© Editorial UOC 321 La masificación de la experiencia de Internet
como bibliotecas escolares o bibliotecas públicas. Nuestro Internet se encuentra
por suerte mucho más cerca de la Biblioteca de Babel soñada por el escritor
argentino Jorge Luís Borges (2000) que de la mítica Biblioteca de Alejandría.
A pesar de reunir muchos tipos de información, Internet no es un univer-
so indexable y catalogable en su totalidad. Podemos adivinar su dimensión
pero no la podemos indexar (aunque tecnológicamente lo podamos idealizar)
ya que no se considera un proyecto económicamente viable. Las variables,
sobre todo las decisiones de los usuarios que crean y borran información en
Internet en un proceso constante, son todavía demasiado complejas para
poderse concretar en un sistema de carácter global y con un elevado nivel de
confianza.
Internet tampoco tiene bibliotecarios, ya sean humanos o un producto de
la gestión de inteligencia artificial y bases de datos. Como mucho tiene media-
dores de información fragmentada (como los portales) y proveedores de pistas
(como los buscadores) para una determinada información o página, e incluso
éstos son difíciles de encontrar.
Al contrario que las bibliotecas públicas, Internet es un espacio donde no
basta saber leer para acceder a la información.
En Internet la búsqueda de información presupone la capacidad de manejar
ordenadores y el software necesario para navegar por ese espacio y también una
capacidad analítica y relacional compatible con la cultura en la que se crea y se
pone a disposición la información. En otras palabras, Internet también implica
una alfabetización de los nuevos medios que no solo es instrumental (uso de la
máquina y software) sino también cultural.
Internet presenta otra característica que limita su uso como biblioteca. Las
bibliotecas públicas se han idealizado como espacios democratizadores del
acceso a la cultura y la información. Internet sigue los mismos principios pero
de momento es mucho más restrictivo en términos de su actual población
objetivo.130
130. Para ejemplificar los costes de esas barreras de entrada no hace falta recurrir al análisis
del Secretario Geeneral de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ante la Unión Internacional de
Telecomunicaciones (UIT), donde alertó de la existencia en Nueva York de más usuarios de Internet
que en toda África: basta recordar una pequeña noticia del semanario Expresso del 2000, donde se
leía que en Santo Tomé y Príncipe el acceso a Internet costaba casi 4 meses de salario mínimo.