de patrullaje y otras labores y te propusimos a ti para integrarlo.
–¿Un grupo permanente?
–Sí, permanente. Lo está organizando un capitán que llegó a hacerse cargo. Se llama Mario Jara. Se ve simpático el hombre.
«Se había hecho una primera selección de alumnos y Jara había mandado llamarme. Mis compañeros le habían contado que tenía iniciativa y que representaba al curso en algunas situaciones».
Era una orden. Debía presentarse en ese mismo instante en la Secretaría de Estudios. El capitán Jara le iba a dar las indicaciones. Así que, arriba del jeep y partir, despidiéndose del oasis de descanso.
Llegó a la Secretaría de Estudios. Afuera, de pie en el patio, esperó unos instantes y del casino de oficiales lo vio venir. Era alto, delgado, moreno, de barba y bigote, el mismo tipo que había entrado a la casa en el campo y que casi se había llevado un balazo.
–Capitán Mario Alejandro Jara Seguel –le dijo y le estrechó la mano. De inmediato lo sintió cercano. No le interesaba marcar distancias.
–Me han hablado cosas muy buenas de usted, Salvo –le dijo.
Quería escuchar de su propia boca cómo veía al grupo y quiénes podían ayudarlo a integrar un equipo que le había encomendado el director del regimiento, el teniente coronel Manuel Contreras.
–¿De qué se trata? –preguntó.
–Es una agrupación civil de patrullaje nocturno. En toda la zona. Melipilla, San Antonio, Cartagena y todos los lugares cercanos. Vamos a hacer el control del toque de queda. ¿Sabes manejar?
–Sí.
–Bueno, eso es importante. Porque vamos a ir arriba de vehículos.
–También sé de mecánica –le dijo.
–¿Ah sí? ¿Puedes decirme qué tiene de malo esta camioneta? –y le señaló una Ford F-100 estacionada a pocos metros.
–Tendría que manejarla.
–Súbete, «Escopeta de dos cañones» –le dijo con buen ánimo.
Se subió, la manejó unos metros y de inmediato se dio cuenta de que tenía un problema en las cruzetas del cardán, que da la tracción a las ruedas traseras. Además, zumbaba la corona.
Le explicó.
–Muy bien, entonces me sirves, porque vamos a utilizar vehículos. Y fue directo al grano.
–Además del trabajo en las noches, durante el día vamos a trasladar y custodiar a las hijas y esposas de las autoridades del cuartel, incluida la familia del teniente coronel Conteras. Al centro, al trabajo, donde vayan, nosotros vamos con ellas. Un trabajo de guardaespaldas. Yo estaría confiando bastante en ti, ¿entiendes?
Entendía. Y lo mejor era que desde ese día dejaba el uniforme.
–Vamos a hacer trabajo de inteligencia. En los patrullajes nocturnos y en todo momento, mezclándonos con la gente. Obtener información, cruzar datos, quizás hacer redadas, detener insurgentes.
Iban a funcionar en la Secretaría de Estudios, de la mano con el mayor Jorge Núñez Magallanes y con Klaus Kosiel, porque esa era la base del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIM). Los que fueran elegidos para el grupo de patrullaje, a partir de ese momento pasaban a depender de Inteligencia. Al grupo de patrullaje nocturno se iba a sumar también el sargento Ramón Acuña.
En ese momento empezó a calzar el mapa en su mente: en la Secretaría de Estudios siempre había funcionado el SIM. La Sección 2, presente en todos los regimientos, una especie de leyenda, el grupo de soldados encargados de hacer el trabajo de investigación interna, averiguar la militancia de los soldados del batallón, de sus familias, las labores de los integrantes del núcleo, y también de los oficiales. Los oídos secretos del director del regimiento.
Lo que le llamaba la atención era darse cuenta de que, por su cargo, Núñez Magallanes siempre había sido el encargado del SIM y que los cabos que trabajaban con él, junto a Kosiel, también. Hasta antes de ese momento los había visto solo como profesores, instructores, la gente encargada de enseñarle. Ahora se le revelaban con una identidad completamente distinta. Habían usado una careta, una fachada que escondía lo que en verdad les ocupaba. Seguro sabían todo de él. Sí, como todos, también tenía sus debilidades.
–Algunos ya están elegidos –le dijo Jara–. Escogí a los que saben manejar. Pero supongo que los conoces mejor que yo y podrías ayudarme. Tienen que ser veintidós. ¿Me vas a ayudar?
–Sí, mi capitán.
–Muy bien. Entonces quiero que me hagas un plan por escrito, donde esté lo que hablamos, con los nombres que se te ocurran para completar la unidad. ¿Estamos?
Estaban. Jara lo llevó hacia el interior de la Secretaría de Estudios, hasta una oficina. Lo dejó sentado ante un escritorio con una máquina de escribir. Necesitarían autos, camionetas para moverse por caminos pavimentados y otros sin pavimentar. Seis por lo menos. Y gente de confianza. Mauricio Rufatt ya había sido elegido; Manríquez y Oyarzún, también. El cura Cárdenas no era para eso. Por más que le hubiera gustado estar cerca de él, sus caminos se separaban a partir de ese momento. Patricio Gutiérrez, el de Patria y Libertad, y el Vaca Sagrada, también integrarían el grupo. Se habían presentado como voluntarios.
Se demoró treinta minutos en hacer el informe. Era algo muy simple y general. Jara lo estaba esperando. Lo leyó rápido. De inmediato vino el primer encargo.
–Anda con un grupo a la Pesquera Arauco y te traes cuatro camionetas C-30 y una C-10. Te van a estar esperando.
Armó un grupo y partió. El patio de estacionamiento estaba lleno. ¿Habría unas mil camionetas? Por lo menos. Todas iguales, blancas, con un pick up para cuidar y trasladar el pescado a distintos puntos del país. Eligió cinco. Cuatro grandes y una mediana.
Jara había asumido, además, como jefe dentro de la Pesquera Arauco. Tenía sus oficinas a partir de ese momento ahí. Amo y señor. Él sería su segundo de a bordo.
Las camionetas servirían para patrullar, detener gente, trasladar hombres y mujeres desde el campo de prisioneros Nº 2 y el regimiento, y también para otras funciones que, en ese momento, cuando armaron el grupo, Jara no alcanzó a confesarle.
12
La herida dejó de sangrar y se hizo costra. El contacto y la cercanía con sus amigas la ayudaron a sentirse un poco mejor.
Aun así, cada noche, la idea de una camioneta acercándose, el sonido de su motor y la posibilidad de que fuera ella la elegida esa vez, como le sucedía a otras y otros que volvían pésimo de cada viaje, comenzó a inquietarla de verdad.
Afortunadamente estaba Juan Carlos, su pareja, para darle seguridad. Antes de ser detenidos habían tenido un pololeo a la antigua, de esos con cartas y promesas de amor eterno, perfecto, sin límites. Ella era virgen, para entregarse a él cuando correspondiera. Se amaban. Los primeros días de detención incluso anduvieron de la mano al interior del campo de prisioneros. El suboficial Carriel no ponía problemas.
A una semana de su llegada se preguntaba cómo serían las sesiones de tortura, qué les harían a sus compañeras para que llegaran así, deshechas y sin querer hablar de lo que ahí sucedía. Aunque no estaba segura de que le fuera a suceder a ella, el miedo y la pregunta se hacían cada vez más recurrentes. ¿Cómo sería? ¿Qué le iban a hacer?
«Hacía mucho frío esa noche. A las once ya estábamos todos acostados. El silencio. De pronto, el sonido del motor y los pasos cada vez más cerca; la espera, la angustia y la puerta que se abre. Los soldados adentro de la cabaña, leyendo los nombres. “Olga Letelier Caruz, de pie”».
Una venda sobre los ojos antes de salir de la casucha. Caminó hasta un vehículo, las manos atadas, guiada por ellos, los dos custodios. Todavía estaba en camisa y jumper. La subieron a la parte de atrás. Sentada, sintió el metal mojado, como si lo hubieran lavado recién.
Subieron a más detenidos al vehículo y partieron por el camino de tierra. Luego por la calle, derecho. Dos hombres a su lado conversaban entre murmullos. «Decían que era terrible, insoportable. Aterrorizados, hombres de voces graves, hombres grandes. El corazón latiendo cada vez más fuerte. Sentí mucho miedo. Si hombres grandes, adultos, hablaban así, entonces debía ser terrible, terrible. Sola contra todo eso. Al mismo tiempo me repetía: puedo, me la puedo. Me puedo defender».
Se detuvieron y los soldados los fueron bajando de la camioneta. Todo el grupo caminaba por una especie de jardín al aire libre, el sonido de las olas a lo lejos reventando, y los insultos, empujones y órdenes de seguir. Los hicieron dar vueltas, sin destino. Por debajo de la venda lograba ver la tierra del jardín.
Peldaños hacia abajo y descender. Alcanzó a ver que la puerta era de latón.
Bajó la cabeza y pasó hacia el interior. El pasillo era largo y frío, un témpano, húmedo, oscuro. Avanzó en medio de gritos, lamentos, quejidos y llantos que venían de todos lados, lacerando los oídos. Surgían desde habitaciones que Olga iba dejando atrás mientras caminaba hacia algún lugar, del brazo de alguien. Por favor, por favor, que pararan, decían las voces. Desde distintos lados, distintos tonos, hombres y mujeres. «Pedían que los mataran de una vez, repetían que no sabían nada y daban alaridos, gritos realmente fuertes. Y la piel se te eriza entera. Los pelos de punta. El valor entero se te va, porque ellos son hombres y tú eres una niña».
La dejaron en una especie de pieza, sentada en el piso, sola. Un olor fétido, a sangre seca, a caca, a orina, todo mezclado. El lugar, húmedo, impregnándola. La habían dejado sola, los pasos se habían retirado. Tenía las manos amarradas adelante, así que aprovechó para levantarse la venda y ver algo. Nada, la tenían adentro de una especie de nicho pequeño, oscuro, hediondo.
Los gritos se sentían todavía ahí y, desde algún lugar arriba de ella, también llegaba el sonido de vajilla, como si alguien estuviera lavando la loza en un lavaplatos sobre su cabeza. Sonaban tenedores y cuchillos golpeando contra un plato, como si alguien estuviera comiendo cerca, cortando carne o algo parecido.
Sintió el llanto de un hombre, agudo, como un niño. Y de pronto otro hombre le habló en la oscuridad.
–¿Qué hiciste vos?
–¡Nada! ¡Nada! ¡Yo no hice nada!
Era una respuesta automática. Una visita relámpago, solamente.
Se perdieron los pasos.
Al poco rato, de nuevo, pero ahora con un golpe de palma seco en la cabeza al momento de llegar a su lado. La venda se le llegó a correr del golpe. Y le vio los zapatos de vestir, no eran bototos de milico. Otro cachuchazo, sin palabras de por medio, seco, para ponerla en su lugar. Le apretó la venda y se alejó. El miedo era más fuerte que el dolor.
Una hora después seguía sentada ahí. Escuchando todo a su alrededor. Repasando las respuestas, volviendo a la calma. Pero el miedo estaba presente, imperturbable, despertando de nuevo con los gritos provenientes de todos lados.
Su respuesta iba a ser que no, que no conocía a nadie, que no estaba metida en nada. Puras cosas de colegiales. Al final de cuentas, de una forma u otra, era cierto.
Frío. Solo el jumper, los calcetines oscuros, los zapatos y la blusa blanca.
Los pasos se acercaron. La levantaron de un brazo. A los empujones, la llevaron caminando por el pasillo hasta una habitación. Traspasaron el umbral. En una esquina, una luz. El corazón funcionando a mil. Más pasos acercándose a ella. Por debajo de la venda solo veía zapatos, zapatos de vestir.
La condujeron hasta el centro de la habitación. Zapatos y bototos formando una especie de círculo a su alrededor.
En un instante surgieron gritos desde todos lados.
–¡¡¡Nombre!!!
–Olga Letelier Caruz.
–¡¿A qué te dedicái?!
–Estoy en el colegio.
–¡Mentira. Erís una terrorista de mierda! ¡Desvístete!
«El nudo en la garganta. Ahí se me vino todo a la cabeza. Tu formación, tu padre machista, violento, pero ultracatólico, Juan Carlos y el terror».
Era la voz del capitán, del capitán Jara, el mismo soldado enorme que la fue a buscar directamente al colegio.
–No, señor –respondió. No le cabía en la mente. Era virgen, ni en el baño se miraba demasiado porque era pecado.
La voz molesta, el grito:
–¡Desvístete ahora, hueona! ¡Ahora!
–¡Cómo se le ocurre! No.
Luego vino el primer empujón. Casi se fue al piso de lo fuerte que fue. Trastabillando apenas para no caer hacia un costado. Alguien la recibió del otro lado. No alcanzó a detenerse y la mandó hacia el otro sitio con un nuevo empujón. La estaban usando como pelota. Muy fuerte. Y la insultaban más y más.
–Paren, por favor –dijo entre los empujones y los garabatos de todos–. Capitán Jara, capitán Jara –suplicó otra vez, buscando al hombre que la había ido a detener al colegio–. Capitán Jara, ¡que paren, por favor!
Un instante de silencio. La voz nuevamente.
–¿A quién le estái diciendo capitán Jara?
–A usted, pues, capitán. Usted me detuvo.
–Deja de hablar huevadas, aquí no hay ningún capitán Jara. Quizás dónde está ese hueón. Acá na’ que ver.
Al instante otro empujón seco desde algún lado. Otro empujón. Al piso. Y la levantaban. Ahora, además de los empujones, se sumó un manoseo en el poto. En sus pechugas.
Tirones en la ropa. Y los botones de la camisa volando. Y el jumper bajado hasta la mitad. Inmovilizada, el jumper afuera. ¡Los calzones no!
¡Qué vergüenza! Recién le estaban creciendo sus vellos. Los calzones también. ¡Abajo! A los tirones, tratando de agarrarlos. «Eran muchas, demasiadas manos. Sin nada. Me dejaron desnuda».
De pie tapándose de cualquier modo.
–No te preocupes –dijo la voz–. Los zapatos no te los vamos a sacar para que no te resfríes. ¿Ya, Laucha? Hace frío acá abajo, ¿verdad?
Le conocían hasta su apodo.
La tomaron en el aire, de los brazos y las piernas; la llevaron a un catre metálico. Horizontal. Acostada sobre los resortes, de espaldas. Las amarras en las muñecas y en los tobillos, extremidades abiertas hacia los vértices.
La voz calmada de nuevo. Era el capitán Jara.
–Laucha, para que veas que somos conscientes, te vamos a dejar acá una toalla al lado, para que cuando terminemos te puedas secar, ¿okey?
«Con la venda y todo, una luz muy potente que llegaba a calentarme el cuerpo comenzó a recorrerme. Como si estuviera en una sala de operaciones. Y una mano en una pechuga, manoseándome. Luego, dedos en la vagina. Todo por primera vez. La pachorra que iba a tirar se fue a la mierda. Era en verdad una niña, ellos eran hombres y con toda la fuerza de su lado. Ahí no tenía a nadie. Abolutamente a nadie».
Otra voz:
–El nombre de tu papá, Laucha, dámelo.
–Jorge Letelier.
–Es mentira, Laucha, estás mintiendo.
No tenía sentido mentir sobre eso y ellos debían saberlo. Extraño.
–Es verdad, señor, así se llama. Pueden buscarlo.
Más manos tocando su vagina, con los dedos, masturbándola. En los pezones. No le creían nada, ni lo más obvio. Era a propósito. Y ella jurando. Terrorista, mentirosa. Mierda. Conchetumadre. Maraca.
En ese momento sintió algo frío tocando su vagina. Dolor. Rompiendo la barrera, la penetró. Hasta adentro. Un fierro o lo que haya sido, duro. No podía creerlo. Ahí estaban penetrándola por primera vez.
–¿Quién era tu jefe, Laucha? Necesito que recuerdes.
Ella temblaba. ¿Por qué temblaba tanto si le habían dejado puestos los zapatos y los calcetines?
Se fueron. Quedó ahí, acostada. Sola. «Se escuchaban las voces más allá, lejos, conversando de cualquier cosa. Descansando».
Y volvieron. Nuevamente el mismo grupo y la voz de Jara, ahora más violenta:
–¿Vas a decir, mirista conchetumadre, quién es tu jefe? Acá te vai a ir cortada, ¿entendiste? Nombres, hueona, nombres.
Y los fierros adentro de nuevo, helados, adentro de la vagina, hasta el fondo. Y el dolor, el dolor insoportable. Y las risas.
Más preguntas, más risas, más burlas. Perdió la noción del tiempo.
De pronto la desamarraron. La tenían sentada, lánguida. Sentía la punta de un lápiz recorriendo su cuerpo, mientras se seguían burlando. Que no tenía poto, que no tenía nada de pechugas. «Fea la Laucha». Y rayando su cuerpo con el lápiz.
La llevaron a una esquina y le lanzaron la ropa. A vestirse. Lista para partir de vuelta, de colegiala de nuevo. El pasillo y los gritos que quedaban atrás. El viaje en la camioneta hasta su cabaña.
Eran las siete de la mañana y Ana estaba ahí esperándola.
Se fue a lavar a los baños. Desde afuera se le veía la mitad de la espalda. Y escuchó las risas. No sabía de quiénes eran, si de compañeros o de conscriptos. No quiso preguntar ni mirar.
Cuando regresó le pidió a sus amigas que le revisaran la espalda y le dijeran qué tenía dibujado: era un gato. Y todos sabían que el gato se come a la laucha.
No alcanzó a recuperarse del shock. Levantarse y seguir la vida con otra perspectiva. Quebrada por dentro. Y ahí estaba Juan Carlos, todavía enviándole recados de amor. Era una extraña sensación. La pregunta recurrente era cuándo le tocaría de nuevo y qué le harían esa vez. No parecían tener límites. Todo lo que había imaginado que podía suceder había sido superado. Recién comenzaba a enterarse cómo era la tortura y por qué sus compañeras llegaban así, idas, deprimidas y silenciosas.
Fueron dos o tres días de espera.
La vez siguiente le avisaron un rato antes que se preparara porque la iban a pasar a buscar para un nuevo interrogatorio. El Diazepam era parte ya de su rutina para intentar dormir un poco. En esa ocasión pidió a las enfermeras uno con anticipación, con los tiempos calculados.
Lo tuvo en su mano hasta unos diez minutos antes de que se cumpliera el plazo anunciado y escuchara la llegada de la camioneta de lejos. Se tomó el medicamento. Y a esperarlos, más relajada. Todo más liviano.
La venda, la camioneta, el viaje, el subterráneo, esperar. Calcado a la vez anterior. Una de las pocas diferencias fue que, al principio, «en vez de venda me pusieron una capucha. Estaba impregnada de olor a sangre, a vómito descompuesto».
La dejaron en una sala. Esperó un rato y llegaron. Los insultos y las bromas para la Lauchita.
–¿Tienes frío, Lauchita?
–No te procupís, si tan inconscientes no somos. Te podís dejar los zapatos y también los calcetines.
Cuando recibió el primer empujón habló.
–Calma, calma. Sí, ya, yo me saco la ropa. Pero no me la sigan rompiendo, que no tengo más.
Calzones afuera, totalmente desnuda. Sentada arriba de la camilla otra vez. La acostaron. En forma de equis, le amarraban las extremidades. Algo hacían, se masturbaban, la tocaban con los penes, algo frotaba sus manos, su cuerpo, su cara.
Boca arriba. Fierros helados adentro de la vagina, así no más, raspando. Dolor. Se empezaron a separar. Su vagina se abría con un par de tenazas y el dolor de nuevo. Luego, algo entrando, pellizcando el interior. Una especie de tijera o pinza, tirando hacia fuera, sacándolo de la vagina, eso que todavía estaba pegado a su piel. No sabía qué era, si el útero, la matriz o qué. Dolor horroroso. Tirante. En ese momento, el zumbido. Algo daba vueltas, una manilla sonando. Y un cable contra esa parte de su vagina. «Hasta entonces nunca había sentido nada igual a ese dolor. Como si te estuvieran rajando, mordiendo, tragando desde el interior. Una y otra vez».
Entremedio de los golpes iban las preguntas, de un lado y de otro, acechándola, induciendo al error, insultando, presionándola permanentemente.
Luego, una voz acompañándola, sola con ella: «Lauchita, pucha todo lo que te han hecho. Pucha. Te entiendo». Era una mala suerte todo eso, le decía. Bueno, la intentaría ayudar en todo lo que pudiera, pero necesitaba nombres, cooperación, para entregarlos a sus jefes y así negociar.
Preguntaba por las armas, por sus amigos del MIR y ella decía nombres. Por dentro, el dolor de estar confesando algo íntimo. Su dignidad la abandonaba.
Pero al mismo tiempo estaba ida por el Diazepam. Y ellos no se explicaban por qué. Cachetadas en la cara, golpes en el cuerpo y gritos para que despertara.
Con Diazepam y todo, solo una cuestión se le venía a la cabeza para detener el dolor. Lo repetía una y otra vez:
–¡Por favor!, mátenme.
De verdad en ese momento eso le parecía lo mejor. No quería seguir sufriendo esos tormentos. Se sentía sucia, sola, impura. Pensaba en Juan Carlos, en cómo contárselo. Eran demasiadas cosas rotas.
Y la electricidad de nuevo ahí, en esa parte del interior de su vagina traída hacia afuera. Y luego en las pechugas, en los pezones. Durante toda esa sesión y más tarde en otras, cuando la electricidad se detenía, el metal frío se sentía como una moneda en el pecho.
–Paren, que está muy mal –decía alguien–. Se puede ir.
Y luego el metal frío en el pecho. La misma voz seca.
–Sigan. Denle.
Golpes rítmicos, uno seguido de otro, en las plantas de los pies con algo parecido a unas paletas de madera. Uno primero, otro después. Pasados unos segundos, subiendo la vibración de los golpes por los pies, retumbando todo, el pecho, los brazos y la cabeza. Insoportable. Y los gritos hacia fuera. «Los gritos liberan. Cuando el alarido te sale hacia el exterior, libera una parte del dolor, es como un descanso pequeño antes de llegar otra vez al límite de no poder soportar y otro grito te sale de la boca».
Resoplaba una y otra vez bajo la capucha, la tela alejándose y cayendo sobre la boca. El instinto, al recibir los golpes en los pies, era levantar la cabeza, observar hacia el lugar desde donde venían. En uno de esos saltos y lo vio. Había un hombre sentado tras un escritorio, unos dos metros al frente suyo. Tenía puesto un delantal blanco. Era calvo y tenía la cara redonda.
La reacción automática fue pensar que estaba a salvo.
–¡Doctor!, ¡doctor!, ¡ayúdeme, doctor! –y el hombre la miró de improviso.
«Al mismo tiempo, detrás de él, me di cuenta de que había alguien más. Era el cuerpo de un detenido colgado pies hacia arriba, desnudo, con los testículos tomados con algo, amarrados. El horror de haber pronunciado las palabras de auxilio y, al mismo tiempo, darte cuenta de que era un sinsentido. No podía haber llegado hasta ese lugar si no lo hubieran dejado entrar primero. El doctor no podía no saber que te estaban torturando. No podía no darse cuenta de que detrás suyo había un hombre pies hacia arriba, hecho pedazos».
Olga Letelier no fue la única en Tejas Verdes en ser torturada y supervisada por un doctor. Era parte de un procedimiento estándar. Otra mujer, Astrid Heitmann
–entonces esposa del segundo hombre dentro de la jerarquía del MIR, Bautista van Schouwen–, había sido detenida en Santiago y luego trasladada a Tejas Verdes. «Nos bajaban del camión y nos exigían descender unas escaleras. Nos obligaban a desnudarnos, nos amarraban a una camilla metálica, nos colocaban electrodos en diferentes partes del cuerpo. Vagina, pecho, ano, etc., y comenzaban a interrogarnos y torturarnos. Yo me hacía la muerta para que no me siguieran torturando, pero en plena sesión le solicitaban a un doctor que me auscultara con el estetoscopio. Al parecer, este doctor hacía señales para que me siguieran torturando»46.
Años más tarde Astrid lo pudo identificar.
Para Olga, el recuerdo sigue ahí, hasta ahora, atormentándola. La figura tranquila. El delantal blanco. La calva, regordete. Y el sujeto atrás, desnudo, colgado de los pies.
En ese momento, a pesar del Diazepam, lograron impresionarla de nuevo. El horror fue igual de fuerte que la primera vez. Los pelos erizados. «Realmente estabas sola. Hasta el hombre encargado de garantizarte la salud, de cuidarte, estaba en tu contra».
Así, en esa ocasión se fue yendo. Yendo de los recuerdos hasta llegar entre nubes a la cabaña y entrever a sus amigas que la recibían. La Ana, la Mariela, la Isolina, la Alejandra. Cariños. Y ella despertando de a poco, queriendo dormirse otra vez.
13
A Ana Becerra le preocupaba su amiga Olga. Siempre había tenido buen ánimo, de todo hacía un chiste. La salida rápida, alegre. Nunca se centraba en los problemas y solía verle el lado bueno a las cosas, aunque no lo tuvieran. Pero en la habitación, luego de llegar en el vehículo, se acostó, silenciosa. Ana estuvo un buen rato haciéndole cariños en la cabeza. Sabía lo que había pasado, a esas alturas a ella también la habían torturado.
Todas tenían sus temas. La Olga estaba presa con Juan Carlos. Ella, con su embarazo y lejos de su pareja. Mariela Bacciarini había sido detenida el 7 de septiembre luego de una manifestación y la habían dejado inicialmente en la cárcel de San Antonio. Contreras la había arrestado luego de que apareciera en la radio Sargento Aldea llamando a los compañeros militares a unirse al pueblo. Su padre, Raúl Bacciarini, había muerto y ella aún no lo sabía. Ninguno de los que iban entrando al campo de prisioneros se atrevía a decírselo. Era demasiado duro.
En algún momento de octubre, las tres quedaron en la misma cabaña. Habían ingresado juntas tres años antes al MIR. Eran parte del grupo «parvulario» donde el mayor tenía diecisiete años. Eran la colita de la organización.
La Olga, la Mariela y ella habían sido parte de un proyecto ideado por Joel47, uno de los líderes del MIR en Santiago y que viajó a San Antonio para organizar una estructura del partido ahí. Hasta antes del golpe, ellas llevaban y traían información desde y hacia Santiago. Las estaba formando para hacer de «correos». Como buenas colegialas, no despertaban sospechas, pero en el Comité Central las deben haber encontrado muy pequeñas, porque ellos fueron los que corrieron la voz, en broma, diciendo que Joel estaba organizando un parvulario en San Antonio.
Ellas lo admiraban. En el caso de Ana, la relación era muy cercana. Alojaba en su casa, prácticamente vivía ahí, tal como muchos otros dirigentes del MIR. Su padre, Hernán, no tenía problemas en recibirlos a todos. Era socialista y muchos de esos jóvenes eran los retoños de los socialistas.
Por esos días también cayó presa Carmen Núñez, quien participaba del Frente de Estudiantes Revolucionarios y era evangélica, algo fuera de lo común, una combinación entre marxismo y fe. Quizás era por su edad la búsqueda de respuestas propia de la juventud. Quién sabe. Tenía el pelo negro, dos gruesas y largas trenzas que caían por los costados de su rostro, como las usaban en ese tiempo los evangélicos. Su padre era pastor. Ella estaba en segundo medio.
Adentro, con todo el alboroto, los problemas, llantos, gemidos e historias horrorosas que se iban gestando ahí, se puso a rezar más que nunca. A ver si Dios la ayudaba y salía libre. Las demás, aunque eran del MIR o socialistas y teóricamente ateas, con el pasar de los días, por miedo o lo que fuera, se le fueron acercando y juntas rezaban para ver si Dios las ayudaba a ellas también.
Además, habían llegado dos chicas de El Quisco, comunistas, al parecer. Isolina, de dieciséis años, y Alejandra, de diecisiete48.
Flor Núñez Malhue, la hermana del diputado Matías Núñez, había sido detenida mientras buscaban a su hermano. Era una mujer adulta y las demás eran todas niñas e irresponsables, según sus ojos preocupados, por eso hacía de madre. «Altaneras y desafiantes», le dijo a Ana años después. «Siempre estaba con el corazón en la mano, esperando lo peor».
Cuando a Ana la invadía la tristeza o su ánimo decaía, Flor la apapachaba y siempre le recomendaba no ser tan insolente con los soldados, que no contestara mal. Así se evitaban problemas. Con todos los que ya tenían, no era necesario ir buscando otros.
Y varias mujeres más iban componiendo la fauna dentro del campo de prisioneros Nº 2, que iba también cambiando en la medida en que llegaban nuevas y nuevos detenidos. Cada día aumentaba el número.
Todas las historias particulares de cómo habían caído detenidas eran duras. Siempre traumáticas. Pero la narración que en ese tiempo más llamó la atención de Ana tenía relación con hijos, ya que estaba embarazada y ya había tenido síntomas de pérdida y una hospitalización en San Antonio, por las torturas.
María Duarte era una mujer que trabajaba como empleada doméstica en la casa de algún militar que vivía en Tejas Verdes desde antes del golpe. Era socialista y luego del 11 de septiembre siguió trabajando ahí. Por algún motivo, a los militares se les había pasado ese detalle. El caso es que una mañana llegó una patrulla a detenerla a su casa, donde vivía con sus padres y su hija pequeña. En ese momento ella estaba trabajando. Los militares tomaron a su hija, en calzones, y la subieron a los tirones con ellos dentro de la patrulla. La llevaron donde había dicho que trabajaba su madre: Tejas Verdes. «Tuvo que caminar con ellos y reconocer la casa». La angustia de María Duarte no era por haber caído presa, sino por el dolor de su hija en el rostro al ver cómo detenían a su madre, luego de decir con toda confianza «esa es mi mamá».
Se debía sobrevivir a eso intentando mantener el ánimo arriba, dejando de lado lo malo y centrándose en el presente cotidiano, en las cuestiones sin importancia. Entrado octubre, a los problemas de la vida ahí, a la lejanía, a la angustia por el país que se perdía y a las torturas, se había sumado la llegada del nuevo jefe del campo. Con la salida de Capona, Ana había sentido que perdían bastante. Para empezar, el pequeño oasis en medio de los tormentos que había significado el centro de detención.
Campo de concentración en su período definitivo

El campo se fue construyendo en distintas etapas por los propios detenidos. Con la llegada de la gente de Santiago aumentó la cantidad de cabañas de forma significativa.
Una de las primeras medidas del teniente Carevic fue cercar el campo y separar a las mujeres totalmente de los hombres. Un patio para ellas, con tres mediaguas adentro. Muros hechos con lampazos49, de tres metros de altura, aislándolas. Solo esos muros ante sus ojos. Así, la sensación de encierro y sufrimiento se vivía mucho más fuerte.
En las cuatro esquinas del campo habían instalado torres de vigilancia –que en realidad eran torres de salvavidas– con los conscriptos arriba. Y todo normado. «La hora de levantarse, la hora de acostarse, la hora de salida al patio, la cada vez mayor cantidad de horas de encierro en las cabañas. Ya no habría contacto con los soldados, salvo el estrictamente necesario».
–Si no obedecen habrá castigos –había dicho Carevic.
En sus charlas mañaneras se encargaba de decirles por qué estaban presas y lo malas que eran, lo poco patriotas. «Un tipo duro, orgulloso, contenido. Se notaba que con él no se podía negociar ni pedir nada. Mejor era ni mirarlo siquiera».
Él las iba a encauzar. A punta de castigos, las estaba adoctrinando en el canto de los diversos himnos y marchas militares que empezaron a entonar sagradamente en las mañanas. Con el ojo siempre atento para ver quién se las sabía y quién no. Y ahí estaba Ana, tratando de mover la boca al compás de la letra y mirando para otro lado. Pero escaparse al ojo avizor de Carevic era imposible. En una ocasión, cuando la descubrió, se molestó mucho. A las celdas de castigo, otra de sus innovaciones, junto a otras compañeras.
«Eran dos tablones de puente parados en el patio, que se encontraban arriba formando una A. Si la detenida era castigada, debía ingresar dentro de la A y de inmediato le pasaban un tercer tablón muy pesado que la castigada debía sostener con sus manos y que hacía de puerta. Desde adentro, debían cargar el tablón pesado todo el tiempo que durara el castigo».
Horas sosteniéndolo.
Cada cierto tiempo, un soldado iba a ver si se había aprendido la canción ya. Todavía no se la sabía. Trataba de recordar. El suboficial «Patá en la Raja» les daba una manito con las canciones, mientras permanecían con el tablón en las manos. Aquel era un personaje conocido en Tejas Verdes y también en San Antonio. Borrachito.
«Intentaba parecer duro, pero no lo era. Una patada por allá y otra por acá a los detenidos, pero en realidad era gracioso. Y repartía cigarros que los familiares dejaban afuera».
Al final, el dolor en los brazos era insoportable. La primera vez estaba atardeciendo cuando las soltaron y las llevaron hasta la habitación. Acalambradas enteras.
Por la misma falta, Carevic le ordenó a Olga regar el patio entero con una cuchara de té. Todo el día, desde la mañana hasta la noche. Sin tomar agua, sin comida, custodiada. A Ana le daba pena su amiga que llegó deshecha a la cabaña.
Los abusos estaban a la orden del día. Carevic había llegado a pensar que era una forma de adoctrinarlas, de hacerlas mejores personas. Una especie de ser humano nuevo, con una receta que combinaba golpes, aislamiento, tortura y rigidez, donde todo lo que se podía haber aprendido antes, marxismo, allendismo, socialismo, comunismo o lo que fuera, estaba prohibido. En cambio, las marchas, el nacionalismo y el patriotismo eran bien vistos y materia obligatoria en esa escuela de hombres y mujeres nuevos.
Los conscriptos de San Antonio fueron sacados del campo de prisioneros y reemplazados por gente de Melipilla. Ellos se adaptaron a Carevic de inmediato y el trato también se endureció. Insultos y golpes cuando entraban a las mediaguas.
En una ocasión, de noche, un grito sacó a Ana del silencio. Lo oyó desde la cabaña. Solo podía ser un loco. ¡Viva el Presidente Allende! ¡Viva!, se escuchaba la voz del hombre que no estaba loco, sino borracho. Seguramente, como a muchos, lo habían llevado por la noche, debido a que había transgredido el toque de queda. Los soldados se burlaban. Lo pusieron a correr por el patio mientras le gritaban que siguiera y siguiera. Hasta reventarlo. Luego de eso se escuchó la pateadura en el piso y el hombre que ya no cantaba, sino que gemía de dolor. Le pegaron durante horas, al tiempo que se continuaban burlando. Hasta que nuevamente reinó el silencio.
Para los golpes y abusos, Carevic no ponía límites.
El hermano de Luis Carevic Cubillos, Manuel Andrés50, también militar, estaba en ese mismo momento a poca distancia, adiestrando a los nuevos agentes de la DINA.
Contreras tenía prisa. De modo paralelo al centro de interrogatorio que funcionaba en el Regimiento de Ingenieros Tejas Verdes, se creó el primer campo de entrenamiento para agentes de la DINA, en el antiguo centro vacacional destinado a los socios de la CUT. Era un conjunto de cabañas ubicado sobre la playa Marbella del balneario Rocas de Santo Domingo. Al mando del lugar estaba el mayor de Ejército César Manríquez Bravo. Junto a Manuel Andrés Carevic trabajaban ahí oficiales de las distintas ramas, quienes luego encabezaron las principales agrupaciones operativas de la DINA. Entre ellos destacaban la teniente de Carabineros Ingrid Olderock, Miguel Krassnoff, Raúl Iturriaga, Gerardo Urrich, Christoph Willeke, los tenientes de Carabineros Ricardo Lawrence y Ciro Torré, y el teniente de Ejército Cristián Labbé.
Ahí la nueva entidad de inteligencia funcionó sin ningún tipo de regulación legal. Solo en junio de 1974, a través del Decreto Ley 521, se le dio origen formalmente. Sus artículos secretos parchaban su oscuro inicio, señalando que venía funcionando desde noviembre de 1973 a través de la «Comisión DINA»51. Sin embargo, muchos agentes preparados en Rocas de Santo Domingo han reconocido judicialmente que comenzaron a formarse antes, en octubre de ese año.
Instructores en Rocas de Santo Domingo (fotos actuales)


Vista aérea de las cabañas de la CUT ubicadas en el balneario
Rocas de Santo Domingo

Hasta antes del golpe, las cabañas pertenecían a la CUT. Posteriormente funcionaron como campo de entrenamiento de agentes de la DINA. Hoy se encuentran abandonadas.
Por orden de Pinochet, en noviembre de 1973 Contreras volvió a presentar, esta vez ante la Junta Militar, su plan de inteligencia, rechazado en 1970, para colaborar con la seguridad de las elecciones de ese año. Esta vez fue aprobado a regañadientes, debido a que el resto de las instituciones de inteligencia pertenecientes a las otras ramas de las Fuerzas Armadas se verían ostensiblemente disminuidas ante el poder de la nueva institución.
Aun así, las distintas ramas acordaron enviar a integrantes de sus instituciones para ser enrolados y entrenados por la DINA en Rocas de Santo Domingo, «en un número que se estima, para los primeros meses, de unos 400 a 500 efectivos»52.
Las declaraciones judiciales de los aspirantes, contenidas en diversos procesos, varían al momento de recordar la duración de los cursos en Rocas de Santo Domingo. Algunos señalan dos semanas; otros, un mes y medio; otros, tres meses.
El criterio de elección de los integrantes de la organización es, hasta ahora, un misterio. En algunos casos, como en el de los funcionarios de Carabineros, da la impresión de que hubiera sido incidental. Uno de ellos53 declaró que prácticamente su curso completo en la Escuela de Suboficiales de Carabineros fue destinado a Rocas de Santo Domingo para entrar a la DINA. De ahí, todos por igual, terminaron formando parte de ella.
La mayoría de los más célebres agentes recibieron su formación ahí. Ejemplos de ello son Basclay Zapata y Juvenal Piña Garrido, quienes pertenecían a las respectivas bandas instrumentales de sus regimientos de origen. Zapata se hizo conocido debido a que, además de torturar, violó a prácticamente todas las detenidas que pasaron por sus manos en Londres 38 y luego en la Villa Grimaldi. En el caso de Piña, es el agente que en 1976, formando parte del cuartel de exterminio Simón Bolívar, asfixió con una bolsa plástica al subsecretario del Partido Comunista en la cladestinidad, Víctor Díaz López.
Existe un testimonio54 que señala que el día que los pupilos de la DINA comenzaron a hacer el curso de instrucción en Rocas de Santo Domingo, Manuel Contreras se paró ante ellos y les ofreció un discurso. Les habría dicho que debían sentirse orgullosos y que quienes conformaban la nueva institución eran la crema de la crema del Ejército. El soldado habría mirado a sus compañeros de formación en ese momento. Muchos de ellos presentaban problemas de conducta en sus regimientos de origen. Y otros incluso se encontraban presos dentro de sus respectivas unidades por violar las normas marciales.
El comienzo de los cursos de Rocas de Santo Domingo con la gente de confianza de Contreras ahí, la llegada de Jara Seguel a Tejas Verdes y la de Carevic al campo de prisioneros, conformaron el triunvirato experimental del director de la DINA en San Antonio.
Existe, además, coincidencia temporal entre el origen de los cursos y el endurecimiento en el trato a los detenidos del campo de prisioneros Nº 2: el mes de octubre de 1973.
Para Anatolio Zárate y para sus compañeros de prisión, la llegada de Carevic está asociada a las desapariciones, las ejecuciones y la violencia. El nuevo jefe del campo era un tipo joven, de unos treinta años, delgado, alto, pecoso, rubio, el cabello algo crespo, que se paraba al frente con el pecho fuera, observando el mundo desde una posición distante, como diciendo que se encontraba en otro nivel, uno muy superior al de los demás, ahí donde no podrían llegar ni en sueños. Pertenecían a mundos distintos. «Le gustaban las formaciones. Ahí aprovechaba de recalcarnos que éramos lo mínimo, menos que los bichos, extremistas, traidores a la patria, malagradecidos de nuestro país».
A pocos días de su llegada los llamó a todos al patio. Afuera. Formarse. Junto a Carevic había un detenido. Entre ellos se miraban y se interrogaban con la vista, pero nadie lo ubicaba. No parecía un prisionero político, era un hombre de edad. Una persona humilde.
–¿Ven a este hueón? ¿Lo ven?
Y paf, una cachetada en la cara. Lo dio vuelta.
–¡Este hueón no debería estar en la calle!
Paf, otra cachetada y de nuevo el rostro del hombre girando con el golpe.
–¡Este hueón es un desgraciado!
El hombre se levantaba y Carevic tomaba vuelo para atizarle otra vez en el rostro. Eran verdaderos trancazos a palma abierta. Le sangraba la nariz.
No entendían qué les estaba queriendo decir. Carevic no se encargaba de explicarles quién era ni qué había hecho exactamente. Solo que no debía estar libre; otro golpe y otra afirmación acerca de su condición de basura, peor que ellos, incluso peor que el resto de los detenidos. Y luego otra cachetada, más fuerte que las anteriores.
«Así me irán conociendo», parecía ser el único mensaje. Él era la autoridad. Ellos no existían. Cada detenido dejaba de tener un nombre y pasaba a ser un número escrito en una pizarra colgando del pecho.
–Nunca más por el nombre. ¿Entendieron? –les dijo en la formación–. A partir de hoy son un número. ¡Para cualquier solicitud, para lo que sea, va a ser por el número!
A Anatolio le tocó el uno. La pizarrita con el número dibujado así lo indicaba. Y que no se fuera a borrar.
Todo se iba militarizando. Orden absoluto. Cero desapego a las normas. Por las mañanas, el suboficial Patá en la Raja55 con la trompeta, despertándolos. Y el grito en el cielo.
–¡Levantarse, mieeeeeerrrrda!
Todos de pie, al frente de las autoridades del campo formadas con Carevic a la cabeza y un grupo de oficiales a su lado; siempre lo mismo. Ahí fue donde Anatolio Zárate se dio cuenta de que uno de los que andaba con él era el mismo hombre que lo había arrestado en su casa y que había apuntado a su familia con una pistola. Se enteró de su nombre: Raúl Quintana Salazar, subteniente de Ejército.
Cada día, uno de ellos debía izar la bandera. Luego, a cantar el Himno Nacional, a toda voz, a coro con la estrofa de «los viejos estandartes incluida», y con Carevic adelante, inflexible.
Y la lista:
–¡Prisionero uno!
–¡Presente, mi suboficial!
–¡Dos!
-¡Presente, mi suboficial!
Eran unos ciento cincuenta prisioneros por esa fecha, entrado octubre, un tercio de ellos, aproximadamente, mujeres.
Para reemplazar los contenedores, ahora dormían en especies de estantes o nichos, hechos con tablones de puente, organizados hacia arriba y los lados de tal manera que en conjunto formaban una verdadera malla de hoyos cuadrados donde ellos debían ingresar para dormir cada noche. «Primero tenía que meter los pies, luego el resto del cuerpo. Quedaba acostado de espaldas, sin poder cambiar la posición. El techo de mi nicho estaba a unos cinco centímetros de mi rostro».
Una mañana, Carevic quiso ordenar el campo de prisioneros. Sostenía que había una desorganización tremenda.
–El ofrecimiento es el siguiente –dijo–: veinte días menos de condena cuando sus casos estén sentenciados. Vamos a construir mediaguas. Cinco para empezar, para que duerman ordenados.
Prácticamente todos se ofrecieron. Anatolio no tenía la menor idea de cuánto tiempo más estaría ahí adentro sin poder ver a Ilonka, a sus hijos, a su madre. Así que todo lo que fuera restar días parecía bueno. Palas para todos. Nivelar la tierra, unos pequeños palafitos contra el suelo, la madera en paneles listos de fábrica, levantarlos y unirlos. El techo clavado. Cada mediagua era de tres por tres metros, sin ninguna separación adentro, sin ningún tipo de revestimiento. «El encargado de ponerles el número a cada una fue el “Bigote” Carrasco. Tenía buena mano: afuera había sido experto en rayado de calles».
Anatolio quedó adentro de una junto a unos veinte detenidos más, entre ellos el mismo Bigote Carrasco, Onofre Águila, Arturo Farías, Jorge Hunt, Mario Santana y Elías Mac Lean56. Todos tirados sobre el piso de tablas, cubierto con aserrín.
Gran parte del día lo pasaban ahí. A la hora del almuerzo, los soldados se acercaban con una olla. Cada uno con su plato se acercaba a ellos a servirse esa pésima comida. Por la tarde tenían una corta salida al patio y para dentro otra vez, hasta el día siguiente.
Había mucha gente dentro del campo y cada día el número crecía. A muchos los conocía de afuera. Compañeros de partido y de otras colectividades57. De alguna manera, todos habían sido parte del mundo político y coincidían ahí por lo mismo. Pero con la mayoría no cruzaba demasiadas palabras. El estado de ánimo no se lo permitía y la mente tampoco estaba firme.
Uno de los prisioneros, Mario Phillipi, era abogado y no tenía militancia de izquierda. Había sido dueño de la radio Sargento Aldea de San Antonio, pero nada más. Un día en el patio le preguntó por qué creía que lo habían detenido.
–No me detuvieron.
–¿Cómo?
No entendía nada. Entonces el abogado se le acercó y le contó una confidencia:
–Me hice detener. –Sonaba sincero–. Sí –continuó–. Acá adentro es más seguro. Es que San Antonio está muy peligroso.
Algunos se estaban muriendo adentro de las mediaguas, otros estaban con la cabeza en cualquier sitio, idos, trastornados por lo que habían vivido. Durante uno de aquellos días, mientras descansaba adentro de su cabaña, Anatolio miró hacia un costado y vio a Jorge Hunt, un chico del MIR, contra uno de los muros, sentado. «Tenía el brazo estirado con la palma de la mano mirando hacia arriba, observando el chorro de sangre que saltaba desde su vena. Se había cortado con una lata o algo. Silencioso, esperando irse, sin la menor intención de detener la sangre. Se me comprimió el pecho. Grité llamando a los militares».
Hunt salió de su estado al instante. Frenético.
–No me delatís –le dijo–. ¡Déjame, déjame!
Él siguió llamándolos y Hunt, nervioso, pidiéndole que por favor se callara. Tomó un paño del piso y se lo acercó. Tenía cortada la muñeca. Se la apretó con el paño. En ese momento llegaron los soldados.
–¡Qué pasa, mierda! ¡¿Quién está gritando tanto?!
Todos quedaron en silencio. No había pasado nada. Estaba todo en orden. Hunt con el brazo escondido.
Unos días más tarde, aún en octubre, llamaron al prisionero número uno, o sea él, para hacer un hoyo en la tierra. Carevic lo había elegido junto a un grupo de trabajadores de una fábrica de botones de San Antonio para arreglar un barrial formado por una llave de agua que seguramente quedaba goteando y que con el pasar de los días había formado un lodazal. Un hoyo de unos dos metros de profundidad y dos metros cuadrados de superficie. Cuando estuviera listo debían llenarlo con piedras, para que el agua drenara mejor. «Palear y palear, horas ahí, al sol. Turnándose. Cuando estuvo listo, justo antes de llenarlo con piedras, uno de los trabajadores nos llamó más cerca».
–Por si no salimos vivos –y mostró una botella que tenía escondida–. Así van a saber que pasamos por acá.
El mismo trabajador sacó una hoja y un trozo de lápiz. Sin hablarlo entre ellos, ni mirarse demasiado, a todos les hizo sentido. Y se formó un clima extraño, silencioso, solemne, mientras la hoja y el lápiz pasaban de mano en mano para que cada uno anotara su nombre, «Anatolio Zárate Oyarzún», y la conciencia de que estaba vivo escribiendo ahí para alguien y que esa podría ser la única forma en que el mundo supiera de él más tarde, que había estado preso ahí, en el campo de prisioneros Nº 2. Pensaba que muchos años después, quizás alguien encontraría esa botella, con sus nombres estampados de puño y letra, aunque en ese momento probablemente todos o la mayor parte de ellos ya estarían muertos.
Les afloraron las lágrimas. Hacían patente la certeza de que podían irse en cualquier instante de esta vida y transformarse en un recuerdo escrito en el interior de una botella. A él también lo habían torturado y sabía que en ese lugar el corazón de muchos había dejado de latir.
Cuando volvía de las situaciones duras, la mediagua era su espacio íntimo, el lugar inalcanzable para sus celadores. Se imaginaba a sí mismo de niño, en la playa chica de Cartagena, con sus papás, en la arena, jugando. Sus rostros al sol, felices, mirándose y teniéndose. La vista desde su casa en la Quebrada del Atún, con todo el mar al frente. A los doce, peluseando, y los bailes en el salón del hotel Francia, con la orquesta Huambaly tocando los bronces en vivo, a todo cañón, y todos saltando con sus ritmos tropicales. O un poco más grande, bailando un lento, apretado, pleno.
14
Apenas conformado el grupo de patrullaje nocturno, durante una de las primeras noches en San Antonio, Patricio Salvo comenzó a preguntarse si había sido una suerte o no haber llegado desde el sur a la capital, donde estuvo en escala tan solo unos minutos, para dirigirse luego al Regimiento Tejas Verdes y hacer su curso de oficial de reserva. Desde entonces había sido una verdadera vorágine de situaciones, decisiones tomadas por otros, algunas por él mismo, que ahora lo tenían caminando hacia la camioneta desde donde provenían los gritos de un hombre.
Era la camioneta C-10 de su agrupación, con una cúpula sobre la parte trasera que sellaba lo que sucedía en su interior. Él estrenaba su nuevo aspecto, junto a sus veintidós compañeros, todos de civiles, jóvenes de dieciocho años la mayoría, mezclados entre la ciudadanía.
Cruzó la calle. Mauricio Rufatt estaba en el asiento delantero del acompañante, hincado y girado hacia atrás, observando el interior del pick up. Patricio entró por el otro lado y comenzó a observar junto a su amigo.
–¡Paren, paren! ¡No sé, de verdad, lo juro!
Un hombre de edad, de pie, estaba ahí tomado de ambos brazos por gente de su agrupación. Tenía una venda sobre los ojos. Jara le decía, sin levantar la voz, como dándole ánimos:
–Dale, te tienes que acordar. Tienes que acordarte. Acuérdate de los nombres. Dale, tú puedes.
«Concentrado, le daba golpes en el estómago y las costillas, ascendentes y rítmicos, con los pulgares hacia arriba. Sabía que dolía mucho. En broma me había dado uno de esos raspazos en las costillas con el pulgar. Su especialidad».
Uno y otro, constantes, no tan rápido como un redoble, pero sí mecánicos, uno a cada segundo. El hombre soltaba alaridos y se contraía entero, intentando esconder la panza, pero le atizaba uno y otro detrás.
«Le colgaba un cable desde la sien, pegado con cinta adhesiva. Siguiendo el cable llegué hasta el sargento Ramón Acuña, el tipo desagradable de la Secretaría de Estudios que siempre se jactaba de sus acciones».
El sargento Acuña, el mismo al que había visto salir de la sala de torturas en la Secretaría de Estudios, tenía el magneto en la mano. Jara se detuvo y otros comenzaron a golpear al hombre. Patadas en las canillas, en los testículos, en la cabeza, por todos lados; lo molieron a golpes. Le levantaron la camisa y estaba todo morado.
«No quería verlo, no había entrado a hacer el curso de oficiales para eso. Y tomé a Rufatt, que parecía atontado con la escena, para llevarlo conmigo».
Cuando se alejaban de la camioneta, Acuña comenzó a acostar al caballero, medio ido, sobre una camilla empotrada dentro del pick up. «La parte trasera de esa camioneta había sido adaptada como una sala de torturas móvil». Salvo escuchó el zumbido profundo de la máquina. Era el magneto, el mismo que había oído adentro de la Secretaría de Estudios, desde la oficina de Kosiel. Y también los alaridos. Los del torturado y gritos de otra persona.
Corrió a ver qué había sucedido. El aspirante Contreras, uno de sus compañeros, estaba sobándose las muñecas, todavía afectado.
«Cuando pusieron al hombre en la camilla y le dieron la electricidad, mi compañero tomó al detenido de los tobillos y recibió junto con él la ráfaga de electricidad. Acuña estaba muerto de la risa».
Esa vez se sintió entre dos aguas. Lo que estaba viendo era violento. También en lo que estaba participando. Pero era mandado.
«Lo pensé bien y concluí que también podía pasar por encima de esa sesión de torturas. Además, todo el mundo sabía que los detectives de Investigaciones y los carabineros hacían eso con los detenidos desde antes del golpe. Para hacer cantar a los presos comunes. Eran métodos conocidos. Entonces, me grabé la escena como algo común, típico de esos tiempos. No había que ser ingenuos».
En alguna medida, esa imagen se fue disipando por el trabajo diurno que le tocaba llevar a cabo, con el resto de sus compañeros de la agrupación de patrullaje: traer y llevar información desde y hacia el SIM, ubicado en Alameda con calle Bombero Ossa, paquetes con papeles, cuyo contenido desconocía por completo y que jamás se le ocurrió abrir. Además del resguardo de las esposas y familiares de los altos oficiales de Tejas Verdes. De compras, a la playa, al colegio, o adonde ellas quisieran ir.
Como estaba a cargo del grupo, él se puso como escolta de la esposa del director del regimiento, María Teresa Valdebenito Stevenson. Ella misma, siendo íntima del hombre que daba las órdenes, parecía flotar por encima de lo que estaba sucediendo en ese momento en las calles y también dentro del regimiento. Era un verdadero amor. No escatimaba en buenas palabras, ni en tomarlo del brazo apenas lo conoció, para caminar a su lado, protegida por su figura, por las calles de San Antonio. «No tenía frescura, sino que lo hacía de una forma maternal. Al mismo tiempo, me daba cuenta de que estaba agradecida porque con nosotros a su lado se sentía protegida. Era una mujer de piel». Comprometida también con el destino de la gente más pobre de Chile. En varias ocasiones a Patricio le tocó acompañarla, junto a la esposa del mayor Núñez Magallanes, hasta las poblaciones de San Antonio y Barrancas, para hacer lo que ellas consideraban justo y que necesitaba el país: escuchar a los pobres y prometerles ayuda a través de CEMA Chile58. Él y sus compañeros observaban, haciéndoles la guardia, cómo se relacionaban con las pobladoras menos afortunadas, integrantes de juntas vecinales, quienes se deshacían contándoles acerca de las inclemencias de la pobreza. De todo tomaban nota. A través de CEMA se canalizarían sus requerimientos.
También influyó en que de alguna manera pasara por alto los horribles hechos observados ya desde el inicio de su trabajo en la agrupación, el hecho de que su jefe, el capitán Jara, era un verdadero líder. Un hombre que, aparte de lo observado en la camioneta, resultaba amable, jugado por sus hombres, que los escuchaba y, al mismo tiempo, los iba instruyendo en las artes de la inteligencia militar.
Junto a él, durante las noches, todos jugaban a ser agentes de verdad. Así se sentía Patricio Salvo al principio, mientras iba absorbiendo sus enseñanzas con los walkie talkies recorriendo las calles, mezclándose con la gente y luego arriba de las camionetas para seguir inspeccionando. «Entendiendo que quizás eso era algo que también debía hacerse. La Democracia Cristiana, uno de los partidos más grandes, y también toda la derecha nos apoyaban, y por ende aprobaban todo el trabajo que estábamos desarrollando».
Incluso con Rufatt, al que todos conocían a esas alturas como un comunista y a pesar de que nadie dudaba de que estaba muy incómodo ahí adentro, Jara mostraba buen trato. Lo agarraba para el tandeo, suavemente, sin hacerlo sentir mal. «En una ocasión, por ejemplo, en medio de un allanamiento a una casa, Jara encontró una tremenda bandera del Partido Comunista. La sacaba desde donde estaba guardada, una caja, y no terminaba de salir. Era enorme, preciosa, roja, como para enmarcarla, fueras o no del partido».
–Estas son las que te gustan a ti, ¿o no? Las conoces bien. –le dijo en tono de chiste con cierta liviandad. Y Rufatt, nervioso, hecho un atado, la recibió. Sonrió y a seguir haciendo el trabajo no más.
Una broma como otras. Jara se encargaba de combinar el buen trato con las enseñanzas de inteligencia en las calles
de San Antonio o en el cuartel viéndolos a todos como iguales. Cómo introducirse en la población intentando pasar inadvertidos. Esperar afuera de una casa sin ser detectados. Retozar en un paradero. Escuchar las conversaciones de la gente. Todo era distinto a lo que se veía a simple vista. De ahí la capacidad de análisis, de ver la realidad y sus dobleces. «Si en algún lado te encontrabas con alguien, podía ser una coincidencia. Si sucedía dos veces, ya no. Las coincidencias no existían. Jara lo explicaba todo de forma didáctica, sin levantar la voz».
Esa parte le gustaba a Patricio, era una labor profesional bien hecha y se esforzaba por cumplir con las responsabilidades asignadas. Jara se daba cuenta de sus capacidades y, conforme pasaban los días y se iban conociendo un poco mejor, le pedía tareas más complejas y de mayor responsabilidad. Salvo intentaba estar a la altura de los requerimientos de su jefe y además se mostraba proactivo. De vuelta, para motivarlo o agarrarlo un poco para el tandeo, Jara le repetía en tono de burla o broma: «Vamos a ver si puedes, “Escopeta de dos cañones”».
Una de esas enseñanzas, la de ser totalmente inflexible a la hora de hacer cumplir el toque de queda y llevarse detenido al que fuera que estuviera por ahí deambulando, lo llevó a darse cuenta de que en un lugar cercano estaban formando agentes para una nueva organización. Eran cinco hombres vestidos de civil, agrupados en Rocas de Santo Domingo. Control de identidad. Portaban armas.
–Estamos haciendo el curso de formación en las cabañas en A de las Rocas de Santo Domingo, somos agentes de la DINA –le dijeron.
Pero estaban armados. «Así que les quité sus pistolas. Con el grupo los esposamos y los echamos arriba de una de las camionetas. Hasta Tejas Verdes».
Estacionaron en el parque de camiones y los detenidos quedaron ahí, dentro del vehículo, en espera de ser derivados al campo de prisioneros, la cárcel de San Antonio o ser dejados en libertad si se trataba de simples borracheras59. Salvo le fue a dar cuenta a Jara, quien lo acompañó hasta la camioneta. «Los conocía. Era cierto, estaban en Rocas de Santo Domingo. Ordenó que los dejáramos libres».
Triunvirato Regimiento Escuela de Ingenieros Militares Tejas Verdes, campo de prisioneros N° 2 y las cabañas de Rocas de Santo Domingo

Al medio, el casino de oficiales del Regimiento Escuela de Ingenieros Militares Tejas Verdes. Abajo a la derecha, el parque de materiales, convertido en campo de concentración. Abajo a la izquierda, las cabañas de Rocas de Santo Domingo, tomadas por Manuel Contreras para llevar a cabo el primer campo de entrenamiento de la DINA.
A partir de ese momento, el encuentro en las calles de San Antonio con agentes que iban a Santo Domingo a hacer el curso de instrucción en las cabañas de la CUT se hizo común. Se decía que ahí estaban formando gente para trabajar en el plan de inteligencia del teniente coronel Contreras, el mismo hombre que siempre le había parecido silencioso, ausente y con gusto a nada. Llegaban en verdaderas manadas, arriba de buses. Sin el uniforme, pero con el rótulo en la frente: afuerinos.
Hasta antes de iniciarse los cursos de la DINA, Patricio Salvo y la agrupación de patrullaje entraban al conjunto de cabañas de la CUT para verificar que todo estuviera en orden. Con los cursos en desarrollo, eso se acabó: un soldado en la puerta les dijo que no podían volver a ingresar. El patrullaje ahí era innecesario.
A veces debía acompañar a Jara o ir a buscarlo, ya que dictaba clases a los nuevos alumnos. El mayor Núñez Magallanes también hacía clases en Rocas de Santo Domingo; su auto se estacionaba seguido en ese lugar.
Manríquez, su coterráneo, el hombre de las picadas en los restaurantes, hacía guardia en el cuartel de Rocas de Santo Domingo por orden de la oficialidad. «Él me dijo que ahí adentro, en las cabañas, los agentes estaban torturando gente. Yo mismo había visto los camiones de campaña estacionados afuera del campo de prisioneros Nº 2 de Tejas Verdes, con detenidos adentro, y al poco rato aparecían estacionados y vacíos afuera de las cabañas en A. No había que ser un genio para darse cuenta».
El rumor creció. Estaban enseñando a torturar y los conejillos eran los prisioneros de Tejas Verdes.
En general, las materias de los cursos en el nuevo cuartel Rocas de Santo Domingo incluían insurgencia, contrainsurgencia, inteligencia básica y otras materias. Algunos han señalado que les enseñaron técnicas de interrogatorio. Uno reconoció que ahí les impartían clases «prácticas» de tortura y que los llevaban al subterráneo del casino de oficiales del Regimiento Tejas Verdes con el objetivo de presenciar y aprender60.
Con la organización de la DINA aún en pañales, el mismo Manuel Contreras se encargó de impartir ciertos cursos junto al resto de los instructores de Rocas de Santo Domingo. Algunos agentes lo recuerdan como muy técnico; otros, como un patrón implacable. «A Manuel Contreras lo conocí a los diez días de comenzar las clases, se presentó vestido con uniforme militar, nos dijo su grado, nos contó que era el director de la DINA y que esta se había creado para combatir el terrorismo y nos amenazó diciéndonos que a quien cometiera un error lo mataba»61.
Una vez que terminaban sus cursos de instrucción en las cabañas en A de Rocas de Santo Domingo, la mayoría de los agentes partía a Santiago, y en su lugar otros alumnos llegaban a hacer el curso de adiestramiento.
Uno de los primeros destinos para los nuevos pupilos estuvo ubicado en los estacionamientos subterráneos frente al Palacio de La Moneda, bajo los jardines de la plaza de la Constitución62. Ahí comenzaron a operar dos agrupaciones, integradas fundamentalmente por carabineros: Cóndor y Águila. Sus jefes, los instructores en el curso de Rocas de Santo Domingo, eran tenientes de Carabineros Ciro Torré y Ricardo Lawrence, «Cachete grande», quien hasta antes del golpe había trabajado en ese mismo subterráneo, para la Sección Investigadora de Accidentes del Tránsito (SIAT). Luego del golpe, Carabineros facilitó el lugar y sirvió como centro improvisado de interrogatorio y tortura para los primeros detenidos de la DINA en Santiago.
Poco tiempo después, entre octubre y noviembre de 1973, se habilitó el cuartel Yucatán, conocido también como Londres 38, y la gente de Torré y Lawrence se reunió ahí con la Agrupación Halcón, comandada por Miguel Krassnoff, también instructor en Rocas de Santo Domingo. A cargo de este cuartel estaba uno de los hombres en que el teniente coronel Manuel Contreras había depositado más confianza, el mayor Marcelo Moren Brito, quien había demostrado absoluta ausencia de piedad durante su paso por distintas partes de Chile en la Caravana de la Muerte. Durante un tiempo, Londres 38 cobijó a varias de las agrupaciones de la DINA. La Tucán, por ejemplo, al mando del teniente de Carabineros Gerardo Godoy García. A él le decían «Cachete chico», al parecer debido a que era «la sombra» de Ricardo Lawrence63. Ahí también comenzó a trabajar Manuel Carevic, quien asumió el mando de la Agrupación Puma.
En orden de importancia, en un comienzo la DINA centró sus esfuerzos en detener, torturar y eliminar fundamentalmente a los militantes del MIR, del Partido Comunista y del Partido Socialista.
Todas las agrupaciones operativas quedaron bajo el mando de la Brigada de Inteligencia Metropolitana (BIM), que concentraba el poder operativo de la naciente DINA. Su primer comandante fue el mismo encargado de los cursos en el cuartel Rocas de Santo Domingo, el mayor de Ejército César Manríquez Bravo, uno de los pocos especialistas en inteligencia militar que en el Ejército venía trabajando en esa rama desde antes del golpe.
A su vez, la BIM dependía de la Subdirección Operativa de la DINA.
Desde que la DINA se instaló en Londres 38, muchos detenidos de Santiago comenzaron a llegar hasta el campo de detenidos Nº 2 de Tejas Verdes, que se transformó por esos días en el principal centro de detención del país.
Un agente de la DINA esquematizó de este modo el nuevo sistema: «Era frecuente ver en la entrada del cuartel Londres 38 a vehículos de la Pesquera Arauco, que sacaban detenidos del cuartel, a cualquier hora del día. Para retirar los detenidos y para que no fueran vistos por los transeúntes, al sacarlos se ponía como biombo una mesa de ping-pong, para evitar que se viera el paso. Sin embargo, la gente se daba cuenta igual de ese movimiento. Yo nunca supe lo que pasó con estos detenidos que eran retirados por estas camionetas en dirección a Tejas Verdes. Solo se sabía que quedaban ahí en un campo de prisioneros. Yo puedo afirmar, por el movimiento de vehículos que se veía de la Pesquera Arauco, que a lo menos dos veces por semana se hacían estos traslados de detenidos a Tejas Verdes, dependiendo de la cantidad de ellos que existiera en el cuartel Londres 38»64.
Desde Londres 38 desaparecieron 86 personas.
Con la llegada de Jara, los instructores de Rocas de Santo Domingo que Patricio Salvo conocía –su mismo jefe, además de Núñez Magallanes y Kosiel– comenzaron a concentrarse cada vez más en ese lugar y en el subterráneo del casino de oficiales de Tejas Verdes. Por esos días dejaron de torturar en la Secretaría de Estudios. El nuevo centro de operaciones se ubicó inmediatamente abajo del lugar donde comía el teniente coronel Contreras y toda la plana mayor del regimiento.
Bajaban y subían personas, parte del Batallón de Tejas Verdes, algún compañero del curso de oficiales, sus jefes, suboficiales de la Secretaría de Estudios, suboficiales del batallón y otros que no había visto en su vida.
Como sabía que bajar significaba exponerse a ver torturas o que le pidieran participar de eso, prefirió no hacerlo más que en las ocasiones estrictamente necesarias. Para reportarse con Jara solamente, o si lo llamaban de forma expresa. Pero era difícil no saber, no ver algo.
15
Lo había visto algunas veces dentro del campo de concentración, junto a otros oficiales que acompañaban sus caminatas de inspección. Pero esa vez la visita le quedó grabada no por su carisma ni porque dijera o hiciera algo especial, sino porque era 20 de octubre, una fecha importante para los militares. El teniente coronel Manuel Contreras quería ver cómo andaba el nivel de cultura entre los presos, si acaso al grupo de detenidos les interesaban y si estaban instruidos en materias patrióticas. Lanzó la pregunta, presto a dar la explicación él mismo, en caso de que no la supieran los presentes que lo observaban, entre ellos él, Anatolio Zárate, en la formación que Carevic había preparado especialmente con motivo de la visita del jefe.
–A que no adivinan, señores, qué es lo que se celebra hoy –dijo Contreras y los escrutó con la mirada.
Anatolio, como el resto de los detenidos, no lo sabía.
–Hoy, señores –dijo–, se celebra el Tratado de Ancón. ¿Alguno de ustedes sabe qué es exactamente el Tratado de Ancón?
En ese momento, el profesor Barros levantó la mano en medio de la fila. Contreras lo llamó adelante. El prisionero dio una disertación perfecta. Se trataba del acuerdo de paz entre Chile y Perú, luego de la Guerra del Pacífico. Tacna y Arica para Chile, por diez años. Después el plebiscito. Contreras quedó impactado y lo reconoció. Después de eso se fue.
Anatolio no tiene idea qué le puede haber costado esa disertación luego al profesor Barros, ya que entre los detenidos se comentaba que Contreras era parte del equipo torturador que operaba en el subterráneo.
A esas alturas Anatolio también ya había recibido el rigor de las torturas en dos ocasiones. «No importaba si yo estaba sentado, acostado, de pie, conversando o en silencio; cuando escuchaba el zumbido del motor lejano de la camioneta acercándose, que luego se transformaba en una realidad, siempre llegaba la sensación de opresión en el pecho, el temblor de las manos y el corazón que empezaba a saltarme».
El sonido a veces pasaba de largo y entonces volvía el corazón a su lugar. Pero si el sonido del motor seguía acercándose, el miedo crecía. Y si las ruedas llegaban a golpear contra el puentecito que superaba una acequia al lado de la entrada del campo de prisioneros, se ponía frenético. Las dos camionetas que llegaban al campamento eran exactamente iguales en apariencia, pero desde el interior de la cabaña su oído las diferenciaba. Una era para el traslado de los soldados, o quizás también para la comida. La otra crujía distinto y venía por ellos para la tortura. Si venía esa, era la ansiedad, la locura. «Que no me toque a mí, que no me toque a mí. Podía abrirse la puerta de mi cabaña u otra. Todavía quedaban opciones. Si era otra, los soldados luego podían venir de todas formas a la mía. Entonces el miedo silencioso permanecía ahí, al límite».
Si abrían la puerta de su cabaña, ahí sí el miedo se hacía insoportable. Los soldados y sus listas. Con la innovación de Carevic: comenzaban a leer los números. En esos instantes de espera antes de saber si sería o no torturado, el temor se desbocaba a tal punto que su mente seguía pensando: «Ojalá no sea yo, ojalá no sea yo; pero una parte de mí se desdoblaba ante la exasperación de no saber, con la cabeza a punto de estallar, y pensaba: también ojalá que me toque a mí, ojalá que sea yo».
Cualquier cosa con tal de dejar de dudar, dejar de tener esa sensación de locura adentro, quemado de terror, y así descansar. Ojalá morir, eso sería un descanso.
La tercera vez que lo llevaron fue igual a las anteriores. Llegaron de noche hasta la mediagua. Abrieron la puerta. Eran soldados. «El número uno». Los demás se mantuvieron en silencio cuando Anatolio dio esos pasos hacia la salida, las últimas miradas a sus compañeros, quizás no se volvieran a ver.
Venda sobre los ojos. Subir a una de las dos camionetas. Pasar el puente con maderas apiladas. Los secos golpes de las ruedas, con la certeza de que ahora sí lo llevaban otra vez a él y no había adónde dirigir más los pensamientos que hacia lo que se venía. Saltando la camioneta y saltando él, amarradas las manos tras la espalda, sentado.
Avanzar unos tres minutos. Detenerse una vez, probablemente una entrada. Seguir por el camino hasta detenerse definitivamente. Y esa vez, como en las anteriores, «¡abajo, mieeerda!», gritos, espoloneado por los soldados y sus fusiles. «Nos daban la orden de correr derecho. La sensación de avanzar en el vacío, con los gritos detrás, hasta el golpe y el estruendoso sonido. Chocabas con una plancha de zinc que te quedaba retumbando en la cabeza». Luego, a bajar las escaleras en compañía de un soldado que lo conducía por el camino oscuro y recto. Desnudarse. Zapatos, calcetines, pantalones, calzoncillos, camisa, todo fuera.
Esa vez lo dejaron en una esquina, en un habitáculo pequeño, húmedo, fétido, apenas con espacio para moverse. «De lejos, los gritos de ellos, que por favor se detuvieran, y los de ellas, que por favor no las violaran. Quejidos, llantos. Y yo: ¿qué me va a pasar a mí?». De nuevo la sensación, la misma ansiedad de la espera antes de la llegada de la camioneta a la cabaña: «Ojalá que me lleven a mí. Ojalá que me torturen a mí luego, luego», pero ya no como una idea, sino como una necesidad, un imperativo más y más fuerte. «Que pare esta sensación, que se detenga». Y un soldado pasando por su lado, tranquilo, burlón. Una golpe en la cabeza. «A vos te toca ahora», espacio de silencio y: «¿O no te toca? No, no te toca. todavía». Y los gritos de las mujeres y de los hombres. Y de nuevo los pasos acercándose.
«¡Tranquilo, hueón, oh!, si ya te va a tocar. Tenís que hablar, eso sí, mentiroso de mierda; mira que tus amigos ya soltaron hasta a su abuelita. A vos te hicieron cagar». Y los pasos alejándose otra vez.
Las veces anteriores lo habían estirado en forma de equis. Tras su espalda, el catre metálico, helado. Sobre los ojos, una venda. La luz fuerte sobre el rostro atenuándose bajo la bolsa de hilo, ajustada al cuello con fuerza. Un cable o electrodo en el ano, pegado con cinta adhesiva. El otro en una tetilla.
Finalmente lo fueron a buscar y lo condujeron hasta una habitación. En esa ocasión, en vez del catre soportando su peso, lo colgaron con una cuerda por las muñecas, amarradas tras su espalda. La sensación era como estar a un metro del piso. «La presión terrible sobre los brazos, pero el centro del dolor era en el pecho, expandiéndose a cada instante, de a poco, venciendo algo, una resistencia de músculos en el interior».
Una voz al frente, desde donde venía la luz.
–Terrorista conchetumadre, terrorista conchetumadre. Dónde dejaste las armas que llegaron por mar.
Y él no sabía, de verdad no sabía nada.
–Un mentiroso. Deja de mentir, hueón, que aquí te vai a ir cortado, ¿entendís o no? Cómo podís ser tan hueón si todos tus amigos ya hablaron.
–No sé de armas. Palabra. Lo he repetido mil veces.
Y el grito del otro lado:
–Y mil veces te lo vamos a preguntar, mentiroso de mierda. Te vai a ir cortado y después tu familia.
–Dale –la voz del hombre que dirigía el interrogatorio.
Y el zumbido de la máquina girando. La corriente en el ano y en la tetilla o la lengua. Todo al mismo tiempo. Por dentro, los golpes, punzadas, una a una, al interior del cuerpo, rajándolo. «La sensación de la electricidad no te deja pensar, no te deja sufrir por otras cosas, en ese momento es lo único que existe. No hay más, te trae completamente al presente».
Más golpes de electricidad y el zumbido de fondo. El cuerpo contraído entero, los brazos haciendo presión. Con cada salto cayendo sobre ellos, presionando el pecho.
Y la voz de nuevo convenciéndolo de que era un terrorista de mierda, lo último de la escala humana, y él tenía que reconocerlo, hacer conciencia de eso. La información no parecía tan importante como que aceptara eso. Si lo reconocía, la voz al frente lo interpretaría como una verdad. Y pasaría el dolor, se detendría de una vez. Solo quería que se detuviera. No existe tormento peor. Sed, dolor, pateadura.
El problema es que reconocerlo era mentir. Y ellos castigaban las mentiras. Era una locura.
Cambiaron los electrodos de lugar. Uno en el pene. Le subieron la capucha a la mitad de la cara. El otro debajo de la lengua, cerrada la boca con cinta adhesiva. Listo. Esperar ese instante antes de las preguntas.
–¿Vai a hablar?
No había armas. Si las hubiera tenido o visto, de verdad ya lo habría dicho. Las habría inventado si hubiera sido necesario.
Y el Plan Z una vez más, las armas otra vez. Y un cuchicheo al frente.
–Dale más –la voz del interrogador jefe.
Y la vuelta de la máquina. Los golpes de electricidad, uno, dos tres, cuatro. Los golpes adentro. La temperatura más alta al interior, tomado entero. «Una llamarada saliendo por los ojos, por la nariz, por las orejas, todo al mismo tiempo. Quemando, destruyendo todo».
Desvanecerse por unos instantes. Algo helado en el pecho, helado. Una voz de hombre, delgada:
–Hay que parar un rato. Se está yendo.
Un tiempo de silencio, espera, aún colgado. Una mano se acercó. Le soltó la capucha. Resoplando algo más de aire desde abajo. El piso, vio el piso.
Las ganas adentro cada vez más cansadas de ojalá, ojalá morir de una vez, para terminar ese tormento.
Un instante y de nuevo el artefacto en el pecho. Su corazón se había calmado de nuevo.
–Ahora sí. Continúen.
Las mismas preguntas. No sabía, no sabía nada.
Y dale a la máquina. Los golpes de electricidad, tan fuertes esta vez que llegó a verse contraído como un pez en el aire. De pronto, un solo golpe, seco. El cordel había cedido, se había desamarrado o se había cortado. No lo sabe.
Cayó con el pecho sobre el piso. La capucha suelta, quedó a la altura de su frente. Instintivamente giró la cabeza hacia los lados. A su derecha los vio. «Estaban Manuel Contreras, el detective encargado de la comisaría de San Antonio, subcomisario Nelson Patricio Valdés Cornejo, el doctor Vittorio Orvieto, una enfermera que recibía instrucciones suyas65, y el teniente Labbé66».
A Contreras lo conocía de la Pesquera Arauco, lo había visto muchas veces, en comidas, en bienvenidas. Nelson Valdés, el encargado de la comisaría de San Antonio, pasaba metido ahí, en las oficinas de la pesquera, porque era trabajo de Investigaciones estar siempre ahí revisando todo. Con ellos debía tener buenas relaciones. Un pescadito de regalo. «Valdés me pedía siempre bandejas completas surtidas. Lo conocía bien». A Orvieto lo ubicaba porque trabajaba en el hospital de San Antonio y además porque años antes, en 1969, había sido el encargado de tomarle el examen médico cuando sacó su permiso de conducir en Cartagena. Pueblo chico, todos conocidos. A la enfermera no la ubicaba.
Al teniente Labbé lo había visto pasear por el campo de detenidos, por el patio, en visitas de inspección, vistiendo un buzo verde. La camiseta, en alguna parte, decía «Brasil». Lo conocía.
El grupo completo lo observaba de pie, con tranquilidad. En ese momento, un golpe seco contra la espalda. Un tacazo. Sintió que algo en su espalda se había fracturado. Un dolor tremendo hasta casi perder la conciencia. Por esa vez habían terminado.
El día que vio a Labbé dentro del equipo torturador –en octubre– coincide con los relatos de agentes de la DINA que lo tuvieron como instructor en las cabañas de Rocas de Santo Domingo. Además, otros detenidos en el campo de prisioneros también lo vieron en distintas épocas. Es el caso de Luis Humberto Quilodrán Alcayaga: «El 11 de enero [de 1974] nos sacan de la celda y nos forman en el patio y un señor con voz enérgica nos dice: “Por órdenes superiores, a partir de este momento quedarán en libre plática”, y ordena que nos saquen la venda. Es así como los soldados nos quitan la venda y logro ver que la persona que se dirigió a nosotros fue Manuel Contreras Sepúlveda, y al lado de él, para ser más exacto, al lado izquierdo de Contreras, se encontraba Cristián Labbé y varios funcionarios más; todos vestían uniformes. De eso estoy seguro porque son rostros inolvidables para mí por la situación que estaba viviendo»67. Consultado sobre cómo se dio cuenta de que era él, pasados los años, Quilodrán señaló en una entrevista en 2006: «Estaba en una campaña política y no me cupo duda. Estaba un poco más viejo, pero sus facciones, como el lunar en la cara, son inconfundibles. Estoy seguro de que la persona que vi es el actual alcalde de Providencia, el señor Cristián Labbé, que estaba al lado de Contreras». Otro detenido en Tejas Verdes, Sinsorio Velásquez Salazar, también vio a Labbé ahí: «Mientras estuve en Tejas Verdes detenido vi a un señor de apellido Labbé, que hoy es alcalde de Providencia; no sé qué grado tenía, pero él era uno de los que mandaban en ese lugar y lo vi cuando recorría las dependencias con atuendo de guerra»68.
El ex alcalde, ahora profesor en la Escuela de Derecho de la Universidad Finis Terrae, declaró el 22 de diciembre de 2003 por el caso Tejas Verdes, que solo estuvo en el cuartel Rocas de Santo Domingo para hacer clases de educación física. «Pero solo permanecí dos o tres días [...]. Luego de este período fui nuevamente enviado a Santiago, para hacerme cargo de la seguridad del presidente Pinochet».
Pero Anatolio lo vio. Le quedó tan marcado porque algo fundamental pasó en su vida después de su encuentro cara a cara con el ex alcalde de Providencia: no volvió a sufrir torturas, pues quedó inválido.
Lo único bueno de esa última sesión fue eso, que no lo volvieron a torturar. Era el fin de los tormentos con electricidad. Pero no estaba bien. De vuelta en la mediagua, junto a sus compañeros, el dolor en la espalda era insoportable. No se podía sostener en las piernas y tampoco lograba dormir debido al agudo pinchazo atrás. Lamentos de día y de noche. Los compañeros en la pieza intentaban cuidarlo, pero nada podía sacarlo de su tormento permanente.
16
Feliciano Cerda, algo incrédulo y atontado por el ritmo y velocidad de los acontecimientos posteriores al golpe, había continuado yendo hasta el DUOC ubicado al lado de la sede central de la Universidad Católica de Chile69. A esas alturas ya llevaba más de un mes visitando el lugar, desviando el camino del trabajo en Recoleta para bajarse ahí mismo, en la avenida Portugal, a unos metros de la casa de estudios y también del edificio Diego Portales.
La reja cerrada. Solo un hombre atendiendo a los perdidos. «La promesa cada día era la misma: “Vuelve mañana. Tal vez ahí tengamos tus papeles”».
El tiempo de estudio arriba de la micro, los sacrificios, todo sumaba para volver con la esperanza de conseguir los papeles que dejaban constancia de que existió como alumno, y que quizás en un futuro podría volver a existir como tal.
La educación era lo único que había marcado la diferencia durante toda su estadía en La Paz. Más allá de la pobreza y del hambre había vislumbrado, teniendo unos ocho años, que no era menos. «Me fijaba que era inteligente y rápido. Peor alimentado, pero con buena mente».
Al momento de entrar a trabajar a Vía Sur, luego de que Alamiro le consiguiera una entrevista, le habían dado también la oportunidad de continuar sus estudios, fracturados en la infancia, en paralelo con el tiempo invertido en el trabajo. Primero fueron las monjas del Colegio San Marcos en Macul y luego el DUOC donde cursó parte de la enseñanza media; ambas instituciones le habían dejado en evidencia su falta de formación y la necesidad de subsanarla. «Tenía hoyos tremendos. En otros casos había asignaturas que en La Paz ni siquiera me habían pasado».
Esa era la oportunidad. «Sentía que no habría otra opción. Esta era la verdadera». Entonces decidió sacarse la mugre. «Arriba de la micro, en la casa, o acompañando a algún bus de Vía Sur en su viaje, llevaba mis libros y estudiaba. No era un sacrificio para mí. Me encantaba».
Ese día de octubre o comienzos de noviembre fue por enésima vez hasta el DUOC para saber si sus papeles ya estaban a la mano.
Un hombre parado en el portón de entrada, por fin le dijo:
–Tus papeles están en la sede central de la Universidad Católica. Allá te los van a pasar.
Volvió a la Alameda, caminó media cuadra hacia el oriente, bordeando el edificio hasta llegar al Cristo, plantado arriba del portón de ingreso principal. Un militar, en tenida de combate, lo custodiaba.
–Mi nombre es Feliciano Cerda Troncoso. Vengo a buscar mis datos escolares. Me mandaron del DUOC.
–Pasa –le dijo sin prestarle atención y le indicó un patio.
Entró a un salón enorme un poco desorientado y caminó hacia donde se encontraba un par de militares. Estaban de buen humor.
Les preguntó lo mismo. En el mismo tono animado le indicaron que fuera a verlos por sí mismo. Le pareció extraño.
Cuando se dio vuelta y salió al patio interior, rodeado de salas de clases, tomó conciencia del aroma que había a su alrededor. Humo y cenizas en el aire. Recién se había apagado el fuego. Rumas de papeles totalmente quemados, humeantes. Ahí estaba la constancia de su primero medio aprobado y el segundo, parcialmente, hasta septiembre.
No había quedado ningún registro.
En los días posteriores siguió yendo a su trabajo en Vía Sur, pero de alguna manera, o de todas maneras, sentía algo más fuerte en su interior. «Era la sensación de, sin hacer nada, sin moverte hacia arriba ni abajo, ir descendiendo y descendiendo».
Le estaban quitando todo, regresándolo a su origen. Ahora volvía esa sensación de precariedad, los recuerdos de La Paz.
17
Jara había sido ascendido a mayor de Ejército. Patricio Salvo pasaba con él una parte importante del tiempo, muchas veces arriba de las camionetas de la Pesquera Arauco, que días atrás había ido a buscar a la misma empresa, o de la Ford F-100, también parte de la dotación de patrullaje. Se daba cuenta, ya a esas alturas, que la gente de San Antonio los miraba con una mezcla de miedo, recelo y odio cuando llegaban al pórtico y barrera de contención, ubicados en la entrada del regimiento. La gente, sobre todo mujeres, se paraban ahí a suplicar información de sus seres queridos. Pero cuando ellos llegaban en las camionetas se dispersaban hacia la vereda, como si hubieran visto un fantasma. «Quizá pensaban que las íbamos a tomar detenidas a ellas también».
Él siempre andaba arriba de la Chevrolet C-10 o la Ford F-100, y en el día, a veces, debía pasar a buscar a Jara a su otro lugar de trabajo, que mantenía desde antes del golpe, con una tiza en la mano, al lado de un pizarrón, dictando clases para los jóvenes de El Quisco.
«Enseñaba mecánica en una especie de centro de formación técnica».
Tocaba la puerta y Jara lo hacía pasar un rato. Se sentaba en algún banco a escuchar las clases en espera de que terminaran y así partir rumbo a lo suyo. Como a su jefe nunca le faltó el sentido del humor, lo tomaba como si fuera un estudiante perdido al que comenzaba a interrogar con preguntas específicas de la materia. Pero era la misma broma que le hacía meses antes en la Secretaría de Estudios, así que se prestaba para el juego. Le respondía en serio y Jara lo felicitaba por lo bien que manejaba los conocimientos. Luego, cuando estaban en la camioneta se reían de buena gana de las anécdotas.
Le iba tomando el pulso y sentía que se estaban volviendo amigos. Por ese tiempo, la agrupación había bautizado a Jara como el «Papi», porque comenzó a transformarse en un referente para todos ellos. Si tenían un problema personal, estaba ahí, siempre presente y dispuesto. Correr un turno, salir del regimiento, todas las veces se mostraba paciente y amigable. Y su mujer, la Eliana, era la mami. Vivían en El Quisco. Siempre había queques de regalo para la agrupación, once completa si les tocaba cuidarla. Mauricio Rufatt se transformó en su escolta permanente. Su familia y la de ella eran de Puente Alto, empleados de la Papelera. Suerte para Mauricio o decisión del Papi de tenerlo cerca. Nunca lo supo.
Almorzaban juntos cada vez más seguido. Jara lo invitaba al casino de oficiales del regimiento. «Ahí me contó que antes del golpe se había tenido que retirar del Ejército para estar con Eliana. Contreras lo había rescatado de entre las cenizas con el cambio de régimen».
Se conocían desde los tiempos en que él estaba en la Academia de Guerra haciendo el curso para oficial de Estado Mayor y Contreras era su profesor70. De ahí su importancia y la confianza depositada en él.
Un día de octubre, en el tiempo en que se dictaban los cursos en Rocas de Santo Domingo, Patricio acompañó al Papi en la camioneta a la casa patronal de descanso ubicada en Bucalemu, a unos kilómetros del regimiento, para ayudar en la seguridad del general Augusto Pinochet. «Ya conocía la casona. Había estado en el fundo haciéndole seguridad a Gustavo Leigh»71.
Bajó del jeep junto a Jara e ingresaron a la casa. Su jefe, como siempre amable, extrovertido. Había otros soldados a cargo de la seguridad de Pinochet, un grupo propio, personal. Comandos, al parecer. Les metió conversa. Todo bien. En ese momento apareció un sujeto delgado, medianamente alto, pelo más bien claro, algo pecoso, de buena presencia, voz de tono grueso que se paró desafiante delante de Jara.
–¿No te dije que no vinieras acá?
Esa fue la única vez que vio al Papi cambiar de talante. Entró en furia. Rojo. Le descargó el rosario. ¿Qué se imaginaba? ¡Pendejo de mierda! El hombre que en ese momento lo echaba con la propiedad que al parecer alguien le había dado, era teniente y Jara mayor. Pero el teniente no se amilanó. Y la cuestión fue subiendo de tono. El fondo de la disputa era que el teniente no los quería ahí como seguridad de apoyo. Ellos ya se hacían cargo de todo. Y Jara necesitaba meter a su gente ahí, ya que seguramente iba a estar Contreras y porque debía de haberle pedido cumplir ese rol durante la estadía de Pinochet.
Jara se llevó la mano al cinto y sacó la pistola. El teniente hizo lo mismo. Salvo observaba la situación. Los comandos con los que estaban conversando pocos segundos antes, tipos afables, ya no se veían así. «Estaba claro por quién iban a saltar si comenzaban a correr balas». Entonces decidió hacer dos cosas a la vez. Para repeler y al mismo tiempo demostrar que no había afán de enfrentamiento, por lo menos de su parte, tomó el fusil que llevaba colgado de su hombro y lo llevó hasta la horizontal. Con la otra agarró a Jara con fuerza desde atrás. Comenzó a retroceder con él y Jara, vuelto loco todavía. Era pesado. Cerca de un metro noventa, como él. Del otro lado, al teniente también lo sujetaron. Subieron al jeep y volvieron al regimiento. Jara estaba hecho un energúmeno. Se lo iba a cagar, a recagar.
Quizás Patricio no le hubiera dado mayor importancia a la anécdota si no es porque unos pocos días más tarde se volvió a encontrar al hombre de las pecas. Hasta entonces, nunca antes había mencionado este episodio a la justicia. No se lo habían preguntado, pero ese día Jara le pidió que lo acompañara al subterráneo del casino de oficiales, el lugar de las torturas, que Salvo trataba de evitar cada vez con mayor dificultad.
–Vamos, necesito que me acompañes al subterráneo. Tengo que mostrarte algo.
Entraron por el ingreso interior del casino. Al bajar las escaleras vieron el perchero al frente. Normalmente, los especialistas de la tortura dejaban ahí su chaqueta de trabajo y la cambiaban por un delantal blanco, ad hoc para la situación. Jara se quitó su chaqueta y dejó ahí su boina granate. A Patricio le llamó la atención que en uno de los percheros, otro delantal había sido sacado y en su lugar se encontraba una boina de color negro.
Bajó detrás de Jara por el pasillo hasta una de las habitaciones del subterráneo. Ahí estaba Kosiel y, a su lado, el mismo hombre que casi había llegado a los balazos con el Papi. Ambos con sus delantales blancos. A su alrededor, unos cinco detenidos, entre hincados y acostados, con el estómago hacia el piso, amarrados los brazos tras la espalda, en malas condiciones. Parecían torturados. Si hubiera andado con casco, se le hubiera caído de la impresión.
–Te presento a Patricio Salvo, jefe de patrullaje nocturno –dijo Jara con su buen tono habitual, como si nada–. Salvo, él es el teniente Cristián Labbé. Viene a Rocas de Santo Domingo. Está haciendo un curso para los futuros agentes.
Se saludaron cordialmente. Labbé reaccionó del mismo modo que Jara, como si el enfrentamiento ni siquiera fuera un mal recuerdo. En ese mismo instante, uno de los detenidos levantó la cabeza y miró hacia donde estaban ellos. «Creí que el hombre había reconocido mi voz de alguna parte. Algún allanamiento o, simplemente, me buscó por instinto. Labbé también se dio cuenta. Caminó hacia el detenido, levantó la pierna y le dio un tacazo fuerte, seco, en la espalda».
–¿Qué estái escuchando, sapo?
Tras un profundo quejido, el hombre cayó de nuevo a su posición original.
Luego, Jara conversó un par de palabras más con Kosiel y Labbé, de forma animada. Con camaradería. Parecía una locura, pero bueno, se debieron haber arreglado en algún momento sin que él se enterara.
Por lo menos vio a Labbé ahí durante un par de semanas. Yendo y viniendo, desde Rocas hacia Tejas Verdes. Se veía como parte de ese núcleo cercano a Jara.
Luego de su paso por Tejas Verdes y Santo Domingo, Cristián Labbé partió a la capital para realizar su trabajo de seguridad presidencial por encargo de la DINA.
Para ordenar su estructura, las unidades bajo el mando de la Brigada de Inteligencia Metropolitana (BIM) –creada en Rocas de Santo Domingo– se habían dividido en dos grandes agrupaciones: Caupolicán y Purén, para dar caza al MIR y al Partido Socialista, respectivamente. Algunas agrupaciones, sin embargo, quedaron fuera del mando de la BIM, dependiendo directamente de Manuel Contreras. Una de ellas era la Brigada Mulchén.
Es justamente esta unidad desde donde Cristián Labbé cumplió su labor. Se trataba de un grupo de élite compuesto prácticamente en su totalidad por comandos salidos de la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales de Peldehue y cuyo rol fue dar seguridad a Pinochet, su familia y, en un comienzo, al resto de los integrantes de la Junta de Gobierno. Pero según reconoció el propio subdirector de la DINA, Pedro Espinoza Bravo, el trabajo de Mulchén incluía también «operaciones clandestinas»72, tal como lo hacía la Brigada Lautaro, que fue guardia de Contreras y, al mismo tiempo, grupo exterminador en el cuartel Simón Bolívar de La Reina.
Del análisis de las declaraciones de agentes de la DINA e información anexa se obtuvo que en una primera etapa Labbé integró la Agrupación Pisagua, apéndice de Mulchén y destinada a la seguridad presidencial73.
Mulchén ha sido un fantasma para la justicia chilena. Su única acción «encubierta» y luego «descubierta» fue el crimen del diplomático español y militante comunista Carmelo Soria, asesinado por agentes de dicha agrupación el 16 de julio de 1976. Lo torturaron, luego le fracturaron el cuello y, finalmente, lo lanzaron cuesta abajo en el sector de La Pirámide por un barranco, con botellas de alcohol en el interior del vehículo, simulando que había muerto en un accidente. En la tarea habrían recibido la cooperación de la Brigada Lautaro, su hermana en «operaciones clandestinas»74.
Cristián Labbé declaró judicialmente75: «Fui destinado a la seguridad domiciliaria del presidente Pinochet», rol que comenzó a cumplir «luego del 11 de septiembre de 1973» y se mantuvo ahí «hasta el año 1978», lo que significa que cuando ocurrió el crimen de Soria habría estado cumpliendo labores en dicha unidad.
Al cruzar los datos biográficos entre el jefe de Mulchén, Guillermo Salinas Torres, procesado por el crimen de Soria, y Cristián Labbé se obtiene que hicieron el mismo camino en la DINA76. Para el 73, ambos estaban destinados a la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales de Peldehue. Salinas era capitán y Labbé teniente. Luego, los dos fueron llamados desde ahí a integrar el equipo de seguridad de Augusto Pinochet y ambos viajaron a Santiago para efectuar la seguridad directa en su casa. En otras palabras, trabajaron juntos.
Para el crimen de Soria, como jefe de Mulchén, Salinas fue quien dio la orden de eliminarlo77.
Otra de las pocas huellas que ha dejado Mulchén respecto de sus «operaciones clandestinas» se encuentra en la declaración judicial del jefe de la Brigada Lautaro, Juan Morales Salgado, quien situó a los agentes de Mulchén en el centro de exterminio Simón Bolívar el mismo día que ahí envenenaron a dos ciudadanos peruanos con gas sarín78. Fue un ensayo, ya que era una de las posibilidades para eliminar al ex canciller Orlando Letelier. Finalmente se optó por una bomba bajo su auto y en la acción participaron agentes de Lautaro y Mulchén en conjunto79.
Si Labbé integró la seguridad presidencial entre 1973 y 1978, como él mismo lo declara, significa que también habría estado dentro de la Brigada Mulchén cuando se eliminó a los peruanos y en la caza a los militantes del Partido Comunista y sus dineros, con el fin de seguir financiando su estructura.
En este contexto, el mismo día que desapareció un militante comunista vinculado a finanzas, Jorge Troncoso Aguirre80 –el 11 de mayo de 1977–, otro agente de Mulchén, perteneciente al núcleo de Contreras, recibió una felicitación de parte de sus superiores: Rosauro Martínez Labbé, quien no es familiar del ex alcalde, sino compañero de labores. «Condiciones de mando e iniciativa. Felicitación: Fue felicitado por la orden del día de la unidad. Por las excepcionales condiciones de mando y por su especial condición de saber motivar oportunamente a sus subordinados y obtener sus mejores rendimientos en aras del cumplimiento de la misión recibida», señala su hoja de vida en la DINA. En la actualidad, Rosauro Martínez Labbé es diputado de la República por Chillán. Lleva más de veinte años en el cargo y su partido es Renovación Nacional.
El diputado apareció en la prensa debido a que en 2008 el Ejército entregó al ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Alejandro Solís una lista de 1.096 agentes de la DINA. Su nombre está registrado en la nómina.
En 2012, la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos presentó una querella contra todos los agentes de esa lista, incluido Martínez Labbé. En ese momento respondió: «Yo nunca fui agente de la DINA, aunque sí estuve destinado a la Comandancia en Jefe del Ejército. Jamás he estado involucrado en nada con la DINA. Si mi nombre está en ese documento habría que preguntarle al Ejército qué misión cumplí en la DINA»81. El tema quedó ahí, pues en ese momento no había forma de contrastar la versión del diputado. Pero su hoja de vida institucional, hasta ahora desconocida, evidencia que sí participó en la DINA.
Formado como comando, al igual que Cristián Labbé, el 31 de enero de 1977 Rosauro Martínez fue despachado a la DINA desde la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales de Peldehue.
El encabezado de su hoja de vida del año 1977 dice:
«Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)». Al lado de su firma, en la calificación anual, se encuentra la del director Manuel Contreras. La misma hoja también es firmada por su calificador superior, el coronel Juan Saldías Stappung, en ese año secretario general de la DINA y miembro de la sociedad Pedro Diet Lobos, que financiaba las operaciones criminales en el exterior.
Su oficial calificador directo, o sea la persona que fiscalizaba su comportamiento dentro de la DINA, fue el coronel Tarcisio Rosas Thomas, en ese tiempo comandante de brigada de la DINA y jefe de la seguridad de Augusto Pinochet, a través de la Brigada Mulchén.
En Mulchén, Rosauro Martínez se encontró con su ex instructor, Jaime Lepe Orellana, también involucrado en el crimen de Carmelo Soria. Él fue quien se subió a su auto disfrazado de carabinero y lo engañó, para llevarlo hasta el lugar del crimen.
En 1976, justo al momento del crimen de Soria, la hoja de vida de Lepe señala que su cargo era de integrante del «equipo de seguridad inmediata del presidente de la República». Cuando Rosauro Martínez llegó a la DINA, en 1977, su hoja de vida dice: miembro del «equipo de seguridad inmediata de la primera dama», también parte de Mulchén.
A partir de julio de 1978, Lepe pasó a ser su oficial calificador y es él quien firma la hoja de vida de Rosauro Martínez.
Hasta ahora, los cuestionamientos en contra de Martínez –petición de desafuero incluida– han venido solo producto de su participación en el crimen de nueve miristas en la cordillera de Neltume, cuando ya estaba fuera de los aparatos de inteligencia, a cargo de la Compañía de Comandos Nº 8 del Regimiento Cazadores de Valdivia. Sus compañeros de labores lo destacan como el jefe de las incursiones que terminaron en el crimen de la mayoría de ellos82.
Incluso, el ex subsecretario del Interior, Rodrigo Ubilla, su correligionario en RN, considera que la patrulla de comandos del Ejército que lideraba Rosauro Martínez fue la responsable de los crímenes ahí cometidos, ya que en 2012, en nombre del Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, se querelló por estos hechos83.
Esta labor le valió a Martínez una felicitación en su hoja de vida institucional en 1981, la que señala que viajó a la Escuela de las Américas para hacer una presentación de su participación. «Este trabajo destacó nítidamente entre los temas expuestos por las delegaciones restantes, mereciendo felicitaciones por parte de los organizadores y asistentes al certamen. A pedido del director, debió ser repetida para el cuerpo de profesores y alumnos de la Escuela de las Américas», señala su hoja. Resulta paradójico, ya que según él solo viajó a Panamá en una ocasión, recién egresado de la Escuela Militar, como parte de una rutina cumplida junto a sus compañeros de promoción.
Con Cristián Labbé comparten haber iniciado sus carreras en la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales, haber estado dentro del núcleo cercano de Pinochet a través de Mulchén, haber cumplido cargos de elección popular durante la democracia y no haber sido tocados hasta ahora por la justicia.
Patricio Salvo está completamente seguro de que vio a Cristián Labbé, ex alcalde de Providencia, ese día en la sala de torturas. No tiene dudas. Como a esas alturas tenía el ojo aguzado y estaba entre sus funciones controlar el tránsito de todos los vehículos en el regimiento, incluso se dio cuenta de que el Volkswagen rojo de Klaus Kosiel, el segundo de la Secretaría de Estudios, por esos días era manejado por Cristián Labbé. Kosiel se lo había prestado. Quizás eran amigos. Durante esos días vio el Volkswagen estacionado en el cuartel Rocas de Santo Domingo y afuera del casino de oficiales.
En el tiempo que estuvo en Tejas Verdes no le tocó ver a Rosauro Martínez, aunque tampoco conocía a todos. Pasaron muchos. Entre ellos el yerno de Manuel Contreras, Orlando Carter, y otros como Víctor Lizárraga84. Mucha gente bajaba al subterráneo del casino de oficiales. Como Miguel Krassnoff, aunque no podría precisar si lo vio en el subterráneo o en el cuartel Rocas de Santo Domingo.
Él intentaba mantenerse fuera del subterráneo. Aunque le ordenaban en algunas oportunidades llevar y traer detenidos desde el campo de prisioneros Nº 2 y luego de vuelta. «Cuando esa gente salía se veía en malas condiciones. Apenas podían caminar. A veces había que llevarlos de los brazos».
El resto del tiempo lo pasaba allanando y deteniendo a los que se pasaban los toques de queda, aprendiendo más del trabajo. Fumando más. A esas alturas, dos cajetillas por día, para calmar los nervios y la ansiedad del trabajo. Sabía que se estaba metiendo cada vez más adentro, en el corazón del aparato, al lado del hombre de mayor confianza del teniente coronel Contreras.
Rosauro Martínez en la DINA

Rosauro Martínez y Manuel Contreras

Hoja de vida de Rosauro, donde se muestra que su firma se encuentra junto a la del director de la DINA, Manuel Contreras Sepúlveda.
Rosauro Martínez y el hombre de Mulchén

En la imagen se muestra que al año 1978, Jaime Lepe Orellana, involucrado en el crimen de Carmelo Soria, es quien firma su hoja de vida.
El ex alcalde, el diputado y los hombres de las operaciones clandestinas
(fotos actuales)

Según declaraciones judiciales de José Remigio Ríos San Martín, Guillermo Salinas Torres le ordenó a Jaime Lepe Orellana, Pablo Belmar Labbé, Juan Delmás Ramírez y al suboficial Pedro Aqueveque que se disfrazaran de carabineros para interceptar el auto Volkswagen en el que viajaba Soria la tarde del 14 de julio de 1976.
18
Olga tuvo tres días de descanso, tres días sin torturas y de pasar el día en el campo, junto a sus compañeras, intentando dejar a un lado lo que los soldados le habían hecho en el subterráneo.
El Diazepam, en alguna medida, había servido para aliviar los tormentos en las noches posteriores y poder conciliar el sueño ahí, donde cada una vivía su calvario interno y no se lo contaba a la otra más que con la mirada, o acompañándose en el día a día. «Mi idea era que solo yo había hablado. Te sentías traidora, habías dado los nombres de tus compañeros y compañeras, a pesar de que pudieran haber estado ya detenidos. Era el dolor y la vergüenza de tener una fractura adentro, de ser débil».
Para la siguiente ocasión no pudo conseguir Diazepam con las enfermeras. Seguro se dieron cuenta del error en su sesión de tortura anterior y lo corrigieron, porque nunca más antes de una sesión pudo conseguir calmantes.
Llegaron a buscarla.
Los soldados le hicieron recorrer el mismo camino de la vez anterior: enfilaron recto poco más de un minuto y hacia el interior de un lugar. Estacionarse, apagar el motor, las vueltas caminando por un jardín, todo igual, todo anunciado ya, pero de todas formas lo repitieron como parte de una rutina aprendida. «Por dentro, el terror estaba otra vez ahí. ¿Qué se les ocurriría?». Bajar los escalones, el camino por el pasillo oscuro, los gritos y alaridos desde todos lados. Sentada en una esquina, en el piso, a esperar su turno.
Cuando la fueron a buscar y la llevaron a la habitación, otra vez todo fue igual. Sacarse la ropa ella misma. Y el chiste conocido. «Ya, Lauchita, tu sabís ya, poh. Todo menos los zapatos, para que no te resfríes».
Avanzando de a poco.
–Abre la boca.
El cable adentro, la boca cerrada con cinta adhesiva. ¿Iba a confesar?
En la lengua el golpe de electricidad. Y en el pecho, seco, una virutilla raspando el interior.
Y otra vez lo mismo. «En forma de equis sobre el catre metálico, con la luz enceguecedora arriba de la cabeza, hasta ver un borrón claro».
En algún momento de esa noche, después de ponerle electricidad, de insultarla, manosearla entera y hacerla sentirse otra vez lo peor, desgarrada de fatiga por dentro y por fuera siguieron sin menor intención de darle tregua, por lo mismo, porque estaba mintiendo en todo y era lo peor y sabían absolutamente todo, como su participación en el Plan Z y las armas escondidas. Comenzó a írsele el corazón. Se detuvieron. El equipo entero de torturadores salió de la habitación. Quedó amarrada a la parrilla. Un rato. Estaba sedienta.
De pronto volvieron. «Sentía que de alguna forma ya no podían impresionarme, no había forma, me hicieran lo que me hicieran, no serían capaces de devolverme lo que me habían quitado. Aparte del dolor, las ganas de morir».
Pero no le hicieron preguntas esta vez. Solo los intuyó por el sonido de sus pasos acercándose. No había forma de detenerlos. No querían saber nada de nada. Primero la penetró uno. Y sus gritos: no, por favor, los iba a acusar, los iba a acusar. Jamás un hombre había estado ahí y el recuerdo y los sueños con Juan Carlos. «El hombre me violó hasta acabar. Luego vino el segundo, hasta acabar también. Y también el tercero y un cuarto. Hasta ahí alcancé a contar. Después de eso me desmayé».
Junto a su recuerdo está también el de otras detenidas de Tejas Verdes, todas ellas violadas por los equipos de torturadores que funcionaban en el subterráneo. El registro de testimonios contenido en la querella por la causa de torturas da cuenta de que fue un procedimiento común, tan común como la electricidad, o el introducirles todo tipo de objetos en la vagina y el ano, esto último tanto a mujeres como a hombres. Luz de las Nieves Ayress, por ejemplo, militante del MIR, contó al tribunal que incluso existía un perro al que obligaron a lamerle la vagina. También que le cortaron las orejas, probablemente con cuchillos o tijeras. «Me violaron con penetración anal y vaginal. Eyaculaban en mi boca. Me introducían palos, fierros y botellas por la vagina y el ano. Me obligaban a tener sexo oral con ellos. Luego, al llegar la hora de pasar a la sala de torturas, me amarraban a una camilla de metal de manos y pies. Comenzaron a cortarme la piel con una gillette y encima de los cortes me echaban alcohol y luego me colocaban electrodos con descargas eléctricas». También reconoció que le apagaban cigarrillos, le aplicaban cera caliente sobre el estómago y una rata en su vagina arañando hacia el interior producto de las descargas eléctricas.
Para Olga, lo peor fue ser violada. Por todo el imaginario acerca de la virginidad, la pureza, el vestido blanco. Fue peor que todo el resto de las humillaciones.
Cuando terminaron y volvió en sí le ordenaron vestirse. «Me había sucedido, pero al mismo tiempo mi cabeza decía no puede ser».
Estos tipos se tenían que haber excedido. Debía haber un error. Para ella, en su interior, una cosa era la tortura, pero ¿violarla los militares? No podían haberle hecho algo así. ¿Con permiso de las autoridades? Debió ser un exceso, se debía poner en orden esa situación. Tendría que acusarlos. «El capitán Jara no había estado presente. Conocía bien su voz desde el día que fue a detenerme al colegio».
Un par de días más tarde, Jara llegó hasta el campo de detenidos en una de las visitas de inspección para ver cómo iba avanzando todo con ellas. Se mostraba a cara descubierta. En esas ocasiones le parecía un tipo quizás seco, de mano dura, pero nunca lo asociaba con un torturador. «Esa diferencia y la incerteza de que alguien pudiera haber permitido una violación me llevaron a acercarme a él».
–Capitán Jara –le dijo con la voz ahogada en llanto–. Capitán, me violaron. Me violaron, capitán. En el subterráneo, los soldados.
«Su rostro cambió de gesto en un instante. Era como si ese no fuera el lugar para hablar de eso. Ese era el campo de detenidos, no el centro de torturas».
–No vuelvas a repetir eso, ¿entendiste? Jamás, nunca, nadie te lo va a creer. Olvídate.
Y se fue.
Por más que ha intentado olvidarlo, pasados los años, no ha podido. Y por más que ha tratado de dormir, reconstruyendo en su mente cómo sería realmente el lugar sin una venda en los ojos de por medio –el camino oscuro del pasillo hasta la pieza del subterráneo donde sucedió–, tampoco lo ha logrado. «Quizá pueda conciliar el sueño cuando vuelva a ese sitio y lo vea, cuando lo pueda palpar».
19
Esa noche, cuando dejaron a Olga en la cabaña, no respondía. Paralizada, se hizo un ovillo en una esquina. Ana se le acercó, acurrucándola, acompañándola como lo había hecho las veces anteriores. «Algo intrínseco; es decir, yo no te hago daño, yo te quiero, yo estoy contigo, yo sé por lo que pasaste, va a pasar, yo te voy afirmar hasta que pase».
A ella también, embarazada y todo, la habían violado y manoseado entera. Le introdujeron fierros, le sacaron desde el interior una parte de su vagina y ahí le aplicaron electricidad. Humillante. Inconfesable. En una ocasión incluso, violada o torturada, sintió a su lado la presencia de su padre, Hernán85. El recuerdo de su voz cerca de ella, en el subterráneo, amarrada. Largos momentos, otros borrosos, como partes de un sueño. «Es demasiado duro recordar, incluso pasado el tiempo. Pensamientos e imágenes escondidas o guardadas como una parte íntima; el lugar donde es mejor no llegar. Cerradas con una llave que a veces se abre sin previo aviso. Entonces la sensación de encierro vuelve y también las amarras en las muñecas y los tobillos, como si estuviera en ese momento otra vez ahí. Son los recuerdos del cuerpo».
Las torturas sexuales delante de familiares no fueron una práctica aislada. Margarita Durán, detenida en Tejas Verdes, por ejemplo, fue violada en presencia de su pareja y luego de su padre86. En la mayoría de los casos, el efecto de las violaciones fue devastador. En otros se sumó al sufrimiento el hecho de que las detenidas quedaran embarazadas de sus violadores87. Hijos que nacieron o que quizás murieron producto de los tormentos. No existe hasta ahora un registro de cuántos niños nacieron en cautiverio, cuántos pudieron haber sido separados de sus madres, ni cuántas detenidas violadas por sus captores y embarazadas producto de esto podrían haber renunciado a sus hijos.
Gracias a una denuncia, en abril de 2009, el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Alejandro Solís abrió un cuaderno reservado dentro de la causa Villa Grimaldi con el fin de investigar posibles adopciones ilegales por parte de agentes del Estado durante la dictadura. Producto de ello, hombres y mujeres que hoy bordean los cuarenta años, con dudas respecto de su origen, se han acercado al tribunal para que se investiguen sus casos. Les han tomado muestras de sangre para comparar su material genético con el de los familiares de las diez desaparecidas de Villa Grimaldi embarazadas al momento de su detención88. Su espectro de contraste se limitó a esas diez mujeres debido a que el tribunal solo tiene competencia para investigar en esta causa. Pero aparte de las detenidas desaparecidas de Villa Grimaldi, existen más casos de mujeres que podrían haber perdido sus hijos a manos de la dictadura89.
Hasta ahora, en algunos casos la comparación de material genético ha dado negativo y en otros, hasta el cierre de este trabajo, aún se encontraban en período de estudio. Dentro de la investigación que se lleva por las posibles adopciones ilegales existen varios episodios que resultan sospechosos, tanto por las circunstancias como por las personas involucradas90, pero sin duda el que más llama la atención es el de Ana María Luna Barrios, nacida en 1976. Ella se acercó al tribunal en 2010, luego de que su madre le confesara que era adoptada. Sola, había comenzado su propia investigación. De inmediato, al consultar con el Registro Civil, se dio cuenta de algo extraño: si bien su certificado de nacimiento indicaba que había nacido en 1976, la habían inscrito recién en 1979, tres años después91.
El tribunal ordenó que se le tomara una muestra de sangre para comparar su ADN con el de las detenidas desaparecidas de Villa Grimaldi. Al mismo tiempo se ofició a la Dirección de Inteligencia de Carabineros para que investigara. Ellos interrogaron a la madre adoptiva de Ana María, Marta Adriana Barrios Barrios92. Al relatar su historia, la mujer contó que entró a trabajar como auxiliar de enfermería al Hospital Militar en 1952. Según ella, en 1976, Ana María llegó con ese nombre, cinco meses de edad y una desnutrición severa. Dijo que no sabía quién podría haber abandonado a su hija. Solo tenía claro que «con el tiempo de cuidados que yo le prodigaba, me fui encariñando con ella. Un día la dieron de alta y del hospital le avisaron a su abuelo, pero desconozco quién es esta persona y él habría dicho que la llevasen a la Casa Nacional de Menores. Ante esta situación, yo averigüé si era posible quedarme con ella, trámite que comenzó la asistente social del hospital, de la cual no recuerdo su nombre [...]». Luego de un breve proceso, «el tribunal del paradero 6 de Gran Avenida» le habría entregado la tuición de la niña.
Aunque la mujer no lo mencionó en su declaración, ella y su marido habían perdido a su hijo, Agustín Luna Barrios, el 11 de septiembre de 1973. Tenía veintidós años, era cabo de Ejército y murió en los enfrentamientos cuando intentaban sitiar La Moneda93.
Por su lado, Ana María relató que en la búsqueda de su real identidad había llegado hasta el Hospital Militar, donde se acercó hasta una de las autoridades, el doctor Patricio Silva Garín (médico de la DINA que operó a Eduardo Frei Montalva)94, jefe de su madre, quien la instó a dejar las averiguaciones debido a que podría no gustarle el resultado de ellas. Sin embargo, una colega de su madre adoptiva le dijo que el apellido de la persona que la dejó en el hospital era Valle o Del Valle95.
Para averiguar la identidad del hombre que dejó a Ana María Luna en el hospital, el tribunal pidió al Ejército la lista de las personas con esos apellidos en servicio activo para 1976. Solo uno coincidía con la descripción: el teniente de Ejército Hernán Valle Zapata, también fallecido96.
Pocos días después, Carabineros dio con el expediente de adopción de Ana María Luna. Ahí se llevaron una sorpresa. En su interior venía un certificado de nacimiento totalmente distinto al oficial ubicado en el Registro Civil. Empolvado y perdido durante años, el documento señala que antes de llamarse Ana María Luna Barrios había sido inscrita en 1976 como Ana María Valle Valle, hija natural del teniente Hernán Valle Zapata. En el casillero donde debe aparecer la madre, el documento señala «no compareciente». Como testigos, dos agentes de la DINA. Todos ellos firman junto a Zapata el certificado de nacimiento de Ana María97.
El teniente de reserva Hernán Valle Zapata es un total desconocido en el mundo de las violaciones a los derechos humanos. No declaró jamás en un caso y prácticamente no existen declaraciones judiciales ni policiales que lo vinculen con la DINA. Pero su hoja de vida institucional –a la que se accedió– señala que fue parte del círculo íntimo de Manuel Contreras, por lo menos desde agosto de 1975 hasta su salida de escena, en 1977. Ese año fue el encargado de su guardia personal, lo que le valió numerosas felicitaciones.
En la descripción del trabajo de Valle Zapata en la DINA, entre 1975 y 1976, su hoja de vida señala simplemente «DINA». De 1976 a 1977 explica un poco más: «DINA Labores de Seguridad».
Siguiéndole la pista a través de quienes firman su hoja de vida, se desprende que su oficial calificador superior fue el entonces teniente coronel de Ejército Carlos López Tapia98, jefe de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y encargado del cuartel Villa Grimaldi desde diciembre de 1975 al mismo mes de 197699.
Pero su jefe directo, es decir la persona con la que trabajaba, fue el entonces mayor de Ejército Juan Emilio Zanzani Tapia100. Zanzani estaba a cargo de la Agrupación Tucapel, poco conocida pero con un rol fundamental en la caza del Partido Comunista en 1976101.
El soplonaje y la obtención de información desde oficinas de Estado y luego a nivel comunal era la experticia de esta agrupación formada en los albores de la DINA por civiles convencidos de la necesidad de un cambio en el país, varios de ellos miembros de Patria y Libertad102. Su primer nombre hacía alusión a su origen, Brigada de Inteligencia Ciudadana, y funcionaba en una casa ubicada en calle Rafael Cañas 214, comuna de Providencia, antes sede de Patria y Libertad, donada por la organización103. Con el tiempo, Tucapel creció y se le unieron agentes operativos de las Fuerzas Armadas y de Orden. Uno de ellos, el instructor en Rocas de Santo Domingo Ricardo Lawrence.
Revisadas varias causas judiciales, se encontró que un agente de la DINA recordó a Valle Zapata como miembro de la Agrupación Tucapel104, suficiente para fijarlo ahí.
Zapata, en 1976, trabajó con Lawrence y otros agentes, quienes desde ahí dieron caza al Partido Comunista y formaron luego la Agrupación Delfín, cuyo objetivo exclusivo sería exterminar a las direcciones clandestinas del partido organizadas ese año. Algunos civiles de Patria y Libertad integrantes de Tucapel, junto a uniformados, pasaron a conformar Delfín. Todos juntos, más la guardia personal de Manuel Contreras, participaron en las matanzas del cuartel ubicado en calle Simón Bolívar 8800.
En medio de los crímenes, el 26 de agosto de 1976, Valle Zapata se ganó una felicitación en su hoja de vida:
«Es felicitado por el comandante de la unidad por un excelente trabajo realizado en un área de esta unidad, permitiendo con eso obtener orientaciones de vital importancia». Ese día fue secuestrado y hecho desaparecer desde la vía pública el militante del Partido Comunista Víctor Modesto Cárdenas Valderrama.
Dos meses y medio más tarde, Hernán Valle Zapata inscribía a Ana María Luna, en ese entonces como Ana María Valle Valle, en el Registro Civil. Los dos agentes de la DINA que le sirvieron de testigos fueron Sylvia Pérez Ortúzar y Hernán Blanche Sepúlveda.
En julio de 2010, Sylvia Pérez Ortúzar declaró judicialmente. Era dactilógrafa de la DINA y trabajaba en la sección jurídica administrativa. «El señor Hernán Valle era un funcionario de la DINA que iba mucho a hablar con los abogados. Este señor quería reconocer a una hija que tenía fuera del matrimonio [...]». Según ella, los jefes de la sección jurídica, Patricio Bravo Larraín y Hernán Blanche, determinaron prestarle toda la ayuda a Valle Zapata. «Como don Hernán Blanche era abogado y casado con una jueza de menores, lo ayudaron», declaró. Gesto al que ella se sumó por considerarlo «loable, por eso acepté», declaró la mujer casada con el abogado Víctor Gálvez Gallegos, socio de la empresa Pedro Diet Lobos, encargada de encubrir las actividades delictivas de la DINA en el extranjero.
Por esos días, el Departamento de Inteligencia de Carabineros descubrió que la actitud «loable» de Hernán Valle Zapata para asumir la paternidad de niños durante la dictadura sin que las madres aparecieran, se repitió por lo menos una vez más. Según el Registro Civil, aparece como padre de Carmen Gloria Valle Valle, «fecha de nacimiento: 8 de marzo de 1975, hija de Hernán y N.N., chilena, soltera, sin antecedentes penales».
Hernán Blanche no alcanzó a declarar en la causa, pues por esa fecha fueron entregados los resultados de la comparación del ADN de Ana María Luna con las diez detenidas desaparecidas de Villa Grimaldi. Fueron negativos y todo quedó ahí.
Lo que se obtuvo de Blanche en la DINA, a través de su hoja de vida institucional, es que en agosto de 1976 fue nombrado «mayor de justicia militar» y que sus jefes se encontraban en la cúpula de la organización105. En 1979, su hoja de vida indica «director jurídico» de la CNI. Blanche es famoso porque desde hace muchos años es propietario de la Notaría Blanche ubicada en calle San Pablo, en la comuna de Pudahuel, y porque en esa calidad ha actuado de aval en varios programas de televisión.
El otro jefe de la sección jurídica que, según la secretaria de la DINA, ofreció su ayuda a Hernán Valle en la adopción, Patricio Bravo Larraín, está muerto. Él comenzó su carrera en la DINA en San Antonio, junto a Manuel Contreras. Según Contreras, eligió a Bravo cuando este era juez de San Antonio y lo llevó a Tejas Verdes para presidir los consejos de guerra en contra de los detenidos en el campo de prisioneros Nº 2106.
Fue, entre otras cosas, el encargado de dictarle la condena de 541 días a Anatolio Zárate y a muchos de los detenidos en Tejas Verdes. Probablemente también a Ana.
Los consejos de guerra durante la estadía en Tejas Verdes, para Ana Becerra, eran un montaje. Los detenidos eran acusados, defendidos y sentenciados por militares. La fiscalía era más bien vista como el lugar donde torturaban con menos intensidad en comparación con el subterráneo del casino de oficiales.
Su foco era concentrarse en sobrevivir, en mantener su núcleo cercano, compuesto por Olga, Mariela y también Flor, junto, sano, evitando el miedo, centrándose en lo bueno que existe en todos lados, incluso ahí. Quizás por eso, y porque ellas, las mujeres –está convencida de que tienen más resistencia que los hombres a los tormentos, seguramente por resistir dolores como el parto–, es que podían, por ejemplo, en medio de todo el horror, disfrutar de «Carevicho», un pollo muy pequeño que, de alguna forma, se coló dentro del patio de mujeres. Estuvo algunos días viviendo detrás de una de las cabañas y ellas se divertían con él. Lo habían bautizado con ese nombre por el jefe del campo, el capitán Carevic. «Carevicho» concentraba todos los chistes. «“Carevicho” fue»; «Ya poh, “Carevicho”, córtala»; «Ya te pusiste tonto, “Carevicho”», era la forma de criticar o desahogarse un rato de los malos tratos recibidos por sus celadores.
Esos momentos se mezclaban con la dificultad, inherente al tiempo de encierro que significaba el acostumbramiento a todo eso. Una suerte de insensibilidad o costra ante lo doloroso. «Las tablas de las cabañas del piso dolían menos. El miedo también dolía menos, incluso la muerte ya no era una extraña. Muchos la habían pedido en sus sesiones de tortura. Y los insultos tampoco dolían tanto ya. Entonces, nacía el temor de salir de ahí, porque te empezabas a sentir segura en el encierro».
Los cálculos del tiempo eran relativos. Apenas unos meses atrás estaba en el colegio, con la Olga y la Mariela, con sus jumpers entallados, planificando y soñando con un mundo mejor. En las poblaciones, con la gente, enseñándoles cómo organizarse para llegar a una revolución donde tuvieran de verdad las oportunidades que todos merecían. Ese tiempo se sentía lejano y dolía. Sí, dolía. Todo se había ido al tarro de la basura.
Con cerca de cuatro meses de embarazo había tenido ya dos síntomas de pérdida. La mandaron al hospital de San Antonio, pero nada, no lo perdía, el niño estaba ahí, aferrado a su interior, a pesar de las violaciones, de los tubos metálicos, de la corriente en el útero. Por algún motivo, quizás porque ya le habían quitado mucho, simplemente se le metió dentro de la cabeza que iba a nacer, contra cualquier expectativa.
La niña adoptada por la DINA

Certificado de Ana María Luna Barrios, cuando todavía era Ana María Valle Valle, inscrita como hija del teniente de Ejército y funcionario de la DINA Hernán Valle Zapata. A la izquierda, al centro, respecto de la madre se señala: «no compareciente». A la derecha, al medio, los nombres de los testigos Sylvia Pérez Ortúzar y Hernán Blanche Sepúlveda. Abajo, a la derecha, sus firmas.
Hernán Valle: padre adoptivo y agente de la DINA

Hoja de vida del fallecido Hernán Valle Zapata. Arriba, a la izquierda, se indica su participación en la DINA. Es uno de los pocos vestigios de su paso por la organización terrorista.
Hernán Valle: el amigo de Contreras

Hoja de vida y felicitación a Hernán Valle Zapata, donde se da cuenta de la cercanía que tuvo con el director de la DINA, relación que, como se muestra, se mantuvo luego de su salida de la organización.
Hernán Blanche: célebre notario y agente de la DINA

El abogado Hernán Blanche fue uno de los que ayudó en la adopción de Ana María Luna. Además, fue uno de los asesores legales más cercanos a Manuel Contreras dentro de la DINA.
El círculo de hierro del director (fotos actuales)

20
–Salvo, estás ascendido –le dijo Jara–. Ahora que soy mayor no te puedo mandar si es que no te asciendo.
–Bien, pues.
El nombramiento oficial se haría más adelante, en ese momento no estaban las cosas para ceremonias. A partir de entonces ya no almorzaría con sus compañeros de la agrupación. Ahora, con todo derecho, lo haría en el casino de oficiales, sentado al lado de los hombres que meses atrás lo miraban hacia abajo.
El casino de oficiales era una construcción antigua, maciza, ubicada al borde del río, frente a la escuela. Por dentro tenía techos altos y un gran salón. A la izquierda, la barra del bar, para tomarse un trago en alguna ocasión. A la derecha, todos los utensilios, y al frente, muchas mesas cuadradas, dispuestas una al lado de la otra, hasta llegar a los ventanales que daban hacia el río Maipo.
El subterráneo del casino tenía entrada por dos lados. Una desde el exterior del mismo, por el patio trasero, ocupada generalmente para abastecer de alimentos y, a partir de la llegada de Jara, para introducir y sacar a los detenidos del campo de prisioneros. Un par de escalones, una puerta metálica y un pasillo largo.
En el interior del casino mismo existía otra entrada al subterráneo. La que Patricio Salvo ocupaba generalmente para reportarse con Jara. Unos diez escalones de camino recto, vuelta a la derecha en noventa grados. Ahí mismo estaba la percha donde colgaban los delantales blancos que los especialistas se ponían antes de entrar a las sesiones de tortura.
El pequeño salón de distribución en obra gruesa se dividía en tres rutas. Al frente, un pasillo corto daba a dos habitaciones. A la izquierda, unos pocos metros y la entrada externa del casino, la que ocupaban para los detenidos. A la derecha, a un costado, refrigeradores antiguos, industriales, sucios, en mal estado o fuera de servicio, los que, como supo mucho tiempo después, servían para tener en espera a los detenidos antes de la sesiones con el Papi y sus hombres de la tortura. A lo largo del pasillo había muchas habitaciones a un lado y al otro. Algunas estaban comunicadas entre sí. Extrañísimo. Le parecía que el subterráneo era un laberinto.
En una ocasión bajó, dobló a la derecha y avanzó por el pasillo. Tenía que reportarse ahí con Jara. Vio a unos siete detenidos sentados al costado, apoyados contra el muro, con vendas sobre sus ojos o capuchas calzadas en la cabeza. Se veían mal, en malas condiciones. No se quejaban en voz alta, pero se presentía. Algunos no eran capaces de soportar la posición y se desvanecían hacia un costado y luego volvían a la conciencia. Desde el interior de una de las habitaciones llegaba la voz del jefe del batallón, mayor Alejandro Rodríguez Fainé, hombre cercano a Contreras.
Pasó por entremedio de los detenidos e inmediatamente miró hacia el interior de la habitación. Un escritorio, una lámpara y una silla. Sobre ella, Rodríguez tomaba nota y leía documentos. Avanzó un poco más por el pasillo y tocó la puerta donde estaba en ese momento trabajando Jara. Tenía que esperar.
Con tono tranquilo, seco, sin emoción, Rodríguez le preguntó al detenido:
–Usted estuvo ahí, ¿no?
–Sí, señor –dijo el detenido.
–Entonces estuvo con él, necesariamente estuvo con él. Y el silencio.
–¿Usted sabe que él ya nos dijo que usted tiene las armas?
Y el hombre desde el pasillo, al lado de Salvo, nervioso y entregado.
–No, señor, yo no tengo armas. De verdad, ya me lo han preguntado.
La verdad, Rodríguez Fainé quería la verdad.
Jara salió en ese momento desde la habitación con su delantal blanco, perfectamente limpio. Le dio las indicaciones y volvió a la sala.
Entrado ya noviembre bajaban todos los «dragoneantes», como los llamaban él y sus compañeros de promoción para molestarlos. En realidad eran suboficiales haciendo la especialidad de ingeniería. Kosiel era su líder. A los que más recuerda, Flores y Pizarro eran los mismos a quienes vio en la Secretaría de Estudios la primera vez que escuchó torturas y le tocó cuidar a detenidos ahí. Muy cercanos a Kosiel, gente de su confianza.
«De Ramón Acuña no era siquiera una sospecha. Pasaba caminando por los patios de la escuela con el generador de electricidad en la mano. Su comentario típico era “me salieron duros los diablos” o “se me fue uno, no me aguantó”. Él era uno de los principales torturadores».
Sus compañeros de trabajo en la Secretaría de Estudios, los suboficiales Gregorio Romero y Valentín Escobedo, también. Los tres juntos venían trabajando desde antes del golpe ahí, junto con Kosiel y al mando de Núñez Magallanes. Por ende, eran gente de inteligencia, especialistas.
En el grupo de sus compañeros de curso para aspirantes a oficiales de reserva, y también parte de la Agrupación de Patrullaje Nocturno, estaba también el Vaca Sagrada, Arturo Romero Calderón, el chupamedias, el regalón del suboficial Weinberg, el desagradable dentro del curso, el tipo con el que no se podía hablar tranquilo porque era información directa a los oídos de los jefes de la escuela.
«Me ponía nervioso verlo siempre bajando al subterráneo. En una ocasión le dije: “¿Qué haces tú tanto allá abajo? Nosotros no somos oficiales de carrera ni suboficiales. No nos corresponde”. Cómo me habrá ignorado, que no me quedó recuerdo de su respuesta. Después del golpe se había acercado mucho a Kosiel, que tenía a todos los dragoneantes bajo su mando», y obviamente, en la cabeza, Jorge Núñez Magallanes y Jara, por el lado de los oficiales. Aunque en antigüedad su jefe estaba por debajo de Núñez, todos decían que lo superaba en mando. Era el hombre designado a dedo por Contreras para los interrogatorios.
Pronto corrió el rumor de que los detenidos no estaban respondiendo a los interrogatorios, o que los torturadores no tenían la experticia para sacarles lo que pretendían. Fue entonces que en octubre de 1973 apareció ese hombre extraño, correcto, de aspecto convencional. Patricio lo fue a buscar a una casa de veraneo en Rocas de Santo Domingo junto con Jara. Una casa grande. Estaba, al parecer, recién casado. Se lo debe haber comentado en uno de sus viajes, porque recuerda eso, que estaba pasando ahí su luna de miel. En ese momento no tenía idea de su nombre, solo que era psicólogo o psiquiatra. Experto en la mente, eso sí. Salió de la casa de veraneo y los acompañó arriba de la camioneta. Él iba al volante. Jara conversaba con el otro hombre con su típico tono amigable. Le contaba que tenían problemas, que las técnicas de interrogatorio no les estaban funcionando. «En ese viaje, Jara le dice que los detenidos se estaban volviendo más resistentes o se les estaban yendo muy rápido. Los métodos eran arcaicos y necesitaban algo más moderno».
Y el hombre atrás, pequeño, delgado, de rasgos marcados, la piel pegada a la cara, respondió con voz clara y en muy buena forma: «Hipnosis, anestesia, deberían probarlo como forma alternativa». Podía ayudarlos e iba a hacerlo. Ingresaron hasta el regimiento y al estacionamiento del casino de oficiales. Jara y el doctor bajaron juntos las escaleras.
Patricio Salvo no tiene la menor idea, no sabe si sus métodos fueron o no efectivos con los detenidos. Pero por algún motivo, el doctor se empezó a hacer célebre entre ellos. «Le pusimos un sobrenombre: el “Hipnotizador”». En ese momento no tenía idea de quién era, pero sí, al ver la foto, no le cabe ninguna duda: se trata del doctor Roberto Emilio Lailhacar Chávez.
Al igual que Vittorio Orvieto, el médico al que los detenidos identificaron como torturador, el psiquiatra Roberto Lailhacar comenzó a trabajar en la DINA prácticamente desde su fundación, en 1973. Según él mismo declaró a la justicia, en Santiago asumió como subdirector del Departamento de Operaciones Psicológicas.
La DINA y posteriormente la CNI contaron con cuatro centros hospitalarios que operaron en diferentes direcciones y en distintos períodos de tiempo, dependientes de la Brigada de Sanidad107. El más conocido es la clínica Santa Lucía, instalada en la calle del mismo nombre número 162, al frente del cerro Santa Lucía, entre 1974 y 1977.
Ahí, un staff de doctores y dentistas provenientes fundamentalmente de las universidades de Chile y Católica, muchos de ellos seguidores de la obra de Pinochet, comenzaron a trabajar de la mano. El rol «al descubierto» del centro hospitalario fue atender a los agentes de la DINA y a sus familiares. Pero en realidad también se interrogaba, torturaba y asesinaba.
Varios doctores, entre ellos Juan Pablo Figueroa Yáñez y Eugenio Andrés Fantuzzi Alliende108, han reconocido judicialmente que parte de su trabajo consistió en recorrer centros de tortura para asistir a detenidos víctimas de los tormentos y también a detenidas embarazadas.
En 2004, el agente de la DINA y enfermero de la clínica Santa Lucía Carlos Eugenio Norambuena Retamales reconoció que acompañó a la enfermera jefe, Eliana
Bolumburu Taboada, hasta la Villa Grimaldi para tratar las lesiones de detenidos. Ahí vio mujeres desnudas quemadas en medio de sesiones de torturas109.
Según él, existía un grupo de médicos de la clínica Santa Lucía, entre los que se encontraban su director, Werner Zanghellini Martínez, Osvaldo Leyton Bahamondes y Eliana Bolumburu, dedicados al exterminio de pacientes venidos de los centros de detención y tortura. Los escuchaba hablar de ello en secreto, episodios que lo dejaron «marcado de por vida». Cuando llegaba un detenido, por ejemplo, declaró que ellos decían: «Viene paquete». «Bajaban en la camilla al detenido, lo ingresaban a una sala, luego le suministraban algo y después salía el paciente fallecido». El enfermero escuchó luego a los doctores y a la enfermera decir que les aplicaban ocho miligramos de pentotal a la vena. Según su recuerdo, esta fue una práctica recurrente en la clínica.
El enfermero también recordó para la justicia que por esos años el doctor Zanghellini viajó a Estados Unidos junto a un enfermero de la DINA para aprender a ocupar un detector de mentiras y que luego, de vuelta en Santiago, «salían juntos con este equipo a diferentes cuarteles operativos».
Varios detenidos que pasaron y sobrevivieron a la clínica Santa Lucía han declarado que ahí se les aplicó una tortura más refinada que la típicamente conocida. Un caso fue el del actual director del Servicio Médico Legal, doctor Patricio Bustos Streeter110. Luego de ser detenido en septiembre de 1975 fue torturado en la Villa Grimaldi hasta el borde de la muerte. En estado de shock fue derivado a la clínica Santa Lucía, donde le suministraron sueros para seguir torturándolo. En el lugar había un equipo de radio. «Me hacían escuchar cómo torturaban a mi mujer con corriente. A ella le hacían lo mismo. Escuchaba que le decían: “Tú sabes dónde está. Lo vamos a matar”. Y a mí me hacían escuchar los gritos de ella mientras la torturaban». Su recuerdo es que los doctores estaban presentes en el interrogatorio, asistiendo a los agentes de la DINA, en caso de que él volviera a estar al borde de la muerte. En cierta ocasión uno de ellos, en conocimiento de que eran colegas, le dijo: «Tú entiendes, yo acá estoy haciendo mi trabajo».
En años posteriores, cuando la clínica se mudó a calle Almirante Barroso y cambió de nombre a clínica London, los crímenes siguieron. Orvieto asumió como director. En ese lugar, la dirección de la DINA ordenó asesinar, incluso, a uno de sus agentes por hablar demasiado: el cabo Manuel Leyton Robles111, integrante de la Brigada Lautaro112. Varios doctores de la DINA y la CNI han sido interrogados en la causa por las muertes del cabo Leyton y del ex presidente Eduardo Frei Montalva, y también en la investigada por el ministro Solís, llamada «Clínicas DINA», que buscó establecer el verdadero rol de los facultativos dentro de la organización terrorista. Ahí, varios de ellos confesaron sus labores. Tres reconocieron haber viajado al cuartel Borgoño de la CNI para ver detenidos: los doctores Camilo Azar Saba, Manfred Jurgensen Caesar y Luis Alberto Losada Fuenzalida. Los tres auscultaron al profesor Federico Álvarez Santibáñez, detenido en esas dependencias. Según sus declaraciones policiales113, no observaron lesiones externas atribuibles de mayor cuidado. Al día siguiente falleció en la Posta Central producto de las torturas.
Como parte del sistema de inteligencia y represión de la época, algunos facultativos de las clínicas de la DINA-CNI habrían cumplido también «labores políticas». Es el caso del dentista Pablo César Oyanguren Plaza, quien, ubicado en la Universidad Mayor, donde ejerce como docente, confirmó que en una fecha cercana al plebiscito de 1980 la CNI le entregó una cédula de identidad con el fin de que votara para aprobar la Constitución Política ideada por el líder de la UDI, Jaime Guzmán, y que sigue vigente en la actualidad. «La CNI me entregó la cédula falsa, con mi chapa, para que votara dos veces, lo que yo hice. Luego de esto me arrepentí», señaló. Según sus palabras, los agentes le habrían dicho a él y a sus colegas «vayan a votar», aunque no puede probar que otros lo hayan hecho de igual forma. La cédula falsa estaba a nombre de Cicerón Videla y, según Oyanguren, «todos los médicos, operativos o no, teníamos nombres falsos». Su testimonio se suma al del agente Jorgelino Vergara, personaje de La danza de los cuervos, quien señaló que cumplió igual papel junto a su brigada en 1980114.
La investigación por las clínicas de la DINA estableció, además, que los doctores y dentistas recibían sus sueldos de la misma forma que los agentes operativos civiles de la DINA, a través de las empresas pantalla Elissalde y Poblete, Boxer y Asper. Estas dos últimas le cancelaban el sueldo a Jorgelino Vergara y, según él, eran financiadas por el fallecido empresario Ricardo Claro Valdés, a quien más agentes vincularon al financiamiento de los organismos de inteligencia durante la dictadura115.
En la actualidad, prácticamente ninguno ha sido condenado por la justicia116. La mayoría de ellos trabaja en centros hospitalarios de Santiago y universidades.
Lailhacar, por ejemplo, quien habría iniciado su misión represiva en Tejas Verdes, hoy tiene una consulta particular donde atiende a pacientes con desórdenes mentales, además de integrar grupos que mezclan el esoterismo y la psiquiatría. Si bien no reconoce que trabajó en la DINA desde el Departamento de Operaciones Psicológicas –unidad que funcionaba cerca del cuartel general y tenía por objetivo contrarrestar la propaganda de oposición, generando mensajes de apoyo y aceptación de la dictadura a través de diversos medios de comunicación– varios doctores de las clínicas clandestinas lo reconocen como colega en esas dependencias.
Pero una información, totalmente desconocida hasta ahora, lo relaciona con el exterminio de personas luego del golpe militar. El antecedente era manejado desde esos mismos tiempos, en calidad de mito, por campesinos del lugar, debido a que la familia Lailhacar es célebre entre la población. En 2013, el doctor confesó judicialmente de forma inédita que seis cadáveres fueron lanzados por Carabineros de la zona al interior de un pozo de unos treinta metros de profundidad en su fundo, ubicado en las afueras de Curacaví.
Estos antecedentes surgen en el marco de la investigación por la ejecución de tres campesinos de Curacaví
–hecho ocurrido luego del golpe–, causa que es investigada por la ministra de la Corte de Apelaciones de San Miguel, Sylvia Pizarro.
«Al momento de recordar la fecha, Roberto Lailhacar declaró que las personas habrían sido lanzadas entre 1973 y 1975. Según él, podrían ser de Santiago, Curacaví o algún sector cercano», señaló una fuente de tribunales.
Actualmente, la Policía de Investigaciones y el Servicio Médico Legal se encuentran excavando al interior de su predio, donde se encuentran varios pozos construidos para suministrar agua. Hasta ahora no han dado con los cuerpos. “Se trata de un trabajo complejo, pues además de la profundidad, luego de tirar los cuerpos, Lailhacar habría lanzado cemento, restos de animales e incluso medicamentos en descomposición”.
La familia Lailhacar –vinculada a la derecha chilena más dura– también es conocida en la zona debido a que habría prestado sus vehículos a Carabineros de Curacaví para encabezar los patrullajes y las persecusiones a disidentes que terminaron en numerosas ejecuciones luego del golpe. “En la causa, Lailhacar reconoció que lo unía una especial amistad con el subdirector de la DINA, Pedro Espinoza, y que en ese fundo celebró asados con Manuel Contreras y la cúpula de la DINA, al nivel que, en esas reuniones, juntos dispararon tiro al blanco para divertirse. Incluso señaló que en una ocasión se le pasaron los tragos y generó un incendió luego de disparar su metralleta, ya que las balas hicieron contacto con un pastizal”, señaló para este libro la fuente.
Médicos de clínicas DINA y CNI (fotos actuales)117





En total fueron quince o veinte días de llevarlo y traerlo desde el regimiento hasta su casa en Rocas de Santo Domingo. A Salvo le tocó hacer este recorrido por lo menos tres veces. Las demás les correspondieron a sus otros compañeros dentro de la agrupación civil.
Jara todavía no le había ordenado a Patricio formar parte del grupo torturador, pero las órdenes de bajar estaban ahí, claras. En una ocasión lo había mandado a llamar a través de un suboficial para «ayudar» abajo. Salvo no dijo que no; en cambio, le traspasó la orden a un soldado del batallón.
–Oye, necesitan gente abajo, en el subterráneo –recuerda que le dijo y se escabulló.
Por dentro sabía que eso lo hacía notar, saltar a la vista. Pero estaba determinado a aguantar hasta donde fuera posible. Eso también lo había conversado ya con sus más cercanos.
A fines de octubre o principios de noviembre, el queque comenzó a cortarse. Iban arriba de una de las C-30, junto con Mauricio Rufatt. Jara estaba algo alterado, intranquilo, algo extraño en él.
Comenzó a hablar:
–Acá la cuestión se está poniendo peluda –dijo–. Va en serio, cada vez más.
No entendía a qué se refería.
–Los dragoneantes me están alegando que por qué ustedes no bajan al subterráneo. Que por qué solo ellos. Y en verdad tienen razón. Aquí se va a necesitar más compromiso.
Con Mauricio simplemente se miraban. Entonces, el Papi se volvió más duro:
–Además, yo sé que acá, en la Agrupación de Patrullaje, hay gente infiltrada, de partidos políticos de izquierda.
Se dio cuenta de que estaba hablando de su compañero.
–Yo doy plena fe de la gente que compone el grupo –intervino Patricio.
Jara bajó entonces el nivel. Sabía que lo hacían bien, pero la situación nacional estaba complicada y se necesitaba el compromiso de todos los integrantes.
Entonces, por impulso o lo que fuera, Salvo dijo lo que tenía guardado como el mayor de sus secretos. Al principio había pensado en soltárselo a Jara, pero en la medida que se fue dando cuenta de su función había optado por guardárselo. Le daba miedo justamente por la cacería de brujas. No lo sabía ninguno de sus compañeros, no lo había mencionado en ninguna conversación. Lo hizo por primera vez ahí, arriba de la camioneta, junto a Mauricio Rufatt.
–Tengo dos hermanos –dijo–, están metidos en política, son socialistas.
El Papi se quedó en completo silencio.
–Yo estoy cumpliendo aquí, pero quiero pedirle que no les pase nada. Son mis hermanos.
Luego de un instante habló Jara:
–Gracias por la confianza. Voy a hacer todo lo posible, si es que son detenidos, para que no haya consecuencias.
Si Jara le volvía a insistir en que bajara al subterráneo, debería hacerlo.
Estaba grande. Terminaba octubre o empezaba noviembre.
21
Pasados los días, luego de la última sesión cuando pudo verle el rostro a sus torturadores, Anatolio sentía poco las piernas, estaban muy débiles. «Comencé a creer que con ese último tacazo en la espalda me habían fracturado una vértebra. El dolor crecía mientras permanecía boca abajo sobre los tablones de la mediagua, sin luz, en las noches frías y los días calurosos y sin el cuidado de nadie».
Otros habían estado ahí en el campo peor que él. Como Jorge Luis Ojeda, el chofer de Matías Núñez, con su espalda quebrada por las torturas, sin poder defecar, paralizado. Compañeros idos, trastornados por las torturas, perdidos, y otros muriendo ahí mismo sin ningún tipo de atención médica. Onofre Águila, por ejemplo, dirigente del Partido Socialista118, estaba en su cabaña junto a su hijo, Amador Arturo. Su recuerdo es que Amador comenzó a botar sangre por la boca, y él, desesperado, gritó que lo ayudaran, que se le estaba muriendo su hijo. Se lo llevaron al hospital de San Antonio. «Escenas de horror grabadas para siempre».
Sus compañeros lo trasladaban hasta el patio. Anatolio pasaba ahí un rato para evitar el encierro total. En los tramos más largos, como el camino a las letrinas, de nuevo lo llevaban los compañeros, uno de cada brazo, en andas.
A veces, cuando se podía, el doctor Ariel Perea, director de salud del área de San Antonio, acompañaba a los detenidos. «Más que todo eran palabras de aliento. También había sido torturado, a su lado, el curita Serrano119, párroco de Cartagena. Había caído por comunista. Asistencia espiritual a los angustiados».
Cada día llegaban más. Muchos de ellos venían de Santiago y se iban derecho al sector de incomunicados, ya sea para hombres o para mujeres. Solo en el horario de patio se podía ver que estaban ahí. Para acogerlos se habían construido más cabañas. Los mismos prisioneros las habían hecho. Así y todo, estaban hacinados. «A esas alturas éramos más de 600. Al preso número 600 le decíamos el Fiat 600. El número 503 también tenía nombre de auto. Para todos era el “Peugeot”. Había una gran rotación de prisioneros».
Todos eran traídos y llevados en las camionetas de la Pesquera Arauco.
Por esos días, la pesquera más grande de la región pasaba a manos de la DINA. Fue uno de los principales medios de financiamiento de la organización terrorista. A través de una serie de enjuagues, Contreras se encargó de que fuera absorbida por la Pesquera Hartling (que luego pasó a llamarse Empresa Pesquera Chile), también asentada en San Antonio120, y en las testeras puso a algunos de los hombres de su mayor confianza121. Como interventor, en la parte legal, estaba Hubert Fuchs, el hombre al que Zárate tuvo que entregarle su renuncia. En la parte operativa, el mayor Jara Seguel122.
Sus camionetas cumplían una doble función: aprovechando las instalaciones, trasladaban el pescado hasta el terminal pesquero en Lo Valledor (Santiago), para luego distribuirlo en las camionetas de la pesquera a través de ferias libres ubicadas en la periferia de la capital. El pick up se abría por un costado, dejando una plataforma, donde los clientes podían elegir las delicias del mar desde la camioneta-tienda de pescados. Al tiempo que se instalaban en las poblaciones y generaban cercanía con las personas, escuchaban todo lo que sucedía. La otra función, paralela, fue el traslado de detenidos desde la capital hasta Tejas Verdes123. Como eran blancas, comenzaron a hacerse conocidas como «las palomas».
Mientras tanto, en el campo de prisioneros, él, el prisionero número uno, seguía quejándose por el dolor. El pinchazo en la espalda se transmitía al resto del cuerpo, parálisis o menor movimiento. Con el pasar de los días, ya ni siquiera tenía ganas de que lo sacaran al patio.
Para el 30 de octubre, los dolores lo tenían afiebrado. Uno de sus compañeros avisó al soldado de turno, este seguramente a la enfermería y luego de un rato entró el doctor, el mismo que había estado presente en su sesión de tortura: Orvieto124. «Venía acompañado de un soldado y una enfermera. Me tomó de las axilas con ambos brazos y luego me levantó con fuerza. De pronto, sin avisar, me soltó bruscamente y caí contra el piso. Un alarido. El doctor miró a la enfermera y le sonrió: “Lumbago de esfuerzo”, le dijo y se fueron».
Al rato llegó un grupo de soldados que venía a buscarlo. Lo tomaron en brazos y lo subieron a un camión. Todo el camino rebotando con el dolor ahí, hasta el hospital de San Antonio. Sin capucha. Arriba de una camilla, boca abajo, avanzó por un pasillo largo, típico de hospital, sin ventanas, empujado por la misma enfermera a la que había logrado verle el rostro en su última sesión de tortura.
Quedó en un pasillo, custodiado por ella, junto al resto de los enfermos, también dispuestos ahí, en espera de ser atendidos. Gente pasando, enfermeras, doctores, auxiliares, más pacientes, cada uno con su destino. Era extraño verse en ese lugar, si supieran en qué andaba él, por qué lo habían llevado ahí, qué clase de paciente era.
En esa ocasión fue atendido por el doctor Osvaldo Fischer. Lo vio ahí mismo, en el pasillo. La enfermera se alejó unos metros. Le preguntó de dónde venía y por qué estaba en esas condiciones. Tuvo que explicarle con cuidado, con susto. Era un detenido. Era por las torturas.
El doctor lo miró y luego a la enfermera. La llamó y le dijo que el paciente estaba en malas condiciones, no lo podía dar de alta. La mujer asintió y se alejó.
Unos minutos más tarde, el doctor Orvieto llegó con la intención de llevárselo de vuelta al regimiento. El doctor Fischer había permanecido cerca, pendiente de él.
–Nos vamos a Tejas Verdes –dijo Orvieto a Fischer cuando se acercó.
–Este paciente está mal. Corre riesgo vital, doctor –le respondió Fisher.
–Sí, pero venía solo para mitigar el dolor –dijo Orvieto con molestia–. Está detenido. Es un preso y tiene que volver ahora.
Y comenzó la discusión. Que sí y que no. Fisher se puso duro. No iba a permitir que se lo llevara en esas condiciones. El doctor Orvieto tomó la camilla. Tenía ruedas. Comenzó a arrastrarlo. Con una cadera, el doctor Fischer apoyó su peso contra ella y la llevó hasta un muro donde quedó atorada. La sostuvo firme.
–Este paciente no se va, doctor.
–Voy a tener que pedir instrucciones –respondió Orvieto.
–Pídalas entonces.
Orvieto soltó la camilla y pareció buscar acuerdo.
–Está bien, que se quede aquí. Vamos a ver hasta cuándo.
–Hasta que se mejore –respondió Fisher.
Orvieto lo miró con ira y se perdió entre la gente.
«Estaba a salvo. En ese momento me sentí tremendamente agradecido».
Lo llevaron hasta una sala común. Quince camas a su lado y quince camas al frente. Pabellón de cirugía, sección hombres. Los horarios de visita y gente llegando cada día a ver a sus familiares. Escuchaba sus conversaciones, la alegría, las preocupaciones, la vida de verdad. Le recordaba cuando era niño y acompañaba a su padre a las inspecciones que hacía en el hospital San Borja. Así, en ese lugar, a ratos salía de su propio sufrimiento.
«Alimentación regular, dormir, sedantes para el dolor. Todavía estaba mal. Cuando bajaban los efectos de los calmantes volvía la aguja clavada en la zona sensible y el dolor se disparaba otra vez».
Una, dos, tres semanas estuvo ahí, sin levantarse, con una chata para deponer sus necesidades. Mejorando cada día un poco. Antes de iniciarse diciembre, la enfermera de turno llegó hasta los pies de su cama acompañando a la nueva enfermera jefe. Era una mujer gorda, de rostro y tono desagradables. Estaban pasando la lista y la mujer de turno le explicó a la nueva encargada que Anatolio Zárate, además de paciente, era prisionero político.
–Entonces –le dijo–, no tiene nada que hacer en contacto con el resto de la gente.
Y se fue. Al poco rato llegó un auxiliar cargado con biombos. Puso uno a los pies de la cama. Otro a su derecha y un tercero al otro lado.
A partir de ese día solo pudo escuchar cuando venían las visitas, el resto del tiempo era de aislamiento, la incerteza de todos los episodios que habían quedado abiertos afuera, antes de su caída. ¿Qué le harían? ¿Y su hija? La cabeza disparada. ¿Lo fusilarían de nuevo? ¿De verdad o de mentira?
Dos semanas permaneció en esa habitación hecha de cortinas, hasta que el 7 de diciembre un doctor corrió uno de los biombos y se paró a su lado. Era cerca del mediodía. En castellano, con acento extranjero, le explicó que venía a cerciorarse de su estado. Era parte de una delegación de Naciones Unidas. Canadiense. Se había enterado de que estaba ahí. Traía credenciales. Le confesó sus torturas.
El doctor lo examinó y luego llamó a la enfermera para que le trajeran su diagnóstico. El hombre leyó el papel y meneó la cabeza.
–La evidencia no corresponde con el diagnóstico de la ficha. Tienen que hacerle una radiografía.
Minutos después estaba en la sala de rayos X del hospital. Lo bajaron de la camilla, lo colocaron en posición y comenzaron las radiografías.
El doctor volvió a su habitación al poco rato con sus exámenes. Traía a más gente, probablementea miembros de la delegación. Todos a su lado, rodeándolo. El doctor miraba las placas en el aire y se las mostró al resto.
–Esto es típico, típico de tortura –les dijo convencido, como si hubiera obtenido un éxito–. Esté tranquilo –le dijo luego–. Voy a volver.
Esperar, contando los minutos y los segundos. Cuando se corrió el biombo otra vez eran cerca de las ocho de la noche. Una enfermera del hospital.
–El brazo.
Inyección a la vena. A los pocos segundos comenzó a sentir sueño. Despertó con el ruido de los vehículos. Por la congestión y el enorme bullicio, se dio cuenta de que era Santiago. Arriba de una ambulancia lo trasladaban a la cárcel pública. En la camilla entró al edificio, rejas abriéndose y cerrándose tras su paso, hasta una celda. Lo dejaron en el piso, acostado, como a un preso común.
«El Ejército me había raptado, escondiéndome para que Naciones Unidas no pudiera encontrarme».
Aislado, sin ventanas, los techos altos. Un día entero sin medicamentos. Sin dormir, esperando lo que viniera. Terminada la jornada se abrió la puerta. Era un gendarme. Le explicó que se iba al hospital de la penitenciaría, en calle Pedro Montt.
De nuevo arriba de la ambulancia, traspasaba vallas, calles, automóviles, semáforos seguramente y luego un pasillo. Lo dejaron en una habitación, que era una celda de aislamiento. Sin ventanas; en el fondo, bajo el muro posterior, pasaba una acequia destinada a las necesidades y a que los presos bebieran agua. Durante dos noches permaneció ahí sin contacto con nadie. Solo una monja pasó y se asomó por la rejilla. Le dejó una medalla. No le interesaba.
Al tercer día lo trasladaron a una habitación ubicada en el segundo piso de la penitenciaría, parte del pabellón de los tuberculosos. Una cama, un baño y una ventana. Acostado la mayor parte del día.
En los días siguientes, el dolor en la espalda comenzó a bajar de intensidad y recuperó parte de la movilidad en sus piernas. Empezó a sentarse y luego a ponerse de pie para ir al baño, con una muleta de madera que le pasaron. A duras penas.
La ventana de su habitación estaba ubicada a espaldas de la cama y daba al patio de los condenados a cadena perpetua. Los observaba a veces, descansando en medio de la nada. Con el pelo largo, barba crecida, ermitaños, cazando palomas, tratando de agarrarlas del piso o de algún techo. Para comerlas. Se veían desquiciados. No recibían visitas de esposas ni de amigos, solo de sus madres. «Los comparaba conmigo y pensaba que de todas formas ellos estaban mejor que yo. Por lo menos sabían su futuro».
Nadie en la penitenciaría lo conocía, ni sabía por qué estaba ahí.
Todos los días, nuevos gendarmes le preguntaban lo mismo.
–¿Y vo’ qué hacís acá?
–Me mandaron para acá.
–¿Y de dónde, hueón?
–De San Antonio
–¿Y por qué estái acá? ¿Y hasta cuándo?
El 22 de diciembre lo mandaron de vuelta a San Antonio. Todo el recorrido de nuevo, arriba de la ambulancia, el viaje largo hasta el puerto, pensando cuál sería ahora su destino. A la enfermería de la cárcel pública. Incomunicado.
Le preguntó a un gendarme que se veía afable.
–¿Cree que me maten?
El hombre lo miró.
–No se preocupe –le dijo–. A los que matan les ponen antes una pechera y una mordaza en la boca.
Ese mismo día en la tarde, un grupo de soldados, hombres de Tejas Verdes, los mismos que sacaban a los detenidos de la cárcel para llevarlos hasta el regimiento y de ahí a las torturas, llegó hasta su habitación.
Venían con una pechera y una mordaza. Sintió horror. Se la calzaron y luego uno de ellos cruzó la mordaza sobre su boca y la cerró tras su nuca. «La muerte volviendo, la angustia de irse para siempre y al mismo tiempo las ganas, ahora sí, más fuertes que nunca, de que fuera verdad».
Pasó toda la noche esperando. A la mañana siguiente le pusieron una capucha y a la camioneta. Solo. Caminos sinuosos, como la primera vez. El mar cerca. Dando vueltas, avanzando. La verdad es que haciendo el recorrido se dio cuenta de que ya no le importaba tanto. Insultos antes de bajar. De pie, sosteniéndose.
–Preparen. Apunten. Fuego.
Y la balacera. Nada, después de un instante, seguía vivo. A pesar de todo aún no le llegaba la hora.
De vuelta a la cárcel de San Antonio. Un par de días incomunicado y luego a libre plática. Podía caminar un poco más con las muletas, así que salió al patio. El encuentro con sus compañeros de partido, presos ahí también. Todos maltratados. Adaptarse y comenzar a convivir adentro de la cárcel. ¿Qué más podía pasarle?
22
Entrado octubre, Olga iba hacia las letrinas cuando desde una de las cabañas de mujeres escuchó un llanto. Se dio vuelta y se devolvió. Se asomó por entre las rendijas de la muralla y en el interior vio un bulto, la espalda de un hombre de cabello negro, largo, chaqueta de cuero.
–Pssst.
El hombre se dio vuelta. Se acercó con lágrimas en los ojos.
Conversaron en susurros de un lado a otro de la pared. Tenía acento extranjero. Le dijo que era uruguayo, tupamaro, que lo habían detenido. Estaba desesperado.
–Yo soy Olga –le dijo–. Estoy detenida, igual que tú.
–¡Necesito escapar ya!
–Es muy difícil –le dijo ella–. Está todo minado y hay torres con soldados vigilando en las cuatro esquinas todo el día.
–Por favor, ayúdame. ¡Necesito salir! Le dijo que necesitaba un mapa.
Sus amigas también entraron en contacto con el uruguayo. Era muy buenmozo, además. Cuando iban al baño se agazapaban detrás de la casa y lo llamaban. Le metían conversa para acompañarlo un poco. Porque lloraba mucho. Lo llevaban constantemente a interrogatorios.
No soportaba más. Si seguía así lo iban a terminar matando. Al cuarto día Olga y Ana se decidieron. Consiguieron lápiz y papel y dibujaron el mapa.
Habían escuchado de los soldados, o quizás de Carriel, que alrededor, sobre todo hacia los cerros, estaba minado el campo. Veían las torretas, también las cabañas de los hombres. Sabían dónde estaban exactamente el río, el puente, San Antonio y también Rocas de Santo Domingo.
Ese mismo día Olga fue a las letrinas y justo antes de subir hacia el cerro se agazapó contra la mediagua y metió el papel entre las rendijas.
–Ahí está. Suerte.
–Gracias.
Esa noche llegó la camioneta. Abrieron la puerta de la cabaña contigua. Se escucharon los pasos del uruguayo junto a los de los soldados. Se encendió el motor y partieron. Luego de unas horas volvió la camioneta. Soldados. Movimiento violento y todas afuera, rápido, al patio.
Carevic, frente a ellas, estaba furioso. Venía con otro hombre al que años más tarde, viendo fotografías, Olga identificó como David Miranda, el militar encargado de los interrogatorios iniciales en la fiscalía.
–¡¿Quién fue?!
Tenía el papel en su mano. El mapa con su letra. Todas en silencio.
Por algún motivo, Carevic se centró en Ana, en Mariela y en ella.
–Entonces se van todas a interrogatorio –les dijo, pero apuntó sobre todo a Ana.
Mariela no quería que golpearan a Ana, por su embarazo de más de tres meses y se autoinculpó. Después, Olga hizo lo mismo.
Carevic ordenó que metieran a las demás dentro de las mediaguas. No vio hacia dónde se llevaron a Mariela, pero a ella la pusieron contra el muro de una de las bodegas de materiales. Llamó a un grupo de soldados que se pararon adelante. Pelotón de fusilamiento.
–¡Preparen!
Y al mismo tiempo la interrogaba. ¡¿Por qué lo había hecho?!
¡¿Quién le había dicho que había un campo minado?!
Habló sin medirse. Que había escuchado a algún soldado hablar del campo minado y el mapa lo había hecho porque el joven uruguayo se lo había pedido a través de la rendija. Dibujó por lástima y piedad, porque estaba hecho pebre. Angustiado. «Los gritos de vuelta, pasando bala otra vez. Finalmente, Carevic decidió llevarme junto a Mariela y Ana a sesión de tortura, con electricidad, en el subterráneo del casino de oficiales. No pudieron sacar más de lo que era obvio».
A esas alturas, le daba igual que la mataran. Sentía que le habían quitado lo más preciado. Se lo había contado ya a Juan Carlos, arriba en las letrinas, escondidos, en susurros. La habían violado, primero con palos, luego de verdad. «Quedaba un espacio entremedio de los listones de las letrinas. Por ahí nos tocábamos las puntas de los dedos y ya con el ánimo abajo nos seguíamos prometiendo amor».
Años más tarde, la justicia comprobó que el ciudadano uruguayo de veinticuatro años de edad Julio César Fernández, militante del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLNT), fue detenido en Santiago en octubre de 1973, luego llevado a la base aérea de Peldehue y, posteriormente, a Tejas Verdes, desde donde fue hecho desaparecer125. Ana Becerra, Olga Letelier y Carmen Núñez declararon judicialmente haber tenido contacto con él a través de las rendijas de la mediagua donde se encontraba detenido126.
Entrado noviembre, una plaga de sarna y piojos hizo que Carevic decidiera fumigar el lugar y trasladaron a las prisioneras durante unos días a la cárcel de San Antonio. Todas las detenidas quedaron en una habitación común con el resto de las delincuentes. Ahí le tocó ver a otro hombre, también a través del hoyo de un muro. Tenía una capucha en su cabeza. También lloraba. Un día llegó una mujer a visitarlo, parecía su familiar y lo abrazó largo rato. Luego lo dejó ahí, en su celda, destrozado.
«Lloraba porque estaba condenado a muerte, ya se lo habían dicho».
Los gendarmes de la cárcel, más agradables que sus custodios en Tejas Verdes, conversaban con ellas de vez en cuando. Uno de ellos le contó que él y sus compañeros estaban muy molestos. El teniente coronel Contreras había determinado que ellos fueran los encargados de fusilar al hombre. «Decían que eso no era parte de su trabajo, que no habían entrado a Gendarmería para eso».
El hombre corresponde a Jorge Antonio Cornejo Carvajal, de veintiséis años, ejecutado el 18 de noviembre junto a Patricio del Carmen Rojas González, de veintiuno, ambos socialistas127.
Terminada la fumigación, de vuelta al campo de prisioneros. Así llegó diciembre, sin grandes diferencias. Unos días antes de Navidad les permitieron escribir mensajes navideños para los hombres detenidos al otro lado de la cerca, sobre piedras que había ahí mismo, en el campo. Las limpiaban y sobre ellas escribían. También hicieron muñecas de lana.
23
Cinco meses de embarazo. Ana escribía sus mensajes navideños sobre piedras y hacía muñecos. Todas estaban en lo mismo. Y los hombres, por su lado, hacían cruces de palitos, unidos al centro por una pitilla. El nuevo encargado, en reemplazo de Carevic, Raúl Quintana Salazar, era un tipo igual de duro que su predecesor, pero aún más frío en el trato con ellas. En esa ocasión se vistió de Navidad y permitió la instalación en el patio de los hombres de una especie de tarima que haría de escenario.
Uno o dos días antes de la celebración, un grupo de mujeres y hombres llegó en un camión al campo de concentración. Como a las cuatro de la madrugada, coincidente con la llegada de los detenidos, tocaron a la puerta de su mediagua. «Los soldados nos eligieron a Mariela y a mí. Querían que atendiéramos a unas detenidas. Estaban al lado, en una de las cabañas que servía a veces de comedor. Estaban muy mal, muy torturadas. No se podía hacer mucho. Por sus rasgos físicos me di cuenta que no parecían chilenas. Parecían argentinas o uruguayas».
Ese mismo día, Mariela Bacciarini había visto llegar rato antes el camión. En esa ocasión vio descender dos cuerpos, «íntegramente envueltos en vendas (como momias), las que estaban completamente ensangrentadas». Horas más tarde, cuando entró con Ana a la mediagua, se encontró con tres mujeres. «Tenían la ropa hecha jirones, sin ropa interior, notoriamente golpeadas, con marcas de cigarrillos en la piel, e incluso con marcas de lo que supusimos eran mordeduras de perro. Tan mal estaban estas tres mujeres, que ni siquiera pudieron recibirnos el agua que les llevamos, por lo que tuvimos que humedecer sus labios con motas de algodón, notando que los tenían muy hinchados y con hongos. Luego que las aseamos y les pusimos ropa, estas mujeres fueron llevadas a la parte de debajo de una torre de vigilancia, donde quedaron incomunicadas. En ese lugar pasaron Navidad y Año Nuevo»128.
En realidad, aquellas eran torres de salvavidas acondicionadas con muros y una entrada. Se veían desde una esquina a la otra de su patio. «Sabíamos que ellas estaban ahí, todas apiladas, junto a otras detenidas más. En total deben haber sido cerca de veinte, como sardinas».
Junto a sus amigas ensayaban a coro los villancicos para la Navidad. «Samba de Navidad», calzando los tiempos y los tonos:
Navidad por el salitral
Que alegre llegó, que alegre se irá
Dejando a los pobres changos
Mucho más lindo el corazón
Din don din, din din don
Navidad en el corazón.
Era una canción argentina.
Detrás de sus voces escuchó un murmullo. Venía desde la torre de salvavidas. Prestaron más atención. Cantaban con acento. Ahora estaba segura de que eran detenidas argentinas o uruguayas.
Ana María Moreira fue una de las mujeres que estuvo aislada bajo una de las torretas de salvavidas, junto a una mujer extranjera. «Estaba en pésimas condiciones físicas y no paraba de quejarse. Tenía huellas visibles de tortura. Aparentemente le habían puesto electricidad, pues se la veía morada y sus ojos estaban negros, sus muñecas en carne viva, su boca hecha tira. Realmente conmovía por lo mal que estaba. [...] El día que estuvimos juntas, antes de que nos llevaran a interrogatorio, un soldado nos sacó del lugar donde estábamos y nos permitió tomar un poco de sol. En ese lugar nos pasó unos pocillos con sopa y me pidió que le ayudara a la niña uruguaya o argentina, pero ella estaba tan mal que no fue capaz de tragar. En ese lugar también articuló un par de palabras que nos permitieron saber que no era chilena. [...] Al día siguiente, en horas de la tarde, todas fuimos llevadas a un subterráneo donde nos interrogaron y torturaron. Luego, al volver donde estábamos recluidas, pude constatar que la mujer no regresó, por lo que pienso que su cuerpo no fue capaz de soportar la tortura y murió»129.
Después la identificó fotográficamente como Nelsa Gadea Galán, ciudadana uruguaya, secretaria de la Corporación de la Vivienda (Corvi)130. Actualmente se encuentra desaparecida.
Al día siguiente, ya en Navidad, les permitieron ingresar por primera y única vez al patio de los hombres. Ahí intercambiaron los regalos que habían preparado y se vieron los rostros. El profesor Núñez le había hecho clases en el colegio años atrás. Estaba con una guitarra, animando la velada.
Villancicos, cuecas y canciones con coros y respuestas del público presente, ante la mirada de los guardias.
Varios cantaron adelante, al ritmo de la guitarra, y otros desde abajo siguiéndolos, riéndose o batiendo palmas, dependiendo del número. Olvidando el encierro por un instante.
Fue el turno de Mariela. Se paró al frente. La canción interpretada por Marie Laforêt «Ven, ven».
Ven, ven, esta es mi llamada,
Ven, ven, vuelve padre a casa,
Ven, ven, todo esta dispuesto,
Ven, ven, el pan y el amor.
Ven, ven, madre está sufriendo,
Ven, ven, piensa en ti en silencio,
Ven, ven, nadie quiere verla,
Ven, ven, más vencida aún.
La cantó precioso, con el alma, derramando lágrimas. Estaba dedicada a su papá. Todavía no sabía que había muerto.
Para Navidad ya les habían sacado todo lo que necesitaban y eran presas comunes dentro de una cárcel; ya no era indispensable torturarlas. Pero a los nuevos que llegaban cada día sí se les torturaba. Duramente. Al verlos llegar sabían que sería así. Algunos morirían, otros desaparecerían.
24
Patricio Salvo se encargó de todos los preparativos para el almuerzo del día previo a la Navidad. Encontró un buen restaurante, apartado y barato. Una picada. Buen precio para los veinte integrantes de la Agrupación de Patrullaje, más Jara y él. «Fue el mismo 24 de diciembre. Una buena comida, carne, ensaladas, muy poco vino. Nos reímos mucho, conversación trivial, fumarse unos cigarros». Y la sorpresa la aportó el propio Papi Jara. Traía un bombo y una guitarra. Él mismo golpeando contra el cuero y Mauricio Rufatt a la guitarra. Los dos lo hacían bien. Realmente muy bien. Todos se entusiasmaron y cantaron a coro:
Para hacer esta muralla,
Tráiganme todas las manos,
Los negros, sus manos negras,
Los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
Desde la playa hasta el monte,
Desde el monte hasta la playa,
Allá sobre el horizonte.
¡Tun tun tun!, una y otra vez, Jara dándole al bombo. Esa tarde, después del almuerzo, cantaron a Víctor Jara y hasta a Los Huasos Quincheros. El Papi se las sabía todas.
Después de la fiesta, Jara le dijo a Salvo:
–Tu destino está listo.
No entendía bien. El Papi lo decía todo con buen tono. Parecía hasta un poco en broma.
–Te vas a la Escuela Militar. ¡Becado! Un año, para que seas oficial de verdad. ¿Qué te parece?
–Es que yo no quiero eso –le contestó–. Usted sabe, yo quiero estudiar.
El Papi, con buen ánimo todavía, insistió:
–Olvídate de eso, Salvo, tu destino está listo. Lo haces bien, eres de mi confianza. Ya estás inscrito. Los otros, tus compañeros, tienen que hacer un año más en sus unidades respectivas y quedan libres. Tú vas a ser oficial de verdad.
Esta vez el Papi sonaba contundente. Estaba hablando en serio.
Por la noche, el 25 de diciembre, salieron a patrullar por San Antonio, Melipilla y los alrededores. Iba con Mauricio al volante en una de las camionetas. Se detuvieron en la intersección que lleva hacia Las Cruces y se comunicaron por radio. Recibieron información mientras fumaban. Su personalidad había cambiado. «Más adulto o menos niño y más serio. Diecinueve años cumplidos ahí adentro. Sentía que debía velar por el ambiente dentro del grupo, controlar a los exaltados, poner ojo. Estar encima de cada uno de los movimientos».
En ese momento pasó una ambulancia por delante de ellos, como a 140 kilómetros por hora, rumbo a El Quisco. Nadie le había dicho nada. Si alguien iba así de rápido en toque de queda, él tenía que saber por qué, deberían haberle avisado. Partieron detrás. Agarraron velocidad, a todo lo que daba la camioneta. Hasta que pillaron a la ambulancia, le hicieron las señas para que se detuviera. Él se bajó y llegó hasta el lado del chofer.
Estaba molesto.
–¿Qué es lo que pasa acá? ¿Cómo se le ocurre andar a esa velocidad?
–Hay una parturienta en El Quisco.
–Okey, nosotros los vamos a seguir. Velocidad máxima, 120 kilómetros por hora. Si se pasan un kilómetro de eso los baleo desde atrás.
–Entendido.
En El Quisco llegaron hasta la casa de la mujer. Los paramédicos la subieron y de vuelta a toda velocidad hasta el hospital de San Antonio.
La mujer fue bajada de la ambulancia y se perdió en el interior del hospital. Ellos quedaron ahí, en el patio. Se apearon un rato para estirar las piernas. Habían exigido el vehículo al máximo, así que pidió un pozo para revisarlo por abajo. Nada, se veía bien. Mauricio tomó el volante. De vuelta hasta donde habían partido. Era ya de madrugada. Hora de bostezos y pestañeos de los patrulleros.
–¡Código rojo! –se escuchó del otro lado de la radio.
«Llamaban desde El Quisco. Algo estaba ardiendo cerca de una bencinera. Había conversaciones cruzadas. Todos querían ir al lugar. No se podía. Los distribuí. Un grupo de retaguardia se quedaba en San Antonio. Yo y otro grupo a ver qué estaba pasando».
Viajaban a toda velocidad, tomando rápidamente las curvas, muy rápido, para un lado y el otro. De pronto, Mauricio lo miró asustado.
–¡Se cortó la dirección! ¡Esta cuestión no responde!
Apretaron las piernas, mirando el camino. Metieron tercera y las revoluciones al máximo. La curva al frente se presentaba muy cerrada. El camino se acababa. Su orden fue saltar. Tenían una carga con armamento y muchos explosivos.
«Me tomé de la puerta y del tablero para dar el salto. El vehículo salió del camino, golpe abajo, seco y elevarse, una vuelta de campana. Y hasta ahí llega mi recuerdo».
Unos días más tarde despertó. Extrañado, desorientado, totalmente perdido. Una enfermera parecía impresionada, observando sus ojos.
–¡Despertó! –exclamó.
Él, excitado, sin entender. De espaldas sobre una cama.
La enfermera salió un instante y volvió con una inyección. Era un calmante. Le pasó un algodón por el antebrazo izquierdo. No lo sintió, tampoco el líquido que iba entrando a su brazo.
De inmediato entró el doctor.
–Usted tuvo un accidente muy grave –le dijo–. ¿Me entiende?
No podía responderle, solo mantener los ojos abiertos. Apenas se movían sus labios. No tenía el aire suficiente adentro de los pulmones. La angustia. Un millón de preguntas. ¿Qué pasó? ¿Por qué?
–Tiene una lesión severa en la columna. Está comprometida su sensibilidad y movilidad.
«En los días siguientes me fueron entregando más información. Fractura de las vértebras cervicales cuarta, quinta y sexta. Nunca más podría caminar. Cuadrapléjico. Leve movimiento, sin control, en los brazos y las manos».
Dos días después del accidente, el 27 de diciembre, desde la cárcel de San Antonio fueron sacados los detenidos Óscar Gómez Farías, militante del MAPU, y su chofer, Carlos Aurelio Carrasco Cáceres. Los llevaron a Tejas Verdes. Los testimonios señalan que Gómez, desnudo y ya desquiciado por las torturas, intentó escapar del subterráneo. Corrió gritando. Lo mataron en el acto. También fue ejecutado su chofer131.
A partir de enero de 1974, Manuel Contreras fue designado como nuevo director de la Academia de Guerra en Santiago. Fue ascendido a coronel y tuvo su primera oficina, como director de la DINA, en el edificio Diego Portales. Formalmente dejaba Tejas Verdes, pero siguió viajando constantemente hasta San Antonio, donde tenía montada la matriz original de la DINA. Y no paró de mandar detenidos al campo de prisioneros Nº 2. Entre el último trimestre de 1973 y el primero de 1974, el Regimiento Tejas Verdes –con detenidos en el campo de prisioneros Nº 2 y la cárcel de San Antonio– fue el principal centro de reclusión y tortura del país. Era abastecido diariamente por gente traída desde Londres 38, otros regimientos del Ejército, comisarías y centros de detención pertenecientes a la V Región.
No se conoce el número exacto de personas que pasaron por ahí. Pero según los cálculos de la Agrupación de Ex Presos Políticos de Tejas Verdes-Cárcel de San Antonio, fueron cerca de mil quinientos. Otros testimonios señalan que habrían superado los dos mil.
Los principales colaboradores de Contreras en Tejas Verdes, los mayores Mario Alejandro Jara Seguel y Jorge Núñez Magallanes, pasaban también formalmente a la DINA. Jara, como jefe de la V Región, se quedaba en Tejas Verdes, y Núñez partía a Santiago.
A partir de ese momento Patricio Salvo no volvería a tener nada que ver con eso. Todas sus responsabilidades habían sido relevadas.
25
Feliciano Cerda pasó las noches de Navidad y de Año Nuevo acostado, observando los tablones del techo de su habitación, pidiendo a Dios o a quien fuera que mantuviera vivo a su hermano Alamiro. Nadie en su familia estaba para fiestas.
Durante las tres semanas siguientes todo siguió igual. Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Las citaciones intermitentes del interventor a su oficina para preguntarle:
–¿Sabe algo de su hermano?
–No sé nada.
–¿Está seguro? ¿No se ha aparecido por la casa? –le decía siempre detrás de su escritorio, haciendo otra cosa al mismo tiempo. Firmando una carta, leyendo algo.
–No, señor.
Una mirada seca y el tono sin mayor expresión:
–Alamiro ha abandonado su puesto de trabajo y no sabemos qué hacer –con algo de molestia, y de inmediato desistía–. Bueno, Feliciano, váyase. Si sabe algo de él no se olvide de avisar.
En el trabajo solo podía hablar de sus pesares con los más cercanos: los hermanos Quilodrán, Luis y Ramón. Desde su llegada al trabajo, en 1971, luego de pasar las pruebas, se habían preocupado de hacerlo sentir integrado. «Luis era dicharachero, con el sentido del humor siempre despierto». Ramón era jefe de patio, tenía bastante gente a su cargo. Mecánico. Y además presidente del sindicato. Trabajaba a la par con todos y si necesitaban algo siempre tenía la respuesta. Era el cerebro. A quién podían acudir. Muy serio, muy consecuente con el trabajo. «Sin decirle a nadie, si veía que algún trabajador necesitaba calzado, iba y traía un par desde la bodega de la empresa y te decía sin crítica: “Usted tiene que ir a ponerse overol y zapatos”. Era dulce». Los dos eran militantes del Partido Socialista.
Pero no tenían repuesta para su pesar. Ellos mismos vivían apremiados y sentían también que en cualquier momento les llegaba la cárcel, la muerte o todo junto. También entendían que Alamiro era un talón de Aquiles para él: militante del MIR y dirigente sindical de Vía Sur. Mala combinación.
El viernes 18 de enero de 1974 le tocó turno de mañana. Cuando llegó a las ocho, afuera del Regimiento Buin, ubicado al frente de las oficinas de Vía Sur, vio automóviles detenidos, carros del Ejército, cámaras de televisión.
No tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo. «Pero sentí algo extraño en el pecho».
Marcó tarjeta y se dispuso a trabajar como un día normal. Hasta el almuerzo. Cuando estaba en el casino lo llamaron por el altoparlante. «El señor Feliciano Cerda, presentarse en la dirección».
Hombres vestidos de civil, agentes. Eran cuatro. Lo lanzaron contra la muralla. Escuchó las telas adhesivas chirriando al separarse del rollo de cartón. Lo maniataron y le cubrieron los ojos. No alcanzó a cerrar uno, por el nervio, y quedó semiabierto, con la tela impidiendo el cierre total. Finalmente lo cubrieron con un capuchón.
–Vas a ir a prestar declaración ante Investigaciones –le dijo la voz, seca–. Porque tu hermano todavía no aparece. Así que callado.
Uno de cada brazo. Presión. Avanzó conducido por ellos, a tientas, hasta el patio. Arriba de una camioneta. Alta, como las Chevrolet o las Ford. Uno al volante, el otro en la ventana. Él al medio de los dos.
Enfilando a la vuelta de la rueda por avenida Recoleta. El acompañante le dijo al chofer:
–Más despacio, para que lo enfoquen a este huevón.
Sintió la exposición. Supo que las cámaras que había visto en la mañana, al lado del Regimiento Buin, lo estaban filmando como a un terrorista.
Un terrorista encapuchado.