Imagina un mar picado, en plena tormenta. Imagina que alguien cercano a ti, alguien a quien quieres, ha caído al agua y ha perdido el sentido, está a punto de ahogarse. Tú eres la única persona que lo está viendo y te lanzas a rescatarle. Logras sujetarle y mantenerle a flote, aunque pesa muchísimo y te duelen los brazos. Nadie te oye gritar. El otro se ha despertado, pero no piensa con claridad y lucha por liberarse, se revuelve contra ti, agita las piernas y los brazos. Tú consigues retenerle, aunque ves que poco a poco la fuerza del oleaje os va arrastrando hacia las rocas.
No tienes ni idea de qué se hace en esos casos, ahí priman el instinto y el carácter, así que agudizas tus sentidos. Sin embargo, no siempre es posible evitar el choque y sin dudarlo un instante pones tu propio cuerpo entre las rocas y la persona a la que quieres; te llevas tú el golpe, lo recibís los dos. Y luego otro. Y otro. Y ya no dejas de hacerlo. Sigues haciéndolo incluso cuando te quedas solo. Se ha convertido en automático. Ya puedes tener delante el amanecer más bonito o el vuelo de las gaviotas, ya pueden venir barcos a ayudarte, que ni oyes ni ves.
No sabes que hay una norma en los rescates marítimos: si el socorrista se ha echado al agua a rescatar a alguien inconsciente y ve que la corriente los empuja a ambos hacia las rocas, debe dejar que sea el otro quien reciba el golpe. Es pura lógica: si el rescatador pierde la consciencia, si se hiere, los dos están perdidos. En su decisión no hay egoísmo alguno, pero no todos podríamos dejar que nuestro hijo o nuestra pareja o nuestro padre chocase contra las rocas. Para el codependiente, esa opción es impensable: sería un acto reflejo el ponernos nosotros mismos como escudo y recibir el golpe y también lo sería no soltarle aunque patalease o se revolviese y amenazase con ahogarnos. Y así día tras día tras día durante años.
Olvidamos nuestra propia vida porque sabemos que nos aguarda otro rescate y que volveremos a hacerlo, que estaremos con mil ojos para evitar las corrientes, los tiburones, las mareas... y dará igual, volveremos a esperar el golpe.
Con el tiempo, dejamos de sentirnos cómodos en un mar en calma porque no nos fiamos de esa calma mientras que en la tormenta sí sabemos lo que nos espera, sabemos cómo reaccionar.
Lo mismo vale en la vida.
La codependencia es un tornado de mil cabezas, un trastorno con mil disfraces. Hoy se diagnostica como codependencia la situación psicológica, emocional y conductual que desarrollamos algunas personas tras una larga convivencia con adictos —a la droga, al alcohol, al juego o al sexo, por ejemplo—, aunque ese diagnóstico también se extiende a otro grupo, sobre todo mujeres, con la autoestima por los suelos y una relación insana con otro: son «mujeres que aman demasiado», las que descuidan su propia vida para ponerla en manos de su pareja.
Hablamos de un trastorno vincular: «vinculamos mal», y así empieza todo. Eso es lo tremendo: comenzamos vinculando mal con alguien muy cercano a nosotros, y ahí nos enredamos, creamos hábitos insanos que terminamos extendiendo al resto de nuestras relaciones. Para nosotros ya siempre hay mar, rocas y tormentas, no sabemos vivir sin ellas. Por eso no es que uno sea codependiente en relación a un tercero concreto y específico, no. Nace por nuestra relación con alguien, pero luego se queda: uno es codependiente y punto.
¿Y qué es ser codependiente?
En palabras de la terapeuta estadounidense Melody Beattie, probablemente la voz más autorizada en este campo, «codependiente es aquel que ha permitido que el comportamiento de otra persona le afecte y que está obsesionado por controlar dicho comportamiento». Ese era mi caso, y conocer su explicación me ayuda a seguir tratando de superarlo.
¿Qué pueden tener en común la esposa de un ludópata, el hijo de una mujer alcohólica, la madre de un adolescente agresivo y problemático, o una mujer que va encadenando una relación autodestructiva tras otra?
De entrada y en primer lugar, el inmenso amor que han sentido o que aún sienten por quienes sufren a su lado. Luego la preocupación y la impotencia, la frustración por no poder ayudarlos. El dolor. Recuerdan tiempos mejores y se proponen recuperarlos, así que poco a poco van asumiendo cada vez más responsabilidad: empiezan a tomar decisiones, a tapar huecos, a controlar, a manipular, probarán de todo. Unos esconderán el alcohol o seguirán a la pareja para asegurarse de que no juega —porque saben que el engaño va de la mano de la adicción—; otros amenazarán, suplicarán o sobornarán para que el otro vea las cosas como las ven ellos, algunas se mostrarán sumisas para que no haya problemas, se replegarán para no herir los sentimientos del otro. Todos ellos medirán cuidadosamente sus palabras para lograr el efecto deseado y justificarán a su pareja, a su hijo o a su padre una y otra vez, las veces que haga falta, delante de familiares y amigos...
Durante años los «rescatadores» nos olvidamos de nosotros mismos para centrar en la otra persona toda nuestra energía, porque sentimos que está en nuestra mano, que podemos resolver el problema, que si logramos solucionarlo todo irá bien: la madre recuperará la alegría junto a su hijo, la mujer junto al marido... Sin embargo, no es fácil. Va pasando el tiempo, meses o años y al fin, un día miramos atrás y vemos que ya no somos los mismos. Quizá justo en ese momento y por primera vez nos descubrimos enfadados y al volver a casa, cuando el otro nos pregunta «¿Qué tal te ha ido el día?», antes de contestar pensamos: «¿Y a ti qué más te da? No te importa. Yo no te importo».
Tanto el dolor como la ira llegaron para quedarse y ya no desaparecerán, seguirán creciendo porque no nos lo merecíamos —la madre no merecía un hijo drogadicto, el chico no merecía una madre alcohólica, la mujer con mil planes de futuro no merecía una pareja depresiva o irascible, o una hija anoréxica—, y nos sentimos culpables, avergonzados y víctimas. «Mira lo que has hecho con mi vida.»
A veces hay cambios. También podría ser que ese hombre adicto al juego se rehabilite, que la mujer comience a asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos y el adolescente estabilice su rumbo, o que la chica se decida a dejar a esa pareja que le hace daño... —podría ser que ese ahogado lograse salir del agua—, pero la codependencia ya ha echado a rodar y ha instalado el hábito en nuestro cerebro. Nos gustaría amar como amábamos antes, pero hemos olvidado cómo hacerlo: ahora amar es sentirse necesitado, es controlar, es implicarse en la vida del otro hasta el extremo. Amar es rescatar. Y vivir es estar atento las veinticuatro horas del día, no bajar la guardia ni un segundo.
Los codependientes nos convertimos en rescatadores en potencia, capaces de lanzarnos a salvar a quien haga falta, menos a nosotros mismos. La adicción de alguien cercano —o el maltrato, o la ausencia emocional— ha dejado su propia herida en nosotros, una herida que en vez de cicatrizar va abriéndose y escociendo cada vez más. A esa herida se la llama codependencia.
Recuerdo cómo me sentí la primera vez que oí mencionar ese nombre, el alivio de saber que existía una palabra que definía mis emociones o mi conducta en ciertas situaciones, porque explicarlo no es nada fácil. Como tal, el nombre de codependencia no surgió hasta la década de 1970 en Estados Unidos, aunque ya antes se sospechaba la existencia de un problema.
El primer grupo de Alcohólicos Anónimos apareció a finales de los años treinta y pronto los familiares de estos alcohólicos empezaron a reunirse para afrontar el modo en que esa adicción los afectaba a ellos. En ese entonces no sabían que se les llamaría codependientes o que compartían secuelas con familiares de otros adictos —al juego, al sexo, a la comida—, pero sí sabían que estaba pasando algo que les había quitado el control de sus vidas, y querían recuperarlo.
Comenzaron a surgir por todo el mundo grupos de ayuda con el nombre de AlAnón. Allí no solo tenían cabida familiares de adictos: muchos terapeutas incluyen como grupo de riesgo en la codependencia a aquellos relacionados con personas emocional o mentalmente desequilibradas —por un trastorno bipolar, esquizofrenia, etcétera—, a personas que durante años deben atender a un enfermo crónico —de alzhéimer o demencia senil, por ejemplo—, o a los padres de hijos con «problemas de comportamiento».
Yo no soy una experta y no conozco estos casos. Veo diferencias, porque la hija de un enfermo de alzhéimer no puede culpar a nadie ni esperar que la enfermedad del otro cambie por su propia fuerza, pero sí es verdad que se desarrollan comportamientos semejantes: necesidad de control, agotamiento, la ira que surge aunque se sepa injustificada y que a su vez alimenta la culpa... No es mi experiencia y no voy a atreverme a hablar de esto en este libro, pero si hay puntos comunes, ojalá si lo estás leyendo y es tu caso, encuentres también respuestas.
Surgieron centros, muchos terapeutas empezaron a especializarse, pero aun así hoy la codependencia es difícil de explicar porque hay tantas variantes y grados como codependientes. Es un trastorno complejo, imposible de analizar por completo en unas pocas páginas; ya hay libros y más libros de expertos para encargarse de eso. Alguna vez he tratado de explicárselo a mis amigas, o a mi hermana Cecilia, y solo han conseguido entenderlo después de leer un listado de líneas generales extraído del libro Libérate de la codependencia, de Melody Beattie. No son todas y no son literales, pero espero que estas pautas sirvan para formarse una idea aún más clara de en qué consiste este virus de la codependencia:
• Los codependientes podemos creernos y sentirnos responsables de otras personas, de sus sentimientos, pensamientos, acciones, elecciones, deseos...
• Vernos atraídos de forma consciente o inconsciente por gente necesitada.
• Sentir ansiedad, lástima y culpa cuando otras personas tienen algún problema.
• Sentirnos obligados, casi forzados, a ayudar a esa persona a resolverlo.
• Comprometernos en exceso y sentirnos molestos si esa ayuda no resulta efectiva.
• Anticiparnos a las necesidades de los demás.
• Vernos diciendo sí cuando queríamos decir no, haciendo cosas que en realidad no queríamos hacer o más de lo que nos corresponde.
• Abandonar nuestra rutina sin dudarlo para responder o hacer algo por otra persona.
• Sentirnos aburridos, vacíos y sin valor alguno si no tenemos una crisis en nuestras vidas, un problema que resolver o alguien a quien ayudar.
• Sentir tristeza porque nos pasamos la vida entera dando a los demás y no nos sentimos correspondidos.
• En las fases avanzadas de la codependencia, los codependientes podemos sentirnos aletargados, deprimidos, desesperanzados, tendemos a aislarnos y experimentamos una pérdida total de la estructura y rutinas diarias; nos volvemos violentos.
A esta lista se le añaden rasgos característicos como la autorrepresión —el no permitirnos ser como somos—, la escasa autoestima y un establecimiento erróneo de los límites —de los que hablaré luego—, la obsesión y el control, la negación o la propia dependencia, que viene a resumirse en el hecho de que los codependientes buscamos la felicidad fuera de nosotros mismos y perseguimos desesperadamente un amor y una aprobación que no hallamos en nuestro interior. Por eso centramos nuestras vidas en torno a otras personas y demasiadas veces nos enzarzamos en relaciones infructuosas. Por eso transformamos el amor en sufrimiento.
Y todas estas características terminan derivando en una vía muerta: los codependientes creemos en nuestro interior que, así como somos responsables de todo el mundo, otras personas son responsables del devenir de nuestra vida. «Mi marido —o mi hijo, o mi madre, quien sea— es el culpable del estado en que me encuentro. Es él quien tiene la culpa de que yo me sienta como me siento.» Hay detonantes, sí, pero ¿hay responsables? ¿Qué papel desempeñamos cada uno en nuestra propia quema y en nuestra propia recuperación? Si uno es adicto al alcohol, o al juego, quizá le cuesta admitirlo, pero sabe que la salida pasa por alejarse del alcohol o de los casinos, por ejemplo. ¿Y si uno es adicto al rescate emocional? ¿Debemos alejarnos de la gente? ¿Debemos dejar de apoyar a aquellos a los que queremos? ¿Cómo le vas a decir a una madre que dé por perdido a su hijo, o al marido que dé por perdida a su esposa?
La salida es más fácil y más difícil a un tiempo. Y lleva años, quizá toda una vida. Los «rescatadores» debemos aprender a rescatarnos a nosotros mismos. Todos esos hábitos adquiridos negativos están impidiendo tener paz a la persona más importante de nuestra vida, a la única que podemos cambiar de verdad: A NOSOTROS MISMOS. Estamos tan volcados en el exterior que nos alejamos de nuestra propia felicidad, y al final, cada uno de nosotros somos responsables de nuestra vida y de nuestra historia, de nuestro presente y futuro.
Cambiar ese dolor por felicidad es algo que está en nuestra mano y todo parte de dar nosotros ese primer paso porque PODEMOS CAMBIARLO y podemos empezar a cambiarlo YA.