INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

Piensa por un momento en el instante concreto en el que estás leyendo estas líneas. Piensa en qué año estás, en qué mes e incluso en qué día. Ahora piensa, por ejemplo, en el año 27 a. C., momento considerado como el inicio teórico del Principado, la primera parte del Imperio romano. Por último, párate a pensar en cuántos años, siglos e incluso milenios han pasado desde esa fecha.

Resulta muy sencillo para todos nosotros establecer una relación temporal entre la actualidad y cualquier otro instante dentro de ese mismo marco en el que nos han educado desde que nacimos. Por lejana que sea la fecha, siempre vamos a ser capaces de crear mentalmente un sentido de escala del tiempo transcurrido.

Todas las sociedades a lo largo de la historia han hecho uso en mayor o menor medida de un sistema de referencia temporal, en el más amplio sentido de la palabra. Ya sean naturales o sociales, los ciclos de tiempo son elementos que estructuran y cimentan la vida en común. Lo que hoy llamamos calendario no es más que una representación avanzada y depurada —gracias en parte a los romanos, como tendremos ocasión de comprobar— de uno de estos sistemas básicos de referencia temporal. Al fin y al cabo, el calendario es una invención humana diseñada a nuestra conveniencia a partir de ciertas observaciones naturales, de cuya precisión depende enteramente el sistema.

¿Sabrías ubicar en el tiempo el año del séptimo consulado del emperador Augusto? ¿Y el año 727 ab Urbe condita? Estas son dos de las formas a través de las que un ciudadano de Roma habría podido saber sin mayores problemas el año al que nos referimos. Aunque ambas nos resulten extrañas, especialmente la primera al no estar basada siquiera en una sucesión numérica lineal continua, nos seguimos refiriendo al año en el que Augusto ascendió al poder como Princeps de Roma, es decir, el 27 a. C.

En nuestro día a día no nos paramos ni por un momento a pensar cómo somos capaces de dar por hecho algo tan importante como el sistema de referencia que da forma a nuestro tiempo, tanto en un sentido figurado como literal. Es fácil considerar que el tiempo y su caracterización actual han estado siempre ahí. El tiempo es invariable pero no así su construcción social.

Al adentrarnos en la concepción romana del tiempo, tan distinta a la nuestra y a la vez germen indispensable sobre el que descansa todo nuestro sistema calendárico, descubriremos que nada es socialmente invariable y que toda construcción que hagamos será siempre subjetiva, a pesar de que trate de ahondar sus raíces en el tiempo natural, inmutable y continuo.

Actualmente, todo el mundo occidental se asienta sobre un eje que separa dos mitades del tiempo: antes de Cristo (a. C.) y después de Cristo (d. C.). Existen, por supuesto, alternativas recientes que tratan de establecer una relación suprarreligiosa con el tiempo —antes o después de nuestra era (a. n. e / d. n. e.)— y que, sin embargo, siguen haciendo referencia a este mismo hito clave en nuestra concepción social del tiempo. Efectivamente, y así lo reconocieron incluso los teólogos del siglo XVII, este no es más que un punto acordado que ni siquiera es representativo de la verdadera fecha del nacimiento de Jesucristo, como veremos más adelante.

En la antigüedad, más allá de las fronteras de la propia Roma, cada estado, ciudad o grupo cultural tenían su propia forma de concebir el tiempo presente y de calcular y calibrar el tiempo transcurrido en el pasado. La interconexión de las culturas del Mediterráneo hacía necesario sincronizar, o al menos saber adaptar, los conceptos temporales de todas ellas para poder establecer vínculos comerciales, políticos o sociales. Una tarea prácticamente imposible al existir años de diez meses con nombres diversos y las duraciones más variopintas, algunos de menos de veinte días… Todo era posible en el mundo antiguo.

Aunque actualmente, debido a la estandarización occidental en la que vivimos, esta situación nos parece caótica y distante, no hay más que echar la vista atrás para encontrar ejemplos de otros desajustes sociales en el calendario. El más notable lo encontramos en la Revolución francesa, con la que se estableció durante unos años un calendario revolucionario basado en el sistema decimal aplicado a la división de los meses, las semanas o incluso las horas del día.

El calendario de la República francesa, que estuvo en uso desde 1793 hasta su abolición por parte de Napoleón I en 1805, debió de suponer un cambio muy brusco para la población, mayor incluso que el de la reforma de Julio César de la que luego hablaremos. En un intento por desplazar las antiguas denominaciones de los meses, todos ellos cambiaron su nombre: Vendémiaire se correspondía aproximadamente con la mitad de septiembre y la mitad de octubre, brumaire, desde mediados de octubre hasta mediados de diciembre y así sucesivamente con frimaire, nivôse, pluviôse, ventôse, germinal, floréal, prairial, messidor, thermidor y fructidor, algunos de los cuales, como Brumaire, deben su nombre a voces griegas o latinas.

Todo ello viene a confirmar que ese pensamiento de continuidad en nuestro sistema de referencia temporal, que tenemos actualmente de forma casi inconsciente, no es más que una ilusión muy reciente. Veremos cómo a lo largo de los siglos, hasta fechas muy cercanas, se han ido produciendo los sucesivos cambios en la forma de dividir el tiempo que han cristalizado en el sistema que, en la actualidad, sentimos como propio e innato.

Salgamos de los términos obvios, dejemos a un lado todo lo que parezca seguro y descubriremos cuáles son los orígenes del tiempo en el que vivimos: siglos, años, meses, semanas, días, horas… conceptos muy simples para nosotros que esconden significados que se remontan varios milenios en la noche de los tiempos.

 

 

¿Q ES UN CALENDARIO?

 

Antes de adentrarnos en la explicación del origen del calendario romano y de cómo llegó a convertirse en lo que conocemos hoy en día, debemos preguntarnos qué es en sí mismo el calendario y qué representaba en el mundo romano.

La palabra con la que se designaba al calendario romano en latín era fasti, que deriva de la palabra fas, ‘lo que está permitido’ —a ojos de los dioses—. Aquello a lo que se referían los fasti eran los asuntos legales, juicios y otros menesteres a los que los romanos podían dedicarse exclusivamente en ciertos días así marcados como dies fasti.

Por otra parte, la palabra kalendarium no tenía en latín ninguna relación con la medición del tiempo, sino que se refería al libro de registro de las deudas que en el mundo romano debían pagarse en el primer día del mes, conocido como kalendae. Así surgió esta palabra, que no fue utilizada con el sentido actual del término hasta el siglo VII, de la mano del erudito cristiano Isidoro de Sevilla, como registro de los santos y sus festividades a lo largo del año.

Los romanos tenían una expresión muy curiosa relacionada con el kalendarium. Refiriéndose al pago de las deudas que se efectuaba en las kalendae, solían decir en tono irónico ad kalendas graecas —‘en las calendas griegas’— cuando algo no iba a suceder nunca, puesto que los griegos usaban un calendario totalmente diferente en el que no existían las kalendae. Era algo así como nuestra expresión «cuando las ranas críen pelo».

Como podemos apreciar, ni fasti ni kalendarium hacían referencia en su origen al concepto abstracto de tiempo, sino que se acercaban a los aspectos más sociales del mismo. El paso del tiempo es, de hecho, uno de los elementos presentes en el calendario pero ni es el único ni muchas veces es el más importante. Los calendarios han sido históricamente utilizados con finalidades políticas, económicas y religiosas y, por supuesto, el romano no fue una excepción.

Una vez más, y como en tantas otras circunstancias cotidianas, la palabra que designa nuestra forma de medir el tiempo tiene su origen en la cultura romana. Es un ejercicio interesante pararse un momento a reflexionar en todo lo que le debemos a esta civilización, origen y fuente de todo lo que somos, de lo que hacemos, de lo que decimos y de cómo lo decimos.