LIBRO SEGUNDO

Cristóbal Colón

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Colón llega a la costa y los indios huyen. Una ilustración de la primera Carta de Colón narrando sus descubrimientos, publicada en 1493.

CAPÍTULO 4

Sólo propio de monarcas

Tal empresa como aquélla no era sino para reyes.

La reina Isabel al duque de Medinaceli148

Colón era ciudadano de Génova, y esa ciudad marítima parecía por entonces el centro del mundo:

Son tantos los genoveses,

y se asientan tan seguros en cualquier parte,

que van a donde les place

y allí recrean su ciudad.149

Porque los mercantes genoveses dominaban el comercio mediterráneo. El papa Inocencio VIII era genovés. Se llamaba Giovanni Battista Cibo y pertenecía a una familia famosa por sus importaciones marítimas de cereales desde Túnez a Europa. Uno de los Cibo fue gobernador de Chios en el siglo XIV. Giovanni Battista había sido el protegido del austero cardenal Calandrini, hermanastro del papa Nicolás V, fundador de la Biblioteca Vaticana, y era originario de la bonita población fronteriza genovesa de Sarzana. Después de que otro genovés, Francesco della Rovere, fuese elegido papa con el nombre de Sixto IV, Cibo ascendió fácilmente hasta que, en 1484, fue elegido papa con el nombre de Inocencio VIII. Pero no tuvo excesivo éxito como pontífice, y el historiador Guiccardini lo describió como inoperante por lo que se refiere a mejorar el bienestar público.150 La Iglesia y su magisterio tuvieron en Cibo, su cabeza visible, a ojos de todos los cristianos, desde el rey al último campesino, desde arzobispos a simples monjes o sacerdotes, a un inepto representante. Sin embargo, hay que reconocerle la iniciativa para que se construyera una doble fuente en la plaza de San Pedro, así como un templo para la Lanza Sagrada, aparte de que era del dominio público que cualquiera que conversara con él salía consolado.151

Los aristócratas romanos se referían al papa Inocencio como el «marinero genovés». Esto podía sonar a insulto en la Ciudad Santa, pero difícilmente podían considerarlo insultante en cualquier otro lugar. Puede que los genoveses no gozasen de simpatías, pero eran respetados. En Tirant lo Blanch leemos que se encarece al héroe que «derrote a esos malvados genoveses, porque cuanto más crueles sean sus muertes, más glorioso será vuestro nombre».152 El poeta Petrarca, que por entonces era el centro de todos los afectos, consideraba que Génova era «una ciudad realmente regia».153

San Fernando concedió a los genoveses para su uso exclusivo un sector de Sevilla, con su propia capilla, un muelle y unos baños públicos. La familia genovesa de los Centurione era la más importante de las que se dedicaban a los negocios en Málaga, tanto antes como después de su caída ante los cristianos; y Málaga había sido el centro del comercio del oro africano. Otro de los miembros de la familia Centurione importaba azúcar de Madeira, y uno de sus hermanos vendía seda en Granada. La familia Doria vendía aceite de oliva procedente del valle del Guadalquivir, mientras que Francesco Pinelli de Génova (a quienes sus amigos españoles llamaban Pinelo) fue uno de los que financiaron la conquista de Gran Canaria en el archipiélago, donde mandó construir el primer molino de azúcar. Francesco Pinelli se convirtió también en tesorero de la Santa Hermandad, que fue el embrión de la policía nacional castellana. Francesco Ripparolo comerciaba con tintes, especialmente con urchilla, en las Canarias. Años después se dedicó a vender jabón en Sevilla, en atención a lo cual consiguió posteriormente un valioso monopolio. Los Grimaldi de Génova estaban interesados en el comercio del trigo, mientras que sus parientes, los Castiglione, comerciaban con la lana. Entre otras familias de comerciantes genoveses que veían buenas oportunidades en España se encontraban los Vivaldi (de los cuales dos hermanos que se adentraron en el Atlántico en 1291 en busca de «las regiones de la India a través del océano» nunca se volvió a saber más), y la extensa familia de los Fornari, dedicada a la trata de esclavos en Chios. El genovés Lanzarotto Malocello había descubierto (o redescubierto) las islas Canarias hacia 1330, e izó un estandarte castellano en la isla cuyo nombre deriva del suyo: Lanzarote. Otro genovés, Antonio Usodimare, que también pertenecía a una familia de mercaderes, fue el primer europeo en navegar hacia el curso alto del Senegal y el Gambia. Y otro ciudadano genovés, Antonio Noli, fue el primero en establecer, en nombre de Portugal, un sólido enclave en las islas de Cabo Verde. La armada portuguesa había sido fundada por un genovés y había estado al mando de sus descendientes, que adoptaban el nombre de almirante, durante varias generaciones. Los empresarios genoveses fueron pioneros en el cultivo de la caña de azúcar en el Algarbe. La familia Lomellini controlaba el comercio portugués del oro, y parientes suyos dominaban el comercio de la sal y de la plata en Cerdeña, y de la resina en Chios.154 Los genoveses dominaron el comercio en Ceuta, después de su toma por parte de Portugal en 1415, y la mayoría del oro que llegaba desde el África negra en caravanas terminaba allí.155 La soberanía de las islas atlánticas había sido dividida entre los reyes de Castilla y de Portugal mediante un tratado (Madeira, las Azores y las islas de Cabo Verde quedaron en manos portuguesas, y las Canarias en las de los españoles), pero, al margen de que estuviesen bajo bandera española o portuguesa, había genoveses en todas esas islas.

Los genoveses estaban especializados en la trata de esclavos, y, a diferencia de los portugueses, cuyos líderes solían sentirse impulsados por la necesidad de imponer la conversión a los cautivos, no se interesaban por tales cuestiones. En cambio, los de Génova esclavizaban y vendían —en Crimea, Chios, Túnez, Ceuta, Málaga, Granada y otras poblaciones— a hombres, mujeres y niños de todas las razas y colores: circasianos, etíopes, eslavos, bosnios, bereberes y negros africanos, isleños de Canarias y griegos, que subastaban en el mercado.156 Las familias conservaban enclaves en sus ciudades de origen, y aún hoy en día podemos ver algunos de sus palacios, como el de los Doria, que se alza triunfante por encima de las ruinas del siglo XX; y, otros, el de los Centurione, apenas discernible entre los ruinosos edificios cercanos al puerto. Estas suntuosas mansiones eran a menudo embellecidas por tesoros acumulados por la participación en las aventuras españolas, en las que los genoveses se habían adelantado a sus rivales, como los otrora predominantes catalanes, aunque Génova no era una ciudad con mentalidad imperial como Venecia. Los mercaderes genoveses actuaban a su aire, sin consideración de los intereses de su tierra. Su importante papel en la empresa europea en el Atlántico no fue una decisión colectiva ni estatal; se debió al cálculo realista de las ventajas financieras de una cincuentena de familias o asociaciones muy dinámicas.157

Ciertamente, los genoveses no fueron los únicos italianos en establecerse en el sur de España y en Portugal. Así, por ejemplo, Bartolomeo Marchioni, de Florencia, era el tratante de esclavos más importante de Lisboa, y prosperó tanto gracias a la trata de esclavos negros que era considerado portugués honorario. Entre sus socios en Sevilla figuraban Juanotto Berardi y Américo Vespucio, también florentinos, que no sólo traficaban con esclavos africanos comprados en Lisboa, sino también con los suyos propios de las islas Canarias. Y fue un veneciano, Alvise Ca’ da Mosto, quien descubrió las islas de Cabo Verde para el rey de Portugal en los años cincuenta del siglo XV.

La Iglesia de Roma no estaba todavía representada en España en aquellos tiempos por un nuncio permanente, pero de Roma llegaban muchos clérigos y otros italianos que compensaban la ausencia de un embajador permanente, incluso en el campamento español de Santa Fe ante Granada. Entre ellos se encontraba Pedro Mártir de Anglería, un hombre culto nacido en un pueblo a orillas del lago Mayor, que había llegado a España con el conde de Tendilla, ex embajador en Roma. Le habían pedido a Mártir que educase a los hijos de los nobles españoles. Éste escribió expresivas cartas en latín vulgar a sus benefactores italianos, como el cardenal Ascanio Sforza, hermano de Ludovico el Moro, el astuto duque de Milán y también a varios papas. Un capellán humanista y profesor de lengua siciliano, Lucio Marineo Sículo, se encontraba también en la corte, animado a acudir a España por Fadrique Enríquez, hijo del almirante de Castilla.158 Diversos artistas italianos como Nicolás Pisano se aplicaban a revitalizar el carácter y el colorido de los azulejos de Sevilla, y Domenico Fancelli, un inspirado escultor florentino, trabajaría pronto en España en la decoración de los sepulcros.

Pero el intercambio no fluía sólo en una dirección. Había castellanos en Italia, en Bolonia y otras ciudades italianas, y se abrieron consulados catalanes en las ciudades del reino de Nápoles, así como en Venecia, Florencia, Pisa y Génova, donde también había cónsules castellanos. El segoviano Lorenzo Vázquez, «el Brunelleschi español», formado como arquitecto en Roma y Bolonia, estuvo en los años noventa del siglo XV remodelando o reformando el colegio de Santa Cruz, en Valladolid, y trabajó también en el palacio del duque de Medinaceli en Cogolludo, así como en la nueva residencia arzobispal en Guadalajara para el cardenal Mendoza.159

Estos hombres propiciaron las relaciones españolas con el centro de la cultura europea. Aún no había acabado de llegar el momento en el que, gracias a la influencia de la imprenta, Petrarca inspiraría la métrica e incluso los temas de la mayoría de los poemas españoles. Sin embargo, los escritores españoles más ambiciosos de los años noventa se proponían pasar cierto tiempo en Italia, al igual que los ingleses ilustrados harían en el siglo XVIII. Fernando e Isabel no tardarían en enviar allí a sus ejércitos, para apoyar sus pretensiones o reivindicaciones sobre Nápoles, al mando del mejor de sus generales, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, que exclamaría: «¡España, las armas! ¡Italia, la pluma!»160

España valoraba a Italia por algo más que por su literatura. Cuando, encontrándose en Sevilla, le ofrecieron a la reina una lujosa capa para su virgen favorita, ella pidió una de fino brocado italiano, confeccionada por su diseñador favorito, el veneciano Francesco del Nero.161

A pesar del papel de Venecia, Florencia y Roma en la España de Fernando e Isabel, no dejaba de ser una ventaja que el papa de aquellos tiempos fuese genovés por ambas ramas de su familia. También fue oportuno que el eterno suplicante en la corte, el marino de pelo blanco Cristóbal Colón, también hubiese nacido en Génova.

Colón no parecía sentirse muy a gusto en compañía de los grandes mercaderes genoveses, aunque lo cierto es que no se sentía a gusto en ningún ambiente. Ésta es la razón de que unos afirmen que era gallego, otros judío y otros mallorquín.162 Un autor opinaba que Colón hablaba castellano porque, «aunque su familia era medio judía» (como aseguraba dicho autor), emigró de Galicia en 1391. Pero Génova no acogía de muy buen grado a los judíos y todo esto parece una pura fabulación. Colón se había mostrado a menudo hostil con judíos y conversos, tanto de palabra como en sus cartas,163 pero eso no demuestra nada, porque algunos de los antisemitas más acérrimos eran conversos. No cabe duda de que era un verdadero cristiano, de los que preferían no trabajar los domingos.164

El propio Colón recordó que era genovés al tratar de conseguir un mayorazgo en España para su familia en 1497. También por entonces explicó que siempre había deseado tener una casa en Génova.165 En un codicilo a su testamento, redactado poco antes de su muerte, en 1506, mencionó sólo a sus amigos genoveses, sin más excepción que «a un judío que morava a la puerta de la judería en Lisboa».166

El misterio que Colón fomentó acerca del lugar de su nacimiento puede explicarse por el hecho de que se avergonzase de su origen. Porque su padre, Domenico Colombo, que era de Moconesi, en el valle de Fontanabuona, en la parte alta de la ciudad, parece que no fue más que un modesto tejedor, al igual que su madre, Susana Fontanarossa. Es probable que, posteriormente, su padre fuese propietario de una venta en Savona (situada a 56 km al oeste de Génova y pueblo natal del papa Sixto IV), pero eso no constituía un gran ascenso en la escala social. Colón no hablaba nunca de sus padres ni, ciertamente, tampoco de su hermana, Binachinetta, que se casó con un comerciante de quesos, ni de su hermano Giovanni Pelegrino, que permaneció en el hogar paterno. Pero otros dos hermanos, Bartolomeo y Diego, estuvieron siempre con él, tanto en España como en el Nuevo Mundo, y dos de sus sobrinos fueron también a reunirse con él en América. Colón dijo una vez que «no era el primer almirante» en su familia, pero quizá se refiriera a los antepasados de su esposa. El modo de expresarse de Colón y el deje con que al parecer hablaba español han llamado la atención de muchos autores. El padre Las Casas, que lo conoció personalmente, decía que hablaba como si su lengua materna no hubiese sido el castellano.167 Siempre salpicaba la conversación con términos portugueses, lo cual hace pensar, según algunos, que aprendió español durante los años que estuvo en Lisboa, entre 1474 y 1485. Prácticamente nunca escribía en italiano, quizá porque lo que él conocía era el dialecto genovés, que apenas se escribía.

Podemos hacernos una idea de cómo era la vida de joven de Colón a través de sus propios comentarios y de los de su hijo Fernando, que escribió una biografía, muy meritoria en muchos aspectos. Así, por ejemplo, en 1501, les dijo a los reyes que había empezado a navegar a muy temprana edad.168 Según Fernando, su padre había estudiado en la Universidad de Pavía,169 lo cual ha confirmado el padre Las Casas, que dejó constancia de que, efectivamente, Colón había estudiado en Pavía los rudimentos de las «letras» y, especialmente, gramática y latín.170 Pero, de acuerdo con el testimonio del clérigo e historiador Andrés Bernáldez, con quien Colón estuvo una vez en su casa de las afueras de Sevilla, Colón era un «hombre de alto ingenio sin saber muchas letras».171 Lo cierto es que parece dudoso que estudiase en la Universidad de Pavía.

La primera experiencia marítima positiva de Colón tuvo lugar en 1472, cuando tenía veintiún años. Por entonces era un simple marinero, embarcado a bordo de una nave que era propiedad conjunta de Paolo di Negro y Niccoló de Spinola, ambos miembros de famosas familias de mercaderes genoveses. Al parecer, fueron a la posesión aragonesa en Túnez, donde la familia Cibo era poderosa, y capturaron una nave que pertenecía a mercaderes de Barcelona. Colón se embarcó luego en la Roxana, una nave propiedad del mismo Paolo di Negro, hasta la colonia genovesa de Chios, frente a Esmirna, en el Egeo, un puerto isleño especializado no sólo en la venta de esclavos, sino de azúcar del Atlántico en Oriente, así como de resina para elaborar barniz en Occidente. Parece que después, en 1476, se dirigió a Lisboa por primera vez, donde naufragó, después de una batalla naval, presumiblemente contra los castellanos, mientras se encontraba a bordo de la Bechalla, nave perteneciente a otro genovés, Ludovico Centurione. Luego, en 1477, Colón zarpó rumbo a Irlanda, y tal vez recaló en Islandia, a bordo de otra de las naves de Paolo di Negro y de Spindola, y también en esta ocasión como simple marinero.172 Al año siguiente, Centurione le ofreció trabajar para él vendiendo azúcar en Madeira, «una tierra de muchas cañas», como lo expresó el veneciano Alvise Ca’ da Mosto en 1460, y parece ser que Colón aceptó el trabajo, con lo que tuvo ocasión de conocer una nueva colonia de plantadores que ya empleaba a esclavos negros africanos, así como isleños esclavizados de las Canarias (el primer molino de caña de azúcar en Madeira se había instalado en 1452). Colón debió de conocer la compleja red de canales y túneles, algunos de argamasa y otros excavados en la roca, conocidos como «levadas», que llevaban el agua a las aterrazadas parcelas de tierra. Gran parte del azúcar que vendió Colón debió de ir a parar a los Países Bajos, donde a menudo era cambiado por lujosas telas. Pero se desconoce dónde y cuándo realizaba estas ventas, ya que no hay constancia escrita de ello.

Antes de ir a Madeira, quizá en 1477, Colón se casó con Felipa Palastrelli (llamada Perestrelo en portugués), hermana del gobernador hereditario de Porto Santo, la menor de las dos islas del archipiélago de Madeira pero la primera en ser colonizada.

El padre de Felipa, Bartolomeo, que ya había muerto, fue gobernador de Porto Santo antes que su hijo y procedía de una familia de Piacenza, en el norte de Italia. La madre de Felipa, Isabel Muñiz, descendía de un capitán que, en 1147, ayudó a la toma del castillo de San Jorge, que estaba en poder de los musulmanes. Hoy en día existe todavía un barrio lisboeta que lleva por nombre Puerta de Martim Muñiz. El padre de Isabel Muñiz, Gil Ayres Muñiz, tenía una buena hacienda en el Algarbe, y formó parte de la expedición portuguesa para el victorioso sitio de Ceuta en 1420. Pues Colón entró a formar parte, por su matrimonio, de una familia con muchos y muy útiles contactos.

Después de la caída de Ceuta, Portugal llevó a cabo durante medio siglo una asombrosa actividad marítima. Colón debió de estar al corriente de ello incluso antes de llegar a Lisboa, aunque sólo fuese por el papel que los genoveses y otros italianos desempeñaran en esa actividad. La expansión fue auspiciada por don Enrique el Navegante, hermano del rey, y uno de los jefes militares de Ceuta.173 Su primera aventura fue la ocupación, aproximadamente a partir de 1425, del hasta entonces deshabitado archipiélago de Madeira (la isla principal fue llamada así por los frondosos bosques de árboles de buena madera) y, hacia 1431, de las Azores (que en portugués significa «halcones»). Ambos archipiélagos fueron colonizados por los portugueses pero también tuvieron una importante intervención los flamencos y los italianos. Estos archipiélagos producían cera, miel, y tintes de las resinas de sangre de drago y de urchilla, de los que había cada vez más demanda por parte de quienes gustaban de las telas de color violeta. Colón debió de impresionarse por lo lejos que estaban ambos archipiélagos del continente (a mil seiscientos y mil kilómetros respectivamente de Lisboa). Porto Santo, a 47 km de la isla principal, era la más fácilmente cultivable de las dos islas del archipiélago de Madeira. Era fácil de colonizar porque carecía de árboles, era llana y sus aguas rebosaban de peces. La montañosa isla principal del archipiélago estuvo cubierta de bosques hasta que un voraz incendio los destruyó.

Don Enrique el Navegante envió expediciones a lo largo de la costa occidental de África. Probablemente, su propósito era encontrar una ruta marítima hasta los yacimientos de oro africano en el nacimiento de los ríos Níger y Volta. En 1434, uno de sus capitanes, Gil Eannes, bordeó el cabo Bojador, que se había considerado infranqueable, aunque uno de los conquistadores franceses de las Canarias lo había bordeado anteriormente.

Es probable que los musulmanes, para desalentar a los que pretendiesen aventurarse por allí, fomentaran la patraña de que quienes bordeaban el cabo Bojador se convertían en negros y que su barco «hervía».

En años sucesivos, la mayor parte del África occidental fue recorrida por marinos portugueses: Mauritania, los ríos Senegal y Gambia, las islas de Cabo Verde (en 1455), Costa de Oro, Costa de Marfil, costas de la Pimienta, y luego el reino de Benín, la desembocadura del Níger y Camerún fueron descubiertos antes de que Colón llegase a Lisboa.

Un segundo motivo para estas aventuras africanas era estrategicorreligioso. Los miembros de la familia real portuguesa, como buenos soldados cristianos, pretendían atacar al islam desde su retaguardia. En 1470, la captura de indígenas negros para esclavizarlos se había convertido en un objetivo importante de estas expediciones. Lisboa era el principal mercado y allí se vendían y desde allí se enviaban a los mercados mediterráneos tanto cristianos como musulmanes. Muchos italianos habían vuelto a emprender estas operaciones. Uno de ellos, el genovés Luca Cassano, se había establecido como tratante de esclavos en la isla de Terzeira, en las Azores, y el veneciano Alvise Ca’ da Mosto trajo esclavos del curso alto del Gambia. Los Lemollini prosiguieron con sus importantes actividades bancarias en Lisboa. Y el florentino Marchioni, que procedía de una familia conocida en la Crimea portuguesa como tratante de esclavos, estaba empezando en 1470 a afirmarse en este tipo de comercio en la capital.

Desde el punto de vista histórico, los viajes de los portugueses habían parecido menos importantes que los de Colón. Pero, como señaló un viajero holandés en el siglo XVIII, los portugueses sirvieron «para hacer que los perros levantasen la liebre» en la era de la expansión europea.174 Estos viajes de los portugueses iniciaron efectivamente una era de descubrimientos, de los que Colón se convertiría en el héroe principal, y fueron de una asombrosa audacia innovadora, especialmente notable para una pequeña nación que nunca había destacado especialmente en la historia.

Durante un tiempo, Colón y Felipa, su esposa, vivieron en Lisboa, en la casa de su madre, Isabel Muñiz. Luego se trasladaron a Porto Santo y posteriormente a Funchal, en Madeira, donde Felipa murió al dar a luz a su hijo Diego. Colón regresó entonces a Lisboa y trabajó allí como librero y como cartógrafo. Su hermano Bartolomeo, que sentía por él una gran devoción, se reunió con él en Génova. Allí entabló amistad con marineros y mercaderes que conocían la mar Océana, como llamaban entonces al Atlántico, porque la mayoría de las personas cultas seguían creyendo, de acuerdo con las teorías del geógrafo griego Ptolomeo, que aquella gran superficie de agua rodeaba una sola masa de tierra.

Se contaban muchas historias curiosas en el extranjero por aquellos años acerca de navegar hacia el oeste para encontrar más islas atlánticas, como por ejemplo «Antilla», y «Brasil», o las islas de Santa Úrsula y St. Brendan. El mar parecía un espacio mágico, y la curiosidad por la idea de los «Antípodas» se acrecentó por la publicación en 1469 en español de la geografía del griego Estrabón, el geógrafo del siglo I que incluso había llegado a hablar de la posibilidad de «navegar directamente desde España hasta las Indias».175 Los portugueses enviaron aproximadamente una docena de expediciones marítimas hacia el oeste entre 1430 y 1490. Quizá algunos marineros portugueses hubiesen oído hablar de las expediciones de los noruegos a Groenlandia, Vinland y al norte de América. Al fin y al cabo, el último groenlandés de origen noruego no murió hasta el siglo XV.176

Ya hacía muchas generaciones que se había comprobado que la Tierra era esférica. Los astrónomos griegos de Mileto ya aventuraron, hacia el año 500 a. J.C., que el mundo era una esfera. Esta idea la desarrolló Pitágoras poco tiempo después. Aunque gran parte del saber griego se perdiese posteriormente, la Iglesia católica había aceptado la hipótesis hacia el año 750 de nuestra era y, en el siglo XV, la «esfericidad» de la Tierra era generalmente aceptada. Sólo los más ignorantes seguían manteniendo que la Tierra era plana.

Colón embarcó con una expedición portuguesa a lo largo de la costa de África occidental hasta la nueva fortaleza de El Mina, en Costa de Oro, y recaló en las islas de Cabo Verde que eran, en mayor medida aún que Madeira, bastante más que una colonia de plantadores, muy dependiente del trabajo de los esclavos de la cercana África. Por otra parte, parece evidente que Colón se enroló como marinero, aunque quizá ahora con mayor rango. Parece que se detuvo en la «costa de la Pimienta», donde dijo haber visto sirenas. Este viaje debió de tener lugar bien en 1481, cuando la fortaleza de El Mina aún se estaba construyendo, o bien en 1485, cuando el cartógrafo José Vizinho estuvo allí enviado por el «perfecto príncipe», el rey Juan, para calcular la altitud del sol en la perpendicular del ecuador. Parece que Colón estuvo acompañado en este viaje por su hermano Bartolomeo.177 En estos viajes debió de familiarizarse mucho con el tipo de nave que había permitido a los portugueses hacer tantas expediciones, la carabela, una pequeña embarcación de vela latina con una velocidad, maniobrabilidad y pequeño calado que les permitía navegar con viento en contra más eficazmente que las antiguas naves de vela cuadra.178

Colón leía tanto como viajaba. Probablemente a través de sus lecturas tuvo conocimiento de la sorprendente afirmación de Séneca de que era posible navegar desde España hasta las Indias en unos pocos días.179 Examinó la resumida información de Marco Polo, fijada en lo alto del puente Rialto de Venecia para orientar a otros viajeros, y también su «memoria», dictada a un compañero de cautiverio cuando estuvo en una cárcel genovesa. El libro de este último rebosaba de historias apasionantes, entre las que se incluían relatos protagonizados por amazonas y por hombres con cabeza de perro. Marco Polo dijo que Japón estaba a 1500 millas al este de China y que había 1378 islas frente a las costas de Asia.180

Otro libro que leyó Colón, por entonces o quizá un poco después, fue Imago Mundi, de Pierre d’Ailly, un cosmógrafo de principios del siglo XV que fue asimismo obispo de Cambrai y cardenal y confesor del rey de Francia. D’Ailly había tratado no sólo de astronomía, sino también de las dimensiones de la Tierra. Aventuró que el Atlántico era estrecho, y que Séneca estaba en lo cierto al decir que, con vientos favorables, era posible cruzarlo en pocos días, y que los Antípodas existían. Junto a la primera de estas proposiciones, Colón anotó en su ejemplar: «No hay que creer que el océano cubra la mitad de la tierra.»181 Otra obra estudiada por Colón fue La descripción de Asia, escrita por el papa sienés Pío II («Aeneas Silvius», Piccolomini), que señaló que todos los mares eran navegables y todas las tierras habitables. Pío II también creía que era posible viajar desde Europa hasta Asia a través de las Indias.

Como es lógico, Colón examinó también una nueva edición de la geografía de Ptolomeo, su Cosmographiae, el libro más famoso sobre el tema, conocido a través de una traducción latina a partir de 1406, publicada en Vicenza en 1475 y de la que se hicieron innumerables reediciones. Esta obra, que había sido escrita hacia el año 150 de nuestra era por un erudito de Alejandría, nombraba unos ocho mil lugares e incluía mapas y tablas. La idea más importante de la obra era que «el principio fundamental de la geografía era la exacta fijación de la posición mediante la latitud y la longitud astronómicamente determinadas».182 Gran parte de la información procedía de lo que el autor había oído decir pero, pese a ello, fue considerada en su época una obra con base científica. Probablemente, Colón vio la segunda edición, publicada en Bolonia en 1477, que incluía veintiséis mapas de Asia, África y Europa. También leyó la curiosa obra, de gran éxito, del viajero imaginario) sir John Mandeville, que inventaba relatos de sus aventuras y de cuya obra no tardaron en publicarse varias ediciones. Quizá consultase también mapas pertenecientes a su suegro, porque parece posible que Perestrelo (Palastrelli) se encontrase entre quienes aconsejaban a don Enrique el Navegante acerca de la exploración del océano.183

Finalmente, Colón encontró varias cartas de un viejo erudito y humanista florentino, Paolo del Pozzo Toscanelli que, en una carta de 1474 dirigida a un canónigo portugués llamado Fernando Martins, uno de los capellanes del rey Alfonso V de Portugal, comentaba que era totalmente posible establecer una ruta hasta China por el oeste: «Envío a Su Majestad este mapa trazado por mí... y en el que he marcado las costas e islas que pueden servir de punto de partida al emprender esa travesía navegando siempre en dirección oeste.»184 Toscanelli era el director de una empresa florentina que comerciaba con pieles y especias, y comentó también haber hablado con el rey de Portugal de «la ruta más corta desde aquí a las islas de las Indias, donde crecen las especias, una ruta más corta que la de Guinea». El viaje podía interrumpirse en «Antilla» o Japón. Colón escribió una copia de esta carta en su ejemplar del libro del papa Pío II. En otra carta, Toscanelli añadía que el emperador de China pensaba que esta ruta occidental desde Europa hasta su país debía de tener unas 3900 millas náuticas pero que, personalmente, él creía que era más probable que tuviese 6500. Toscanelli le envió a Colón una copia de esta última carta, tal vez en 1481.185 Posteriormente le comentaría también al genovés: «Y estoy persuadido a que habréis visto por mi carta que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»186

Como consecuencia de ello, Colón empezó a hacer planes. Partió de aceptar la opinión de Pierre d’Ailly de que el Atlántico no era tan ancho como parecía,187 y la de Toscanelli, de que podía ser cruzado. Fernando Colón escribió que su padre empezaba a pensar que «de la misma manera que algunos portugueses navegaron hasta tan lejos hacia el sur, podría uno navegar hacia el oeste, y que era lógico encontrar tierra a lo largo de esa ruta».188 Fernando añadía que su padre anotaba toda idea útil que los mercaderes pudiesen aportar, hasta «convencerse de que al oeste de Canarias y de las islas de Cabo Verde había muchas islas y muchas tierras a las que se podía llegar».

Toscanelli fue la decisiva influencia en Colón, y lo menciona una y otra vez en sus cartas. En el diario de su primer viaje habla de «Paolo Físico» más a menudo que de sus compañeros españoles. Sin embargo, Toscanelli era también muy fantasioso y, al estimar la distancia entre las Canarias y Japón se equivocaba en un 300 por ciento.189

Desde el siglo XV en adelante, empezó a circular la historia de que, para llegar a sus conclusiones, Colón se inspiró en un «piloto desconocido», acaso un portugués o un andaluz que, en su lecho de muerte, le contó haber sido arrastrado por una tormenta hasta las Indias Occidentales mientras se dirigía desde Portugal a Inglaterra. Se decía que el piloto le había hablado de gente desnuda que vivía amistosamente al sol de lo que pudiera ser el Caribe. La mayoría de los historiadores del siglo XVI (como, por ejemplo, Fernández de Oviedo, López de Gómara y Fernando Colón) descalificaron la idea, que era contraria a lo que esperaba Colón, que nunca aventuró que podían encontrar pueblos primitivos en su nuevo mundo. Por el contrario, esperaba encontrar a los refinados shoguns Ashikaga de Japón y a los emperadores Ming de China. Pero la historia se siguió propagando e incluso en el siglo XX, varios distinguidos escritores han dado credibilidad a la historia del «piloto desconocido».190 Por ejemplo, un historiador ha escrito que Colón supo a través de «él», «no sólo la existencia de islas oceánicas en el oeste, pertenecientes según él a las Indias Orientales, sino la distancia exacta desde el Viejo Mundo, así como su posición exacta en el inmenso mar».191 Pero «el piloto desconocido» es innecesario para explicar la determinación de Colón porque, con las opiniones de Pierre d’Ailly y de Toscanelli, un francés y un florentino, su plan estaba prácticamente hecho.

En 1484, Colón elaboró un proyecto para navegar rumbo oeste hacia Japón y China en nombre del rey Juan, que había prestado más atención que ningún otro soberano a la idea de los descubrimientos geográficos. Los exploradores portugueses ya habían descubierto desarrollados principados, como el de Benín, y habían explorado grandes ríos africanos como el Senegal, el Gambia, el Níger e incluso el Congo. A principios de los años ochenta del siglo XV, Diego Cão llegó al cabo de Buena Esperanza, de ahí que no fuese muy probable que el rey se entusiasmara por ningún plan que ofreciese una ruta occidental hacia China. Sin embargo, Juan sometió el plan de Colón a una comisión de expertos (la primera que tendría que afrontar el genovés en los diez años siguientes). Por entonces, era una práctica común, al igual que en nuestros tiempos, que los gobiernos se asesorasen por comisiones de expertos acerca de cualquier proyecto importante.

Esta comisión, constituida en Lisboa y llamada Junta dos Matemáticos, estaba formada por el cartógrafo José Vizinho, con quién probablemente Colón viajó hacia el África occidental; por el obispo de Ceuta, Diego Ortiz de Vilhegas (un castellano natural de Calzadilla, cerca de Coria, en la provincia de Cáceres),192 y por el excéntrico astrónomo Maestre Rodrigo, con quien Colón ya había comentado anteriormente la delicada cuestión de la altura a la que se encontraba el sol en la vertical del ecuador.

La junta decidió que Japón debía de estar mucho más lejos de lo que Colón (y Toscanelli) pensaban, y estaban en lo cierto. Por tanto, concluyeron que no era posible aprovisionar de agua y alimentos a una expedición que implicaba cruzar tan enorme superficie del océano. No sería posible mantener la disciplina de una tripulación durante un viaje tan largo y precario. Pero en cuanto el rey Juan rechazó el plan de Colón, parece que, por consejo del obispo Diego Ortiz, envió una carabela rumbo oeste desde las islas de Cabo Verde para explorar el Atlántico. Regresó al cabo de muchos días sin aportar ninguna novedad.193

Al ver rechazado su plan en Portugal, Colón decidió probar suerte en España, país que aún no había visitado. España, al igual que Portugal, tenía ya enclaves en el Atlántico, concretamente, las islas Canarias, en cuya colonización los genoveses estaban representando un papel muy importante. Colón debió de ser consciente de ello y debió de comprender, a raíz de una carta de Toscanelli, que las Canarias eran el mejor lugar desde donde embarcar para una travesía transatlántica.

El archipiélago canario estaba formado por islas de muy distinta extensión. La más próxima se encontraba a cincuenta millas de la costa noroccidental de África y a setecientas cincuenta del suroeste de España lo que, en circunstancias normales, significaba una travesía de trece días desde Cádiz. El archipiélago, que era probablemente lo que en otros tiempos llamaban «las islas afortunadas», fue, como ya hemos comentado antes, visitado por primera vez en el siglo XIV por una flota castellana encabezada por el genovés Lanzarotto Malocello; otra expedición castellana dirigida en 1402 por los aventureros franceses, Jean de Béthencourt, señor de Grainville, en Normandía, y Gadifer de la Salle, de Poitou. Béthencourt fundó una especie de principado en Lanzarote y otras dos islas menores, Fuerteventura y Hierro. La oposición de la población indígena fue allí menos fuerte que en Gran Canaria y en Tenerife. Béthencourt repartió la tierra de la que se apoderó entre sus seguidores, especialmente castellanos aunque también normandos. Pero se produjeron protestas y los portugueses plantearon reivindicaciones. Don Enrique el Navegante ambicionaba las islas y luchó sin éxito para hacerse con ellas. A la postre, las autoridades dominantes serían los miembros de la familia Medina-Sidonia, los nobles de Sevilla, y los Peraza, también de origen sevillano. Los misioneros trataron de convertir a la población indígena incluyendo a los de las islas aún no conquistadas, mientras que los capitanes de barco capturaban a muchos otros para venderlos como esclavos en España.194

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Los portugueses terminaron por aceptar el control castellano de las islas Canarias en virtud del Tratado de Alcáçovas de 1479, así como de una franja de territorio continental que se encontraba frente al archipiélago, el actual desierto del Sahara y, por tanto, del «mar Pequeño», que era una de las mejores zonas pesqueras. A cambio, Castilla aceptó el dominio portugués de las Azores y de Madeira y su monopolio del comercio con el resto de África occidental.195 Posteriormente los castellanos, dirigidos por el jerezano Pedro de Vera, lograron tras una fuerte lucha dominar Gran Canaria en 1487. También conquistaron La Palma, a principios de 1491, de modo que sólo Tenerife seguía en poder de la población indígena.

El origen de la población canaria era un misterio. ¿Eran bereberes, africanos o europeos? Probablemente fuesen de origen bereber, aunque no se sabe con certeza, ni tampoco qué aspecto tenían. Los comentarios de Colón al respecto no ayudan mucho, ya que se limita a decir que «no eran de color claro ni oscuro», y en los registros de la venta de los isleños como esclavos aparecen tantos de «piel clara» como de «piel oscura».196 A principios del siglo XV los franceses se refirieron a ellos como «altos y formidables». No parece que los isleños conociesen la navegación (o tal vez la habían olvidado) y, por tanto, no habían salido nunca del archipiélago, y ni siquiera habían viajado de una isla a otra. Tampoco conocían el pan, no tenían caballos y la caballería castellana los aterrorizó. Hablaban muchas lenguas y estaban gobernados por numerosos reinos pequeños e independientes. Eran buenos guerreros combatiendo con piedras y palos, pero la población estaba diezmada por el contacto con las enfermedades europeas. Las islas estaban muy poco pobladas, por lo que los españoles pudieron actuar allí a su antojo. Gran Canaria tenía probablemente unos seis mil habitantes, Tenerife unos catorce mil y el resto unos mil quinientos.197

Las islas Canarias se convirtieron en una fuente de ingresos para Castilla. En los años ochenta del siglo XV, numerosos indígenas fueron secuestrados y vendidos como esclavos en Andalucía. Como no habían tenido el menor contacto con el islam, se los consideraba más fiables que los bereberes (los musulmanes eran notoriamente conflictivos, porque solían permanecer fieles a su religión). Varios miembros de la corte española, como el primer consejero Gutierre de Cárdenas, tenían saneados ingresos gracias a la venta de urchilla, de cuya comercialización tenían el monopolio. Otro consejero, compañero de Cárdenas, Alonso de Quintanilla, había logrado la ayuda de genoveses sevillanos para la financiación de estas conquistas. Ludovico Centurione tenía un molino de caña de azúcar en Gran Canaria en 1484, pese a que la conquista de la isla aún estaba incompleta, y Juan de Frías fue nombrado obispo de Rubicón.

No parece que Colón hubiese visitado las Canarias antes de ir a España,198 porque si lo hubiera hecho, lo habría comentado. El hecho de que supuestamente hubiese tenido un romance con quien posteriormente sería gobernadora de hecho de La Gomera, Beatriz de Bobadilla, no significa nada, porque la conoció en Córdoba. Pero, tal como hemos comentado, antes de ir a España, Colón sabía que cualquier capitán español que navegase hacia occidente haría bien en recalar en las Canarias como base porque, tal como Toscanelli había sugerido, dicha travesía debía empezar lo más al sur posible, con objeto de aprovechar los vientos dominantes. Los vientos del Atlántico soplan en el sentido de las agujas del reloj, en lo que semejan grandes ruedas. El carácter latitudinal de este régimen de vientos sería la clave para navegar al Nuevo Mundo durante generaciones, y Colón debió de comprenderlo así a través de sus conversaciones con marineros portugueses en Lisboa.

Colón llegó a Huelva en la segunda mitad de 1485 y se dirigió al monasterio franciscano de La Rábida, cerca de la desembocadura en el Atlántico del río Tinto, llamado así por el color rojizo del lodo de sus aguas. Los monjes del convento no sólo estaban interesados en las necesidades de los marineros, sino que tenían muchos conocimientos y ofrecían ayuda técnica. Por ejemplo, sabían que avistar una bandada de pájaros debía indicarle a un capitán de barco la cercanía de tierra. Entre quienes habían estado en La Rábida se hallaba fray Francisco (Alfonso) de Bolaños, que se había consagrado a la evangelización de las islas Canarias y de Guinea, e incluso había conseguido que el papa se pronunciara tibiamente en favor de los esclavos y que criticase la trata.199 Fray Juan Pérez le habló a Colón de astronomía, y Colón trabó además amistad con fray Antonio de Marchena. Por entonces, La Rábida era una especie de universidad en materia marítima.200 Un hermano lego de la orden que se encontraba en el monasterio, Pedro de Velasco, había sido en su juventud piloto de Diego de Teive, que sirvió a don Enrique el Navegante y fue uno de los primeros en plantar caña de azúcar en Madeira. También en su juventud Velasco buscó la Atlántida, y a menudo comentaba que cuando se avistaban bancos de nubes al atardecer en el mar era señal de que podían estar cerca de tierra. Porque en el mar también había espejismos, «ya que una neblina caprichosa todo lo tapa y muchas veces se confunde con unas nubes bajas que parecen formar montañas, colinas y valles».

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Años después, algunos recordarían el momento en que Colón llegó al monasterio, un resplandeciente edificio bajo un esplendoroso cielo azul, y que pidió agua y pan para su hijo Diego, que por entonces tenía seis años.201 El jardín es sin duda mucho más bonito en la actualidad que entonces: las buganvillas y los cipreses que ahora lo embellecen tanto no pudieron estar allí en los años ochenta del siglo XV, pero el vivo color amarillo de las losas del patio, las paredes blancas y las tejas de torres y tejados son en la actualidad muy similares a como eran en la época.

Marchena y Pérez urgieron a Colón a ir a la corte de Castilla. Ambos estaban bien relacionados y Pérez había sido confesor de la reina. Le entregaron cartas de presentación a modo de credenciales. De manera que, después de rezar ante el hermoso Cristo de La Rábida, Colón partió hacia Sevilla y luego a Córdoba, donde se encontraba la corte. Dejó a su hijo Diego con su cuñada Briolanja Muñiz, casada con el aragonés Miguel Muliart y que, por entonces, vivía cerca de Huelva, en San Juan del Puerto.202

Colón llegó a Córdoba en el verano de 1485. Allí conoció a Beatriz Enríquez de Arana, una joven de Santa María de Trasierra, localidad situada pocos kilómetros al norte de la ciudad. La muchacha estaba bajo la tutela de su tío, un vecino poderoso en esa tierra, Rodrigo Hernández de Arana. Colón vivió con ella y con ella tuvo un segundo hijo, ilegítimo, llamado Fernando. Colón pudo contar también con el apoyo de consejeros de los monarcas, como Talavera, confesor de Isabel; Santángel, el tesorero; Quintanilla, el más eficiente de los cortesanos de la reina; Juan Cabrera, el más íntimo amigo del rey, e incluso del cardenal Mendoza, cuya ayuda era sumamente deseable.203 Probablemente, Colón hizo estas amistades gracias a fray Marchena y a Pérez. Pero, aunque Colón los conociese, estos hombres poderosos no podían garantizarle una audiencia con la reina, y tuvo que seguir a la corte, en el otoño de 1485, a través de Castilla, en sus usuales peregrinaciones, más allá de Andújar y de Linares, y luego Valdepeñas, Ocaña y Alcalá de Henares, a las afueras de Madrid.

Alcalá era una ciudad de los Mendoza, a media jornada hacia el oeste de su palacio principal de Guadalajara. Allí, en un lujoso palacio episcopal, donde estuvo el destruido alcázar musulmán que todavía alza su mole gigantesca al borde de la ciudad, y gracias al apoyo del cardenal, al fin Colón logró ver a la reina.204 Parece que Mendoza le dijo a Isabel que el genovés era astuto, inteligente, competente y versado en cosmografía, y sugirió que la Corona debería ayudarlo con algunas naves; podían costar poco y aportar grandes beneficios.

Mendoza seguía siendo la personalidad más poderosa en España después de los monarcas, y fue el primer hombre público influyente, tanto en España como en Portugal, en comprender la importancia de las ideas de Colón. Por su parte, Quintanilla debió de pensar que sería conveniente que España explorase más allá del cabo Bojador para no dejarle a Portugal en exclusiva la labor de explorar el océano.

La primera conversación entre Colón y los monarcas, celebrada el 20 de enero de 1486 en el palacio del cardenal, no fructificó.205 El rey Fernando se había hecho con un ejemplar de la Geografía de Ptolomeo de antemano y, por lo visto, no le pareció que dicha obra apoyase la propuesta de Colón. El rey estaba interesado en las islas Canarias, como puesto avanzado en la ruta hacia los yacimientos de oro africanos.206 Ciertamente, los monarcas parecían sentir curiosidad acerca de la ruta de la que hablaba Colón, y se interesaron por un mapa del mundo que Colón les mostró y que tal vez trazó su hermano Bartolomeo («el mapa-mundi [...] [les] puso en deseo de saber de aquellas tierras»),207 y Colón «les fizo relación de su imaginación»208 y lo peor fue que debió de dejarles claro que él quería ser almirante del océano, virrey y gobernador. (Probablemente había hecho lo mismo en Portugal.)209 Todos estos títulos tenían implicaciones para la Corona española. Aunque la designación de «almirante» podía tener para Colón connotaciones con el significado que le daba al título la familia genovesa Pessagho en la armada portuguesa, en España se prestaba a comparaciones con el «almirante de Castilla», un cargo declarado recientemente hereditario para los miembros de la familia Enríquez, primos del rey Fernando.210 Además, sólo había un precedente de que Castilla hubiese nombrado un virrey, el de Galicia (aunque el rey de Aragón tenía facultades para nombrar virreinatos). Es probable que a Fernando lo irritasen especialmente estas exigencias. ¿Gobernador? Era un término que, respecto a un cargo, sólo se había utilizado en relación a Galicia, el marquesado de Villena, y las islas Canarias. Por lo demás, el término era desconocido.

Por supuesto, tanto Fernando como Isabel eran herederos de reyes que, en sus tiempos, habían fomentado mucha actividad en el extranjero. La civilizada casa real de Aragón siempre se había interesado por el mundo exterior, y el tío de Fernando, el rey Alfonso el Magnánimo, había pasado mucho más tiempo en Nápoles que en España. Túnez había sido casi una posesión aragonesa en el siglo XIII, y las conquistas africanas seguían siendo consideradas muy deseables. De modo que Colón no estaba tratando con aislacionistas.

Sin embargo, las pretensiones personales de Colón ignoraban las preocupaciones de los reyes a causa de la guerra contra Granada. Como señaló el padre Las Casas, «porque esto es regla general, que cuando los reyes tienen guerra poco entienden ni quieren entender en otras cosas».211

Las relaciones de los Reyes Católicos con la república de Génova no eran por entonces muy buenas. De ahí que diese la impresión de que las ideas de Colón se dejaban a un lado. Unos treinta años después, el abogado Tristán de León escribió que la dificultad estaba en que «la única certeza era la palabra de Colón».212 Pero Colón les dijo a los monarcas que les presentaría a una persona que creía en él, y recurrió a fray Antonio de Marchena, de La Rábida, que aseguró que lo que Colón afirmaba era básicamente cierto. Marchena escribió para sugerir que, por lo menos, se hiciese una investigación, como se había hecho en Lisboa.213 Su monasterio había apoyado la conquista de las islas Canarias, con objeto de aumentar el número de cristianos; Colón parecía ofrecer la oportunidad de ampliar la evangelización.

Los monarcas accedieron a la idea de formar la comisión, cuyo miembro más importante, el «presidente», fue el confesor de la reina, Talavera, a quien se pidió que reuniese «personas que estuviesen sumamente versadas en cosmografía, que no abundaban mucho en Castilla».214 Durante los trabajos de la Comisión, se accedió a pedir a Colón que permaneciese en la Corte, estuviese donde estuviese, y que se le pagase una pequeña «ración» de doce mil maravedís.215

Pero los trabajos de la comisión se retrasaron debido a los reveses en la guerra de Granada. Colón tuvo que esperar, pero empleó su tiempo bastante bien. Ganó algún dinero trazando mapas, y conoció a personas influyentes, como sus paisanos genoveses Pinelo y Rivarolo Francesco, que habían ayudado a financiar la conquista de Canarias y del aún más poderoso Gutierre de Cárdenas. Puede que estas personalidades pensaran que, como mínimo, Colón podía proporcionarle a Castilla nuevas islas como las Canarias. Pero lo más importante fue la amistad que Colón trabó con el teólogo dominico Diego de Deza, que hasta hacía poco había sido profesor de Teología en Salamanca y que por entonces era prior del colegio de San Sebastián en la misma ciudad, así como principal tutor del heredero del trono, el infante Juan, a quien daba clase diaria de latín. No está claro qué propició que Colón y Deza trabasen tan íntima amistad, pero el caso es que se hicieron muy amigos, en lo que quizá influyeron sus afinidades. Esta amistad hizo que Colón mantuviese una buena posición.216

Deza le proporcionó alojamiento en el convento dominico de Salamanca y le presentó a sus amigos, incluida la niñera del infante, Juana Velázquez de la Torre, y al primo de ésta, Juan Velázquez de Cuéllar, tesorero del príncipe. El infante estaba muy encariñado con Juana y, en cierta ocasión, antes de cumplir los diez años, le dijo: «Debéis casaros conmigo y con nadie más.» También Colón le cogió afecto y se convirtió en su confidente.217 El cardenal Mendoza siguió interesándose por Colón y a veces lo invitaba a cenar, como hacía el contador Quintanilla. Además, Talavera seguía pagando a Colón regularmente ciertas cantidades de dinero, tal como habían decidido los monarcas.

La comisión investigadora, en la que Talavera era el miembro más influyente, se reunió en el invierno de 1486 en Salamanca; sus conclusiones fueron tan negativas como las de la comisión formada en Lisboa. Aquellos grandes hombres, sin duda bienintencionados, concluyeron al igual que sus homólogos portugueses que, sencillamente, lo que Colón aseguraba respecto a la distancia hasta China y a la facilidad de viajar hasta allí no podía ser cierto. La comisión pensó que la Corona no tenía nada que ganar apoyando a Colón y que, si le prestaba su ayuda, la autoridad real se vería mermada.218

La decisión le fue comunicada a Colón en agosto de 1487. La comisión dulcificó la brutalidad de su conclusión diciendo que no excluía la posibilidad de que, algún día, cuando la guerra de la Corona contra Granada se hubiese ganado, pudieran reconsiderar su decisión. Es posible que el predispuesto Deza insistiera en que se incluyese este matiz en la respuesta de la comisión. Aun así, Colón se desanimó y, tras un tiempo de reflexión, decidió regresar a Portugal. Su hermano Bartolomeo le había escrito hacía poco que en Portugal volvía a respirarse optimismo, pues Bartolomeu Díaz se disponía a partir aquel mismo mes de agosto para llevar a cabo una nueva tentativa de llegar al extremo más meridional de África (el padre Las Casas escribió que Bartolomeo llegó a tomar parte en el heroico viaje).219 Aquel año, otro viajero portugués, Pero de Covilhan, llegó a Calicut, en la India, a bordo de una nave de peregrinos musulmanes procedente del mar Rojo. A principios de 1488, el rey Juan envió a Colón un salvoconducto para Lisboa, que Colón mostró a Fernando y a Isabel en Murcia.220 Pero por entonces los Reyes Católicos seguían preocupados por la guerra contra Granada.

De vuelta en Lisboa en octubre de 1488, Colón tuvo un nuevo fracaso. El rey Juan había cambiado de opinión acerca del valor de la ruta atlántica hasta China, pero había enviado una pequeña expedición hacia el oeste al mando del flamenco Ferdinand Van Olmen (Fernao d’Ulmo) con dos carabelas —aportadas por él mismo— para descubrir «una gran isla o islas donde se dice que pudiese haber siete ciudades». Pero nadie volvió a oír hablar de aquel viaje. El jefe de la expedición, Van Olmen, al que daban por desaparecido o por muerto, tuvo que partir de las Azores que, como Colón sabía bien, era un punto de partida menos favorable que las Canarias.

Probablemente Colón se encontraba en Lisboa, aunque en diciembre de 1488, al regresar Bartolomeu Díaz, volvió a Lisboa, quizá acompañado por Bartolomeo Colón, después de bordear el extremo meridional de África, que optimistamente llamó cabo de Buena Esperanza.221 Después de haber encontrado una buena ruta por el sur hacia la India, el rey de Portugal no estaba interesado en una ruta por occidente.

Tras un nuevo fracaso en lograr el apoyo que necesitaba, Colón pensó tantear a los reyes de Francia e Inglaterra. España y Portugal no eran los únicos países marineros, de modo que envió a su hermano Bartolomeo a Londres.222 Pero su mala suerte persistió, puesto que Bartolomeo aparentemente fue capturado durante la travesía por piratas que lo tuvieron dos años encarcelado. Colón no se enteró de inmediato de su nuevo revés, y regresó al monasterio de La Rábida que, por entonces, parecía ser el único lugar que tenía tiempo para él y sus ideas. Fray Antonio de Marchena le mostró el mismo entusiasmo de siempre, al igual que fray Juan Pérez. Marchena le sugirió a Colón que podía ser muy beneficioso para él hablar con el duque de Medina-Sidonia, cuyas naves dominaban el estrecho de Gibraltar, y que desde su palacio blanco, que señoreaba frente a Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, controlaba la pesca local. El duque era popularmente conocido como «el rey de los atunes». Había realizado grandes inversiones en azúcar en las islas Canarias y no tardaría en tener importantes propiedades en Tenerife; sin duda iba sobrado de naves. Pero el duque de Medina-Sidonia había comprometido su flota en la guerra contra Granada, y el encanto y persistencia de Colón no hicieron mella en él.223

Los siguientes pasos de Colón son un misterio. Lo que sabemos es que los monarcas enviaron cartas a los concejos municipales de Andalucía, ordenándoles que proporcionasen alimentos y alojamiento a Colón porque estaba llevando a cabo «algunas cosas cumplideras a nuestro servicio».224 Quizá les prestaba algún tipo de asesoramiento acerca de la guerra, aunque es difícil concretar de qué se trataba. Fuera lo que fuese, debió de propiciar otra entrevista con la reina; en esta ocasión la vio a solas, en el castillo de Jaén, porque Fernando se hallaba en el campamento militar de Baza.

Parece que Isabel habló largo y tendido con Colón, a quien dejó con la impresión de que quizá podría ayudarlo cuando Granada cayese. Por entonces, la reina tenía un ejemplar de las descabelladas historias de «sir John Mandeville» y, aunque era muy realista, siempre había tenido debilidad por los soñadores. Por ejemplo, su principal aliado, el arzobispo Carrillo, le presentó en los años setenta a un tal Fernando Alarcón, que había prometido convertir todo su hierro en oro. Es posible que, en aquella nueva conversación, Colón le refiriese su nuevo viaje a África en los años ochenta, y quizá también le expresara su convencimiento de que tenía el apoyo divino, y de que Jerusalén y su liberación estaban siempre en su mente. Al final de aquella conversación, Isabel le dio a Colón más dinero para sus gastos y lo invitó a estar presente con su séquito en la esperada rendición de la ciudad musulmana de Baza a finales de 1490.

Al no tener noticias de su hermano Bartolomeo, pero quizá sabedor de que se había encontrado con dificultades, Colón decidió ir a Francia, pero el teólogo Deza lo convenció para que no fuese.225

Al poco, Colón tuvo un golpe de suerte: conocer a Luis de la Cerda, que entonces tenía casi cincuenta años y era el primer duque de Medinaceli. Podría haber sido rey, pero sus antepasados abandonaron sus reivindicaciones, pese a que éstas tenían una buena base. Sin embargo, el rey Fernando había reconocido que, si la familia real se extinguía —como podía suceder—, el duque podría heredar el trono.226 Al igual que la mayoría de los nobles, el duque era nieto del famoso marqués de Santillana y, por tanto, sobrino del cardenal Mendoza y primo del duque de Alba. El duque compartía jurisdicción sobre El Puerto de Santa María y controlaba Huelva. Aunque no era un guerrero, tomó parte en todas las guerras contra Granada, y en una ocasión rechazó destacar tropas propias para ponerlas al mando del conde de Benavente: «Decidle a vuestro señor que he venido aquí al frente de mis hombres para servirlo y no van a ir a ninguna parte sin mí.»227

El duque tenía por entonces su residencia principal en El Puerto de Santa María y, con una de sus criadas, Catalina del Puerto, tuvo varios hijos, entre ellos Juan, que lo sucedería. Su mayordomo, un tal Romero, posiblemente judío, le habló de Colón, de modo que el duque mandó llamar al genovés para hablar con él.228 Quedó impresionado; es más: convencido. Le proporcionó dinero, alimentos y alojamiento. Colón habló largo y tendido no sólo con el duque, sino también con varios marineros y, probablemente, con el corregidor de El Puerto, el historiador Diego de Valera, que era ya setentón y que había escrito varias historias de Castilla. Había adoptado una posición monárquica: «Recordad que reináis en este mundo en nombre de Dios —le dijo al rey después de la toma de Ronda—. Está claro que Nuestro Señor desea que se cumpla lo que ha sido el propósito durante siglos, o sea, que no sólo deberéis poner todos los reinos de España bajo el supremo cetro real, sino dominar o subyugar regiones allende los mares.» También había escrito al rey Fernando, en 1482, acerca de sus ideas para lograr la victoria frente a Granada.229 Era de la clase de personas con las que, sin duda, le hubiese gustado hablar in extenso a Colón. El duque y su hijo Carlos habían tenido un excelente comportamiento en la guerra naval contra Portugal en los años setenta, y se habían ganado la confianza de los reyes. No cabe duda de que Colón habló también con Carlos, que había estado al mando de una flota frente a las costas de África.

El duque de Medinaceli quería ayudar a Colón, pero como un duque leal cercano al trono, no se sentía libre para actuar sin la aprobación de los monarcas. De manera que le escribió a la reina insinuando su disposición a apoyar a Colón.230 Ésta le contestó agradeciéndole sus comentarios, y diciéndole que era un verdadero placer tener en su reino a personas tan maravillosas como él, dispuestas a actuar con dicho espíritu de servicio público. Pero «tal empresa como aquella no era sino para reyes».231 La reina no quería que los nobles pretendiesen conseguir territorios independientes para sí mismos, ni en las Indias ni en ninguna otra parte. Sin embargo, pidió que ordenasen a Colón presentarse de nuevo en la corte sin demora.

El duque se sintió contrariado pero aceptó que la voluntad de la reina era la voluntad de Dios. Y uno o dos años después le escribió a su tío, el cardenal Mendoza, en estos términos:232 «No sé si sabe vuestra señoría cómo yo tuve en mi casa mucho tiempo a Cristóbal Colomo, que se venía de Portugal y se quería ir al Rey de Francia para que emprendiese de ir a buscar las Indias con su favor y ayuda, e yo lo quisiera probar y enviar desde el puerto que tenía buen aparejo con tres o cuatro carabelas que no me demoraba más; pero como sí que era esta empresa para la Reina nuestra Señora, escrebilo a su Alteza desde Rota y respondióme que se lo enviase.»233

De modo que el hastiado genovés regresó una vez más a la corte, que entonces se encontraba a las afueras de Granada. Sin embargo, se detuvo cierto tiempo en Medinaceli, porque no apareció en la vega de Granada hasta mediados del verano de 1491. Y, como tantas otras veces, llegó en un momento inoportuno. El campamento se incendió justo después de que Colón llegó. Nadie estaba interesado en sus ideas y Colón decidió una vez más ir a Francia. Pero antes de partir decidió ir de nuevo a La Rábida y, de camino, se detuvo en Córdoba para, quizá por última vez, despedirse de su amante Beatriz Enríquez y de su hijo Fernando.

Colón llegó a La Rábida en octubre. Los monjes comprendieron que estaba dispuesto a conseguir el apoyo francés, y le rogaron que se quedase allí algunas semanas, mientras volvían a comunicarse con la reina. Fray Juan Pérez, ex confesor de Isabel y «guardián del monasterio», le escribió a la soberana diciéndole que, si no cambiaba de opinión acerca de Colón, sería demasiado tarde. Su carta la llevó a Santa Fe un piloto de Lepe, Sebastián Rodríguez. La reina contestó que recibiría a Colón de inmediato, y envió veinte mil maravedís para que se comprase ropa adecuada para comparecer en la corte y un mulo para desplazarse. De nuevo se dispuso Colón a cruzar Andalucía, muy esperanzado.

El papel representado por fray Juan Pérez fue importante. Pertenecía a la rama de la orden franciscana que había sido influida por el «milenarista» cisterciense Joaquín de Fiore, abad de dos monasterios de Calabria en el siglo XII. Fray Juan quería que la Corona apoyase a Colón, convencido de que lo que el abad Joaquín había llamado premonitoriamente «la última época de la humanidad» estaba a punto de empezar.

Sin embargo, una vez más, las esperanzas de fray Juan Pérez y de Colón fuesen desalentadas. Por lo pronto, Colón tuvo que volver a someter su proyecto a una comisión de «personas de rango eminentísimo»; tampoco en este caso se sabe quiénes eran exactamente, aunque es probable que la comisión la presidiese Talavera; también cabe aventurar que participasen el duque de Medinaceli, así como Alesandro Garibaldi, un humanista recién llegado de Génova que era uno de los profesores del infante Juan. Es de suponer que Colón volvió a desplegar sus mapas, a mostrarles las cartas de Toscanelli, su interpretación de las ideas de D’Ailly, sus notas sobre Ptolomeo, las que había tomado sobre Mandeville y el papa Pío II, y los recuerdos de sus viajes por el Atlántico. Posiblemente volvió a mencionar la posibilidad de poder financiar una campaña para recuperar Jerusalén: «[...] protesté a Vuestras Altezas que toda ganançia d’esta mi empresa se gastase en la conquista de Hierusalem, y Vuestras Altezas se rieron, y dixeron que les plazía, y que sin esto tenían aquella gana.»234

Pero en aquellas semanas Granada estaba a punto de rendirse, y la mente de los monarcas, de los cortesanos y de sus cultos consejeros estaba centrada en el Viejo Mundo. La comisión no tomó ninguna decisión de inmediato y Colón aguardó durante todo aquel otoño, sin otra cosa que hacer que observar cómo los musulmanes de Granada empezaban a considerar rendirse sin lucha.

CAPÍTULO 5

Por el amor de Dios, decidme qué cantáis

¡Por Dios te ruego, marinero, digasme ora ese cantar!

Yo no digo esa canción

sino a quien conmigo va.

El conde Arnaldos al marinero de la nave mágica

En noviembre de 1491 se debatió en Granada la posibilidad de rendirse ante los cristianos. Un relato árabe refiere cómo se desarrollaron los acontecimientos en una asamblea consultiva, en la que participaron personalidades del emirato, nobles y ciudadanos corrientes, además de juristas islámicos, representantes de los gremios, ancianos, hombres doctos y aquellos valientes caballeros que aún seguían con vida (y, ciertamente, todo aquel que en Granada tuviese cierto criterio sobre los asuntos del emirato).235 Todos ellos se dirigieron a ver al emir, Boabdil, y le explicaron que la población se hallaba en un estado lamentable. Granada era una ciudad grande, e incluso en tiempos de paz el abastecimiento de alimentos era precario. ¿Cómo iban a componérselas cuando apenas recibiesen aprovisionamiento? La ruta por la que llegaban los alimentos desde los ricos pueblos del valle de las Alpujarras por el sur había sido cortada. Los mejores guerreros musulmanes habían muerto, y los que seguían con vida estaban debilitados por las heridas. La población no podía salir de la ciudad en busca de alimento ni tampoco para cultivar la tierra.

Pocos de los hermanos musulmanes del norte de África habían cruzado el mar para ayudarlos, pese a habérselo pedido. El enemigo cristiano era cada vez más fuerte y estaba reforzando todas las estructuras para afirmar el sitio. Sin embargo, con la llegada del invierno, gran parte del ejército enemigo se había dispersado y las operaciones militares se habían suspendido. Si los musulmanes querían iniciar conversaciones con los cristianos en aquellos momentos, la iniciativa sería sin duda bien recibida. Probablemente, los cristianos accederían a lo que se les pidiese. Pero si aguardaban a la primavera, los ejércitos cristianos atacarían, los musulmanes estarían más débiles y el hambre se habría recrudecido. Quizá los cristianos no aceptasen las condiciones que los musulmanes pusieran, en cuyo caso ni ellos ni la ciudad se salvarían de la conquista. Algunos musulmanes que habían huido al campamento cristiano probablemente estarían dispuestos a indicarles a sus nuevos amigos cuáles eran los puntos vulnerables de las defensas. Una rendición honorable parecía más conveniente que una brutal derrota militar.

De modo que se convino en que «debían enviar un emisario para hablar con el rey cristiano. Algunos [musulmanes] pensaban que, secretamente, Boabdil y sus ministros ya habían convenido en entregarle la ciudad a Fernando pero que, temerosos de la reacción de su pueblo, lo habían engañado. Sea como fuere, el caso es que cuando los líderes de Granada enviaron un mensaje a Fernando se encontraron con que el monarca estaba encantado en acceder a sus peticiones...».236

Los detalles de la rendición los concretaron el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que hablaba árabe y era la estrella ascendente en el ejército español, y Al Mulih, el gobernador árabe de la ciudad, que preguntó: «¿Qué seguridad puede tener Boabdil de que el rey y la reina permitirán que mi señor conserve las Alpujarras [los territorios que se encuentran entre la ciudad y el mar que los musulmanes insistieron en que debían seguir en su poder], que es la primera cláusula de nuestras negociaciones y de que lo tratarán como a un pariente?» «La obligación se respetará, señor gobernador —repuso Gonzalo Fernández de Córdoba—, mientras su excelencia Boabdil siga al servicio de Sus Altezas.»237

El 28 de noviembre de 1491, las condiciones de la rendición, llamadas capitulaciones, fueron ratificadas por ambas partes.238 Eran unas condiciones generosas, y ambos monarcas las firmaron con el eterno secretario Hernando de Zafra como testigo. El artículo principal estipulaba que el rey musulmán rendiría a Isabel y a Fernando la fortaleza de la Alhambra y el Albaicín, «al objeto de que Sus Altezas puedan ocuparlos con sus tropas». Los monarcas cristianos aceptarían a todos aquellos que viviesen en Granada como vasallos y «súbditos naturales». Los musulmanes podrían conservar sus casas y sus tierras para siempre. Boabdil y su pueblo vivirían «de acuerdo a su propia religión y no se permitiría que se les arrebatasen sus mezquitas». El pueblo conquistado también seguiría «rigiéndose por sus leyes». A quienes optasen por marchar a Berbería (al Norte de África), se les permitiría vender sus propiedades y obtener con ello todo el beneficio que pudiesen. Se pondría a su disposición desplazamiento gratuito a donde quisieran, en grandes naves, durante tres años. Los musulmanes que permaneciesen en Granada no tendrían que vestir una indumentaria que los distinguiese, y pagarían los mismos impuestos que hubiesen pagado hasta entonces. Los cristianos no podrían entrar en las mezquitas sin permiso. Los judíos no podrían ser nombrados recaudadores de impuestos de los musulmanes, ni tener ninguna autoridad sobre ellos. Los musulmanes podrían seguir celebrando sus ritos. Los litigios entre musulmanes serían juzgados por sus propias leyes, y todo litigio entre personas de distinta religión tendría dos jueces, uno musulmán y otro cristiano. Todo musulmán cautivo que lograse huir a Granada sería declarado libre.

Ningún musulmán sería obligado a convertirse al cristianismo contra su voluntad. No se les exigiría devolver los bienes de los que se hubiesen apoderado durante la guerra. Los jueces, alcaldes y gobernadores nombrados por Fernando e Isabel serían personas que respetasen a los musulmanes y que los tratasen «amorosamente». A nadie se le pediría cuentas por nada de lo ocurrido durante la rendición. Todos los prisioneros serían liberados; los que estuviesen en Andalucía antes de cinco meses, y los que estuviesen en Castilla antes de ocho. Las leyes musulmanas sobre la herencia serían respetadas, así como todas las donaciones que se hubiesen hecho o se hiciesen a las mezquitas. Los musulmanes no serían reclutados para servir a Castilla contra su voluntad, y los mataderos cristianos y musulmanes serían independientes.

Estas condiciones eran similares a las que los antecesores aragoneses de Fernando negociaron varias generaciones antes para la rendición de Valencia. En la novela Amadís de Gaula se aludía a la conquista en estos términos: «Aquella santa conquista que el nuestro muy esforçado rey hizo del reino de Granada.»239 Ciertamente fue una conquista benigna, a tenor de los datos; recuerda la sentencia de Clausewitz de que la mayor victoria es aquella en la que una ciudad se rinde sin lucha. También fue un precedente de lo que ocurriría en América, donde tuvieron lugar innumerables rendiciones de pueblos no cristianos a los españoles.

Cuando los prisioneros de Granada fueron entregados hubo gran entusiasmo y un clérigo santo empezó a gritar que los musulmanes seguían seguros de vencer con sólo invocar el nombre de Mahoma. Se produjo una sublevación y Boabdil estuvo detenido en la Alhambra durante cierto tiempo. El emir escribió a Fernando diciéndole que pensaba que la ciudad debía serles entregada de inmediato, sin aguardar a la Epifanía, tal como se había previsto, con objeto de evitar que se recrudeciesen protestas de la misma naturaleza.240

El 1 de enero de 1492, Gutierre de Cárdenas, el mismo mayordomo de Isabel que la había proclamado reina dieciocho años antes en Segovia, fue escoltado a caballo por Al Mulih e Ibn Kumasha al palacio de la Alhambra para aceptar la rendición de la última ciudad musulmana de Europa occidental. Allí recibió las llaves de la ciudad y entregó un escrito a modo de recibo. El 2 de enero, él y sus hombres tomaron los puntos fuertes de Granada y colocaron campanas en las mezquitas. Colón recordó posteriormente haber visto los pabellones de Castilla y Aragón ondear en las torres de la Alhambra. Entretanto, Boabdil entregó formalmente las llaves de la ciudad a Fernando, que a su vez se las entregó a la reina, que se las regaló al infante Juan. El infante se las entregó al conde de Tendilla, que, por supuesto, era miembro de la familia Mendoza y que sería el nuevo gobernador cristiano.241 De ahí que el granado que era el emblema de Granada pasara a formar parte del escudo de armas de Castilla.242

El conde de Tendilla, nuevo gobernador, y Hernando de Talavera, recién nombrado arzobispo de Granada, entraron en su ciudad con Cárdenas. El 6 de enero lo hicieron solemnemente los monarcas, aunque siguieron viviendo en Santa Fe.243 La Alhambra les pareció a todos una maravilla: Pedro Mártir le escribió al cardenal Arcimboldi de Roma exclamando: «¡Oh, dioses inmortales, qué palacio! [...] Es único en el mundo.»244

La conquista se celebró en toda Europa. En Roma, el cardenal Rafaelo Riario encargó una representación escénica de los acontecimientos de Granada y, el 1 de febrero, el cardenal Borgia, entonces decano del colegio cardenalicio, ofreció una corrida de toros en Roma (algo jamás visto hasta el momento),245 y presidió una procesión entre la iglesia de Santiago de los Españoles y el palazzo Navona, donde el papa Inocencio celebró una misa al aire libre para festejar la victoria. La caída de Granada fue un acontecimiento que a Roma le pareció que compensaba por la caída de Constantinopla en 1453. Ciertamente, compensaba por la pérdida de Otranto en 1480, cuando doce mil de sus habitantes murieron a manos de los musulmanes, que los sometieron a horribles torturas. Muchos fueron echados a fosos, donde fueron devorados por perros, y el anciano arzobispo que había permanecido en su templo hasta el último momento fue descuartizado.246

La labor de incorporar Granada a Castilla quedó en manos del gobernador, el conde de Tendilla, y del arzobispo Hernando de Talavera, ayudados por el secretario real Hernando de Zafra. Descendiente de judíos, Hernando de Talavera se mostró tolerante con los musulmanes. Aprendió árabe y preparó un sencillo catecismo que permitiría a los nuevos cristianos conocer su fe. Además, contrató predicadores para que explicasen a los musulmanes en qué consistía el cristianismo. Su entusiasmo era contagioso, y llegaron a llamarlo el «alfaquí santo» («el amado líder»). Como consecuencia de ello, logró la conversión de miles de musulmanes. El conde de Tendilla, igualmente tolerante, permitió que, en general, las mezquitas siguiesen funcionando, aunque transformó la principal en catedral, posteriormente reconstruida por Egas y Siloe al estilo renacentista.247 Entre doscientos y trescientos mil musulmanes, entre los que se encontraban aquellos que se habían rendido desde 1481 en otras ciudades, se unieron a Castilla. La mayor parte de la tierra del valle se había repartido ya entre los conquistadores y entonces se repartió el resto, y gran parte de la ciudad a continuación. Aún podemos ver por los topónimos vestigios de estas particiones. Así, por ejemplo, las estribaciones de sierra Nevada, al sur de Guadix, son conocidas aún como el «marquesado de Cenete», aunque el marqués no existe.248

En estas nuevas y dramáticas circunstancias, la comisión designada para reconsiderar los planes de Colón se reunió en Santa Fe y, como de costumbre, llegó a una conclusión negativa. Isabel y Fernando aconsejaron a Colón que abandonase Granada lo antes posible. Y, ciertamente, se marchó furioso a Córdoba, y no a La Rábida, «con determinada voluntad de pasarse a Francia».249 Es posible que ya hubiese tenido noticias de su hermano Bartolomeo, que por entonces estaba libre y en Inglaterra, acerca de que varios capitanes de barco habían zarpado desde Bristol con carabelas en busca de «la isla de Brasil», como informó años más tarde el embajador español en Londres Pedro Ayala.250

Pero el tesorero aragonés Luis Santángel intervino y, según Fernando Colón, convenció a la reina para que cambiase de opinión.251 Al parecer, Deza y Cabrero actuaron de manera similar con Fernando.252 Santángel le dijo a Isabel que el riesgo que corría era pequeño en comparación con la gloria que podía aportarle aquella oportunidad. Si otro rey patrocinaba a Colón, y el viaje resultaba un éxito, la reina sería muy criticada. Según Santángel, Colón era «un hombre sabio y prudente y de excelente inteligencia». Apeló a su deseo de destacar entre los monarcas y de «haber intentado saber las grandezas y los secretos del universo».253 Santángel añadió que era consciente de que su mediación excedía «las reglas o límites de su oficio» de tesorero, pero que tenía «animo notifarle lo que en mi corazón siento».254 Al contable jefe de Castilla, Quintanilla, siempre le había agradado Colón, y volvió a hablar de él en consonancia, mientras Beatriz de Bobadilla, que seguía siendo la primera dama de honor de la reina y la mujer más influyente de la corte después de Isabel, parece que habló con ella a favor de Colón.255 También el socio de Santángel, Pinelo, apoyó al genovés.

De modo que finalmente convencieron a la reina, que dijo que aguardaría hasta que las reparaciones de guerra le permitiesen disponer de fondos suficientes aunque, si Santángel lo consideraba necesario, estaba dispuesta «a empeñar sus joyas para costear la expedición».256 Santángel dijo secamente que no sería necesario; que él encontraría fácilmente el dinero, dos mil quinientos ducados, o más, si era necesario; al fin y al cabo, era poco dinero en comparación con lo que podían obtener.257 En la práctica, el dinero lo aportaron en parte Santángel y en parte Pinelo.258 Quizá pensaran cínicamente que, al margen de lo que decía Colón respecto a China y a la India, por lo menos encontraría más islas como las Canarias. Algunas de las joyas de Isabel estaban ya en el banco de Santángel en Valencia, entre las que se incluía un collar de oro con rubíes, en prenda por 25000 florines que pidió prestados para la campaña de 1490 que sirvió para la toma de Baza. También le entregó a Santángel en prenda una corona a cambio de 35000, y otra, con más joyas, por 50000 florines que fueron gastados en la catedral de Barcelona.259

En abril de 1492, los monarcas enviaron a un alguacil de la corte como mensajero para que mandase comparecer a Colón. Pero el enfurecido genovés ya había abandonado Santa Fe y se encontraba en Pino, a unos ocho kilómetros al norte. Colón se proponía viajar hasta Francia, y se dice que el mensajero lo alcanzó en el viejo puente.260 El mensajero debió de dejarle muy claro que la opinión de los monarcas había cambiado completamente, pues de no darle seguridades de que esta vez lograría su propósito, Colón no habría regresado.

En Santa Fe, Santángel y luego los monarcas recibieron a Colón y dieron instrucciones al experimentado secretario aragonés, Juan de Coloma, para que redactase unos documentos que encomendaban a Colón hacer los descubrimientos que siempre había deseado. Al fin había vencido.

Una balada española refiere que un tal conde Arnaldos, un día de San Juan, el 24 de junio, en pleno verano, fue a cazar con halcón. Desde lo alto de un acantilado vio una nave con una vela de seda. Un marinero estaba cantando una canción que calmó el mar, aplacó los vientos e hizo que los peces asomasen a la superficie y que las aves marinas se posaran en el mástil. «¡Por Dios te ruego, marinero —exclamó el conde—, digasme ora ese cantar!» Pero era una canción mágica y el marinero contestó: «Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va.» El marinero era seguramente una encarnación de Colón. A diferencia de los monarcas, los nobles y los secretarios, que habían vivido siempre en Castilla o en Aragón, Colón había viajado a lejanas tierras: África, las islas del Atlántico, del Egeo, a Argel e incluso a Irlanda. Había estado buscando ayuda por todas partes. Su vida era propia de una novela de caballerías, porque en tales obras los héroes estaban siempre pidiendo audiencia a los reyes, halagando a las reinas y solicitando su ayuda. Pero sus grandes viajes no habían hecho más que empezar.

Los reyes de Castilla y Aragón fundaron el Imperio español en las Américas cuando, el 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se comprometieron a apoyar la expedición de Colón, aceptando sus extraordinarias condiciones. Ambos monarcas, y sus respectivas secretarías, fueron partes contratantes en las llamadas capitulaciones.261 Posiblemente, el secretario Juan de Coloma utilizó un borrador de Colón que, a su vez, probablemente redactó fray Juan Pérez, como texto de partida. Eso explicaría el énfasis puesto en las cuestiones que afectaban al estatus de Colón.262

El documento del 17 de abril incluía cinco artículos. En el primero se nombraba a Colón almirante de «las dichas mares oceanas» y de todas «aquellas islas e tierra firmes» que «ha descubierto», título equivalente al del tío del rey, Fadrique Enríquez, que era «almirante de Castilla». Por lo que se refiere a Enríquez (aunque sólo a partir de 1472), el título sería hereditario. Colón sería nombrado también virrey y gobernador general de todas las islas y territorios que descubriese en el futuro. Estos títulos también serían considerados hereditarios, en contra de todos los precedentes. Además sería nombrado «don», que por entonces era un título específico que designaba a un hidalgo con privilegios (como, por ejemplo, no pagar impuestos). Respecto a todos los cargos públicos en los territorios recién descubiertos, Colón tendría el derecho de nombrar tres candidatos (una terna), de entre los cuales el rey nombraría a uno; se trataba de una antigua costumbre castellana. Colón tendría también el derecho a una décima parte de todo aquello (perlas, oro, plata, otros metales preciosos, especias, etc.) que encontrase en los nuevos territorios. En todas las naves que tomasen parte en el comercio con esos nuevos territorios, Colón podría cargar una octava parte de todas las mercancías. Finalmente, Colón debería ser informado de todo litigio que pudiera producirse como consecuencia del comercio en esos o con esos nuevos territorios.263

La expedición proyectada por Colón no exigiría una gran inversión, sólo dos millones de maravedís en total. En contraste, la boda de la infanta Catalina en Londres con el príncipe Arturo costó sesenta millones de maravedís, y los ingresos anuales del duque de Medinaceli, sólo de El Puerto de Santa María, eran superiores a los cuatro millones.264 Los monarcas habían gastado mucho más de lo que precisaban para el viaje de Colón en la espectacular boda que organizaron en 1490, cuando su hija Isabel se casó con el príncipe Alfonso de Portugal: «Quien podría contar el triunfo, las galas, las justas, las músicas», escribió el cronista Bernáldez, que posteriormente sería anfitrión de Colón en aquella ocasión.265

Los dos millones de maravedís necesarios para financiar el viaje de Colón se obtuvieron por varias vías. Santángel y Pinelo, tesoreros de Aragón y de Castilla, respectivamente, judío converso el primero y genovés el segundo, recaudaron algo más de la mitad de lo necesario, 1140000 maravedís, procedentes de la venta de indulgencias en la provincia de Extremadura.266 Por otra parte, el pequeño puerto de Palos, junto al río Tinto, en la provincia de Huelva, le debía a la Corona desde hacía un año el servicio de dos naves, porque Diego Rodríguez Prieto, que era de allí, había robado naves portuguesas. Se acordó que Palos cancelase esta deuda, que había sido asumida por la Corona de Castilla, aportando dos naves para ponerlas al servicio de Colón. El concejo de Palos e incluso los marineros del lugar se opusieron a la idea. Pero fueron convencidos por un renombrado capitán de barco de la localidad, Martín Alonso Pinzón, que les aseguró que habría beneficios para ellos.

El resto del dinero necesario para el viaje lo reunió el propio Colón, en parte prestado por un amigo suyo florentino, Juanotto Berardi, un mercader que comerciaba en Sevilla con distintos productos y también con esclavos. Era socio del rico florentino afincado en Lisboa Bartolomeo Marchionni, que tenía intereses en muchas empresas. Además, desde 1489, Berardi había sido el principal representante de la rama más joven de los Medici en Sevilla. Quizá otros mercaderes italianos invirtieron algo, y probablemente también el duque de Medinaceli.267

El acuerdo con Colón se plasmó en otro documento del 30 de abril en forma de «carta de privilegios» firmada por los monarcas, por el secretario Juan de Coloma y otro grupo de secretarios.268 A partir de entonces, Colón sería considerado «almirante, virrey y gobernador», no «gobernador general». No está claro que esto fuese una «degradación», pero en caso de serlo fue muy leve. Ciertamente, en otro documento del 30 de abril, en el que se pedía a los municipios de Andalucía que asistiesen a Colón proporcionándole vino, carne, leña, pescado y pólvora, los monarcas se referían a él simplemente como su «capitán».269 Pero se trataba de un escrito de carácter más informal. Lo más importante era que el principal documento del 30 de abril fue redactado —es de suponer que deliberadamente— en forma de concesión real y que, por tanto, era revocable. Incluía la disposición adicional de que Colón podría entender en todo tipo de litigios, civiles o criminales. Podría imponer castigos a quienes resultasen culpables, incluso la pena de muerte, aunque también él podía ser castigado si cometía abusos en el desempeño de dicha función. Podría juzgar casos incluso en Castilla, si tenían que ver con el comercio con los territorios que él hubiese descubierto.

Las concesiones que se hicieron a Colón eran asombrosas, y los títulos especialmente curiosos. No cabe duda de que fueron aceptados porque los monarcas sabían desde 1487 que aquel insistente peticionario no se conformaba con menos. Y eso debió de retrasar el acuerdo. Los funcionarios debieron de ser conscientes de que la autoridad otorgada a Colón contrastaba con el deseo de los monarcas de afirmar su autoridad en todos sus departamentos. Es posible que esta discrepancia, en caso de existir, pueda explicarse porque los poderes que se le concedían a Colón eran sobre territorios que, de momento, no eran sino algo imaginario. Con todo... ¡virrey, gobernador, almirante! ¡Menudos títulos! Parecían mucho más pomposos que el de adelantado, un título recientemente concedido a Alonso Fernández de Lugo, en Tenerife.

¿Qué territorios esperaba conquistar Colón para España? Esperaba encontrar varias islas, incluida Japón, además de «tierra firme», es decir, China. Sin embargo, en las capitulaciones no se mencionaban las Indias, ni tampoco Cathay, aunque Colón llevaría consigo cartas para el Gran Kan y a un intérprete que conocía algunas de las lenguas orientales. ¿Es posible que esperase encontrar un territorio «atrasado» frente a China o Japón del que pudiera apoderarse sin dificultad? No está claro, ni tampoco lo está lo que la Corona pensaba de ello.

Obviamente, había una mezcla de motivaciones. Es evidente que uno de los objetivos era el económico. Los monarcas sabían que, después de la conquista de Granada, perderían dinero a corto plazo, porque ya no recibirían tributos de los musulmanes. Las tierras patrimoniales de los nazarís —el principal botín de la Corona por la conquista de Granada— eran de poca extensión y habían sido asoladas. De manera que habría sido insensato desdeñar lo que podía ser otra fuente de ingresos para la Corona. Cabrero, Santángel, Pinelo y otros banqueros genoveses debieron de expresar esta opinión a los reyes.

Un segundo motivo fue adelantarse al rey de Portugal. Este hecho pudo haber sido considerado menos necesario en los años noventa que en los ochenta pero, pese a ello, Isabel no quería que Colón fuese apoyado por otros reyes. En el siglo XV, al igual que en el XX, los gobernantes planteaban sus reivindicaciones imperialistas en función de la actitud de sus vecinos.

Los portugueses habían aventurado que una de las ventajas de sus propias expediciones al África occidental era que les permitiría desbordar el flanco del islam desde la retaguardia. Este motivo no podía existir con respecto a los viajes desde España por la ruta de occidente. Colón había insistido siempre en que uno de sus objetivos era liberar Jerusalén. Pero, por lo menos en principio, nadie más planteó propósitos evangelizadores.270

Quizá una de las razones de que Fernando e Isabel quisieran apoyar a Colón era que ahora tenían mayor confianza en sí mismos, hasta el punto de alimentar un verdadero sentido de destino histórico. Los monarcas albergaban el ferviente deseo de «abrir las puertas de la geografía», como lo expresó grandilocuentemente el padre Las Casas;271 conviene recordar aquí la elevada educación recibida por la reina Isabel. Este talante lo puso de manifiesto aquel verano el famoso gramático Antonio de Nebrija (Elio Antonio Martínez de Cala), que en la introducción a su gramática del español, fechada el 18 de agosto de 1492, escribió que «la lengua fue siempre compañera del imperio».272 Nebrija tenía entonces unos cincuenta años y era profesor en Salamanca, un gran erudito de la época, y se encontraba en aquellos momentos en la cúspide de su influencia (de la que no dudaba en alardear).

Pero otro factor importante que explicaba el reciente entusiasmo mostrado por los monarcas respecto a Colón fue su preocupación aquella primavera de 1492 por otro asunto distinto: la decisión, que tomaron inmediatamente después de la caída de Granada, de poner a los judíos de Castilla ante una dura disyuntiva: convertirse al cristianismo o abandonar el país. La decisión para adoptar estas medidas debieron de tomarla en el mes de marzo, y los decretos correspondientes, uno para Castilla y otro para Aragón, fueron promulgados el 31 de marzo, aunque no se les comunicaron a los judíos, ni a nadie más, hasta finales de abril. De modo que el momento de adoptar la nueva política en relación con los judíos castellanos estaba vinculado a su actitud respecto a Colón, aunque lo primero debió de parecerles más importante a los monarcas. Colón fue interceptado en Pino días después de que se hubo redactado el decreto acerca de los judíos. Las capitulaciones firmadas con Colón llevaban fecha del 17 de abril, un martes de Semana Santa, y el decreto que planteaba la disyuntiva a los judíos fue publicado el 29 de abril, el Domingo de Cuasimodo, o segundo domingo de Pascua.

El decreto, redactado por el inquisidor Torquemada,273 estipulaba que «la santa fe evangélica y católica» debía ser predicada a todos los judíos de Castilla, y que había que darles tiempo hasta finales de julio para ser bautizados o abandonar el país. Quienes, temerariamente, en opinión de los monarcas, decidieran marcharse podrían llevar consigo todos sus bienes muebles, pero no dinero, oro, plata, armas ni caballos; quienes decidieran convertirse al cristianismo serían aceptados en la comunidad cristiana. El decreto añadía que, en los últimos años, se había demostrado que había en España muchos malos cristianos —un eufemismo para referirse a los conversos que no lo eran del todo— y que eso había sido consecuencia de su continua posibilidad de comunicación con los judíos.274 Pedro Mártir escribió que los judíos, que solían ser más ricos que los cristianos, estaban bien situados para corromper y seducir a los conversos.275 (Conviene recordar que los rabinos no aceptaban que los judíos convertidos a la fuerza pudieran ser considerados verdaderos cristianos.)

El decreto debe ser contemplado con el trasfondo de la fundación del Santo Oficio, la Inquisición, en 1480. Desde entonces, unas trece mil personas habían sido declaradas culpables de profesar en secreto el judaísmo y, tal como hemos mencionado anteriormente, murieron unas nueve mil. Esta desviación espiritual se debía, según las autoridades pensaban o fingían pensar, a las permanentes tentaciones ofrecidas por la presencia de los judíos y sus sinagogas, bibliotecas y, a menudo, elocuentes rabinos. En las Cortes de Toledo de 1480, la Corona había tratado de segregar a los judíos mediante una política de «apartamiento», pero parecía obvio que los judíos habían seguido reuniéndose, predicando, circuncidando a los conversos igual que a los judíos, y acaso proporcionando libros con plegarias hebreas a los conversos. Además, seguían sacrificando el ganado a la manera tradicional judía y comiendo pan sin levadura. La Corona pensaba que una de las razones de que algunos conversos (muchos, pensaban ellos) siguiesen practicando las costumbres y los ritos judíos era la posibilidad de comunicación con los judíos ortodoxos.

Los monarcas y sus consejeros también opinaban que, debido a las flaquezas humanas, las «diabólicas tretas y seducciones» amenazaban con conquistar a la cristiandad si «la principal causa del peligro», los propios judíos, no era erradicada.276 En 1483 los inquisidores habían tratado de expulsar a los judíos que vivían en las diócesis de Sevilla y de Córdoba y, ciertamente, muchos de ellos huyeron a otras ciudades, aunque por lo general sin abandonar España. Esto provocó que el hasta entonces barrio de Triana quedase vacío, y habilitado para alojamiento de marineros. Además, se produjeron varios escándalos en los que judíos y conversos estuvieron presuntamente conchabados. El caso más notorio fue, al parecer, el de Benito García y el «Niño Jesús de la Guardia» en 1490, que culminó en un auto de fe en Ávila en noviembre de 1491; sin embargo, no se tienen pruebas de ello.277

El propósito del nuevo decreto de 1492, por lo que a los monarcas se refiere (y especialmente a Fernando), era acabar con el judaísmo, aunque claramente no con los propios judíos, porque ambos monarcas confiaban en que se convirtiesen al cristianismo. ¿Acaso no propuso el piadoso místico mallorquín Ramon Llull, en el siglo XIII, una gran catequesis para liberar a los judíos de la influencia de los rabinos y expulsar a los judíos recalcitrantes?278 Los monarcas estaban asimismo dispuestos a librar a sus consejeros conversos de la «ira popular», como por ejemplo a Talavera, confesor de la reina hasta aquella misma primavera; Cabrera, el marqués de Moya; el tesorero, Alonso de la Caballería; el ascendente joven secretario, Miguel Pérez de Almazán, que hacía las veces de ministro de asuntos internacionales; Hernando del Pulgar, cronista de la corte, que había escrito una carta de protesta al cardenal Mendoza contra las actuaciones del Santo Oficio,279 e incluso Luis Santángel, el tesorero de la Santa Hermandad, que había tomado la iniciativa respecto al apoyo a Colón.

La disminución de la influencia de Talavera después de la victoria de Granada quizá pueda explicar muchas cosas. Por supuesto, había sido nombrado arzobispo de Granada, algo que, en las circunstancias de 1492, no era magra prebenda. El nombramiento se debió a que lo consideraban hombre capaz de afrontar una difícil tarea. Pero ya no mantenía contacto diario con la reina. Y, por recomendación del cardenal Mendoza, fue sucedido por el formidable franciscano Francisco (Gonzalo) Jiménez de Cisneros, que entonces tenía cincuenta y siete años.

Cisneros pertenecía a una familia noble pero pobre. Había nacido en 1436 en Torrelaguna, cerca de Madrid, una ciudad controlada por los Mendoza. De modo que tenía casi sesenta años. Su padre había sido recaudador del diezmo para la Corona. Alto, enjuto y huesudo, con el rostro alargado, labio superior prominente, nariz larga y cejas pobladas, tenía cierto aspecto de galgo, siempre cubierto por una capa de tela basta; tenía los ojos negros, pequeños y vivaces y una voz estridente, corregida por una cuidadosa dicción. Comía mucho pero bebía poco. Egoísta, austero, discreto, devoto y amante de la cultura, era físicamente fuerte y resuelto. Odiaba la corrupción. Trabajaba dieciocho horas diarias hasta el punto de extenuar a sus consejeros. Aunque sin duda exagerando, como era su costumbre, Pedro Mártir afirmaba que Cisneros tenía la agudeza de san Agustín, la austeridad de san Jerónimo y la severidad de san Ambrosio.280 Se decía que llevaba una camisa de pelo, que solía flagelarse, que entraba en trance y que, a menudo, parecía hablar con los santos.

Cisneros había estudiado en la Universidad de Salamanca y había vivido en Roma, había sido arcipreste de Uceda, al norte de Madrid, y estuvo durante cierto tiempo en la prisión clerical de Santorcaz, debido a un litigio acerca del nombramiento para el arciprestazgo de Uceda, por lo que fue castigado por el arzobispo Carrillo. Luego trabajó en Sigüenza a las órdenes del cardenal Mendoza, que lo consideraba un hombre con futuro, porque demostraba ser un ejemplar administrador de la diócesis. En 1484 ingresó en la orden franciscana, en el nuevo monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo, y cambió su nombre de pila, Gonzalo, por el de Francisco. Ingresó en los observantes, la familia más austera de la orden franciscana, en el convento de La Salceda, en Segovia, fundado por fray Juan de Villacreces. Pronto accedió al rango de superior del convento. Temeroso, según Mártir, «los vaivenes del mundo y las insidias del demonio, lo abandonó todo para no verse enredado en los perniciosos halagos y delicias del siglo».281 Trató de llevar a cabo la reforma de las familias observantes a través de la orden franciscana, y acabó con celo con la laxitud conventual. Sin embargo, aunque Cisneros perteneciese a una orden mendicante, había nacido para mandar y no para pedir.282

Mendoza dio instrucciones a su protegido, Cisneros, para que aceptase el nombramiento de confesor de la reina, temeroso de que, si no se lo ordenaba, no lo aceptaría. Isabel en seguida se apegó a él. Tanto es así que, como le escribió Mártir a su antiguo señor, el conde de Tendilla, Isabel encontró en Cisneros aquello que «tan ardientemente deseaba: el hombre a quien poder descubrir con toda tranquilidad los secretos de su pecho, si alguna vez casualmente incurre en alguna falta. Y ésta es la causa de su extraordinario contento».283 Cisneros era un decidido reformador que aportó a la Iglesia española tanta fortaleza como a la reina. Pronto fundó una nueva universidad, en Alcalá, la «Complutense», especializada en Teología e instalada en una casa de estudio de observantes franciscanos, establecida veinte años antes. Volvió a publicar las normas de su propia orden. Estaba muy interesado en mejorar la música y la liturgia de la Iglesia, y sentía también gran preocupación por preservar el rito mozárabe, que había sobrevivido durante el largo período de dominación musulmana. Aunque el decreto de expulsión de los judíos promulgado en 1492 fue probablemente redactado por Torquemada, Cisneros pudo haber influido en el léxico, sencillo y tajante. Y fue sin duda él quien insistió ante los monarcas tras la toma de Granada sobre que en sus reinos no debía haber más infieles.284

Aquel decreto de marzo de 1492 asombró a los judíos que vivían en España. Las normas que regulaban la vida judía se habían ido endureciendo, y las Cortes de Toledo insistieron en que se estableciesen guetos, una separación física entre judíos y cristianos.285 Después tuvo lugar la expulsión de los judíos de Andalucía. Prácticamente, los judíos habían dejado de vivir en las grandes ciudades y se habían establecido en pueblos y poblaciones menores, pero no esperaban nada semejante a una expulsión generalizada, ya que los monarcas siempre los habían defendido. Entonces comprendieron que el decreto tenía por objeto básicamente la conversión, no la exclusión. Pero también vieron claro que los monarcas habían cometido un error de cálculo.

Tres de los judíos más destacados apelaron al rey, concretamente, Isaac Abravanel, Abraham Señor y Meir Mehamed. Abravanel proce- día de una familia de judíos castellanos que había huido a Portugal después de las persecuciones de 1391. Había sido tesorero del rey Alfon-so V de Portugal y era por entonces jefe del Departamento de Recaudación de Impuestos y asesor financiero del duque de Viseu, de quien se decía que había tratado de derrocar a la monarquía portuguesa en 1484 y que por ello fue ejecutado. Al igual que los descendientes del duque, los Braganza, Abravanel había ido a España y había prosperado, convirtiéndose en responsable del Departamento de Recaudación de Impuestos del jefe de los Mendoza, el duque del Infantado. Prestó a los monarcas importantes sumas para la prosecución de la guerra contra Granada; a menudo, se había expresado con gran firmeza a favor de los conversos, y había afirmado que, si se acusara a los conversos, como clase, de practicar en secreto el judaísmo, él, siendo judío, lo hubiese sabido.286 Abravanel tenía firmes convicciones hebraicas, creía que el Me-sías ya había nacido y que no tardaría en manifestarse, probablemente en 1503.287 En cuanto a Abraham Señor, había sido tesorero de la Santa Hermandad antes que Luis Santángel y recaudó dinero en tiempos del sitio de Málaga para rescatar a los judíos de la ciudad. Meir Mehamed era su yerno, rabino y recaudador de impuestos.

Los tres le rogaron al rey que revocase el decreto. Parece ser que Fernando les dijo que lo reconsideraría y, alentados por su actitud, los tres judíos le ofrecieron trescientos mil ducados (es decir, 112 millones de maravedís) si declaraba nulo el decreto, cincuenta veces más de lo presupuestado para la expedición de Colón. Fernando se sintió tentado de aceptar pero finalmente rehusó, aduciendo que dicha decisión había sido tomada conjuntamente con la reina.

Según Abravanel, habló con el rey en tres ocasiones, pero en vano. Él y Señor se dirigieron entonces a ver a la reina y le dijeron que, si creía que los judíos podían ser inducidos a abjurar por aquella medida, estaba equivocada. Los judíos habían existido desde el principio de los tiempos y siempre habían sobrevivido a quienes habían tratado de deshacerse de ellos, y destruirlos estaba fuera del alcance de las fuerzas humanas; quien lo intentaba siempre se atraía el castigo divino. Abravanel le pidió a la reina que influyese en Fernando para retirar el decreto, pero ella contestó que nunca se le ocurriría hacer nada semejante aunque lo desease: «¿Creéis que esto proviene de mí? El Señor ha puesto este pensamiento en el corazón del rey. —Y añadió—: El corazón del rey está en las manos del Señor, como los ríos de agua. Él los dirige donde quiere.» Y les rogó que se convirtiesen al cristianismo.288

Los dos líderes judíos concluyeron entonces que la reina —¿o fue Cisneros?— había sido más responsable que el rey de que se promulgase el decreto. Pero en esto se equivocaban. No hay pruebas de que los monarcas disintiesen en éste ni en ningún otro asunto importante. Con todo, la larga estancia de Isabel en Sevilla entre 1477 y 1478 fue una amarga experiencia para ella, porque fue testigo de tal laxitud que llegó a la conclusión de que era necesario adoptar medidas radicales si quería salvar a la Iglesia. De ahí la Inquisición, y de ahí la fracasada segregación de los judíos, así como el trágico decreto que imponía tan triste disyuntiva.

Abravanel y sus compañeros se separaron. Abraham Señor se convirtió al cristianismo, al igual que su yerno Meir Mehamed, junto al rabino más destacado, Rabí Abraham. Los monarcas actuaron de padrinos y la ceremonia del bautismo tuvo lugar en junio en la iglesia del monasterio de los jerónimos en Guadalupe. Señor pasó a llamarse Fernán Núñez Coronel, y Mehamed, Fernán Pérez Coronel. Pero Abravanel marchó a Nápoles, donde escribió continuamente. Su casa fue desvalijada por el ejército francés en 1495 y posteriormente se dirigió a Venecia, donde murió.289

La resistencia de los judíos a convertirse al cristianismo fue mucho mayor de lo que los monarcas esperaban, y muchos de ellos perseveraron en su fe «pertinaz e increíblemente; y muchos rabinos hicieron cuanto pudieron para fortalecer su fe». Miles de judíos optaron por abandonar España. También partieron algunos conversos, pese a que se veía a los frailes por todas partes tratando de convencer a los judíos para que se convirtiesen, y algunos lo lograron. Por ejemplo, fray Luis de Sepúlveda fue a Maqueda y a Torrijos, y logró la conversión de casi todos los judíos de estas poblaciones. Parece que también los cien judíos que vivían en Teruel se convirtieron, pero se produjo una gran conmoción: la emigración provocó la apresurada venta de casas y muebles, de joyas familiares y de ganado, de fincas y viñedos. La mayoría de los judíos que emigraron se dirigieron a Marruecos y a Portugal, y los relatos de los malos tratos de que fueron objeto en el primer puerto son estremecedores.

Se barajan cifras muy distintas respecto a cuántos judíos había en Castilla, cuántos emigraron y cuántos se convirtieron. Según un historiador, de los ochenta mil judíos que había en España en 1492, la mitad optaron por emigrar.290 Otro historiador que escribió prácticamente en la misma época considera que, en 1492, había unos doscientos mil judíos y que la mitad de ellos se convirtieron. El mayor erudito sobre sociología del judaísmo sitúa el número de judíos en doscientos mil en 1490, de los cuales cincuenta mil se habrían convertido.291 De modo que sólo podemos hacer conjeturas. En 1474 había en Castilla 216 aljamas en las que vivían probablemente unas quince mil familias. No hay datos respecto a Aragón. Pero, sin duda, emigraron entre cincuenta mil y más de setenta mil.

Así terminó la brillante cultura sefardita española, en la misma época en que España estaba a punto de embarcarse en innumerables nuevas conquistas en el Nuevo Mundo. En adelante, no habría en teoría ni legalmente judíos españoles, sólo conversos; algunos descendientes de quienes se convirtieron a raíz de las persecuciones de finales del siglo XIV, y otros de quienes se convirtieron en 1492, como Rabí Abraham y Señor. Muchos de éstos, decepcionados de Castilla, desempeñaron un importante papel en el Nuevo Mundo. Sus viajes fueron en algunos casos ilegales, pero no por ello dejaron de producirse. Los demás, bien recibidos en el Imperio otomano y en Italia, sobrevivieron para adornar las vidas de sus nuevos países, aunque a menudo sumidos en una profunda nostalgia por las aljamas que tan precipitadamente habían tenido que abandonar.292

Esta expulsión no fue un holocausto, sino un destierro deliberado de judíos intransigentes. Los monarcas desearon y supusieron que éstos serían pocos, pero quedaron sorprendidos. Sin embargo, su proceder debe ser comparado con otros llevados a cabo en Inglatrra en el siglo XIII y no con los brutales sucesos acaecidos en Alemania en la década de 1940.

Al mismo tiempo comenzó otra emigración. En 1492, todos aquellos que hablaban castellano vivían en la península, que Castilla y Aragón compartía con Portugal. Esto nunca más volvería a ser así. Los hombres y mujeres de esas tierras pronto se encontrarían en la América tropical y subtropical y allí establecerían una sociedad nueva e ingeniosa, cuya oportunidad puede que todavía esté por llegar.

CAPÍTULO 6

Una franja blanca de tierra

Una cabeza blanca de tierra.

Juan Rodríguez Bermejo vio una franja blanca de tierra y exclamó: «¡Tierra, tierra!» en San Salvador, en octubre de 1492

A principios del verano de 1492, con aquel trasfondo de intolerancia, Colón partió de Granada en dirección a Palos de la Frontera, cerca de Huelva. En la actualidad, Palos es una pequeña y plácida localidad, situada a pocos kilómetros del río Tinto. Hay campos de fresales en lo que fue el puerto en el siglo XV, porque el río se encenagó y luego se secó. Pero en 1492 Palos era una población portuaria, pequeña pero activa, que tenía unos tres mil habitantes, con cierta importancia en el comercio con Portugal, las islas Canarias y la zona española de la costa africana. Estaba cerca del monasterio de La Rábida, que Colón debió de utilizar como base.293

Antes de que Colón llegase allí, había conseguido otro honor: el hijo que tuvo con Felipa Muñiz, Diego Colón, a la edad de doce años, entró al servicio del infante Juan en calidad de paje, y se unió a una célebre «guardería» en Almazán, donde entabló amistad con diversos hombres que conservaría el resto de su vida.294 Probablemente entró al servicio del infante Juan por recomendación de fray Diego de Deza.

El decreto real que requería los servicios de la ciudad portuaria de Palos fue leído allí el 23 de mayo, en la nueva iglesia de San Jorge, que da al puerto, por el notario Francisco Fernández: «Sabed que, por ciertas cosas hechas y cometidas por vos contra nuestros intereses, fuisteis condenados y obligados por nuestro consejo a aprovisionarnos para un año con dos naves equipadas a vuestra costa.» Estuvo presente Colón, su mentor fray Juan Peres, el alcalde y los magistrados de la ciudad, así como los regidores y el procurador.295 También estuvieron presentes los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, destacados ciudadanos de Palos y muy conocidos navegantes. Participaron en la organización del viaje y, según el padre Las Casas, esperaban hacerse ricos y poderosos.296

Las naves aportadas por Palos, la Pinta y la Niña, eran pequeñas carabelas de entre 55 y 60 toneladas, de 21 m de eslora, 8,5 de manga y 3,3 m de profundidad. Ambas eran de tres palos. La Pinta era propiedad de Gómez Rascón, de una familia de conversos que ya había sufrido a causa de la Inquisición, y de Cristóbal Quintero, miembro de otra familia de navegantes de la ciudad. Colón embarcó en la Pinta. La Niña era propiedad de Juan Niño —de ahí el nombre de la embarcación—, natural de la población portuaria de Moguer, algo más grande, situada a unos pocos kilómetros río arriba, aunque, como Palos, a cierta distancia del río.297 Estas dos naves irían al mando de los hermanos Pinzón. Una tercera nave fue alquilada por el propio Colón: la Santa María,298 también conocida como María Galante. Desplazaba unas cien toneladas, tenía el casco oblongo, había sido construida en Galicia y llevaba velas cuadras. Colón se la alquiló a Juan de la Cosa, un capitán oriundo de un pueblo cercano a Santoña, en Cantabria, pero que había vivido casi siempre en El Puerto de Santa María. Había servido en la casa del duque de Medinaceli, donde probablemente lo conoció Colón.

En cuanto pudo disponer de las naves, Colón empezó a enrolar tripulantes con la decisiva ayuda de los hermanos Pinzón, que contrataron a la mayoría de los, aproximadamente, noventa hombres que embarcaron. Casi todos tenían experiencia, por haber viajado a las Canarias.

La ayuda de los Pinzón debieron de conseguirla fray Antonio Marchena o fray Juan Pérez, frailes de la cercana La Rábida, amigos de Colón. Fernán Pérez Camacho, un marinero, declaró posteriormente que fray Antonio le había dicho a Martín Pinzón que complacería a Dios si encontraban muchas tierras.

La mayoría de los tripulantes procedían de las poblaciones portuarias del río Tinto, Moguer y Huelva, así como de Palos, pero también hubo algunos de Sevilla. En Moguer hubo una aljama judía hasta 1486, y Palos había tenido ciertos problemas con un reciente comandante de su fortaleza.299 De modo que es posible que parte de los tripulantes que zarparon con Colón fuesen judíos. También había varios vascos entre la tripulación que, probablemente, aportaron su experiencia de pescadores en el Atlántico. Unos diez marineros eran de Cantabria. No embarcaron sacerdotes pero sí dos portugueses, muy pocos, teniendo en cuenta el constante intercambio de marineros castellanos y portugueses en aquellos tiempos en los puertos atlánticos.300 Cuatro o cinco tripulantes eran delincuentes a quienes se permitió escapar de la justicia al enrolarse. Uno de estos hombres era Bartolomé de Torres, que había matado a un hombre en una pelea. Otro Torres, Luis, un converso que conocía el árabe y el hebreo, se embarcó como intérprete, pero sus dones incluían, naturalmente, la posibilidad de hablar las lenguas del Nuevo Mundo. En la expedición también tomaron parte varios funcionarios reales, entre ellos, Diego de Arana, primo de la amante que Colón tenía en Córdoba, que fue nombrado alguacil mayor, y Pedro Gutiérrez, que había sido camarero mayor del rey y que fue nombrado supervisor real. También participó Juan de Peñalosa, otro converso y cortesano, cuyo papel era convencer a los tripulantes de que se uniesen a las órdenes de Colón; una labor difícil porque el Almirante, como ya siempre lo llamaban, era genovés. Además, Juan de Peñalosa era tío del padre Bartolomé de Las Casas, el futuro apóstol de las Indias. El piloto de la Pinta era Cristóbal García Sarmiento, el de la Niña, Sancho Ruiz de Gama, y el de la Santa María, Peralonso Niño, hermano del propietario de la Niña.301 Lo curioso del viaje es que no había ningún cura ni fraile.

Martín Alonso Pinzón, un capitán muy experimentado de casi cincuenta años, algo mayor que Colón, fue el máximo responsable de todos los preparativos. Después de su muerte, sus amigos y familiares hicieron exorbitantes reivindicaciones en su nombre. Su hijo, Arias Pérez, escribió que, encontrándose en Roma por cuestiones de negocios en 1491, Alonso Pinzón estaba convencido, tras haber estudiado «las cartas de marear de la Biblioteca Vaticana», de que Colón estaba en lo cierto en sus ideas. También se dijo que Pinzón encontró en aquella biblioteca un documento escrito en tiempos de Salomón que aseguraba que, si navegaba uno en dirección oeste desde el Mediterráneo, no tardaría en llegar a Japón. Francisco García Vallejo, un ciudadano de Moguer, adujo que, de no ser por la labor de Pinzón, Colón no podría haberse hecho nunca a la mar; un primo de Pinzón, Juan de Ungría, vino a decir lo mismo.302 Todas estas afirmaciones pueden ser puras invenciones; nada sabemos que vincule consultas en la Biblioteca Vaticana con documentos coetáneos de la expedición. Pero parece obvio, a juzgar por sus subsiguientes acciones, así como por su conducta antes de que partiesen las naves, que Pinzón albergaba la esperanza de hacerse con el control de la expedición.

El examen de la lista de aquellos que zarparon primero, hacia lo que se convertiría en el Imperio español de las Indias, no depara muchas sorpresas. En la lista figuran un Vélez de Mendoza; otros dos Mendoza, uno de Guadalajara —el corazón del poder de la familia—, y acaso otro que era hijo ilegítimo de un miembro de la familia. También encontramos un Godoy y un Patiño, así como un Foronda, un Vergara, un Baraona y un Talavera. Todos ellos son apellidos tan corrientes que podríamos encontrarlos en cualquier gabinete ministerial español contemporáneo. Sin embargo, también había apellidos extranjeros, una característica, a pesar de las prohibiciones, del Imperio español durante muchas generaciones.

Antes de partir, le fue concedida a Colón una pensión de diez mil maravedís al año, procedentes de los ingresos reales en Córdoba, y fue allí, en Córdoba, donde en aquel primer año, la amante de Colón, Beatriz Enríquez Arana, recibió el dinero.303

Las naves zarparon «media hora antes del amanecer», el 3 de agosto de 1492. A bordo de la Pinta iban veintiséis hombres, veinticuatro en la Niña, y cuarenta en la Santa María. Recibirían una paga de mil maravedís al mes en el caso de los marineros expertos; seiscientos si eran novatos (aunque ninguno de ellos cobraría hasta después de 1513, cuando la Corona pudo empezar a disponer del oro llegado de las Indias).304 Llevaban a bordo objetos propios para aquel tipo de viaje, como los que habría visto Colón en sus expediciones con los portugueses por la costa occidental de África: cascabeles, cuentas de vidrio de Venecia y otros objetos de vidrio para comerciar, así como provisiones: bacalao salado, tocino y bizcocho. También llevaban harina, vino, aceite de oliva y, por supuesto, agua, lo suficiente para un año. Es posible que el vino fuese manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, o un tipo de oporto de Cazalla de la Sierra, o algún vino similar fortificado con coñac, el gran invento medieval de los benedictinos sin el que ninguna de las expediciones posteriores podría haber llevado a cabo su misión.305 A pesar de las muchas quejas, y de algunos incidentes que tuvieron lugar durante la travesía, parece que nunca llegó a haber verdadera escasez de alimentos.

Probablemente, Colón llevaba además varios relojes de arena, quizá hechos en Venecia.306 Sólo duraban unos quince minutos (treinta a lo sumo), lo que implicaba una gran responsabilidad para aquellos cuya misión era anotar el tiempo transcurrido. Colón llevaba, por supuesto, una brújula, al igual que los otros dos capitanes, de un tipo que medía en cuartas (ángulos de 11 grados). La brújula, inventada por los chinos en el siglo XII, se venía utilizando en Italia desde 1400, y los portugueses habían demostrado que había sido un instrumento esencial para sus descubrimientos frente a las costas de África. Todos los pilotos llevaban consigo piedras que les permitían magnetizar las agujas defectuosas. Es posible que Colón llevase también un astrolabio, pese a lo poco precisos que eran por entonces; permitían calcular aproximadamente la latitud en función de la altitud del sol sobre el horizonte. Su astrolabio era probablemente una versión del que construyó Martín Behaim,307 un brillante alemán natural de Nuremberg. Colón llevaba también un mapa, quizá basado en el que le regaló Toscanelli. Todos estos objetos los guardaba en un pequeño camarote de la Santa María, donde escribía en su diario de a bordo, lo que en sí mismo constituía toda una novedad, porque no se había hecho hasta entonces.308

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Con el tiempo, aquellas tres carabelas se han convertido en naves legendarias. Las vemos siempre con la imaginación, las tres con tres mástiles con sus velas blancas y sus cruces rojas agitadas por el viento. Aunque quizá sea innecesario precisarlo, una carabela era una pequeña nave que no solía desplazar más de cien toneladas. Las galeras de Venecia y Florencia, por ejemplo, tenían hasta trescientas toneladas de desplazamiento; las de Barcelona y Marsella, hasta cuatrocientas; mientras que las naves mercantes genovesas, que Colón debió de ver de niño, llegaban a tener hasta mil toneladas de desplazamiento. Las carabelas estaban concebidas para viajes largos, o para la piratería, más que para llevar pesados cargamentos. Eran ligeras y tenían un casco prácticamente circular.309

El viaje de Colón, de agosto a octubre de 1492, se ha descrito tantas veces que casi parece superfluo añadir nada más. Sin embargo, tal vez podamos arrojar nueva luz sobre la travesía. El primer tramo, desde el río Tinto, duró una semana. Aquel tramo siempre había sido fácil debido a las corrientes y a los vientos favorables. Era el regreso desde Canarias el que, en tiempos de la navegación a vela, siempre obligaba a virar de bordo a menudo durante muchos días. Aquel tramo condujo a Colón hasta Gran Canaria, donde permaneció con sus tres naves durante casi un mes. Allí tuvieron que reparar el timón de la Pinta, el velamen de la Niña dejaba mucho que desear, y parecía necesario embarcar más provisiones y pertrechos, y una buena cantidad del famoso queso de cabra de la más occidental isla del archipiélago, La Gomera, que tenía un excelente puerto natural de aguas profundas. Colón eligió Canarias como punto de partida porque tenía cierto conocimiento del régimen de vientos en el Atlántico, y porque eso fue lo que le aconsejó Toscanelli. Tuvo que partir de un puerto español, prescindiendo de los archipiélagos portugueses de las Azores y Madeira.

Por entonces, todo el archipiélago, salvo Tenerife, la isla más grande, estaba bajo el gobierno directo español. La Palma fue ocupada en 1491. Además, los monarcas habían aprobado recientemente un plan de Alonso Fernández de Lugo, un jefe militar y empresario castellano, para invadir Tenerife, con su mágico pero a menudo oculto volcán, el Teide. Para ello llevó consigo mil doscientos hombres y un rebaño de veinte mil cabezas, entre cabras y ovejas. Fernández de Lugo conocía bien las islas Canarias, porque allí había instalado el primer molino de caña de azúcar, en Agaete, en Gran Canaria, pero lo vendió para financiar la conquista de Tenerife. Probablemente contó con mucha ayuda de la brillante labor misionera llevada a cabo anteriormente por la indígena cristiana Francisca de Gazmira. Entretanto, el Tratado de Alcáçovas de 1479 había permitido a los castellanos dirigidos por Jofre Tenorio construir una fortaleza, Santa Cruz de la Mar Pequeña, en la costa africana frente a Lanzarote. Esta fortaleza tenía por objeto servir de punto de partida para el comercio con África, incluyendo, por supuesto, el tráfico de esclavos. Éste fue el origen del Sahara español.

La gobernadora de hecho de La Gomera era por entonces Beatriz de Bobadilla (que no hay que confundir con su prima, la amiga de la reina, del mismo nombre, la marquesa de Moya). Beatriz era conocida como «la cazadora», «tan cruel como hermosa», según la leyenda. Había acompañado a su esposo Hernán Peraza a la isla y luego, al ser asesinado éste en 1488, contraatacó y restableció el control español tras un gran derramamiento de sangre.310 Se rumoreó que había tenido un romance con el rey, y, en Córdoba, con Colón,311 pero estas delicadas cuestiones nunca han sido aclaradas. Sea como fuere, Beatriz no fue en modo alguno una ayuda para la expedición de 1492.

Fue provechoso que Colón permaneciese tanto tiempo en el archipiélago, porque allí pudo observar por sí mismo una interesante combinación de empresa privada y control estatal, una combinación que se había producido también, y con eficacia, en el siglo XIV en las islas Baleares. Ciertamente, Mallorca fue una conquista real, al igual que Menorca. Pero Ibiza y Formentera fueron conquistadas por contingentes privados que actuaban con la aprobación real. También en Canarias varios personajes, mitad militares mitad empresarios, financiaron viajes, después de haber recibido la aprobación real. Esta combinación debió de parecerle interesante a Colón. Por lo que tenía de eco de la Reconquista y de adelanto de lo que ocurriría en el Nuevo Mundo, la técnica de la conquista de Canarias puede considerarse como un «ensayo» de los fundamentos coloniales de España.312 Incluso en la actualidad una visita a Canarias ofrece al viajero un símil de lo que puede esperar encontrar en Sudamérica: la luz, la arquitectura, el colorido, incluso el acento con el que hablan los isleños.

Las Canarias eran siempre rentables. La urchilla era buscada con empeño por el consejero real Gutierre de Cárdenas y por su esposa Teresa para venderla a los mercaderes genoveses por su uso como tinte. Los molinos de caña de azúcar, en los que trabajaban esclavos negros traídos de África, habían sido construidos en muchos casos con dinero genovés (en 1515 había unos treinta, y su producción era probablemente superior por entonces a la de Madeira). Ya habían aparecido las primeras denuncias de malos tratos a la población indígena de Canarias, por parte, por ejemplo, de fray Juan Alfonso de Idularen y fray Miguel López de la Serna, en un informe enviado a la reina, en el que Pedro de Vera, el conquistador de Gran Canaria, tratante de esclavos y brutal jefe militar, era el principal acusado. Asimismo, este hecho fue un precedente de similares acusaciones que se harían después en el Nuevo Mundo. El rápido descenso de la población indígena a causa de las enfermedades contagiadas por los españoles también anunciaba lo que ocurriría en Sudamérica, así como la enemistad entre los propios pueblos nativos, hasta el punto de que algunas poblaciones de Gran Canaria ayudaron a los españoles a conquistar Tenerife (algo de lo que se beneficiarían también los conquistadores de todo el continente americano).

Colón y sus tres naves partieron de La Gomera el 6 de septiembre, después de rezar en la nueva iglesia parroquial de San Sebastián, un templo de considerables dimensiones que aún señorea frente al océano. Colón puso rumbo oeste, con una ligera deriva hacia el suroeste. Los vientos alisios impulsaban el velamen, la mejor manera de navegar hacia las Indias occidentales. Al poco, aquella porción de mar daría en llamarse el golfo de las Damas. Antes de zarpar, el Almirante se enteró, a través de un marinero que acababa de llegar de la isla canaria de El Hierro, de que había algunas carabelas portuguesas en el Atlántico oriental, con la idea de obstaculizar su viaje. Es posible que el rey de Portugal estuviese realmente ansioso por vengarse de Colón por haber puesto su lealtad al servicio de España. Pero el genovés eludió este peligro, en caso de que fuese real. Sea como fuere, desde el primer momento pensó que sus verdaderos enemigos podían estar a bordo de sus propias naves. De ahí que, a partir del cuarto día, empezase a llevar dos diarios: uno exacto, y otro en el que deliberadamente hacía constar muchas menos millas de las recorridas, con objeto de no inquietar demasiado a la tripulación. Es posible que su intención fuese mantener la ruta en secreto porque quienes entonces eran compañeros podían ser rivales en el futuro. Lo último que vería la expedición, al igual que ocurriría con muchas otras en el futuro, será el perfil del Teide.

El 22 de septiembre, Colón le mostró a Pinzón su mapa, «en el que el Almirante «tenía pintadas algunas islas». Según el padre Las Casas se trataba del mapa de Toscanelli. Pero Colón no se orientó a partir de ese mapa para su travesía; debió de ser otro.313

El 24 de septiembre hubo gran tensión a bordo de las naves: ninguno de los marineros había estado nunca tanto tiempo sin avistar tierra. Algunos opinaban que «era gran locura y ser homicidas de sí mismos aventurar sus vidas por seguir la locura de un hombre extranjero, que por hacerse gran señor, se había puesto a morir».314 Otros creían que lo mejor sería matar a Colón echándolo por la borda. Pero la crisis fue superada, y la flotilla siguió navegando durante otras dos semanas. Sin embargo, seguían sin avistar tierra. Colón no trató de afirmarse en su causa comparándose con Moisés.315

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El 5 de octubre, Pinzón y el Almirante discutieron. Pinzón sugirió virar hacia el sur con objeto de poner rumbo más directo a Japón. Pero Colón pensaba que debía mantener el rumbo y navegar lo más de prisa posible hacia China. Su conocimiento del Lejano Oriente era, como puede verse, bastante precario. Posteriormente, los amigos de Pinzón comentaron que el incidente tuvo lugar tras preguntarle el genovés a Pinzón qué convenía hacer.316 El marinero Francisco García Vallejo comentó que Colón reunió a los capitanes de las otras dos naves —y quizá también a los pilotos— y les pidió consejo acerca de lo que debía hacer con su tripulación, que lo estaba pasando muy mal. Vicente Yáñez, el capitán de la Niña, repuso: «Avancemos dos mil leguas y entonces, si no encontramos lo que buscamos, podemos dar media vuelta.» Pero su hermano, Martín Alonso Pinzón, no fue de la misma opinión y apoyó a Colón. «¡Bendito seáis», exclamó el Almirante. Y fue por la opinión de Martín Alonso Pinzón por lo que siguieron adelante.317

Al día siguiente se produjeron quejas, en esta ocasión entre los marineros vascos de la Santa María. Al parecer, Colón convenció a Martín Alonso para que los tranquilizase. Pero, al cabo de unos días, «los hombre no parecían capaces de resistir más».318 En una conversación mantenida en el camarote de Colón en la Santa María, los hermanos Pinzón y Peralonso Niño le dieron a Colón tres días más para descubrir tierra; si para entonces no la habían descubierto, pondrían rumbo a España. Por lo menos un historiador afirma que Colón le contó entonces a Martín Alonso su relato del «piloto desconocido».319

El 10 de octubre, Colón anunció que regalaría una capa de seda al primer hombre que avistase tierra, pero la idea fue acogida con silencio. ¿De qué iba a servirles una capa de seda en el océano? Pero aquel mismo día Colón y Martín Alonso vieron pájaros. Y Martín Alonso dijo sabiamente: «Esos pájaros no vuelan así sin ninguna razón.» Aquella misma noche, Colón, Pero Gutiérrez y el veedor Rodrigo Sánchez creyeron ver luz que supusieron que procedía de tierra. Al día siguiente, dos horas después de la medianoche, con luna llena, Juan Rodríguez Bermejo, un marinero sevillano de la Pinta, vio «una cabeza blanca franja de tierra», gritó «¡Tierra! ¡Tierra!», y disparó una lombarda.320 Al día siguiente, el 12 de octubre, Colón desembarcó.321

Es fácil imaginar el entusiasmo de los noventa miembros de la expedición de Colón al anclar frente a la orilla en las tranquilas y azules aguas mientras las olas batían la borda de la carabela, cuando por primera vez en la historia una nave europea se detenía en lo que ahora debemos considerar aguas «americanas».

Probablemente, Colón había llegado a las Bahamas, a lo que en la actualidad conocemos como San Salvador, llamada entonces por los indígenas Guanahaní. Colón bautizó el lugar como San Salvador, la primera de las innumerables islas a las que, por lo general, puso nombres de santos.322 Vio indígenas a los que desde el principio llamó «indios»; parecían gentes sencillas, aunque los regalos que les hicieron (loros, jabalinas, bolas de algodón) eran, en su mundo, tan refinados como los regalos españoles (sombreros, pelotas y cuentas de vidrio). Aquellos indígenas de las Bahamas serían posteriormente aniquilados por el contacto con los españoles. Estaban muy estrechamente emparentados con los taínos, a los que Colón no tardaría en encontrar en el Caribe.323 Lo que más llamó la atención del genovés en cuanto al aspecto de los indígenas fue que iban desnudos.

Colón tomó posesión de San Salvador en nombre del rey y de la reina de España,324 e izó el pabellón de los monarcas: una cruz verde sobre fondo blanco con la F y la Y que simbolizaban a Fernando e Isabel (Ysabel). Sin embargo, no pareció pensar que aquello podía constituir un acto de guerra con el emperador Ming de China, el shogun Hosokawa de Japón o el emperador Mongol; debió de suponer que aquélla era una de las innumerables islas que Marco Polo había referido que estaba frente a la costa de Asia, sin que estuviesen bajo la protección de ningún país.

Los nativos se asombraron de las barbas de los europeos, especialmente de la del Almirante. Ellos parecían ser del mismo color que los guanches, los nativos de las islas Canarias, llevaban el pelo largo y eran bien parecidos. Algunos iban pintados de negro o de blanco (unos todo el cuerpo y otros sólo la cara). Todos parecían tener menos de treinta años y portaban espadas de madera. Algunos llevaban colmillos de peces a modo de puñal. Era obvio que algunos de aquellos «indios» habían sido heridos en batallas con poblados vecinos que habrían tratado de capturarlos. Sorprendentemente, Colón pensó que aquellos indígenas «ligeramente se harían cristianos». Poseían largas canoas «maravillosamente grabadas» y hechas con troncos.

Algunos nativos de San Salvador llevaban colgantes de oro que pendían de orificios practicados en la nariz. Mediante señas, le dijeron a Colón que, al sur, había un rey que tenía mucho oro, e incluso barcos hechos con ese metal. Pero el Almirante trató sin éxito de convencer a los indígenas de San Salvador para que los guiasen hasta allí. Al fin y al cabo, no había navegado más de tres mil millas en difíciles circunstancias para encontrar una isla de gesticulantes salvajes. La actitud de los nativos fue inteligente: era el mejor modo de deshacerse de aquellos extraños, un recurso utilizado por muchas otras poblaciones en las siguientes generaciones.

El 14 de octubre Colón bordeó «la isleta», vio otros poblados y se encontró con otros «indios» que «según creímos entender nos preguntaban si procedíamos del cielo». Colón capturó a siete indígenas y les propuso viajar con ellos a Castilla para aprender español, con objeto de que después pudiesen hacer de intérpretes. Dos de ellos lograron escapar al día siguiente, pero en las semanas siguientes otros indígenas fueron asimismo capturados. Uno de ellos, a quien llamaron «Diego Colón», permaneció junto al Almirante como intérprete durante dos años.325

El Almirante llegó a pensar incluso en enviar a toda la población a Castilla —presumiblemente como esclavos—, porque consideraba que, con cincuenta hombres armados, podría dominarlos a todos.326 Dijo de ellos que eran «gente harto manso» y «muy símplice de armas», y que estaba seguro de que serían «buenos servidores».327

El Almirante, que durante cierto tiempo estaría al mando de las tres naves, recaló en varias islas más, en lo que en la actualidad conocemos como archipiélago de las Bahamas. A una de ellas la llamó Santa María de la Concepción, y a otras dos Fernandina e Isabela, respectivamente. Pero no está claro de qué islas se trataba. Todas ellas eran llanas y no ofrecían mucho atractivo para la colonización o la agricultura. Colón no tomó posesión de todos estos territorios formalmente, porque debió de suponer que haber anexionado una equivalía a haberlas anexionado todas.328 En cambio, les puso nombre a todas, aunque como es natural ya tenían su nombre indígena. Los nativos le regalaron algodón, y él correspondió con cuentas de vidrio y baratijas que fueron muy bien recibidas. Colón escribió de forma entusiasta en su diario acerca de los árboles, los aromas de las flores que llegaban de la orilla, como en Córcega, y de la limpieza de las casas, de las hamacas y de los perrillos, así como de los taparrabos de algodón que llevaban las mujeres. Hablaba constantemente de oro, que con el mayor optimismo suponía que iba a encontrar en la siguiente isla, y no se decidió a salir de las Bahamas hasta que se convenció de que «aquí no ay mina de oro». Colón lamentaba no poder identificar todas las plantas que encontraba en su exploración, aunque creyó encontrar aloes. Hacía constantes comparaciones con el paisaje de Andalucía en abril. Los trinos de los pájaros de Long Island (Isla Larga) «eran tan dulces que nadie hubiese querido abandonar el lugar».329

El 24 de octubre el Almirante partió hacia lo que creía que debía de ser Japón, o parte de él: «otra gran isla [...] que llaman Colba [...] Pero sigo decidido a adentrarme en tierra hasta la ciudad de Quinsay para entregar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Kan». «Colba» era la actual Cuba. Los nativos de Guanahaní decían que no era posible bordearla entera en veinte días, un comentario que sugiere que podían circunnavegarla en algunos días más; una lección que Colón no aprendió. El Almirante dijo que la isla «era mayor que Inglaterra y Escocia juntas», aunque, en realidad, es menor que Inglaterra.330 Ciertamente creyó al principio que se trataba de una isla y sólo después insistió en que era un continente.

Cuando llegó a Cuba el 28 de octubre, Colón supuso que era parte del continente asiático,331 y la llamó «Juana». Remontó lo que creyó que era un hermoso río que debía de tratarse de la bahía de Bariay, no lejos de lo que llamó Río de Mares: «Nunca he visto nada tan bonito.» El paisaje le recordó al de Sicilia. Había magníficas palmeras diferentes de las de España y Guinea. Vio perros que no ladraban y aparejos de pesca.332 En otra población encontró chozas con techumbres de hojas de palmera, figuritas femeninas e interesantes adornos de junco, el río era tan apacible como el de Sevilla, y estaba lleno de ranas. También vio adornos de plata que los indígenas llevaban colgados de la nariz.

¿Había en aquella costa los cocoteros, las anémonas, las lavandas, las ipomeas, los cedros y la strumpfia marítima que admiramos actualmente al llegar a la costa oriental de Cuba? Sin duda la respuesta es sí. Colón también debió de ver los manglares y los mahoe.

A principios de noviembre, el Almirante envió tierra adentro a Rodrigo de Xerez, de Ayamonte, y a Luis de Torres, de Murcia, con dos indios, uno de San Salvador y otro local (Luis de Torres «había vivido con el adelantado de Murcia [Fajardo] y era de origen judío, de modo que, presumiblemente, ya no lo era, y conocía el hebreo y un poco el árabe»).333 A juzgar por su apellido, es muy probable que Xerez también fuese un converso.334 Regresaron al cabo de cuatro días después de haber encontrado un gran poblado de cincuenta grandes chozas de madera en forma de tienda, con techumbres de hojas de palmera, en las que vivían muchas personas como si se tratase de residencias dormitorio.335 Aquélla fue la primera población de cierta importancia que encontraron los españoles en el Nuevo Mundo; la habitaban los taínos.336

El jefe de los indígenas se acercó a saludar a los españoles y los hizo sentar en dúhos (sillas de madera, con cola, ojos y orejas de oro), y los nativos les besaron las manos y los pies («creyendo que habían llegado del cielo». Torres y Xerez encontraron tabaco («ciertas hierbas cuyo humo inhalan»), una planta cuyo papel en la historia ha sido tan importante como controvertido. También encontraron algodón que extraían de las ceibas, y parece ser que el Almirante pensó que los mercaderes españoles podían organizar un comercio con este producto.

Como se trataba de un viaje de descubrimientos, Colón ansiaba ver todo lo posible. El 12 de noviembre zarpó hacia lo que resultó ser Inagua Grande, donde, en una loma, vio cruces que eran utilizadas para ver si se acercaba un huracán, pero a los europeos les pareció que debían de estar cerca de una población cristiana. Luego enfilaron hacia el oeste hasta un lugar cercano a Puente Malagueta y regresaron a Gibara, Cuba, donde pasaron otras dos semanas y secuestraron a varios indios más para llevarlos a España. Encontraron cera que posteriormente el padre Las Casas creyó que debía de proceder de Yucatán, lo que podía indicar que había contacto con el continente.337 Colón envió buceadores en busca de perlas, pero resultó que las ostras que allí había estaban vacías.

Por entonces, el Almirante tuvo que afrontar otra rebelión: el ambicioso Martín Alonso Pinzón se había hecho a la mar sin permiso el 21 de noviembre con la Pinta, con la intención de encontrar oro por su cuenta. Su acción, consecuencia de una creciente sensación de frustración por tener que seguir las órdenes de Colón, fue un flagrante acto de indisciplina. Pero, prudentemente, Colón no perdió la calma, hizo como si no le diese importancia, pospuso lo que pudiera ser su reacción para un momento más oportuno y, al parecer, logró que el hermano de Pinzón, Vicente, siguiese lealmente a su lado.338

Con sólo dos naves, la Santa María y la Niña, el Almirante se vio en el extremo más oriental de Cuba, en Baracoa, que llamó Puerto Santo, y que describió exultante de entusiasmo. Tras reanudar la travesía, el 5 de diciembre, encontró un viento que lo llevó hasta «Haití», como lo llamaban los indígenas, y que Colón bautizó de inmediato con el nombre de La Española, debido a su vegetación. Incluso lo que se pescaba frente a la costa se parecía mucho a los peces que se conocían en España.339 La Española le pareció a Colón «la mejor tierra del mundo»; estaba convencido de que se trataba de Japón y de que allí había oro, en la arena o piedras de los ríos. Sólo por eso su viaje parecía haber merecido la pena. Por otra parte, la población de La Española parecía más cultivada que la de Cuba. Estaba organizada en varios «principados» y en todos ellos trabajaban la piedra y la madera y construían campos para jugar a pelota, y fabricaban collares y colgantes de piedra. Colón pensó: «Crean Vuestras Altezas qu’estas tierras [...] son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo asiento y mandarles hazer lo que quisieren, porque yo con esta gente que traigo, que no son muchos, correría todas estas islas sin afrenta [...] y así son buenos para les mandar y les hazer trabajar y sembrar y hazer todo lo que fuera menester, y que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres».340 Colón hablaba continuamente de que había visto naves del Gran Kan y otras señales de la civilización china, pero no parece que se parara a pensar cómo podía apoderarse impunemente de aquellas tierras y de aquella poderosa población soberana.341

De no haber encontrado oro u adornos hechos de oro, el interés español por las Indias se hubiese evaporado. Pero, como lo encontraron, el interés se acrecentó y ya nunca remitiría.342

Sin embargo, junto a aquel pueblo amistoso, los taínos, resultó que en el Caribe también había belicosos antropófagos. La palabra «caribe» o «caníbal» (ambas se consideraron durante mucho tiempo como sinónimas) apareció por primera vez el 26 de diciembre de 1492 en el diario de a bordo de Colón: el Almirante y sus capitanes estaban cenando con uno de los príncipes locales, que llamaban «caciques», y «después de cenar el cacique condujo al Almirante a la playa y Colón mandó a por un arco y unas flechas e hizo que uno de sus acompañantes disparase las flechas; y al cacique, que no había visto nunca nada semejante, le pareció maravilloso y dijo que quería hablar de los “caniba”, a quienes llamarían “caribes” [...] y luego el Almirante le indicó por señas que los monarcas de Castilla destruirían a los caribes [...] e hizo que sus hombres disparasen también una lombarda y una espingarda».343

La lombarda fascinó y al mismo tiempo aterró a los indios. El cacique sintió un gran alivio al decirle el Almirante que utilizaría aquellas armas para defenderlo y, en agradecimiento, el cacique le regaló varias máscaras con ojos y orejas de oro.344 Colón opinaba que los nativos eran «tan afectuosos, generosos y tratables [“convenibles”], que aseguro a Vuestras Altezas que no hay pueblo mejor en ninguna tierra ni en todo el mundo. Aman a sus vecinos como a sí mismos y su lengua es la más dulce y gentil del mundo [...] van desnudos [...] pero [...] tienen muy buenas costumbres y su príncipe tiene tal porte y dignidad que es un placer verlo».345 Colón también pensaba que los pimientos que encontró en la isla eran superiores a los que había llevado consigo desde Guinea y Alejandría.346

La Nochebuena de 1492, la más grande de las naves de Colón, la Santa María, con la que había cruzado el Atlántico, embarrancó absurdamente al chocar con un arrecife de coral frente a la costa septentrional de La Española, cerca de lo que actualmente es cabo Haitien, en Haití. En aquellos momentos, el Almirante estaba durmiendo e informó de que el accidente fue culpa del vigía de guardia. Luego lo achacó a la mala fe de «los hombres de Palos» que, según él, le habían proporcionado una mala nave. El lugarteniente de Colón, Diego de Arana, primo de su amante cordobesa, dispuso con el cacique Guacanagari, con quien habían cenado, que enviase hombres para ayudar a los españoles a desembarcar las provisiones que estaban a bordo antes de que la nave se hundiese. Y así lo hicieron, pero Colón se quedó con una sola nave.

El Almirante tomó entonces una medida que posteriormente tendría una importancia decisiva. Al salir de Palos no pensó en ningún momento en ocupar territorio, pero ahora, ante la imposibilidad de regresar con todos sus hombres a España en una pequeña nave, tuvo que hacerlo. Fundó un enclave que llamó «fuerte Navidad» (ya que era el día de Navidad), para treinta y nueve hombres que pensó que convendrían en seguir allí recogiendo muestras de oro y aguardarían a que llegara una nueva expedición española. Colón justificó el establecimiento del enclave de Navidad como producto de una revelación, no de que la Santa María se hubiese hundido: «Está claro que Dios quería que hubiese aquí una guarnición», comentó, y con las planchas de la nave construyó el fuerte con una torre de madera y un foso.

El 4 de enero de 1493, Colón dejó aquella primera población europea de las Américas en manos de Diego de Arana, junto a treinta y nueve hombres más.347 Uno de ellos era el médico, maestre Juan, además de Luis de Torres, el converso que hacía las veces de intérprete y que fue uno de los primeros hombres en ver fumar tabaco a los taínos. También dejó allí algunos efectos personales. Al cacique que conoció en Tórtola le regaló una colcha que había utilizado en su cama, «algunas cuentas de ámbar muy buenas», unos zapatos rojos, «un frasco de agua de flor de naranjo» y una cuenta en la que había grabado las cabezas del rey y de la reina copiándolas de un excelente, moneda corriente por entonces en Castilla.348

CAPÍTULO 7

Qué alegría bañó los corazones de todos

Que jubilo, que gozo, que alegría bañó los corazones de todos.

Comentario del padre Bartolomé de Las Casas acerca de lo ocurrido cuando el rey y la reina recibieron a Colón en Barcelona en 1493.

Colón decidió entonces regresar a España. Fue una decisión valiente, e incluso temeraria, teniendo en cuenta el mal tiempo que suele hacer en primavera en aquellas regiones. A bordo de la Niña junto a quince de sus hombres, Colón puso rumbo este a lo largo de la costa norte de La Española y al fin encontró al errante Alonso Pinzón y a la Pinta cerca de la actual Montecristi, en la República Dominicana. Pinzón, con su tripulación de veintitrés hombres, volvió a integrarse en la expedición, con un cargamento de oro que valía unos novecientos pesos y que, según él, había conseguido mediante trueque. Puso varias excusas por haber desertado, y Colón fingió creerlo.

En una investigación llevada a cabo en 1513, varios testigos349 afirmaron que Pinzón había llegado a Maguana. Allí había visitado la casa de varios príncipes, uno de ellos llamado Behechio y otro Canoabo, «por donde anduvo e falló grandes muestras de oro».350 También encontró chile, canela, perlas, piña tropical y tabaco, además de muchas canoas y hamacas. Colón llevó consigo en la Niña a seis indios, según Pedro Mártir, uno de los cuales murió durante la travesía.351 Y, según una entrada en su diario de a bordo, fechada el 1 de enero, había encontrado aquello que buscaba.352

El viaje de regreso a España no estuvo exento de incidentes. El 13 de enero, cuando la reunificada expedición de la Pinta y la Niña llegó a una península llamada Samaná, frente a La Española, los españoles tuvieron su primer choque armado con pueblos indígenas del Nuevo Mundo. Es posible que, con objeto de hacerse con esclavos, fuesen los europeos quienes atacaran y que los indios se defendiesen. Los taínos, con profusión de pintura en su cuerpo, utilizaron largos arcos de junco y flechas con la punta —de madera y a veces de diente de pez— muy afilada y algunas impregnadas de veneno. Esta resistencia convenció al Almirante de que aquellos hombres debían de ser «los caribes antropófagos».353 Según le dijeron sus amigos indígenas, «los caníbales asaltan habitualmente sus islas para robarlos con continuas acometidas, no de otro modo que en los bosques los cazadores persiguen a las fieras con violencia y con trampas. A los niños que cogen, los castran como nosotros a los pollos o cerdillos que queremos criar más gordos y tiernos para comerlos; cuando se han hecho grandes y gordos, se los comen; pero a los de edad madura cuando caen en sus manos, los matan y los parten; los intestinos y las extremidades de los miembros se las comen frescas, y los miembros los guardan para otro tiempo, salados como nosotros los perniles de cerdo. El comerse las mujeres es entre ellos ilícito y obsceno; pero sí cogen algunas jóvenes las cuidan y conservan para la procreación, no de otra manera que nosotros las gallinas, ovejas, terneras y demás animales. A las viejas las tienen por esclavas para que les sirvan [...] I la isla que habitaban aquellos monstruos [se referían en realidad a la península] se encuentra hacia el sur y equidista de las otras islas...».354 Es posible que se tratase de Guadalupe. Y de ahí partió el mito, pues durante la siguiente generación todo nativo que se resistiese a los españoles era llamado caníbal, propio para ser esclavizado. Colón llamó a la bahía y al cabo «de las flechas».

Por lo pronto, Colón tuvo dificultades para capear los vientos desfavorables que soplaban del este. Puso rumbo noreste a través del mar de los Sargazos, con tan densas capas de algas que algunos de sus hombres temieron no poder seguir avanzando. Luego pusieron rumbo este, hacia las Azores. Durante la travesía los sorprendió una tormenta y de nuevo las dos naves se separaron. El 14 de febrero Colón escribió dos cartas: una a Luis Santángel,355 el tesorero y su mejor apoyo, y otra al tesorero aragonés Gabriel Sánchez. En la carta a Santángel describía que, en treinta y tres días, había llegado a las Indias y había encontrado muchas islas densamente pobladas que bautizó con los nombres de San Salvador, Santa María de la Concepción, Fernandina, Isabela, Juana (Cuba) y La Española. Durante la travesía de regreso había encontrado otras seis islas, pero no tierras continentales. Colón introdujo su carta en un barril con una nota que decía que quienquiera que la encontrase debía entregarla a los reyes.

El objeto de estas cartas fue que «si se perdiese con aquella tormenta los reyes hobiesen noticia de su viaje...».356 Pero estas precauciones resultaron innecesarias porque, el 17 de febrero de 1493, la Niña llegó al puerto de Santa María en las Azores. La Pinta, con Martín Pinzón, había desaparecido.

Diez de los hombres de Colón desembarcaron en las Azores el Miércoles de Ceniza para dar gracias a la Virgen, pero fueron detenidos casi de inmediato por Juan de Castañeda, el capitán portugués que estaba al mando de la isla. El Almirante tuvo dificultades para rescatarlos, porque las relaciones entre Portugal y España eran por entonces bastante malas. Sin embargo, logró su propósito. Mostró a las autoridades portuguesas «desde lejos» su privilegio del 30 de abril de 1492.357 Colón dejó las Azores el 20 de febrero y desde allí llegó, el 4 de marzo,358 a Lisboa, la ciudad portuaria europea más cercana. Aquel mismo día, el genovés añadió una posdata a su carta para Santángel, diciendo que se detenía en Portugal a causa del mal tiempo.359 Reiteraba que había llegado a las Indias «en treinta y tres días», y explicaba que para la travesía de regreso había empleado sólo veintiocho.360

Con aquella misma fecha Colón escribió también una carta a los reyes en la que les anunciaba el descubrimiento. Era una carta muy parecida a la que escribió a Santángel. En la misiva les hacía la interesante petición de que el rey recomendase a su hijo Diego, que seguía siendo paje del infante, para que el papa le concediese la dignidad cardenalicia cuando (tal como Colón esperaba) Fernando escribiese a Inocencio VIII acerca de los descubrimientos, «suplico que, en la carta que escriva d’esta victoria, que le demanden un cardenalgo para mi hijo y que, puesto que no sean en hedad idónea, se le dé, que de poca diferencia ay en el tiempo d’él y del hijo del Oficio de Medizis de Florencia a quien se dió el capelo sin que aya servido ni tenga propósito de tanta honra de la christiandad».361 Pero esta carta no la envió hasta haber llegado a España. Colón escribió varias cartas más relatando sus logros; una de ellas a su amigo de 1490, el duque de Medinaceli, y otra a Juanotto Berardi, el mercader florentino de Sevilla.

Antes de llegar a España, el Almirante visitó al rey Juan de Portugal el 6 de marzo, en el convento de Santa María das Virtudes, en el valle del Paraíso, a unos cincuenta kilómetros de Lisboa. El rey había ido allí debido a la epidemia que se había declarado en la capital. Como es natural, posteriormente, esta visita suscitó recelos en Castilla. Ciertamente, fue recibido de forma entusiasta por el rey Juan que, como era de prever, adujo que las nuevas tierras descubiertas por Colón debían pertenecer a Portugal y no a España, en virtud de los tratados entre ambos países.362 Colón visitó también a la reina Isabel de Portugal, hija mayor de Fernando e Isabel, en el convento de San Antonio, en Vila Franca de Silva.363 El rey Juan le ofreció caballos al Almirante para viajar hasta Castilla, si quería hacerlo por tierra, pero Colón prefirió hacerlo por mar. Cuando hubo partido, el 13 de marzo, el rey Juan sometió a un largo interrogatorio a los dos portugueses que habían estado con Colón y que se quedaron en Portugal. De inmediato decidió enviar una flota al mando de Francisco de Almeida, para localizar las tierras descubiertas por el genovés.364 Un cronista portugués, Rui de Pina, comentaría que algunos cortesanos del rey Juan sugirieron que Colón debía ser asesinado antes de que llegase a España para poder aprovecharse de las noticias de la expedición.365

Los Reyes Católicos recibieron la noticia del regreso de Colón el día 9 de marzo, en Barcelona. Un empresario milanés, Anibal Zennaro, establecido en la Ciudad Condal, le escribió acerca de la expedición a su hermano, que era embajador en Milán. Zennaro escribió aquel mismo día que Colón había regresado y que, tras desembarcar en Lisboa, le había escrito al rey, que lo había mandado llamar a Barcelona.366El texto es interesante: «El pasado agosto, estos monarcas, como consecuencia de las peticiones de un tal Columbus [Colón] accedieron a que fletase cuatro [sic] carabelas para navegar por la mar Océana y viajar rumbo oeste [...] hasta llegar a Oriente, porque siendo el mundo redondo devía forzosamente dar la vuelta y encontrar la parte oriental. Y así lo hizo, [...] y en treinta y tres días, llegó a una gran isla donde había habitantes cuya piel era de color oliva, iban desnudos y no mostraban disposición a luchar.»367

A finales de marzo, la noticia se había propagado por todas partes. El florentino Tribaldo de Rossi difundió la noticia del descubrimiento de las Indias en su Libro di Conti, una hoja informativa, presumiblemente tras obtener la información de uno de los muchos compatriotas que vivían en Sevilla.368

Durante los diez meses que Colón estuvo ausente de la corte, los monarcas habían abandonado Granada y Santa Fe, a finales de mayo de 1492. Primero fueron a Córdoba y después viajaron hacia el norte, deteniéndose de vez en cuando hasta llegar a Barcelona, el 18 de octubre, donde permanecieron hasta finales de enero de 1493, básicamente para supervisar la negociación diplomática para recuperar el Rosellón y la Cerdaña, que el padre de Fernando, Juan II, había hipotecado al rey Luis XI de Francia en los años sesenta de esa centuria.369 Entretanto, la reina preparó su reforma de los monasterios. No sería sorprendente que la reina hubiese leído el bestseller de aquel año, Cárcel de amor de Diego de San Pedro, ya que estaba dedicado a uno de sus más queridos amigos, el jefe de los pajes reales, el «alcaide de los Donceles», Diego Fernández de Córdoba.

En diciembre de 1492, Fernando había sido atacado por un hombre con un cuchillo en la plaza del Rey de la capital catalana. Por suerte, el rey llevaba una gruesa cadena de oro que desvió el arma y le permitió sobrevivir al ataque. El agresor era un perturbado mental, «el payés Juan de Cañamares», que confesó que el demonio le había dicho que matase al rey, porque el reino le pertenecía a él por derecho. La reina «fue de inmediato junto a su esposo», tras ordenar que cuatro galeras de guerra se situasen frente al muelle para proteger al infante. «Llamaron a un batallón de médicos y cirujanos —escribió Mártir—, y oscilamos entre el miedo y la esperanza.»370 Tras varios días con fiebre, Fernando se recuperó. El agresor tuvo una muerte espantosa, cuyos detalles le fueron ocultados a la reina Isabel hasta que se hubo producido.371 Isabel le escribió a su confesor Talavera: «Pues vemos como los reyes pueden morir en cualquier desastre. Razón es aparejar a bien morir.»372

El 19 de enero de 1493, los dos monarcas firmaron un tratado con Francia en virtud del cual Francia devolvía a Aragón las disputadas regiones del Rosellón y de la Cerdaña de las que se habían apoderado en los años sesenta del siglo XV. A cambio, los soberanos españoles accedieron a que el rey Carlos VIII fuese a Italia para desafiar en combate singular al sobrino de Fernando, Ferrante, rey de Nápoles. Fernando e Isabel se dirigieron a Perpiñán para asistir al acto de restitución de las citadas regiones. La reina escribió una larga carta lamentándose de lo tedioso que era tener que cenar tan a menudo con los embajadores franceses.

Durante todos aquellos meses, los monarcas habían permanecido aparentemente tan desinteresados por los posibles logros de Colón como por noticias tales como las de las tragedias sufridas por sus ex súbditos, los indomables judíos. Muchos de ellos fueron apresados por corsarios, y vendidos como esclavos en el mismo puerto del que habían partido, mientras que otros fueron trasladados a los mercados de esclavos de Fez y de Tánger. Algunos regresaron y consintieron en convertirse al cristianismo.

Sin embargo, los monarcas no echaron en saco roto las noticias —posteriores a la muerte del papa Inocencio VIII, a finales de julio de 1492, y de su apresurado entierro en un sepulcro diseñado por Pollaiulo— de que el cónclave había votado al cardenal Borgia, de la misma familia valenciana que Calixto III (su tío), que ascendió al papado con el nombre de Alejandro VI a la edad de sesenta y un años. «Una victoria lograda —dijo Guiccardini—, porque compró abiertamente muchos votos, en parte con la promesa de cargos y prebendas.»373

Todo el mundo sabía que Alejandro VI no iba a ser «un papa angelical», como algunos predijeron en 1493, un hombre que no ambicionase el poder temporal, sino únicamente el bien de las almas. Por más pródigo, simoníaco, hedonista y encantador que Alejandro VI pudiera ser, un hombre con un gran don de gentes, descaradamente sensual y amante de las cosas del mundo, sobre todo de las mujeres, además de un gran promotor de su familia (incluyendo a su criminal hijo César), tuvo la ventaja adicional, por lo que a los monarcas se refiere, de ser medio español. Pedro Mártir comentó sarcásticamente que si, cuando sólo era cardenal, el actual papa Borgia había conseguido que a su hijo mayor le concediesen el título de duque de Gandía, ahora sin duda podría convertirlo en rey.374 Temía que, aunque fuese español, los monarcas detestaban la idea de un papa «perverso, lascivo y con desmedida ambición para sus hijos».375

Por otro lado, el hecho de que Alejandro Borgia fuese papa tenía claras ventajas para los monarcas españoles: el lenguaje que se usaba allí era el valenciano y lo siguió siendo durante todo su pontificado.376 Fernando simpatizaba con Alejandro y no era persona proclive a criticar a nadie por cuestiones morales. Sin embargo, como vicecanciller del papa Sixto IV, Alejandro Borgia había influido en la política de Roma de apoyo a Fernando e Isabel, desde su visita a España en 1492 como legado pontificio, confiando en garantizar el activo apoyo español contra los turcos. Fue Alejandro Borgia quien convenció al joven cardenal Mendoza para que estuviese de parte de Fernando e Isabel y dejar solo al rey Enrique; fue él quien consiguió la verdadera bula que permitía el matrimonio entre primos segundos, y fue también él quien aprobó que Fernando se hiciese con la dignidad de Maestre de la Orden de Santiago en 1476 tras la muerte de Rodrigo Manrique. Además —por lo menos de acuerdo con las reflexiones del historiador florentino Francesco Guiccardini—, Alejandro «poseía una astucia y sagacidad singulares, gran criterio, y excepcionales dotes de persuasión, así como una increíble capacidad de concentración y habilidad para afrontar las cuestiones más arduas». Sin embargo, Guiccardini opinaba que, todas estas virtudes pesaban mucho menos que «su obsceno comportamiento, su hipocresía, desvergüenza, falsedad, impiedad, ambición insaciable y descontrolada, una crueldad propia de un bárbaro y su desmedida ambición para encumbrar a sus numerosos hijos».377 El historiador Infessura comentó que, nada más ser elegido papa, Alejandro regaló todos sus bienes a los pobres, es decir, a los cardenales que le habían votado, con Ascanio Sforza a la cabeza.378

Los monarcas enviaron una generosa carta de felicitación a Colón cuando éste iba de camino a Barcelona. Se congratulaban «... y de haberos dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien en lo que comenzasteis, en que él será mucho servido, y nosotros asimismo y nuestros reinos recibir tanto provecho».379 Le pedían que se apresurase a llegar a Barcelona y se referían a él con todos los grandes títulos que les había solicitado: «Almirante del mar Océano, visorey e governador de islas que se han descubierto en las Indias.»

No obstante, Colón recaló primero en Palos y luego en Sevilla, donde fue aclamado por las calles y por el joven Bartolomé de Las Casas, el futuro historiador, agitador y apóstol de las Indias. Luego se dirigió a Barcelona, en un viaje triunfal a través de Córdoba, Murcia, Valencia y Tarragona. Llevaba consigo su pequeña banda de indios para exhibirlos en Barcelona.380

Martín Alonso Pinzón también había llegado a España, con la Pinta. Recaló en Bayona, cerca de Vigo, pocos días antes de que Colón llegase a Sevilla. Estaba dispuesto a plantear un serio litigio en contra del genovés y, ciertamente, podría haber alegado que él había regresado primero a Europa. Escribió a los monarcas que había descubierto lo que creía que eran tierras continentales (¿China?), así como islas, mientras que Colón creía haber descubierto sólo islas. Pero Pinzón murió nada más llegar a Sevilla, posiblemente de sífilis y, en cualquier caso, a quien los monarcas deseaban dar la bienvenida era a su Almirante. Con todo, de haberse dado ciertas circunstancias, América podría haberse llamado «Pinzonia».

Colón llegó a Barcelona probablemente el 21 de abril. Según el padre Las Casas, las calles estaban llenas, y los monarcas recibieron a Colón como a un héroe, permitiéndole sentarse en su presencia y cabalgar junto a ellos durante sus recorridos. Las Casas añadía que el Almirante «parecía un senador del pueblo romano».381 Pedro Mártir, que estuvo presente, escribió que «Colón fue recibido con honores por el rey y la reina, que lo hicieron sentar en su presencia, una muestra de gran afecto y honor entre los españoles», y añadía que Colón era como «uno de esos personajes a quienes en la Antigüedad convertían en dioses».382 El cartógrafo Jaume Ferrer, que también estuvo allí, pensaba que el Almirante era «como un apóstol que hacía por Occidente lo que santo Tomás había hecho en la India».383 Se rezó un Te deum en la capilla y, según el padre Las Casas, «Que jubilo, que gozo, que alegría bañó los corazones de todos» al arrodillarse emocionados.384 Colón le regaló a la reina hutías (mamífero roedor abundante en las Antillas, de pelaje espeso y suave), guindillas, boniatos, monos, loros, oro y seis hombres que llevaban pendientes de oro y aros en la nariz, unos hombres que no eran blancos, sino «del color del membrillo».385 Aquellos taínos fueron bautizados y apadrinados por la familia real, y uno de ellos, «Juan de Castilla», fue nombrado paje, aunque lamentablemente «Dios lo llamó pronto a su lado».

Estos acontecimientos tuvieron lugar en el salón del trono del Tinell, el palacio Real, en lo que en la actualidad se conoce como plaza del Rey, donde había tenido lugar el intento de asesinato de Fernando muy poco tiempo atrás. El salón había sido diseñado por Guillem Carbonell a mediados del siglo XIV y no se había modificado; el descubridor de América sin duda debió de ver los curiosos murales góticos en las paredes del abovedado salón.

Pocos días después, Pedro Posse publicó una copia de la carta que Colón envió a Gabriel Sánchez a Barcelona. No tardó en aparecer en Roma una edición en latín a cargo de Leandro del Cosco, reimpresa no menos de ocho veces en 1493 (tres en Barcelona, tres en París, una en Amberes y otra en Basilea).386 Tan amplia difusión de la carta no hubiese sido posible de no ser por el nuevo invento de la imprenta que, a lo largo de la siguiente generación, alentó en todas partes el entusiasmo por los descubrimientos geográficos.

En todas sus cartas de la época, Colón hablaba del regalo que Dios le había hecho a Castilla. ¡Qué conveniente era tener tal regalo tan cerca de las Canarias! ¡Qué ideal era que los indios fuesen a recibir la fe cristiana!387 Colón comentó que en Cuba había oído el canto del ruiseñor por todas partes. Dijo que, en La Española, los indígenas no tenían religión, sino que creían que el poder y la bondad moraban en el cielo;388 que no había encontrado monstruos, sino personas bien formadas, y que todos hablaban la misma lengua, algo que sería útil cuando tratasen de convertirlos al cristianismo. También dijo que había dejado allí un enclave (el fuerte Navidad), y que había tomado posesión de una gran ciudad, donde había establecido buenas relaciones con el rey local.389 (No está claro a qué ciudad se refería.) También mencionó a los caribes que, según dijo, recorrían la costa en canoas llevando a cabo violentas incursiones, así como complaciendo a las mujeres de «Matinino» (probablemente, Martinica, que aún no había avistado ni visitado) una vez al año.

Colón concluía que, como resultado de su descubrimiento, «yo les daré oro cuanto ovieren menester con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán agora». Y añadía: «[Les daré] speciería y algodón cuanto Sus Altezas mandarán cargar, y almástica cuanta mandarán cargar [...] y lignáloe cuanto mandarán cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar e serán de los idólatras. Y creo haver fallado ruibarvo y canela [...] Esto es harto y... eterno Dios nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino victoria de cosas que parecen imposibles. [...] Así que, pues nuestro Redentor dio esta victoria a nuestras illustrísimas Rey e Reina e a sus reinos famosos de tan alta casa, adonde toda la christiandad deve tomar alegría y fazer grandes fiestas y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes, por el tanto enxalçamiento que havrán en tornándose tantos pueblos a nuestra sancta fe, y después los bienes temporales que no solamente a España, mas a todos los christianos tenían aquí refrigerio y ganancia.»390

Colón creía haber estado en Asia. Pero la mayoría de los «sagaces» comentaristas italianos dieron por sentado de inmediato que Colón había descubierto las Antípodas; que había llevado el nombre de Cristo a las Antípodas, que «anteriormente ni siquiera creíamos que existiesen». En Florencia se llegó a hablar del descubrimiento «del mundo opuesto al nuestro».391 Esto se debió a que la idea encajaba en la corriente general de pensamiento entre los humanistas italianos de los años noventa del siglo XV, porque el escritor eclesiástico Macrobio (siglo V), había escrito comentarios sobre Cicerón que sugerían que «una masa de tierra antípoda puede que exista en los hemisferios norte y sur», y había sido publicado recientemente; y un «enciclopedista» del norte de África, Marciano Capella, había sugerido lo mismo en su curiosa novela alegórica De Nuptis Mercurii et Philologia, una obra que por entonces también era ya accesible. (Pierre d’Ailly creía que las Antípodas podían ser una masa de tierra sin solución de continuidad con los continentes conocidos.) Pedro Mártir también pensaba que Colón había estado en las Antípodas: «Ha regresado de las Antípodas occidentales un tal Colón, de Liguria, que sólo ha conseguido de mis soberanos tres naves para el viaje, porque consideraban que lo que decía era quimérico.» (Como Antípodas significa lo directamente opuesto, habría sido difícil encontrar Antípodas occidentales.)

Mártir dijo también que Colón había estado «en lugares desconocidos», con lo que presumiblemente quería decir que consideraba que no se trataba de lugares que estuviesen en Asia.392 En septiembre le escribió a su benefactor, el conde de Tendilla, y al arzobispo Talavera, sin cuyo consejo (decía obsequiosamente, aunque inexactamente), Colón no hubiese logrado su propósito: «¡Levantad el espíritu, mis dos sabios ancianos, escuchad el nuevo descubrimiento! Recordad, porque conviene recordarlo, que Colón, el de Liguria estuvo en los campamentos tratando con los Reyes acerca del recorrido por las antípodas occidentales de un nuevo hemisferio de la tierra.»393 Un mes después escribió, más adecuadamente, al arzobispo de Braga que, por lo que se refería a que Colón hubiese llegado a las Indias, «no lo niego del todo, aunque la magnitud de la esfera parece indicar otra cosa».394 En noviembre, Mártir utilizó la adecuada expresión «nuevo mundo» (novi orbis) para referirse a los lugares donde Colón había estado, en una carta a su benefactor, el cardenal Ascanio Sforza, fechada el 1 de noviembre de 1493.395

El propio Almirante, en su carta a Luis Santángel, comentó «cómo en treinta y tres días pasé a las Indias con la armada de los ilustrísimos Rey e Reina Nuestro Señor me dieron».396 Y, ¿por qué no dijo «la India»? Porque, presumiblemente, Colón quiso utilizar «el término más vago y abarcador que se le ocurrió para sugerir la India, sin contradecir la imaginación popular en España».397 Fernando Colón, el inteligente hijo del Almirante, comentó que su padre había utilizado la expresión «las Indias» «porque eran la parte más oriental de la India, más allá del Ganges, a la que ningún geógrafo ha señalado el límite oriental...».398 Colón seguía pensando en términos de «las Indias», y nadie lo contradijo. Pero, por supuesto, decía otra cosa. Fernando e Isabel, así como la corte, sabían cuál era la realidad, y pronto empezaron a actuar como Pedro Mártir hubiese deseado.