La legión romana era la fuerza militar más poderosa de la Antigüedad. Nada ni nadie podía hacerles frente. Los legionarios, bien entrenados, conocían de memoria todos los movimientos a realizar, que ejecutaban en cualquier momento de la batalla tras una señal convenida. El soldado romano era además extraordinariamente resistente; cargado con todo el equipo, un legionario era capaz de caminar cerca de cuarenta kilómetros en cinco horas. La disciplina, basada en crueles castigos —se podía llegar a diezmar una legión en caso de cobardía—, convertía a la legión en una máquina de guerra invencible.
En los primeros años de nuestra era, a los romanos no se les pasaba por la cabeza que sus legiones pudieran ser derrotadas alguna vez. Y lo que no podían imaginar, ni en sus peores pesadillas, era que pudieran ser aniquiladas en un remoto bosque, a manos de una tribu de bárbaros. Pero eso es exactamente lo que ocurriría.