SÍMBOLOS Y PODERES DEL FUEGO

El descubrimiento

El hombre siempre se ha sentido atraído por las grandes fuerzas de la naturaleza dotadas de vida eterna, como así se manifiestan cíclicamente: el Sol, la Luna, la bóveda estrellada…; de estos fenómenos nació la idea de lo sagrado, de algo superior e imperceptible que, a menudo, se comunicaba con el lenguaje del viento, de la lluvia, de las nubes, de los truenos y relámpagos y del fuego.

El contacto con el fuego, caído del cielo, se produjo probablemente de un modo fortuito a través de incendios provocados por relámpagos, fenómenos de origen volcánico o incluso procesos de autocombustión de algunos materiales. En un primer momento, el ser humano aprendió a alimentar los focos de combustión existentes, arrojando leña seca o haciendo todo lo posible para que no se apagaran; luego empezó a transportarlos a los refugios y cavernas. La última conquista fue la adquisición de la capacidad de producirlos a través de la percusión o la fricción.

La dominación del fuego representó un paso importante en la historia de la evolución humana, y nuestros antepasados conocieron una existencia seguramente más fácil gracias a la posibilidad de calentar e iluminar los espacios donde vivían, cocer la carne, alejar a las fieras, descubrirlas y cazarlas, deforestar áreas para la agricultura, como se hizo al final de los glaciares, manipular la materia (cerámica y metales) y hacer que se solidificara en las formas deseadas para crear utensilios, armas u objetos de culto. Pero el fuego también puede secar pozos de agua, matar y destruir. Por ello, siempre ha mantenido una relación ambigua con el ser humano, una relación que asocia el temor y la veneración. Acoger el fuego en el interior de los clanes significó, de hecho, aceptar este elemento, sus características y sus peligros, y desarrollar formas de control y normas para su uso. Los herreros asumieron siempre el papel más importante en las culturas tribales, lo que les otorgó un aura sagrada. Por ejemplo entre los fan, una tribu de África occidental, el jefe es a la vez brujo y herrero, porque se cree que esta profesión es sagrada y que sólo un jefe tiene la autoridad para ejercerla. En algunos países de África septentrional, las mujeres ancianas y los herreros tienen en común la posibilidad de ocupar la posición de portavoz del grupo y tener mayores competencias en el ámbito de la magia y los ritos menores.

El fuego sagrado, nacido como un aspecto de fundamental importancia práctica para la supervivencia de las tribus y los clanes, se ha revestido de aspectos simbólicos, por lo que ha entrado a formar parte de numerosas ceremonias de iniciación y purificación y de ritos de transición.

Antorchas, candiles y faroles

Cuando nuestros antepasados empezaron a familiarizarse con el fuego, se crearon los primeros sistemas de iluminación. Podemos encontrar una prueba de ello en las cavernas de Lascaux y Altamira, donde se han encontrado pinturas rupestres en zonas distantes de las entradas, donde no era posible que se filtrara la luz del sol; por lo tanto, es evidente que los pintores tuvieron que disponer de antorchas o candiles.

Con todo, es difícil establecer cuál era la tipología de la antorchas; los indicios que nos han llegado son pocos, ya que estaban compuestas de materiales muy perecederos. Los estudiosos plantean la hipótesis de que, entre las distintas especies vegetales, el enebro fuera el más utilizado, porque produce una llama brillante y poco humo.

En cuanto a los candiles, se dispone de datos más fehacientes. Se han encontrado ejemplares de candiles hechos de hueso tallado, conchas, nódulos duros de madera o piedras huecas, en particular geodas, que contenían los materiales inflamables fácilmente transportables, grasa animal o aceite vegetal.

El candil, además de ser utilizado para iluminar las casas, es el símbolo de la vigilancia y la iluminación interior

En la grasa se sumergía una mecha confeccionada con fibras vegetales, y se encendía cuando se necesitaba.

En Lascaux se encontró un bonito ejemplar de candil y los expertos calculan que se remonta a aproximadamente 15.000 años a. de C. Con el paso de las civilizaciones, los candiles se volvieron cada vez más sofisticados.

En la época romana se realizaban de metal, terracota y, a veces, de cristal. Se utilizaban para iluminar las casas, situados en conchas en la pared dispuestas a propósito, o se ataban a los travesaños. También tenían una gran utilidad en las ceremonias sagradas con un uso votivo o funerario. En los candiles se ponía aceite de oliva puro o mezclado con un pequeño porcentaje de sebo: allí se sumergía la mecha; un extremo salía de un orificio situado en el pitón del candil. Los faroles tenían forma cilíndrica y estaban compuestos de dos discos metálicos sujetos por un armazón; las paredes eran de pergamino o de vesícula de animal; su forma era parecida a la de los faroles que se utilizaron hasta el siglo pasado. En el interior había un pequeño recipiente que contenía aceite, donde se ponía la mecha, y sobre la tapadera se practicaban orificios para que saliera el humo. Además de ser utilizados para iluminar las casas, los faroles permitían iluminar las calles que se recorrían. Los candiles y los faroles de combustible líquido eran muy comunes en las casas romanas, pero en algunas ocasiones se utilizaban también antorchas, que, con todo derecho, pueden considerarse antepasados de las velas. La mecha estaba formada por un fino trenzado de hojas palustres, cocidas y luego secadas; después se añadía un poco de sebo o de cera. Estas velas largas y finas se trenzaban entre sí y formaban grandes antorchas, parecidas a cuerdas, que se fijaban en un soporte de bronce: un plato con un puntal en el centro sobre el que se sujetaba el cirio.

El fuego sagrado

El fuego siempre ha tenido un papel central en el simbolismo religioso, desde el mazdeísmo hasta las antiguas religiones chinas; desde el hinduismo, que le confiere una enorme importancia sagrada, hasta el budismo, que lo interioriza y lo convierte en el elemento que lleva a la iluminación; desde el sintoísmo, que celebra su retorno en el periodo del equinoccio de primavera, hasta el mundo céltico, con sus símbolos solares.

EL ROBO DEL FUEGO Y EL MITO DE PROMETEO

En las tradiciones mitológicas y religiosas, poseer el fuego siempre ha significado poseer un bien divino. En este sentido son emblemáticas las vicisitudes de Prometeo: el personaje conocido universalmente por haber robado el fuego a Zeus. Prometeo podía realizar estatuas de una perfección notable, compitiendo con la divinidad: partiendo de la arcilla, quiso crear la vida, con un método que era patrimonio exclusivo de los dioses. Pero para transmutar la materia, según la antigua creencia griega que consideraba que el hombre estaba compuesto por tierra y fuego, era necesaria una chispa de fuego; por eso ideó una empresa muy ambiciosa: robar el fuego a Zeus. Ante esta afrenta, el padre de los dioses ordenó a Éfeso, el herrero divino, que forjara una cadena indestructible; con ella, Prometeo fue encadenado a una montaña en el Cáucaso, donde un ave rapaz (águila o buitre, según las distintas versiones) le devoraba el hígado, que sin embargo se regeneraba continuamente. El fuego regresó así al Olimpo. Pero, como bien sabemos, los hombres, de un modo u otro, lograron poseerlo…

En el mundo hebreo, por ejemplo, y en la religión cristiana, el fuego es símbolo de la divinidad. Dionisio el Areopagita sostenía que el fuego es la menos imperfecta de las representaciones de Dios y que está estrechamente vinculado al Espíritu Santo, que, el día de Pentecostés, descendió a los apóstoles en forma de llama para inducirlos a esperar y a perseverar en la fe. En la Biblia, el fuego manifiesta la santidad de Dios y se utiliza para castigar a los malvados y a los enemigos del pueblo elegido.

Una doctrina del fuego propia y verdadera también está presente en el culto hindú al dios Agni, el cual, junto con Indra y Surya, constituyen la tríada del fuego terrestre, del mundo intermedio y del celeste. Los Veda, en el primer milenio a. de C., aprobaron la centralidad del fuego en los rituales. El principal es el agnihotra, que consiste en una ofrenda diaria al dios Agni, representante del fuego y mediador entre los hombres y los dioses, ya que, con la quema, invita a las divinidades a descender a la tierra para participar en el sacrificio y eleva al cielo las peticiones de los oficiantes, llevando en alto sus ofrendas.

En todas las religiones, la lógica en la que se basaba el sacrificio era bastante primitiva: un pago anticipado para que la divinidad cumpliera las peticiones del oficiante. Las víctimas eran animales domésticos, normalmente cabritos, ovejas y bueyes, que eran sacrificados en los rituales, y sus carnes se cortaban siguiendo unas estrictas reglas.

Los participantes en el sacrificio ensartaban las vísceras en unos asadores determinados y los consumían al instante, ofreciendo una parte a la divinidad. Los restos de las partes nobles, o bien las más ricas de la carne, se reservaban para el banquete ritual al que eran invitadas otras personas. El humo de la carne asada y de las partes menos nobles, como la sangre, trozos de piel, cuernos, huesos, les tocaba a los dioses; y las pieles, en cambio, a los sacerdotes oficiantes. Además de los animales, también se asaban cereales, sobre todo mijo y farro, frutas, flores y otros vegetales.

En la cultura romana

Los romanos veneraban a Vesta, identificada con la Hestia helénica, como la protectora del hogar, presidido por el fuego doméstico. Su culto también hacía referencia al fuego sagrado público, que protegía al Estado romano. El fuego de Roma, impuesto a todos los pueblos con la conquista, representaba el medio divino para pasar de una vida mortal a una condición sobrehumana, y era la base de la religiosidad guerrera de la ciudad y su viril y heroica voluntad de realización de la grandeza del Estado. El Aedes Vestae, en el interior de Roma, era el símbolo del sentimiento; todo romano debía acatar la disciplina, el deber y la palabra necesarios para lograr el objetivo supremo: el dominio del mundo. Sólo al Gran Pontífice y a las vestales les era permitido entrar en el templo. Una vez al año, en las calendas de marzo, la más anciana de las vestales y el Gran Pontífice realizaban el rito de la renovación: el fuego era apagado y reencendido.

Las vestales eran seis vírgenes que se dedicaban a custodiar el fuego sagrado, y si dejaban que se apagara la llama divina, eran condenadas a muerte. Este hecho se interpretaba como sinónimo de desventuras. Los ritos en honor de Vesta, oficiados por el Gran Pontífice y las vestales, se acompañaban con la unión simbólica entre el fuego sagrado y el agua procedente de la fuente Egeria. De hecho, los romanos consideraban el fuego y el agua como los principios que constituían la base de la vida humana.

LAS LUPERCALES

Muchas culturas han dedicado al fuego verdaderas celebraciones en las que este elemento entraba en complejos rituales. Unas de las más características del mundo romano eran las Lupercalia. Estas fiestas se celebraban el 15 de febrero en honor a Luperco, antiguo dios latino. La ceremonia se desarrollaba frente a una gruta sagrada llamada Lupercale, cerca de la cual, debajo de una higuera, el pastor Fáustulo había encontrado a los gemelos Rómulo y Remo. El momento culminante de la fiesta se producía cuando se encendían enormes hogueras frente a la gruta. La tradición de las lupercales continuó aproximadamente hasta el 472 d. de C., después fue suspendida durante algunos años. Cuando Roma fue golpeada por una terrible peste, el senador Andrómaco consideró importante repetir las lupercales para alejar la enfermedad. Al ser una fiesta pagana, pronto conoció la oposición de la nueva Iglesia cristiana, que prohibió a los cristianos participar en sus celebraciones.

Según Cicerón, se dedicaban a Vesta las conclusiones de cada plegaria y de cada rito y celebración, llamados Vestalia, que se llevaban a cabo cuando se acercaba el solsticio de verano. Vesta, definida por Ovidio en los Fastos como «el fuego viviente», era el núcleo tradicional y profundo del culto romano a la luz; que no se apagara era garantía de la conservación de la sabiduría tradicional y la potencia de Roma.

La condición jurídica en la que se encontraban las vestales y algunas particularidades de sus hábitos rituales (la peluca ceremonial especial y el suffibulum, velo parecido al flammeum que se ponían las jóvenes el día de su boda) indicaban su posición: tenían, ante el Estado, la misma importancia que en la familia tenía la mater familias. Con todo, las vestales debían observar también rígidas restricciones de su libertad: de hecho, entre sus principales deberes, se consideraba que tenían que mantenerse rigurosamente vírgenes durante todo el tiempo en que prestaban servicio al templo. La infracción de esta regla era castigada con la condena a muerte: la vestal culpable era sepultada viva en el Campus Sceleratus, cerca de la Puerta Collina.

En la cultura céltica

Según el calendario celta, el año se dividía en dos estaciones: el Geimredh, la estación invernal, y el Samradh, la estival. El año empezaba con el Samain y era celebrado con tres fiestas más: Imbolc, Beltane y Lugnasad.

Samain (1 de noviembre): se correspondía con nuestra fiesta de fin de año y señalaba el final de la estación bella y el inicio de un nuevo año. En esta ocasión, el mundo de los vivos y el de los muertos se encontraban. Esta tradición se corresponde con la fiesta cristiana de Todos los Santos y con la fiesta de Halloween.

Imbolc (2 de febrero): era el día en que se bendecían los rebaños; esta fiesta estaba, por lo tanto, dedicada a la fertilidad y a las esperanzas puestas en la primavera, que ya se acercaba. El tema dominante era siempre el del renacimiento de la naturaleza después de los rigores del invierno. En el calendario cristiano coincide con la Candelaria. La naturaleza empieza a despertar, aparecen las primeras flores y los primeros signos primaverales: la Dea Madre Terra se recupera, la luz es cada vez más fuerte y de la tierra despuntan las primeras plantas. Durante un tiempo esta fiesta se caracterizó por que se encendían grandes hogueras que simbolizaban el retorno de la luz tras la oscuridad del invierno. También era el día dedicado a Brigit, la diosa céltica del fuego.

Beltane (1 de mayo): se celebraba el Fuego de Bel, un rito dedicado al dios de la luz, situado entre el final del invierno y el inicio del verano. Aunque, de hecho, era una fiesta opuesta a Samain, en la que se celebraba un mundo oscuro; la interpretación cristiana medieval transformó la fiesta de Beltane en la Noche de Walpurga, dedicada al culto del mal y en la que muchas brujas participaban bailando y practicando sacrificios en honor a Satanás.

En el calendario céltico se correspondía con el Primero de Mayo y se bailaba alrededor de coronas de flores. En el pasado, una sacerdotisa personificaba a la diosa y un hombre (llamado el Rey de Mayo) se unía a ella. Si quedaba encinta, seguramente habría parido a un sacerdote o a un rey si era hombre, y a una sacerdotisa si era mujer.

Lugnasad (1 de agosto): conocida como la Asamblea de Lug, era una fiesta de agradecimiento de tradición agrícola.

Lug era la divinidad que había inventado las artes y las había enseñado a los hombres.

Durante esta fiesta, el aspecto sagrado coexistía con lo lúdico y lo comercial.

LAS HOGUERAS DE BELENUS EN LA GALIA

En el transcurso del solsticio de verano, en la Galia se encendían hogueras en los montes dedicados al dios Belenus. Se plantaban árboles con flores y cintas y se ofrecían huevos. La presencia de los huevos es particularmente interesante y pone de relieve el significado fuertemente simbólico de este producto, que en muchas ceremonias representa la vida y el renacimiento; un simbolismo bien adaptado al tipo de fiesta, celebrada justamente en un momento del año que señala el renacimiento del periodo más fecundo del año.

Del fuego sagrado a la hoguera

Desde tiempos inmemoriales, en el mundo rural se encienden hogueras para festejar momentos particulares del año. Durante estos rituales a veces se quemaban fantoches. En esos fantoches se podía determinar una transposición simbólica de la víctima sacrificada. Asimismo se identificó el espíritu de la vegetación: las cenizas de la hoguera eran esparcidas por los campos y se enterraba un fragmento del fantoche. Podía representar a Judas, Hero días, una bruja, un oso, etc.

En el mundo céltico se encendían hogueras durante el solsticio de verano (22 de junio); esta práctica fue posteriormente cristianizada y se convirtió en parte integrante del culto a San Juan. También en el periodo medieval se festejaba esa fecha encendiendo hogueras y realizando procesiones por los campos con antorchas encendidas. El solsticio de invierno (22 de diciembre) se celebraba del mismo modo y, en algunas zonas, los campesinos corrían por los campos con antorchas encendidas en las manos que simbolizaban el retorno de la luz al campo.

Aunque cristianizadas, estas fiestas estaban todavía cargadas de reminiscencias paganas, como en el caso de las lustraciones, celebradas por los campesinos durante tres días, que precedían el inicio de marzo y son mencionadas en los sínodos de Rímini (1577) y Ferrara (1637). En esa ocasión, se encendían enormes hogueras en las colinas y los límites de los campos, y las zonas plantadas eran recorridas con antorchas encendidas mientras se pronunciaban plegarias y fórmulas para la buena suerte. Estos rituales tenían una función propiciatoria: de hecho, intentaban evitar las calamidades, los rigores del invierno, el hielo, favoreciendo el regreso de la luz, de la buena estación y, por lo tanto, de la renovación de la tierra.

También se atribuía a las hogueras el poder de alejar la enfermedad. En Europa se acostumbraba a acercar la hoguera a los enfermos, de la que al parecer estos extraían influencias favorables; por otra parte, se consideraba que la ceniza obtenida estaba dotada de poderes taumatúrgicos y protectores. La popular tradición de saltar sobre las cenizas aún calientes para protegerse de las enfermedades y el mal de ojo es un vestigio de esta antigua tradición.

En muchas fiestas populares sigue viva la función purificadora del fuego. Antiguamente, en la hoguera se sacrificaban muñecos, objetos o incluso animales, en una especie de recuperación de cruentas prácticas paganas. Julio César, refiriéndose a los ritos célticos, informa de que «ciertas poblaciones construyen estatuas enormes, hechas de mimbre trenzado, que rellenan con hombres vivos y a las que prenden fuego, dejando que mueran entre las llamas» (Cayo Julio César, De bello gallico).

Los animales, los gatos en particular, fueron durante mucho tiempo víctimas de las hogueras y, a menudo, sus cenizas eran recogidas y conservadas como talismanes para protegerse de las enfermedades y el mal de ojo. En Francia se tiraban al fuego serpientes vivas. En las regiones transalpinas, la costumbre era levantar una cucaña junto a la hoguera, ambas bendecidas por el sacerdote. En la pila de leña se podía poner un árbol, llamado árbol de mayo, y encima de este se colocaba una corona de flores. Se dice que durante el reinado del Rey Sol, en el árbol adornado con rosas se colgaba una cesta que contenía dos docenas de gatos y una loba, que tenían que arder en el gran fuego final.

Por último, el fuego de la hoguera también tenía un importante valor sexual: los jóvenes esposos bailaban en torno al fuego para favorecer la fertilidad de la mujer. El baile de las parejas en torno a estas grandes hogueras puede derivar del ritual según el cual el acto sexual tenía que ser consumado junto a árboles sagrados, ya que el encendido del fuego tenía un valor simbólico de acoplamiento: la chispa se encendía con un leño clavado en otro perforado. En los ritos brahmánicos, la noche que precede al encendido del fuego sagrado, se entrega al sacerdote un bastón puntiagudo, mientras que el leño inferior se entrega a la mujer: ambos deben realizar el rito del encendido y están sujetos a tabúes particulares cuando se entregan.

El fuego doméstico

Encerrado en las hogueras y alimentado por los humanos, el fuego domesticado tenía, además de inigualables utilidades prácticas, paralelos significados simbólicos, entre los que destacan los relacionados con la vida familiar. El hogar siguió siendo durante milenios el punto central de la casa, el lugar donde se reunía la familia.

Símbolo de la vida común en la casa, pero también de la familia, en su sagrado significado de pareja unida con el vínculo del matrimonio, alimentado por el nacimiento de muchos hijos, el hogar se convirtió también en símbolo del centro solar, que permite la vida de los seres humanos gracias a su beneficioso calor. El lugar del fuego doméstico era sagrado, y, a menudo, cerca de los caminos se situaban las imágenes de los protectores de la casa, tanto lares como santos. Para muchos pueblos el hogar doméstico era una especie de ombligo del mundo, el punto central del microcosmos familiar, una parte del macrocosmos donde el fuego tenía un valor fundamental.

A su carácter íntimo y familiar se sumaba su carácter mágico. Junto al hogar doméstico se consumaban ritos para que el sol regresara (y para acrecentar su potencia y su calor) y propiciar el advenimiento de la primavera.

El fuego también permitía realizar presagios. En muchas partes de Europa se acostumbraba a observar con atención la forma, el color y el movimiento de la llama para realizar pronósticos de carácter variado, pero principalmente relacionados con la cosecha y la productividad de los animales domésticos. También las llamas, al brotar del tronco, y el humo eran oportunamente observados con el mismo objetivo.

El 31 de diciembre, pocos minutos después de la medianoche, se ponían sobre el fuego doce granos de trigo o de maíz. Si saltaban hacia la casa, era buena señal; si, en cambio, saltaban a través del fuego o se quemaban sin reventar, era mala señal. Si las llamas chisporroteaban, era señal de que una muchacha estaba a punto de casarse, mientras que si tendían a salir de la chimenea saltando hacia delante, era señal de que ese año habría un muerto en la casa.

LOS RITUALES DEL TRONCO DE NAVIDAD

En algunas culturas campesinas, se encendía un tronco en Nochebuena que tenía que arder hasta Nochevieja. En distintas localidades, por la noche, antes de acostarse, cada miembro de la familia lo golpeaba repetidamente con el atizador, y si de la madera ardiente saltaban muchas chispas, significaba que en el transcurso del año nacerían muchos polluelos. El cabeza de familia tenía el deber de encender el fuego. Escogía y preparaba escrupulosamente el tronco de Navidad, que tenía que ser tan gordo que durara hasta la Epifanía; se creía que el que quemara el tronco más grande tendría después el cerdo más gordo. Cerca del camino, en el lugar donde se situaba el tronco, se dejaban algunos pañales, porque a medianoche la Virgen María iría con el Niño para calentarlo y cambiarlo. Muchos campesinos conservaban en el camino un trocito de madera que había quedado de la combustión del tronco de Navidad, ya que se creía que era capaz de ahuyentar a los ladrones. En casi toda Italia, pero también en Francia y en España, era frecuente conservar las cenizas para realizar conjuros contra las tormentas y el granizo y para curar algunas enfermedades de los animales.

Las velas en el mundo antiguo

Es difícil, si no imposible, establecer cuándo, en la historia, se empezaron a utilizar las velas y saber cómo se fabricaban antiguamente. De las fuentes históricas se pueden reunir sólo algunas notas dispersas. Por ejemplo, sabemos que los etruscos utilizaban sebo mezclado con cera, que enrollaban en torno a una mecha obtenida con la médula del junco.

En el mundo hebreo, las velas debían de tener una importancia particular, porque el principal símbolo del pueblo de Yahvé era justamente la Menorah, el candelabro de siete brazos: «También habrá un candelabro de oro puro. El candelabro será trabajado con el martillo; su tallo y sus brazos, sus cálices, sus bulbos y sus corolas estarán todos confeccionados del mismo trozo. Seis brazos saldrán de los laterales […] y encima un brazo de tres cálices en forma de flor de almendra, con bulbo y corola, y así también el otro brazo. […] Sus despabiladeras y cenicero serán de oro puro» (Éxodo, 25, 31-33, 37-40).

En Roma, la vela, llamada cerus, estaba formada por una mecha de médula de junco sumergida en cera de abeja fundida. El término candela, utilizado también en castellano, deriva del latín candere, que significa «brillar». Como para la iluminación se utilizaban con más frecuencia los candiles, se puede suponer que las velas o candelas se usaban sobre todo con fines votivos.

Parece ser que las velas se utilizaban como objetos devotos en las tumbas de los mártires en las catacumbas de la antigua Roma, aunque, en los primeros siglos del cristianismo, conocieron la aversión de algunos pensadores, como por ejemplo Tertuliano, que veía en el uso de velas y candelas una peligrosa reminiscencia del culto pagano de las luces.

En el mundo cristiano existen testimonios del uso de velas ya en el siglo III d. de C., en ritos importantes como los bautismos y cortejos fúnebres.

En torno al siglo XI, se atestiguó el uso de dejar velas encendidas toda la noche durante Pascua y Navidad. Actualmente, la Iglesia católica contempla que las velas del altar deban permanecer encendidas desde el inicio hasta el final de la misa.

Las velas en la devoción popular

En el mundo católico se celebran algunas fiestas en las que las velas asumen un gran papel. En el campo se llevaban a bendecir algunas velas durante la ceremonia de la Candelaria, y después, tras la bendición, se conservaban en casa y se encendían en el momento oportuno: contra los rayos, el granizo y las enfermedades de los animales. También se solían encender las velas bendecidas cuando se velaba a los muertos o se asistía a los moribundos: para ayudarlos se acostumbraba a dejar caer sobre su cuerpo algunas gotas de cera licuada. También durante los partos difíciles se encendían velas bendecidas. Y aún es tradición encender un cirio en el momento del bautismo, para iluminar el camino del recién nacido hacia Cristo; en general, el cirio lo sostiene el padrino, que deberá ser la imagen de referencia y el ejemplo para la vida cristiana del bautizado.

La fiesta de San Juan

Por ciertos aspectos paganos, esta fiesta constituye ciertamente la punta del diamante de los ritos de la tradición campesina. La elección cristiana de dedicar el 24 de junio a San Juan tiene relación con el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre: situando la Anunciación nueve meses antes y basándose la interpretación en el testimonio del Evangelio (Lucas afirma que María se fue a buscar a Isabel en el sexto mes de gestación, en los días de la Anunciación), fue establecido el nacimiento del Bautista, creando un dies natalis totalmente distinto al de los demás santos del calendario, de los que no se celebra nunca el nacimiento.

La elección de la fecha, el 24 de junio, entra en el ámbito de la política llevada a cabo por la Iglesia para eliminar las creencias paganas, superponiéndoles las devociones de la nueva religión. Pero el periodo del solsticio era demasiado importante en las ritualidades precristianas, por lo que, a diferencia de otros cultos, no podía erradicarse con facilidad. Así pues, se fue consolidando una práctica sincretista, en la que las creencias típicamente paganas convivían con el culto cristiano. Los rituales relacionados con la fiesta de San Juan, no del todo apagados en el folclore de muchos países, se pueden poner en relación con las fiestas solsticiales precristianas, en las que se celebraba el ciclo muerte/renacimiento. Estas prácticas han mantenido su propia vitalidad, conservando algunas características invariables: el fuego, los juegos, los desfiles, las danzas, la participación colectiva en una hoguera final, quizá la última memoria de una antigua trasgresión. Sobre la base de esta tradición se fue forjando la creencia de que la noche de San Juan era el momento dedicado a la celebración de los rituales de las brujas.

La Candelaria

De acuerdo con la liturgia oficial de la Iglesia católica, la Candelaria (2 de febrero) coincide con la Purificación de María, que se celebra (igual que en la tradición hebrea) cuarenta días después del parto.

La fiesta de la Candelaria culmina con la bendición de los cirios: se trata de una tradición nacida en Oriente en el siglo VII. En Roma tuvo una gran difusión, conformándose en una procesión articulada (cereorum luminibus coruscans) que quizá se superpuso a otra fiesta purificadora autóctona: las lupercales. Esta fiesta, presidida por Juno, era llamada Iunio Februata, es decir, purificada. Se recupera así con fuerza el tema de la purificación, lo que otorga cierta continuidad ritual al paganismo, característica de muchas fiestas cristianas.

Se sabe que en el siglo VIII la Iglesia romana adoptó una fiesta que era parte integrante de la tradición cristiana oriental del 2 de febrero: la Presentación de Cristo en el Templo. También era conocida como Fiesta de San Simeón, puesto que este hombre aparece en el Evangelio según San Lucas en la Presentación del Niño y la Purificación de María: «Llegado después el tiempo de su purificación, según las leyes de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la ley de Moisés: cada hombre primogénito será consagrado para el Señor. Ofrecieron en sacrificio, como dice la ley del Señor, un par de tórtolas o dos jóvenes palomas. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón: era un hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de haber visto al Mesías enviado por el Señor. Así pues, al principio se dirigió al templo movido por el Espíritu; y cuando los padres llevaban al niño Jesús para cumplir cuanto ordenaba la ley, Simeón lo cogió en sus brazos diciendo: “Ahora, ¡oh Señor!, deja que tu siervo muera en paz según tus palabras, porque mis ojos han visto la salvación que has preparado ante todos los pueblos, luz que ilumina a la gente y la gloria de tu pueblo, Israel”» (Lucas, 2, 22-32). Y así, las fiestas de Juno y las lupercales desaparecían mientras la fiesta de la Purificación de María se consolidaba cada vez más; de hecho, es la única celebración oficial que ha permanecido.

Naturalmente, aunque la fiesta ha sido cristianizada, el pueblo no ha perdido de vista sus aspectos simbólicos, que se expresan en particular con la tradición de la bendición de las velas. Las primeras fuentes cristianas sobre la costumbre de bendecir las velas surgen a finales del siglo IX en algunas zonas francesas; originariamente se encendían, mientras que hoy sólo son bendecidas. Sin duda, el tema del fuego está relacionado con el tema de la purificación, que, como hemos visto, constituye el motivo fundamental de la Candelaria.

Los fieles conservan con gran cuidado los cirios, que serán utilizados como arcaicos medicamentos o cuando una tormenta acecha en el horizonte. En las predicciones meteorológicas tradicionales, la Candelaria, al parecer, señalaría también el final del invierno; así, la sabiduría popular afirma: «Si la Candelaria implora, el invierno ya está fuera».

Con ocasión de esta fiesta se celebra San Blas, que en la Iglesia es recordado por un insólito rito: el sacerdote cruza ante el cuello de los fieles dos velas bendecidas invocando al santo con estas palabras: «Por las plegarias y los méritos de San Blas, Dios te libre de los males de garganta y de todo mal».

Se cuenta que, después de ser condenado a morir decapitado, cuando se dirigía al patíbulo salvó, tocándolo sólo con sus manos, a un niño que se estaba ahogando debido a una espina de pescado que se le había atravesado en la garganta. Este episodio, realizado cuando se dirigía al martirio, puede ser la causa de que San Blas sea considerado el protector de las enfermedades de la garganta.

Las velas para los difuntos

Aún es costumbre en nuestro país preparar una capilla ardiente para realizar el último homenaje al muerto por parte de los vivos. El término capilla ardiente ya nos indica que se trata de un lugar iluminado por la llama de muchas velas, que simbolizan la luz del alma, liberada de la prisión terrenal del cuerpo, que se eleva hacia Dios. Antiguamente, las velas de grandes dimensiones, que se situaban alrededor del catafalco o de la cama sobre la que se acomodaba al difunto, ardían durante todo el tiempo que se destinaba a velar al difunto, y cuando se consumía por completo, se sancionaba el momento último de la separación.

El cirio de Pascua

Durante la Cuaresma, en muchas zonas se suele encender una hoguera, pero es en el mundo católico sobre todo donde está fuertemente presente el rito del cirio pascual. Se apagan todas las luces y las velas presentes en las iglesias y se enciende un nuevo fuego, símbolo del Cristo que renace. De esta llama tomará vida el cirio pascual y de allí todas las demás velas que iluminarán la iglesia. En los orígenes del cristianismo, el patriarca de Alejandría era quien establecía la fecha de la Pascua, que la fijó en el domingo siguiente al decimocuarto día de la luna nueva de marzo. La fecha se esculpía sobre una columna que era transportada hasta Roma y entregada al Papa. Para evitar los inconvenientes del transporte, se pensó en sustituir la columna de mármol por una de cera, que era encendida la noche del Sábado Santo y que se dejaba arder hasta la mañana de Pascua.

Fiestas católicas

SANTA ÁGATA

En Catania (Italia), entre el 3 y el 15 de febrero, durante la fiesta en honor a Santa Ágata, los participantes invocan una curación o un milagro, o bien dan gracias a la santa por sus extraordinarios poderes terapéuticos. El momento central de las celebraciones es la ofrenda de las velas, que deben ser altas por tradición y con un peso correspondiente al que requiere el milagro. También se llevan en procesión once grandes cirios entregados por las respectivas corporaciones gremiales locales. Se considera que, cada año, durante los tres días de festejos, en Catania se registra un movimiento de cerca de un millón de fieles.

SAN BLAS

Se celebra el 3 de febrero en la Iglesia católica y el día 1 de febrero en la Iglesia oriental.

San Blas fue obispo de Sebaste, en Armenia, y murió mártir en el siglo IV d. de C. Es el patrón de los animales salvajes y de todas las personas que padecen enfermedades de la garganta. Al ser un gran taumaturgo, artífice de milagros y curaciones, fue arrestado por los paganos, que lo torturaron con peines de hierro arrancándole la carne a tiras: este sanguinario suplicio ha hecho que San Blas haya sido considerado también el patrón de los cardadores. En Alemania, Suecia y Hungría, San Blas es venerado entre los 14 santos auxiliadores a los que se dirigen los devotos para pedir ayuda en caso de enfermedad.

ADVIENTO

Las velas se utilizan también durante el Adviento, que sanciona el inicio del año litúrgico; esta liturgia es atestiguada en Oriente a partir de los siglos IV-V. La experiencia de los días que se acortan caracteriza estas cuatro semanas en las que se vive esperando la Navidad. Antiguamente, en Suiza, en el momento de la misa de Adviento matutina, de origen medieval, se solían llevar a la iglesia faroles de viento.

La corona de adviento, de tradición nórdica, llegó a Suiza en los años veinte y treinta, y se impuso después de la segunda guerra mundial. Se trata de una especie de roscón trenzado con ramas de pino, decorado con lazos rojos y con cuatro velas blancas, que deben encenderse, una cada vez, los cuatro domingos de Adviento.

En otros tiempos, las mujeres se arreglaban con bellísimas composiciones de flores secas, sabiamente preparadas y unidas a ramos de bayas de colores chillones, espigas o hierbas aromáticas.

SAN NICOLÁS

San Nicolás se celebra el 6 de diciembre. Su culto empezó a difundirse en Europa occidental después de que su cuerpo fuera trasladado a Bari (Italia) en el año 1087. San Nicolás ocupó la función de portador de dones, que en las escuelas conventuales y capitulares era cubierta por un niño vestido de obispo. El compañero de San Nicolás nació de la unión entre el portador de dones cristiano y una antigua máscara que se encuentra en el Klausjagen de Küssnacht am Rigi, donde los Iffeler (los que se ponen grandes mitras iluminadas por velitas, llamadas Iffele) son el símbolo del ulterior desarrollo en el uso de los adornos luminosos fuera del ámbito eclesiástico. De origen medieval como en Lucerna (1496), o moderno como en Zúrich (de 1947), muchas Sociedades de San Nicolás mantienen la tradición: por ejemplo, Friburgo celebra la fiesta de este santo, patrón de la ciudad, con un fasto particular y miles de velas encendidas.

SAN ANTONIO

Se celebra el 17 de enero. Su atributo es una cerda, y es invocado contra el fuego de San Antonio. Especialmente en Francia y en el Ticino (Italia), se bendicen los animales y los automóviles, y los campesinos encienden tantas velas como animales presentes haya en la factoría.

RITOS Y SUPERSTICIONES POPULARES

Como muchos otros objetos de uso diario, también las velas se utilizan para realizar pronósticos. Veamos algunos.

 Para protegerse de las tormentas, los campesinos franceses encendían una vela bendecida el día de San Lázaro.

 Cuando la vela no se encendía, es que estaba llegando una tormenta.

 Si la llama de la vela chisporroteaba, significaba que seguidamente caerían rayos.

 Si una vela encendida se consumía sin gotear cera, significaba la llegada de un periodo de sequía.

 Si cuando uno se casaba se apagaba una vela del altar, el matrimonio acabaría mal.

 Cuando se apagaba de repente una vela sin causa aparente, significaba la llegada de la muerte.

 Si se despedazaba voluntariamente una vela, se atraía la mala suerte.

 Antes de entrar a vivir en una casa nueva se desarrollaba el rito de la bandiga: el dueño de la casa entraba y encendía una vela en cada estancia, así la luz bendecida alejaba las desgracias.

 Si la llama de la vela se alargaba, había un espíritu positivo en la habitación.

 En Suecia, los niños ponían velas encendidas detrás de los cristales de las ventanas para mostrar el camino a Santa Klaus.

 Cuando se cumplen años, se debe pedir un deseo: para ello es necesario apagar todas las velas de la tarta de una sola vez.

 Si se deseaba ser feliz todo el año, era necesario encender todas las velas del árbol de Navidad con el mismo fuego.

 La noche de Halloween se ponen velas encendidas dentro de una calabaza para alejar a las brujas.

 Cuando un animal se ponía enfermo, se acostumbraba a encender en el establo una vela consagrada el día de San Antonio Abad. Si la vela se apagaba antes de haberse consumido completamente, el animal moriría.

OTROS RITOS

Los ritos de Pascua de muchas localidades europeas siguen una ceremonia muy rígida que incluye: la bendición de las ramas de olivo o las palmas y la lectura de la Pasión el Domingo de Ramos; el progresivo apagado de las velas y el silencio de las campanas el Jueves Santo; la misa sin consagración el Viernes Santo; la bendición del fuego, el encendido del cirio y el estallido de las campanas el Sábado Santo, y el Domingo de Pascua, la misa solemne en la iglesia adornada de fiesta e iluminada por muchas velas.

En algunas zonas de España y del sur de Italia, durante la procesión las mujeres llevan en la cabeza objetos devotos, que pueden estar llenos de grano o servir de base a las velas. Los alimentos y las luces son así símbolos asociados a la feminidad durante los ritos y representan a la mujer como nodriza y redentora.

Es particularmente curioso un rito que se desarrolla en el cantón suizo Tesino: las parturientas que temen por la vida del recién nacido se dirigen a la iglesia de la Miglieglia, donde reciben del párroco doce velas que deben colocar debajo de las figuras pintadas de los apóstoles, seis a cada lado, en el ábside.

Antiguamente, las velas se colocaban con algunas gotas de cera directamente en las paredes, como lo atestiguan los restos de cera fundida aún presentes en los muros. Cuando se encienden, se celebra una misa seguida del canto de las letanías de los santos. Mientras tanto, las velas son retiradas y apagadas una tras otra; la última en apagarse indicará el nombre que se dará al recién nacido, confiado a la protección del apóstol homónimo.