Introducción

La rata, que pertenece al orden zoológico de los Roedores —¡y que cuenta con más de 1.700 especies!— está presente en prácticamente todo el mundo. Compañera del hombre, a quien ha ido siguiendo en sus desplazamientos a lo largo y ancho del globo, se la considera una de las especies más nefastas que existen. Y con razón, pues no solamente ha atacado desde siempre las provisiones y las cosechas, sino que también fue el origen de numerosas epidemias de peste y de cólera que, durante siglos, diezmaron las poblaciones urbanas y campesinas.

A pesar de su condición de parásito y de su aura poco reluciente, la rata es un valioso auxiliar de la salud humana... por el caro tributo que ha pagado a la investigación científica. Animal preferido de los laboratorios, ha sido utilizado y sigue utilizándose en numerosos experimentos gracias a los cuales los investigadores han podido elaborar medicinas que han salvado muchas vidas.

Mejor aún: los más pequeños especímenes han entrado con fuerza en las familias como animales de compañía. En la lista de roedores especialmente apreciados por los niños —hámsteres, cobayas, ratones, ardillas de Corea, gerbillos y chinchillas—, ocupa la no desdeñable cuarta plaza. Es decir, que la repulsión que sienten los adultos por este pequeño mamífero no es en absoluto compartida por los niños.

Y ello por varias razones. En primer lugar, la compra de una rata de compañía no constituye un gasto importante en comparación con los precios de venta habituales de las ardillas de Corea o las chinchillas (que oscilan entre los 45 y los 130 €). En segundo lugar, porque la rata es un animal cariñoso e inteligente con el que se puede establecer una verdadera relación. Y, por último, porque la facilidad de domesticación de estos animales es considerable.

Son muchas las ventajas que explican el interés que cualquiera de nosotros puede mostrar por este pequeño animal y que justifican plenamente que le prestemos un poco más de atención.

El ratón de campo. (Fotografía de B. Rebouleau)