Herodes, un rey cruel

Herodes el Grande fue un gobernante eficaz que impulsó el comercio y la economía, y que se esforzó por garantizar el bienestar de su pueblo. Por ejemplo, en el año 25 a.C., en una época en la que escaseó el alimento, se deshizo de gran parte de la riqueza de sus palacios para comprar trigo a Egipto y repartirlo entre los necesitados.

Sin embargo, su amistad con los romanos y el hecho de haber llegado al trono mediante la ejecución de un rey asmoneo lo hacían impopular a ojos de la mayoría de sus súbditos. A incrementar su simpatía no ayudaba precisamente el que Herodes fuera un monarca de reconocida crueldad. Decidido a afianzar su reino, persiguió a la aristocracia que no le rendía pleitesía, matando a casi todos sus distinguidos integrantes y confiscando sus valiosos y abundantes bienes. Nombró a los sumos sacerdotes a su antojo y formó con mercenarios su propia guardia pretoriana para protegerse de cualquier conspiración. Sus agentes le mantenían al corriente de las murmuraciones y los sospechosos acababan en las salas de tortura de los sótanos de su palacio.

Herodes no dudó en degollar al abuelo y al hermano de una de sus diez esposas, Mariamne, al pertenecer a la familia rival derrocada. También a ella la mandaría ejecutar en 29 a.C., así como a su suegra. Tres de sus hijos serían igualmente ejecutados, atendiendo a rumores que los hacían partícipes de una conspiración.

Se cuenta que, viendo cercana la hora de su muerte, y temiendo que su funeral fuese motivo de júbilo para sus súbditos, Herodes mandó encarcelar a varias personas que contaban con el aprecio de la población y ordenó que fueran ejecutadas inmediatamente después de su fallecimiento, para asegurarse así el duelo y las lágrimas de todo el pueblo.

Pero la crueldad de Herodes el Grande pasaría a la posteridad por un suceso que supuestamente tuvo lugar durante su reinado: la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, ordenada por él.