Era una cordillera elevada. Lo bastante para que Andre pudiera encontrar allí los rincones solitarios y escarpados que otros evitaban. Cuanto más ascendía, más densos eran los jirones de niebla que lo envolvían en un velo gris, húmedo, suave. Él era el «fantasma», y podía desaparecer con facilidad en aquel mundo frío y gris que tan bien conocía. Jamás utilizaba su apellido si podía evitarlo, porque el único nombre que realmente le importaba no era el suyo, y a menos que encontrara una compañera eterna, no se arriesgaría a deshonrarlo.
El monasterio estaba unos tres kilómetros más arriba, casi en la cima de la montaña, en el mismo lugar donde había estado durante siglos. Rodeado de misterio y por aquella bruma perpetua, al borde de un precipicio. Era un lugar sagrado y protegido, y pocos eran los que sabían con certeza de su existencia, aunque con los años habían empezado a circular rumores. Solo los más valientes osaban ir hasta allí. Y, de haberse sentido inclinado a tal cosa, él habría buscado refugio para reponerse de su última batalla.
El monasterio, conocido como el Retiro en un Manto de Bruma, guardaba entre sus muros prácticamente un ejército de antiguos cazadores carpatianos… hombres que aún no buscaban el amanecer, pero que, al igual que Andre, no podían confiar en sí mismos cuando estaban en compañía de otros. Por eso se mantenían al margen, evitando a los humanos, evitando las batallas, y llevaban sus vidas con sencillez mientras esperaban a que llegara el momento en que fueran capaces de dejarse llevar y buscar el amanecer.
Para un hombre que llevaba siglos viviendo con honor, no era fácil renunciar a la vida. Incluso sin emoción ni color, algunos sentían que era una cobardía, y si no recibían ninguna herida mortal en combate, no podían limitarse a quedarse en el exterior y dejar que el sol los llevara. Aquello estaba… mal… así lo sentían muchos guerreros. Andre hubiera sido bien recibido entre ellos, pero ya llevaba demasiado tiempo apartado de los demás. Se le había pasado por la cabeza ir al monasterio, pero al final se dio cuenta de que ni siquiera podía aceptar el refugio y la camaradería que encontraría allí.
Andre no se molestó en contener la sangre que brotaba de sus muchas heridas. Sabía que debía hacerlo. Era un rastro que llevaba directo a su persona. Pero también era una invitación, simple y llanamente. Quien se acercara a él, moriría. Cuando despertara —si es que volvía a despertar—, necesitaría beber sangre, se retorcería por aquel anhelo, aquella necesidad, y eso es lo más que llegaría a sentir jamás.
Nadie tomaba sangre de un antiguo guerrero, no a menos que estuviera realmente necesitado, y ciertamente no sin su permiso. Y Andre no era el tipo de carpatiano que pedía refugio ni permiso, ni siquiera a los suyos. Encontraría lo que necesitaba como siempre había hecho, por sí mismo. A su manera.
A veces era cuestión de honor. Andre había vivido más siglos de los que podía contar. Había resistido a la oscuridad con honor y había servido a su pueblo, persiguiendo vampiros por varios continentes. Había luchado contra el no muerto tantas veces que, sinceramente, ya había perdido la cuenta, y tampoco le interesaba. Cada vez parecía haber más vampiros y menos cazadores. Estaban perdiendo la guerra.
Durante siglos, había buscado a su compañera eterna… la mujer que podía devolverle la capacidad de sentir emociones reales. La mujer que podía devolverle el color y la vida. Pero no la había encontrado. Y hacía ya mucho que había renunciado a la idea de que pudiera estar en este mundo. De haber existido, ya la tendría a su lado.
La tentación implacable de matar y sentir algo, aunque fuera por un instante, ya no le decía nada. Durante siglos había llevado esa carga, pero también había desaparecido, y eso era malo, porque al menos le permitía sentir algo. Ahora solo había un vacío grande y oscuro, y una sensación perpetua de hastío.
No iría a descansar al monasterio porque, entre otras razones, no se fiaba de sí mismo cuando había otras personas cerca, humanos o carpatianos. Cuando se dio cuenta de lo extremo de su situación, supo que, si quería preservar su honor, tendría que permitir que el sol lo llevara. Eso es lo que había decidido… hasta que Costin Popescu le atacó. Popescu, el apellido que Costin había adoptado, parecía una broma. «Hijo de un cura.» Costin podía ser cualquier cosa menos eso.
Andre se volvió para escrutar la noche que se desvanecía. La luz ya se filtraba a través del gris, y podía notar los primeros cosquilleos de aviso en la piel. Tampoco eso le importaba. Solo servía para alertarle de la llegada del sol. No necesitaba ningún aviso. Llevaba viviendo demasiados siglos para no conocer el momento exacto en que el sol salía y se ponía estuviera donde estuviese.
De haberle atacado el maestro vampiro Popescu hombre a hombre, vampiro a carpatiano, como habría hecho en tiempos pasados, Andre se habría sentido más que feliz de ir al encuentro de la muerte con honor y llevarse al vampiro con él. Enfrentarse a un maestro vampiro era peligroso. Tenían un inmenso poder. Y eso, unido a la experiencia en combate, aseguraba que tuvieran un enfrentamiento justo.
El mundo había cambiado demasiado para su gusto. Ya no había sitio para él, y Andre lo sabía muy bien. Nunca había sido un hombre que buscara la compañía de otros. Prefería los lugares elevados, agrestes, cualquier sitio donde no tuviera que topar con montones de gente, ni siquiera con unas pocas personas. No era un hombre civilizado. No era dócil. Tenía su propio código, y vivía de acuerdo con él.
Incluso los vampiros habían cambiado. Ya no había honor en la batalla. En el pasado, los vampiros cazaban y mataban en solitario. Ahora, los maestros vampiros habían empezado a reclutar a vampiros inferiores, y se movían en grupo. Costin Popescu tenía a cuatro con él, y hacían lo que él decía. Dos de ellos seguramente eran lo bastante entusiastas para seguir el rastro de la sangre de Andre. Su sangre carpatiana ancestral y rica los llevaría directos a él. Los otros dos ya llevaban un tiempo en circulación, y Popescu les había enseñado un par de cosas sobre lo que significaba enfrentarse a un antiguo cazador. Por fortuna, Andre se las había ingeniado para matar a uno de los seguidores más experimentados de Popescu, y ahora en su pequeño ejército solo quedaban tres peones.
Y ahora Andre no podía ir discretamente hacia el amanecer y morir como hubiera querido porque su honor le obligaba a librar al mundo de Costin Popescu y su pandilla de esbirros sedientos de sangre.
Andre encontró la estrecha entrada a la cueva que pensaba utilizar para descansar y curarse. Ya la había utilizado antes. No era fácil llegar hasta allí. Había que tropezar prácticamente con la entrada para verla, y eran muy pocos los que llegaban tan arriba subiendo por aquellos peñascos escarpados. Andre utilizaba la cueva para descansar desde que era niño.
Aún recordaba las gemas titilantes, los cristales de colores que arrojaban destellos por las paredes de las diferentes cámaras. A veces, un rayo de luz penetraba por la chimenea e iluminaba las paredes interiores con las vetas de minerales preciosos. Durante un tiempo, volvió con frecuencia a la cueva con la esperanza de volver a contemplar aquel bonito espectáculo que siempre pensó que llevaba grabado en su retina, que estaba seguro de que no se desvanecería. Andre había perdido sus emociones mucho antes de los doscientos años habituales, y la pérdida de la capacidad de ver en color llegó poco después. La cueva era tan gris como todo lo demás.
Había convertido las cámaras subterráneas en su hogar en su juventud, mucho después de perder a todos los miembros de su familia. Todo lo que significaba algo para él de sus primeros tiempos estaba guardado en una «cámara» subterránea que había excavado en la roca, debajo de la cámara donde solía descansar. Siglos atrás, cuando comprendió que él sería el último de su estirpe, había sellado la cámara, y solo volvía allí cuando era necesario.
Penetró en la abertura estrecha y fresca dando un suspiro. Tenía que colocar salvaguardas. Los esbirros de Popescu no podrían estar al descubierto con el sol, pero habría sido un suicidio no asegurarse de que nadie le encontraba mientras dormía. No podría permitirse ese lujo hasta que no librase al mundo de los vampiros que cazaban civiles. Alzó las manos e inició el ritual complejo pero necesario para colocar las salvaguardas en su lugar de descanso.
Había perdido mucha sangre, y una inesperada sensación de debilidad le invadió cuando estaba empezando a abrir la tierra. Tal vez había esperado demasiado. Sus heridas eran graves y quizá, solo quizá, el destino intervendría y Andre ya no volvería a despertar.
Teagan Joanes estaba sentada en su saco de dormir, en su pequeña tienda de campaña, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Había cometido un error tremendo. Tremendo. Era una viajera experimentada, y cuando salía a hacer excursionismo al extranjero siempre se leía la guía a conciencia. Era demasiado lista para viajar a un país extranjero sin un acompañante. Nunca, ni una sola vez, se le habría ocurrido pensar que no era seguro viajar a las montañas con un hombre al que conocía hacía más de tres años.
Eran amigos. Buenos amigos. En los Estados Unidos, en la universidad, ella le había dado clases particulares, estudiaba con él, desayunaba y comía con él mientras estudiaban. Él era de otro país, y muy guapo, con un marcado acento, y por eso era muy popular entre las chicas en el campus. Salía con muchas. Continuamente. Y rara vez repetía con la misma chica más de dos veces. Pero entre ellos siempre hubo una relación estrictamente de amistad. Él nunca le dijo nada, ni una sola vez. Y ella se sentía muy tranquila a su lado. ¿Qué había pasado?
Teagan trató de pensar qué podía haber hecho o dicho para que Armend Jashari pensara ni por un momento que de pronto ella podía querer algo más de su relación. Habían seguido relacionándose en línea, e intercambiaban mensajes cada pocos días, solo para mantener el contacto, pero nunca hubo ninguna insinuación de nada sexual. Cuando surgió la necesidad de visitar los montes Cárpatos, le pareció que lo más normal era que se lo dijera a Armend.
Él se ofreció enseguida a hacerle de guía por las tierras altas y, evidentemente, ella aceptó. Se sentía a gusto a su lado. Rectificaba. En el pasado se había sentido a gusto a su lado. Las malas vibraciones que le llegaban en aquellos momentos eran para echarse a temblar.
Teagan durmió con los tejanos puestos y una camiseta, solo por si acaso. Y ahora, mientras lo oía rondando su tienda, se puso las botas a toda prisa. Armend estaba tratando de decidirse, se notaba por la forma en que andaba arriba y abajo. Teagan enrolló con rapidez su saco de dormir y lo sujetó a la mochila, deseando poder salir de la tienda sin que la viera.
Teagan confiaba en sus instintos, y en aquellos momentos le decían a gritos que corriera por su vida. Sin más, la entrada de la tienda se abrió y Armend se arrojó al interior e invadió su espacio.
Teagan miró al hombre que acababa de entrar en su tienda entrecerrando los ojos. Su guía. Su amigo, o eso pensaba. Pero no se estaba comportando en absoluto como un guía o un amigo, sino como un niño rico y malcriado dispuesto a conseguir lo que quería, incluida ella.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le exigió con su tono más altivo, indignado y amenazador.
Normalmente no le funcionaba. No era alta ni tenía un aspecto precisamente amenazador, pero podía impostar la voz cuando hacía falta y, para su desgracia, en aquellos momentos iba a ser muy necesario.
—Lo estás deseando. Me deseas desde el día que me viste por primera vez hace tres años —le dijo Armend con tono burlón—. No disimules. Llevas todo este tiempo babeando por mí, y al final te has decidido a venir y me has pedido que te guíe por las montañas.
—Tú te ofreciste, Armend —se sintió impulsada a señalar—. Fue idea tuya.
—Tú querías que te guiara.
—Eras mi amigo. Pensé…
Dejó la frase sin acabar. Jamás habría pensado que algo así podía pasar. Craso error.
—Sé perfectamente lo que quieres. Deja de hacerte la estrecha.
—Fuimos juntos a la universidad, Armend —expuso ella con tono tranquilo. No quería alterarle o hacer que saltara. A veces la lógica funcionaba. La tienda era pequeña, y no había mucho sitio para maniobrar—. Íbamos juntos a clase. Comíamos y nos sentábamos fuera y hablábamos. Pensaba que eras mi amigo.
Él puso los ojos en blanco.
—Las mujeres y los hombres no son amigos. ¿Pensabas que no me iba a dar cuenta de cómo me mirabas?
Su voz sonaba pastosa por la excitación, cada vez más.
Armend Jashari había estudiado en los Estados Unidos. Sus padres eran muy ricos, en una tierra donde unas pocas personas lo tenían casi todo. Estaba claro que Armend se había educado pensando que podía hacer lo que quisiera, incluso seguir en sus avances con una mujer que le estaba diciendo claramente que no.
—Lamento mucho este malentendido. De verdad que pensaba que éramos amigos. Tenía mis motivos para venir aquí, como ya te expliqué, y pensé que lo entendías. Me pareció que lo más lógico era contactar con un amigo que conociera las montañas que necesito explorar. No pretendía darte una idea equivocada, ni que pensaras que me interesaba otra cosa que no sea ser tu amiga.
Teagan nunca había flirteado con él. Ni una sola vez. Y mientras estuvieron estudiando, Armend no le había demostrado en ningún momento que quisiera más que su amistad. Ella era demasiado joven para estar en un máster de Geología. Armend era cinco años mayor y, además, Teagan parecía muy jovencita. Como un niño. Armend la trataba como a una hermana menor. Pasaban mucho tiempo juntos, pero salía con muchas mujeres… mujeres que se parecían a sus hermanas, no a ella.
Teagan tenía tres hermanas. Todas eran altas, con curvas generosas y facciones de modelo. Ella había nacido diez años después que la más joven. Las tres eran atléticas, guapas, inteligentes y ahora estaban casadas y con hijos. Ella en cambio era… Teagan. A Armend le atraían sus hermanas, Teagan lo sabía. Pero ella no medía metro ochenta ni tenía pechos generosos ni labios carnosos. Ella no gustaba a los hombres como sus hermanas. Y, definitivamente, no provocaba a los hombres.
—En realidad, no creo que estés buscando ningún cristal ni ninguna piedra —objetó Armend, y avanzó un paso hacia ella.
Teagan echó mano de su único cazo. Lo utilizaba para cocinarlo todo cuando salía de acampada… cosa que hacía con frecuencia. Estaba ennegrecido de tanto pasar por el fuego.
—No te atrevas a acercarte.
—Qué graciosa. Perra —dijo él burlón. Su expresión se había vuelto muy fea, y tenía los puños apretados—. He subido hasta aquí porque quiero un cochino polvo. Eso es lo que eres para mí. Mis chicos se rieron mucho cuando les enseñé tu carta. Están acampados a unos tres kilómetros de aquí, esperando su turno.
Teagan lo miró con gesto inexpresivo. ¿Había amigos suyos acampados por allí? Estaba sola con él en los montes Cárpatos. Se había confiado a él para que la guiara por las montañas y la ayudara a encontrar la piedra o cristal exacto que necesitaba. Tenía que encontrar aquella piedra. Había salido en una misión de búsqueda y necesitaba encontrarla. Cuando llegara al lugar adecuado, lo sabría. Su cuerpo era como un zahorí para esas cosas. Cuando topara con el rastro, lo seguiría hasta el punto de origen, pero primero tenía que captar algún indicio. Había ido hasta allí preparada para pasar un mes en las montañas, consciente de que a veces es difícil encontrar ese leve indicio que te puede llevar a lo que estás buscando.
—Supongo que debería estar agradecida porque hayas pensado en mí, pero en serio, Armend, lo del cochino polvo está descartado. No quiero que me toques, y mucho menos en un plan tan íntimo. Así que ni cochino ni nada, está fuera de toda duda. Y ahora sal de mi tienda.
—Solo eres una estúpida virgencita, ¿verdad? Una calientabraguetas.
Ella arqueó una ceja, rechinando los dientes. Tenía su genio, y Armend la estaba provocando. Iba a agredirla, eso estaba claro, y por eso decidió que quizá sería mejor provocarle para que la atacara cuando ella estuviera preparada.
—De estúpida nada, Armend. Soy mucho más inteligente de lo que tú serás jamás. Tuve que ayudarte con los estudios, ¿te acuerdas? Sin mí no habrías aprobado ninguna asignatura.
Armend se abalanzó sobre ella, derribando el cazo de su mano. Teagan era menuda. Metro cincuenta y ocho frente al metro ochenta u ochenta y cinco de sus hermanas, y eso con el calzado puesto. Era extremadamente delgada. Y no tenía unos pechos exuberantes ni nada que pudiera atraer a un hombre. ¿En qué demonios estaba pensando Armend?
Armend la arrolló con su cuerpo y la hizo caer hacia atrás. Teagan se golpeó la cabeza contra la estructura de la mochila y cayó de espaldas sobre el suelo, con fuerza. Él aterrizó encima, y su peso la dejó sin aire en los pulmones. Teagan le golpeó con el puño tan fuerte como pudo, a pesar del ángulo tan malo que tenía, y le acertó en el ojo izquierdo.
Él lanzó un reniego y le devolvió el golpe. Tres veces. En la cara. Teagan vio las estrellas literalmente y su vista se nubló un tanto. No pensaba desmayarse. Él le tiró de la ropa y le desgarró su camiseta favorita de acampada. Había traído muy pocas mudas de ropa, porque cuando vas de acampada, el peso de la mochila lo es todo. Y Armend acababa de reducir sus limitadas reservas en uno.
No podía quitárselo de encima, ni escabullirse de debajo de su cuerpo, de modo que utilizó los fuertísimos músculos de su estómago para medio incorporarse e incrustar la cabeza bajo el mentón de él, y entonces empujó con fuerza hacia arriba. Dolía mucho, pero le daba igual, le ayudó a quitárselo de encima. Armend cayó hacia un lado y casi derriba la tienda.
Teagan corrió a cuatro patas intentando salir. Él le propinó una fuerte patada en la parte posterior del muslo. Le hizo daño, pero el impulso la hizo salir disparada por la entrada. Aterrizó sobre el estómago y rodó para apartarse de la tienda enseguida, tratando de no gimotear por el dolor. Armend no estaba de broma. Definitivamente iba al grano, y le daba igual si le hacía daño o no.
Teagan había tomado clases de autodefensa… muchas clases. Practicaba escalada, tanto en la modalidad de bloque como deportiva. Salía de acampada continuamente, por todo el mundo. Estaba en buena forma y era muy fuerte para ser tan pequeña. No pensaba dejar que alguien como Armend Jashari la golpeara y la violara, no sin hacerle daño.
Su mano consiguió encontrar una piedra. Tenía un buen tamaño y era sólida. Cuando se estaba incorporando, tratando de contener las náuseas que le producían los golpes de la cara, Armend la golpeó por detrás y volvió a hacer que cayera al suelo. La sujetó por el pelo y tiró con violencia hacia atrás, obligándola a girarse mientras lo hacía y sentándose a horcajadas sobre ella. La golpeó con fuerza en las costillas y entonces se inclinó y le mordió el labio. Con fuerza. El dolor era terrible. Teagan notó el sabor de la sangre.
Cuando Armend levantó la cabeza, tenía sangre en la boca. La sangre de ella. Y se rió.
—Me voy a divertir mucho contigo, Teagan. Y luego se divertirán mis chicos. Harás todo lo que te digamos y nos suplicarás que te follemos si quieres salir con vida de estas montañas. No eres la primera zorra estúpida a la que nos hemos cepillado aquí arriba. Algunas todavía andan perdidas tratando de encontrar el camino de vuelta. Ah, no, espera. Que se cayeron por un precipicio. No nos molestamos en sacar sus cuerpos de zorras de ahí, las dejamos para los carroñeros.
Bueno, bueno, ahora ya podía añadir «no sé juzgar a las personas» a todos los otros «contras» de su lista sobre sí misma. Cuando Armend volvió a inclinarse sobre ella, le golpeó con la piedra en la sien, aprovechando el impulso de la inclinación de él y su propia fuerza. Él gruñó. Los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó como un peso muerto sobre ella. Aplastándola.
Teagan no estaba segura de poder reunir la fuerza necesaria para apartarlo, pero la idea de que sus amigos pudieran estar por allí —y estaba segura de que en eso había dicho la verdad— hizo que empujara con cada gramo de fuerza que tenía. Consiguió moverlo lo suficiente para salir de debajo de él.
De pronto, sintió que el pánico la dominaba y se quedó temblando y al borde de las lágrimas. Eso no era bueno, lo que necesitaba era salir de allí a toda prisa. No pudo evitarlo, estiró el brazo y comprobó si Armend aún tenía pulso, solo para asegurarse de que no le había matado. La idea de tocarlo le repugnaba, pero lo hizo. Por desgracia aún estaba vivo. Lo miró torciendo el gesto, se incorporó como pudo y cogió su mochila con rapidez. Dejó la tienda y echó a andar montaña arriba en lugar de descender, que seguramente es lo que él esperaría que hiciera.
No sabía si a Armend se le daría bien seguir el rastro de otra persona, pero no pensaba ponérselo fácil. Necesitaba un plan. Ya pensaría algo mientras ascendía. Le dolía la cara, y sabía que se le estaba hinchando. Le dolían las costillas. Le daban ganas de volver atrás y golpearle otra vez con la piedra. Al menos el hecho de pegarle con fuerza le producía una cierta satisfacción.
Pero primero tenía que tranquilizarse para que al respirar no le dolieran tanto las costillas. Tenía que subir bien arriba y dar un rodeo lo bastante amplio para volver a bajar sin encontrarse con Armend y sus amigos, si es que realmente decidían ir tras ella. Pero cuando pensó en la expresión de Armend y el fuego que ardía en sus ojos ante la idea de que él y sus amigos tuvieran tanto poder sobre ella, supo que lo harían.
Teagan se forzó al máximo, utilizando árboles y arbustos para ocultarse mientras avanzaba montaña arriba. Estaba en forma, y normalmente podía caminar durante horas en pendiente si hacía falta, pero estaba muy arriba, y la parte posterior del muslo le dolía y protestaba a cada paso que daba. La cara le dolía tanto que le daban ganas de llorar, y se le estaba hinchando un ojo, además de la mejilla. El labio parecía lo peor, y eso era ridículo. Echó un poco de agua en un pañuelo y lo oprimió contra el labio inferior mientras caminaba.
Finalmente, llegó a un estrecho sendero que discurría por un bosquecillo de árboles dispersos. Estrechos jirones de niebla flotaban entre los árboles…, apenas unos cuantos, pero el ambiente había refrescado considerablemente. Teagan agradeció el respiro. En las zonas muy elevadas, el sol y la falta de oxígeno causaban estragos, y ella tenía una piel muy clara y las costillas le dolían al caminar.
Maldecía a Armend Jashari con cada bocanada de aire que daba. Ya había recorrido unos kilómetros más y no sabía si atreverse a hacer un alto. Lo necesitaba. Había bebido agua y había parado algunas veces para buscar un lugar donde hacer sus «cosas», y había ocultado cualquier posible indicio con mucho cuidado, temiendo que pudiera ayudar a Armend a encontrar su rastro más fácilmente.
Vio una depresión entre la maleza y pensó que sería un buen sitio para descansar, aunque solo fuera unos minutos. Su pierna lo necesitaba. Dio varios pasos en aquella dirección y entonces se detuvo en seco, sintiendo que el corazón se le embalaba. Ahí estaba. Así, sin más. Cuando casi había dejado que la convencieran de que estaba loca, notó un extraño cosquilleo por sus venas, como una vibración.
Se detuvo al instante, y bebió un poco de agua mientras absorbía la sensación. Necesitaba sintonizar su cuerpo entero con aquello, hasta que fuera como un canto que sus venas llevaran por todo su ser. Su don. El que no podía explicar a nadie sin que pareciera un disparate.
Se sentía exultante. No esperaba encontrar el rastro tan pronto, pero en algún lugar delante de ella, la maravillosa piedra, cristal o gema que necesitaba tan desesperadamente la estaba esperando. Tenía que tomar una decisión. Si seguía el rastro de la piedra, se arriesgaba a que Armend y sus amigos la encontraran. Si no lo hacía, podía perder la piedra para siempre, y eso significaba perder a su amada abuela.
Trixie Joanes las había llevado a ella y sus hermanas a su casa cuando Teagan nació. Su madre murió en el parto, y sin embargo su abuela no la culpó nunca de la muerte de su hija. Si acaso, aquello hizo que la quisiera con más fuerza. Teagan se lo debía todo a su abuela, y la quería más que a nadie en el mundo. Pero últimamente se le estaba yendo la chaveta.
A sus hermanas les asustaba que pudiera estar sumiéndose en un mundo de fantasías y no dejaban de llevarla a psiquiatras. Nadie sabía cómo ayudarla. Teagan había decidido que tenía que hacer algo, y eso significaba hacer uso de un don especial del que casi nadie quería saber nada. Hablar de ello la hacía entrar en la misma categoría de «chiflada» que Trixie. Aun así, lo cierto es que podía hacer cosas con lo que la tierra le daba: minerales, gemas, cristales, cualquier tipo de roca. Conocía el poder de cada piedra que cogía y podía entrar en sincronía con ella, liberar ese poder y utilizarlo. Era de vital importancia que encontrara la piedra adecuada para ayudar a despejar la mente de su abuela. Teagan estaba dispuesta a arriesgarlo todo por ella.
Cambió de dirección inmediatamente y apretó el paso, decidida a poner tanta distancia entre ella y Armend como pudiera mientras seguía el rastro de la piedra o cristal con el que su cuerpo había conectado. Armend nunca había llegado a creer de verdad que su cuerpo pudiera encontrar el rastro de nada.
Obviamente, Teagan le contó su secreto una noche que habían pasado en vela estudiando en la universidad. Él había perdido varios días yendo de fiesta como hacía siempre, y ella accedió a ayudarle a estudiar para un examen. Aquel día ella estaba un poco cansada, y a veces eso la hacía hablar demasiado. Cuando se lo dijo, Armend se rió como todo el mundo, y por eso Teagan no volvió a mencionarlo. Hasta ahora.
Se sentía como una idiota por haber confiado en él, haberle confesado sus temores sobre su abuela, por haberle explicado por qué aquella búsqueda era tan importante. Podía entender que Armend pensara que estaba loca, pero, en serio, el que estaba loco era él. Casi era como un asesino. Un violador en serie. ¿Cómo iba a explicarles aquello a su abuela y sus hermanas?
Pestañeó al recordar sus frías palabras. «Un cochino polvo.» Qué soez. A ella la mayoría de los hombres no le hacían caso. Bueno, no, tampoco era eso. En realidad casi todas sus amistades eran masculinas. Pero siempre la veían como a una amiga. Una hermana pequeña. Y a ella le parecía genial, puesto que no se sentía atraída por nadie. Ni hombre ni mujer. No sabía por qué, pero era así.
Sus hermanas no dejaban de prepararle encerronas, la llamaban y le decían que fuera a cenar. Y cuando llegaba, invariablemente, había un hombre —o en una ocasión una mujer— al que casualmente habían invitado también, y claro, tenía que pasar toda la velada sentada junto a ellos y aguantar que flirtearan.
Y ahora que está sola en las montañas, sin nadie a la vista, llama la atención de un hombre y va y resulta que es un asesino. ¿Cómo era eso posible? Dio un suspiro y sintió que las piernas estaban a punto de fallarle. El dolor del costado se extendía hacia el pecho y le dolía cuando respiraba. Necesitaba descansar, pero el miedo la empujaba a seguir adelante. Necesitaba encontrar un lugar apartado donde poder estirarse un rato.
Miró a su alrededor, con la esperanza de encontrar un lugar más resguardado donde descansar. Por si acaso se dormía. Estaba agotada, y el dolor parecía ir a peor, aunque si lo pensaba fríamente sabía que no era así; simplemente, no tenía la mente ocupada como había hecho mientras seguía el rastro. Tenía que estar atenta a su cuerpo, a la intensidad del canto que sentía en sus venas. Si se alejaba demasiado en la dirección equivocada, las vibraciones se apagaban. Tenía que concentrarse, y eso podía irle muy bien para bloquear el dolor, pero llevaba una buena parte del día caminando, y necesitaba parar.
Sus ojos captaron un movimiento. Tan arriba ya casi no había árboles. Solo unos pocos ejemplares dispersos seguían aferrándose sombríos a la vida. Mientras caminaba, la niebla se había ido espesando sin que se diera cuenta. A su alrededor el mundo parecía gris, casi como si estuviera en otro planeta. Soplaba viento, y la niebla giraba en remolinos, aunque no parecía ir a ningún sitio. Aun así, incluso con aquellos sonidos amortiguados, definitivamente algo se había movido a pocos metros a su izquierda.
Se mordió el labio y casi renegó en voz alta. Pero en vez de eso, mientras se acuclillaba para que no la vieran, se dedicó a amontonar las palabrotas que se le ocurrían en silencio sobre la cabeza de Armend, deseando poder ser una bruja y condenarlo a un infierno en vida. Que las hormigas de fuego le subieran por las piernas y le picaran y le picaran por todas partes, sobre todo en sus partes. Eso estaría bien.
Tardó unos minutos en darse cuenta de que no era un humano quien se movía entre la maleza, sino un animal. No. Más de uno. ¿Lobos? Sabía que había todo tipo de fauna salvaje en aquella cadena montañosa. Aquel era prácticamente el último refugio para los grandes predadores.
Se quitó la mochila encogiendo la espalda, y casi gimió cuando descargó aquel peso de encima. No apartó la mirada del terreno denso y agreste de matorral. Notó movimiento al menos en cinco puntos distintos. La sensación de alarma iba en aumento. No se había limpiado, y seguramente llevaba consigo el olor de la sangre. Se pasó la mano por la cara y, sí, vio que estaba manchada de sangre.
En realidad el labio le dolía más que la cabeza, lo cual era ridículo, porque tenía la cara hinchada como un globo, pero el caso es que el dolor del labio inferior le daba náuseas. Y el hábito que tenía de mordérselo no ayudaba. El roce de los dientes cada vez que lo olvidaba era una agonía sobre la herida. No se había parado a comprobar cómo tenía el labio, ni una sola vez, y temía que pudiera necesitar puntos. O peor, a lo mejor aquel imbécil tenía la rabia o algo por el estilo. Mecachis. Tendría que haberle pegado más fuerte.
Otra cosa extraña es que sentía una tristeza inexplicable. No solo eso, sino desesperación. Desesperanza. Una agonía de soledad. Sabía que no era un sentimiento suyo, sino algo que flotaba en la niebla. Un canto. Un canto de pesar profundo que no provenía de un único individuo, sino de muchos. Las notas se fundían con la sinfonía de la montaña.
Uno de los animales salió de entre los arbustos. Teagan lo miró fijamente, con el corazón acelerado. La boca seca. Trataba de distinguir en él la figura de un lobo. El tamaño era el adecuado tal vez. E incluso puede que la forma. Pero aquella criatura no era un lobo. Parecía más bien una oveja. O una cabra. ¿Había cabras u ovejas salvajes en los montes Cárpatos?
La niebla era espesa, y hasta ese momento Teagan no había sido consciente de que espesaba tanto. El aire parecía húmedo, pero dio las gracias por la cobertura. Allí arriba no había apenas arbolado, y no quería que Armend o sus amigos la vieran subiendo en pos del tenue rastro que seguía. El animal volvió a moverse, unos pocos pasos firmes, y el cuerpo de Teagan se relajó del alivio. Sí, estaba claro que en los montes Cárpatos había ovejas salvajes.
Se sentó sobre una roca pequeña y plana y se permitió mirar alrededor. Su zahorí, como ella lo llamaba, la estaba empujando a subir mucho más arriba en las montañas de lo que nunca pretendió. Teagan bebió más agua. Era importante hidratarse.
Consultó su reloj. Llevaba horas siguiendo el sendero. Tenía hambre y se sentía cansada e irritable. Peor, ahora estaba rodeada por la niebla, cubierta por un manto de intensas emociones, y ninguna de ellas era buena. Las notas que resonaban en el canto de la montaña resultaban dolorosas. Ella era una sanadora, y de manera instintiva sentía el impulso de hacer algo para aliviar aquel dolor. Si ella lo sentía como una carga sobre los hombros, oprimiendo su pecho, no podía ni imaginar lo que sería para los que experimentaban aquella desesperación en primera persona.
Solo había hecho un par de pequeños descansos porque tenía miedo de pararse ahora que por fin había decidido ir en busca de aquella gema o cristal que podían ayudar a su abuela. Si su abuela Trixie hubiera sabido que andaba sola por los montes Cárpatos con una manada de hombres rabiosos pisándole los talones, habría sacado la famosa cuchara de madera con la que siempre amenazaba a Teagan.
Necesitaba un lugar donde descansar. La pierna, donde Armend le había dado la patada, le daba calambres y le dolía alternativamente, y Teagan empezó a cojear. Bebió más agua y escrutó el terreno más arriba buscando un lugar escondido. No parecía haber ninguna protección aparte de la niebla, pero esta era tan densa que en realidad no veía nada más allá de la elevación donde estaba.
Con un suspiro, puso el tapón a la botella y se levantó. No podía quedarse allí. Necesitaba algún tipo de refugio, y eso significaba que tendría que buscarlo. Y mientras lo hacía, de paso también podía seguir el camino hacia el que parecían guiarla las extrañas vibraciones de su cuerpo. Ambos parecían conectados. Ambos subían montaña arriba, en lugar de descender hacia la civilización.
Se puso la mochila a la espalda y echó a andar por el sendero, poniendo un pie delante del otro, tratando de tantear el camino. La sangre cantaba en sus venas. Definitivamente estaba cerca de su objetivo. Se volvió hacia la derecha. El canto se hizo más fuerte. Lo notaba en sus oídos, como un retumbar de satisfacción que la llamaba. Unos metros más y el canto estalló en su cuerpo. Estaba realmente cerca…. tan cerca que de hecho pudo apartar las notas tristes y lastimeras que notaba como contrapunto en su cuerpo.
Teagan se detuvo y examinó la pared de roca que tenía justo delante. Su piedra estaba en algún lugar dentro de aquella formación rocosa. Deslizó la mano por la piedra. Allí la niebla era si cabe más densa y tuvo que avanzar palpando el camino literalmente. De pronto su mano encontró un vacío y se dio cuenta de que había dado con una abertura.
Teagan se quedó mirando a la oscuridad un largo momento. Era lo bastante pequeña para poder colarse por allí si se quitaba la mochila y la llevaba en la mano. El corazón le latía a toda prisa. Cabía la probabilidad de que algún animal salvaje ocupara la cueva. Pero si no había animales, podría descansar. Las probabilidades de que Armend encontrara aquel lugar eran escasas, y ella necesitaba desesperadamente dormir. Y además, tenía que calmar la hinchazón de la cara y echar un vistazo al labio.
—Valor, Teagan —susurró para sus adentros—. Has llegado hasta aquí por la abuela Trixie, ¿vas a fallarle ahora porque tienes miedo?
Se hacía aquella pregunta con frecuencia. ¿Fallaría porque tenía miedo? Podía tener miedo de muchas cosas, pero ni una vez había permitido que eso le impidiera hacer nada que quisiera hacer. De hecho, muchas veces era ese mismo miedo lo que la incitaba a seguir adelante, precisamente porque se resistía a dejar que la dominara.
Empezó a deslizarse por la estrecha abertura y algo la detuvo. Algo totalmente invisible. Estiró el brazo y palpó la barrera. Un escudo. Parecía hecho de notas, como la música que escuchaba en su cuerpo. Nunca había encontrado nada semejante, pero en su mente todo eran rompecabezas y patrones. Le gustaba la escalada en bloque porque aquello era un mundo de rompecabezas y patrones. Cuando veía un problema ante ella, su mente se entregaba de lleno, deseando resolverlo.
No sabía si era la naturaleza la que había tejido aquel entramado apretado o si lo había hecho algo distinto, lo que sí sabía es que tenía que resolverlo. El impulso era demasiado fuerte, no podía echarse atrás.
Se sentó ante la abertura y levantó las manos en el aire, cerrando los ojos y conectando con los hilos invisibles de lo que ella veía como un harpa en su mente. Las cuerdas del harpa estaban enredadas y formaban una red apretada. Solo tenía que desenredarlas y volver a colocarlas en su sitio.
Era un diseño complicado y, mientras trabajaba para desentrañar el entramado de cuerdas, quedó completamente absorta, se olvidó de Armend y de las notas lastimeras de la niebla y de todo lo demás, incluso del dolor de su cuerpo. Había que invertirlo todo, y tenía que hacerlo guiándose por el sonido. No había ningún escudo visible, solo el canto que escuchaba en su cuerpo.
Tardó dos horas, lo sabía porque había mirado el reloj. Para cuando consiguió poner bien todas las cuerdas y supo que ya podía entrar, estaba temblando de frío y tenía el cuerpo húmedo por la niebla. Se puso en pie, con una enorme sensación de triunfo, y entró, poniendo la mochila por delante. En cuanto estuvo dentro, las notas desesperadas se desvanecieron, quedaron atrás en la densa niebla.
La oscuridad la engulló al instante, y con ella llegó el retumbar de su corazón. Fuerte. Inquietantemente fuerte. Sacó la linterna y examinó con cuidado lo que tenía por delante. Era un túnel estrecho, pero aún podía caminar derecha. Escrutó el suelo buscando rastros de animales. La tierra no se veía removida. Estaba convencida de que, de haber habido lobos en aquella cueva, hubiese visto algo, como por ejemplo una manada rodeándola y comiéndosela.
Siguió adelante. Por más que intentaba ahuyentar el miedo, el corazón seguía martilleándole en el pecho. Descendió por el estrecho pasadizo, consciente de que, no solo estaba adentrándose en la cueva, sino que estaba bajando. La pendiente no era muy pronunciada, pero Teagan empezó a fijarse en la pesada roca que tenía por encima. La cueva tenía techos altos y, cuanto más se adentraba en ella, más alto estaba el techo. Cada pocos metros se detenía para enfocar la linterna en todas las direcciones. Quería ver las paredes que la rodeaban y el techo sobre su cabeza.
No había señales ni de lobos ni de ningún otro animal, y Teagan empezaba a entusiasmarse ante la idea de haber encontrado el campamento base perfecto para buscar sus piedras sin que Armend o sus amigos la encontraran.
El estrecho pasadizo se ensanchó abruptamente y Teagan tuvo que elegir si seguía por la derecha o por la izquierda. Escuchó el canto que resonaba en sus venas y se fue por la derecha. El túnel era corto y se abrió casi enseguida a una amplia cámara. Era hermosa. Las paredes lanzaban destellos cuando las iluminaba con la linterna. Algo la impulsaba a ir hacia el fondo, y siguió ese impulso.
Teagan dejó su mochila contra la pared más alejada, junto a una nueva abertura que, cuando la enfocó con la linterna, vio que era la entrada a otra cámara algo más pequeña. Entró para echar un vistazo.
Allí la tierra se había removido recientemente. Se dio cuenta enseguida, y cuando la enfocó con la linterna, vio gotas de sangre oscura. Muchas. Y eran recientes. Su corazón dejó de retumbar. Dejó de latir. Estaba tan segura de que se le había parado que se llevó la mano al pecho y abrió la boca para tomar una bocanada de aire. Sangre. Allí mismo, en la cueva donde estaba. ¿Y ahora qué?