cas tradicionales. El autor hace referencias que ayu-
dan a entender las afirmaciones precedentes, espe-
cialmente en el sentido que «el arte se determina por
su relación con lo que no es arte» (es decir, el ser del
que nace). Habla de la abstracción del «arte nuevo» (el
de después de la Segunda Guerra Mundial), que se
corresponde con el formalismo y la abstracción de
las relaciones entre personas:
«Como la realidad ha quedado absolutamente proscrita del sujeto
y de sus formas de reacción, la obra de arte solo puede oponerse a
la proscripción igualándose a ella. Es un mundo sórdido y gastado,
impresión en negativo de un mundo administrado. Es el realismo
de Beckett. El único espacio que les queda a las obras de arte entre
la barbarie discursiva y el disimulo poético apenas es mayor que
esa indiferencia en la que se ha movido Beckett.»
Las escenas beckettianas se llenan de palabras pa-
ra manifestar el vacío de sentido, para llamar al si-
lencio y a la soledad. «La trascendencia estética y el
desencantamiento se hacen unísonos en el silencio,
en el enmudecer: en la obra de Beckett, por ejemplo,
su afinidad con el silencio procede del hecho de que
el lenguaje alejado de los significados no es lenguaje
que diga algo. Quizás toda expresión, que es lo más
cercano a la trascendencia, está muy cerca del enmu-
decer». Final de partida de Beckett es para Adorno la
«construcción estética de la falta de sentido».