Capítulo 3

Andre salió a la oscuridad creciente del exterior de la cueva. Se desperezó, sintiendo que sus músculos respondían con expectación. Estaba hambriento. Aquella necesidad acuciante había empezado la noche antes y ahora era mucho peor. Normalmente, en un antiguo cazador tan viejo como él aquello era un peligro, pero ahora tenía una compañera eterna que sería su salvación. Podía poner en práctica su venganza e imbuir el miedo a los demonios en Armend Jashari sin preocuparse por perder su alma en el proceso.

La niebla era espesa, pero era él quien la alimentaba, sumando a ella los susurros atemorizadores de las sombras, los fantasmas y apariciones que le habían hecho legendario. Nadie podía soportar el terror a las manadas de demonios que poblaban la niebla, no cuando era él quien los creaba. Los efectos de sonido eran especialmente buenos, decidió. Nunca antes había tenido la capacidad de sentir él mismo esos efectos, ni la satisfacción de saber que si alguien se acercaba a su mujer, los fantasmas sin rostro la protegerían.

Había dejado a Teagan después de que encendiera un fuego y pusiera agua a hervir para el té. Iba a prepararse algo de comer y se ofreció a compartirlo con él. Pero él rechazó la oferta con educación y dijo que tenía asuntos que atender. Ella lo miró con suspicacia, desconfiando sin duda de los asuntos que pudiera tener en las montañas, pero no hizo preguntas.

Andre pensó que le aliviaría poder apartarse de ella. Nunca compartía espacio con nadie que no fueran los trillizos, Mataias, Lojos y Tomas, pero incluso cuando viajaba con ellos, iba a su aire. Andre peleaba, mataba y quemaba los cuerpos de sus enemigos. No hablaba con ellos ni se preocupaba por sus sentimientos. Era un cazador carpatiano que se acercaba al final de sus días, no, que ya había sobrepasado el tiempo que tenía asignado.

Ahora su mundo era distinto por un pequeño milagro. Habría podido quedarse mirándola a los ojos para siempre. Pero se había contenido. Ya había sido víctima de la agresión de un hombre y estaba bastante asustada. Había empezado a introducirla con delicadeza en su mundo, y quería hacer las cosas paso a paso.

Se volvió hacia la entrada de la cueva y esta vez utilizó un patrón mucho más difícil para sus salvaguardas. No tenía intención de convertir a Teagan en su prisionera. Estaba convencido de que podría salir si así lo decidía, pero le tomaría su tiempo. Y eso es lo que no tendría. Su idea era regresar en cuanto se ocupara de Jashari. Aun así, dejando aparte a Teagan, nadie, ni los no muertos, ni los amigos de Jashari, podría desentrañar jamás las salvaguardas, y los vampiros pensarían que estaba dentro y no fuera de la cueva. Cosa que le daría ventaja.

Se transformó con facilidad y adoptó la forma de un búho nocturno. Se sentía a gusto con esa forma, era su segunda naturaleza, como lo eran la del lobo y otras tantas criaturas. Llevaba siglos transformándose y jamás se había planteado lo extraordinario que era hasta el momento en que echó a volar.

Desde allá arriba el mundo era imponente. Incluso con aquella densa niebla y los rostros y las voces de pesadilla que él había creado, la noche era distinta. Estimulante. Estaba impaciente por mostrárselo a Teagan. Sentía el viento en las plumas y, a través del pájaro, en su rostro. Podía oler la montaña, las criaturas que habitaban en ella. La humedad de la niebla era como una caricia sobre el pájaro y, a través de él, sobre su piel. Ella había hecho aquello. Teagan. Ella le había concedido aquello. Su milagro personal.

¿Cuántas veces se había desplazado por el cielo con alas silenciosas, escrutando el paisaje en busca de presas con los ojos agudos del búho? Millones. Debían de ser millones. Y sin embargo jamás había sentido aquello. Al menos él no recordaba haber sentido nunca nada. Voló en círculos muy arriba porque, ahora que había salido del banco de niebla, quería contemplar la forma en que el cuarto de la luna jugaba entre la bóveda de árboles y teñía las hojas y agujas de plata.

El búho cubría el terreno con rapidez, porque estaba familiarizado con la zona y conocía los lugares que los humanos preferían para acampar. También buscaba rastros de vampiros. Habían resultado gravemente heridos, cada uno de ellos, y estaba convencido de que estarían bajo tierra recuperándose, quizá incluso durante un par de días. Pero el maestro vampiro no estaría satisfecho sin sangre fresca.

Popescu no saldría a buscar sangre por sí mismo. No cuando habían estado a punto de arrancarle el corazón del cuerpo… que es justamente lo que había pasado. Los cuatro vampiros inferiores habían regresado justo a tiempo y habían salvado a su amo, infligiendo daños, pero ellos también recibieron graves heridas. El precio de la batalla había sido alto para ambos bandos.

Popescu sin duda enviaría al menos valioso de sus secuaces. El recluta más nuevo. Esperaría a que su vampiro regresara con forraje humano para que su amo se alimentara primero. Si le sobraba algo de sangre, los otros podrían utilizar también a la víctima. A veces mantenían a la presa viva durante varias noches para poder permanecer bajo tierra y ocultarse a ojos de algún cazador. Muchas, muchas veces había encontrado Andre los restos del humano que el vampiro había utilizado para obtener su sustento. Y cada vez, el humano había muerto de forma brutal.

De pronto, el búho se ladeó de forma abrupta; su mirada aguda había encontrado a su objetivo. Había una pequeña tienda resguardada del viento en una pequeña depresión, donde la roca la protegía por tres de los lados. Había un pequeño fuego encendido. El búho voló al árbol más cercano y se posó en una rama, plegando lenta y cuidadosamente las alas, sin apartar en ningún momento los ojos de su presa.

Un único hombre salió de la tienda con una pequeña bolsa, que rompió y vertió en el agua que hervía al fuego. Andre lo reconoció al momento de los recuerdos de Teagan. Era Armend Jashari. Estaba solo, y era evidente que se sentía cómodo así.

Jashari se sentó sobre una roca junto al fuego y se sacó un pequeño objeto del cinturón. Una radio. Andre sabía que los teléfonos móviles no funcionaban en aquella zona de las montañas. Así que había otros —los amigos de Jashari— que seguramente estaban ahí fuera buscando el rastro de Teagan.

—Armend al habla, quiero que todos informéis, corto.

—Giles. —Se oyó el chisporroteo de la estática en la radio y Giles dio sus malas noticias—. No he encontrado una mierda. Ha desaparecido. Se ha esfumado. Si consigue bajar de las montañas y se lo cuenta a alguien, vas a tener problemas, Armend.

Armend frunció el ceño.

—¿Y quién va a creer a esa zorra? No es más que una estúpida turista. Aunque preferiría evitar problemas. Mi padre se ha portado como un cabrón últimamente. Insiste en que busque trabajo, y haga algo de provecho. Está enfadado porque nuestro abogado tuvo que llegar a un acuerdo con dos mujeres que dicen que me excedí con ellas. —Se rió—. ¿Alguno de los otros ha encontrado algún rastro? ¿Gerard?

—Yo encontré un tenue rastro que iba montaña arriba —afirmó la voz de Gerard a través de la radio—, pero luego desapareció. La niebla era tan densa que no podía ver nada, pero es lo único que he encontrado. Quizá tendría que seguir reconociendo la zona y tratar de volver a encontrar el rastro por la mañana. Si era ella, sabe moverse por las montañas. Sabe muy bien lo que hace.

Eso hacían tres hombres que acechaban a Teagan. Andre, en su forma de búho, permaneció muy, muy quieto, oculto parcialmente por las ramas.

—Yo tampoco tengo nada —dijo una tercera voz—. Estoy algo más al sur que tú, Armend. No ha pasado por aquí.

Armend renegó por lo bajo.

—Sigue buscando, Keith. Tiene que estar en algún sitio. Si hubiera ido montaña abajo, yo habría encontrado el rastro. Y tú, Kirt, ¿qué dices?

—Nada por aquí tampoco, Armend —informó Kirt.

Así que Armend tenía cuatro amigos que habían ido en diferentes direcciones tratando de encontrar el rastro de Teagan mientras él se quedaba cerca del campamento principal por si Teagan regresaba. Eso solo ya decía mucho sobre él. Utilizaba a sus hombres y él hacía lo mínimo. Definitivamente, se consideraba con derecho a tomar lo que quisiera. Y Andre se lo iba a poner muy fácil.

—Nos encontraremos aquí por la mañana —espetó Armend, y apagó la radio bruscamente sin siquiera despedirse.

Se la colocó con gesto de mal humor en el cinturón y se volvió para remover la comida que había en el cazo. Estaba visiblemente disgustado.

El búho extendió las alas y descendió al suelo. En el momento en que sus garras tocaron la tierra, Andre recuperó su forma humana. Eligió un lugar oculto ente los árboles, justo por debajo de donde Armend había montado el campamento. Alzó las manos y trazó un círculo en el aire. Al punto, unos jirones de niebla empezaron a flotar hacia el campamento desde los árboles.

Al principio, las gotitas formaban apenas una tenue bruma que remolineaba por el suelo, deslizándose entre las ramas, formando sus propias capas, por arriba y por abajo. Andre se aseguró de que el vapor fuera lo bastante tenue para permitir ver a través de él. A continuación, convocó a los lobos. La manada estaba muy lejos, pero respondieron, primero un aullido, luego otro. Le obedecerían. Siempre le obedecían. Andre estuvo observando con atención a Armend mientras la manada lanzaba la llamada de caza. A aquel hombre no se le escapó que el primer lobo se había oído muy cerca.

Se puso en pie y empezó a andar arriba y abajo con nerviosismo, y en un par de ocasiones se llevó la mano a la radio, como si necesitara tranquilizarse pensando que tenía amigos cerca y que acudirían si había algún problema y los llamaba. El aullido de caza del último lobo se extinguió y se hizo de nuevo el silencio. Al principio, la repentina quietud aumentó la tensión de Armend.

El hombre comprobó sus armas. No tenía pistola, pero sí tres cuchillos, y los colocó cerca de donde estaba sentado, e incluso se puso a practicar para cogerlos. Luego procedió a alimentar el fuego y fue hacia los árboles para recoger más leña. La amontonó a su lado.

Andre se movió con la niebla. Envió a sus apariciones por delante, dirigiendo la niebla para que se desplazara entre los árboles y reptara por el suelo hacia las rocas que había varios metros por encima de la línea de árboles donde Armend había establecido su campamento. Los jirones de niebla ya habían alcanzado las rocas por encima de los árboles, y allí la vegetación crecía en pequeñas matas por el lado de la montaña. La niebla flotaba sobre el campo de bloques de roca, casi con delicadeza, de un modo nada amenazador… a menos que repararas en que había poco viento, y en el hecho de que no parecía afectar a la niebla.

Armend se sentó sobre su roca y removió el preparado que se cocinaba en su cazo. Miró a su alrededor, aún con cierto recelo por los aullidos de los lobos, pero Andre se dio cuenta de que ya había empezado a descartar el riesgo de un ataque en su mente.

El hambre atenazaba a Andre, cada célula de su cuerpo le pedía sustento. Necesitaba sangre. Podía oler la sangre de Armend. Podía oír cómo corría por sus venas y el fuerte latido de su corazón. Los labios de Andre se retrajeron en una mueca y notó las puntas afiladas de sus dientes. Y aun así, tenía que darle una lección a ese hombre. Una lección muy seria antes de que los dos se vieran las caras. Quería que supiera lo que es el miedo. El terror, incluso. Y eso era algo que Andre sabía enseñar muy bien a su presa.

La niebla más densa avanzaba poco a poco por el suelo, levantando un muro. El hombre bajó un momento la vista a la comida que estaba cocinando y, cuando volvió a levantarla, ya no pudo ver otra cosa que densas nubes de vapor remolineando. Se puso en pie otra vez, asustado, y se llevó la mano con nerviosismo a la radio.

No llegó a sacarla del cinto. Él era el líder entre su grupo de amigos. Siempre lo había sido. Era un poco más rico, y mucho más dominante. Era él quien se había dado cuenta muy pronto de que las mujeres, sobre todo las universitarias que salían a hacer excursionismo por Europa, eran especialmente vulnerables. Era él quien poco a poco había conseguido que los otros aceptaran la violencia cada vez como algo más natural.

Era él quien había pensado en ofrecer un servicio de guía. Armend siempre se aseguraba de que las pocas parejas o ancianos a los que llevaban a las montañas lo pasaban maravillosamente. Se los ganaba con un servicio espectacular, y los llevaba a los lugares más hermosos, para que hablaran con entusiasmo de sus visitas.

A sus víctimas las elegía con mucho cuidado. Se aseguraba de que no había ningún rastro que seguir ni en papel ni por internet. Chicas que iban allí solas o de dos en dos. Eran las presas que elegía para su deporte.

Él golpeó y violó a la primera chica solo, pero delante de sus amigos. Conocía a sus cómplices desde que eran niños, y los había elegido a los cuatro con el mismo esmero con que elegía a sus víctimas. Todos tenían tendencias violentas, pero Armend sabía que, sin él, seguramente habrían tardado mucho más en poner en práctica sus fantasías.

Armend se aseguró de comprar muchos vídeos porno, todos centrados en la violación y la violencia hacia las mujeres. Al principio los llevó por aquel camino con historias sobre compartir a las mujeres, tratarlas como juguetes, luego llegaron los vídeos, y finalmente el snuff real. Todos estaban entusiasmados.

Armend retuvo a la chica a su lado, tranquilizándola, prometiéndole dinero, diciendo que sentía que las cosas se hubieran descontrolado, mientras no dejaba de hacer guiños a sus amigos para que supieran que estaba preparando el segundo asalto. En el segundo asalto, Kirt y Giles se unieron a la fiesta. Para la tercera vez, Keith y Gerard tampoco quisieron desaprovechar la ocasión. Y a partir de ahí fue fácil convencerles de que no podían dejarla vivir porque supondría un riesgo para ellos. Todos se dedicaron a golpearla, por turnos, riendo y masturbándose mientras ella suplicaba y prometía que haría lo que le pidieran.

Armend estaba convencido de que su padre sospechaba lo que estaba pasando, y hasta puede que quisiera apuntarse, el muy hipócrita. Pero de todos modos el viejo pagaba para que las pocas chicas con las que había salido en sus tiempos de estudiante cerraran la boca, chicas con las que había compartido un poco de bondage y sus entonces tendencias sádicas. En aquellos tiempos, Armend siempre se aseguraba de que ellas estaban de acuerdo en que las atara antes de hacer nada, y así sabía que la policía quedaría al margen.

Era un hombre encantador y persuasivo. Todas las chicas pensaban que las quería. Siempre las grababa diciendo que aceptaban divertirse dejando que las atara o las esposara. O incluso las azotara. Por supuesto, una vez que las tenía a su merced, el impulso de herirlas y humillarlas se adueñaba de él y no podía contenerse. Qué demonios…, no quería contenerse. Le encantaba.

Y entonces conoció a Teagan Joanes. No se parecía en nada a las mujeres que normalmente elegía como víctimas. Si acaso, era justo lo contrario. Casi era como un chico, porque tenía muy poco pecho. No tendría que haber llamado su atención. Y por si eso fuera poco era mitad negra, mitad blanca. Y eso a él no le iba nada.

La cuestión es que no podía dejar de pensar en ella. Le obsesionaba. Su piel era la más suave y lisa que había visto nunca, y aquel color de moca con leche era absolutamente precioso. Su risa era sencillamente sexi, y podía atravesar a un hombre. Tenía la cintura tan estrecha que estaba seguro de que podría rodearla con una mano. Buenas caderas, un culo bonito de verdad. La deseaba tanto, que no podía pensar.

Pero ella nunca le dijo ni así. Durante un tiempo, durante los tres años que compartieron en la universidad, llegó a pensar que quizá era lesbiana, pero no salía con ninguna mujer. De haber habido otras, él las habría matado. Y lo mismo si algún hombre se hubiera interpuesto entre ellos, pero no, Teagan no salía con nadie. Tenía muchos amigos masculinos. Amigos con los que iba de escalada. Amigos excursionistas. Ciclistas. En su tiempo libre siempre estaba ocupada.

Teagan era brillante, y por eso se le ocurrió la idea de contratarla para que le diera clases particulares. Dio en el clavo. Armend tenía mucho dinero, la Geología le importaba un bledo, pero si quería su herencia necesitaba un título universitario estadounidense. Y así fue como consiguió que Teagan pasara tanto tiempo con él. Él hizo su gran despliegue. Se mostraba encantador. Gastaba dinero en ella, aunque a ella eso no parecía gustarle. Llevaba los pícnics preparados con la excusa de que así podían pasar más tiempo estudiando.

A veces se despertaba por la noche oyendo su risa en su cabeza. Empezó a soñar con ella, continuamente. Ninguna otra mujer parecía satisfacerle y llegó un momento en que ella se convirtió en el objeto de todas sus fantasías. La quería debajo de su cuerpo. Quería oír sus gritos, aunque realmente no sabía si lo que quería era hacerle daño o darle placer.

Mantuvo el contacto con ella porque tenía que hacerlo. No podía renunciar a aquella relación, aunque era consciente de que estaba obsesionado. Cuando le mandó aquel correo electrónico y le dijo que pensaba viajar a aquella zona de los montes Cárpatos para buscar una piedra, tuvo la certeza de que ella estaba tan obsesionada como él. Se sintió exultante. Loco de alegría. Sus sueños se volvieron tan eróticos que no podía comer, no podía dejar de pensar en ella.

Teagan ni siquiera fue capaz de decirle qué clase de piedra buscaba, decía que sabía vagamente por dónde buscar y que cuando la encontrara lo sabría. ¿Qué clase de chorrada era esa? Lo que quería era ir a verle, por supuesto. Tenía que ser eso. Ella pensaba tanto en él como él en ella. Y a pesar de eso, mientras ascendían la montaña, no había dejado de castigarle con sus estúpidos jueguecitos, bromeando, actuando como si solo fueran amigos.

No era más que una jodida calientabraguetas y pensaba darle una lección. Lamentaba que los otros le hubieran seguido. Aún no estaba seguro de querer compartirla con nadie, y menos aún de querer matarla. Pero si lo hacía, tal vez aquellos pensamientos obsesivos desaparecerían y podría seguir con su vida.

Un gemido bajo se oyó en la noche. Muy bajo, el suave llanto de una mujer, como si estuviera sufriendo. Armend se estremeció. Siempre le había gustado aquel sonido en particular y se esmeraba mucho por conseguirlo cuando tenía a alguna mujer a su merced. Caminó con nerviosismo alrededor del fuego, mirando con los ojos entrecerrados a la espesa niebla.

¿Estaba Teagan ahí? ¿Herida? El gemido volvió a oírse, más cerca esta vez. Aquella nota resonó por su cuerpo como el acorde de un violín, suave como una caricia. Se detuvo y miró directamente hacia el lugar de donde provenía el sonido. Su corazón se aceleró.

—¿Teagan? ¿Estás ahí?

Sus palabras fueron recibidas por el silencio. Armend esperó. No pensaba apartarse del fuego, no con aquella niebla tan densa. Apenas si podía verse la mano cuando se la ponía delante de la cara. El manto gris de vapor parecía más espeso de lo normal, muy denso, como un muro vivo de niebla que lo rodeaba.

Armend sacudió la cabeza mientras los dedos del miedo se deslizaban por su columna. Llevaba toda la vida recorriendo aquellas montañas. Eran su patio de juegos particular. Él nunca tenía miedo. Aun así, bajó la mano a la radio. Una vez más, no la sacó, pero necesitaba la tranquilidad que le daba saber que estaba ahí.

El gemido volvió a oírse, amortiguado, pero más cerca. Tenía que ser Teagan. Tenía miedo de él.

—Teagan, acércate al fuego. Podemos hablar. ¿Estás herida?

Casi podía notar su sabor. Por fin. La tenía. Una sensación de entusiasmo lo invadió. Se le puso dura solo de pensarlo. Pasaría una larga noche con ella y por la mañana ya decidiría si la compartía con sus amigos y luego la mataba o se la quedaba solo para él. Había muchos sitios donde podía retenerla y obligarla a depender de él. Eso sería divertido. Tenerla prisionera, darle comida y agua cuando a él le apeteciera, obligarla a necesitarle. Aquella fantasía cobró forma en su cabeza, y la idea realmente le gustó.

Algo se movió en la niebla y su mirada se desplazó al instante hacia allí. La niebla remolineó, pareció cobrar vida. Vio el rostro de una mujer avanzando hacia él a través del vapor gris. No, de hecho la niebla formaba su rostro. Reconoció a su primera víctima. Se balanceaba, gemía, mirándole con ojos acusadores.

Armend dio un respingo y reculó, y a punto estuvo de caer al fuego. A su alrededor, en el círculo cerrado de niebla, empezaron a aparecer rostros. Mujeres que gemían. Que le llamaban en voz baja, con los brazos extendidos en un gesto de súplica primero y después pidiéndole que se uniera a ellas en la niebla.

Mirara a donde mirase, las mujeres estaban allí, rodeándole. Con sus ojos puestos en él. Los brazos extendidos. Con expresión acusadora. El sonido de sus gemidos siguió elevándose, hasta que Armend no pudo oír otra cosa. Hasta que el sonido penetró en sus huesos, atravesó sus órganos, hizo que se le crisparan los nervios. A una o dos las había olvidado, pero todas estaban entre las víctimas que él y sus amigos habían ido sumando a lo largo de los años.

—No sois reales —musitó. Y entonces alzó la voz y les gritó—. No sois reales.

Encontró su piedra junto al fuego y se sentó, porque las piernas le temblaban tanto que no podía seguir de pie. Aquello no era real. Su mente le estaba jugando una mala pasada.

Se sacó la radio del cinto y se cubrió una oreja con las manos, en un intento por ahogar aquel terrible gemido. No podría volver a oír ese sonido mientras viviera.

—Giles, ven, ven.

La estática le contestó, y luego, muy tenue, la voz de una mujer que le llamaba… desde la radio.

Ven con nosotras, Armend. Ven. La eternidad es un espacio muy breve para que lo compartas con nosotras.

Armend dejó caer la radio al suelo y la apartó de una patada.

—¡Cierra la boca! —bramó—. ¡Callaos todas! ¡Estáis muertas!

En el momento en que pronunció las palabras «estáis muertas», los rostros de la niebla se transformaron en esqueletos, temibles figuras formadas por huesos y dientes con las cuencas de los ojos vacías. Figuras que le rodeaban y trataban de alcanzarlo con sus dedos huesudos.

Se levantó viento y las mujeres gimieron más fuerte y a Armend el sonido le produjo náuseas. No podía escapar a aquel gemido penetrante de dolor, lo estaba consumiendo poco a poco, era como si lo devorara. Podía sentir la reverberación mordiendo sus carnes, tomándolo, instándolo a que se uniera a las mujeres en la niebla.

Se llevó las manos a los oídos, tratando de ahogar las voces. El gemido era algo físico, tiraba de su cuerpo y lo desgarraba como si fueran dientes. El ruido de los huesos solo hizo que aumentar la sensación de pánico cada vez mayor. Rodeó el fuego, tratando de encontrar una forma de escapar, pero los fantasmas lo tenían totalmente rodeado.

Fantasmas. Respiró hondo. Aquellas mujeres estaban muertas. Él estaba vivo. No eran reales. No podían salir de la niebla y arrastrarlo con ellas. Con mucho cuidado, retrocedió y se apartó de los pocos penachos que escapaban de la masa principal de densa materia gris. Volvió a encontrar su roca y se sentó lentamente. No apartó los ojos del denso banco de niebla, pero bajó la mano al suelo y se puso a palpar buscando su radio.

El suelo parecía húmedo. Mojado incluso. Armend apartó la vista de la imagen macabra de cráneos con las cuencas vacías, abriendo sus bocas vacías y llamándole. Miró hacia abajo y se quedó de piedra. En el suelo, podía ver zarcillos de niebla, como el sistema radicular de un árbol, deslizándose por la tierra. Vivos. Buscando. Tuvo la terrible sensación de que le buscaban a él.

¿Qué hacían las raíces? Alimentaban al árbol. Le buscaban a él. Su cuerpo. Su sangre. Estaba al borde de la histeria y trató de obligarse a pensar sobreponiéndose al miedo. Aquello no podía estar pasando, por muy real que pareciera.

Los gemidos seguían, pero una mujer, su primera víctima, cambió el tono y su voz se elevó en el viento hasta convertirse en un aullido. Una llamada a la caza. Conocía ese sonido. Lo había oído antes. Un macho alfa llamando a su manada a la caza. Otro escalofrío le recorrió la columna y su corazón resonó como un trueno.

Se puso a echar leña al fuego a toda prisa, para avivarlo. A su alrededor, por el suelo, las venas de niebla se estiraban como los brazos huesudos de las mujeres. Su cuerpo se quedó inmóvil. Podía sentirlos. A los lobos. Cuando se atrevió a mirar a la densa pared de niebla, vio sus ojos rojos mirándole.

En su imaginación no había nada peor que morir devorado por los lobos. Contó al menos siete en la manada. Lo rodearon, igual que las mujeres. Extrañamente, pareció que las manos huesudas acariciaban a los animales, aunque no podía verlos a través de la niebla.

Pero los oía. Oía sus gruñidos. Los sentía. Se le pusieron los pelos de punta. El corazón le latía tan fuerte que temió que le diera un ataque. De vez en cuando, veía a una bestia enorme andando de un lado a otro, como si esperara alguna clase de señal.

La niebla remolineó y formó otra figura. Al principio parecía un lobo. Un lobo enorme. El animal volvió sus ojos brillantes hacia él y Armend, lleno de pavor, vio que salía de entre la niebla y que estaba vivo de verdad y no formaba parte de aquella masa de criaturas muertas. El lobo avanzó varios pasos hacia él, y entonces ya no era un lobo, era un hombre.

El hombre era alto, de hombros anchos, fuerte. Real. Llevaba una capa larga y con capucha que le llegaba a los tobillos. Costaba verle la cara, porque quedaba oculta por la sombra de la capucha. No se podía negar que era real. No un lobo. Un hombre. Al verlo, Armend dejó caer los hombros y casi se pone a sollozar del alivio. Se había dejado llevar por la imaginación. Había tenido una alucinación, pero ahora, con aquel hombre, las cosas podrían volver a la normalidad. Se obligó a sonreír.

El hombre no le devolvió la sonrisa. Miró a Armend con ojos de un azul helado que parecieron llegar al fondo de su alma. Unos ojos que podían ver sus oscuras perversiones y su necesidad de ver sufrir a las mujeres. Verlas sufrir para su entretenimiento. Verlas sufrir porque disfrutaba del dolor de los demás… sobre todo si eran mujeres. Aquel hombre sabía que había matado y que ansiaba matar y seguiría matando porque lo necesitaba tanto como necesitaba respirar.

Armend sintió que la boca se le secaba. Apartó los ojos del hombre que le estaba juzgando para mirar a los esqueletos que gemían con los brazos extendidos. Las mujeres seguían allí, mirando. Los lobos seguían allí, esperando. Armend volvió a retroceder y estiró el brazo para coger el cuchillo que había dejado sobre el montón de leña.

Su mano se cerró en torno a la empuñadura. Y el fuego sacudió su cuerpo. La empuñadura estaba de un rojo tan encendido como los ojos de los lobos. Su mano y sus dedos se fundieron con el cuchillo, y el dolor que le produjo era tan intenso que se dejó caer sobre una rodilla. Trató de arrojar la hoja lejos de su lado, pero seguía pegada a su mano, quemando y quemando. Lanzó un grito y hundió la mano en los zarcillos de niebla que reptaban por el suelo.

Cuando el fuego entró en contacto con la niebla fresca y húmeda, se oyó un chisporroteo. El cuchillo se desprendió y Armend volvió la mano. Estaba cubierta de ampollas, pero vio que bajo las heridas había otra cosa que quemaba en su piel. Parecía como si la carne se estuviera desprendiendo y solo fueran a quedar los huesos. Huesos blancos. Y, escrito muy adentro, con letras de carbón, había una única palabra. Asesino.

Armend volvió a gritar. No sabía cuánto tiempo estuvo gritando, pero para cuando consiguió controlarse, estaba ronco. Meneó la cabeza.

—Esto no es real. Nada de esto es real. Solo estoy teniendo una pesadilla. Nada más. Todo esto es una pesadilla.

Se negaba con obstinación a mirar a las mujeres que gemían o a los ojos rojos de los lobos que deambulaban a solo unos metros de él. No quería mirar a aquel hombre. Debía de ser la Parca que venía a por él.

—Voy a entrar en mi tienda y me meteré en mi saco de dormir. Y cuando despierte, todo esto habrá pasado.

—Por desgracia, Armend —dijo la Parca, y el tono de su voz era espeluznante—, tu tienda no puede ayudarte esta noche.

Armend se humedeció los labios y se obligó a mirar a los ojos de la Parca. La impresión que le provocaron fue terrorífica.

—¿Qué quieres?

—Has atacado a mi mujer. ¿Tú qué crees que puedo querer?

La voz era baja. Suave incluso. Amable. No había ninguna nota de amenaza en ella, pero aquella forma de mirarle, sin pestañear, con los ojos predadores de un lobo, el rostro siempre en sombras, le aterraba.

—No conozco a tu mujer.

—Por supuesto que la conoces. Pensaba que eras su amigo. Confiaba en ti, y tú la golpeaste salvajemente. Le desgarraste la boca con los dientes. Trataste de violarla. Hubieras permitido que tus amigos utilizaran su cuerpo y luego la hubieras torturado y matado como hiciste con las otras.

El tono de voz no cambiaba. Y eso era más inquietante que si hubiera demostrado algún tipo de ira.

Armend alzó la mano.

—No, no, no, eso no es verdad. No pensaba dejar que los otros la tocaran. Me estás hablando de Teagan.

—No pronuncies su nombre. Jamás vuelvas a llamarla por su nombre. No eres digno de hacerlo. Sé dónde está cada uno de los cuerpos. Las mujeres a las que torturaste, violaste y mataste. Todas serán encontradas y devueltas a sus padres.

Él meneó la cabeza.

—No, no puedes hacer eso. Mi madre. Mi padre. Eso los mataría. El nombre de mi familia quedará manchado para siempre, y ¿por qué? ¿Quiénes eran? Estúpidas mujeres. Ellas me querían. Les gustaba lo que les di. Ellas me lo suplicaron.

Señaló con el dedo, el que se estaba quemando y le dolía, aunque él se obstinaba en no reconocerlo porque nada de aquello era real.

—Me he despertado con hambre. Muerto de hambre. Necesito alimentarme. Ya hablaremos después —dijo la Parca.

Armend pestañeó. Bajó la vista al cazo que tenía al fuego. Había olvidado que estaba preparándose algo de comer cuando se levantó la niebla. De pronto, sin previo aviso, se encontró a la Parca justo delante. Hacía un instante la tenía a varios metros y ahora estaba ahí, invadiendo su espacio personal.

Visto de cerca parecía un hombre grande. Fuerte. Todo músculo. Intimidaba. El hombre se echó la capucha hacia atrás y miró el rostro de Armend. Y sonrió. Armend chilló como una mujer, con un grito agudo y aterrorizado que resonó entre las rocas. Estaba viendo un primer plano de la boca de un vampiro.

El gemido de las mujeres se elevó a un chillido enfervorecido. Los lobos gruñían, cada vez más impacientes por probar su cena, que tenían apenas a unos metros. Armend trató de moverse, pero sus pies estaban clavados en el suelo. Pegados. Como plomo. Lo único que podía hacer era mirar fijamente al hombre, que casi parecía hermoso, con su rostro totalmente masculino, la mirada fría cuando inclinó la cabeza sobre él.

—!Vete¡ —chilló Armend, tratando de golpear el rostro del vampiro que cada vez estaba más cerca.

La sonrisa impía se hizo más amplia.

—¿Puedes sentir lo que sintieron esas mujeres, Armend? ¿Sientes su miedo? ¿El pánico de saber que estaban indefensas? ¿Tienes miedo de lo que voy a hacerte? ¿De que te desgarre la piel con los dientes? ¿De que te muerda tan salvajemente como tú mordiste a mi mujer? Voy a beber tu sangre. Puedo convertirte en un juguete. Puedo dominar tu mente. ¿Qué crees que haré? ¿No es eso a lo que jugabas con todas esas mujeres indefensas?

—Por favor. Mi familia tiene dinero. Haré lo que sea.

Los dientes no dejaban de acercarse, más y más. El pulso latía en la garganta de Armend. No podía detenerlo. Ni siquiera conteniendo la respiración. Su corazón martilleaba en su pecho, llamando al vampiro.

—¿Le funcionó a alguna de esas mujeres a las que mataste suplicar y pedir y regatear?

—Oh, Dios. Esto no puede estar pasando —sollozó Armend.

La mano que se apoyó en su hombro y le hizo volverse era suave, pero era imposible soltarse de aquel puño de hierro. La otra mano se fue a su cabeza y la echó hacia el lado para dejar la arteria al descubierto. Armend notó un aliento caliente. Los dientes le desgarraron con brutalidad. Sin piedad. El dolor era insoportable.

Armend volvió a gritar, hasta que sintió que se quedaba afónico. Pero la boca seguía extrayendo sangre de su cuerpo. Empezó a gemir. De dolor. En una única nota. La nota que siempre había anhelado oír en boca de las mujeres a las que torturaba y mataba. Las mujeres de la niebla se hicieron eco de esa nota y gimotearon con él. Estaba rodeado por sus gimoteos. Podía sentir sus gemidos en su cuerpo. En el dolor fiero e interminable de su garganta.

Tenía frío. Temblaba de frío. ¿Dónde estaban sus amigos? No podía morirse así. No podía morir a manos de un vampiro, rodeado por las estúpidas zorras que suspiraban por él y luego gritaron y chillaron cuando les dio lo que querían… lo que merecían.

¿Por qué me haces esto? Quería gritar las palabras en voz alta, pero era incapaz de hablar, no con un vampiro desgarrándole la garganta. Esas mujeres no eran nada. Nada. Si existían era para que alguien pudiera usarlas.

¿Es así como veías a mi mujer? ¿Como nada?

Armend supo que había cometido un error terrible. Estaba ahí, en aquella voz suave, moviéndose por su mente. No podía retirar lo que había dicho. No podía deshacer aquello. El vampiro podía leerle el pensamiento, y eso significaba que podía ver en el interior de su mente. Podía ver la verdad. Podía ver la necesidad omnipresente de alimentarse del dolor que infligía a las mujeres. Le gustaba tener el poder. Lo anhelaba. Siempre lo necesitaría. El vampiro lo sabía.

Hazme como tú, susurró Armend en su mente. Te serviré. Podemos divertirnos mucho juntos. Hazme como tú.

El vampiro sacó bruscamente los dientes del cuello de Armend y retrocedió, con los ojos llameantes.

—Tú no puedes ser como yo. No tienes honor.

Armend trastabilló y acabó en el suelo. Se sentía débil. Muy débil. El vampiro le miraba como si no fuera más que un insecto arrastrándose por el suelo. Y tuvo que arrastrarse. Apenas si tenía fuerzas para arrastrarse hasta su tienda.

El vampiro se limitó a mirarle. Las mujeres callaron. Los lobos hicieron otro tanto. El silencio repentino le daba más escalofríos que los gruñidos de los lobos o los gemidos de las mujeres. Se volvió a mirar. Las calaveras seguían allí, mirándole con aquellas cuencas vacías donde antes había ojos.

El aliento se le atragantó y se detuvo, clavando los dedos en la tierra húmeda. La sangre goteaba sin parar de la herida del cuello. Miró atrás y sobre la tierra vio manchas rojas que teñían de rosa los zarcillos de niebla que se extendían por el suelo.

Los lobos salieron del banco de niebla, con sus ojos luminosos y hambrientos clavados en él. No corrieron, se movían con pasos precisos, infinitamente lentos, casi centímetro a centímetro. Primero aparecieron las cabezas, luego los cuellos y los cuerpos. Armend miró a su alrededor. Los lobos habían formado un círculo y le rodeaban, igual que el banco de niebla.

Enseguida se dio cuenta de su error. Había abandonado la seguridad del fuego. Cambió de dirección, aferrándose al suelo con las uñas. La imagen de aquellos arañazos en la tierra le hizo detenerse. Cuántas veces había visto esas marcas en la tierra cuando arrastraba a las mujeres hacia el precipicio, con los cuerpos ensangrentados y desnudos para que sintieran cada piedra, cada ramita.

Se puso la mano contra la herida del cuello, consciente de que el olor de la sangre atraía a los lobos. Podía sentir sus ojos sobre él. El macho alfa se acercó más, con la cabeza gacha, olfateando la sangre. Sus labios se retrajeron.

Armend miró a su alrededor, tratando de orientarse. Tenía cuchillos guardados por todo el campamento, pero no podía recordar dónde. Cuando volvió a mirar, tenía al macho alfa encima. Se miraron el uno al otro durante lo que pareció una eternidad. Notó un aliento caliente en la nuca, y un dolor terrible, cuando otro lobo lo aferró por el hombro y empezó a arrastrarlo para alejarlo más del fuego.

Armend gritó, miró hacia el vampiro, suplicando clemencia, pero el vampiro ya no estaba, solo el vapor de la niebla que empezaba a disiparse. Estuvo gritando mucho rato. Su último pensamiento fue que había aguantado tanto como la más fuerte de las mujeres a las que había torturado. Y deseó no haberlo hecho.