Teagan se encontró siguiendo el rastro de sangre por la estrecha cámara, adentrándose más en la tierra. La temperatura se notaba más templada cuanto más penetraba en la cueva. Tendría que haber sido al revés, y eso le hizo pensar si no habría actividad volcánica por debajo. La idea le hizo detenerse, pero el deseo de seguir el rastro de aquella sangre era demasiado poderoso para resistirse.
Se arrodilló junto a una salpicadura particularmente grande de sangre oscura y tocó aquella sustancia con dedos temblorosos. Era pegajosa, como si se hubiera coagulado horas antes. En el momento en que la tocó, algo en su interior respondió. Se abrió. Con una poderosa sensación de necesidad. Tendría que haberse limpiado la sangre en la tierra, pero no podía. En lugar de eso, cerró los dedos con fuerza contra la palma, como si con ello pudiera retener en ella a su dueño. Instintivamente, supo que la víctima era un hombre y que tenía que llegar hasta él. Tenía que salvarle.
Teagan lo encontró en la cuarta cámara, en una sala pequeña, completamente a oscuras, y estaba en lo que parecía una tumba abierta. La linterna iluminó el borde del cuerpo, que yacía en el suelo a una profundidad de unos sesenta centímetros. La tierra lo cubría, pero el rostro y el pecho sobresalían. Teagan notó que la boca se le secaba, su garganta se cerró. Durante un breve instante, no fue capaz de respirar. No podía huir, no podía avanzar. Permaneció allí plantada, rezando, con la linterna sacudiéndose en su mano.
Se quedó mirando al hombre, mientras su corazón retumbaba y el canto estallaba en un crescendo en sus venas, como si en algún lugar por encima o por debajo de él estuviera la piedra que necesitaba para curar a su abuela. Se acercó, aunque algo reacia, temiendo que pudiera estar muerto, porque no habría podido soportarlo. Pero si seguía con vida, tenía que ayudarle.
Teagan obligó a sus pies a moverse y se acercó; se arrodilló junto a él para buscarle el pulso en el cuello. En el instante en que lo tocó, la terrible sensación de miedo que la embargaba aumentó. Necesitaba que aquel hombre estuviera vivo más que nada en el mundo. Tenía que vivir. Esperó para ver si llegaba un latido. Rezó para que llegara. Pero no hubo nada. Ni siquiera el más leve residuo de un latido.
Un pequeño gemido de miedo brotó de sus labios. No miedo a él. Sino por él. Por sí misma. En el fondo de su corazón supo que había ido hasta allí para salvar a aquel hombre, pero sus heridas la habían hecho avanzar demasiado despacio. Con mucho cuidado, apoyó la cabeza sobre su corazón. Extrañamente, el cuerpo estaba tibio y, si hubiera muerto hacía horas, ya se habría enfriado. Pegó la oreja con más fuerza al pecho y contuvo la respiración para no hacer ningún ruido. No había un latido discernible, aunque notaba los músculos marcados y fuertes del pecho.
La camisa estaba rota y ensangrentada. Había terribles laceraciones en el pecho. Heridas abiertas. Heridas que ella sabía que tendrían que haberle matado, y seguramente lo habían hecho. Y aun así, necesitaba que estuviera vivo y, aunque no entendía por qué, la necesidad era tan acuciante que sintió que la sacudía. Había indicios de heridas antiguas. Cuatro. Una en cada hombro y una en cada costado. Cicatrices circulares que tendrían bien, bien cinco centímetros de diámetro. Aquel hombre había visto muchas batallas.
Teagan cerró los ojos, sintiendo que la pena le oprimía el corazón. La necesidad de lamentarse cayó sobre ella como una marea, apareció sin más, pero era tan fuerte que otro sonido escapó de sus labios, un grito agónico que pareció terriblemente fuerte en el silencio de la cueva. No conocía a aquel hombre, pero el impacto era tremendo. Le colocó la mano por encima de la boca tratando de notar el flujo del aire.
—Vamos, cielo —dijo en voz baja—. Dime que no estás muerto. Inconsciente está bien. Puedo soportar que estés inconsciente, pero tienes que volver al reino de los vivos. —Y tuvo la osadía de acercar los labios a su oreja; necesitaba que la oyera. Estaba tan templado, que parecía imposible que lo hubiera perdido antes de tener ocasión de salvarlo—. Quédate conmigo. No te vayas. Vuelve a mí.
Teagan no sabía qué le impulsaba a pronunciar su ruego de aquella forma, pero algo en su interior, ese mismo algo que no quería dejarla marchar, arrancaba aquellas palabras desgarradoras, no de su corazón, sino de su alma doliente.
El hombre tenía la piel clara; la de ella era más oscura, de un suave moca con leche como decía siempre su abuela. Su madre era afroamericana, pero su padre era caucásico. Era un hombre de negocios que estuvo persiguiendo a su madre y la abandonó en cuanto supo que estaba embarazada. Técnicamente, sus tres hermanas en realidad eran medio hermanas, pero jamás habían actuado como si no la consideraran uno de los suyos. La llamaban «mi corazón» porque la abuela Trixie siempre la llamaba de ese modo.
Teagan podía sanar. Siempre había tenido un don para aquello, pero no si la persona ya estaba muerta. No podía resucitar a los muertos. Su garganta se cerró a modo de protesta. Aquel hombre no podía haberse ido, no podía estar fuera de su alcance.
Volvió a inclinarse y deslizó los dedos con suavidad sobre su pecho, como si aquel leve contacto pudiera penetrar hasta su corazón.
—Lo digo en serio, abre los ojos ahora.
Trató de decirlo como una orden, pero sonó más bien como un ruego. Las lágrimas le escocían en los ojos mientras contemplaba aquel bello rostro.
Era guapo. Incluso en la muerte, era guapo. De haber sido ella artista, aquel era el hombre al que habría querido esculpir. Dibujar. Preservar de alguna forma.
Las pestañas del hombre se agitaron, y el corazón de Teagan se agitó con ellas. El aire abandonó sus pulmones. Lo miró fijamente. Los párpados seguían cerrados. ¿Se lo habría imaginado? Había dejado la linterna en el suelo, con el haz de luz enfocando hacia el techo, y un leve resplandor lo iluminaba, aunque en su mayor parte quedaba en sombras. Habría sido una ilusión. Y aun así… Su corazón empezó a latir con fuerza otra vez.
Tanto si estaba vivo como si no, no pensaba dejarlo en aquel estado.
—Oye, guapo, me voy un momento a buscar mi mochila. Puedo limpiarte. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Pero incluso mientras le hablaba, mientras le susurraba al oído, volvió a colocar la mano sobre el pecho de aquel hombre, justo sobre su corazón. Esperanzada. Rezando. Necesitaba que estuviera vivo, aunque nada parecía indicar que fuera así.
Contuvo un sollozo y se puso en pie de un brinco, y pestañeó cuando notó que su pierna protestaba… cuando su cara le dijo que la hinchazón no había bajado. Consultó su reloj y volvió a toda prisa por las diferentes cámaras hasta llegar a la cámara donde había dejado la mochila. El sol se pondría pronto y, puesto que Armend y sus hombres no la habían encontrado todavía, seguramente con la llegada de la noche ya no la encontrarían. Podría dormir.
En toda su existencia, Andre solo había tenido un sueño, un sueño recurrente, y era una pesadilla… o, más concretamente, un recuerdo que deseaba borrar. Él dormía el sueño de los carpatianos. Con el corazón parado. Sin respirar. Básicamente, según los estándares humanos, muerto. Les invadía una especie de parálisis y no podían moverse, aun cuando sus mentes seguían activas. Y sin embargo, debía de estar soñando.
Una voz suave… de mujer. Su compañera eterna. El susurro de un roce contra su piel. El pequeño ruego que llegó a su corazón que no latía. Era un sueño en color. Un color vívido y luminoso. Era tan bonito, tan real, con los colores perfectamente diferenciados, no todo en gris, allí, bajo sus párpados, en su cerebro. Azules y verdes y rojos intensos.
Trató de levantar los párpados, de abrir los ojos. No se había enterrado del todo en la tierra como debiera. Había perdido demasiada sangre y sabía que sus salvaguardas eran sólidas. Los vampiros también estarían bajo tierra. Todos estaban heridos, incluso Costin Popescu, el maestro vampiro. Andre sabía que estaba seguro, y se sentía demasiado cansado para hacer nada que no fuera tenderse en la tierra limpia y fresca.
Y allí seguía, tendido, mientras su corazón se reiniciaba lentamente. Tomó aire por vez primera, y con él llevó el aroma de la mujer a sus pulmones. Era real. Llevaba tantos siglos buscándola que ahora no sabía qué debía sentir. Tantos siglos renunciando a ella. Sintiéndose tan solo que ya no sabía estar con otras personas, ni ser civilizado.
Aquel breve instante en que había conseguido vencer la parálisis y abrir los ojos lo bastante para verla tenía que ser real, no una quimera de su imaginación, porque la había visto en todos sus gloriosos colores. Y aun así, ¿cómo había logrado llegar a la cámara donde dormía? ¿A su cueva? Había puesto salvaguardas, intrincadas salvaguardas que nada tenían que ver con las protecciones de un mago, sino que él mismo las había diseñado y perfeccionado a lo largo de los siglos. Salvaguardas que nadie tendría que haber podido penetrar.
Debía de ser un sueño. Pero ¿en color? No tenía sentido. En cuanto su corazón empezó a latir, la sangre empezó a brotar de las diferentes heridas que tenía en su cuerpo. El hambre acuciaba. Lo devoraba. Tenía que bloquear el dolor. Automáticamente reparó los daños internos de su cuerpo, mientras su mente seguía repasando cada detalle que recordaba del momento en que la había visto.
Su compañera eterna era menuda, muy menuda, pero había visto su fortaleza. Su determinación. Era más hermosa que ninguna mujer que él hubiera visto… y eso por sí solo ya era suficiente indicio de que estaba soñando. La piel era asombrosa, una extensión suave y oscura a la que a cualquier hombre le habría resultado imposible resistirse. Pero estaba cubierta de moretones. Había visto morado y negro en la mezcolanza de color que le cubría la mejilla, junto al ojo, por la mandíbula. Tenía la cara hinchada, el labio desgarrado.
Tenía una bonita boca, con las comisuras algo curvadas, un arco seductor, con dientes blancos y pequeños. Los ojos eran oscuros, de color chocolate. Las pestañas que los rodeaban eran densas y muy negras.
Pelo largo, de un negro reluciente y exuberante y no gris mate, recogido en un complicado trenzado africano sujeto por detrás en una coleta de pequeñas trenzas. La cola podía ser fácilmente tan gruesa como su brazo, y le llegaba a la cintura. Cuando se apartó de él, cojeaba. Tenía que ser un sueño, porque ¿cómo podía ser real después de tantos siglos? ¿Cómo podía haberse saltado todas sus salvaguardas?
Andre permaneció muy quieto, absorbiendo las sensaciones de la cueva. Sus sentidos le decían que no estaba solo. Podía olerla. Era una combinación de aire fresco, niebla, montañas, sudor y algo más, algo que le atraía, como una ráfaga de un olor particular que trae una brisa de verano. Casi como el olor de la tierra después de un aguacero. Necesitaba más de aquello. Quería más.
En ese momento la oyó, oyó sus pasos apresurados que volvían a él, tal y como había prometido. Pensaba que estaba muerto. Había notado la tristeza de su voz. Le había pedido que se quedara. Que volviera a ella. ¿Había ido allí a buscarle? ¿Había estado él a punto de morir? Lo dudaba. Tenía trabajo que hacer. Varios vampiros a los que matar. No se habría ido dejándolos a ellos vivos para que siguieran haciendo daño.
La mujer dejó caer una mochila que era casi tan grande como ella a la entrada de la pequeña cámara. Llevaba una linterna en la mano y, cuando se acercó a toda prisa, la luz bailaba sobre las paredes. Andre vio los colores. Las ricas vetas de diferentes minerales y unas pocas gemas que lanzaban destellos por la luz. La luz iluminó una roca cristalina que sobresalía de la pared. Recordaba aquella formación de su juventud, y le sorprendió no haber vuelto a fijarse hasta que la luz bailarina de aquella mujer la iluminó para él.
Su aroma lo envolvía. Esta vez reconoció la interesante mezcolanza de lluvia y flores. Aspiró. Y en ese momento, ella dio un grito y se dejó caer al suelo junto a él.
—Estás vivo. Oh, Dios, estás vivo.
Le pasó las manos por el pecho. Con un tacto ligero como el de una pluma y, no obstante, allí donde tocaban las yemas de sus dedos él notaba calor, y algo más, algo que llegaba muy adentro, a través de la piel. Era el tacto de una sanadora. Aquella mujer tenía un inmenso poder. Andre se quedó muy quieto, escuchando la cadencia musical de su voz. El sonido hizo que algo en su interior respondiera.
Se dio cuenta de que hablaba en inglés. Y no inglés a secas, era inglés americano. Aquella mujer no era de los montes Cárpatos. No parecía carpatiana. Y sin embargo le pertenecía. Le pertenecía sin la menor duda. Volvió la cabeza y sus ojos se clavaron en su presa. La hinchazón que veía en su cara le dolió. Con un dolor real. No podía dejarla así. Se negaba a hacerlo.
Era una sanadora excepcional, y hubiera debido curar sus heridas antes de cometer la temeridad de entrar en una cueva. ¿Cómo era posible que no fuera consciente del peligro que corría, ni siquiera en aquel momento? Porque estaba en peligro. ¿Acaso no lo intuía? Andre estaba hambriento. Había perdido mucha sangre, y allí estaba ella, inclinada sobre él, con el cuello descubierto, el pulso a la vista, llamándole de corazón a corazón. Podía oír el flujo y reflujo de su sangre. Olerlo incluso a través de la herida del labio. El desgarrón.
Alguien había herido a su compañera eterna hacía poco. Un hombre. Podía oler la testosterona sobre ella. Su camiseta estaba rota, y dejaba al descubierto la curva del pecho. Era menuda, pero Andre vio aquella curva pequeña y hermosa y se llenó de anhelo. Eso no fue suficiente para mantener a raya a la bestia. Alguien había tratado de hacerle daño.
Levantó la mano hasta su rostro y deslizó el pulgar con suavidad sobre la zona inflamada.
—¿Quién te ha hecho esto?
Su inglés era bueno, pero él tenía acento de Inglaterra. No estaba familiarizado con el acento americano. Sus primeras palabras a su compañera eterna. Habló con suavidad, manteniendo un tono bajo, pero en él se apreciaba claramente un gruñido que hizo que Teagan se quedara totalmente inmóvil.
Ella apretó los labios y pestañeó.
—Concentrémonos en ti. Tienes unas heridas terribles. Soy Teagan. Teagan Joanes.
—No quisiera invadir tu intimidad al apropiarme de esa información, pero no pienso discutir. Quiero su nombre.
Las largas pestañas de Teagan bajaron y volvieron a subir. Apoyó el peso sobre los talones, y al hacerlo hizo una mueca de dolor, como si aquel movimiento también le doliera. En sus ojos oscuros había inquietud, un principio de miedo. Andre sabía perfectamente lo que ella estaba viendo. Se había pasado siglos dando miedo a los humanos… y sin duda ella era humana. Daba miedo incluso a los de su especie. No era un hombre con quien se pudiera jugar. Pero su principal responsabilidad era para con la seguridad y la salud de su compañera eterna, no al revés. Con miedo o sin él, tendría su respuesta.
—Armend Jashari —respondió ella en un susurro—. Está por aquí, en alguna parte, buscándome. Me dijo que sus amigos estaban acampados muy cerca y que me iban a… —dejó la frase sin acabar.
Andre la miró con el ceño fruncido y decidió tomar él mismo la información. No le gustaba coaccionar a los demás. Y aquello era demasiado importante. Tenía que saber lo que había hecho el tal Armend y cuáles eran sus intenciones. Tenía que curar a su mujer y decidir el camino a seguir. La indecisión de ella no le estaba ayudando nada.
—Mírame —ordenó, manteniendo el tono bajo.
Y deliberadamente permaneció en su lugar de descanso, permitiendo con esto que ella conservara una falsa sensación de seguridad.
La mujer levantó la vista hacia él. Y Andre no le permitió que la apartara. En el momento en que sus ojos oscuros se encontraron, la atrapó, susurrándole su orden, para que aceptara su oscuro abrazo. Se incorporó, la abrazó, buscando en su mente, superando barreras, buscando información.
Se le escapó un gruñido. Letal. Furioso. Su compañera eterna había estado en peligro, a punto de ser violada. La habían golpeado. Un hombre en quien confiaba, el hombre que veía en sus recuerdos y a quien ella consideraba un amigo, la había atacado y amenazado. Armend Jashari recibiría una visita suya, y entonces sabría lo que significa sentir pánico de verdad.
Colocó las manos sobre su rostro con delicadeza, con la almohadilla del pulgar sobre el desgarrón del labio. Antes de nada, antes de permitirse a sí mismo probarla, de detener la necesidad acuciante de su cuerpo por encontrar un sustento, tenía que sanarla. No podía mirar ni un segundo más aquel rostro magullado ni sentir su malestar y su dolor golpeándolo.
Andre salió de su propio cuerpo. Desprenderse de uno mismo para convertirse en una luz pura de sanación siempre le había costado, pero por primera vez en su existencia le resultó increíblemente fácil. Por ella. Por su compañera eterna. Saboreó aquella palabra mientras se introducía en su cuerpo y empezaba a sanarla desde dentro.
No se olvidó de examinar la pierna, con la que había visto que cojeaba cuando se fue a buscar su mochila. Allí encontró traumatismos que llegaban casi al hueso. La habían golpeado con fuerza, la suficiente para causar daños importantes. Jashari pagaría también por aquello.
Andre se aseguró de que cada lugar afectado del cuerpo de Teagan estaba curado antes de regresar a su cuerpo. El dolor de sus propias heridas lo sacudió. Había detenido la hemorragia, pero había perdido mucha sangre. La necesidad estaba allí, y era cada vez más acuciante. Mucho más. El aroma de su compañera eterna le llamaba. Casi podía notar su sabor. Una adicción perfecta que anhelaría por siempre más, de la que nunca tendría bastante.
La tomó en sus brazos y la rodeó para darle calor. Ella temblaba, y alzó los ojos para mirarle, pestañeando. Parecía algo asustada, y Andre supo que estaba saliendo del hechizo. Una parte de él lo deseaba, pero aún no estaba preparada para entender que iba a entrar en su mundo y lo que eso significaría para ella.
—Conmigo estás a salvo, Teagan —dijo—. Más a salvo de lo que has estado jamás. Cuando tengas miedo, mírame.
Volvió a adentrarse en su mente para inducir en ella un estado aún más profundo de inconsciencia, mientras sus labios buscaban el pulso que latía con fuerza en su garganta. Su lengua acarició el pulso rítmico, que le decía que ella estaba viva y sana. Besó aquel latido. Lo escuchó. Lo absorbió. Lo saboreó. Su compañera eterna. Un regalo que no tenía precio. Un tesoro. Y era suyo.
Clavó los dientes con fuerza y el sabor de Teagan estalló en su boca. Los colores que ella le había devuelto le habían parecido vibrantes, deslumbrantes, pero hasta ese momento no supo de verdad cuál era el verdadero regalo. El hambre se adueñó de su cuerpo, un hambre acuciante y terrible. Y no un hambre adictiva por su sangre, sino física. Su miembro se hinchó. Sus terminaciones nerviosas cobraron vida. La vida volvió a su cuerpo. Era algo bello y doloroso, un milagro que ni esperaba ni se había parado jamás a considerar. Su cuerpo deseaba el de ella. Y, al igual que la necesidad de probarla, especiada y adictiva, ese deseo se instaló en sus venas, la necesidad de su cuerpo quedó grabada en su médula.
Andre no vaciló. Llevaba siglos esperando a esa mujer. Más que siglos. Ella era su recompensa. Era su milagro. Era… suya. Te avio päläfertiilam. Eres mi compañera eterna. Las palabras rituales de emparejamiento resonaron muy adentro. Su lengua ancestral se elevó como una marea desde su misma alma.
Teagan Joanes tenía la otra mitad de su alma. Andre no preguntó por qué ni cómo. Era así, sin más. Y se sentía impulsado, obligado, a sellar sus almas. Éntölam kuulua, avio päläfertiilam. Te reclamo como compañera eterna. Ted kuuluak, kacad, kojed. Te pertenezco. Eso de por sí ya era un milagro. Pertenecer a alguien. Pertenecer a algún lugar. Andre no había tenido un hogar desde hacía siglos. Incluso los recuerdos de su infancia se habían desvanecido. Y ahora tenía allí a aquella mujer menuda… aquel minúsculo contenedor donde estaba su vida.
Se obligó a cerrar los pequeños orificios de la garganta de Teagan. Élidamet andam. Te ofrezco mi vida. Pesämet andam. Te ofrezco mi protección. Uskolfertiilamet andam. Te ofrezco mi lealtad.
El cuerpo de aquella mujer era cálido y encajaba a la perfección contra el suyo. Teagan se movió con inquietud entre sus brazos. Andre agitó la mano y eliminó las manchas de sangre y los desgarrones de su camisa para que pudiera pegarse a él con fuerza. Instintivamente, ella apoyó el rostro contra su corazón, rozando suavemente con los labios el pulso que latía con tanta fuerza.
Aquel sencillo movimiento inflamó el cuerpo de Andre, que saboreó su recuperada capacidad de sentir. De volver a la vida. De saber que la mujer que tenía en sus brazos era realmente suya. Le ordenó con un susurro que se alimentara, que tomara su sangre. Necesitaba que aquel primer intercambio con ella se completara mientras realizaba el ritual de emparejamiento.
Aquello la ligaría a su persona para siempre, ya no podría estar lejos de él mucho tiempo, del mismo modo que él no podría estar lejos de ella. Podrían hablar de mente a mente. Él siempre sabría lo que ella quería o necesitaba y se ocuparía de satisfacer cada deseo y necesidad.
Pero, por encima de todo, lo que más necesitaba en aquel momento era sentir su boca en su piel, absorbiendo su sangre para que pudieran quedar conectados de la forma más profunda posible y que la unión de sus almas durara para siempre, en este mundo y el que venía después.
Con una uña afilada, Andre trazó una fina línea sobre su pulso. La sangre afloró, y luego hizo que ella pusiera la boca allí, sintiendo que su corazón latía con fuerza al contacto con los labios. Resultaba erótico, tanto que por un instante no fue capaz de moverse ni respirar. Fue tan bonito… Podía sentir la conexión que crecía entre ellos con rapidez.
—Sívamet andam. Te ofrezco mi corazón.
Hablaba en voz alta, en los dos idiomas, porque después, mucho después, cuando le permitiera recordar, quería que supiera lo que significaba para él. Lo que él le ofrecía y lo que exigía de ella. Era una rendición completa por ambas partes. Desde que era niño, nunca había tenido un corazón que ofrecer a nadie, hasta que apareció ella.
—Sielamet andam. Te ofrezco mi alma.
Su alma siempre le había pertenecido. Durante siglos había caminado medio vivo, con aquella oscuridad siempre creciendo en su interior, porque su otra mitad tenía la luz que necesitaba para existir. Para vivir.
Teagan profirió un sonido y su palma se deslizó sobre su pecho, hasta su hombro, para enredarse en su pelo. Andre era un antiguo carpatiano y llevaba el pelo a la manera en que los suyos lo llevaban en tiempos ancestrales. Espeso y largo, sujeto por detrás con una cinta de cuero. Su pelo siempre había tenido demasiadas ondas y a veces, como en aquellos momentos, se le formaban largos tirabuzones muy poco masculinos, aunque él nunca se había preocupado por cambiar eso, ni siquiera en su mente. Le gustó cuando Teagan buscó uno de ellos y enroscó sus dedos en él.
—Ainamet andam. Te ofrezco mi cuerpo. Sívamet kuuluak kaik että a ted. Tomo en mi custodia aquello que es tuyo.
Él nunca había prestado mucha atención al sexo. Había aprendido todo lo que pudo sobre el particular porque, a lo largo de los siglos, todo carpatiano debía aprender tanto como podía sobre todo. Era un truco que tenían, una forma de mantener ocupada la mente, y les iba muy bien. Ahora daba gracias por todos aquellos siglos de estudio.
Siempre se había sentido muy distanciado mientras absorbía todas las posturas eróticas, todas las formas en que un hombre puede complacer y dar placer a una mujer. Las formas en que una mujer puede gustar y complacer a un hombre. Pero ahora que sentía los labios de Teagan deslizándose sobre su piel y el miembro duro y palpitante, aquellas imágenes volvían a ocupar un primer plano en su mente.
—Ainaak olenszal sívambin. Tu vida será algo precioso para mí hasta el fin de los tiempos.
Más que precioso. La idolatraría. La adoraría. Lo sería todo para él.
Teagan se movió inquieta, restregando sus nalgas por toda la longitud de su miembro, haciendo brotar una corriente eléctrica que se extendió como por ondas desde su entrepierna. La sangre se espesó en sus venas por el deseo. Tenía que hacer que dejara de alimentarse. Había tomado suficiente para un intercambio, y no se atrevía a perder mucha más sangre. Él solo había tomado de ella la suficiente para poder aguantar hasta que saliera a cazar al hombre que había intentado violarla.
—Té elidet ainaak pide minan. Tu vida estará por encima de la mía hasta el fin de los tiempos.
Y eso significaba que los enemigos de ella eran enemigos de él. Por otro lado, los enemigos de Andre difícilmente podrían tocarla… porque no duraban mucho.
Con delicadeza, deslizó los dedos entre los labios de ella y la herida del pecho. La lengua de Teagan instintivamente siguió el pequeño rastro de gotas carmesí que dejó desde la herida. Fue un momento de una sensualidad natural, y el aliento brotó ahogado de sus pulmones cuando selló la herida y le hizo ladear la cabeza hacia arriba para mirarla a los ojos.
—Te avio päläfertiilam. Eres mi compañera eterna. Ainaak sívamet jutta oleny. Estás ligada a mí para toda la eternidad. Ainaak terád vigyázak. Estarás siempre a mi cargo.
Tomó su boca. Con suavidad. Reverencia incluso. Percibiendo el sabor de sus sangres mezcladas que ahora fluían juntas para formar una senda común. Cerró los ojos, saboreándola. Saboreando el momento. Ella no recordaría más que si se tratara de un sueño. Es lo que Andre quería, que se acostumbrara a su mundo poco a poco, que asimilara un poquito cada vez para que no se asustara demasiado y con el tiempo pudiera llegar a aceptar su destino.
Utilizó la lengua y no la mente para eliminar todo rastro de sangre de los labios y la boca de Teagan. Le encantaba tocarla. Le encantaba tenerla tan cerca de su piel. Y sobre todo le encantaba sentir su pelo sedoso contra él. Le resultaba sensual. Y ahora que había recuperado la capacidad de sentir, esperaba con ansia todas las sensaciones que ella pudiera darle. ¿Cómo iba a dejar que se fuera, ni siquiera un momento, después de haber estado tanto tiempo esperándola?
Y aun así, la dejó a un lado, apartando sus manos a desgana de la calidez de su cuerpo. Respiró hondo y le dio la orden de despertar del todo. Sus pestañas aletearon. Se levantaron. Andre se encontró mirando directamente a aquellos ojos oscuros de color chocolate fundido. Tan oscuros que un hombre habría podido perderse en ellos.
Teagan alzó una mano temblorosa y se la llevó a los labios, mientras su mirada se desplazaba sobre el pecho de Andre… un pecho que ahora no cubría ninguna camisa y que revelaba músculos fuertes, cuatro cicatrices antiguas circulares y heridas que estaban curadas. Del todo. Totalmente curadas. Desaparecidas.
Tragó con dificultad y bajó la vista para consultar su reloj.
—Tengo la sensación de que me he perdido algo importante.
En el momento en que habló, se tocó el punto del labio donde antes le dolía, sobre todo cuando hablaba. Luego se tocó la zona de la cara que había estado inflamada.
Él le sonrió para tranquilizarla.
—Yo también soy sanador. Verte llena de moretones y golpes me horrorizaba. Ningún hombre tendría que tocar a una mujer de ese modo. Sobre todo a ti. Me he sentido obligado a curarte —añadió sinceramente—. ¿Te duele algo? —Porque, de ser así, volvería a empezar otra vez.
Ella negó con la cabeza.
—Se supone que era yo quien tenía que sanarte.
Parecía algo decepcionada, y Andre disimuló la sonrisa. Había olvidado lo que era sonreír. Y seguramente nunca había sonreído gran cosa. La sensación era maravillosa, y algo chocante también.
—La próxima vez. En serio, no podía dejar que sufrieras.
—¿Eres un empático?
Sus ojos estaban clavados en su pecho.
Le costaba apartar la mirada, y de pronto Andre dio gracias por no haberse puesto una camisa limpia. Tendría que fabricarse un nuevo ropero, lo suficiente para tranquilizarla y que pudiera introducirse en su mundo de la forma más suave posible. A Teagan le gustaba su pecho y sus músculos. Y Andre tenía mucho de eso, después de tantos siglos combatiendo al no muerto.
También tenía algunas cicatrices, incluyendo las cuatro marcas circulares que nunca abandonarían su cuerpo. Los carpatianos no tenían cicatrices. Para que quedara una marca, la herida tenía que ser mortal… letal. Y él se había llevado algunas puñaladas muy desagradables en el corazón cuando un maestro vampiro casi le arranca ese órgano de su cuerpo. Esa vez tuvo suerte. La destreza tuvo muy poco que ver con que salvara la vida, aunque su vastísima experiencia le había ayudado. La peor cicatriz estaba ahí, y vio que ella la miraba varias veces, preguntándose sin duda por qué tenía el tamaño de un puño y parecía como si un animal hubiera tratado de abrirle en canal.
—Soy Andre. Andre Boroi. —El corazón se le aceleró cuando pronunció aquel precioso apellido… el único que en realidad significaba algo para él. El que había prometido no utilizar salvo con su compañera eterna por una cuestión de honor. Por respeto—. Es un placer conocerte, Teagan Joanes.
Y sin embargo, para ella aquel nombre no significaba nada. Su mirada le decía que estaba asustada, y no podía reprochárselo.
Él era carpatiano, y eso significaba que era un predador. Sin duda eso se reflejaba en sus facciones, en sus ojos, seguramente incluso en su porte. No quería que su compañera eterna tuviera miedo, pero no podía suavizar lo que era y quien era.
—¿Qué te ha pasado?
Su voz era suave, temblorosa incluso. Bajó las manos al regazo y enlazó los dedos. La había atacado un amigo. Él era un completo desconocido y estaban solos en una cueva. Su miedo le sorprendió, y le hizo sentir un nudo en el estómago. Aquella reacción física tan intensa e inesperada ante el miedo de ella le resultó interesante, pero también perturbadora.
—Tranquila, Teagan. —Habló bajando mucho la voz, utilizando un tono hipnótico. Tranquilizador—. Estás a salvo conmigo. Nunca te haré daño.
Las pestañas de la mujer aletearon. No podía evitar mirarlas. Tenía unas pestañas largas y espesas que se curvaban ligeramente en los extremos. Del negro de la media noche, como su pelo. Negro… no gris. Eso le gustaba.
Teagan se humedeció los labios con la punta de la lengua y aquel gesto atrajo al instante la atención de Andre sobre el arco pequeño y perfecto que formaba su boca. Aquella boca le fascinaba. La piel era hermosa, inmaculada, y tan suave como aparentaba. Lo sabía porque la sensación de su tacto ya se había grabado en su mente.
—Me miras muy fijamente —dijo ella con un hilo de voz.
—Eres muy guapa. Jamás he visto a una mujer tan notable como tú.
Ella lo miró torciendo el gesto.
—No lo soy. Guapa. Soy como soy y punto. Me gusta ser quien soy, y no necesito cumplidos ni mentiras para sentirme mejor.
Al ver aquel arrebato de orgullo y fiereza en sus ojos, Andre tocó su mente. Vio a sus hermanas, las mujeres a las que ella consideraba hermosas. Todas eran altas, con curvas generosas. Sus medio hermanas. Teagan las quería y pensaba que eran las mujeres más bellas sobre la faz de la Tierra. Sacó el reciente encuentro con Armend Jashari de su mente y escuchó las cosas feas que le había dicho.
Frunció el ceño.
—Ainaak enyém, para mí no hay ninguna más hermosa por diferentes motivos. Me encanta tu aspecto. Tus ojos, tu piel, tu figura, pero sobre todo, me gusta la forma en que me haces sentir. Estamos sentados en una cueva, los dos heridos, los dos sanadores, y puedo sentir tu miedo, y sin embargo no me has abandonado. No me abandonaste cuando me encontraste y para eso hace falta valor. Eso me parece muy hermoso… y tú también.
Aquel pequeño mohín de orgullo se desvaneció y dio paso a una leve sonrisa.
—No soy tan valiente, Andre. A mí me da miedo todo, es solo que me niego a dejarme vencer por el miedo.
—No tengas miedo de mí, csitri. Te lo digo en serio. Pocos hombres hay en la Tierra más peligrosos que el que tienes delante. No permitiré que te pase nada malo. Ahora no. Nunca. Es así.
Su voz estaba llena de sinceridad. La miraba a los ojos, con la esperanza de que le creyera. No era hombre de muchas palabras. De hecho, seguramente esa era la vez que había cruzado más palabras seguidas con otro ser humano. Pero no quería que le tuviera miedo. No le gustaba la forma en que sus dedos se retorcían en su regazo, ni el ligero temblor que veía en sus manos, por más que ella tratara de disimularlo.
Teagan le dedicó una sonrisa apagada. No se le iluminaron los ojos, pero era real. Sus labios se curvaron algo más, y un profundo hoyuelo apareció a cada lado de su boca.
—¿Se supone que eso me tiene que tranquilizar? ¿Saber que eres uno de los hombres más peligrosos de la Tierra? ¿Tienes idea de cómo ha sonado? Por no mencionar que también es un pelín arrogante.
Andre no pensaba discutir. Tampoco hubiera sabido qué decir. No era arrogancia. No estaba alardeando. Solo había constatado un hecho.
—No estoy acostumbrado a hablar tanto con otras personas —admitió—. Tal vez no he usado las palabras adecuadas. Y no estoy acostumbrado a hablar en este idioma.
Ella pareció un tanto aliviada.
—Claro. Tiene sentido. Gracias por curarme la cara. El labio me dolía horrores, aunque parezca una tontería, porque la herida era mucho más pequeña que las otras. ¿Cómo sabías que me dolía la pierna?
—Cuando te alejaste de mí ibas cojeando. Te oí.
Teagan escrutó su rostro. Lo observó. Estaba muy quieta, con la excepción de los dedos que se retorcían en su regazo. Andre no pudo evitarlo. Apoyó su mano con suavidad sobre las manos de ella, con gesto tranquilizador. Y al mismo tiempo, buscó su mente. Tuvo mucho cuidado con eso también.
La mujer abrió mucho los ojos. Aspiró con fuerza.
—¿Puedes sentirme? ¿En tu mente? —le preguntó con suavidad—. Establecí una conexión cuando te sané. A veces pasa.
Estaba siendo sincero, aunque la estaba induciendo a pensar cosas que no eran del todo ciertas.
—¿Eres un psíquico? ¿Puedes leer la mente? —inquirió Teagan.
Él asintió lentamente. No podía negarlo, y quería que ella se sintiera cómoda compartiendo sus pensamientos y hablando telepáticamente con él.
—Guau. Eso no es bueno. Estás como un tren, y no sé si me apetece que sepas lo que estoy pensando sobre ti —espetó ella.
Era lo último que Andre hubiera esperado, y en algún lugar, muy adentro, notó que una sonrisa volvía a aflorar. No llegó a transmitirse del todo al rostro, pero su boca se crispó ligeramente. Nunca le había gustado la compañía de otros. Le hacía sentirse acorralado. Demasiado expuesto. Y le desagradaba la cháchara absurda que tan necesaria parecía cuando estabas con otras personas. No se le daba bien, y nunca lo haría.
Él elegía su propio camino y lo seguía. Los sentimientos y opiniones de otros no entraban en la ecuación. Durante siglos había confiado en su propio juicio y había aprendido por las malas, por experiencia. Cuanto menos civilizadas fueran las situaciones en las que tenía que verse, mejor. La única compañía que a veces toleraba era la de sus hermanos semiadoptados, los trillizos con los que había compartido su juventud, pero ellos jamás le hubieran considerado civilizado.
—No me molesta que pienses que estoy como un tren. Eso es bueno, ¿no?
La sonrisa de ella se hizo esperar, pero parte de la tensión la abandonó. Ahora estaba totalmente conectado a ella, y le enviaba sentimientos de calma a su mente.
—Es bueno.
Teagan estaba agotada. Había caminado montaña arriba todo el día y había recorrido varios kilómetros. Necesitaba descanso, agua, comida. La sangre de Andre había ayudado a reanimarla, pero ni siquiera aquel chute de energía le iba a durar mucho.
—Puedes instalar tu campamento en una de las cámaras. Hay una chimenea en la que hay allí —dijo señalando una estrecha abertura en la que Teagan no había reparado—. Puedes cocinar allí y estarás a salvo. Aunque me gustaría saber cómo atravesaste las salvaguardas que puse a la entrada de la cueva.
Podría haber tomado la información por sí mismo, pero estaba practicando el arte de ser educado. Si no le daba una respuesta satisfactoria, entonces sí lo haría.
El rostro de ella se iluminó.
—¿Fuiste tú? Pues estaba muy bien. Me ha costado un buen rato pero lo he pasado muy bien. Creaste algunos patrones muy intensos. Claro, que por algo eres un psíquico, porque para hacer algo así tienes que serlo. Nunca se me habría ocurrido hacer eso para proteger el lugar donde duermo. Y estando tan malherido como estabas, entiendo que bloquearas la entrada.
Aún no le había dicho cómo lo había hecho. Pero a Andre le gustó que no estuviera nerviosa, sino entusiasmada ante la idea de que pudiera hacer algo así y deseando intentarlo por sí misma.
—Teagan.
El nombre brotó desde su lengua, con un extraño sonido. Hermoso. Su mujer, osada y alocada, que no tenía que haber andado sola por ahí. Aquel sonido también fue su única advertencia. Quería una explicación.
—Veo patrones y oigo notas musicales. Tus salvaguardas eran una combinación de ambos. En mi cabeza veía un harpa, con las cuerdas enredadas. Solo he tenido que separarlas con cuidado para desbloquear la entrada.
No solo era hermosa, intrépida y osada, era brillante. Y era suya. Por un momento, Andre casi no pudo respirar ante la idea de que aquella fuera la mujer que llevaba siglos buscando, la mujer que había renunciado a encontrar, y entonces, sin más, desenredó sus salvaguardas y entró en su vida.