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crítica a la realidad presente y a sus carencias; en sen-
tido positivo, plantea la posibilidad y la esperanza de
nuevos objetivos. Y escribe:
«La utopía, en efecto, tiene dos caras; es la crítica de lo que es y
la descripción de lo que tiene que ser. Su importancia radica, esen-
cialmente, en el primer momento. La situación real de un hombre
se puede deducir a partir de sus deseos; lo que se entrevé a través
de la feliz Utopía de Moro es la situación de las masas en Inglate-
rra, a cuyos anhelos dio forma el canciller humano. Está claro que
él no reconoce estas aspiraciones como reacción ante la situación
social –situación que él vive y sufre tanto como las masas–, sino
que proyecta ingenuamente el contenido de estas aspiraciones en
un más allá espacial o temporal. La utopía del Renacimiento es la
secularización del cielo de la edad media. La construcción de un
mundo terrenal lejano, al cual se podría acceder en vida, representa
indudablemente un giro radical respecto de épocas en que solo la
muerte podía abrir a los pobres las puertas que daban paso a una
utopía. No obstante, del mismo modo que el creyente medieval
no vio que el cielo era la contrapartida de su propia indigencia,
tampoco los utopistas se dieron cuenta de que aquellas islas lejanas
representaban una reacción ante la miseria de su presente.»
Estas líneas evidencian que todo el sentido de la
utopía no se encuentra en la intención de aquel que la
escribe, ni se manifiesta de manera inmediata a cual-
quier lector, sino que se revela en el tiempo, en la
distancia, gracias a la reflexión, que es capaz de en-
contrar los puntos de enlace necesarios para lograr