pletamente la intencionalidad individual y el sentido
meramente contextual.
La civilización empieza y progresa por el dominio
organizado: el despotismo patriarcal de la horda pri-
maria (dominio externo) o el dominio del clan fra-
terno (despotismo interiorizado). Las formas organi-
zativas establecen límites y se producen transgresio-
nes. La autoridad, el sentimiento de culpa, el arrepen-
timiento, van refinando poco a poco los mecanismos
de control y autocontrol. Y, a los límites necesarios
para la supervivencia, se añaden otros por la volun-
tad de dominio; existe, por lo tanto, una «sobrerre-
presión» inútil, que ha sido y es generadora de mucha
autodestrucción y violencia.
El impulso de vida (eros) puede dar paso al impul-
so de muerte (thánatos, pulsiones destructivas) en las
tensiones a que se encuentra sometida la dinámica
psíquica (compuesta de tres instancias: ello, yo y su-
peryó). La dedicación de la mayor parte de la vida al
trabajo y la reducción de eros a la relación sexual con
finalidad procreativa han sido los dos grandes ejes de
la cultura occidental. Si solo tenemos en cuenta es-
tos elementos, la irreconciliabilidad entre el principio
del placer y el principio de realidad es total. «Bajo el
dominio del principio de funcionamiento, el cuerpo
y la mente son transformados en instrumentos del
trabajo alienado».
A pesar de todo, Marcuse critica a Freud por no
ser lo suficientemente consecuente con las posibili-
dades humanas que se derivan de sus análisis: el arte,