CAPÍTULO 3

LOS ORÍGENES DEL ARTE

Cuando pretendemos indagar sobre algo, lo primero que debemos tener claro es cuál es el objeto de nuestro análisis; así, al intentar saber a qué se refiere el concepto de arte (y en particular el prehistórico), nos vemos inmersos en un océano de definiciones que casi nunca ayudan a esclarecer nuestro propósito. A este respecto, la Teoría del Arte ha ofrecido bastantes soluciones según los diversos posicionamientos ante la disciplina, que a veces pueden casar más mal que bien cuando queremos aplicarlas al primer arte de la humanidad.

El registro arqueológico de las sociedades prehistóricas, como fuentes históricas, nos pone de manifiesto parte de la cultura material de aquellas gentes, la cuestión está en discernir cuáles de esos objetos exhumados en las excavaciones o grafías conservadas en las rocas merecen el calificativo de artístico y, a partir de aquí, cuándo el hombre tiene la capacidad o intencionalidad de producirlos, o también, qué especie humana tuvo la capacidad de objetivar y comunicar su pensamiento plástica o gráficamente, y por qué lo hizo (o no). En general, se viene aceptando, no sin disquisiciones teóricas en las cuales no vamos a entrar por entenderlas fuera de lugar en estas páginas, que un documento histórico posee una cualidad artística cuando es original y fue pensado-realizado para transmitir o comunicar alguna cosa visualmente, que pueda presentar un trasfondo simbólico y que no demuestre un destino eminentemente utilitario. Es decir, del colectivo de vestigios prehistóricos consideraremos «arte» evidentemente las piezas figurativas y aquellas marcas, señales o signos repetidos sobre distintos soportes que mantengan un mensaje codificado de carácter simbólico.

Así pues, el arte o la producción de imágenes lleva consigo un componente comunicativo, expresa algo, guarda un mensaje con significado dentro de la sociedad para la que fue creado; aparte, la existencia del arte evidencia un proceso intelectual complejo, sujeto en el orden biológico a mecanismos físico-químicos importantes.

Varios investigadores prefieren definir los primeros vestigios artísticos de los humanos con minúsculas o entrecomillados («arte») y hasta denominarlo paleoarte o prearte; últimamente, para nombrar lo que estamos tratando, Davidson (1997) propone hablar de PEDS (paintings, engravings, drawings and stencils) para el «arte», pues son un cúmulo de marcas e imágenes o representaciones. En verdad, bastantes de las representaciones primigenias sólo son marcas o imágenes, aunque sin ningún género de dudas contamos con auténticas obras de arte, y algunas maestras, entendidas tal como cualquier ciudadano las calificaría (valga para ilustrar lo dicho la escultura de marfil del Hombre-león de Stadel —34 ka—, el propulsor de Mas-d’Azil o los polícromos de Altamira), pero también es cierto que dudaría de esa atribución al contemplar, pongamos por caso, un panel repleto de simples puntos, no obstante, casi seguro que le invadiría otra sensación o se vería atraído por otro fenómeno que quizás no tenga nada en común con lo estético, cual es preguntarse sobre su significado, ya que esos puntos aparentemente inconexos están ahí y su propia presencia encierra una «causa histórica».

Pero profundicemos buscando el origen del arte. Bednarik (1994) y Lorblanchet (1999) han establecido la relación de items del registro arqueológico que permiten deducir las primeras expresiones artísticas, transmisión de información, sentido estético, capacidad o intención de comunicación, etc. Esos indicios se ordenan según los grados de expresividad y serían, en primer lugar, las marcas e incisiones intencionadas dejadas en superficies que han soportado el paso del tiempo y podemos analizar en la actualidad, como los soportes óseos y pétreos. Por otra parte, las perforaciones infringidas en ciertos objetos presentan la posibilidad de ser suspendidas y por tanto nos pueden estar indicando su uso como colgantes personales y adornos, lo cual transmite información al espectador respecto a la identificación del individuo. Los colorantes naturales, como los ocres, plantean la probabilidad de haber sido utilizados como decoración corporal o de que sirvieran para pintar. Los enterramientos nos manifiestan determinada preocupación por cuestiones metafísicas, la reflexión sobre sí mismo y la religiosidad. Por último, habría que examinar los contextos arqueológicos y las dataciones absolutas de los elementos figurativos más antiguas para enfocar el tema con bases objetivas.

Huesos y piedras con incisiones. En este estado de cosas, y siguiendo el esquema arriba expuesto, al recopilar los restos prehistóricos de hueso y piedra que conservan algún atisbo de incisión «artificial» comprobamos que las piezas de mayor antigüedad proceden del Pleistoceno Medio y de contextos tecnoindustriales achelenses confeccionados por el Homo erectus (ergaster, heidelbergensis, sapiens). En concreto, en el yacimiento francés de Pech de l’Aze (con una datación en torno al 300 ka) tenemos un fragmento óseo con varias incisiones en forma de semicírculos concéntricos (fig. 2, 1). De similar cronología y contexto arqueológico es la porción ósea de la estación alemana de Bilzingsleben (fig. 2, 2), que posee marcas subparalelas cuya autoría está muy controvertida, considerándose hoy de origen natural. Otra pieza análoga (vértebra con incisiones) y de parecida cronología fue exhumada en el yacimiento checo de Stránska Skála.

Al margen de los huesos con incisiones, en un nivel Achelense de unos 230 ka del enclave de Berekhat Ram (Israel) apareció lo que se ha venido en calificar como «protoescultura», que no es más que un trozo de tufo volcánico con entalladuras naturales que simula un torso femenino, en el que, según parece, se alteró de manera artificial por medio de varias incisiones para aumentar la definición de la figurilla; luego si esto es así, tal vez podamos verificar la modificación intencionada de una roca natural (fig. 2, 3). Por último, en el abrigo del Auditorium (India) se citan cúpulas o cazoletas en piedra, cubiertas por un nivel Achelense, que nos hablaría a favor de la manifestación rupestre mas vieja del mundo, aunque su anttigüedad ha sido cuestionada (Lorblanchet, 1999).

Por otro lado, resulta ya manida la argumentación sobre la capacidad estética, preocupación por la armonía de las formas y amor a la simetría del Homo erectus, en cuanto a la tendencia geométrica que otorgaban a los bifaces, a veces triángulos perfectos, morfologías que no incrementaba la efectividad del útil para el uso al que estaba destinado.

FIG. 2. 1) Hueso de Pech de l’Azé. 2) Hueso de Bilzingsleben. 3) Pieza de Berekhat Ram. 4) Hueso de Schulen. 5) Canto de Temnata. 6) Placa de Quneitra. 7) Plaqueta de la Cueva Apolo 11. 8) Cáscara de huevo de avestruz de Patne. 9) Canto de Kamikuroiwa. 10) Plaqueta de Hayonim.

En la siguiente etapa biocultural, la primera mitad del Pleistoceno Superior o complejos industriales musterienses cuyas autorías en Europa recaen en los neandertales, tenemos otra serie de vestigios con elementos incisos. Para comenzar con los soportes óseos, traemos a colación un conjunto de unas treinta marcas subparalelas sobre un hueso del yacimiento de La Ferrassie; también contamos con una escápula de bóvido en La Quina, una costilla con líneas paralelas en Cueva Morin y otro ejemplo en Lezetxiki. Fuera del área franco-cantábrica, cabe mencionar los seis huesos con rayas de la cueva Tagliente de Italia, con doble arco inciso, un ejemplar en Kebara (Israel), otros indicios en Molodova (Ucrania), con fechas alrededor del 40 ka, y hasta algo que se asemeja a un zigzag sobre un hueso de oso en Bacho Kiro (Bulgaria), datado en 47 ka, donde las líneas asumen cierto ritmo que ratifica su probable carácter intencional. En el yacimiento belga de Schulen se halló asociada a una industria musteriense una porción de hueso con marcas paralelas (fig. 2, 4) que ha sido interpretada como un instrumento musical, aunque sobre él se cierne la sospecha en cuanto a la intencionalidad humana de las marcas y por supuesto en la función de las mismas (Huyge, 1990; D’Errico, 1991). Cerraremos el listado con los doce fragmentos de cáscara de huevo de avestruz con incisiones encontrados en un contexto Paleolítico Medio datado en 100 ka del enclave de Diepkloof (Sudáfrica).

El elenco de soportes pétreos con señales o marcas lo componen, en primer lugar, dieciocho cupulitas o pequeñas cazoletas «grabadas» en un bloque de La Ferrassie y varias piedras incisas pertenecientes a los yacimientos italianos de Solinas, Tagliente y Alto. En la última década se ha sumado al repertorio otra pieza que corresponde a un trozo mineral de esquisto con líneas paralelas (fig. 2, 5), obtenido en un nivel de transición entre el Paleolítico Medio y el Superior de la cueva de Temnata (Bulgaria), fechado en unos 50 ka (Cremades et al., 1995).

Pero el ejemplar más singular entre los soportes pétreos es el documentado en Quneitra (Israel), consistente en una placa de sílex con cuatro arcos concéntricos y otras líneas grabadas en el córtex (fig. 2, 6), vinculada a una industria del Paleolítico Medio de hace 54 ka años. Marshack (1997) ha analizado el objeto concluyendo que no cabe duda sobre su origen humano, pero, además, demuestra un alto grado mental, puesto que es una imagen abstracta preconcebida que evidencia la coordinación de las dos manos; el problema está en averiguar quién fue el autor del motivo en cuestión, ya que en la zona del Próximo Oriente conviven neandertales y sapiens sapiens fabricando los dos las mismas industrias del Paleolítico Medio; así pues, en consecuencia, se plantea la disyuntiva de saber con seguridad qué especie hizo los grabados, si bien Marshack opta por decantarse por una autoría del Homo sapiens sapiens momentos antes de entrar en Eurasia.

Como conclusión de lo expuesto, podemos decir que los presumibles motivos plasmados sobre soportes óseos y pétreos por parte de los erectus y los neandertales no están normalizados ni se repiten, y en la mayoría de las ocasiones siempre surge la duda respecto a un origen natural o no intencional, en el caso de los huesos las marcas pueden ser huellas de descarnado producidas por los útiles de sílex durante las actividades cotidianas de alimentación, mordeduras de carnívoros y roedores, deformaciones provocadas por las raíces, huellas de los vasos sanguíneos…, y en el de las piedras simples trazas de corte al haber sido empleado el bloque como yunque, por ejemplo, para cortar un trozo de cuero. Así, prácticamente todos los objetos con marcas antes nombrados, tras haber sido sometidos a estudios tafonómicos, traceológicos y análisis ópticos, están hoy día desmentidos o cuestionados (D’Errico y Villa, 1997). No obstante, si aceptamos como intencionales y no funcionales algunas de esas marcas, tendremos que asumir que las primeras manifestaciones gráficas fueron abstractas y no figurativas, preguntándonos seguidamente sobre lo que querían transmitir, cosa que desconocemos aún.

Sabemos que algunos erectus recogieron y guardaron fósiles, piedras raras y cristales de cuarzo (bastantes de éstos usados para el trabajo doméstico), fenómeno que nos indica un cierto grado de «curiosidad» o «coleccionismo» quizás de carácter individual, del mismo modo, si el homínido que recogió y levemente transformó el trozo de tufo de Berekhat Ram veía en él algo más que una piedra no deja de ser una situación anecdótica en razón de su singularidad; a pesar de todo, la capacidad de modificar la naturaleza creando formas geométricas y productos preconcebidos está puesta de relieve en la fabricación de bifaces y la técnica levallois (modo de configurar los núcleos pétreos para obtener fragmentos —lascas y puntas— preformados) de las industrias achelenses y musterienses. En definitiva, «genios» han existido siempre, pero aquí nos interesa saber cuándo y por qué el «arte» pasa a dominio público y se convierte en una manifestación cultural y por ende histórica; eso, anticipamos, sólo acontece con la expansión de los hombres anatómicamente modernos.

Objetos perforados. Como dijimos, los elementos perforados permiten suponer su función como colgantes y, de esta forma, su portador/a, expresar de alguna manera la distinción individual en relación al grupo o la integración social a ese colectivo. Los análisis tecnológicos y de huellas de uso llevados a cabo con útiles de piedra de los tecnocomplejos achelense y musteriense sugieren que algunos de esos instrumentos fueron manejados en un momento dado con un gesto rotativo para la perforación, probablemente sobre sustancias blandas y maderas. Rastreando entre los objetos perforados más viejos encontramos dos piezas con orificios en un nivel Micoquiense (Achelense tardío, alrededor de 100 ka) del yacimiento alemán de Bocksteinschmiede, y otras en los ya citados de Bacho Kiro (dos caninos perforados del nivel protoauriñaciense), La Quina (dos objetos) y Pech de l’Aze (nivel Musteriense, un objeto).

Para no extendernos en un listado inoperante, resumiremos comentando que el número total de artefactos perforados es muy reducido en el Musteriense como para considerarlo definitivo de un universo cultural, pero, además, casi la totalidad de las piezas ornamentales y/o perforaciones nítidas proceden de niveles arqueológicos adscritos a contextos materiales aculturados (chatelperroniense, protoauriñaciense…) y, por tanto, pueden ser explicados como empréstitos de los sapiens sapiens a los neandertales o copias de las manufacturas de aquéllos por parte de éstos. En los ejemplares de mayor antigüedad, los orificios presentan un origen casual o natural; ha quedado demostrado que los orificios de la colección de huesos perforados son debidos a la acción de los roedores, las larvas, mordeduras de carnívoros, ácidos gástricos…, lo mismo que los supuestos colgantes de conchas, ya que los moluscos sufren el taladro circular de determinados depredadores (litófagos) por el que acceden al animal devorándolo.

Colorantes. Los depósitos de sustancias colorantes en yacimientos prehistóricos, como los óxidos de hierro (hematites u ocres), pueden implicar en los humanos el conocimiento y la distinción del color, la discriminación potencial entre diferentes tonos cromáticos, la posibilidad de realizar señales en rocas u otros soportes como el propio cuerpo, etc. El registro arqueológico ha constatado que los ocres son conocidos y utilizados desde el Pleistoceno Medio, pues se documentan en numerosos enclaves achelenses de África, España y Francia. La datación más alta proviene de la cueva de Wonderwork, en Sudáfrica, donde en un nivel Achelense de unos 800 ka aparecieron bastantes fragmentos de hematites y varios cristales de cuarzo; asimismo, las fechas de los colorantes de los yacimientos de Zimbagwe (Bambata y Pomongwe) ascienden hasta el 125 ka. Por otro lado, se tiene constancia de trozos de ocres y cantos del mismo material con huellas a base de estriaciones de frotamiento que hacen deducir su uso como lápices a modo de carboncillo, como los casos de Hunsgi en India (entre el 300-200 ka) y de Beçov en la República Checa, y algunos otros menos probables aunque con indicios de biselados en Terra Amata (Francia).

El problema está en averiguar si la función de esos colorantes fue «estética», por ejemplo, como adorno corporal, o nada más utilitaria, ya que como veremos más adelante los ocres ofrecen muchas facetas funcionales. De cualquier modo, no nos ha llegado ninguna pintura ni Achelense ni Musteriense, y por supuesto, por desgracia, ningún cuerpo humano teñido.

Enterramientos. Por otra parte, intentamos indagar en las expresiones de la «espiritualidad» materializadas a través de los enterramientos de mayor antigüedad, en otras fenomenologías emanadas de los sedimentos arqueológicos que nos permitan hablar de una preocupación «metafísica» de las poblaciones más viejas o de la existencia en algún sentido de una superestructura ideológica en el grupo. De esta forma, para los enterramientos, las primeras evidencias de esa conducta surgen con los albores del Pleistoceno Superior, es decir, del panorama neandertal, de manera que en nuestro actual estado de conocimiento podemos afirmar que los homínidos anteriores no llevaban a cabo este tipo de prácticas. El repertorio de inhumaciones neandertales incluye los ejemplos franceses de Chapelle-aux-Saints (cuerpo en fosa y una ofrenda o ajuar compuesto por restos de animales) y La Ferrassie (sepultura infantil con una piedra con cúpulas y coloreada de hematites rojo), en Israel tenemos el enterramiento acompañado de un presumible ajuar en la cueva de Kebara, y en la de Teschik Tach (Uzbekistán) hallamos un cráneo de niño rodeado de cinco cornamentas de cabras, sin olvidar la ya clásica sepultura de Shanidar en Irak, con el cadáver en fosa cubierto de ocre junto al que depositaron diversas ofrendas, entre ellas algunas tan sutiles y delicadas desde nuestra perspectiva como un «ramo» de flores y alas de mariposas.

Pero la mayoría de los enterramientos neandertales fueron excavados de antiguo y hoy por hoy está muy cuestionada su interpretación como tales. El hecho de la deposición del difunto en una fosa puede adquirir un carácter más higiénico que ideológico, y las probables ofrendas-ajuares pudieron entrar en contacto con los cuerpos como consecuencia de la remoción de los estratos inferiores al abrir el agujero y su posterior relleno con los mismos materiales; a la vez, el ocre que recubre muchos cadáveres lo mismo podría haber sido usado como desinfectante, dada su cualidad, más que manifestar una orientación simbólica a partir de su color rojo-amarillo. No obstante, tenemos ejemplares de «ofrendas» que permanecen incuestionables, lo cual nos plantea la posibilidad entre los neandertales de alguna clase de rito de índole metafísico y por tanto la presencia de un trasfondo mítico.

Canibalismo. Otra práctica que tradicionalmente está puesta en relación con el mundo simbólico, ideológico o metafísico de las antiguas poblaciones es el canibalismo de cariz ritual. Los vestigios más claros de una actividad antropofágica lejana en el tiempo se detectan en las porciones esqueléticas del «Homo antecessor» de Atapuerca, con una fecha que se remonta al 780 ka. En cuanto a los neandertales, los individuos comidos (huesos con huellas de descarnado) o procesados al fuego (parcialmente quemados) proceden de los yacimientos de Hortus (cráneos humanos revueltos con restos de animales consumidos), Krapina (restos humanos quemados), Vindija (esqueleto quemado asociado a una azagaya típica auriñaciense) y Zafarraya (restos humanos fracturados y algunos quemados); también cabe aquí el famoso caso de la cabeza de Monte Circeo (Italia) que sirvió para argumentar a favor de un culto al cráneo entre los neandertales, pues fue encontrado en superficie con el orificio occipital agrandado artificialmente y rodeado de un círculo de piedras.

Pero en nuestros días, el canibalismo ritual está muy debatido y denostado, aunque lo que sí resulta evidente es que determinados sujetos comieron hombres; aún desconocemos la causa exacta de ese comportamiento, si bien la explicación puede venir de varias direcciones, pues aparte de la religiosidad pudo igualmente deberse a preferencias culinarias de algunos colectivos que veían a sus congéneres como manjares, a la necesidad de no desperdiciar cualquier recurso biótico ante la escasez de alimentos, y hasta incluso (en los esqueletos más recientes) podríamos sugerir que los caníbales fueron los sapiens sapiens y no los propios neandertales, siendo la extinción de éstos en ciertas regiones europeas mucho más dramática de lo previsto.

«Zoolatría». Hasta hace poco tiempo teníamos al menos dos indicios de otras preocupaciones metafísicas de los neandertales, el conocido «culto al oso». Las claves documentales partían de las cuevas de Regourdou y Drachenloch, donde al parecer los humanos construyeron fosas o pequeños hitos con piedras cubriendo así los restos esqueléticos de úrsidos; sin embargo, nos topamos con las mismas imprecisiones del registro al ser trabajos antiguos ejecutados con una técnica de excavación deficiente para solventar los problemas interpretativos que demandamos en la actualidad y con bastante probabilidad esas disposiciones tuvieron un origen natural. A pesar de esto, una reciente excavación puede encauzar de nuevo el tema, pues en la cueva de Llonín (Asturias) se han exhumado en un nivel musteriense restos de carnívoros y herbívoros (leopardo y cabra) dentro de una «caja» confeccionada con lajas de piedra (Fortea et al., 1999).

Dataciones. Siguiendo nuestra rebusca de los datos que nos permitan descubrir los orígenes del arte, nos fijaremos en una serie de dataciones numéricas (cfr. infra) obtenidas en las mismas manifestaciones artísticas (rupestre y mueble), que atestiguan, por un lado, la relativa antigüedad de la creación figurativa y, por otro, la universalización del fenómeno en todos los continentes en las postrimerías del Pleistoceno.

El arte mueble se generaliza a partir del 35/30 ka. Para ilustrar lo dicho, citaremos, en África, las plaquetas de la Cueva Apolo 11 (Namibia), representando varios animales a tinta plana con fechas que rondan los 26-19 ka (fig. 2.7), y las terracotas con volúmenes zoomorfos del yacimiento argelino de la cueva de Afalou datadas alrededor del 12 ka. Para el Extremo Oriente, contamos con una colección de fragmentos de cáscara de huevo de avestruz decorados con elementos geométricos de un nivel del Paleolítico Superior (25 ka) del yacimiento de Patne (India) (fig. 2.8); una porción de posible azagaya en asta con motivos lineales del enclave de Longgu en China, aparecida igualmente en una capa con industria paleosuperior de unos 13 ka; por último, dos cantos grabados con signos similares del 12 ka procedentes del Abrigo de Kamikuroiwa en Japón (fig. 2.9). En el Próximo Oriente, aparte de los arcos concéntricos de Quneitra, el arte figurativo queda definido por un cuadrúpedo, quizás équido, grabado sobre plaqueta de la estación de Hayonim (Israel) (fig. 2.10) localizada en una capa Auriñaciense, constituyendo el dibujo de animal más viejo de todo el Levante. En Europa, los adornos-colgantes ya están presentes, como en Australia, entre el 40-35 ka (tránsito Paleolítico Medio-Superior) y las esculturas naturalistas en torno al 34-32 ka (por ejemplo, en Stadel; cfr. infra).

Con respecto al arte rupestre, si obviamos las «cazoletas» del abrigo del Auditorium, las fechas más tempranas corresponden a estaciones de Australia, en concreto, los petroglifos o grabados piqueteados al aire libre de Whartoon Hill y Panaramitee (Arnhem Land y Cape York) cuyas dataciones cifran la realización de las figuras geométricas entre el 45.100-36.400 BP, si bien los datos fueron suministrados al analizar por AMS las sustancias orgánicas atrapadas por la pátina del grabado, método que hoy en día permanece en experimentación; otro yacimiento australiano, el Abrigo de Early Man, posee unos grabados que estuvieron cubiertos por estratos arqueológicos del 13 ka. En el continente americano, la fecha más vieja la tenemos en los grabados exteriores de Coso Ranger (California), que donaron unas cronologías de 18 ka y 11.500 BP, pero también fueron conseguidas por medio del sistema comentado en los grabados australianos; asimismo, en Brasil se obtuvieron medidas para pinturas y grabados alrededor del 17 ka (Pedra Furada entre el 17 a 15 ka), y en Los Toldos (Argentina) varios trozos de pared pintada se desprendieron y fueron hallados en un nivel arqueológico fechado en 11 ka. Los documentos parietales más antiguos de Europa alcanzan los 32 ka en la Cueva Chauvet (Francia) y algunos milenios antes en La Viña (Asturias, España).

En conclusión, y como dejamos apuntado, la creación artística al final del Pleistoceno no es una circunstancia exclusivamente europea, sino que se extendió por todo el mundo (Australia, América, Asia y África) siempre en fechas acordes con la «colonización» de esos territorios por parte del Homo sapiens sapiens, aunque también es verdad que en Europa (sin querer pecar de eurocentrismo) realmente se explaya en cantidad, o tenemos reunidas más evidencias.

Así las cosas, manejado todo el registro prehistórico con posibilidad de inferencia en orden a los prolegómenos del arte, podemos confirmar que el auténtico creador del arte es el Homo sapiens sapiens, lo cual, a buen seguro, nos llena de orgullo en cuanto que es nuestra propia especie la protagonista de tan trascendente hecho. Pero relativicemos un poco, pues no sabemos a ciencia cierta si los neandertales tenían la capacidad de hacer arte y no la usaron, o simplemente ha desaparecido a causa del empleo de materiales perecederos, y además los primeros sapiens sapiens surgen rondando el 100 ka en África y en el Próximo Oriente, y no confeccionaron de manera generalizada nada parecido a una expresión artística hasta bastantes decenas de miles de años después.

Mithen (1998) justifica esa situación desde la óptica de sus postulados de la Arqueología de la Mente, provenientes de la psicología cognitiva, donde distingue cuatro tipos de inteligencias, que en síntesis serían: la técnica (fabricación de útiles según modelos mentales), de la historia natural (conocimiento de los recursos alimenticios animales y vegetales), social (integración e identificación de un grupo) y lingüística (capacidad de lenguaje articulado complejo); de todas las especies humanas que deambularon sobre el planeta nada más los sapiens sapiens, nosotros, poseemos la fluidez mental necesaria para interconectar las cuatro inteligencias; en las demás especies de hombres cada inteligencia caminaba por su lado con distintos grados de imbricación. Luego, el arte surge como consecuencia de esa fluidez cognitiva entre las distintas inteligencias en el Homo sapiens sapiens avanzado, puesto que los primeros hombres anatómicamente modernos nacidos en África y el Próximo Oriente alrededor del 100 ka no producen arte porque aún no tienen integradas todas las inteligencias (fluidez cognitiva parcial), al quedar algo aislada la inteligencia técnica.

La comunicación verbal para transmitir el bagaje cultural y establecer la cohesión e identidad grupal actuó como motor en las diferentes especies humanas anteriores al Pleistoceno Superior y probablemente fue también suficiente para los neandertales, pues los análisis de los aparatos fonadores y de las zonas cerebrales del habla, en virtud de las huellas en los endocráneos de los restos fósiles paleoantropológicos, ponen de relieve la posibilidad de emitir ciertos sonidos articulados y, por ende, la presumible existencia de un lenguaje sonoro desde el genérico Homo erectus. Determinados autores consideran que la comunicación verbal junto con la visual es propia del Homo sapiens sapiens y opera a nivel biológico como un instrumento adaptativo, aumentando y cimentando la conciencia social del grupo a la vez que dirige el comportamiento social del individuo. En la actualidad, el mensaje verbal tiene una fuerte presencia en nuestra sociedad occidental, pero si dos grupos humanos interactúan y mantienen distintas lenguas, la información visual pasa a primer plano en la comunicación; pongamos por caso, cuando en el siglo XVI de nuestra era las órdenes religiosas emplearon como recurso «didáctico» las imágenes religiosas occidentales para alcanzar el objetivo de la cristianización de los indígenas americanos. ¿Sucedió algo parecido entre neandertales y sapiens sapiens?

Sea como fuere, el paradigma actual verifica que es el Homo sapiens sapiens quien trae la «revolución» a Europa, con una tecnología laminar para la talla del sílex, con lo que consigue rentabilizar la materia prima, y útiles normalizados secundarios para fabricar otros útiles, instrumentos y puntas de proyectil en hueso, así como un sistema de información visual con base en el arte mobiliar. Kozlowski (1992) ha secuenciado la evolución del primer arte europeo, es decir, el arte Auriñaciense:

— Antes del 35 ka, adornos personales de incisivos perforados y conchas.

— Entre el 35-32 ka, piezas de arte portátil de estilo figurativo realista, como las esculturillas de Vogelherd y Stadel.

— Entre el 32-28 ka, inicio del arte rupestre.

En efecto, los adornos personales o elementos perforados surgen con el Auriñaciense o las primeras industrias del Paleolítico Superior Inicial, tanto en Europa (46-40 ka) como en el Próximo Oriente y hasta en los arranques del poblamiento de Australia (en torno al 50 ka) y, como sugiere Davidson (1997), corresponderían a una decoración personal en un territorio colectivo; al comienzo de sus primeras grandes expansiones territoriales el Homo sapiens sapiens va ornado con abalorios de sumo valor para él, ya que busca materias primas extrañas o exóticas para confeccionar objetos de adorno personal, sobre todo cuentas de collar de marfil y conchas procedentes de distancias considerables (500 km), cuyas formas y brillos imita en otros materiales cuando no dispone de las sustancias requeridas. En el segundo estadio se suma a los adornos el arte escultórico, que florece de pronto sin poder vislumbrar una etapa anterior balbuceante o de preámbulo técnico, pues son representaciones repletas de un trasfondo simbólico (véase, p. ej., la escultura del Hombre-león de Stadel) que manifiestan un arte maduro, pleno, desarrollado, en material noble (marfil) y de concepción tridimensional o en bulto redondo. Por último, acontece la transposición de la imagen a la pared también sin razón aparente, o, quizás, como afirma Otte (1996), el arte rupestre europeo responde a la apropiación de un nuevo mundo.

De cualquier modo, en el estado de nuestros conocimientos, tenemos claro que la explosión creativa ocurre en el tránsito del Paleolítico Medio al Superior, o dicho de otra manera con la expansión de los sapiens sapiens, y en Europa durante la extinción de los neandertales y su sustitución por el hombre anatómicamente moderno; es decir, la estandarización del arte-simbolismo (adornos personales, objetos mobiliares, imágenes rupestres, enterramientos) y la total integración en la sociedad de ese fenómeno cultural se debe al Homo sapiens sapiens. La causa de esto vendría dada tal vez por un incremento demográfico de los sapiens sapiens que necesitan ampliar sus áreas de aprovechamiento a nuevos territorios, chocando en Occidente con los neandertales, quienes pierden protagonismo al no poder competir con la «superioridad» de aquéllos por estar provistos de una nueva tecnología (láminas de sílex e industria ósea) de caza más efectiva, una tendencia a la planificación y especialización económica, un lenguaje verbal y visual, y una estructura social más cohesionada…; en resumen, y en palabras de Conkey y Soffer (1997), alrededor del 100 ka el sapiens sapiens posee la capacidad de crear imágenes, pero no la ejercita hasta que el contexto social y cultural es el adecuado.