1954
Deshojando la margarita

En esta temporada la televisión obtiene el sí de algunos consagrados que se le resistían hasta entonces. Los buenos textos de Miguel Coronato Paz y la cercanía de Carlos Castro (Castrito), su clásico compañero en el teatro de revistas, y de Pablo Palitos vencen la resistencia de Dringue Farías, que hace Academia del buen oído, Lecciones de arte surtido. También da el sí el creador del borrachín Ubalvino, el actor Ubaldo Martínez, y acepta el convite Juan Carlos Mareco, que se incorpora a Gran Hotel Panamá, un show musical repleto de estrellas y de orquestas, ambientes con maracas, palmeras de utilería y mesitas con veladores que semejaban boîtes, tal como, de una vez y para siempre, había impuesto Tropicana. De ese esquema se apartó Gran Salón, conducido por el crítico musical Fernando Emery, programa al que muchos consideran la avanzada de lo que en la década siguiente serían los denominados ómnibus. Luego de ganar un concurso que buscaba secretaria para Juan José Piñeyro y su programa No se queme, señor, se inicia Virginia de la Cruz.

En este mismo año, en un teatro, conoce a quien luego sería su marido, el famoso animador Carlos Ginés. “Aquel ciclo era de preguntas y respuestas: Piñeyro hacía la pregunta y yo prendía un fósforo: lo que durara encendido era el tiempo que el participante tenía para contestar”, evoca en 1998 De la Cruz.

Sin embargo, el nuevo medio, que de lunes a viernes está entre seis y siete horas en el aire (en general, de 17 a 24; los domingos, el horario se extendía, por el fútbol), no conseguía cautivar el interés de figuras como Oscar Casco, Augusto Codecá, Pepe Arias, Luis Sandrini, Zully Moreno y Delia Garcés, que continuaban deshojando sus margaritas para ver si debían aceptar las ofertas o seguir ocupando un lugar de privilegio en el cine, el teatro o la radio. Sorpresivamente, Niní Marshall vuelve a los micrófonos, a los que (según le aclaran siete años después) tuvo prohibido el acceso a raíz de un “malentendido”. Pero la presentación de sus maravillosos personajes en televisión, anunciada para agosto, nunca se concreta. El cine argentino es fuerte. En 1954 se filman 45 películas y se realiza el primer festival de cine internacional de Mar del Plata, con una pléyade de estrellas de diecisiete países. Chas de Cruz traslada su Diario del cine radial a la tevé y realiza memorables entrevistas a muchos de los invitados.

El primer telenoticioso

El 20 de abril de 1954, con la producción del múltiple Tito Martínez Delbox, la producción de Antonio Corma y Don Napy (que venía del cine, en donde se había destacado como guionista), y la conducción de Carlos D’Agostino sale el Primer telenoticioso argentino. Al terminar cada edición (lunes a viernes, durante 15 minutos desde las 21.15) aparecía una chica, típica belleza de la época, a quien D’Agostino presentaba como “mi nueva secretaria”. Luego, con tiza sobre un pizarrón y trazos que no lo denotaban como un gran dibujante, anticipaba lo que sería el pronóstico meteorológico del día siguiente. “La gente esperaba las dos cosas. Ver a la chica, distinta cada día, y saber lo que iba a pasar con el tiempo. Recuerdo que primero hacía un círculo grandote para armar un poco de suspenso y recién después lo completaba, con los rayos del sol, con cara alegre si el tiempo se anunciaba bueno o con cara triste si venían chaparrones”, recuerda D’Agostino en 1998, alejado de la tevé, pero vinculado con una FM de San Isidro. Sin embargo, el mayor asombro tenía que ver con poder conocer las noticias del día en el mismo día, con la velocidad de los diarios y las radios. “Hasta ese momento, la actualidad en movimiento era cosa exclusiva de los noticieros de cine. Fue muy impresionante lo que pasó”, cuenta hoy Alfredo Gisbert, a partir de 1952 uno de los primeros locutores en off del canal y en 1956 el reemplazante de D’Agostino en la conducción de una de las ediciones de los noticieros.

“Como no había material de archivo, en algunos casos se apelaba a documentales extranjeros, que servían para ilustrar un choque de trenes o un enfrentamiento armado”, recuerda Alberto González, en ese momento responsable del Departamento de Fílmicos del 13. En el noticiero, repasa la especialista Sarah Bianchi, D’Agostino se apoyaba en títeres para darle mayor riqueza visual a la información. “El perro Niche (por Friedrich Nietzsche, aclara la artista en 1998) estaba al lado del conductor y reaccionaba de acuerdo al tono de las noticias: se aburría, dormía, le sacaba la lapicera a D’Agostino, movía la cola, se agarraba la cabeza. Y una vez a la semana daba el horóscopo para cada signo del Zodíaco, sobre un fondo de cielo estrellado”, añade Bianchi.

Los personajes

La televisión seguía ofreciendo nuevos, variados campos de acción y atracción a actores y actrices. Informaba la revista Radiolandia que Santiago Gómez Cou, a cargo del programa Mis personajes, le había tomado tanto cariño a la televisión que “en un futuro piensa seriamente aceptar un cargo de director artístico como ya lo hace con éxito en su país el galán del cine americano Robert Montgomery”. Reconocido por sus papeles de recio en el cine, Ricardo Trigo encabezaba el teleteatro de acción y aventura Felicidad, así como por la tarde Julia Sandoval y Jorge Salcedo, pareja en la vida real, animaban el Teatro del romance. Jorge Lanza, Mario Morales, Adriana Alcock y Delma Ricci integraban el elenco de La huella eterna, unas estampas históricas sobre la vida del capitán Necochea.

Enrique Serrano, Amelia Bence y Elena Lucena tenían sus lugares en distintas comedias, mientras que las risas estaban a cargo de Brizuela Méndez, Delma Ricci, Alma Vélez y Marcos Zucker en ¡Qué familia! y de los actores del éxito radial El relámpago, cuyo primer paso televisivo fue fallido.

El humor estaba en todos lados, por ejemplo en los avisos, en especial cada vez que en ellos aparecía el Negro Brizuela Méndez, que en esos días, tratando de mostrar unas medias, se cayó de espaldas y quedó con las patitas para arriba, definitivamente tentado de la risa.

Dos jóvenes técnicos daban sus primeros pasos. Proveniente del cine, se aproxima a Canal 7 en 1954 Carmelo Santiago, hijo, y gracias a una recomendación de su padre, empleado en el Ministerio de Obras Públicas, se larga como tiracables Eduardo Tedesco.

El 7, privatizado a la fuerza

El malestar castrense clerical en contra de Perón –esa mezcla explosiva que derivaría en el golpe de Estado de 1955– crecía día tras día. Empujado por las circunstancias políticas y presionado por las críticas de la oposición sobre el virtual monopolio de los medios de comunicación, el gobierno peronista, mediante el Parlamento, lanza en enero la Ley de Radiodifusión 14.241, que se propone organizar los servicios de radio, televisión y publicidad en el país. Pero el llamado a licitación, que deberá proveer de permisionarios a las tres cadenas de radiodifusión existentes y a Canal 7, no es sino un intento puramente cosmético para continuar ejercitando un fuerte control.

Chas de Cruz y Gina Lollobrigida en notas especiales durante el Festival de Cine de 1954.

Juan Carlos Mareco.

El niño de los Dariño, con Nelly Prince y Fernando Siro.

El 16 de junio de 1954, tras una licitación que también despertó el fastidio de la oposición por su llamativa brevedad, se otorgan las emisoras y se reglamenta su actividad a través del decreto 17.959. La red A, que encabeza Radio El Mundo, es para la poderosa Editorial Haynes, cuyo directorio preside Dante Aloe, hermano de Carlos Vicente Aloe, un mayor del ejército que había llegado a ser gobernador de la provincia de Buenos Aires y acerca de cuya presunta falta de cultura y roce social se hacían reiterados y crueles chistes populares. La red C, que cobijaba a LR4 Radio Splendid, se integró al diario La Razón, cuyos papeles mayoritarios –en su momento propiedad de la fundadora familia Cortejarena y de la familia Peralta Ramos– habían sido transferidos todavía en vida de Evita al ministro de Economía Miguel Miranda. La red B, integrada por Radio Belgrano y LR3 Televisión, pasó a pertenecer a una denominada Asociación Promotora de Telerradiodifusión (APT), sociedad anónima integrada por empresarios muy cercanos al régimen, entre ellos Jorge Antonio y Víctor Madanes.

En un libro de entrevistas de 1982, El hombre que sabía demasiado, de Any Ventura, Antonio recuerda la estrategia: “Había que importar televisores y fabricarlos acá. Era una vergüenza. Había 2000 aparatos, diseminados entre reparticiones públicas y algún potentado. Entonces, asociados por mitades con Standard Electric formamos la Capehart Argentina. Creamos la primera fábrica de televisores y trajimos 50.000 aparatos en una importación libre, sin divisas, sin nada”. A partir de entonces, esa marca se convierte en sinónimo de televisor, hasta el punto de que se hacía difícil poder conseguir o elegir otra. Cuarenta y cinco años después, el publicista Jacobo “Tito” Bajnoff recuerda el hecho con eufemismos, sin nombrar a Jorge Antonio, verdadero protagonista de esta historia. “En esa época, un señor con acomodo en el gobierno obtuvo permisos de importación para 50.000 televisores, así como en años anteriores había conseguido importar con ventajas 50.000 automóviles Mercedes Benz. Había otros empresarios que querían traer otros televisores o empezar a fabricarlos aquí, pero tenían que terminar arreglando con él.” El director Héctor Ghiggeri recuerda un sistema de promoción destinado a vender televisores que resultó eficaz: “Entre jueves y viernes repartían aparatos, sin compromiso de venta, con el preciso propósito de que la tele estuviera en la casa en el fin de semana, cuando se juntaba toda la familia. El efecto era prácticamente infalible, porque agarraba a los chicos por las transmisiones de circo, a las mujeres por los shows musicales y a los hombres por el fútbol”.

En 1999, tanto Lucía Suárez (hija de Adolfo Suárez, dueño de la marca Admiral en ese entonces y uno de los primeros patrocinadores de la televisión) como Mariano Villar Urquiza (actualmente presidente de la firma Bardahl y en aquellos años, mano derecha de Suárez), cuentan que Suárez fue uno de los que vendieron los 50.000 televisores. “A él se le ocurre venderlos dentro de sus concesionarias de autos. En la agencia de Pueyrredón al 1300, cada dos automóviles había un televisor. Los vendedores eran tan buenos que llegaron a vender cientos en zonas del interior adonde la televisión tardaría años en llegar. Mi padre tuvo que devolver el dinero a los compradores de Mendoza, porque se había olvidado de explicarles a sus empleados que no había que vender en provincias.” Villar Urquiza evoca: “El 14 de abril de 1954 se establece en San Isidro, dentro de Standard Electric, la compañía Capheart. La mayoría de los insumos eran importados, pero el compromiso era que con el tiempo serían reemplazados por materiales nacionales. Se empezó por lo más sencillo: los gabinetes de madera o plástico, los chasis de chapa, las perillas plásticas. En un momento se cierra la importación y Capheart se queda con todo el negocio. Suárez se dio cuenta de lo principal: que se necesitaban más canales aquí y en el interior. Él impulsa la creación de la Asociación de Fabricantes Argentinos de Televisión (AFARTE)”.

¿Habré hecho bien en comprarlo?

En una nota publicada en 1961 en Platea, en la que recordaba los primeros diez años de la tevé, Ramiro de Casasbellas consideraba que con este cambio en su régimen legal la televisión argentina “se vuelve más seria en su armado”. Pero eso era cháchara para calmar la preocupación del consumidor, “porque –dice Casasbellas– la gente que ya había podido comprar un aparato se seguía preguntando si había sido una buena inversión”. Tal vez lo de la seriedad aludía a la nueva organización que había tomado Canal 7. Por abajo de la dirección artística a cargo de Blackie (que en ese momento conducía el interesante programa Historia del jazz, para uno de cuyos segmentos semanales se pintaba la cara de negro), Carlos Cipoletti y el director de teatro Cecilio Madanes, recientemente llegado de una experienca de ocho años en París, había una serie de gerencias operativas en manos de reconocidos profesionales. Los respectivos especialistas eran Norberto Barris (escenografía), Bernardo Stallman (música), Vassili Lambrinus (coreografía), Ignacio de Soroa (locución), Jacques Arndt (cámaras), Miguel Coronato Paz (autores), Tito Martínez Delbox (noticiero), Miguel de Calasanz (programas musicales) y Fernando Emery (programas culturales).

En el libro antes mencionado, Jorge Antonio reconoce que nunca conoció a Blackie mientras duró su gestión (se conocerían en 1974 en Madrid) y que en la entrevista sólo conversó con Cecilio Madanes, a quien su socio, Víctor Madanes, se lo había recomendado diciendo: “El mejor hombre de televisión que hay en el país es mi primo”. Afirma Antonio en su libro que en el encuentro de trabajo que mantuvo con Madanes (quien, por cierto, jamás había trabajado en televisión) lo único que le pidió fue que le buscara lo mejor para la programación. Y dice que Madanes le respondió: “¿Sabe lo que pasa? Que los mejores son judíos y antiperonistas”. De allí salió su designación y la de Paloma Efrom. Según se sostiene en uno de los capítulos de la famosa Historia del peronismo, publicada en 1967 por la revista Primera Plana, Raúl Alejandro Apold, el ex titular de la Subsecretaría de Informaciones y Prensa, reveló que él no tenía intervención alguna sobre el canal y que la única ocasión en la que intervino y habló con Jorge Antonio fue a pedido de Blackie. “Como resultado de mi gestión, Blackie fue nombrada directora artística de Canal 7, cosa que me agradeció con emoción”, declaró Apold.

En 1998 Cecilio Madanes revisa la programación de aquel canal. “Un día –evoca– mi asistente Eduardo Reyna, para convencerme de que no debíamos levantar el ciclo de teatro argentino de los sábados que protagonizaban Irma Roy y Eduardo Cuitiño, me invitó a que hiciéramos una prueba. Fuimos a una confitería de la avenida Santa Fe. ‘Hay que ir temprano –me advirtió–, porque se llena.’ Llegamos y, efectivamente, al ratito se llenó de gente que iba solo a ver el teatro de los sábados. Lo que más me impresionó fue que la gente hacía silencio de teatro. El dueño de la confitería me confirmó: ‘¿Cómo? ¿No lo sabía? Cada sábado es lo mismo’. Después, en la semana, la gente hablaba de las obras y eso hacía vender más televisores.”

Pero no era lo único de teatro que producían. Los lunes, con dirección de Cunill Cabanellas, ponían en el aire un ciclo de teatro universal. También tuvo gran repercusión una serie de obras de Federico García Lorca, con escenografías de Gori Muñoz y protagonizadas por la actriz española Ana Mariscal, Luisa Vehil, otros primerísimos actores ya reconocidos y algunos en ascenso, como Alfredo Alcón. “Me acuerdo que en el último programa estuvo de visita (el poeta español) Rafael Alberti. Yo era bastante inconsciente, pero por momentos pensaba: Uuy, en algún momento se van a dar cuenta que no soy peronista”, explica Madanes, quien, sin embargo, se dio otros gustos. Lo convocó a Jorge D’Urbano para hacer una especie de introducción a la música clásica, atrajo al pintor Torres Agüero para iniciar en los secretos del dibujo, el color y la creación a niños y adolescentes, y también sumó al crítico de artes plásticas Jorge Romero Brest para que enseñara a contemplar cuadros y esculturas. Este micro duró hasta que, en una ocasión, luego de referirse a la obra de Leonardo Da Vinci La Virgen de las piedras, algún desubicado (y pésimamente informado) entendió que se trataba de un ataque solapado a la Iglesia.

Jorge Salcedo y Julia Sandoval.

Adrianita junto a Elina Colomer, Ralph Papier y Mendy.

El primer telenoticioso argentino.

Cosas como esta podían suceder desde la sanción de la nueva ley de radiodifusión, que no solo tenía poder para intervenir en la línea estética y cultural de las audiciones, sino que establecía límites concretos: “Se aclara que no se tolerarán expresiones antiargentinas o contrarias al estilo de vida, tradiciones e instituciones políticas, sociales, culturales, etcétera. Los noticiosos deben proceder de fuente fidedigna, para que así constituyan una garantía de responsabilidad, seriedad, exactitud e imparcialidad”.

Un serio desafío

En lo que se consideró un desafío a la nueva situación, los diez principales directores de cámara y los cinco asistentes de dirección con mayor solidez y experiencia renuncian a sus puestos luego de recibir de la Asociación Promotora de Televisión (APT) una negativa a una solicitud colectiva de aumento de sueldos. La empresa se mantuvo inflexible, y así como salieron por una puerta apreciados directores como los pioneros Oscar Orzábal Quintana y Luis Alberto Negro, además de Carlos Colasurdo, Emilio Ariño, Edgardo Borda y Juan Manuel Fontanals, entraron por la otra jóvenes que hasta ese momento habían tenido experiencias como camarógrafos y switchers. Edgardo Borda, que partió al Brasil para alejarse del conflicto, recuerda así aquel mal trago: “Nosotros queríamos aumento, pero no conseguíamos hablar con el director general ni tampoco nos recibía Blackie. Dimos un plazo, preparamos los telegramas de renuncia y los enviamos, más que nada como presión, porque pensamos que éramos los 15 principales e imaginamos que sin nosotros la televisión no iba a funcionar. Pero todo siguió adelante. Los más jóvenes tuvieron su oportunidad. Ellos no tenían la culpa de que pensáramos que sin nosotros el mundo se iba a parar”.

En 1955, tras la caída de Perón, varios de esos directores despedidos regresaron al canal, pero en este caso de la mano de las agencias de publicidad, que producían sus espacios y elegían sus propios realizadores.

Usted preguntará por qué cantamos

La actriz y cancionista Amanda Ledesma retornaba tras diez años de ausencia, etapa en la que se había hecho experta en televisión por sus actuaciones ante las cámaras de México, Cuba, Venezuela y los Estados Unidos. Su ciclo Mi vida es una canción corrió parejo en éxito con el de la chilena Mónica Valdés, que venía de triunfar en el Brasil y que aquí se ganó velozmente el mote de “la juvenil atracción del video”. Hubo más tonos y semitonos en ese año lírico. Es que no solo las cantantes eran muchas, sino que cada una tenía su público. Helena de Torres y Sara Benítez participaban de Música bajo las estrellas, en donde también estaban Héctor y su Jazz, el recitador Héctor Gagliardi y el dúo cómico de Tincho Zabala y Marianito Bauzá, que allí plantaron la base de lo que tiempo más adelante se llamaría Aquí están Tincho y Marianito. Este fue un año muy laborioso para Tincho, porque también participó de una versión de Juvenilia en la que, entre otros, participó Gogó Andreu. Virginia Luque debutaba los miércoles a las diez de la noche en Yo no quiero ser así, “cantando motivos latinoamericanos”. El mariachi mexicano Miguel Aceves Mejía, el chileno Antonio Prieto y la japonesa tanguera Ranko Fujisawa –que también pasaron por la radio– fueron calificadas las visitas extranjeras más importantes del año televisivo. Pero la que más elogios obtuvo fue la nacional Raissa Bignardi, una excelsa cultora de óperas y operetas que se lució en Entrada de artistas y en La canción del recuerdo, en donde la artista, vestida por Paco Jamandreu, cantó fragmentos de “El conde de Luxemburgo”, “La hostería del caballito blanco”, “La princesa del circo” y otros celebrados pasajes de Richard Strauss, Franz Lehar y Emérico Kalman. Cada mes la audición sorteaba algunos de los modelos de Jamandreu entre las cartas enviadas al canal o a Radio Belgrano.

Los medios critican

En febrero de 1954 vuelve a criticarse el descenso de calidad de la programación en verano (se señala el caso de una antiquísima película del Far West que pasó al aire sin doblaje ni subtítulos y, como si fuera poco, fue cortada antes del desenlace) y se comenta que es cada vez más fuerte el rumor de que Radio El Mundo abriría un nuevo canal (Antena).
Un mes más tarde, en marzo, y a propósito del inicio de la temporada fuerte, que se da en abril, el semanario Antena apuntaba: “¿Cómo puede ser posible que unos pocos actores y actrices monopolicen las grandes transmisiones? ¿Por qué el empleo abusivo de tales intérpretes, a los que el espectador encuentra cada vez que abre [sic] el televisor?” El editorial concluía: “Los directivos no ponen creatividad y no dan oportunidad a nuevas figuras”.
A mediados de año, Radiolandia también cuestiona: “Los cambios destinados a transformar el panorama de la tevé criolla no lograron lo que podía esperarse […] Las causas: falta de comodidad en ambientes no provistos ni bien organizados para ser sede de una emisora”. En octubre siguen las críticas: “Por qué buenos programas terminan en plena temporada y por qué continúan emisiones sin relieve, calidad ni repercusión popular… Lo mejor de 1954 en tevé fue su presencia en actos públicos y deportivos y en el reflejo de la noticia diaria” (Radiolandia)

 

Rarezas

Otro de los éxitos de 1954 fue El niño de los Dariño, muestra de la imaginación de Horacio S. Meyrialle. Nelly Beltrán (que integraba el elenco con Fernando Siro y Nelly Prince) evoca aquellos días: “Era una idea audaz. Resulta que una pareja había tenido un hijo que, en ocasiones, se volvía invisible”. Nelly Prince corrobora: “Y eso a veces los favorecía y en otras los ponía en problemas. Fue uno de los programas más vistos del año. Allí, con nosotros trabajó Osvaldo Pacheco”.

Oscar Ferri le daba conversación a Pichón Policastro mientras este –conocido por su apodo “Pichín, el barman galante”– armaba ante las cámaras cocteles sorprendentes que no necesariamente la gente elaboraba en sus casas. Eduardo Ferro, dibujante y creador de la historieta Langostino, compartía con la precoz actriz Adrianita el microprograma El mundo a vuelo de lápiz. Los tres propietarios legales de películas de Carlos Gardel, como Cuesta abajo y El tango en Broadway, entablaron a la televisión el primer juicio por derechos del que hay información. Finalmente, el juez interviniente perdonó los 12.000 pesos solicitados por los demandantes, pero prohibió al 7 que volviera a exhibir los filmes sin autorización.

Visiones deportivas

El Mundial de Fútbol, que a partir de junio se juega en Suiza, es transmitido en directo por el consorcio Eurovisión a siete países de ese continente y es visto por siete millones de espectadores.

En Canal 7 el equipo que transmite cada domingo los partidos locales está integrado por Ricardo Lorenzo (Borocotó) en los relatos y por Ampelio Liberali en los comentarios, con Carlos Iglesias (consagrado en la radio en El Reporter Esso) como locutor comercial. En 1996, respecto de este hecho, Liberali sostuvo que “al cabo de los años pienso que los roles estaban cambiados, pero en la agencia Walter Thompson no pensaban lo mismo”. También el siguiente recuerdo es de Liberali. Uno de los primeros, grandes conflictos entre el fútbol y la televisión data de 1954, año en que ya era corriente escuchar a los dirigentes opinar en contra de la presencia de cámaras en los estadios. “Jugaban Independiente y Boca en la Bombonera y el partido, que iba a ser televisado, ya tenía 20 minutos de atraso. Los jugadores visitantes le exigían a la televisión una recompensa económica para salir. Al final, ¿saben quién medió? Borocotó, que fue a los vestuarios y arregló el asunto de la manera que pudo. ‘Es la última vez que aparecemos sin cobrar’, amenazaron los jugadores de Independiente. Y después de aquella rebelión los demás equipos le empezaron a exigir un canon al Canal 7”, recuerda Liberali.