Hubo un tiempo en que el mundo todavía no era mundo porque carecía de todas sus partes. Por aquel entonces existía ya una primera raza de seres mortales que remontaban a la vida de la tierra misma. Nacían de rocas resplandecientes escondidas en el interior de grutas muy profundas o se alzaban de la grava depositada en el cauce de los torrentes o en las riberas de los lagos. De allí emergían cubiertos de barro y mirándolo todo con sus ojos brillantes, preguntándose dónde estaban.
Los primeros mortales recorrían la faz de la Tierra sin necesidad de cubrirse el cuerpo, ya que los días transcurrían en una agradable calidez y jamás sentían frío ni incomodidades. Vivían al aire libre y dormían sobre la hierba esponjosa, que crecía en abundancia. Para alimentarse no tenían que cultivar ni criar ganado, porque les bastaba con recoger el grano y los frutos silvestres que encontraban por todas partes y beber la leche de las ovejas y las cabras que pacían en libertad. No mostraban en su rostro ni en su cuerpo ningún signo de vejez ni de tristeza, sino que mantenían siempre la vitalidad, bailaban y reían mucho. Ninguno poseía nada ni era más que el otro, porque no había razón para ello.
Algunos dirían después que aquella era una vida dorada, creyéndola la más preciosa de las existencias, pero aquellas criaturas satisfechas y tranquilas también eran insignificantes. Nada había que las alterara, porque nunca cambiaba nada. Nada tenía valor, porque nada exigía esfuerzo alguno. Nadie recordaba el pasado ni pensaba en el futuro: todo momento era ahora. Jamás aquellos seres alzaron casas ni ciudades, ni sintieron la tentación de construir navíos para descubrir qué había más allá del mar. La muerte les llegaba en el sueño, sin preocupaciones ni miseria, de manera que, al extinguirse, era como si nunca hubieran existido. Tanto es así que no se ha recordado su nombre ni ninguno de sus hechos, ni tampoco la manera en la que hablaban ni qué cosas decían.
Así los estuvo observando el soberano celeste Crono durante eones, a veces con cariño y a veces con desdén, siempre presa del aburrimiento. El viejo titán dormitaba al calor de la primavera eterna, desparramado en el trono que había mandado labrar en la roca gris del monte Otris. Allí, guardado por sus cuervos siempre vigilantes, que se posaban a su alrededor, se dejaba mecer por el zumbido de los insectos mientras le bañaba el polen que flotaba en el aire. A sus pies, hombres y animales se recreaban con fiestas y deleites, alegres, amorosos, solazándose mutuamente con el esplendor de sus cuerpos. Ajenos a todo mal y a todo saber perdurable, los mortales desconocían las vilezas que el señor del universo había tenido que perpetrar para darles la placidez.
En otra edad del mundo, aquel dios hastiado que mantenía todo lo existente en un sopor mortecino había sido el más valiente de una estirpe magnífica, el más astuto y despiadado, el más capaz. Solo él se había atrevido a vengar a su madre, la Tierra, y derrocar a su padre, el Cielo. Solo él había sabido imponerse a criaturas brutales, pagando el precio de ejercer una violencia aún más salvaje. Sin embargo, una inmensidad más tarde el cosmos seguía inacabado: todavía le faltaba algo y Crono no sabía ver qué era. Se sentía viejo y cansado. La creación le agonizaba entre las manos de pura complacencia.
Mucho antes de que llegaran los mortales, cuando el Caos seguía muy cerca, la Tierra hizo un esfuerzo magnífico para emprender la creación de todas las cosas: se desgarró a sí misma y parió al Cielo estrellado con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y que sus hijos tuvieran una sede segura y feliz donde habitar. El Cielo derramó lluvia sobre sus grietas y cavidades hasta colmarlas por completo y así florecieron la hierba, las flores, los árboles. Esa fértil unión alumbró también las fuerzas que tendrían que servir para ordenar el mundo, a las que su madre quiso dar brazos y manos para que pudieran tocarla, piernas para que pudieran recorrerla y un rostro con el que pudieran admirarla y hablar con ella. Sus hijos llamaron Gea a su madre y a su padre, Urano.
Los primeros nacidos de Gea fueron seres de una fuerza tan extraordinaria como incontrolable: tres monstruos de cien manos y cincuenta cabezas conocidos como los hecatonquiros. Después nacieron los cíclopes, con un solo ojo y bastante mal carácter, que, sin embargo, eran maestros constructores y soberbios artesanos. Aunque imperfectos, su madre no los quiso menos. Ahora bien, sucedió que su padre, que los espiaba desde lo alto, los aborreció apenas echaron a andar y desconfió de ellos porque alzaban la mirada hacia las nubes barruntando cosas de las que él nada sabía. Por eso creyó que no debía permitir que actuaran con entera libertad. Los envió al lugar más profundo de la Tierra, a donde no llegaba la luz, el abismo sin fin conocido como el Tártaro.

En el principio de los tiempos, la Tierra emprendió la creación de todas las cosas.
Urano se había acostumbrado a cubrir a Gea cuando le venía en gana, sin que ella pudiera negarse, y mientras la tenía debajo, sofocándola en toda su extensión con su agobiante peso, se sabía el señor del universo porque veía a su merced a la Madre de Todas las Cosas. Cuando desataba su ira, Urano sacudía la Tierra con grandes cataclismos, le enviaba truenos terribles que la resquebrajaban y abrían simas insondables, lluvias lacerantes que le perforaban el rostro, vientos arrolladores que la abrasaban. Pero, a pesar de su violencia, Gea se esforzaba en darle vástagos cada vez más hermosos, más perfectos. Su vientre, fecundado por la semilla de su esposo, alumbró una raza de seres poderosos que se erguían a gran altura, por encima de los árboles, con brazos membrudos y piernas enérgicas como lomos de caballos: los seis titanes y las seis titánides, criaturas de cuerpos bellos y bien proporcionados, masculinos unos, femeninos otros.
Sin embargo, tampoco esto satisfizo a Urano. Al ver que una nueva generación de seres espléndidos poblaría el amplio pecho de su esposa, usó todo su poder para retenerlos en las profundidades. Gea lloró ante él torrentes que corrían por las laderas de los montes. Sus lamentos resonaron en valles y montañas suplicando compasión. El mundo aguardaba vacío bajo las estrellas, mientras que su vientre rebosaba de vida vibrante que se debatía por salir y le causaba dolores insoportables. Pero Urano no respondió jamás.
La Madre Tierra no podía tolerar más los ultrajes de su esposo y tramó su derrocamiento. Admirando la majestuosa planta de sus hijos, pensó que ellos podrían liberarla. Los condujo secretamente a un lugar perdido muy adentro de sus entrañas, donde intentó convencerlos para que atacaran a su padre, pero todos le tenían miedo. Solo Crono, el más joven, el indomable, dio un paso al frente.
—Yo no siento temor ni respeto por nuestro padre —dijo.
Gea se regocijó al oír aquellas palabras, porque estaban preñadas de esperanza. Ahora veía posible lo que había creído que jamás sucedería: el final de su sufrimiento y la libertad de sus hijos. Entonces confió a Crono la venganza que había ideado. Oculta a la vista de su esposo, en una húmeda gruta, había fabricado una hoz de pedernal con sus propias lágrimas, gota a gota, la había pulido con el aliento cálido de sus entrañas y la había marcado con dientes cortantes; era una herramienta brutal y de tamaño inmenso, que solo el brazo de un titán podía alzar y manejar con destreza. La entregó a su hijo y le mostró una grieta donde ocultarse para que no lo descubriera su padre cuando ella lo llevara hasta allí.
Una vez más, Gea sintió el aliento de Urano, gélido como el brillo de los lejanos astros, recorriendo los bosques que a ella le servían de manto. Era el anuncio de que ya descendía en busca de su esposa. En esta ocasión, su marido la encontró feliz y dispuesta, y, algo del todo inesperado, vio incluso que se acicalaba con coquetería: Gea reunió una gran masa de barro y musgo en la orilla de un lago y, humedeciéndola con el rocío de un salto de agua, la fue moldeando para darle curvas redondeadas, dotadas de peso y volumen, y la coronó en lo alto con hojas de sauce. Cuando la figura estuvo lista, entró en ella como un soplo fecundo y le infundió vida, una vida que era ella misma. Entonces el barro se hizo carne y el musgo se transformó en piel; las hojas de sauce se convirtieron en un cabello ensortijado que se agitaba al viento. Se había encarnado en un cuerpo femenino, a imagen de aquel con el que sus hijas, las titánides, cautivaban la mirada de todas las criaturas, un cuerpo sinuoso, palpitante.
—Ven a mí, esposo —dijo Gea con voz tentadora—. Quiero sentir tus brazos alrededor de mi cuerpo, tus manos recorriendo mis formas, quiero mirarte y ser mirada, y que me tomes así para saciarme contigo.
Al oír esta invitación, el Cielo pareció inundarse de llamas. Una estrella se volvió incandescente y, separándose de la bóveda celeste, empezó a caer dibujando una estela de humo y rescoldos centelleantes más y más larga. Desgarró las nubes al atravesarlas y, precipitándose cada vez más rápido, chocó contra la Tierra. Un terremoto sacudió el mundo y lo cubrió de polvo y ceniza. Desde el centro del extenso cráter que se había formado con el impacto, entre jirones de humo deshilachados por el viento, avanzó un colosal cuerpo masculino de anchas espaldas, la contraparte del cuerpo femenino que Gea había creado. Urano, encarnado en él, movió los brazos, abrió y cerró las manos, palpó sus músculos poderosos, notó la tensión de sus nervios. Finalmente sonrió: estaba complacido.
Cuando llegó adonde Gea le esperaba, a los pies de un lecho de hierba mullida, ella alzó sus brazos para recibirle y él la rodeó con los suyos. Los esposos sintieron el calor de la carne por primera vez. Ella le hizo recostarse y ambos yacieron sobre la hierba, donde al fin de verdad se conocieron y gozaron uno del otro hasta que ambos quedaron exhaustos. Después Urano, infinitamente satisfecho, se echó a un lado y cayó dormido.
En ese momento, cuando más despreocupado y vulnerable se encontraba el Cielo encarnado, dando ronquidos como truenos, su hijo Crono salió de su escondite, tomó los genitales de su padre con una mano y, pasando la hoz con un golpe cruel, los cercenó sin vacilar. Los alaridos de Urano estremecieron el mundo. Arrogante, Crono alzó el sexo mutilado hacia lo alto para mostrarlo al universo entero. Luego lo lanzó con toda la fuerza de la que era capaz su brazo, girando sobre sus pies para enviarlo muy lejos, hasta el mar, donde la espuma lo envolvió a medida que se hundía hasta perderse de vista. Entonces fue a rescatar a sus hermanos de sangre, primero a los que habían sido recluidos en las entrañas de la Tierra, y luego, a los que habían sido arrojados al Tártaro, porque, con ellos a su lado, tomaría el poder de su padre.
Cuando Gea vio los terribles sufrimientos de su marido, se sintió conmovida y se compadeció de él. Abrió sus carnes en forma de gruta umbría y allí le dio cobijo para que se doliera en paz de sus heridas.
—Llegará un día en que el insolente recibirá su misma ofensa —dijo Urano amadrigándose en las entrañas de su esposa—, el día en que recogerá el fruto de la semilla que ha sembrado.
La brisa tibia hizo volar aquellas palabras, que recorrieron el mundo. Por el contacto de la sangre que manaba de la herida castradora con la Madre Tierra, aquellas dos fuerzas de fertilidad incontrolable aún darían a luz a nuevas criaturas, que serían seres furibundos, producto de un dolor abismal. Pero todavía tendría que pasar tiempo y nuevos trastornos surcarían de heridas el universo en formación.
Las corrientes marinas mecieron el sexo mutilado hasta encontrarle un buen lugar donde descansar en el lecho marino, donde su propia potencia engendradora formó con el tiempo un arrecife de coral a su alrededor. Sus fértiles fluidos viajaban por el mar llenándolo de vida exuberante. Así permaneció aquel vestigio del grandioso Urano mientras el mundo seguía corriendo en la superficie y los nuevos dioses inmortales intentaban imponer su propio ordenamiento.
Bajo las órdenes de su rey Crono, los uránidas, pues así serían conocidos los hijos del Cielo y la Tierra, se afanaron en dar una forma mejor al universo, que hasta entonces había sido tosco y poco articulado. El titán Hiperión se ocupó de colocar el sol en lo más alto y su hermana Tea, de llevar su luz allá donde fuera necesaria. Cuando ellos se retiraban, la titánide Febe encendía la luna y las estrellas, y las ponía en movimiento para escuchar los consejos que traían sus murmullos astrales. Océano, el de profundos remolinos, se extendió alrededor de la Tierra para recogerla con sus vigorosos brazos, rebosantes de vida. Como Tetis lo amaba, fluyó en su busca desde las más altas montañas para dar lugar a ríos y mares. Crío dotó a los animales de instinto, los reunió en manadas y rebaños, y les enseñó a campar sin temor por los bosques y los prados de la Tierra.

Crono salió de su escondite, tomó los genitales de su padre, y los cercenó sin vacilar.
Los cíclopes ayudaron con su industria allá donde fueron reclamados: elevaron barreras naturales como murallas, abrieron simas insondables, forjaron nuevos materiales duros y preciosos que escondieron bajo tierra para armar sobre ellos las nuevas estructuras del mundo. Obra suya fueron también las grandiosas moradas de los eternos, algunas excavadas en la roca, otras hechas de árboles y vegetación trenzada. Los brazos todopoderosos de los hecatonquiros extendieron campos, abatieron valles, mordieron la costa con bahías y estuarios, amontonaron montañas para formar serranías, movieron tierra, agua y nieve.
En cuanto el nuevo orden estuvo dispuesto, la titánide Mnemósine comprendió la potencia creadora de la palabra, un instrumento capaz de dar presencia a lo que no existía y de borrar lo que no tenía manera de nombrarse. Desde el primer momento se esforzó en desvelar la naturaleza de esa fuerza para ampliar los límites del mundo y guardar la memoria de los días. Gracias a su ayuda, Crono adquirió la capacidad de hablar con autoridad y de entender mejor. Al rey celeste lo aconsejaba Ceo, el más sagaz de los titanes, quien departía con frecuencia con su antiquísima madre para adquirir su conocimiento. Pero cuando quería determinar qué era lo más conveniente, el soberano buscaba a su hermana, la profética Temis. Siempre imperturbable, la titánide no conocía la cólera y su mirada ecuánime sabía reconocer cuál era el lugar de cada cosa y cuál debía ser su cometido.
Una noche, durante una alegre celebración que reunió a los uránidas en los grandes salones excavados en la piedra del palacio de Crono, el titán Jápeto se acercó a su hermano para desvelarle su inquietud. Ahora que su padre había perdido su poder y ellos habían trabajado unidos para dar forma al universo, se echaba de menos en la creación un ser viviente que medrara junto a los animales, pero que estuviera dotado de nobleza y de un espíritu sublime como los propios dioses. Mientras que los animales caminaban inclinados hacia el suelo, esta nueva raza de seres debería tener la misma figura de los inmortales, con un rostro que pudiera alzarse al cielo y unas manos libres y capaces de formidables emprendimientos. Una raza tal haría vibrar al universo con su vitalidad y su alegría. La Madre Tierra era generosa y fecunda, y había lugar en su amplio pecho para las muchas criaturas que aún era capaz de alumbrar. Crono vio que su hermano tenía razón y le encargó que se ocupara de ello.
Tras la charla, el señor de los eternos se retiró de la fiesta porque se sentía intranquilo. Lo rodeaban dioses admirables: tenía hermanos y hermanas más sabios que él y otros que eran tanto o más fuertes; algunos dominaban los elementos con maestría sin igual y otros eran capaces de idear proyectos inmensos. Cuando los cíclopes se enojaban por verse reducidos al trabajo más pesado o discutían con los hecatonquiros, Crono tenía que bajar entre ellos, seres ingobernables, para apaciguarlos. Allí debía conducirse con prudencia extrema, porque cualquier debilidad o error podía desatar la espiral que acabara trayéndole la ruina. Sí, se veía incontestado en el trono celestial y, a pesar de ello, le preocupaba que las palabras rencorosas de su padre en la caverna no estuvieran vacías.
Solo podía sentirse seguro si la posesión de la fuerza era únicamente suya. Sabía que cualquiera que tuviera la capacidad de imponerse, tarde o temprano, lo acabaría intentando. Por la pura necesidad de aplastar toda amenaza, se daba cuenta de que tenía que cometer una última crueldad, una crueldad breve e intensa, que infligiría súbitamente y de una sola vez para que se olvidara pronto. Sus víctimas serían sus hermanos más bestiales, que eran los más peligrosos y a quienes más aborrecía. Los demás tomarían ejemplo y luego él no insistiría más. Por el contrario, se prodigaría en favores para que solo se recordara su magnanimidad.
Aunque siempre procuraba mantener a los hecatonquiros y a los cíclopes separados para que no se pelearan, les pidió que trabajaran juntos en un extremo del mundo, donde les encargó que construyeran para él un palacio subterráneo. Durante jornadas extenuantes, sus hermanos excavaron largos túneles que se cruzaban una y otra vez, surcados por corrientes e iluminados por metales preciosos. Siguiendo sus instrucciones, descendieron más y más hasta formar una maraña de pasadizos tan intrincada y profunda que no supieron salir de ella. Crono los habían enviado tan adentro que, sin saberlo, estaban ya muy cerca de la boca del Tártaro. Cuando Gea oyó las quejas de sus hijos perdidos en el laberinto de roca, transportó sus lamentos por la tierra como una vibración hasta estremecer al soberano celeste. Así supo Crono que su ardid había funcionado. El señor de los titanes descendió entonces del monte Otris y corrió hacia la entrada del laberinto pero, cuando llegó allí, en lugar de adentrarse en las profundidades para rescatar a sus hermanos, dio un primer paso largo y luego otro para coger impulso y, al tercero, se proyectó con sus potentes piernas hacia las nubes en un salto prodigioso. Entonces, al caer de nuevo sobre la Tierra, le asestó un golpe tan brutal con ambos puños que el suelo se fracturó a gran distancia en todas direcciones hasta que se hundió. Bajo la fuerza del impacto, la frágil red de túneles subterráneos se desmoronó y toda aquella parte del mundo se vino abajo, precipitándose hacia el Tártaro. Allí fueron a parar también los cíclopes y los hecatonquiros, maldiciendo al traidor de su hermano mientras caían por la oscuridad.
A partir de aquel momento, bajo la égida de Crono, el universo olvidó la violencia porque cada ser viviente, cada fuerza de la naturaleza, cada elemento de la creación fue leal al soberano celeste. No existía el castigo ni era necesario fijar en piedra palabras amenazadoras. No se exigía a nadie nada más que cumplir cada uno con su cometido. Quien deseaba comer podía coger las cerezas del cornejo, las fresas de las montañas, las moras que se apiñaban en los zarzales. Los campos amarilleaban de espigas cuajadas de grano sin necesidad de labrar. Goteaba un rubio néctar de los árboles verdeantes mientras corrientes tibias y apacibles acariciaban las flores de los prados.
Durante esa primavera eterna, cada titán y cada titánide buscaron su complemento. Algunos se desposaron con sus hermanos: Océano se unió a Tetis, Hiperión a Tea y Ceo a Febe; mientras que otros buscaron parejas más allá. Medró la raza de los inmortales y su descendencia pobló el mundo: la segunda generación de titanes, las primeras ninfas al cargo de las muchas formas en que se expresaba la naturaleza…
Para no sentirse solo, también Crono buscó esposa, una contraparte con la que compartir tanto sus trabajos como sus triunfos. Su amada fue su hermana Rea, quien dominaba los vientos de la tierra y del mar, a través de los cuales esparcía polen y semillas. Con su escolta de leones, la titánide se aseguraba de que la vida se abriera camino. Suyo era el poder que renovaba las cosechas sin que nadie tocase la tierra, el poder que preñaba a las hembras de los animales sin necesidad de que un macho las fecundara. Rea daba la vida y la vida era Rea.
El señor del universo veía que el mundo estaba satisfecho, que cada cual daba lo que se le pedía en conformidad con el nuevo orden. Pero se engañaba. Aunque Gea permanecía en silencio, no había olvidado ni olvidaría jamás la amarga traición de su hijo. Ella había puesto en su mano el arma castradora que lo había alzado al trono celestial, y a cambio aquel ingrato había obrado sin piedad ni justicia, como hiciera en su día su padre. Para ella, era un gobernante innoble, y así pensaban también algunos de los uránidas, aunque no hablaran de ello. Como el hijo se había convertido en lo mismo que el padre, justo era que sufriera su mismo destino. Algún día, profetizaba la antiquísima Gea siguiendo la admonición de Urano, Crono sería derrocado por su propio hijo.
El soberano celeste ignoró a conciencia la indignación y la ira que removían las profundidades de la Tierra. Sentía que había cumplido con su deber: el universo que había diseñado funcionaba a la perfección y bien podía retirarse ya a disfrutar de la tranquilidad en sus cimas peladas. Y así lo hizo, de modo que comenzó a languidecer en un descanso que se volvió eterno mientras el mundo se ahogaba en su propia indulgencia.
Su esposa Rea lo visitaba a menudo con el proyecto secreto de encender en él su ímpetu del pasado. Los esposos se amaban bajo las copas de los robles, que los cubrían con sus hojas para darles intimidad a la orden de su señora, o se revolcaban en los campos de cebada que Crono gustaba de consagrar con su divina simiente. Luego de haber gozado, yacían uno al lado del otro en amoroso abrazo y la reina hablaba a su esposo como nadie nunca osaba hablarle:
—Durante toda una edad del universo hemos permanecido inmóviles —le decía— y, aunque la Tierra hierve de criaturas nobles, fuertes y hermosas, ninguna conoce más playa que la suya. Ya no se crea nada, ya nada se destruye; y, sin embargo, aún queda mucho por hacer, pues cada día es igual que el siguiente.
Crono la escuchaba apartándole los cabellos crespos del rostro sin turbarse lo más mínimo por sus palabras. Como toda respuesta, tomaba una espiga de grano y la dejaba en su regazo o extraía la podadera que solía llevar al cinto, que tenía forma de pico de cuervo, y con ella cortaba el muérdago de un roble para confeccionarle una diadema.
Pero sucedió que Rea fue espaciando cada vez más sus visitas hasta que finalmente dejó de ir a ver a su marido. Crono no se preocupó por ello ni abandonó sus paseos perezosos por los bosques, ni los fastos que celebraba con sus hermanos hasta el aturdimiento a causa de la ambrosía. Fue al ver que volvía a llegar el tiempo de recoger la primera espiga cuando al fin se preguntó qué sería de su esposa.
Escuchó la respuesta de la boca de la propia Rea el día en que esta se presentó ante el trono celestial cubierta con una larga túnica blanca que disimulaba su vientre.
—Estoy encinta —confesó, apocada.
Su esposo no descendió del trono, pero se puso de pie, proyectando sobre ella una sombra estirada, tan espesa que en su interior hacía frío. No le dirigía la mirada, sino que parecía atender a algo que sucedía muy lejos, en otro universo. Su voz sonó vacía de toda ternura, exactamente como una orden.
—Parirás aquí.
—Quiero tener a mi lado a nuestra madre.
—Construiré un palacio nuevo para ti donde podrás recibir a quien quieras.
—Te lo ruego, esposo mío —insistió ella.
Al fin Crono bajó la mirada y Rea vio que, después de océanos de tiempo, volvía a turbarse el señor del universo. Había razones para temer su ira en aquellos momentos.
—Sea como desees —sentenció él, contenido.
Rea se apresuró para dejar atrás la morada celeste. A su espalda oyó explotar la furia de su marido. Crono arrasó los árboles bajo los que habían yacido y quemó con su aliento los campos de cebada donde se revolcaban. Sacudió las montañas hasta partirlas y demolió las estancias divinas abiertas en la roca. Después de la destrucción, se sintió exhausto y se derrumbó en su sitial. Algún día su hijo lo destronaría, había dicho la Madre Tierra, y ahora ella misma ayudaría a su esposa a traer a la vida el instrumento de su venganza, tal como había puesto en su mano la hoz infame. Recostado en su trono de piedra, sintiéndose cada vez más viejo, cansado y aburrido, con más ganas que nunca de dormir por el resto de la eternidad, Crono entornó los ojos y afinó el oído para escuchar el mundo entero. Así se quedó, pareciendo que dormía, mientras oía los sonidos del universo: el fluir de las corrientes de agua, el centellear de las estrellas, el crepitar de los fuegos subterráneos, el respirar de todos los seres vivos. La creación era inmensa y resultaba imposible vigilarla entera. Debería procurarse buenos espías y repartirlos por todos sus rincones. Al fin llegaba aquel que estaba destinado a derribarlo, y con él venía uno de esos momentos sublimes en los que una sola acción podía decidir el curso del universo, ese tipo de ocasión que Crono tenía el gran talento de anticipar.
Rea, la reina de los titanes, habitaba en una mansión hecha de madera y follaje, alfombrada con líquenes esmeralda, que se encontraba en lo más denso de un fresco robledal. Gea había dispuesto para ella un lecho de musgo, alrededor del cual todas sus hermanas la asistían con cariño. Allí se echó la titánide cuando vio que había llegado el momento, con los dos leones tendidos a sus pies, observando atentamente a su señora. Tea le aportó calor y Tetis le dio de beber llamando a un alegre torrente. Esforzándose, sujeta por sus hermanas Febe y Temis, Rea trajo a la vida un bebé divino, que la antiquísima Gea tomó en sus brazos y meció hasta arrancarle el primer llanto. Mnemósine susurró al oído de su hermana que había tenido una niña hermosa y fuerte.
—Mandad que venga su padre —pidió ella, agotada y tierna—. Que conozca a su primer vástago.
Pero no fue necesario llamarlo, porque Crono ya estaba allí. Salió de entre los árboles, apartando los troncos como si cruzara un cañizal. Su rostro oscurecido, cruzado por labios apretados, denunció el designio que lo impulsaba. Cuando se abalanzó hacia el recién nacido, los leones saltaron sobre él.
Aprovechando su propio impulso, Crono los cogió de la melena con cada mano y los lanzó hacia un lado con tanta fuerza que partieron uno tras otro todos los troncos con que chocaron. Sus hermanas salieron a su encuentro, pero ninguna pudo pararlo. Gea abrió una grieta en el suelo para llevarse a la niña adentro, pero antes de que pudiera colarse en ella, el titán la atrapó por el cabello, la levantó en medio de terribles gritos y le arrebató el bebé. Rea, desgarrada, intentó incorporarse en su lecho y, alzando los brazos hacia su hija, imploró clemencia. Sin embargo, el infame Crono, que por siempre sería maldito, abrió unas enormes fauces, se echó en ellas al recién nacido y lo engulló ante sus ojos.