9
Hay un flujo y reflujo
en los asuntos de los hombres

Jamie no estaba solo en el camino. Había intuido vagamente la presencia de caballos por allí cerca y había oído voces lejanas de hombres que iban a pie, pero ahora que la rabia ya no lo cegaba, le sorprendió comprobar que eran muchos. Vio lo que a todas luces parecía una milicia —no en plena marcha, pero sí trasladándose como un todo formado por grupitos y corrillos de hombres, más unos cuantos jinetes solitarios— y varias carretas procedentes de la ciudad, rebosantes de mercancías. Varias mujeres y niños caminaban junto a los carros.

El día anterior, Jamie había visto a unas cuantas personas abandonar Filadelfia cuando había llegado —Dios, ¿sólo había transcurrido un día?— y había pensado en preguntarle a Fergus los motivos, pero con los nervios de la llegada y las complicaciones posteriores, se le había olvidado.

La sensación de inquietud fue aumentando, de modo que espoleó a su caballo para que avanzara más deprisa. Apenas quedaban unos quince kilómetros hasta la ciudad; llegaría bastante antes de que anocheciera.

«Aunque casi sería mejor que ya hubiera oscurecido», pensó con tristeza. Le resultaría más fácil aclarar las cosas con Claire sin que nadie los molestara. Y acabara como acabase la cosa —a palos o en la cama—, no quería interrupciones.

La idea hizo que se sintiera como una de las cerillas que Brianna encendía. Bastaba una palabra, «cama», para hacer que estallara de rabia una vez más.

Ifrinn! —exclamó en voz alta, al tiempo que estrellaba el puño contra el pomo de la silla de montar.

Con lo que le había costado calmarse y lo había echado todo a perder en un segundo. ¡Maldita sea! Maldito él, maldita ella, maldito John Grey... ¡Maldito sea todo!

—¡Señor Fraser!

Se volvió de golpe, como si le hubieran disparado por la espalda, y el caballo redujo el paso, resoplando.

—¡Señor Fraser! —le llegó de nuevo la voz, jadeante, y Daniel Morgan lo alcanzó trotando, a lomos de un caballo zaíno pequeño pero robusto, con una gran sonrisa en su rostro repleto de cicatrices—. ¡Sabía que era usted, lo sabía! No existe ningún otro granuja tan alto ni con ese color de pelo. Y si existe, no quiero conocerlo.

—Coronel Morgan —dijo Jamie, fijándose en el desacostumbrado uniforme del viejo Dan, que lucía una insignia reciente en el cuello—. ¿Va usted a una boda?

Jamie se esforzó por sonreír, aunque el caos de su interior era como los remolinos entre los arrecifes de la isla escocesa de Stroma.

—¿Qué? Ah, esto —repuso Dan mientras intentaba mirar de reojo el cuello de su uniforme—. ¡Bah! La condenada insistencia de Washington por la «corrección en el vestir». Últimamente, el ejército continental tiene más generales que soldados rasos. Si un oficial sobrevive a más de dos batallas, lo nombran general allí mismo. Ah, pero que le paguen a uno por ello... Eso es harina de otro costal. —Se echó el sombrero hacia atrás y contempló a Jamie de arriba abajo—. ¿Acaba de regresar de Escocia? He oído que se marchó usted con el cuerpo del general de brigada Fraser. Pariente suyo, supongo. —Morgan movió la cabeza de un lado a otro, con pesar—. ¡Qué lástima! Excelente soldado, mejor hombre.

—Sí, sí que lo era. Lo enterramos cerca de su casa, en Balnain.

Prosiguieron juntos. Dan iba formulando preguntas y Jamie contestándolas con tan pocas palabras como la buena educación —y el verdadero afecto que le inspiraba Morgan— le permitían. No se habían vuelto a ver desde Saratoga, donde Jamie había servido como oficial a las órdenes de Morgan, en su cuerpo de fusileros; por lo tanto, tenían mucho que contarse. Aun así, a Jamie lo alegraba tener compañía, e incluso lo alegraban las preguntas: lo distraían e impedían que sus pensamientos lo catapultaran de nuevo hacia una rabia y una confusión inútiles.

—Supongo que tenemos que separarnos aquí —dijo Jamie al cabo de un rato. Se acercaban a una encrucijada, y Dan había aminorado un poco el paso—. Yo me dirijo a la ciudad.

—¿Para qué? —preguntó Morgan, bastante sorprendido.

—Para... eh... para ver a mi esposa.

La voz estuvo a punto de temblarle al pronunciar la palabra «esposa», así que la pronunció con brusquedad.

—¿Ah, sí? ¿Y no podría usted esperar un cuarto de hora?

Dan lo estaba observando con una mirada calculadora que lo inquietó de inmediato. Pero el sol aún estaba bastante alto y no quería entrar en Filadelfia antes de que oscureciera.

—Sí, supongo —contestó con cautela—. ¿Para hacer qué?

—Es que voy a ver a un amigo... y me gustaría presentárselo. Está aquí mismo, sólo será un momento. ¡Vamos!

Morgan giró a la derecha y, por señas, le indicó que lo siguiera, cosa que Jamie hizo, aunque sin dejar de maldecirse por haber sido tan estúpido.

Número 17 de Chestnut Street

Yo ya sudaba tan copiosamente como el duque cuando los espasmos empezaron por fin a remitir lo bastante para permitirle respirar sin los ejercicios de presión positiva. No estaba tan cansada como él —se hallaba recostado en el sillón, exhausto, con los ojos cerrados y respirando de forma lenta y no muy profunda, pero ¡sin ayuda!—, aunque poco me faltaba. Y también me encontraba un poco mareada: es imposible ayudar a alguien a respirar sin acabar haciendo lo mismo, así que había hiperventilado.

—Toma, a piuthar-chèile —me dijo Jenny junto al oído.

Sólo en ese momento, al abrir los ojos, me di cuenta de que hasta entonces los había tenido cerrados. Jenny me puso un vasito de coñac en la mano.

—No hay whisky en la casa, pero espero que esto sirva. ¿Le doy una copita también a usted, su excelencia?

—Sí, démela —respondió el duque, en tono muy autoritario, aunque no movió ni un solo músculo ni abrió los ojos—. Gracias, señora.

—No le hará daño —dije mientras me incorporaba y desentumecía la espalda—. Ni a ti tampoco. Siéntate a tomar una copa. Y usted también, señora Figg.

Jenny y la señora Figg habían trabajado casi tanto como yo, cogiendo los ingredientes, moliéndolos y dejándolos en infusión, o trayendo trapos húmedos para secarle el sudor al duque, ayudándome de vez en cuando con la cuenta y aunando su nada despreciable fuerza de voluntad con la mía para impedir que el duque muriera.

La señora Figg tenía unas ideas muy claras acerca del decoro, las cuales no incluían sentarse con sus patrones a tomar una copita, y menos aún con un duque de visita, pero hasta ella se vio obligada a admitir que las circunstancias no eran las normales. Con un vaso en la mano, se sentó con recato en una otomana, cerca de la puerta del salón, desde donde podría gestionar cualquier invasión potencial o emergencia doméstica.

Nadie habló durante un rato, aunque en la estancia flotaba una agradable sensación de paz. El aire, caliente e inmóvil, nos traía esa extraña sensación de camaradería que une —aunque sólo sea temporalmente— a las personas que han superado juntas una odisea. Poco a poco, sin embargo, advertí que el aire también portaba ruidos procedentes de la calle. Grupos de personas que caminaban a paso rápido, gritos que llegaban desde la otra esquina, traqueteo de carretas... Y, a lo lejos, el sonido de los tambores.

La señora Figg también se dio cuenta. Vi cómo levantaba la cabeza y me fijé en las cintas de su cofia, que temblaban con aire de interrogación.

—Jesusito de mi vida, ten piedad —dijo mientras dejaba el vaso vacío con mucho cuidado—. Algo se acerca.

Jenny pareció asustada y me miró con aprensión.

—¿Se acerca? —inquirió—. ¿Qué se acerca?

—El ejército continental, espero —respondió Pardloe. Dejó caer la cabeza hacia atrás, suspirando—. Dios mío. Lo importante que es... respirar. —Su respiración seguía siendo débil, pero ya no forzada. Levantó el vaso en mi dirección, con gesto ceremonioso—. Muchas gracias, mi querida... amiga. Ya estaba en deuda con usted por... por los amables servicios prestados a mi hijo, pero...

—¿A qué se refiere usted con el ejército continental? —lo interrumpí.

Dejé mi vaso, que también estaba vacío. Los latidos del corazón habían vuelto a la normalidad después del ajetreo de la última hora, pero en ese momento se me volvieron a acelerar de forma brusca.

Pardloe cerró un ojo y me observó con el otro.

—Los americanos —dijo con suavidad—. Los rebeldes. ¿A qué otra cosa me iba a referir?

—Y cuando dice usted que «se acerca»... —proseguí, con cautela.

—No lo he dicho yo —apuntó, tras lo cual señaló a la señora Figg—. Lo ha dicho ella. Pero tiene razón. Las fuerzas... del general Clinton... se están... retirando de Filadelfia... Y me atrevería a decir que Wa... Washington se... dispone a entrar.

Jenny carraspeó un poco, y la señora Figg soltó una frase claramente blasfema en francés para, de inmediato, taparse la boca con una manaza de rosada palma.

—¡Ah! —exclamé en un tono que sin duda dejaba clara mi perplejidad.

Antes, cuando me había reunido con el general Clinton, había estado tan pendiente de otras cosas que las consecuencias lógicas de una retirada británica ni siquiera se me habían ocurrido.

La señora Figg se puso en pie.

—Pues entonces será mejor que me vaya a enterrar la plata —dijo en un tono de lo más práctico—. La esconderé bajo el laburno que está junto a la cocina, lady John.

—Espere —pedí, al tiempo que levantaba una mano—. Creo que todavía no es preciso, señora Figg. El ejército aún no ha abandonado la ciudad; tampoco es que los americanos nos estén pisando los talones, y, además, necesitaremos algún que otro tenedor para la cena.

La señora Figg emitió un largo murmullo gutural, pero por último pareció comprender la sensatez de mis palabras. Se limitó a asentir y comenzó a recoger los vasos de coñac vacíos.

—Entonces ¿qué desean cenar? Tengo jamón cocido frío, pero pensaba preparar un fricassée de pollo, ya que a William le gusta mucho. —Dirigió una sombría mirada hacia el vestíbulo, donde las manchas de sangre del papel de la pared ya habían adquirido un tono marrón—. ¿Cree usted que volverá para la hora de la cena?

William tenía su alojamiento oficial en alguna parte de la ciudad, pero solía pasar la noche en casa... sobre todo cuando la señora Figg preparaba su fricassée de pollo.

—Quién sabe —contesté.

Con todo lo que había pasado, ni siquiera había tenido tiempo de pararme a pensar en la situación de William. ¿Era posible que regresase, cuando se hubiera calmado, para aclarar de una vez por todas las cosas con John? Sabía muy bien, porque lo había visto en más de una ocasión, cómo eran los Fraser cuando estaban furiosos. Y, por lo general, no tendían a enfurruñarse, sino más bien a pasar de inmediato a la acción. Observé a Jenny con aire especulativo. Ella me devolvió la mirada y, como quien no quiere la cosa, apoyó un codo en la mesa, dejó descansar la barbilla en la mano y se dio unos golpecitos en los labios con los dedos, como si estuviera pensando. Le sonreí con discreción.

—¿Dónde está mi sobrino? —preguntó Hal, que al fin era capaz de prestar atención a algo que no fuera su próxima respiración—. Y puestos a preguntar... ¿dónde está mi hermano?

—No lo sé —le respondí, mientras dejaba mi vaso en la bandeja que llevaba la señora Figg. Luego recogí el de Hal y lo coloqué también sobre la bandeja—. La verdad es que no le he mentido sobre eso. Pero espero que regrese pronto.

Me pasé una mano por la frente y me eché el cabello hacia atrás lo mejor que pude. Lo primero es lo primero. Tenía un paciente al que atender.

—Estoy segura de que John quiere verlo a usted tanto como usted a él —proseguí—. Pero...

—Oh, lo dudo —afirmó el duque. Me recorrió lentamente con la mirada, desde los pies descalzos hasta la melena despeinada, y la débil expresión risueña de su rostro se fue afianzando—. Tiene usted que contarme... cuando tenga un rato... cómo es que John... se ha casado con usted.

—Una idea descabellada —me limité a expresar—. Pero mientras, tiene usted que meterse en la cama. Señora Figg, ¿la habitación de atrás está...?

—Gracias, señora Figg —me interrumpió el duque—, pero creo que... no lo necesito...

Estaba intentando levantarse del sillón y apenas le quedaba aliento suficiente para hablar. Me puse en pie, me dirigí a él y le dediqué mi mejor mirada de matrona autoritaria.

—Harold —le dije, midiendo muy bien las palabras—, no soy tan sólo su cuñada. —El término me produjo un extraño escalofrío, que decidí ignorar—. Soy su médico. Si usted no... ¿Qué pasa? —le pregunté. Me estaba observando con una expresión de lo más peculiar, entre sorprendida y burlona—. Usted mismo me ha dicho que podía llamarlo por su nombre de pila, ¿no?

—Es cierto —admitió—. Pero creo que nadie... me llamaba Harold desde... desde que tenía tres años. —En ese momento sonrió, con una sonrisa bastante encantadora—. Mi familia me llama Hal.

—Bueno, pues Hal —proseguí, devolviéndole la sonrisa pero sin dejar que me distrajera—. Ahora mismo se va usted a dar un buen baño refrescante, Hal, y luego se va a meter en la cama.

Se echó a reír, aunque se interrumpió de inmediato, al empezar a jadear de nuevo. Tosió un poco, con el puño clavado bajo las costillas, y pareció inquieto, pero el acceso pasó enseguida. Se aclaró la garganta y me miró.

—O sea que sí, piensa que tengo... tres años. Cuñada. ¿Qué va a hacer... mandarme a la cama sin tomar el té?

Se incorporó con cuidado y trató de ponerse en pie. Le apoyé una mano en el pecho y lo empujé hacia atrás. No tenía fuerza en las piernas, de modo que se desplomó de nuevo en el sillón, perplejo y humillado. Y asustado: no se había dado cuenta —o, por lo menos, no había querido admitirlo— de lo débil que estaba. Por lo general, los ataques fuertes dejan a la víctima exhausta y casi siempre con los pulmones peligrosamente inestables.

—¿Lo ve? —Suavicé el tono—. Ya había tenido ataques como éste antes, ¿verdad?

—Bueno... sí —respondió de mala gana—, pero...

—¿Y cuánto tiempo estuvo usted en cama después del último?

Apretó los labios.

—Una semana. Pero el muy estúpido del doctor...

Le apoyé una mano en el hombro y se interrumpió, tanto por el contacto como por el hecho de que se había quedado sin aire.

—Aún. No. Puede. Usted. Respirar. Por. Sí. Mismo —Remarqué las palabras para darle más énfasis—. Escúcheme, Hal. Piense en lo que le ha pasado esta tarde, por favor. Ha tenido un ataque bastante grave en plena calle. Si la multitud de Fourth Street hubiera decidido atacarnos, usted no habría podido defenderse. Y no me lo discuta, Hal, que yo también estaba allí. —Lo observé con los ojos entornados y él me devolvió el mismo gesto, pero no discutió—. Y el trayecto desde la calle hasta la puerta de casa, que no deben de ser más de cinco o seis metros, le ha provocado un auténtico status asthmaticus. ¿Había oído usted ese término antes?

—No —murmuró.

—Bueno, pues ahora ya lo ha oído y ya sabe lo que es. ¿Se pasó usted una semana en cama la última vez? ¿Y el ataque fue tan grave como éste?

El duque había apretado los labios hasta convertirlos en una fina línea y echaba chispas por los ojos. Supuse que no eran muchas las personas que se atrevían a hablarle así a un duque, que además tenía todo un regimiento a sus órdenes. Pero se lo tenía merecido, pensé.

—Maldito doctor... me dijo que era el corazón. —Había abierto el puño y se estaba pasando los dedos por el pecho, muy despacio—. Ya sabía yo que no era eso.

—Supongo que tiene usted razón —admití—. ¿Y eso se lo dijo el mismo médico que le dio las sales? Todo un matasanos, sí, señor.

Se echó a reír, con una risa breve y entrecortada.

—Sí, el mismo —respondió, tras lo cual se detuvo un instante para coger aire—. Aunque... a decir verdad... no me dio... sales. Las compré... yo mismo. Para los... desmayos... como le he contado.

—Me lo ha contado, sí.

Me senté junto a él y le cogí la muñeca. Me lo permitió, observándome con curiosidad. El pulso era normal: más lento y de latidos regulares.

—¿Cuánto lleva usted sufriendo desmayos? —le pregunté.

Me incliné hacia él para examinarle los ojos: no presentaban petequias ni síntomas de ictericia, y ambas pupilas eran del mismo tamaño.

—Mucho —contestó conforme retiraba con brusquedad la muñeca—. No dispongo de tiempo para charlar acerca de mi salud, señora. Tengo que...

—Claire —le dije. Le apoyé una disuasoria mano en el pecho y le sonreí con amabilidad—. Usted es Hal y yo soy Claire. Y no va usted a ir a ninguna parte, su excelencia.

—¡Quíteme esa mano de encima!

—La verdad es que eso es justo lo que me gustaría hacer, para que se cayera usted de morros —intervine—, pero esperaré a que la señora Figg haya terminado de preparar la tintura. No quiero que se retuerza usted en el suelo, boqueando como un pez fuera del agua que no consigue sacarse el anzuelo de la boca.

Le aparté la mano del pecho y, tras ponerme en pie, me alejé hacia el vestíbulo antes de que el duque pudiera recuperar el aliento necesario para responder. Jenny se había apostado junto a la puerta abierta y estaba mirando a uno y otro lado de la calle.

—¿Qué pasa ahí fuera? —le pregunté.

—No lo sé —respondió ella, sin apartar la mirada de un par de tipos de aspecto tosco que en ese momento holgazaneaban al otro lado de la calle—. Pero no me gusta nada la cosa. ¿Crees que tiene razón?

—¿En lo de que el ejército británico se retira? Sí. Es cierto. Y lo más probable es que la mitad de los legitimistas de la ciudad se marchen con ellos.

Sabía exactamente a qué se refería Jenny cuando decía que no le gustaba nada la cosa. El aire cargado y asfixiante; el canto de las cigarras; las hojas de los castaños, que pendían lacias como bayetas... Y, sin embargo, algo se percibía en la atmósfera. ¿Agitación? ¿Pánico? ¿Miedo? «Las tres cosas», pensé.

—Será mejor que vaya a la imprenta, ¿no crees? —Se volvió hacia mí con el ceño un tanto fruncido—. ¿Marsali y los críos no estarán mejor si los traigo aquí? Por si se producen disturbios o algo así, quiero decir.

Negué con la cabeza.

—No lo creo. Todo el mundo sabe que son patriotas. Son los legitimistas los que corren peligro si el ejército británico decide retirarse. No habrá nadie que los proteja y los rebeldes podrían, bueno... hacerles algo. Y —añadí mientras notaba una desagradable sensación en la espalda, como el contacto de un dedo frío y viscoso— éste es un hogar legitimista. —«Que no tiene ni puerta ni cerradura», podría haber rematado, aunque no lo hice.

Se oyó un ruido sordo en el salón, como el de un cuerpo al estrellarse contra el suelo, pero Jenny ni siquiera parpadeó, lo mismo que yo. Ambas teníamos sobrada experiencia con hombres testarudos. Oía jadear al duque. Si empezaba a resollar de nuevo, entraría.

—Entonces ¿supone algún peligro para ti tenerlo aquí? —me preguntó en voz baja, al tiempo que inclinaba la cabeza hacia el salón—. Quizá será mejor que vengas a la imprenta.

Hice una mueca mientras sopesaba las posibilidades. Las notas que había enviado a través de Germain retrasarían las pesquisas, y a mí no me costaría mucho distraer a cualquiera que se acercara a la casa. Pero eso también significaba que no podía esperar ayuda inmediata por parte del ejército, en el caso de que la necesitara. Y tal vez lo hiciera, porque era posible que alguien, en mitad de aquella multitud hostil de Fourth Street, me hubiera oído decirles a los porteadores adónde debían llevarnos. Contemplé esa hostilidad bajo una luz distinta.

Si los rebeldes de la ciudad se alzaban y se enfrentaban a los indefensos legitimistas... y las corrientes que empezaban a formar remolinos por las calles se me antojaban terribles y de lo más siniestras...

—Alguien podría presentarse en el porche con un barril de alquitrán y un saco lleno de plumas —observó Jenny, adelantándose a mis pensamientos de una forma más que inquietante.

—Bueno, eso no le sería muy útil al asma de su excelencia —dije.

Jenny se echó a reír.

—¿No sería mejor que se lo devolvieras al general Clinton? —propuso—. A mí me registraron la casa los soldados: tenía a un hombre que estaba en busca y captura oculto en el fondo del armario, con mi bebé recién nacido en los brazos. No creo que sea demasiado agradable que los Hijos de la Libertad se presenten aquí en busca de su excelencia, si es cierto lo que Marsali me ha contado acerca de ellos.

—Probablemente lo sea.

Se oyó un disparo en la cargada atmósfera, un estallido breve y seco que procedía de alguna parte cercana al río. Las dos nos pusimos tensas, pero el ruido no se repitió y al cabo de un momento cogí aire de nuevo.

—La cuestión es que no está en condiciones. No puedo arriesgarme a llevarlo por calles llenas de polvo y polen para luego dejarlo en manos del médico del ejército o, peor, de ese matasanos de Hebdy. Si sufriera otro ataque y no tuviera a nadie que lo ayudase a superarlo...

Jenny hizo una mueca.

—De acuerdo, de acuerdo, tienes razón —asintió de mala gana—. Y, por los mismos motivos, tampoco puedes dejarlo aquí y marcharte tú.

—Exacto.

Y, además, Jamie volvería a casa para reunirse conmigo. No, no me marcharía.

—Y si Jamie regresara y no te encontrara aquí, lo primero que haría sería dirigirse a la imprenta —observó Jenny, consiguiendo que se me erizara el vello de la nuca.

—¿Puedes dejar de hacerlo?

—¿El qué? —preguntó sorprendida.

—¡Leerme la mente!

—Ah, ya. —Hizo una mueca y entornó sus ojos azules, que por un segundo parecieron triángulos—. Se te ve en la cara lo que piensas, Claire. ¿Jamie no te lo había dicho nunca?

Me subió un intenso rubor desde el pronunciado escote, y sólo en ese instante recordé que aún llevaba el vestido de seda de color ámbar, que a aquellas alturas ya se encontraba empapado de sudor y rozado de polvo, lo cual hacía aún más difícil llevarlo. Y, encima, el corsé estaba muy apretado. Deseé que no todo lo que pensaba se me viera en la cara, porque había ciertas cosas que no estaba muy segura de querer compartir con Jenny justo en aquel momento.

—Bueno, no sabría decirte todo lo que piensas —admitió, con lo cual había vuelto a hacerlo, ¡maldita sea!—, pero es fácil ver cuándo estás pensando en Jamie.

Decidí que, en realidad, no quería saber qué aspecto tenía cuando estaba pensando en Jamie y me disponía a excusarme para ir a ver cómo se encontraba el duque —al que oía toser y jurar en alemán entre dientes, casi sin aliento—, cuando me distrajo un muchacho que corría calle abajo como alma que lleva el diablo, con la casaca del revés y los faldones revoloteando.

—¡Colenso! —exclamé.

—¿Qué? —quiso saber Jenny asustada.

—Qué no. Quién. Ése —aclaré, mientras señalaba a aquella mugrienta criatura que jadeaba por el sendero—. Colenso Baragwanath. El mozo de William.

Colenso, que siempre había tenido el aspecto de alguien capaz de ponerse en cuclillas sobre una seta, se precipitó hacia la puerta con tanto ímpetu que Jenny y yo nos apartamos de un salto. Tropezó en el umbral mismo y cayó de bruces al suelo.

—Parece que te esté persiguiendo el mismísimo diablo, muchacho —dijo Jenny, al tiempo que se inclinaba para ayudarlo a ponerse en pie—. ¿Y dónde están tus calzones?

En efecto, el muchacho iba descalzo y no llevaba más que una camisa bajo la casaca.

—Se los han llevado —espetó casi sin aliento.

—¿Quién? —pregunté conforme le quitaba la casaca y la ponía otra vez del derecho.

—Ellos. —Señaló con aire abatido hacia Locust Street—. Me he asomado a la taberna, para ver si lord Ellesmere estaba allí, porque a veces va, y he visto a un grupo de hombres que armaban tanto jaleo como un enjambre de abejas. También había unos cuantos chicos mayores y uno de ellos, que me conocía, me ha visto y ha empezado a gritar y a decir que los estaba espiando para luego ir a contárselo al ejército. Y entonces me han cogido y me han llamado chaquetero y me han puesto la casaca del revés y un tipo me ha dicho que me iban a dar una tunda para que no volviera a hacerlo. Y luego me ha quitado los calzones y... y... bueno, he conseguido soltarme, me he tirado al suelo para arrastrarme por debajo de las mesas y después he salido corriendo. —Se secó la nariz con una manga—. ¿Está en casa su señoría, señora?

—No —dije—. ¿Qué quieres de él?

—Yo nada, señora —me aseguró, con evidente franqueza—. El mayor Findlay quiere verlo. Ahora.

—Eh... Pues... Esté donde esté ahora mismo, lo más probable es que regrese a su alojamiento habitual esta noche. Sabes dónde es, ¿verdad?

—Sí, señora, pero no pienso volver a la calle sin calzones —explicó con una expresión tan horrorizada como indignada, y Jenny se echó a reír.

—Y no te culpo, muchacho —afirmó—. Te diré lo que vamos a hacer: yo creo que mi nieto mayor tendrá unos calzones que prestarte. Voy un momento a la imprenta —añadió, dirigiéndose a mí—, cojo los calzones y le pregunto a Marsali qué hacemos.

—De acuerdo —respondí, aunque no me gustaba mucho la idea de que se marchara—. Pero vuelve enseguida. ¡Y dile que no publique nada de todo esto en el periódico!